Hazme reír y cántame una canción

Miércoles, Octubre 14th, 2009

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Resulta curioso como cambia uno con la edad. Cuando era pequeño no me gustaban los macarrones ni el gazpacho, platos que años más tarde se convertirían en indispensables en mi irregular dieta alimenticia. Detestaba, además, el olor de los cigarrillos hasta que un día y en un bar (¿dónde si no?) un amigo me enseñó lo fácil que era caer en las redes del vicio tragando, sencillamente, el humo. Me encantaban entonces las películas de la Toho sobre Godzilla y demás familia de monstruos japoneses hasta que un día, llevando ya pantalones largos y mientras veía una de ellas, me pregunté ¿cómo diablos te podía haber gustado eso? Afortunadamente con el paso de los años recobré mi ingenuo ojo infantil, por lo que he vuelto a disfrutar con las andanzas de aquel monstruo verde aplastando película sí película película no a la ciudad de Tokio.

Con los musicales siempre he mantenido una curiosa relación de amor y odio que no se me quita de la cabeza. No recuerdo, sin embargo, que me aburriera viendo las películas de Fred Astaire (en mayo pasado se cumplió el 110 aniversario de su nacimiento) y Ginger Rogers, y más tarde obras redondas del género como Cantando bajo la lluvia o Un americano en París, de Stanley Donen y Gene Kelly y Vincente Minelli, respectivamente, títulos que ocupan lugar en mi extraña –por kafkiana– deuvedeteca. Confieso que eso nunca me pasó con Siete novias para siete hermanos, película que por mucho que insistí en aquellas no tan inolvidables sesiones de cine a las 4, logró lo que parecía imposible, que me quedara dormido. Así que no sé muy bien cómo termina. Hay fragmentos de su celuloide que parpadean en mi memoria, pero por mucho que me esfuerzo no acabo por centrarlo y eso que, probablemente, la tuve que ver más de una vez.

Ahora que al género musical le pasa como al del oeste porque no termina de cuajar en esta postmoderneces que vivimos pese a que se haya colado sin tanta discreción en el corazón de los más jóvenes a través de marcianadas como High School y de tanto en tanto en las de dibujos animados de Walt Disney, debo de confesar que uno de los momentos más cargantes como espectador cinematográfico se producía cuando en aquellas tragedias animadas disfrazadas de ingenuo relato infantil por el demoníaco tío Walt los protagonistas se ponían… a cantar. Lo mismo me ocurría cuando en las comedias de los hermanos Marx, Harpo o Chico descubrían un arpa o un piano y le daban a las cuerdas o a las teclas. Y eso pese a que siendo un niño el mejor que me caía de los tres era Harpo, o el mudito como le llamábamos. Tuvo que pasar un tiempo para que me riera de las salvajes salidas de Groucho, y más pero mucho más tiempo del inclasificable apoyo humorístico que le prestaba su hermano Chico-lini.

Siendo todavía un zagal, y en una de mis primeras salidas al cine solo que es algo así como el recuerdo de tu primer amor, me metí en el Cinema Victoria a ver El mago de Oz, de Victor Fleming y con Judy Garland haciendo de la pequeña Dorothy (¿les suena lo de golpea tus talones juntos y repite las palabras: “Se está mejor en casa que en ningún sitio”?).

Allí estaba en aquel cine que parecía un garaje (de hecho terminó convirtiéndose en eso: un garaje) cuando se apagan las luces. Y entonces siento como la rabia reprimida sube por el estómago hasta mi boca cuando descubro que la película es… es… es ¡¡¡¡en blanco y negro!!!! Y ver una película en aquellos días donde la tele sólo te ofrecía blanco y negro sonaba a estafa cuando te metías en un cine porque ahí sí que se exhibía en poderosos y cinematográficos colores. Claro que más tarde me di cuenta de lo contrario, el día en que la tele sólo era en colores relegando el blanco y negro “al cine antiguo”.

Pero en fin, que se me pongan en situación. Ahí está el crío que ha salido por primera vez solo al cine, expulsando humo por la cabeza mientras resignado devora la clásica historia de la pobre Dorothy y su perrito Totó a los que arrastra un tornado hasta el mundo de Oz y ¡oh, sorpresa! aquel universo recreado en estudio es a todo COLOR.

A partir de ese día El mago de Oz es en uno de mis títulos de cabecera. Y eso que se trataba de un… musical. Pero tenía de todo un poco: un hombre de paja, un león y otro de hojalata; una bruja más fea que el Picio y el inquietante OZ que resulta que es… No, no voy a revelarles el secreto si no han visto la película. Eso sí,  que conste que desde entonces Over the raimbow se ha convertido en uno de mis himnos particulares. Canción que no me canso de tararear. Pase lo que pase. Me aplasten o no me aplasten. Sé mientras la tarareo que en algún lugar encontraré el camino de las baldosas amarillas…

Les contaba todo esto porque en esta rara relación que mantengo con los musicales norteamericanos, cuando antaño me aterraba que tras una conversación el chico y la chica protagonista se pusieran a cantar como si nada, con el paso del tiempo ese efecto es el que últimamente me cautiva más en estas películas.

Me imagino así paseando por las calles de la polvorienta Santa Cruz y subiéndome a los bancos de la rambla, viajando en el tranvía o recorriendo la avenida de Anaga o atravesando el Mercado cantando como un descocido. Y que la gente se pone a cantar conmigo.

No negarán que tiene algo de fantástico y si lo piensan casi de ciencia ficción. Lo escribo por lo de una presunta invasión extraterrestre que lanza un rayo sobre nuestro planeta para que dejemos por unos instantes de pensar en nosotros mismos entregándonos al mágico y placentero disfrute de cantar. Aunque sea mal.

La realidad, obviamente, no permite estas grandezas. Aunque para estimular la producción en algunas empresas están obligando últimamente a sus trabajadores a bailar mientras el público pasea por sus instalaciones. Pero no es lo mismo. No parece verdad porque es un baile impuesto. Otra manera que tienen los empresarios de humillar a sus obreros: “haced el ganso por cuatro euros porque si no: a la puta calle”. Todo lo contrario de un musical donde el chico es capaz de cantar bajo la lluvia porque está tontamente enamorado.

En fin, en estas idioteces es en las que piensa uno para no echarse a llorar todos los días.

Saludos, a lo supercalifrístico espialidoso, desde este lado del ordenador.      

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Martes, Octubre 13th, 2009

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* Consigo (¡¡¡loado seado el Señor!!!) por vía indirecta los tres tomos tipo El señor de los anillos que recogen las intervenciones que se vertieron en el ciclo Desafíos de la cultura en el siglo 21 en aquel encuentro que tuvo lugar en Fuencaliente (La Palma) a finales de octubre e inicios de noviembre del año pasado. Es decir, que me hago con tan preciado y preciable material literario un año después de haberse celebrado el fasto cultureta canario. O la puesta de largo de esa señorita llamada Septenio que casi nadie conoce en su casa salvo los que han logrado venderle algunos de sus proyectos. Ojeo los volúmenes, muy cuidaditos, pero no saco casi nada en claro salvo que, probablemente, Sauron existe, y que gobierna una Tierra Media no ya poblada de amables y gozosos hobbits, enanos y elfos, sino de trolls y orcos. Si el buenazo de Tolkien levantara la cabeza.

* Pierdo el tiempo viendo la edición de hoy de 59 segundos made in Canarias. Y me entra tembleque, así que llego a la conclusíón de que para escuchar lo que dicen los expertos (en éste y otros espacios similares de la televisión autonómica y locales) prefiero a los amigos del bar que tengo debajo de mi casa. Son más directos e inteligentes. Me pregunto cómo diablos se le escapa a todo ese equipo algo tan objetivo como la palabra sensatez. Hablan por hablar, se meten unos y otros sin revelarme nada nuevo sobre lo que, presuntamente, la moderadora dice que intenta que debatan. Prometo, firmemente, que a partir de hoy ya no perderé esos preciosos 59 segundos de mi vida asistiendo a un programa que tanto me recuerda a los ¿debates? de Sálvame o ¿Dónde estás, corazón? pero con acento canario. Y eso pese a que en estos espacios se ¡quiere hablar de cosas serias! Admito que llegar a esta reflexión no me hará con el Premio Nobel, pero es que  debajo de casa (y sin cámaras ni protagonismos sospechosamente onanistas) arreglamos el mundo con más sentido del humor, elegancia y cinismo que esos “intelectuales” del, seamos benignos, siglo pasado.

Saludos, turuletas, desde este lado del ordenador.

… No corta el mar, sino vuela…

Martes, Octubre 13th, 2009

Hay ocasiones en que una película, un disco, un libro, una pintura o una escultura significa no sé si racional o irracionalmente un antes y un después en tu existencia. Será porque marca a partir de ese momento tu forma de ver las cosas. O contribuye a que abras los ojos y mires (eso ya no lo tengo tan claro) en la dirección adecuada.

Confieso que le tengo cierto aprecio a todas esas novelas que tienen protagonista fijo. La cosa comenzó siendo muy pequeño leyendo (no todas) las aventuras de Tarzán de los monos y John Carter en el planeta Marte de Edgar Rice Burroughs; más tarde las novelas de espionaje cafre de Ian Fleming (tengo los nueve volúmenes que en su día editó Bruguera. Por uno de los cuales, Solo se vive dos veces, llegué a pagar en aquella época en la que tenía dinero 5.000 pesetas ¿irayos y centellas si serás diota!?); las de Conan de Robert E. Howard y las Horatio Hornblower de C. S. Forester, entre otras muchas. Constituyen estas piezas literarias que algún cabestro podría calificar de caza menor, uno de esos tesoros que soy consciente que me llevaré a la tumba. Y si bien he omitido otros personajes como Sherlock Holmes y el profesor Challenger de sir Arthur Conan Doyle, y ya más recientemente las satíricas y documentadísimas historias de Harry Flahsman (ya le dediqué un espero que emocionado post a su autor George MacDonald Fraser) es porque hoy me ha dado por contarles lo que supuso para un corazón tan poco marinero como es el que tiene quien les escribe, descubrir las aventuras de Horatio Hornblower, personaje literario que descubrí gracias a una de esas películas que no me canso de ver desde que tengo catorce años: El hidalgo de los mares de Raoul Walsh.

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Mis primeras lecturas del personaje recreado por C. S. Forester (autor también de la novela La reina de África, llevada al cine por John Huston) fueron desordenadas porque las fui adquiriendo cuando el instinto del lector me sorprendía revolviendo en la pila de libros usados de la ya homenejada en este mismo blog librería Sonora. Así, me fui adentrando en el universo del marinero que encarnó en pantalla grande Gregory Peck sin seguir cronología alguna. Conservo todavía algunos títulos como El retorno de Hornblower y El comodoro publicados en la ya desaparecida Ediciones G. P. y que datan de 1957. Se tratan de libros de bolsillo que se editaban con letra minúscula y que gracias a una fe capaz de mover montañas fui leyendo pese a que fuera consciente de cómo iba perdiendo la vista a medida que pasaba aquellas páginas hoy amarillentas y casi acartonadas.

Cuando la novela histórica se puso de moda en este país llamado España, Edhasa tuvo el acierto de editar todas las novelas de Hornblower en ediciones más que presentables, lo que me hizo adquirirlas y leer las aventuras de este hombre de mar desde sus inicios como guardamarina. No fue dinero malgastado. En esta nueva etapa releí los volúmenes que había ido adquiriendo por casualidad en Sonora así como todos aquellos que desconocía entregándome a su universo de no corta el mar, sino vuela.

Y aquí entra el debate entre lectores. Que es más o menos el debate que surge entre musiqueros y cinéfilos. Los que descubrimos a Hornblower se nos hizo muy difícil por no decir que casi imposible adentrarnos en el mundo naval que propuso años después Patrick O’Brian, creador de Jack Aubrey (personaje también llevado al cine por Peter Weir en la estupenda Capitán de mar y tierra) y eso pese a que sus historias transcurren en la misma época en que se desarrolla la acción de las de Hornblower: las guerras napoleónicas. Eso me hizo llegar a la conclusión (posiblemente apresurada) de que las historias de O’Brian me resultaban demasiado densas por técnicas marineras mientras que las de Hornblower me parecían más de secano. O para un marinero de agua dulce. Y todo ello pese a que Forester nos describe a un personaje demasiado estirado y seco, antipático casi, anclado a eso que llaman orden y por lo tanto  capaz de asesinar “por accidente” a un superior porque considera que sus órdenes son un desastre para la buena gobernabilidad del barco…

Recuerdo ahora con un asomo de nostalgia las conversaciones que mantenía con el gran periodista y escritor Apeles Rafael Ortega Pérez, que ya no está entre nosotros, si las novelas de Hornblower o las de Jack Aubrey eran mejores o peores. Pasado el tiempo me doy cuenta que ninguno logró convencer al contrario pero no había día en que no sacáramos a colación esa disputa quién sabe con que propósito. En todo caso, recuerdo esas charlas como amables e intrascendentes divertimentos entre aficionados. Un intercambio de opiniones entre dos amigos que lo mismo podían haber discutido sobre si los Beatles fueron mejores o peores que los Rolling Stones.

Les cuento todo esto porque en estos días de lecturas hambrientas he vuelto a releer las novelas de Hornblower. Y a caminar una vez más sobre un navío de guerra cuyo suelo tiembla bajos mis pies. También porque he decidido leer sin prejuicios la serie de O’Brian con la esperanza de decirle al entrañable Apeles que tenía razón. O no, porque allá donde esté seguro que ya forma parte para toda la eternidad de la tripulación de H.M.S. Surprise.

Y que mientras tanto, los que todavía quedamos en tierra, esperamos a que nos busque un hueco en tan gloriosa tripulación.

Saludos, con diez cañones por banda, desde este lado del ordenador.

Suspiros de España

Lunes, Octubre 12th, 2009

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Juro sobre el libro más sagrado que lo que me ha pasado hoy es fruto de esa casualidad que a veces parece que conspira para hacernos más (in)felices. Como no tengo nada mejor que hacer y a mí eso de los desfiles militares no es cosa que entienda, cojo como el que no quiere el volumen Por la otra orilla, crónicas de viajes por tierras de Latinoamérica, Sudamérica o Iberoamérica firmada por el hoy extrañamente polémico Agustín de Foxá, conde de Foxá.

Por la otra orilla es un libro que, sospecho, no ha vuelto a ser reeditado desde 1961 y todo ello pese a su calidad literaria, repleta de descripciones chispeantes y algo modernistas. Se trata además de un volumen que no se ha vuelto viejo porque su autor –ese escritor al que el Ayuntamiento de Sevilla ha vetado recientemente en el 50 aniversario de su muerte por su pasado falangista– describe sus impresiones huyendo del tufillo político aunque sí imbuido de un espíritu (acúsenlo si quieren) españolista durante su enriquecedor periplo por esas tierras tan cercanas y lejanas.

Independientemente del debate ideológico que ha opacado el recuerdo de su obra, e intentado abstraerme de las dichosas pullas políticas, les confieso que la lectura espontánea de Por la otra orilla me ha calmado los nervios en este día de fanfarria. Además, ha servido para que mis sentidos evoquen la gozosa lectura que me asaltó cuando en su momento leí la obra por la que muchos defenestran el innegable talento literario de Foxá, Madrid, de corte a checa. Una novela, unas vivencias, que pese a que no comparta ni sentimental ni ideológicamente, no deja de ser un libro de esos que lees de cabo a rabo. Que saben capturarte porque está narrado con verdad. Sí, verdad que puede ser la verdad de Foxá, pero que sigue siendo verdad aunque no estemos de acuerdo con ella.

Leer, en estos tiempos blandos y de prohibiciones varias, a Foxá se me antojan además como un ejercicio provocador en esta tierra que quieren que vuelva a ser de buenos y malos, obviando la rica variedad que se encuentra en los grises. Y me empuja, afortunadamente, a rescatar a toda esa amplia galería de escritores (Edgar Neville, Enrique Jardiel Poncela) que para unos equivocaron el bando al estar del lado de los vencedores en nuestra nefasta y nunca acabada Guerra Civil. Pero eso no quita que continúen siendo buenos escritores. Escritores con un finísimo sentido del humor, conscientes quizá de que sólo a través de una risa inteligente y si quieren de derechas, se podían abstraer de la durísima postguerra que asoló este cementerio que fue y continúa siendo España.

Me ha tocado el corazón leer las impresiones de Foxá del Uruguay, Argentina, Nicaragua, La Florida, Honduras, República Dominicana y Perú, entre otras escalas. Y su capacidad para transportarme a esos países donde el escritor y diplomático intenta encontrar la huella de una España remota.

Si saben leer sin vendas en los ojos, es fácil conmoverse y también conmocionarse con la prosa elegante del escritor. Lean conmigo este fragmento: “Cuba sabrosa, de las dulces y radiantes mañanas; si las otras Repúblicas americanas fueron las hijas, tú fuiste la novia de España. Y cuando, por ley biológica, te fuiste, la matrona Iberia –la de las monedas, los sellos, la Gaceta y las escuelas, del siglo pasado, con su alto busto, su corona mural, su león y su balanza—lloró más que por todo el resto de su antiguo poderío”.

Toma, lo que se dice, ya.

Saludos, deliciosamente atolondrados, desde este lado del ordenador.

El grito

Domingo, Octubre 11th, 2009

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Allí por donde voy escucho siempre el grito. Es un grito que suena en silencio y que te rompe los tímpanos, y que te sume en una de esas conocidas depresiones que parecen que no pueden vivir sin ti. Compañera involuntaria en este devenir que es la vida.

Me llaman por teléfono, recibo mensajes en el correo electrónico, chateo un rato, me encuentro con alguien casualmente en la calle y no sé si darle la mano o un abrazo… Y siempre ese grito sin voz y terrible, casi igual de terrible como el que acompañó a Ramón Mercarder el resto de su vida tras clavarle el famoso piolet en la cabeza a León Trotsky.

De grito y de miedo es el asunto que trata El hombre que amaba a los perros, la última novela del escritor cubano Leonardo Padura. La finalicé esta mañana de domingo previo al Día de la Hispanidad, y confieso que me dejó un sabor amargo en la boca.

O esa sensación de que no termina de convencerme, pese a que está medida e históricamente resulte irreprochable. Pero no, me deja con un pesado vacío en la boca del estómago y no siento que sea la gran novela del escritor cubano. Quizá sea, pienso mientras coloco el volumen junto a las otras novelas del escritor que tengo en mi librería cada día más soñada, que pese a conocer la historia y fascinarme, en especial gracias al documental español Asaltar los cielos, reúne una serie de cosas que no me cuadran. Y una sensación abisal de que a Padura se le ha ido de las manos esta novela histórica con intenciones de denuncia.

No hace falta ser muy listo para darse cuenta de la metáfora que usa el escritor para arremeter a través de Trostsky, Mercader e Iván, el personaje cubano que encuentra en la playa al hombre que amaba a los perros, contra la ya decrépita Revolución Cubana.

Pero ¿y? me pregunto cuando cierro el libro. Nada. Y resulta durísimo escribir nada tras haberme leído sus casi 600 páginas.

Esto me pasa con algunos libros y sobre todo con algunos escritores de los que espero otra cosa. Y con Padura me pasa desde que me arrebató con sus inteligentes novelas policiales protagonizadas por Mario Conde y que se desarrollan en La Habana del periodo especial. “Son cosas tuyas” me dirán algunos. Y sí, me respondo, claro que son cosas mías, ¿de quién iban a ser?

El hombre que amaba a los perros es un relato terrible. Es el relato de una muerte anunciada. La orden la dio el que probablemente sea uno de los mayores hijos de la gran puta de los últimos tiempos: Stalin. Un personaje fascinante por diabólico. Encarna a la perfección el mal en la tierra. Un psicópata llevando las riendas de un país que fue capaz de hacerle sombra a los Estados Unidos. Me pregunto por qué nadie escribe una novela (la hay, pero es muy mala) sobre este demonio de bigotes de morsa. También por qué los dictadores más detestables de la historia llevan bigotes. Mussolini no llevaba bigotes pero es que además de ser un canalla fue un payaso.

El grito. Escucho el grito mientras escribo estas líneas. Con un sabor amargo en la boca. En las novelas describen esta sensación cuando uno de los personajes es envenenado con aquello de “sintió el sabor de almendras amargas en la boca”. Lo que siempre me ha hecho gracia porque alguna vez he comido almendras amargas y no tienen, para nada, sabor desagradable sino diferente…

Esta semana que muere ha sido una semana extraña. Muy rara. De esas en las que he sentido como un fantasma a la depresión intentando adueñarse de mi cabeza. Como soy perro viejo he logrado que se vaya pero la muy condenada que vuelve. Infatigable, lo que me llena de congoja porque cansa. Y si lo que leo, veo y escucho no me compensa, la muy cabrona vuelve a introducirse por la puerta trasera. Y me pongo triste. Y cuando me pongo triste no sé que hacer. Y cuando no sé que hacer escucho el maldito grito, y cuando escucho el maldito grito sé que algo no va bien. Y siento la sombra del miedo, sombra intangible que no ves pero que va ocupándolo todo. Pero me resisto.

Una buena amiga me dice que es signo de los tiempos y de cambio. Y puede tener tanta razón como no tenerla. Sólo sé que el maldito grito continúa. Y lo que es peor, que cuando no lo escucho tengo necesidad de volverlo a oír porque me he acostumbrado a su silencio.

No sé. Afortunadamente me quedan las novelas de Elmore Leonard. Con él, haya grito o no, ni me entero.

Saludos, ya no sé sin o con grito, desde este lado del ordenador. 

Canarias, ¡¡¡¡la tierra de los muertos vivientes!!!!

Jueves, Octubre 8th, 2009

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Las tranquilas aguas de la playa de Las Teresitas amanecen un día con un mancha que parece querer transformarse en Blob, aquella sustancia gelatinosa de la ingenua película de los años 50 que significó el debut de un jovencísimo Steve McQueen y que, cómo no, también tuvo remake. El Parque Marítimo resulta un escenario perfecto para rodar La noche de los muertos vivientes (imaginad que el último puñado de hombres y mujeres vivos de la isla tiene la mala fortuna de refugiarse en la que un día fue la joya de la corona chicharrera), y el antiguo templo masónico de la calle San Lucas se transforma en una mansión poblada de fantasmas, esqueletos incluidos guardados en esa cueva artificial donde en mi imaginación un inspirado concejal del Ayuntamiento puede susurrar a sus compañeros de fatigas que allí se practicaban sacrificios humanos para rendir culto al diablo. Al modo de Ammtyville. O el Palmetum, que podría ser una selva maldita donde mora una bestia del tipo Predator.  O el antiguo cine Víctor, que cerró sus puertas, explica un nervioso consejero de Cultura del Cabildo de Tenerife mientras se ajusta las gafas, porque en los últimos tiempos salían demonios de la pantalla que hablaban un idioma que nadie entendía. Tipo Demons.

Abro los ojos y descubro que la chiripitifláutica Santa Cruz de Tenerife se está convirtiendo cada día más en un paisaje perfecto para ilustrar una historia de terror. O de miedo. No sé, que me asalta la inquieta sensación. Y a todas horas del día, que la noche no tiene porqué ser tópicamente el momento ideal para pasar miedo.

Miedo. El primer instinto que le amargó la vida al ser humano cuando el mono que llevamos dentro se creyó inteligente tras comer el hongo de la sabiduría.

Pero lo que le pasa a esta ciudad cementerio también le pasa a otras ciudades de la isla y de las islas. No sé si será cosa de la crisis o del empecinamiento en que dejemos de ser lo que siempre hemos sido, pero no recuerdo una región tan triste y con tanta mala hostia desde que tengo uso de razón. Tan dejada de la mano de los dioses, tan caprichosamente cruel con los que no alcanzan, tan cabreada y repugnantemente gritona para que los de siempre continuemos ciegos…

Leo hoy en La Opinión de Tenerife que el Plan General de Ordenación (PGO) prevé destinar la parcela que actualmente ocupa el cine Víctor para “uso residencial colectivo”. Y me quedo de piedra, aunque la verdad tampoco me sorprende en una capital de provincias tan acostumbrada a demoler sus señas de identidad culturales en nombre del progreso: todo sea porque esta ciudad ya muerta en su soledad termine siendo un gigantesco dormitorio. O un cementerio de muertos vivientes.

No obstante, confío en que ese aviso que me ha hecho estremecer los huesos resulte una falsa alarma, u otra piedra política con la que la despistada y ahora despiadada oposición del Ayuntamiento santacrucero quiere salpicar el camino que atraviesa su actual equipo de gobierno.

No quiero mirar al pasado pero es que estos últimos meses me obligan a echar un vistazo a unos tiempos que, mucho me temo, empiezo a pensar que sí fueron mejores.

Esta ciudad, la isla, Canarias en su conjunto no es que se parezca, ES hoy más que nunca escenario de una película de terror. Una película de muertos vivientes. Sólo que sus protagonistas reanimados no salen de noche sino de día. Y si te ven VIVO ¡¡¡¡van a por tíííííííí!!!! 

En fin.

¿Es el fin?

Saludos pretendidamente vivos, vivos, vivos, desde este lado del ordenador.