Nelson Algren, un paseo por el lado salvaje de la calle…

Miércoles, Octubre 8th, 2008

 

Algunas de las novelas de Nelson Algren han sido publicadas en España sólo que en tiempos ya remotos, como los años 70. En casa tengo algunos de sus títulos en la mítica colección Reno de la editorial Plaza y Janés, concretamente la estupenda novela pugilística Nunca llega la mañana y la irregular y algo cansina La gata negra, también circuló una traducción de El hombre del brazo de oro, que Otto Preminger llevó al cine con resultados notables. Me consta que hay una antología con nueve de sus cuentos, pero es un título que doy casi por imposible rastrear en librerías de viejo o rastros afortunados. Los rastros afortunados son todos aquellos donde a veces te tropiezas con pequeñas y grandes joyas literarias, también con libros de un autor que buscabas apasionadamente, y como cualquier título de un autor raro, cuando lo encuentras agrietado y con las tapas reventadas, sientes una de esas emociones que por tontas resultan indescriptibles.

Eso es lo que siento. Ni más ni menos.

La mayoría de los iniciados conocen a Nelson Algren por su  tempestuosa relación con Simone Beauvoir gracias a la relación espístolar que mantuvieron durante su incendiario romance, aunque Nelson Algren era algo más que un amante canalla. O un chico de barrio norteamericano que se lo hizo con una de las popes de la cultura europea. No, para juzgar la obra de Algren como escritor hay que leer sus poderosas novelas o por lo menos intuir lo que contaba en sus poderosas novelas gracias a las excelentes adaptaciones cinematográficas que se hicieron de ellas, como la ya citada El hombre del brazo de oro y La gata negra, dirigida por Edward Dmytryk, con guión de otro escritor polémico, John Fante. 

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El universo de Algren gira en gran parte en la ciudad de Chicago, donde se convirtió en cronista de su submundo, ese territorio poblado por personajes marginales, la mayoría de ellos castigados por el alcohol y las drogas (la heroína en el caso de El hombre del brazo de oro). Su retrato es brutal, y si bien su mirada derrama cierto lirismo entre los protagonistas de su tragedia humana, el realismo del escritor resulta demasiado descarnado para dibujar un final feliz en las tres novelas que poseo del escritor.

Por amigos lectores interesados también en la crónica de los que no suelen tener trovadores que narren sus gestas, me informan que el mejor Algren se encuentra, sin embargo, en sus relatos cortos, género en el que fue alabado por uno de los mayores escritores norteamericanos de todos los tiempos, Ernest Hemingway, aunque sus novelas, insisto, no desmerecen, y todo ello pese a que mi conocimiento se debe a ediciones no muy bien traducidas pero insólitamente publicadas en unos tiempos donde la censura franquista miraba dos veces cualquier libro que se publicara en este castigado país que es España.

Nelson Algren es un autor que pide a gritos ser reeditado y traducido como se merece, y en especial ahora, en unos tiempos tan confusos y siniestros como los que vivimos. Las razones son varias, Algren se puso a escribir a raíz de la penosa crisis del año 29, por los que sus ficciones son relatos de hijos e hijas que lo perdieron todo, y todo incluye también algo que no debe venderse como es la dignidad. Su obra es un canto, como es gran parte de la novelística estadounidense fruto del crack, a los perdedores, hombres y mujeres que lo perdieron todo por un mal golpe del destino. Sin embargo, y pese al pesimismo que pesa en títulos como Nunca llega la mañana, La gata negra y El hombre del brazo de oro, hay mucha ironía y humor en este descenso a la desgracia humana. Sobre todo en La gata negra, cuyo título en inglés Walk on the Wild Side, dio origen a una de las mejores canciones de todos los tiempos firmadas por Lou Reed y a uno de los mejores temas de jazz de todos los tiempos de Jimmy Smith. Háganme caso y escuchen cómo debe sentirse uno cuando camina por el lado salvaje de la vida. 

Es probable que Nelson Algren estuviera de acuerdo.
 
   

‘Tacande’ obtiene el Premio de Novela Benito Pérez Armas

Lunes, Octubre 6th, 2008

El escritor Gregorio Javier Hernández González con su novela Tacande ha resultado ganador del XXIV Premio de Novela Benito Pérez Armas de CajaCanarias. El premio, dotado con 15.000 euros y la publicación de la obra, recae en este título porque a juicio del jurado se trata de una novela con estructura sólida y cuidadosamente hilada que recuerda al realismo mágico que se respiraba en Macondo o Comala, el pueblo fantasma de Juan Rulfo en su hipnótica Pedro Páramo.

El jurado estuvo formado por los escritores Juan Cruz, Cecilia Domínguez Luis y Juan Manuel García Ramos, así como por el presidente de CajaCanarias, Álvaro Arvelo, y el presidente de la Academia Canaria de la Lengua, Ramón Trujillo.

Gregorio Javier Hernández González es médico aunque imparte clases de Biología en un instituto de Lanzarote. Nacido en La Palma, concurrió al certamen con el pseudónimo de M. Luzardo. Al premio de novela se presentaron diecinueve títulos, de los que cinco fueron seleccionados.

Enhorabuena al ganador.

¡Gracias, don Ramón!

Miércoles, Octubre 1st, 2008

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Creo que es muy importante que desde la escuela se nos enseñe a leer libros y no ha obligarnos a leer libros. En mi época feliz y tontuna de estudiante (más o menos en el pleistoceno de la Historia) fui uno de tantos a los que obligaron a leer libros aunque afortunadamente fui precoz en esto de la lectura al descubrir por mediación de mi familia lo apasionante que era perder el rato leyendo relatos y novelas. Sin embargo, debo confesar que mientras leía con insólita rapidez los libros que escogía libremente o me recomendaba mi padre o alguno de mis hermanos, los textos obligatorios del colegio me costaba seguirlos, desechándolos prontamente por tediosos sin que lo fueran. El problema, pienso ahora, era que se trataba de lecturas obligatorias y como tales, maldita la gracia que me hacían.

 

De esta manera, apenas me enteré de la lectura de un Quijote fragmentado que nos dijeron que leyéramos al grito de ar!, así como de otros tantos autores que, afortunadamente, redescubrí tiempo después y ya sin prejuicios escolares en la cabeza.

 

La primera vez que oí hablar de Ramón J. Sender fue en la escuela. No me acuerdo en qué curso, pero sí del librito que nos dijeron que leyéramos porque iba a ser objeto de una prueba: Réquiem por un campesino español. Por esas mismas fechas otro título obligatorio del escritor aragonés era La tesis de Nancy, que le hacía mucha gracia a nuestra profesora de Literatura pero casi nada a sus alumnos, que la leímos sin enterarnos un pimiento de las aventuras y desventuras de una estudiante americana en una Andalucía que llevo en mi corazón.

 

Pasó el tiempo, perdí pelo, engordé y me volví feo como me dicen unas y otras, por lo que desterré a don Ramón de mi repertorio de autores favoritos hasta que un día, husmeando en una librería de viejo de Madrid, me encontré con un libro que me hizo cruzar las puertas de la percepción. O al menos de la percepción que hasta ese momento tenía de Sender Garcés. El libro, El bandido adolescente,  una de las mejores novelas del oeste americano de todos los tiempos. Describe en él la historia de Billy el niño contada a través de los ojos de un señor que además de escritor fue también un excelente periodista.

 

Como suele suceder con todos los narradores que me tocan las entrañas, comencé a buscar más títulos de Sender, descubriendo que, como los grandes escritores del siglo XIX, el aragonés había dejado tras de sí una obra amplísima, repleta de obras maestras y también de obras muy menores. Devoré así, literalmente, Carolux Rex, fantasmagórica recreación de la corte de Carlos II, el monarca al que llamaron Hechizado y último de los Austria; como la fabulosa La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, de la que Carlos Saura apenas sacó jugo en su pesadísima El dorado y personaje que sí aprovechó su homólogo alemán, Werner Herzog, para reflexionar sobre la lucha del hombre contra la naturaleza en su todavía absorbente e hipnótica Aguirre, la cólera de Dios.

 

Años más tarde, y obsesionado con la literatura española sobre la Guerra Civil escrita desde el exilio (Max Aub y Arturo Barea, entre otros) leí su trilogía Crónica del alba, y si bien había visto las adaptaciones al cine que hizo nuestro paisano Antonio Betancor sobre ellas comprobé una vez más que es prácticamente imposible trasladar a la gran pantalla una gran novela, y mucho menos los sentimientos que empapan cada una de sus páginas. Sin embargo, la novela de Sender que más hondo supo calar en mi corazón y que considero su obra maestra, o al menos su mejor libro, donde realidad y ficción se dan la mano al mismo tiempo que una profunda y acerada crítica al ejército es Imán, donde el escritor evoca sus experiencias en la guerra de Marruecos y el particular Wateloo que supuso para las fuerzas armadas celtibéricas de la época la derrota de Annual.

 

Este libro no tiene desperdicio, y puede ser leído como una terrible novela de aventuras que es un género, como todo el mundo sabe, de iniciación. He leído otras novelas del autor, como Bizancio, pero ninguna me ha conmovido con la fuerza desgarradora de Imán, ni tampoco ha sabido sacudir tanto mi conciencia antes las injusticias de los poderosos.

 

En estos tiempos inciertos, es bueno recuperar la producción literaria de un hombre al que marcó, como a tantos otros, la Guerra Civil española. Eso sí, para descubrirlo en toda su dimensión, o al menos para que cale en nuestra memoria creo que es necesario que su trabajo llegue a nosotros sin prejuicios escolares. Volví a leer ya mayor y achacoso Réquiem por un campesino español y La tesis de Nancy (y también sus dos continuaciones) sin esas presiones y supe compadecerme de la traición de Mosén Millán así como de la asombrada visión de una España nuestra que ya no volverá vista por los ojos de una estudiante norteamericana a la que Sender enseñó en sus novelas que además de toros y  flamenco es algo más que el tópico que desde fuera han construido de este penoso pero también admirable país.

Erckmann-Chatrian, las dos mitades de una misma naranja

Sábado, Septiembre 27th, 2008

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En la historia de la literatura se producen a veces fenómenos curiosos y uno de los fenómenos que más me llaman la atención son el de las novelas escritas a cuatro manos. Es decir, firmadas por dos autores. Hay variados ejemplos si uno rastrea en su biblioteca o se machaca un poco su gastado cerebro. A mi me vienen ahora los nombres de Erckmann-Chatrian y Wade Miller o Whit Masterson, pseudónimos ambos que emplearon la pareja de escritores Robert Allison “Bob” Wade y H. Bill Miller para firmar sus potentes novelas policíacas, entre ellas Sed de mal, que Orson Welles convirtió en obra maestra cuando la tradujo a la pantalla grande. También están los bestselleristas Dominique Lapierre y Larry Collins y, ocasionalmente, Charles Dickens y Wilikie Collins o Joseph Conrad y Ford Madox Ford sin olvidar a los hermanos Grimm, naturalmente, entre otros muchos. Más de lo que uno piensa cuando explora esta curiosa manera de creación literaria. Y apunto lo de curiosa porque el trabajo de un escritor es generalmente el trabajo a solas de un hombre o una mujer frente a la dichosa página en blanco, mientras que en los casos expuestos está tarea se repartió con éxito entre dos.

Esta reflexión sobre los escritores que trabajan a dúo viene a colación de Erckmann-Chatrian (en la fotografía), que fueron una pareja de escritores franceses de finales del siglo XIX que hicieron un poquito más feliz mi adolescencia con dos grandes (y hoy olvidadas) novelas que se publicaron en este país llamado España en la editorial Austral. Uno de estos títulos cuenta, de hecho, con traducción de quien fuera presidente de la II República Española de 1936 a 1939, don Manuel Azaña, lo que descubrirlo cuando estaba sumergido en sus páginas me llenó de una tonta satisfacción que todavía me eriza la piel. Sentimental que se pone uno, sobre todo porque aprecio a ese señor barrigudo y con gafas de culo de botella y verruga. La razón fundamental de este cariño se la debo a mi padre, persona que nunca hablaba mal de nadie pero tampoco bien de casi nadie salvo de don Manuel y de don Juan Negrín, pero esa es otra historia.

La novela a la que hago referencia no se trata de una sola novela sino de dos. Me refiero a su Historia de un quinto de 1813 y a su continuación, Waterloo. Estos dos títulos narran las peripecias de un jovencito aldeano francés que acaba sirviendo en el ejército napoleónico. Sus autores narran con sentimiento los profundos desgarros de la guerra y la paradoja de cómo el en un principio “ejército de liberación” francés de los pueblos de Europa se transformó en “ejércido de ocupación”, provocando el odio de esa misma Europa que había recibido con los brarzos abiertos la ideas revolucionarias de libertad, igualdad y fraternidad que en un principio defendió Napoleón Bonaparte hasta el momento de proclamarse emperador.

No tiene desperdicio su lectura, y si bien para algunos se tratan de dos novelitas para jóvenes, les aseguro que releerlas con ojos más cansados y viejunos también tiene su gracia. Son dos libros extraordinarios, y lo que es mejor, dos valientes alegatos contra el odio entre hermanos, independientemente del país, credo y color de la piel que tengamos. Pienso así que se tratan de dos obras de obligada lectura para estos tiempos que vivimos.

Erckmann Chatrian  escribieron otras novelas, aunque no me llegaron tanto al corazón como su Historia de un quinto de 1813 y Waterloo. Me refiero a La invasión o El loco Yegof, que también se desarrolla en los turbulentos tiempos de las guerras napoleónicas.

Advierto, en todo caso para los curiosos,  que el estilo de estos dos escritores como el de otros muchos de su época quizá resulte hoy algo rancio, sobre todo porque sus personajes son gente sencilla que a lo más que aspiran en la vida es a la de ser buenos burgueses, pero tienen un encanto especial, un déjame entrar que una vez iniciado te sumerge en otro mundo y otra época. Esta es una de las razones por la que no me cansaré nunca de seguir buscando refugio en novelas que fueron escritas en tiempos pretéritos, de alguna manera es cómo si viajaras en el tiempo y vestido con el disfraz de su protagonista fueras testigo directo y en presente de un pasado que ya no volverá.

Como suele pasar en casi todas las parejas, la relación entre Erckmann y Chatrian se rompió en 1886, por lo que dejaron  de escribir novelas juntos. Su popularidad, que había sido enorme hasta ese momento, ya no fue la misma. O lo que es lo mismo, que sus lectores demandaban historias firmadas por ellos y no por cada uno de ellos. Es decir, exigían la naranja entera y no las dos mitades por separado. Lo dicho, una pareja. O yo veo numerosas similitudes con las que se han preocupado de acompañarme un trecho en este sendero que es la vida.

Es decir, que fuimos uno cuando estuvimos junto pero cuando lo dejamos ya no fuimos nada.

Así es la vida.

Viejuno que se hace uno

Jueves, Septiembre 25th, 2008

Es curioso pero ¿no se han dado cuenta que los progres te miran por encima del hombro cuando reconoces que tú también has leído El señor de los anillos? ¿Y que también disfrutaste con las tres millonarias películas de Peter Jackson?, ¿y qué conservas como oro en paño la primera versión en dibujos animados del que prometía iba a ser demoledor maestro de la animación Ralph Bakshi?

Comencé a sospechar que algo olía a podrido con esa odiosa comedia que tanto furor hizo en los 80 llamada Ópera prima, ópera prima del por aquel entonces desconocido Fernando Trueba. Se reía Trueba de El señor de los anillos aunque le perdono la tontería progre por el respetuoso homenaje que le hace a J. D. Salinger en la misma película. Muy qué chachi soy, eso es verdad, pero homenaje al fin y al cabo…

Yo me inicié en el universo de El señor de los anillos al ver deslumbrado en el cine Víctor la versión de dibujos animados. La vi con uno de mis mejores amigos y al salir de la sala sólo teníamos una idea: hacernos con el libro para ver cómo diablos terminaba aquella historia épica. Pero sobre todo en mi caso, para saber si moría realmente Gandalf… No podía creerlo. 
Fue unas Navidades cuando me regalaron el primer tomo, editado por Minotauro y que aún conservo a duras penas. Mi amigo y yo iniciamos entonces una competencia lectora para, cuando coincidíamos o quedábamos para un cine o comer una hamburguesa, revelaro con una crueldad intolerable lo que pasaba en el próximo capítulo. Recuerdo que llegué bastante turulato al tercer tomo, y que una vez que se tiraba el dichoso anillo cerré el libro y me dije basta.

Mi amigo continuó con las doscientas y pico páginas posteriores y antes del definitivo FIN, y me animó a que lo terminara pero dije NO. Dejé que reposara la obra y al cabo de varios años después me leí el resto. ¿Me impresionó? Un ligero encogimiento de hombros. Un ni fu ni fa. Es lo que hay.

Más tarde llegó a mis manos El hobbit, y disfruté con el libro. Pero di por imposible a su autor, Tolkien, con el Sillmalirion y otros volúmenes sobre su mundo imaginado porque me aburría. Esto me da derecho a decir que sí, que leí a Tolkien, y también que considero El señor de los anillos su mejor libro. Libro que me marcó, además, pero que tiene fecha de caducidad. Es decir, que hay novelas que son necesarias leer cuando te llaman o las llamas. Guardián entre el centeno, de Salinger, es un libro para lectores de 17 años. Y lo es porque te deja noqueado, es cómo si su protagonista Holden Caupfield fueras tú deambulando por la ciudad a esa edad… Luego está Lovecraft, que es uno de esos grandes escritores que si lo lees pasado los 20 ya no es lo mismo. No vas a sentir el miedo espectral ante lo ominoso de la misma manera.

 Con El señor de los anillos pasa una cosa parecida. Claro que para eso es exigible una mente abierta, y apetencias genéricas como lector.

Les cuento todo esto porque ayer, durante una cena con Jorge Herralde, miraba al editor en la distancia y pensaba de que manera podía agradecerle los buenos momentos que pasé devorando las novelas que en su día editó la colección Contraseñas de Anagrama. Allí me tropecé con Bukowski, del que es verdad que una vez te has leido una de sus historias es como si ya te hubieras leido todas;  Jack Keruack (aunque mi edición de La carretera es la de Bruguera), los artífices del Nuevo Periodismo, entre ellos el delirante Hunter S. Thompson, escritores que abonaron aquellos mis años con sus historias.

Para mi desgracia no pude decirle nada a Herralde, y mucho menos cuando finalizó la cena porque prácticamente se lo llevaron en volandas. Lo vi irse rodeado de los de siempre. En fin, que le vamos a hacer.  Claro que yo hablaba al principio de que a los progres no les gusta El señor de los anillos y ahora que me doy cuenta (viejuno que se hace uno) he llegado a la conclusión de que ahora ¿a mi tampoco?
Eso sí, que Dios me coja confesado.   

Otro movimiento desesperanzador del Ayuntamiento chicha(rrero): No apoyar al libro. “Total, para lo que vale…”

Viernes, Septiembre 12th, 2008

Hay un puñado de editoriales a las que debo haber pasado algunos de los mejores ratos de mi vida. Entre otras, gracias a Bruguera y Plaza y Janés (todavía no se les ha pagado como merecen el esfuerzo que hicieron en los 80 por rescatar de las tinieblas géneros “menores” para la crítica seria como el policiaco y la ciencia ficción, entre otros), así como Alianza Editorial, Seix Barral, Alfaguara, Lumen y Muchnick, entre otras muchas que ahora mismo se me escapan de la memoria. Pero entre todas ellas si hay una que funcionó a modo de revulsivo (obviando los libros que episódicamente editaba la gente de la revista Star) esa fue la colección Contraseñas de la editorial Anagrama, sello bajo el que muchos españolitos que no nos cansábamos de leer descubrimos escritores broncos y muy canallas como Charles Bukowski e Iceberg Slim por citar sólo a dos de los que se pasaron la vida contándonos lo de más dura será la caída.

 

No voy a entrar en el debate sobre la calidad literaria de estos dos delincuentes que abandonaron la botella y las drogas por la novela pero sí que su lectura todavía provoca dolores en la tripa. Soy consciente, no obstante, que un exceso de lectura de ambos autores puede resultar letal para la salud, pero leído a dosis muy medidas ayudan (o al menos me ayudaron) a ver el mundo de otra manera. Probablemente con unos ojos más siniestros, es verdad, pero también (me temo) más sinceros.

 

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Al frente de Anagrama se encuentra Jorge Herralde (en la fotografía), uno de esos personajes raros, raros, raros que un día dejó oficio y beneficio y se embarcó en una aventura tan compleja como es la de editar. Sobre todo en un país como es España, donde cada tanto tiempo se nos recuerda por encuestas fantasmales que vivimos en un territorio donde no se lee. Entonces, y esa es la pregunta, ¿qué hace este señor editando?

 

Yo no hago caso de las encuestas y soy de los que sospecho que en España sí se lee, sólo que de tapadillo. Es decir, que al lector español le da como un no sé qué salir del dichoso armario aunque es verdad que por lo menos hoy algunos están asomando la punta del pie. Algo es algo. Lo que de verdad sí me tiene convencido de que no leen son los que gestionan la Cultura desde las administraciones públicas. La Cultura debe ser para todos estos bichos raros como sinónimo de espanto, y si pudieran no pongo en duda que al oír su nombre (Cultura) sacaran la pistola. Como dijo Goebbelss, el ministro de propaganda del innombrable.

 

Temiendo que algunos de ustedes piensen al leer estas líneas que me excedo (con frases socorridas como “cómo se pasa el tío éste, siempre con las mismas…”) ¿alguien me puede explicar porqué el V encuentro de la Edición y VI encuentro de Editores de Tenerife no cuenta este año con el respaldo del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife aunque, afortunadamente, sí del Gobierno de Canarias, Cabildo Insular y varias empresas privadas? Vamos, que cómo se come que el órgano gestor de la capital anfitriona de estas importantes jornadas los haya ninguneado, apartado como leche mala… Y mientras tanto que derroche dinero en circo y conciertos multitudinarios pese a su dudosa calidad… ¿Lo entienden? Yo tampoco. Claro que así nos va, aunque algunos se crean el chiste (o mejor, la tontería) de Santa Cruz de Tenerife, capital cultural de Canarias (¡!).  Añado que en todo caso sería curtural de Canarias porque a veces tengo la sensación  de que eso es lo que nos venden los curturetas que dirigen el cotarrito curtural desde el Ayuntamiento de la capital tinerfeña. ¿Será cosa del pibe de Ofra, que reparte dinero y dinero en cafradas varias?, ¿o de Ángela Mena, quien probablemente pasará a la historia como la peor concejal de Cultura (perdón, Curtura) del Ayuntamiento santacrucero?

 

Dejo ambas preguntas en el aire, pero tiene maldita la gracia. Sobre todo si uno piensa que esta Feria promociona el libro que se hace aquí en otros mercados que no son, precisamente, de aquí, y organiza una exposición que rinde homenaje a Anagrama y a su responsable, Jorge Herralde, entre otras cosas.

 

Supongo que como los editores y escritores no son famosos, ni la Apena, digo Mena, Ángela Mena ni el chico de Ofra (¿me pregunto yo que libros leerán por si leen libros?, que se sepa no han salido aún del armario) habrán apostado por la Cultura porque no vende y no hace bonito.

 

Y así la va a la capital, que vive de Carnaval, paga himnos que vindican lo grande que es ser chicha(rrero) pese a que sea un plagio de los gordos e inunda el Guimerá de comedias para estómagos pequeño burgueses que, ojo, estando bien, ya empieza a ser una sospechosa tendencia en nuestro teatrito de provincias…

 

Con gran dolor por mi parte, mucho me temo que continuaremos con estas miserias. Así que hasta la próxima.