No había Internet pero sí ‘fanzines’

Martes, Septiembre 29th, 2009

Gracias a una generosa invitación de la organización de la Feria de la Edición en Canarias participé la semana pasada en una mesa redonda donde se debatió ¿Qué hay de los 80? Y pese a pertenecer digamos que generacionalmente a esa década, confieso que siempre me sentí incómodo en  los movimientos políticos, sociales y culturales que se generaron en aquellos años, pese a que contribuí con mi pequeño grano de arena a su movida cultural asistiendo a conciertos de rock y poniéndome al día en cuánto a grupos y bandas se refería gracias a las numerosas revistas alternativas que nacieron a la sombra de este fenómeno musical hoy más o menos institucionalizado.

Mi intervención en el debate giró así en reivindicar el papel que jugaron los fanzines (revistas de aficionados editadas a fotocopias y con tiradas de risa) en su pretensión de informar y darle cierto prestigio y coherencia a lo que hacían todos aquellos músicos en los escenarios donde buenamente podían tocar.

Ha llovido mucho desde entonces, pero gracias a estas revistas de escasa difusión, el que quiera estudiar y escribir sobre el rock que se hacía en Canarias en esos años debe inevitablemente acudir a ellos para enterarse de la crónica más o menos exacta de esos días.

Los fanzines se convirtieron en algo así como en una Internet para pobres. Primero porque aquellos números laboriosamente editados a fotocopias se vendían como podían en las islas y otros se enviaban fuera, donde se establecían contactos con tribus que tenían más o menos las mismas ambiciones. Que no credos.

En casa todavía conservo un buen número de aquellas revistas, y de vez en cuando las consulto con el objeto de retroceder en el tiempo y descubrir cambios en nuestra forma de pensar y luchar. En la mayoría de estas revistas destaca, en especial, un entusiasmo que desarma, y unas ganas de informar sobre aspectos que en esos días estaban vedados en la prensa local y la televisión aunque no en algunas emisoras radiofónicas que dedicaron algunos espacios en su programación para dar a conocer lo que estaban tocandos aquellos pibes.

Respecto a fanzines, recuerdo, y los menciono de memoria, La Criba, Cirrosis, La Ola, El perro neoclásico, BOE, 80 miligramos, Grito de protesta, Orín desteñido (el primero que incluyó maquetas de los grupos canarios grabadas en aquellas (in)olvidables cintas magnetofónicas); La sombra de lo caídos, Papel pal’culo y los comiqueros Hormiga de pan y El camello, entre otros. Al enumerar las revistas que ahora mismo me vienen a la memoria, sonrío por esos nombres estrafalarios y claramente provocadores con que fueron bautizadas, pero ese fue otro signo de aquellos tiempos: los 80, donde el eco punk no future marcó a casi toda una generación.

Me he propuesto escribir una historia del fanzine en Canarias porque es una historia que debe de escribirse. Es una empresa que inicié hace años, y que espero finalizar algún día pese a que no me canse de descubrir revistas que desconocía. El problema es que no cuento con una hemeroteca y una guía para poder rescatarlos de debajo de la tierra, aunque sí que cuento con la valiosa información que proporcionan amigos y conocidos musiqueros y faneditores que, con suerte, no se desembarazaron de todos aquellos números por amor al arte o simple y desnuda nostalgia. De todas formas, confieso que esto es lo que hace más interesante la búsqueda: no saber a dónde acudir, la sensación de moverte en tierra de nadie con la esperanza de encontrar alguna nueva revista si miras bien al suelo, aunque me consta que no estoy solo en el desierto. Un entusiasta periodista del norte de la isla tiene digamos que esta misma obsesión, aunque su obsesión tenga más mérito que la mía porque es un tipo que descubrió los fanzines en otro tiempo aunque en el mismo lugar. Hablamos hace tiempo por teléfono para intercambiar información pero no hemos vuelto a tener noticias mutuas. Así que si lees esto, ya sabes.

En el Salón Internacional del Libro Africano (SILA) y la Feria de la Edición en Canarias celebrada este año en el Castillo de San Felipe del Puerto de la Cruz me comentaron que hay una página web del País Vasco que recoge algunos de aquellos títulos, pero por mucho que he navegado por la red no la he encontrado. No obstante, me hizo concluir que, como pasa casi siempre, tiene que ser precisamente gente de fuera los que valoren un producto artesanal informativo y con aspiraciones artísticas que siempre implicó pérdida de dinero (en aquellos años pesetas) pero no entusiasmo por la causa. ¿Causa? Ahora que lo pienso exactamente era eso: causa de informar de lo que de manera subterránea se estaba guisando en las cocinas del infierno del archipiélago en esa década que quizá fue más gloriosa de lo que unos y otros pudieran suponer.

Claro que es un suponer.

Saludos, una vez más teñidos de nostalgia Cebolleta, desde este lado del ordenador.

Malos tiempos para la lírica

Domingo, Septiembre 13th, 2009

Artistas y gestores culturales se pronunciaron esta semana en las dos capitales canarias a través de la  plataforma Movimiento del 2 por ciento para manifestar su  inquietud y natural preocupación ante el anunciado recorte de los presupuestos públicos (Gobierno autonómico, cabildos y ayuntamientos) en Cultura, lo que advierten “supondrá la destrucción de un millar de puestos de trabajo” (*).

El problema de la cultura en Canarias como sector económico y como motor de conocimiento es que al igual que sucede en el resto de este país llamado España depende inevitablemente de las administraciones públicas. De las regalías que anualmente reparte el Gobierno regional, los cada día más vacilantes cabildos y las concejalías municipales, órganos estos últimos que hasta el día de hoy continúan pensando que Cultura es más una extensión de Fiestas que otra cosa.

Como es natural, esta situación ha generado una serie de vicios. No ya en el trato que dispensan algunos responsables oficiales de la Cultura al artista de turno  –hace unos días les invitábamos a leer en este mismo blog un artículo publicado en La Opinión de Tenerife donde un veterano creador cuyo nombre no quiso revelar por precaución, denunciaba su miedo ante posibles represalias institucionales– sino también a la mayoría de las creaciones que han obtenido luz verde desde la oficialidad.

Pese a que me esfuerce por comprender por qué los gestores de la cosa pública continúan viendo el producto cultural como algo insustancial, el archipiélago hasta fechas relativamente recientes disfrutó de una edad de plata en cuanto a ofertas culturales se refiere. Comparado con las últimas décadas del siglo pasado, casi nadie discutirá que se dieron pasos de gigante en este sentido. Bien es cierto que había dinero, pero también es bien cierto que ese dinero se supo repartir con meridiana inteligencia. Aún admitiendo que en esa distribución de cheques al portador se mandó a paseo propuestas culturales que por su riesgo y espíritu agitador provocaron recelos en quienes suelen dar el sí y el no; si somos honestos, la situación actual –pese a las nubes oscuras que nos impiden ver– ha sido pasablemente buena. Sobre todo en el territorio de conciertos, pese a que las bandas y solistas de aquí participen general y resignadamente como teloneros (ver Tenerife At The Hotel, con apoyo Septenio).

Este año, la joya de la corona cultural del Ejecutivo canario tiene precisamente el feo nombre de Septenio. Una iniciativa controvertida y extraña desde que la parieron.

Su efectividad hasta el momento está resultando nula en la realidad archipielágica, por lo que mucho me temo que si hoy mismo se hiciera una encuesta de verdad a la ciudadanía (y no como la que se perpetró para justificar los mediocres resultados de la última Feria del Libro) en la que se planteara “¿conoce usted Septenio?”, probablemente de cada diez encuestados nueve no sabría nada y uno respondería que sí aunque no supiera explicarlo.

Septenio pecó en sus inicios de un generoso despilfarro de sus fondos. Irritante si tenemos en cuenta que se produjo justo cuando nos estábamos metiendo de cabeza en la odiosa crisis que nos afecta. Más tarde, inició una activa y competente campaña de promoción de los actos culturales y artísticos seleccionados en diferentes escenarios del universo mundo, cuyos resultados todavía es pronto para evaluar aunque no deje de tener la idea, vaga si quieren, de que esta formidable y también costosísima iniciativa se hizo en un tiempo que no era el idóneo. Sobre todo por la que se nos cae encima, y que ha ¿obligado? ahora al Gobierno canario a anunciar que recortará drásticamente su presupuesto en Cultura en un 18 por ciento en 2010 con relación al de 2009. Este tijeretazo significará, ya lo apuntábamos arriba, que podrán quedarse en la puta calle unas mil personas que trabajan por la cultura (no por Septenio) en las islas. 

En la cultura oficial, la de las administraciones pública, trabaja un montón de gente que sabe lo que hace. Personas que entienden que cultura también es sinónimo de riqueza. El problema, sin embargo, es que mucho me temo que en la actualidad quienes tienen la responsabilidad de dar el premio de la bendita subvención están muy mal aconsejados y asesorados. O apuestan por áreas que conocen dejando yermas las otras, que se han transformado a su vez en estériles reinos de Taifa.

Esta situación ha generado que algunos de nuestros mejores artistas hayan tirado la toalla, autoexiliándose en su propia tierra o marchándose a otras donde posiblemente se reconozca su talento. Ya contamos con nombres, luego no es un mito, una leyenda urbana…

Por eso, e intuyendo el negrísimo panorama que se nos viene encima si no hay antes un cambio brusco de timón, que implique una urgente reordenación del sector cultural y un análisis serio de la presunta rentabilidad de Septenio, mucho me temo que en vez de seguir dando pasos hacia adelante como buenamente se estaba haciendo hasta ahora, se retrocederá a tiempos pasados que muchos creíamos superados.

Malos tiempos para la lírica.

(*) Dos artículos con notable interés sobre este y otros asuntos firmados por Alfonso González Jerez y Francisco Pomares.

Saludos con sabor a angustia desde este lado del ordenador.

Canción de septiembre

Lunes, Septiembre 7th, 2009

Septiembre, que posee una de las más bellas canciones y también algunas de las más grandes tragedias, es un mes endiabladamente raro. El mundo normal se activa, las hasta ese momento tranquilas calles de la ciudad despiertan y uno aprecia en cualquier actividad que decida emprender cierta amarga hostilidad de los que tienes delante. O detrás, pero a estos normalmente no los ves venir.

Mes extraño septiembre. Parece como de ni fú ni fá, colocado en el calendario porque había que colocarlo. La cartelera cinematográfica se despereza lentamente tras los saldos de agosto, y en televisión regresan los mismos imbéciles de siempre y alguna que otra cara nueva. Entre los que vuelven renovados los de Gran Hermano, programa al que invito a que se reconstruya y que transforme esa casa de cabestros en un campo de concentración. Cambian los concursantes, pero parecen los de otras ediciones. Los mismos chistes, el mismo mal hablar, la misma Mercedes Milá… Me entran arcadas cada vez que sintonizo por despiste Tele 5 y me la encuentro como intrusa en el sagrado salón de mi casa. Eso sí, y como la televisión es veneno, me quedo un rato embobado viendo ese mal rollo carcelario con aprendices a famosos de tercera división. Y me entero sonrojado que hay algún canario. Porque canario haylos en estos espacios. A un lado o al otro de la delgada línea roja que nos separa del horror. Un personaje que detesto amigablemente es la palmera periodista del corazón Lidia Lozano. El vómito que sube entonces por mi garganta tiene sabor a mojó picón. O mejor, queso asado.

El otro día vi otro programa impresentable que va con look de canalla y de me las sé todas. Lo presenta ese señor que se llama Risto. Aguanté un par de minutos antes de cambiar de canal, enloquecido porque no encontraba nada en las cadenas llamadas generalistas. Tampoco en las locales, tan babosas, y mucho menos en la tontonómica, cuya En clave de Ja no me ha abducido, lo que demuestra que soy una especie rara y probablemente en extinción.

Decididamente septiembre es un mes extraño. Casi casi tan extraño como febrero. Parece que todo cambia sin que cambie nada.

Nada.

Es algo así como volver al redil.

Saludos extrañamente perplejos desde este lado del ordenador. 

Librerías, librerías, librerías…

Domingo, Septiembre 6th, 2009

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Será porque eran otros tiempos pero recuerdo que en Santa Cruz de Tenerife había más librerías que ahora. Ahora, tiempos malos, de recesión, de veneno, de miedo y por lo tanto fantasmas. Espectros.

Y digo yo que había más librerías porque el otro día que quizá fuera ayer jugaba con un amigo a esos juegos idiotas que se basan en recordar…

Durante la charla surgieron nombres: las míticas Goya, Jarama, Rodín y una que se ubicaba al principio de la calle de El Pilar, nada más bajando el Parque García Sanabria y que fue la primera librería donde recuerdo que el dueño, pese a mi edad, me dejaba a sus anchas, a que libremente recorriera las estanterías atestadas de sus tesoros sin tener la sensación de que te clavaban la mirada en la espalda.

Íbamos mucho un amigo y yo a esta librería de cuyo nombre no me acuerdo, pese a que el librero era un Librero. Nunca he vuelto a encontrarme en Tenerife ni en esos mundos de Dios (excepto en Sevilla, en la Antonio Machado) con un Librero como aquel. Te dejaba que miraras. Que perdieras el tiempo acariciando los lomos de los libros; que los olieras, que pasaras delicadamente las manos por sus páginas… ¡Hasta te recomendaba ese o aquel título para que te lo llevaras!

Y lo mejor, si no tenías dinero porque la paga familiar había desaparecido misteriosamente en cines y golosinas, lo dejaba fiado. “Ya me lo pagarás” decía aquel buen hombre que me descubrió a Bradbury y que tenía un cierto parecido con (decíamos mi amigo y yo) Julio Cortázar.

¿Cómo se llamaba por Dios?

En aquellos tiempos de aprendices lectores recuerdo que si había una librería que detestáramos con toda la cordialidad del universo mundo era Rexachs (hoy La Isla).

Las razones son objetivas.

La mitad del tiempo que nos pasábamos en sus tripas ojeando libros sentíamos la molesta y desconfiada mirada del dependiente clavada como un puñal en nuestras espaldas.

Te movías a un lado y el dependiente se movía a un lado. Dabas un pasito para atrás y el tipo daba un pasito para atrás. Uno para adelante e ídem de ídem.

Les confieso que son pocos los libros que he robado de una librería. No sirvo para ladrón, pero sí revelo el malévolo deseo que siempre quise robar un libro de aquella maldita librería. Al ser sometido a tal férrea vigilancia, uno de mis sueños más acariciados y nunca realizados fue la de deslizarme en el bolsillo cualquier ejemplar de Bruguera, Espasa o Alianza editorial (con aquellas formidables portadas de Daniel Gil) con el único fin de burlar el acoso del vigilante. O los vigilantes.

Todo lo contrario a aquella librería pequeña y modesta del Pilar. Donde el Librero nos dejaba a solas para aprovechar y tomarse un cafecito en el bar de al lado. Así que recuerdo como uno de los días más amargos y tristes de mi adolescencia cuando una tarde bajamos y nos encontramos con que la había cerrado. Para siempre. Tuve la sensación entonces de que me habían arrancado de cuajo una buena parte de mi corazón. No he vuelto a ver a su dueño, aunque a veces tengo la sensación de que me lo encuentro por las calles de este Santa Cruz raro que me están construyendo y siento deseos de acercarme y estrecharle la mano y decirle simplemente “muchas gracias”. Gracias de verdad, y no esa palabra que hoy se ha convertido en pútrida palabreja.

Cerraron míticas librerías en mi imaginario particular y más tarde abrieron otras. Pero ya era un poco mayor. Así que nunca he vuelto a vivir esa sensación tan placentera como es la de invitarte a una fiesta (la de los libros, que también es una fiesta) sin que necesitara tarjeta de presentación. O cuenta en el banco.

No sé si fue por causa de aquel cierre para mi no anunciado que de repente me volví un poco más malcriado. Recuerdo así que iba a la librería de los vigilantes, Rexachs, y pedía un libro de un tal Lampert, un escritor inventado, y me reía en silencio cuando el dependiente con aficiones a gran hermano me contestaba que todavía no había llegado.

“¿Cuándo llegará?” le preguntaba mordiéndome la lengua para no escupir la risa. “El mes que viene. Sí, lo más probable es que el mes que viene”. Como es natural, el libro nunca llegaba aunque no me cansaba en preguntar ”cuándo” por el dichoso volumen.

Cosa de críos. Ya saben. Si por mucho que lo intento procuro demostrarle a los mostrencos que esto de los libros tiene su lado de risa. De comedia. A veces trágica porque un lector es un individuo que, como me dijo una amiga sobrada, necesita de otras vivencias para ser él  mismo. Ahora que lo pienso: pobrecita y bendita amiga, a quien le regalé la biografía de Fouché escrita por el gran Stefan Zweig. Si lo leyó o no eso, como decía el maestro Kipling, es otra historia.

Otro día les cuento las excursiones que hacíamos a las librerías de La Laguna. Excursiones que aún hoy hago aunque con menos entusiasmo que en el pasado. Allí estaba Lemus, que todavía sigue, pero ya no es lo mismo. Ese es el problema. Que ya nada es lo mismo.

Cambias tú, cambian los amigos y cambian hasta las librerías… Es decir, que ya no siento miradas clavadas en la espalda por mucho que haga para que piensen que voy a robar un libro…

Decididamente, ya nada es lo mismo.

Saludos, una vez más nostálgicamente adolescentes, desde este lado del ordenador. 
 
 

¡Por ‘Historias Extrañas’, Cthulhu!

Viernes, Septiembre 4th, 2009

Ahí lo vemos, tan entusiasmado y loco por los relatos de H.P. Lovecraft que intenta imitar al maestro (eterno solitario) de Providence, Rhode Island. Envía un texto al tablón de anuncios de la revista 1984 (¿o fue Creepy?), donde anuncia a los lectores de los míticos tebeos que piensa editar una revista, y que anima a todo el que quiera a que le manden sus relatos de corte fantástico.

La revista se llamará, rindiendo tributo a Weird Tales que fue donde más colaboró el gigantesco escritor que imaginó el libro prohibido Necromicón escrito por el árabe loco Abdul Alzhared, Historias Extrañas. “Manden sus cuentos a esta dirección….”

Pasa el tiempo. Y de repente un día empiezan a llegar al buzón de su casa cartas y cartas. De Valencia, Santander, Barcelona, Teruel, Buenos Aires, Lisboa… Y todas esas cartas contienen un relato. Un relato adolescentemente lovecraftiano. Y decide sacar la revista.

En aquellos viejos tiempos no existía Internet, a los ordenadores se les llamaba computadoras y los conocías por las películas, así que los aficionados a esas cosas tan raras como los libros o la música que no sabían escribir y tocar un instrumento editaban fanzines. ¿Que qué eran los fanzines? Pues revistas de aficionados. La mayoría de ellas editadas a fotocopias y con una tirada de risa. Si llegabas a los cien ejemplares eras un fanzine reconocido. La mayoría no pasaba de los 50. Y eso resultaba bastante. Para un  ¡quiero un autógrafo!

Editar un fanzine en una isla como ésta no era nuevo. Ya habían algunos circulando por el mercado subterráneo. Lo que pasa es que la mayoría, por no decir todos, estaban especializados en música. Agradecidos esfuerzos que hacían muchos aprendices por destacar lo que estaban haciendo aquellos valientes que saltaban a un escenario para cantarnos que yo nací en el bloque 2009 y fui educado en la violencia y en la muerte…

Así que aquel adolescente lovecraftiano lo tenía claro. Su revista no iba dirigida al mercado interior sino al mercado exterior de todos aquellos locos adolescentes que habían sido abducidos por las deidades primordiales del gran maestro Lovecraft. Así que un día, tras ahorrar las pagas semanales paternas mes tras mes, monta en casa como buenamente puede su Historias Extrañas.

La portada: Boris Karloff como la criatura del doctor Frankenstein, fotografía que hasta ese momento adornaba la cabecera de su cama pegada con chinchetas.

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Sube a La Laguna, a una de aquellas tiendas de fotocopias que reproducían en cadena los apuntes para los estudiantes universitarios, y se gasta todo el dinero que ha ido ahorrando durante meses. El resultado: 35 ejemplares de Historias Extrañas.

El tipo que hace de editor es tan idiota que no gana un duro con aquella inversión. Se dedica a enviar gratuitamente ejemplares a los colaboradores y los que le quedan en casa los reparte sin recibir nada a cambio. Tanto es así, que hoy no conserva ningún ejemplar de aquel primer y queridísimo primer número en cuya portada fotocopiada en papel azul celeste el atento lector puede comprobar las huellas de las chinchetas en la cara de la vieja criatura del doctor Franky.

Para su sorpresa aquel Historias Extrañas tosco, rudimentario, repleto de faltas de ortografía tiene su eco. Desde Península, Buenos Aires, Lisboa le piden más. Y le siguen llegando relatos, historietas, artículos…

Se une a la causa un viejo amigo. Amigo que ya cocina en su cabeza lo de ser poeta. Recuerdo conversaciones en su casa cenando un potaje de berros mientras planteábamos contenidos y uníamos esfuerzos. Una inocente fe en lo que se estaba haciendo. Mi amigo se convierte en socio.

Habrá Historias Extraña 2.

El número se hace en su casa. Yo llevo mi máquina de escribir Olympia y trabamos y trabajamos.

“¿Hace falta una página más?”

 “No te preocupes, que esa la hago yo”.

No se acuerda ahora del artículo, quizá fue aquel que escribió sobre King Kong, la versión de 1933. Estábamos en 1983, y venía de perlas.

Otra vez fotocopias. Pero la edición crece: ¡¡¡¡40 ejemplares!!!! Y nueva sorpresa: le siguen llegando cartas a casa.

Y como Lovecrfat, escribe y escribe cartas largas, larguísimas de 20 folios mecanografiados a doble espacio a todos los corresponsales. Rubrica siempre sus escritos como Abdul Alhazared. Los otros firman como Jog Sothoth, Qualter… En aquellas misivas el adolescente vomita todas sus frustraciones de adolescente. Frustraciones de adolescente que le son devueltas con cartas igual de largas donde los otros le describen también sus frustraciones de adolescentes de provincias.

Sale el 3 de Historias de Extrañas. Cada vez más mejorado gracias a la intervención de su amigo-socio. Por él colabora una chica, un tía grande, GIGANTESCA, y algunos de mis amigos desconfiados. Siguen sin ganar un duro pero son felices.

El fanzine además de cuentos incluye ya su editorial, su sección de poesía, de cine… Por esos caprichos del azar descubren un día a dos tipos con los que hacen migas. Uno de ellos es un excelente dibujante y mejor persona; el otro era todavía el embrión de cineasta que muchos años después nos sorprendería a todos.

Sale Historias Extrañas 4. Y 5. Y 6. Y 7.

Y 7.

El último número de aquella aventura. Los lee ahora con la distancia que da la antipática madurez y sonríe ante aquella enloquecida aventura. El faneditor, que es quien les escribe, no tenía ningún ejemplar de aquella experiencia. Hace poco, apenas unas semanas, descubrió rebuscando entre las cosas de su padre una carpeta donde tenía guardados todos los ejemplares (salvo el primero) de aquellas Historias Extrañas.

Mira por eso hacia atrás sin ira.

Y sonríe.

Y se ríe. 

¿Por qué?

Joder, porque me cae endiabladamente bien aquel adolescente capaz de hacer real su sueño. Aunque fuera a fotocopias.

Por Historias Extrañas.

¡Por Historias Extrañas, Cthulhu!

Saludos babosamente nostálgicos desde este lado del ordenador. 

“Mi caaasa, teléééfono”

Jueves, Agosto 27th, 2009

Me imagino que como a muchas personas mi profundo amor al cine se lo debo al hecho de nacer en una familia donde se amaba mucho al cine. En este sentido, no había  momento más emocionante en mi niñez que la de ir al cine con mi padre.

Por varias razones: primero porque iba al cine con mi padre, que fue una de esas personas que me marcaron para los restos por su cáustico humor, generosidad y defensa de los suyos. Segundo, porque normalmente con él si que podía colarme en las sesiones para adultos. Ya conté la vez en que le montó un justificadísimos número a uno de los porteros del Víctor porque no quería dejarme entrar a ver Forajidos de leyenda, (para 18 años). Si bien al final entré gracias a los aplastantes razonamientos de mi padre. “Es mi hijo, y si viene conmigo puede ver lo que le salga de la gana”.

Sin embargo, hoy me apetece evocarles una de esas vivencias que me hacen todavía más entrañables ese gran caballero que fue mi padre cuando lo acompañé a ver ET.

A mi padre no le gustaba mucho el género de la fantasía y mucho menos el de la ciencia ficción, era más de películas de acción y musicales. Vibraba con los musicales, entusiasmo que supo transmitirle al resto de la familia porque una de sus debilidades además del cine y su afición a los libros (posiblemente tuvo la mejor biblioteca sobre la Guerra Civil de Canarias, y no creo que exagere) resultaba toda una gozada verlo escuchar un disco de jazz. Contaba, y cuenta todavía porque están en casa de mi santa madre, con una discoteca jazzística de esas que abrirían los oídos hasta un sordo, marcando el ritmo con los dedos de su mano, sonriendo embebido en aquella música mientras probablemente recordaba como uno de los mejores momentos de su vida como aficionado cuando vio junto a mi abuelo (a quien no conocí pero por el que siempre sentí enorme respeto por aquello de que había sido Maestro Masón en unos tiempos donde los masones y mucho más los maestros masones sonaba a gente peligrosa) a su admiradísimo Lois Amstrong.

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Pero me voy, una vez más, por las ramas. Les contaba que a mi padre no le hacía puñetera gracia las películas de ciencia ficción mientras que a quien le escribe le volvían loco. Por eso, cuando en el cine Greco (siendo cine Greco y no multicines Greco) estrenaron ET, me sorprendió sobremanera que me invitara un día a verla con él.

Un pequeño inciso, mi errática relación con Steven Spielberg está marcada por el cine Greco. Todavía tengo muy presente en mi memoria la vez que fui con uno de mis hermanos a ver Tiburón y como se me cayó el alma al suelo al contemplar como la cola para adquirir la entrada llegaba hasta el puente de las Asuncionistas. Pero había localidades para todos. Vi Tiburón con el cine a tope, gritando con los espectadores lo de “muere hijo de puta” cuando Roy Scheider lo manda al séptimo infierno…

Pero volvamos a ET.

Con un Greco casi lleno también.

Mi padre y yo sentado en la parte de arriba (porque en aquellos tiempos había parte de arriba en algunos cines de esta capital) viendo la película.

Confieso, pobre de mí, que no tengo buenos recuerdos de ET. La razón, como se la explicaba el otro día a unos amigos, es que para mi cuando aparecen extraterrestres en pantalla tienen que ser los malos de la película, y no un desvalido bicho que solo sabe decir mi casaaaa. Además, detestaba a ese gnomo dando la lata y correteando como un pato por la casa del tal Elliot.

Vale, sí, está bien la escena de la bicicleta volando y la silueta recortada en la luna llena, pero no, no me hizo puñetera gracia el ET. Así que cuando apareció el The End que acaba con nuestros sueños cuando tenían forma de celuloide, recuerdo las explicaciones que ya estaba organizando en la cabeza para justificar ante mí padre que aquella, pensaba yo tontería que habíamos visto, no era una de extraterrestres invasores de verdad…

Y ahora viene uno de esos momentos más conmovedores de mi vida. Conmovedores y probablemente para muchos de ustedes idiota de una vida marcada por idioteces como ésta.

Vi a mi padre llorar.

Estaba llorando de emoción.

Aquello, como es natural, me desarmó por completo. De hecho, creo que fue la primera vez en las que nos quedamos hasta el final de los títulos de crédito.

Cuando salimos a la calle, rumbo al Imperial a tomarnos uno de sus excelentes bocadillos de pollo, me preguntó que qué me había parecido. ¿Y saben ustedes lo que le contesté?
“Una gran película, papá.”

Esta no fue ni la primera ni la última mentira que le solté a mi padre a lo largo de los años que tuve la suerte de tenerlo conmigo, pero créanme si les digo que sí que fue una de las más dolorosas.

Cosa extraña. Nunca he querido volver a ver ET.

Me trae demasiados recuerdos.

Saludos, una vez más nostálgicos, desde este lado del ordenador.