Preferiría recordarlo… pero no me acuerdo
Domingo, Junio 7th, 2009Me pregunto por qué tengo tan fresco en mi memoria (mordida ya por el paso inevitable del tiempo) el primer libro “serio” que leí y no la primera película que vi en el cine. Tampoco el primer disco que puse en el tocadisco de la casa de mis padres, ni la primera cinta de vhs que inauguró el vídeo que por aquel entonces nos hizo tan felices a todos y a todas.
Me pregunto, yo, que tanto le debo como espectador al cine, por qué no recuerdo la primera película que fundió mis ojos. Quizá sea, intento razonar, porque después vinieron tropecientas mil y, probablemente, la primera no significó una luz cegadora en mi espíritu como sí tuve la suerte que significarara la primera novela que devoré cuando apenas tenía catorce años. Porque fue con catorce años cuando me entragaron esa novela, ¿verdad?
El tópico obliga a que nos acordemos del primer beso, lo que no dice es que también conservamos como hierro al rojo las primeras desgracias que marcan el carácter que te construirá como persona. Los libros y las películas y la música y el arte en general te deja huella igualmente porque, pese a los negacionistas, aprenden a vivir dentro de tí si los dejas entrar en el santuario de tu alma. Pero no iba por ahí el objeto de este comentario. No, no iba por ahí.
El fin de este comentario es explicarme por qué recuerdo mi primer libro, con todas las sensaciones que me produjo cuando descubrí que con la imaginación era capaz de reconstruir lo que me describía aquel escritor del que ya hablé, y no la primera película a la que asistí como espectador en uno de los muchos cines que por aquel entonces había en esta pequeña ciudad de provincias que es Santa Cruz de Tenerife.
Recuerdo, como recordarán otros, aquellas salas señoriales. Con su parte de arriba y su parte de abajo. Con los molestos intermedios a mitad de la película. Las bolsas de pipas que llevabas para hacerte más cómodo el visionado (lo de las cotufas vino mucho tiempo después), los chascarrillos que soltaba el público y como todos ovacionábamos al séptimo de caballería cuando aparecía casi al final de la película, en ese momento donde todo parecía perdido para los protagonistas; y a una turbadora Ingrid Bergman a la que llevaban en una barquita a una inhóspita isla volcánica llamada Stromboli porque, pese a todos los méritos cinematográficos de la cinta, me enseñó a sentir algo diferente por una mujer.
Recuerdo como si fuera ayer el primer tebeo que cayó en mis manos y que me hizo feliz. Astérix y los normandos. Y la de risas que solté con su entrañable compañero, Obélix. Pero, sin embargo, no está grabada en letras rojas en mi cerebro la primera película que ví. Y si bien eso no me quita el sueño, me hace preguntar por qué.
¿Será por qué después vinieron más películas?, ¿será por qué tengo muy frescas en las ideas las cintas de Maciste que veía y reveía en las inolvidables sesiones de las cuatro de la tarde?
Demonios que no lo sé. Y no saberlo me inquieta.
No se rían. En estos días de asueto, de descanso forzado, cosas así son las que me hacen más llevadera la existencia.
¿Cuál fue la primera película que viste en la tele, aquella tele en blanco y negro y un solo canal?
Tampoco me acuerdo.
Saludos crípticos a este lado del ordenador.