Dos héroes de nuestro tiempo y nuevas sobre el cine ‘made in Canarias’

Martes, Enero 12th, 2010

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* Bajo el título de Albert Camus. La herencia de un contemporáneo, el Espacio Cultural CajaCanarias en Santa Cruz de Tenerife acogerá los días 21 y 28 de enero, y el 4 de febrero, a las 20.30 horas, una serie de charlas y debates que está previsto que abra la próxima semana Javier Figuero, licenciado en Ciencias de la Información y Ciencias Políticas; y el catedrático de Literatura Francesa de la Universidad de Oviedo, José María Fernández Cardo, quienes analizarán, respectivamente, España en Camus y Camus en España.

El ciclo, coordinado por Antonio Álvarez de la Rosa, catedrático de Filología Francesa en la Universidad de la Laguna, contará el jueves 28 de enero con la presencia del periodista y escritor Olivier Todd y de la catedrática de Filología Francesa de la Universidad de Lleida, Angels Santa, quienes hablarán sobre España y Orwell en la obra de Camus.

Cerrará estas jornadas un Diálogo sobre el Camus libertario, que protagonizará el escritor y ex ministro de Cultura del gabinete de Felipe González entre 1988 y 1991, Jorge Semprún, autor, entre otras obras, de La segunda muerte de Ramón Mercader, Federico Sánchez se despide ustedes y Viviré con su nombre, morirá con el mío.

En el programa del ciclo se informa que su objetivo es abordar diferentes aspectos que pueden contribuir “a que situemos, en un tiempo tan descreído y tan a al deriva social como el nuestro, a un intelectual inclasificable, desgarrado entre los extremos, pero siempre inconmovible frente a la mentira, la dominación y el despotismo”.

Albert Camus. La herencia de un contemporáneo quiere también analizar la obra del autor de La peste y El extranjero, así como su vida, su literatura y su intensa actividad como periodista. “Se trata de analizar la figura y el pensamiento de un escritor consagrado cuya voz, como la de los clásicos, sigue sonando a presente”.

El presente ciclo quiere rendir así homenaje al escritor, ensayista, dramaturgo y filósofo francés, quien falleció en un trágico accidente de tráfico el 4 de enero de 1960. Hace ahora cincuenta años de su brusca desaparición.

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* La Gramola, tras el paréntesis navideño, reanuda este jueves, 14 de enero, a las 20.30 horas, sus Jueves de Poesía con el recital poético Pilar Lojendio In Memoriam con motivo del 20 aniversario del fallecimiento de la poeta tinerfeña, a cargo de Carlota Gaviño, actriz y nieta de la escritora, que leerá una selección de su obra. En el acto intervendrán, además, el poeta Arturo Maccanti, Premio Canarias de Literatura y amigo personal de la autora; Fernando Senante, poeta y Sergio Lojendio, excelente periodista y escritor y sobrino de Pilar Lojendio.

* El viceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, Alberto Delgado, dará mañana miércoles 13 de enero a conocer los proyectos audiovisuales que han sido seleccionados en las convocatorias correspondientes a 2009 y que serán desarrollados a lo largo del presente año. El objetivo de estas convocatorias, que se realizan anualmente a través de la empresa pública Canarias Cultura en Red, es fomentar la creación, el desarrollo y la producción de obras audiovisuales canarias. En la última edición se han establecido tres grandes líneas de apoyo con un presupuesto de 1.310.000 euros y que corresponden a coproducción financiera de obras cinematográficas, obras para televisión y cortometrajes.

* El Laboratorio de Escritura Audiovisual de Canarias (LEAC) cuenta con las guionistas Rosa Vergés y Lola Salvador para participar en un encuentro de trabajo con los ocho guionistas seleccionados en la segunda edición de este proyecto. En el marco de esta actividad, ambas expertas ofrecerán sendas conferencias mañana, miércoles 13, y el jueves 14, a las 19,30 horas, en el Centro de Formación de la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife, en un acto que estará abierto al público.

Saludos, releyendo El extranjero, desde este lado del ordenador.

Porque la sangre es, efectivamente, vida

Miércoles, Noviembre 25th, 2009

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Cada día tengo más claro que vivimos en unos tiempos francamente detestables. Será cosa de la dichosa crisis y de la gripe A, de cómo se ha resuelto el caso del Alakrana y del cínico buenismo políticamente correcto de quienes han vendido su alma al diablo. A veces tengo la tonta sensación de que estoy en un mal sueño, y pese a las adversidades que me vienen impuestas desde fuera, casi todas ellas innecesariamente dolorosas por humillantes, intento conciliar las que me muerden por dentro. Esos monstruos que inocentemente dejaste pasar un buen día a tu roto corazón ajeno a su rabia de vivir.

En días como estos, donde todo se desmorona sin necesidad de catástrofes naturales y sí mucha necedad de quienes me rodean y seguramente la mía propia, porque nadie está libre de pecado, pasear por mi santuarios particulares, esos oasis donde me hablan amigos y enemigos en silencio se me sube a la cabeza. Y pretendo, como si todavía fuera una especie de Lovecraft de provincias, reconstruir mi realidad hecha añicos. Cojo entre mis manos en una librería de La Laguna la continuación de Drácula, titulada ahora Drácula, el no muerto, novela firmada a dos manos por el biznieto de Bram Stoker, Dacre Stoker e Ian Holt y lamento sinceramente que el caballero transilvano no se encuentre entre nosotros para beberse la sangre de ese señor que tan poco servicio ha prestado a su ilustre apellido. Y pienso cuando leí Drácula por primera vez y también por segunda y por tercera. Todo un mérito para un lector que no suele releer los libros que más le han agradado. Con Drácula, quizá porque la sangre es vida, me pasó y me pasará todo lo contrario. Mi admirado Oscar Wilde dijo en una ocasión que se trataba de la mejor novela de todos los tiempos. Y no le faltaba razón. Porque Drácula es tan buena tan buena que prácticamente ha sido imposible traducirla al cine. Sí, Drácula cuenta con numerosas versiones cinematográficas pero ninguna se acerca al espíritu original de la novela. Ni esa barroca visión embriagadoramente romántica que rodó el casi siempre potable Coppola, ni las victorianamente sexuales del maestro Terence Fisher.

Stoker, que tuvo una vida igual de desgraciada que los personajes que se enfrentaron en su novela al rey de los vampiros, fue además autor de otros libros que han sido eclipsados por el que, a mi juicio, es su indiscutible obra maestra. Entre otros títulos, cuenta con deliciosas aventuras góticas de aliento victoriano como La joya de las siete estrellas y La guarida del gusano blanco, también llevadas al cine con muy mediocres resultados. Sin embargo, donde el escritor resplandece con el mismo nervio narrativo que Drácula es en sus cuentos cortos. Es autor, entre otros, de pequeñas y deliciosas obras maestras diseñadas para estremecer nuestros huesos como La casa del juez, El entierro de las ratas, Las arenas de Crooken, El secreto del oro creciente, La mujer india o su inquietante Almas gemelas. Cito estos cuentos entre otros muchos porque los he vuelto a releer en estos días de pesadilla con la esperanza de que trituraran esos malos sueños que a veces asaltan la costa de mis ideas como siniestra pleamar, y lo mejor de todo es que han conseguido lo que en un principio tomé por imposible, que rompieran dentro de mi cabeza la fatigosa experiencia diaria absorbido como estaba en su gimnástica lectura.

Por eso, y porque sus novelas y relatos siempre me calman pese a que unos insistan que nunca fue un gran escritor por su literaria sencilla y directa, no saben lo agradecido que le estoy a su fantasma al guiarme la semana pasada a una librería de Madrid y que allí me topara con su entretenido libro de ensayo Famosos impostores, editado por Melusina.

Se trata de una rareza donde nos cuenta con un insólito sentido del humor y entusiasmo aleccionador retratos de canallas que intentaron (y en algunas ocasiones lo lograron) engañar al mundo.

Sacudo la cabeza y le comento al espectro de Stoker que es una pena que ya no esté físicamente en el mundo. Y me pregunta ese gigante etéreo de casi dos metros que por qué. “¿Que por qué? Porque hace falta gente como usted para desenmascarar a todos esos impostores que hoy están instalados entre nosotros.”

Su fantasma desaparece y me deja solo en esa calle extraña de Madrid. Y entonces fue y sigue siendo entonces cuando al caer la tarde me parece ver entre los peatones con sus compras al viejo conde Drácula al otro lado de la acera. Me mira, se acaricia el bigote y me sonríe para mostrarme los colmillos.

Saludos, stokermanícos, desde este lado del ordenador.

Caminante: es verdad que se hace camino al andar

Domingo, Noviembre 22nd, 2009

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Vengo del FICOD con las ideas más claras: estoy en la Edad de Piedra en cuanto a las transformaciones que Internet está produciendo en nuestra vida diaria. Esta mañana, tras comentarlo con dos amigos a quienes encuentro casualmente en el Rastro, uno de ellos da en la diana al comentar que tanto él como quien les escribe aún estamos en la fase del descubrimiento del fuego. Y no le falta razón. Sócrates –como me pasa casi siempre– sale en mi auxilio con su: “Yo solo sé que no sé nada”.

Paseo por el Rastro de la capital tinerfeña a la busca y captura de libros raros y descatalogados. A veces tropiezo con joyas que, a mi juicio, me hacen reivindicar este espacio dominguero de compra y venta de trastos viejos, esos que ya nadie quiere.

Lo del Rastro es una aventura. Y lo escribe alguien aficionado a rastrear por esos islotes repletos de cachivaches con los que tienes que regatear. Disfruto, de veras, contemplando las yemas de mis dedos cubiertas de polvo cuando cojo entre mis manos novelas olvidadas por el tiempo mientras navego, como a la deriva de puesto en puesto, en busca de la isla del tesoro acompañado de una banda sonora que no me llevará a ningún sitio pero que tan bien encaja en esa especie de gran bazar moruno que es un Rastro.

Me encantan los Rastros y me encanta el Rastro de Santa Cruz de Tenerife porque sabe adaptarse muy bien al espíritu de un espacio al que tanto le exigo. Es decir, que sea un caos, una especie de cajón de sastre. Y como tal, que prometa encontrar de todo. Me da la oportunidad, además, de toparme con viejos amigos a los que no ves casi nunca, esos que te recriminan que no los llames (nunca que ellos te llamen a ti) y con los que charlas un buen rato mientras te asaltan olores extraños y los oídos se te perforan por esas melodías musicales que no están (ni estarán) animadas ayer ni hoy.

Esta mañana he tenido suerte. Me hago con dos novelas de François Mauriac, un escritor francés burgués y cristiano, y con una vieja edición de El mundo feliz de Aldous Huxley, libro que compro porque incluye un excelente prólogo de J. Estelrich. Se trata de una edición de 1947 publicada por José Janés antes de que se fusionara con Plaza.

Estoy muy agradecido a los rastros que he visitado a lo largo de mi vida porque en todos ellos siempre he encontrado un tesoro, por pequeño que fuere. Es verdad, no obstante, que hay que dosificar los paseos dominicales porque no hay cosa más frustrante para el cazador que ir a un coto y salir con las manos vacías pero cuando aciertas les juro que me parece que me han tocado los dioses. Encuentras ese título que ansiabas pese a que la portada esté rota y algunas de sus páginas tengan la esquinas dobladas. Incluso puedes descubrir en su interior fotografías de un grupo de personas. Y miras esa imagen donde no conoces a nadie, como es natural, pero te invita a que te rompas la cabeza intentando reconstruir literariamente esas vidas congeladas en color sepia.

Otras, tropiezas con flores secas en un poemario (me pasó con Confieso que he vivido de Pablo Neruda) y lees la firma de su primer propietario estampada en la primera página. O vas más allá, y cuando lo estás leyendo encuentras frases subrayadas en el texto. Frases que te desconciertan porque no han sido marcadas por ti y te hacen reflexionar qué llevó a ese lector que desconoces –anónimo interrogante– a destacarlas.

Entonces entiendo esas líneas como un aviso, o como si se tratara del mensaje guardado en una botella tirada hace mucho tiempo al océano a la espera de alguien que quiera al menos descifrala. Y ese aviso, ese pensamiento subrayado, lo asumo como una alerta, una advertencia o un saludo a otros náufragos como tú.

No, no creo que haya mayor poesía que ésta. El saludo de una amiga o un amigo sin rostro que quizá ya no esté entre los vivos pero que te habla a través de la voz de Chejov o de Zweig…

Y pienso, a veces, cuando llego a casa del Rastro y contemplo mi librería que procuro engordar día a día, que todos esos volúmenes igual terminan allí. Pero ¿saben ustedes? Me da igual porque el mayor regalo que le puedo dar a un navegante sin barco que son todos aquellos adictos a los libros es el de cederles precisamente los buques que me hicieron más soportable esta angustiosa pero también maravillosa travesía que es la vida.

El Rastro. Los Rastros… ¡Qué los dioses los tengan en su gloria!

En fin.

Saludos, no sé yo si tontamente agradecidos, desde este lado del ordenador.

El encuentro de un pecador justificado con El rey de la máscara de oro

Viernes, Noviembre 13th, 2009

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Sucedió tal día como hoy aunque mucho tiempo atrás. Atrás, atrás en el tiempo.

Un grupo de estudiantes de 7º de la EGB a primeras horas de la mañana mientras espera bostezando la llegada de la profesora. Algunos nos despertamos cuando ésta irrumpe en el aula como un relámpago, muy contrariada.

Nos pregunta secamente si sabemos que día es hoy.

Nadie le responde y nos encogemos de hombros. “Un día normal ¿no?”

La profesora se pone colorada, roja de indignación y exclama “¡¡¡hoy es el día de la Fuga!!! Y nos explica a trompicones que en sus tiempos lo habitual era que el alumnado no asistiera a clase.

Fuga.

La palabra se queda detenida en el aire antes de desvanecerse. Entonces uno levanta la mano y pregunta: ¿hoy no hay clase? Y la profesora, sentándose en la mesa viene a contarnos que sí que habrá clase, que nos hemos jodido por imbéciles.

Murmullo de descontento. Sacamos los cuadernos y libros de texto, todos aquellos libros de texto que probablemente terminaron hechos cenizas en una hoguera de San Juan.

Empieza la tediosa lección. La profesora, encanallada, nos avisa por sorpresa que además nos vayamos preparando porque dentro de diez minutos (consulta su reloj de pulsera echando chispas por los ojos) nos examinará por su santa cara.

Tragamos saliva. Hasta el empollón de la clase traga saliva.

“Les doy diez minutos para que se vean los libros.- nos advierte la profesora (habrán observado que no escribo maestra) y sale de la clase.

Pienso ahora con el paso de los años que aquella salida fue intencionada, porque una vez a solas, los compañeros y compañeras nos miramos a los ojos y nos dijimos telepáticamente “esta es la nuestra”. De un salto nos ponemos de pie, se abre la ventana que da a la calle y comenzamos a brincar soltando carcajadas y con el corazón en la boca. Justo cuando toco la acera oigo el grito de la profesora: “¿Dónde van ustedes?”

Pero ya estamos corriendo y llegamos a  la Plaza de los Patos (aquella del cisne sin cabeza) como alma que lleva el diablo.

Un grupo termina en el parque García Sanabria, vestiditos con nuestros uniformes, y nos miramos las caras muy excitados en el paseo de bambú porqué ninguno sabe qué hacer con aquel tiempo libre.

Ir a casa no es buena opción. Y regresar al colegio, una traición a esa espontánea evasión. Los que tienen dinero compran golosinas. Así que comiendo regaliz dejamos pasar las horas, francamente muy aburridos. Al final nos disgregarnos. Un amigo y quien les escribe se dan una vuelta por Santa Cruz. Ambos dos con sensación de delincuentes, observando de reojo a los adultos como si se trataran de agentes de la policía y esperando que cualquier transeúnte nos pregunte algo así como ¿qué coño están haciendo en la calle? ¿Es que no tienen colegio? Pero nadie nos censura, así que poco a poco vamos ganando confianza.

Al final terminamos por entrar en la Librería Rexachs, para mirar libros sometidos a la férrea vigilancia de sus empleados. Mis ojos tropiezan entonces con un ejemplar titulado El rey de la máscara de oro, de un tal Marcel Schwob, editado por la mítica, legendaria Ediciones Alfaguara & Nostromo. No sale caro, en aquellos tiempos los libros no salían tan caros como hoy, pero no tengo dinero. Mi amigo, que sí tiene, se compra los cuentos completos de Poe de Alianza con prólogo y traducción de Julio Cortázar. Al verme la cara desencajada, me alivia la amargura prestándome algo, y compro en un acceso El rey de la máscara de oro, de Schwob.

Fundido encadenado.

Me encuentro en casa leyendo ese fascinante libro de relatos cortos. Me encanta tanto que demoro su lectura. Pero llega el momento inevitable en que tienes que terminarlo. Una vez colocado en mi todavía pobre biblioteca, el gusano por hacerme con otros libros del escritor francés me ataca por dentro y por fuera. ¿Pero dónde? En la contraportada de El rey de la máscara de oro se anuncia que han publicado otro de Schwob, El libro de Monelle, y que es autor de, entre otros textos, La cruzada de los niños, Corazón doble y Vidas imaginarias, quizá su obra más reconocida y título fundamental en la biblioteca de ese gran lector y escritor que fue Jorge Louis Borges.

Pasa el tiempo. Y no me hago con más Schwob aunque sí con otros volúmenes de aquella inolvidable editorial como Los cuentos de boxeadores, doctores, de terror y misterio, de Conan Doyle; La profecía de Closted y la fascinante y equívoca historias de vampiros Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu; Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, de James Hogg o El trueno dorado, de Valle Inclán, entre otros muchos.

Afortunadamente y con el transcurrir de los años, llegaron a mis manos otros títulos de Schwob. El primero, como una tabla de salvación a las playas de mi descontento, fue Vidas imaginarias cuya lectura (apenas un centenar de páginas) supuso un disparo de luz para este que les escribe. Vidas imaginarias son las biografías breves de personajes que existieron realmente pero de los que apenas se tiene noticia. Desfilan así las vidas supuestas de Empedocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Clodia, Petronio y Sufrah, por citar los siete primeros.

Leído todavía hoy, continúa siendo un ejercicio apabullante y sorprendente teñido de fascinación. Estos textos están repletos de imaginación y una penetración psicológica que no necesita de 20 páginas para darte una idea del personaje descrito.

Más tarde devoré en casi nada (45 páginas) su maravillosa y estremecedora La cruzada de los niños, relato que narra la historia del grupo de niños que siguiendo las prédicas de un joven pastor marchan a Tierra Santa con la misión de reconquistar el sepulcro de Cristo. La historia está narrada a través de las voces de varios personajes, un goliardo, un leproso, el Papa Inocencio III, tres pequeños y un musulmán, entre otros. Lo lees como agua en el desierto. Y lo vuelves a releer otra vez porque te oxigena las ideas mientras paladeas un relato tan vibrante como gigantesco.

Más tarde mastiqué con la cabeza los cuentos de su Corazón doble y por último su magnífico El libro de Monelle, historias cortas sobresalientes y cargadas de simbolismo…

Así que aquí estoy ahora, rememorando aquel feliz Día de Fuga que luego degeneraría en pérdidas de memorias por obra y gracia de ese brebaje del diablo que era el vino con vino. Ninguna de aquellas experiencias permanece sin embargo fresca en mi memoria. Hay retazos de risas pero también de silencios y sombras. No, de ninguna manera que otros días de la Fuga fueron mejores que aquel primer encuentro ¿casual? con el señor Schwob. De hecho, cuando escucho o leo sobre este día, el de la Fuga, siempre recuerdo mi improvisada iniciación a su universo. Un mosaico fantástico, sutil y salvaje. Cruel en unos años, como son los de la rabiosa adolescencia, donde algunos tuvimos la suerte de saborear por primera vez el delicado veneno de la Fuga quiero pensar que en todo su esplendor.

Es probable que por eso, y a partir de ese mismo día, mi existencia haya estado marcada por esa idea. La de huir hacia delante mirando con insólita y amarga nostalgia lo que dejo  atrás.

“Está escrito que el Profeta, antes de su misión, cayó profundamente adormecido al suelo. Dos hombres blancos descendieron a su derecha e izquierda de su cuerpo permaneciendo allí. Y el hombre blanco de la izquierda le hendió el pecho con un cuchillo de oro, y, sacó el corazón, del que exprimió la sangre negra. Y el hombre blanco de la derecha le hendió el vientre con un cuchillo de oro, y sacó las vísceras que purificó. Y colocaron las entrañas en su sitio, y desde entonces fue puro el Profeta para anunciar la Fe” (Relato de Kalandar. La cruzada de los niños).

(*) La imagen que acompaña este comentario es original de Gustave Dore.

Saludos, al borde de los límites de la realidad, desde este lado del ordenador.

Pásalo porque nadie te obliga a quedarte en casa

Miércoles, Noviembre 11th, 2009

* Este jueves, o mañana, que si Dios quiere será 12 de noviembre en nuestro calendario, se celebra a las 20.30 horas en el recuperado establecimiento La Gramola y dentro de su programa de actividades culturales, el ciclo Los Jueves de Poesía, que inicia nueva etapa recordando la obra poética del escritor canario recientemente fallecido Rafael Arozarena. En una nota se nos informa que tras el éxito de su novela Mararía, la obra poéticas del autor quedó eclipsada, por lo que los organizadores de este encuentro pretenden darla a conocer al público no iniciado.

El programa previsto es el siguiente:
-  Juan José Delgado, escritor y doctor en Filología Hispánica, disertará sobre La obra fetasiana de Rafael Arozarena.
- Cecilia Domínguez Luis, escritora y licenciada en Filología Hispánica, profundizará en la obra poética con su texto titulado Un viaje en el ónmibus pintado con cerezas.
- Nicolás Rodríguez Kolia, artista, intervendrá con un relato sobre sus vivencias personales con Arozarena con el título Anecdotario de piel a piel.
- Al finalizar estas tres intervenciones, el grupo Poemus, -compuesto en esta ocasión por el poeta Fernando Senante, la actriz Ana Plasencia y el músico Rubén Díaz- ofrecerá un recital poético musical de una selección poesía de Arozarena realizada por Fernando Senante.

* La banda de jazz más estable y activa de la escena portuguesa, Bernardo Sassetti Trío, actúa también mañana jueves pero en el Espacio Cultural CajaCanarias, como parte de los actos del Otoño Cultural. La actuación dará comienzo a las 20:30 horas y las entradas se pueden adquirir en la página web de la entidad o en el propio recinto una hora antes del concierto, al precio de 5 euros, que irán destinados a proyectos sociales.

Después de diez años tocando juntos, Bernardo Sassetti, al piano; Carlos Barretto, con el contrabajo, y Alexandre Frazâo, a la batería, han forjado la identidad remarcada y diferente que posee este grupo en la actualidad. En su discografía cuentan con Unreal: sidewalk cartoon.

* El Ateneo de La Laguna acoge (off course) este jueves, a las 20:00 horas, la presentación del libro Desde la orilla, de Julián Ayala Armas, que acaba de ver la luz en la colección La quinta columna de Ediciones Idea. La obra recoge un conjunto de textos que fueron publicados entre 1993 y 2008 en revistas como Disenso, Tierra Canaria y Anarda, y en medios de comunicación alternativos, como Canariasdigital, Pixelatría y Pásalo. El acto contará con la presencia del director de la editorial canaria, Enrique Jiménez Fuentes, el decano de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de La Laguna, Humberto Hernández, quien introducirá a esta obra, así como el ingeniero agrónomo y actor Juan Ramón Medina, quien leerá cuatro artículos del libro. El libro incluye un prólogo del periodista y escritor José Manuel Castellano Gil.

Saludos, animándoles al pásalo, desde este lado del ordenador.

Errores (¿des?)afortunados de un pequeño burgués

Lunes, Octubre 26th, 2009

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La semana pasada adquirí en una librería de Santa Cruz de Tenerife la novela Motín en la Bounty, del hoy popularísimo escritor John Boyne gracias al éxito de El niño del pijama de rayas. Debo de confesar, como más o menos intuirán lo que siguen este blog que tengo debilidad, entre otros géneros, por las novelas de aventuras. Y si son marineras mejor que mejor, pese a que sólo sepa de barcos lo que es la proa y la popa, supongo.

El domingo, por ayer mismo, abrí el libro y me puse a leerlo con la esperanza de evadirme de la torpe realidad que me envuelve. Y tras intrigarme que la historia comenzase en Persia y estuviera protagonizada por una niña que confecciona alfombras, continué con la lectura preguntándome cuando aparecería la mar y la dichosa Bounty. Es verdad que con la mosca detrás de la oreja, celebrando ingenuo la capacidad de Boyne para que fuera un personaje femenino quién precisamente contase la que fue desventura del velero armado de su ¿graciosa? majestad.

A medida que iba avanzando en la lectura se fueron despertando las alarmas. Ya que en lo que leía no aparecía la Bounty y mucho menos la mar. Sólo el paisaje árido de Persia en una narración que intercalaba cuentos del tipo Las mil y una noches. Bien es verdad que seguí con la lectura, aunque bastante mosqueado por lo que suponía era una broma del señor Boyne. ¿Dónde estaba el capitán William Bligh? ¿y su protegido Fletcher Chirstian? Caramba, que tengo en casa las dos versiones que dirigieron Frank Lloyd y Lewis Milestone protagonizadas respectivamente por Clark Gable y Charles Laughton y Marlon Brando y Trevor Howard, y ahí sólo estaba la Bounty, un velero gobernado con muy mala hostia y cargado de frutos de pan. Y más tarde el celebérrimo motín y la isla de Tahití. O el paraíso en forma de mujer. Hay otra versión dirigida por el australiano Roger Donaldson con Mel Gibson y Anthony Hopkins en los roles de Christian y Bligh, una cinta que si bien vi en su día, y no es una mala película, se queda muy corta frente a las otras dos versiones reseñadas.

Así que frustrado porque lo que me apetecía leer era una novela de aventuras donde el malo ya no es malo (oséase el capitán Bligh), consulté la primera página de la novela para  descubrir con estupor que ahí lo que se leía era El rojo de las flores, de Anita Amirrezvani y no Motín en la Bounty, de John Boyne, aunque la portada demostrara lo contrario.

Como es natural, devolví esta misma mañana el libro. La librera, muy amable y probablemente más sorprendida y molesta que quien les escribe, me prometió que cuando le llegase un ejemplar correcto me lo haría llegar. Y eso que tenía otro en la librería:  Motín en la Bounty, pero al abrir el libro leías la primera página y aparecía El rojo de las flores.

Al salir meridianamente satisfecho del establecimiento (librería Canarias, una de las que mejor trabaja en esta ciudad todo sea dicho de paso), pensé la de veces que por una equivocación he visto películas que, inicialmente, no me apetecía haber visto. Una de esas fue Tierras de penumbra. Recuerdo que entré en unos multicines (los Price antes de Price Renoir) dispuesto a ver otra: El cielo y la tierra de Oliver Stone, y que cuando comenzó el ya clásico de Richard Attenborugh (y probablemente también su mejor película como director) maldije en silencio por lo que imaginaba había sido una fatal equivocación para mi entretenimiento pequeño burgués. Aún con esas, me quedé a verla resignado como pequeño burgués. Y fue lo mejor que me pudo haber pasado, porque solté la lágrima y hoy esa conmovedora película se ha convertido en un título de referencia en mi memoria gazpachera cinematográfica.

Cuando la descubrí (porque fue así, un descubrimiento tan idiotamente casual) lloré, y no hay nada más estúpidamente idiota que llorar viendo una película. ¡Si hasta se me quedó grabada en la cabeza una frase que pronuncia un inmenso Hopkins en el filme!

“El dolor de ahora es la felicidad de entonces”.

En cuanto a libros, y además de la anécdota que me pasó con Motín en la Bounty, les cuento la de un amigo entrañable al que una vez pesqué en la Rambla leyendo un libro al que le faltaban las cien primeras páginas.

- ¿Cómo puedes leerlo? le pregunté asombrado.
- Me encanta.
- Pero sí no sabes cómo empieza. Ni como se llama la novela, ni el autor…
- Y eso qué importa. Probablemente lo mejor del libro es donde comencé a leerlo.- me respondió el muy gañán.

Pasado el tiempo, y tras conocer de qué iba esa historia, descubrí de qué volumen se trataba. El escritor no dirá nada a los especialistas en literaturas de caza mayor pero para los que masticamos toda clase de cosas les informo que su autoría es de Wilbur Smith.

Les confieso que en una ocasión casi hago lo mismo. Me pasó con una edición de Las fortunas y desdichas de Moll Flades de mi admirado Danidel Defoe, y que compré hace años en el Rastro de la capital tinerfeña. Se trataba de una edición de Bruguera, e incluía fotografías de la versión cinematográfica que dirigió Terence Young con mi venerada (bésame estúpido) Kim Novak como protagonista.

Al llegar a casa con el libro, comprobé que le faltaba no el inicio sino el final. Arranqué las fotografías, que guardé en una carpeta, e imitando a los bomberos de Faranheit 451 quemé el ejemplar en el fregadero de la cocina, escuchando de fondo la banda sonora del filme de Truffaut compuesta por Bernard Hermann.

Y mira que me gusta Defoe. Verdad es, sin embargo, que teniendo su Diario de la peste, Robinson Crusoe, Historia del diablo, La vida del capitán Singlenton, entre otras, aún falta en mi biblioteca su Moll Flanders.

Pequeño burgués que es uno.

Saludos, en plan anécdotas animadas de ayer y hoy, desde este lado del ordenador.