Archive for the ‘Literatura’ Category

Un puñado de historias sobre la Gran Guerra

Sábado, Marzo 22nd, 2014

Escrito así, La Guerra del 14 parece como otra batallita del abuelo Cebolleta aunque fue la Primera Guerra Mundial que deshizo el mapa del mundo.

Como a Jacques Tardi, el gran cronista en cómic del fin de la época bella, este conflicto me ha quitado el sueño por la lectura de una serie de novelas escritas la mayoría de ellas por quienes combatieron en las trincheras. Historias, casi todas, pacifistas. Tanto, que aún hoy sirven de alerta…

Alerta…

Me procuré un ejemplar de Sin novedad en el frente en una feria del libro que organizaron en mi instituto. La firmaba Erich Maria Remarque y no creí, cuando comencé a leerla, que me fuera a pegar tan fuerte.

Como otros títulos que me encendieron la luz de la bombilla no he vuelto a leerla, como no he vuelto a leer los otros libros que se mencionan a continuación en este su blog El Escobillón.com, pero el recuerdo que guardo de ella ahora que paseo la mirada por sus páginas me emociona como entonces.

Leo la frase que escribí a lápiz una vez finalizada su lectura: “¡Dios, qué novela!”, y reconozco al adolescente que la descubrió por casualidad.

Mi encuentro con Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, fue más mundano. La tuve siempre delante sin verla. Quiso la casualidad o lo que sea que tras mi constipado hemingwayano la leyera con la mosca detrás de la oreja… La mosca se fue y continúe con mi constipado hemingwayano.

Cuentan que en Finca Vigía, en Cuba, don Ernesto escribía de pie sus historias… Adiós a las armas nació de una convalecencia y en la cama.

La historia con Capitán Conan es distinta. Mi desconcierto fue encendido tras ver la rigurosa y cuidada adaptación cinematográfica de Jean Cosmos y Bertrand Tavernier de la novela de Roger Vergel. Contiene la novela y el filme la misma refinada crueldad de Senderos de gloria (otra novela de la que también se hizo película) pero ésta se sirve en plato frío y casi crudo.

Tempestades de acero no es una novela sino unas memorias. Las memorias de un soldado, Ernst Jünger, que nunca entendió demasiado bien a los pacifistas, y cuyas incendiarias y metafísicas reflexiones prolonga en su Diario de Guerra y Ocupación (1939-1948).

Hay que evitar para enfrentarse a Tempestades de acero el mal pálpito que se montó en torno a Jünger ya que unos no le perdonan que fuera un tipo coherente mientras que el resto pretende convertirlo en santo de la otra Gran Mentira.

Yo solo sé que no sé nada y que a Ernst Jünger le daría igual este debate de cretinos.

A Las aventuras del bravo soldado Švejk, escritas por Jaroslav Hašek, llegué también por casualidad, y gracias a una serie de televisión que, si no me equivoco, procedía de la aún reconocida Checoslovaquia. Recuerdo sonrisas más que risas viéndola, y esas mismas sonrisas más que risas las recuperé cuando leí las historias de Švejk, un Sancho Panza al que le ponen –y le pesa por inútil– un arma al hombro.

En casa de un amigo que vivía en Madrid me encontré con Tres soldados, de Jonh Dos Passos. Quería leer a Dos Passos porque era miembro de la Generación Perdida, esa milicia en la que estuvo Francis Scott Fitzgerald vestido también de soldado aunque la Guerra la pasó en casa y aprovechó el tiempo para conocer al amor de su vida, Zelda; o el mismo Hemingway.

Fue su primera novela, título que más tarde quedó relegado por sus mosaicos literarios, pero el que latió primero y el que me conmovió por dentro antes de iniciarme en su gran trilogía americana es Tres soldados. Será por su verdad y denuncia.

Alarmas.

Alarmas las del 14.

Unas alarmas que no han evitado otras guerras globales que vinieron y vendrán para deshacer el mapa del mundo.

Saludos, en las trincheras, desde este lado del ordenador.

Nero Wolfe, el hombre tranquilo

Viernes, Marzo 21st, 2014

“- Así está mejor. En efecto, hemos de esforzarnos todo lo que podemos. Los hombres con amor propio llegan muy lejos en sus  obligaciones, y nosotros justamente de eso  no andamos faltos.”

(Sonó el timbre. Un caso de Nero Wolfe. Rex Stout, colección Negra, Navona editorial. Traducción: F. Ballester)

Uno de los grandes personajes de la novela de detectives es el norteamericano Nero Wolfe, creado por Rex Stout y protagonista de numerosas novelas de misterio que se leen con facilidad a pesar de lo complicada que pueden resultar sus tramas. Las características de estos libros no es, sin embargo, los casos que Wolfe y su equipo deben de resolver sino las peculiaridades que define el carácter de su investigador.

Nero Wolfe averigua quien es el culpable sin salir de casa. Utiliza como perro callejero a uno de sus empleados, Archie Goodwin, quien es además el narrador de las aventuras de Nero Wolfe. Un hombre orgulloso, que pasea por su casa su notable corpachón y que, entre otros vicios mundanos, disfruta de la buena mesa y de la cerveza.

Con estas señas de identidad, era inevitable que el personaje terminase siendo llevando a la televisión, la más famosa de ellas o la que reivindico desde esta bitácora es la que protagonizó en su día William Conrad, hasta ese momento un sobresaliente actor secundario que encontró al personaje de su vida en Nero Wolfe, a quien le imprimió carácter y estilo. Tanto, que cuando leo algunas de sus novelas es inevitable que piense en Conrad como el sagaz detective privado.

La última novela que ha caído en mis manos de Wolfe ha sido editada recientemente por Navona con el título de Sonó el timbre, lo que me hace alimentar la esperanza de que este rescate anime a los editores a recuperar más y más novelas de este investigador privado que, en esta ocasión, se enfrenta al mismísimo FBI. Institución por la que Nero Wolfe como Rex Stout no sentía simpatía. Comenzando por su gran jefe, el oscuro John Edgar Hoover, y las técnicas que emplean sus hombres. Los famosos G-Men.

Para algunos lectores con afición a la novela de detectives clásicas, la de habitación cerrada y que no cuida, porque no procede, cualquier aliento de denuncia social, las novelas de Nero Wolfe puede resultar algo aburridas pero no saben esos mismos lectores lo que se pierdan si las dejan a un lado.

Una de las claves de Rex Stout fue, precisamente, la de no descuidar su estilo. Un estilo directo, poco generoso en descripciones inútiles, y siempre al servicio de un personaje con cabeza matemática que iba dirigido a lectores que solo querían pasar el tiempo con sus historias.

Como sucede con otros grandes detectives de la literatura de misterio, Sherlock Holmes y Poirot, por mencionar solo a dos de los clásicos, las  novelas protagonizadas por Nero Wolfe están al servicio de la solución de un caso –robo o asesinato– así como al delicioso goce que produce averiguar como se las ingenia Wolfe para resolverlo sin salir, ya  digo, de su casa neoyorquina (West 35th Street). Una casa donde lleva un cómodo estilo de vida cuidando de sus orquídeas y en la que siempre se respeta los horarios de las comidas.

Sonó el timbre probablemente no sea una de las mejores novelas que Rex Stout dedicó al personaje pero sí que se trata de un eficaz vehículo a través del cual iniciarse en las historias que dedicó a Nero Wolfe, más de treinta sin contar los relatos.

¿Qué encontrará el despistado en ellas?

Pues sanas dosis de humor y misterio, pero sobre todo una elegancia y un saber estar que las diferencia de otros detectives sin apenas problemas emocionales porque además de buen vividor cuenta con una cabeza excelentemente amueblada.

Es una recomendación escobillonera y por lo tanto razonablemente subjetiva, pero harían mal en evitar adentrarse en el mundo de un personaje que ya disfruta de una amplísima legión de lectores entre los que se encuentra mentes tan enfermizamente calibradas como la de Umberto Eco y JohnMcAleer. De todas formas da igual quien lea a Nero Wolfe ya que lo importante es, en todo caso, no dejar escapar las novelas de Nero Wolfe.

Saludos, hemos dicho, desde este lado del ordenador.

La Fundación Santa Maddalena concede una beca de trabajo al traductor José Aníbal Campos

Martes, Marzo 11th, 2014

Solo tuve una oportunidad de tomarme una cerveza y hablar sobre el sexo de los ángeles con José Aníbal Campos, traductor que me descubrió en un acto de generosidad que nunca podré agradecerle lo suficiente a un escritor alemán de esos que algunos llaman raro: Gregor von Rezzori a través de su inclasificable Edipo en Stalingrado (Sexto Piso, 2011). Una de esas novelas que te entran y secuestran.

La edición, traducida por el propio José Aníbal, ocupa desde ese entonces un lugar de honor en mi aparentemente caótica biblioteca… un pedazo de Rezzori y de Campos, con quien no tuve la oportunidad de seguir conversando con cervezas por medio porque se marchó de las islas como solo se van los que terminan por cogerle el pulso a este inestable archipiélago abandonado de la mano de los dioses.

La noticia es que la Fundación Santa Maddalena, que preside Beatrice Monti della Corte, viuda del escritor Gregor von Rezzori ha concedido al traductor la beca de trabajo que otorga esa institución a escritores de todo el mundo.

La beca consiste en una estancia de seis semanas en Donnini, en la casa de la Toscana en la que Rezzori vivió los últimos años de su vida.

La idea de crear este retiro dedicado a la creación literaria surgió a partir de las frecuentes visitas a Donnini de autores y artistas como Bruce Chatwin, Bernardo Bertolucci o Volker Schlöndorff, quienes, además de disfrutar de la célebre hospitalidad del matrimonio Rezzori, encontraron allí un sitio ideal para su labor creadora.

Uno de los asiduos visitantes de Santa Maddalena, el escritor estadounidense Michael Cunningham (Premio Pulitzer 1999 por Las horas), dijo que en Donnini consiguió “el perfecto equilibrio entre soledad y compañía”.

Entre los escritores merecedores de la beca, en los últimos años, se encuentran Peter Stamm (traducido al español por José Aníbal Campos para Acantilado); Teju Cole, Zadie Smith, Edmund White, Peter Esterházy, Michael Ondaatje, Héctor Abad Faciolince, Andrew Sean Greer o Marcos Giralt Torrente.

La Fundación, entre otras actividades, promueve anualmente el Premio Vallombrosa Gregor von Rezzori, concedido a la mejor novela extranjera traducida al italiano. En su pasada edición de 2013, el premio recayó en El ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vázquez.

Su Comité de Selección y su Junta de Asesores reúne a escritores, intelectuales, editores, directores teatrales o cinematográficos y actores internacionales, como Bernardo Bertolucci, Isabella Rossellini, Colm Tóibín, Claudio Magris, John Banville o Ralph Fiennes.

José Aníbal Campos (La Habana, 1965) es licenciado en Filología Germánica por la Universidad de La Habana. Es traductor de autores como Uwe Timm, Peter Stamm, Pascal Mercier, Martin Mosebach, entre otros.

uenta, entre otros premios, con el de Traducción de la República de Austria por la traducción y divulgación de la literatura austriaca contemporánea y en 2010 la beca de trabajo que otorga la Casa del Traductor de Looren, en Suiza.

Aníbal Campos se ha especializado en la obra de Gregor von Rezzori, de quien traduce en la actualidad otras dos obras del mismo autor: el volumen El cisne y otros relatos y la novela La muerte de mi hermano Abel.

En 2014, cuando se celebra el centenario del natalicio de Rezzori, Aníbal Campos está involucrado en varios proyectos dedicados a la divulgación de la obra de este autor.

FIRMA FOTO: Roberto A. Cabrera.

Saludos, ya se sabe, desde este lado del ordenador.

Leopoldo María Panero

Jueves, Marzo 6th, 2014

Se fue un poeta que nadó en contra de la corriente y probablemente por eso adquirió la categoría de leyenda en determinados círculos que, como siempre, reivindicaban su nombre sin apenas haberlo leído. Leopoldo María Panero fallece mientras dormía –una muerte agradecida y poética–  en un centro psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canaria y las redes se incendian con palabras elogiosas en torno al poeta –insisten– maldito. Al orate que nunca fue de estrella de rock por mucho que se empeñaran sus seguidores…

Se le podía ver de vez en cuando por la isla que está justo enfrente de Gran Canaria, Tenerife, con su eterno cigarrillo colgado entre los labios. Hace dos años, de hecho, ofreció un recital poético en un conocido local lagunero sin que recitara, esa es la verdad, poesía. Pero qué más le daba a su público con tal de tener la vista clavada en ese caballero al que presuntamente se la había ido la pinza y fue uno de los protagonistas de un documental que, como el mismo Leopoldo María, alcanzó categoría de leyenda. Me refiero a El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), un interesante trabajo que explora en las entrañas de familia tan peculiar, tan curiosa, tan extraña: Los Panero.

Tuvo que ser su condición de marginado lo que despertó tanta simpatía entre los que confesamos con ligero rubor que no leemos poesía. Pero entiendan los indignados que somos gente que solemos llevar las manos sucias y, en este sentido, Leopoldo María fue algo así como uno de los nuestros.

Basta con observar unas de sus fotografías y darse cuenta que detrás de esa mirada que parece ida, y de ese rostro en el que se aprecian las huellas del hartazgo, respira un espíritu que quiso ir a su bola. Ya juzgarán los especialistas el valor de su poesía, los que lo conocíamos solo por la película y también, aunque dicho con la boca pequeña para darle consistencia a la idea, de que pasaba los días en un centro psiquiátrico de la capital grancanaria, sentimos ahora, al conocer la noticia de su muerte, turbación.

Algo así como si nos abandonara un conocido que sabíamos que estaba ahí…

Los obituarios repiten en sus titulares la misma palabra: El último poeta maldito.

Maldito.

La maldición como mérito.

Imagino que a Leopoldo María le sudaría ese grado que lo distingue de otros poetas de su generación y de las que vinieron después tan preocupadas por descuartizarse a la mínima de cambio.

Alguien escribe sobre su condición de drogadicto, bisexual, alcohólico, comunista trotskista, preso, suicida reincidente y, finalmente, inquilino constante, desde su temprana juventud, de psiquiátricos, donde pasó las dos terceras partes de su vida, entregado a “una escritura absorbente y autocontemplativa”. Ya saben,  un tipo que nadaba en contra de la corriente y que si encontró alguna musa despistada por el camino debía de estar igual de colgado que él.

Un Leopoldo María que si existe algo más allá de este mundanal recorrido que es la vida estará esperando a que lo juzguen los dioses mientras fuma y fuma un cigarrillo tras otro.

En este mundo, mientras tanto, parece que se han acabado los poetas malditos.

Saludos, fundimos a negro, desde este lado del ordenador.

El autor y sus pseudónimos

Martes, Marzo 4th, 2014

“En términos generales, no creo que los escritores sepan quiénes son: es una incapacidad –y una ventaja– que comparten con los actores. Y probablemente es mejor así. El conocimiento de uno mismo puede conducir a la falta de naturalidad, y en un escritor la falta de naturalidad solo conduce a la parodia de uno mismo. O al silencio.”

(Donald Westlake en la Introducción de A quemarropa, colección BetsSellers Serie Negra, Editorial Planeta, 1985)

Escribían con su nombre y escribían también con pseudónimos. Uno de ellos, Donald Westlake, parecía de hecho desdoblarse en otra persona con la serie de novelas que dedicó a Parker. Camufla con oficio su identidad bajo la de Richard Stark.

Stephen King llegó a celebrar un falso funeral con Richard Bachman, el otro yo con el que firmó una serie de aventuras razonablemente populares.

Cuenta en la introducción de uno de sus libros como Bachman que al final terminó por quitarse la careta y mostrarse como King cuando se descubrió que Bachman no era real.

Escritor en ocasiones industrial, sacó tajada de todo este follón en una novela que sí que se publicó como de Stephen King: La mitad oscura, una original aunque extensa elucubración sobre su peculiar míster Hyde.

Cuenta King que fue Richard Bachman cuando su editor en los años setenta le aconsejó que firmara algunos de sus libros con otro nombre. La idea, dice, era no saturar el mercado con demasiados King aunque sospecho que también fue la de explotar el talento y el entusiasmo de un por aquel entonces desinquieto Stephen King.

Un Stephen King por aquellos años muy vitaminado y gamberro. Casi, casi como si su Richard Bachman quisiera ser el Richard Stark que significó para Donald Westlake…

Hay más escritores que han recurrido al pseudónimo para inundar el mercado con obras aparentemente menores.

Gore Vidal, esa especie de cronista norteamericano de la gran comedia humana, tanteó con oficio e ironía el género de misterio firmando sus historias como Edgar Box.

Las novelas policíacas de Edgar Box son tres divertidas entregas protagonizadas por el detective Peter Cutler Sergeant II, un encantador relaciones públicas graduado en Harvard, que están más próximas al universo de Agatha Christie que al del sabueso callejero de Dashiell Hammett.

Tres novelas que terminaron editándose en colecciones de bolsillo, destinadas a lectores que buscaban entretenimiento sin muchas complicaciones.

John Banbille es otra cosa. No solo por las novelas policíacas que plantea cuando escribe como Benjamin Black, sino porque se supo muy pronto que tras Black estaba Banbille.

El objetivo era dar sello de autenticidad a los relatos que protagoniza su Quique, un forense que trabaja en los años cincuenta en un apagado Dublín. La misma ciudad a la que años más tarde dará una violenta vuelta de calcetín Ken Bruen en sus amargas y nihilistas novelas negrocriminales.

Hay más escritores que han simultaneado la aparición de sus libros con su nombre o recurriendo a falsos. La lista resulta casi interminable. Basta con rastrear por la red y recoger peces que aún mueven la cola mientras te lo llevas a la boca… Pero ninguno de ellos y de ellas me marcó como estos cuatro. Es verdad, en todo caso, que menos el último de la relación.

Lo cierto es que llegué a todos ellos conociendo su verdadera identidad. Y que hubo casos en los que preferí al otro que al auténtico con toda su gloria y merecida gracia…

Así cuenta Donald Westlake como se le apareció un personaje como Parker: “el puente vibraba bajo mis pies, había tensión en toda la atmósfera.”

Pero ¿por qué firmar esa novela, la primera de Parker, como Richard Stark?

Westlake explica que por publicar en Gold Medal, una colección de novelas de evasión para lectores acostumbrados a tener las manos sucias.

“Había firmado el manuscrito con un pseudónimo Gold Medal: Richard, por Richard Widmarck en El beso de la muerte (1947), y Stark, porque quería un nombre/palabra que significara desguarnecido, sin adornos.”

El resto es Historia .

(*) La imagen que ilustra este post corresponde a Yo, yo mismo e Irene (Me, Myself & Irene, Bobby y Peter Farrelly, 2000)

Saludos, seguimos en carnaval, desde este lado del ordenador.

Un Crimen sin resolver

Martes, Febrero 11th, 2014

“Frente a todos los crímenes anónimos de mis criminales huéspedes de una noche, ha permanecido mi crimen en su sitio propio de sensacional, único y gran asesinato pasional. De crimen tipo. De crimen de novela más que de crimen ocurrido.

Sobre él y sobre mis lectores caigan desde hoy mis futuras maldiciones y persecuciones, la miseria actual y las pústulas pretéritas de mi cuerpo senectuoso de narrador emocionado del asesinato propio y de los crímenes ajenos”.

(Crimen, Agustín Espinosa, Taller Ediciones JB Josefina Betancor. Madrid, 1974)

Son aún escasos los escritores nacidos a este lado del Atlántico que se han preocupado en divulgar sin barniz académico, Crimen, de Agustín Espinosa, un libro que celebra el ochenta aniversario de su publicación y que coincide con el cuarenta aniversario de su reedición en la pequeña pero emblemática Taller Ediciones JB, un volumen que incluyó además Lancelot 28”-7º y Media hora jugando a los dados.

En un hipotético estudio sobre la novela negra en Canarias podría ubicarse Crimen de Agustín Espinosa como texto iniciador, aunque lamentablemente no fundacional, de lo que podría haber sido el imaginario de un género tan despreciado por su vocación de entretenimiento. Pero así son las cosas, también las fuentes aún no profanadas de un pasado, otros lo llaman tradición, de las literaturas que se escriben desde estas islas –o fuera, en territorio continental u otras islas– abandonada de la mano de los dioses

No obstante, quizá esta pista inexistente explique que el Crimen de Agustín Espinosa continúe sin resolver.

Crimen es un libro pequeño, de apenas medio centenar de páginas. La portada de la edición original la ilustró Óscar Domínguez.

Domínguez fue uno de los espíritus errantes de esa generación de marcianos que reunió la revista Gaceta de Arte. Surrealistas de provincias que consiguieron que se les tomara en serio pese a que su centro de operación se encontrara en una isla diminuta del océano Atlántico, Tenerife, en unos tiempos previos a lo que más tarde fue una desgraciada y dolorosa Guerra Civil.

Crimen está repleto de imágenes feroces y violentas en la que late mucha necesidad sexual.

La confesión de Raskólnikov es otra cosa…

“Aunque solo acariciaba las orejas, los labios, las mejillas de un hombre a quien había asesinado unas horas antes en su misma habitación, para sustituir su cabeza por una cabeza más clásica: capricho último, de noche de Navidad, de una mujer de pelo rojo y caderas ampulosas. Por quien había llegado hasta el crimen. Y que esperaba, en tanto, voluptuosamente, mi retorno imperioso a su casa, portador de la cena mágica, en la que cual habría de ser yo, a la vez, “maître”, matarife y comensal enamorado.”

Ochenta años después, su inicio aún fustiga:

“Estaba casado con una mujer lo arbitrariamente hermosa para que, a pesar de su juventud insultante, fuera superior a su juventud su hermosura. Ella se masturbaba cotidianamente sobre él, mientras besaba el retrato de un muchacho de suave bigote oscuro.

Se orinaba y se descomía sobre él. Y escupía –y hasta se vomitaba– sobre aquel débil hombre enamorado, satisfaciendo así una necesidad inalcanzable y conquistando, de paso, la disciplina de una sexualidad de la que era la sola dueña y oficiante.

Ese hombre no era otro que yo mismo.”

Así justifica, pero no resuelve, Agustín Espinosa el Crimen:

“Ella creía que toda su vida iba a ser ya un ininterrumpido gargajo, un termitente vómito, un cotidiano masturbarse, orinarse y descomerse sobre mí, inacabables.

Pero una noche la arrojé por el balcón de nuestra alcoba al paso de un tren, y me pasé hasta el alba llorando entre el cortejo elemental de los vecinos, aquel suicidio inexplicable e inexplicado.”

Un Crimen, hay que decirlo, que queda sin resolver.

Y un Crimen, el de Agustín Espinosa, que todavía inquieta.

Inquieta por raro no solo en la república de las letras escritas en estas islas desordenadas sino en otras repúblicas literarias donde una obra así, intensa y rebelde, hubiera terminado siendo pasto de las llamas o relegada a un discreto olvido.

Y no ha sido este el caso.

Investigadores, escritores, lectores se empeñan aún en resolver un caso imposible, el enigma Crimen de Agustín Espinosa.

Un Crimen escrito por “yo, el hijastro de la isla. El aislado”.

Un grimorio cuya estructura –no su voluntad– ha intentado ser imitado en ocasiones posteriores con muy irregulares aciertos.

Esto me hace preguntar:

“¿Quién es esa mujer que se ha arrojado al mar para no tener que desnudarse más ante marineros, comerciantes y soldados, tan frágil y blanca, que su cuerpo, un momento sobre el agua, se confundió con la espuma marina y con la estela de la luna y con las alas de las gaviotas?”

“¿De dónde ha venido ese grito que ha interrumpido de pronto la tarde y ha hecho volver a un mismo tiempo todos los ojos y todas las manos hacia un mismo punto vago y distante?”

Los crímenes de Agustín Espinosa continúan sin resolver.

(*) ¡Gracias, Angélica Camerino!

Saludos, aislado, desde este lado del ordenador.