Esto va de antes y ahora (con mucha saudade)

Lunes, Agosto 24th, 2009

La verdad es que cada día voy menos al cine. Cuando hablo de cine me refiero a cine del de verdad, a la sala (hoy multisalas) tradicionales. La penosa oferta de la cartelera, y la más que probable tonta vejez que me acompaña, ha logrado lo que hasta hace unos años me parecía improbable: que dejara de ir con la continuidad de antaño al cine.

Que le vamos a hacer. Me he acostumbrado a la comodidad de mi casa, a escoger las películas que quiero disfrutar ese día y a verlas despatarrado en el sofá, uno de esos muebles a los que algún día habrá que rendir el homenaje que se merecen.

La última película que fui a ver al cine: Drag me to Hell, de Sam Raimi, un cineasta que hace un porrón de años conmovió mi espíritu con su irrepetible y desvergonzada Evil Dead. Ya me habían avisado que con Drag me to Hell el cineasta regresaba a sus orígenes, o a su estilo, una mezcla de humor y terror que deja desarmado a cualquier tipo de espectador, y que son elementos clave de su cine de autor, aunque esto de cine de autor nos haya hecho tanto daño en los últimos tiempos.

Debo de agradecerle de todas formas al señor Raimi la de carcajadas que solté con su última película hasta la fecha, una aparente e inquietante cinta de terror con algunos de los mejores momentos cómicos que he visto recientemente. Claro que el amigo con el que fui a la sala y yo estábamos avisados del casi siempre espíritu gamberro y transgresor de su realizador, pero no el resto del público que estaba con nosotros en la sala y a oscuras.

Hay una escena más o menos iniciado el largometraje –y que no me molestaré en contarles por si tienen la intención de ir a verla– que nos hizo ladrar una serie de carcajadas a las que, magia del cine, de ver un espectáculo de masas, logramos contaminar al resto de los espectadores, bien es cierto que al principio con ciertas reservas. Dejo para los sesudos especialistas que ahonden en las complejidades de este insólito creador cinematográfico, pero de vez en cuando merece que a uno le alegren la vida viendo una película de terror y risas. Filme, además, inspirado vagamente en esa obra maestra del género que es Night of the Demon, de Jacques Tourneur. Ya sabrán porque lo digo si tienen la suerte de verla en… el cine.

Será cosa de que ya no voy tanto por las multisalas que pueblan mi pequeña capital de provincias, pero muerto el Víctor no saben lo complicado que se me hace explicarle a mi sobrino que alguna vez existieron cines que eran eso: cines. Los enterados las llaman hoy de pantalla única, pero para mí continúa siendo el CINE, con todas sus letras.

Pese a que ponga sobre el tapete que cada día tengo más claro aquello de que ya no pertenezco a esta época (me imagino cinéfilamente como uno de esos cuatreros perdedores tipo Peckimpah, montado a caballo cuando ya están estropeando las praderas ese invento infernal que se llamó automóvil) noto como el comportamiento del público de nuestros días agitados también se ha vuelto… como podría decirlo para no herir susceptibilidades… más malcriado. No lo digo ya porque ir a una multisala implique pertrecharse a precios astronómicos de cartones de cotufas y refresco de cola, sino por las llamadas al móvil de los muy cabrones que no han tenido la decencia de apagarlo o silenciarlo nada más comenzar la película. Antes, cuando este que les escribe iba al cine, no existía ese aparatito diabólico, aunque es verdad que tuvimos una época en el que el imbécil de turno apuntaba a la pantalla con un marcador láser con la consiguiente bronca de casi toda la sala. “Te voy a meter el aparatito ese por donde te quepa…” recuerdo que gritó en cierta ocasión alguien del público, y que más de dos aplaudimos esa llamada al orden. La gente entonces era educada porque el imbécil apagó el rayito y continuamos viendo la película.

En otras ocasiones alguien gritaba una broma por algo que se decía o hacía en la pantalla, pero eran ocurrencias que generalmente arrancaban unas risas con la que se reconocía su espontáneo talento y servía, además, para relajar la tensión. Me acuerdo que viendo La rebelión en el planeta de los simios, cuando aparece uno de aquellos gorilas con mono naranja barriendo una cafetería, uno de los chistosos exclamó: “pero si se parece a mi jefe, qué haces ahí jefe”, con la natural carcajada de la pibada… pibada que al entrar en el cine tenía su sitio: las butacas de la mitad, y si te tocaba la de pasillo mejor porque así podías estirar las piernas ya que las de atrás estaban “reservadas” a las parejitas para que se hicieran cosquillas y las de delante para los cinéfilos, a quienes detectabas con facilidad porque iban solos y llevaban gafas de culo de botella.

Hoy la gente ya no se comporta de esa manera. Parte de culpa la tienen las sesiones numeradas, también la manía que tienen algunos de creerse que están en el salón de su casa, por lo que nos les importa pasarse toda la película hablando con el compañero de al lado de lo que sea salvo el sexo de los ángeles, que debe ser algo muy profundo. No le importa a esta fauna joderle la sesión a quien tiene al lado. En una ocasión se me ocurrió rogarle (no pedirle) silencio a uno de estos cabestros y casi termino con las gafas rotas, como el personaje que interpreta Woody Allen en Toma el dinero y corre.

El otro día el cineasta Á. David Delgado San Ginés comentaba en un post de este mismo blog (y comentario que me dio la idea de este modesto desvarío) cómo había sido testigo de una pelea en una sala de cine. Lo que me hizo recordar, además de la experiencia anteriormente relatada, otras episódicas riñas vividas en las multisalas. No sé, la gente está demasiado cabreada e insensibilizada para asistir  (como antaño) al cine.

Mandar al silencio con un shhh seco puede resultar la mayor parte de las veces perjudicial para la salud. Claro está que en el mejor de los casos pueden mandarte a la mierda llamándote lo de pollaboba. Insulto, por otra parte, que tiene sonora gracia.

Pienso, además, que es más que probable que mi generación fuera y fuese de auténticos pollabobas porque casi todo nos cogió a medias. Siendo infantes sé nos murió el general y ya adolescentes vimos a nuestros hermanos mayores correr como alma que lleva el diablo de la policía que vestía de gris. En mi etapa alegre y juvenil, la mayor parte de mis amigos (pollabobas) sólo querían ser como Mario Conde y por suscripción popular erigirle un monumento a Carlos Solchaga mientras yo perdía el tiempo haciendo otras cosas. Así me fue. Claro que ahora que lo pienso el pollaboba quizá fuera yo. Elemental, querido Watson.

Pero hablaba de lo que sentía antes y ahora cuando voy al cine. Antes me quemaba las manos aplaudiendo a la gloriosa caballería al rescate de los colonos en un punto perdido del mapa de Nuevo México; abucheando sin rencor a los pieles rojas. Además, no nos cortábamos en ovacionar un filme que nos hubiera llegado al corazón. La última vez que aplaudí en compañía de otros fue en Brazil, de Terry Gilliam. Pero eso fue en Madrid, claro está. En provincias todavía andábamos (y creo yo que seguimos) por las ramas.

En fin, eso era todo. Más o menos. En todo caso, si cualquier tiempo pasado fue mejor es porque uno era más joven y, probablemente, pollaboba.

Saludos otra vez en plan abuelito Cebolleta desde este lado del ordenador.

Mirando hacia atrás sin ira

Sábado, Agosto 22nd, 2009

Me desperté hace unos meses de un mal sueño, de esos agitados y que no te dejan ser tú mismo. Un mal sueño de los que te hacen revolver las sábanas y sentirte culpable por algo que no has hecho. De los que te obligan a abrir los ojos de improviso, en medio de la noche caldeada para descubrir frustrado que estás durmiendo sin dormir…

En fin, a lo que les contaba: desperté hace unos meses de una extraña pesadilla, de uno de esos –no sé yo si involuntarios– descensos a los infiernos de la normalidad para darme cuenta que sólo se puede salir de ellos por la puerta grande. La sensación de culpa se ha transformado así en ceniza, y en estos casos en tu corazón ya no hay cabida para el veneno de los torpes (a)normales aunque toque madera con la esperanza de que ese estadio de excéntrica felicidad que me envuelve dure un tiempo largo, el suficiente para volver a construirme como persona.

Recuperas viejos escenarios de tu infancia y de tu adolescencia, discos que sólo habías escuchado una sola vez y una montaña de libros que te espera con religiosa paciencia en la mesita de noche infundiéndote una cómoda tranquilidad. Alimento espiritual que dice un idiota. Novelas y novelitas, ensayos y ensayitos…

También ves cine. Mucho cine. Como escribí hace unos meses, en pleno periodo de recuperación mis ojos y mis ideas se mostraron agradecidos con un género –el western– fabricado por hombres libres. O al menos de los que mascan libertad porque la mayoría de sus historias son el relato de hombres y mujeres que sólo caminan dando pasos hacia adelante. Ahora, en estos días de baño a lo burbuja como en la legendaria El guateque, me ha dado sin embargo por el cine de aventuras de antes. Esas películas que me devoraron parte del alma siendo niño y que hacía tiempo no veía porque estaba sumergido en las tediosas aguas de la normalidad. Reveo Cuando ruge la marabunta (Byron Haskin, 1954); La senda de los elefantes (William Dieterle, 1954) y esa obra maestra del desarraigo que es El salario del miedo (¡qué título para estos tiempos de recesión!) de HG Clouzot. Una vez más redescubro a Eleanor Parker y a Elizabeth Taylor y me pregunto si realmente hubieron mujeres así. Las comparaciones son odiosas, lo sé, pero es que hoy me parecen espejismos. Y ellas demasiado hermosas e interesantes. Luego he llegado a la conclusión de que en este aspecto sí que hemos dado un gran paso. Pero hacia atrás.

Cae en mi reproductor de dvd El estrangulador de Rillington Palace, El cisne negro, El halcón y la flecha, El temible burlón, Scaramouche, Operación Cicerone, Los crímenes del museo de cera –en una edición con las dos versiones, la de Michael Curtiz y André de Toth–; Hondo, otra del oeste; el bellísimo musical La leyenda de la ciudad sin nombre con el inolvidable Lee Marvin cantando Wandering Star (canción  que por derecho propio se ha convertido en mi himno personal en estos tiempos de forzada pero también gozosa reflexión)… y dos obras maestras de Raoul Walsh: Los violentos años 20 y El último refugio, películas estas que me marcaron en mi infancia y que, diablos, vueltas a ver siguen marcando mi cada día más improbable madurez.

Personalmente no he descubierto ningún título nuevo en esta lista de grandes títulos porque todas la vi en la televisión de aquel entonces (la de un solo canal y en blanco y negro) que pese a todo lo que le faltaba sí que exhibía cine del de verdad. Recuerdo todavía al crítico Alfonso Sánchez presentando las películas en aquella pequeña pantalla tartamudeando. Y cómo en casa lo imitábamos: “esta pepelícucula de John Ford”. O cuando aparecían los títulos de crédito y en mi familia coincidíamos en que sería buena porque salía Gregory Peck o Robert Mitchum, coreando sus nombres como si se trataran de futbolistas que saltaran al terreno de juego.

El cineasta Joseph Vilageliú me avisa en uno de los comentarios recientes en este mismo blog que el verano es territorio abonado para la nostalgia. No lo sé, pero por Dios que mis ya continuados y para nada enfermizos vistazos hacia atrás sin ira me están descubriendo a un personaje, este mismo que le escribe, que hasta hace unos meses se estaba convirtiendo peligrosamente en un imbécil.

Eso era casi todo.

Saludos idiotamente cinéfilos y cinéfagos desde este lado del ordenador.

Confesiones de un lector (idiota, probablemente)

Viernes, Agosto 21st, 2009

Tuve una época en la que me molestaba un montón que en los libros que adquiría se publicara la fotografía de su autor. La razón es sencilla, si me había puesto a imaginar cómo sería el novelista en cuestión lo recreaba como una suerte de lo que me contaba a través de sus historias. Recuerdo que el primer gran chasco que me llevé al ver a uno de mis autores favoritos reproducido en uno de esos volúmenes fue Ray Bradbury porque nunca me hubiera imaginado al creador de Las crónicas marcianas, El hombre ilustrado o Fahrenheit 451 como era de verdad: un tipo demasiado normal y corriente, con sus gafas y esa bondadosa sonrisa. Los chascos se fueron sucediendo cuando les entró a los editores la manía de poner en la contraportada la imagen del escritor, generalmente un hombre y una mujer con pose interesante en cuyos rostros no encontraba ninguna de las claves que me hicieran entender cómo habían sido capaces de construir aquellas fantásticas historias. Entre los pocos que me sorprendieron gratamente: Joseph Conrad, Edgar Allan Poe, Charles Dickens y Ramón J. Sender, el fabuloso escritor aragonés. Pero pocos más, la verdad.

Luego, por esos azares que te da la vida, he tenido la ocasión de conocer a escritores a los que más o menos les he seguido su carrera literaria mandando a paseo aquel prejuicio adolescente, aunque debo de confesar que cuando se niegan a que aparezca su fotografía en sus libros, me lo hacen más atractivos a la hora de abordarlos. Me pasó con Bruno Traven, J. D. Salinger o Thomas Pynchon. En el otro lado de la balanza pondría a Stephen King, un narrador potentísimo pero demasiado pegado a sí mismo; y algún otro de cuyo nombre no puedo acordarme ahora.

En esta mi manía que fue la de frustrarme por ver sus fotos, hay otras como la de prestar un libro (en la tienda de Sonora había un cartelito donde se nos advertía: Libro prestado, libro robado), porque he tenido la desgracia de que me los devuelvan (cuando me los devuelven) bastante estropeados. El peor caso que recuerdo fue el de pasarle una novelita a un conocido y que tiempo después (ya casi me había olvidado de que se la había prestado) la recuperara con casi todas las páginas sueltas y varias manchas de café con leche. Obviamente, le regalé el libro mutilado al cabestro procurando que entendiera por la mirada que le lancé que nunca jamás le iba a prestar otro.

Hay pocas cosas que me hagan salir de mis casillas, una de ellas es observar como un desalmado dobla un libro o es capaz de cogerlo con las manos hechas mierda. En esos momentos estoy a un paso de convertirme en el estrangulador de Boston, independientemente de cual sea el libro. Lo mismo me pasaba con las novelitas baratas del oeste, terror, policíacas o de ciencia ficción, cuyo diseño de cubiertas estaba preparado para soportar las zarpas de cualquier energúmeno. Prejuicioso que soy, ya lo dije.

Como lector (compulsivo) prefiero las ediciones de bolsillo a las de tapa dura, y soy de los que se va a cualquier parte con el librito a cuesta. Cualquier momento es bueno para hacerme menos dura las esperas: en la cola del banco, en la cola del paro, en la cola del médico, en el cine antes de que empiece la película…

En una ocasión estaba en el banco y alguien de la cola al verme tan abstraído en la lectura exclamó: “si lo sé, la próxima vez traigo un libro”, lo que para mi fue como meter un gol por toda la escuadra. ¿Por qué? Porque aquel señor la próxima vez iría al banco con su librito a cuesta. Todo sea para abstraernos de las antipáticas piedras que se ponen en nuestro camino. Además, en ocasiones tengo la sensación de que no hay acto más enojoso para otros que el ver a uno a su bola y con los ojos clavados en un libro. No sé, es como asistir desde fuera a un diálogo mudo y telepático en el que no estás invitado. Por eso me encanta ver a personas leyendo, es como contemplar a alguien que duerme: invulnerable en su propio universo.

A veces me pasa, cuando leo una novela de humor, que suelto la risa en la soledad de mi casa y me quedo un rato perplejo e inquieto. No me pasa lo mismo cuando disfruto de una comedia cinematográfica porque la ves y la escuchas (y si es una filme silente por lo menos tiene música de acompañamiento) y tu carcajada forma parte de lo que estas observando. Pero reírte leyendo… es como si con tu risa rompieras las cadenas de tu soledad. El eco se queda un momento flotando en el aire, casi lo puedes coger entre los dedos hasta que se desvanece.

¿Y si pasas miedo? A mi me pasó leyendo el Drácula de Bran Stoker. Recuerdo que tuve que cerrar la puñetera novela porque lo estaba pasando realmente mal, aunque a la vez sentía la tentación de volver a leerlo para continuar pasándolo mal. No sé si Drácula es la mejor novela de todos los tiempos como dicen que dijo Oscar Wilde, pero si la han leído es probable que piensen que casi es una de las mejores novelas de todos los tiempos.

Soy también de los que de tanto en tanto afilan el lápiz y subrayan una frase, un comentario que le sacudió en el libro o los libros que está leyendo. Tiemblo, de todas maneras, cuando cojo algún ejemplar usado en rastros y tiendas de viejo y me tropiezo con subrayados a bolígrafo o con rotulador fosforescente. De alguna manera han matado a ese ejemplar. Entiendan ustedes que entiendo que es un acto vandálico. De hecho, sólo recuerdo haber hecho eso con determinados libros de texto, pero era una manera inconsciente de “liquidarlo”, de demostrarle el poco aprecio que le tenía a ese galimatías que por cojones tenía que aprenderme.

La verdad es que inicié este post con otra idea, la de recomendarles a uno de esos escritores a los que sí he tenido la suerte de conocer y de los que me han dejado clavado en el sillón estas últimas semanas, donde he ido adquiriendo como buenamente he podido sus novelas. Ya les hablaré de él, Alonso Cuento, con quien mantuve largas y provechosas charlas sobre libros en Gijón. Y en concreto de un escritor, Herman Melville, cuya Bartleby, el escribiente, me parece (para disgustos de los imbéciles) una de las mejores novelas de humor de todos los tiempos. Quizá sea por lo visionaria que resulta, o su retrato trágico de ese personaje que sólo sabe decir: preferiría no hacerlo.

En fin.

Saludos a lo ser o no ser desde este lado del ordenador.

¿La nostalgia es un error?

Martes, Agosto 18th, 2009

Estas horas de plácida felicidad que vivo y en las que tengo la sensación de ir navegando en un barquito de papel que me lleva inevitablemente a mis orígenes, no hay día que nazca y muera sin que me acuerde de mis visitas a la librería de viejo Sonora, ubicada en aquellos entonces en la calle de Imeldo Serís, justo donde está hoy enclavada una tienda de discos con el mismo nombre.

No sé la cantidad de veces que perdí el tiempo en sus entrañas, rebuscando en aquellas tongas y tongas de libros viejos y usados y pasando páginas y páginas de aquellos cómics para adultos que estaban vedados a mis ojos en los kioscos que salpicaban el paseo de la rambla que todavía tenía el nombre de ese generalísimo de cuyo nombre no quiero acordarme.

Recuerdo que dejaba mi bicicleta (de cinco marcas y fabricada en Taiwán) apoyada en la entrada como si el vehículo esperara con resignada paciencia a que saliera de la librería cargado de tebeos y volúmenes apolillados mientras el responsable del establecimiento, a quien recuerdo como un venerable librero, sonría cada vez que me veía entrar y salir de la tienda pertrechado de provisiones suficientes para aislarme un poquito más de la pesada realidad capitalina que soportaba y todavía soporto.

Gracias a Sonora casi completé mi colección subterránea de la revista Vampus, la versión española que la editorial Garbo editó de Creepy mucho tiempo antes de que Toutain la repescara en los 80, y con novelas de todos aquellos escritores raros que hoy, curiosamente, vuelven a ser reeditados. Me refiero a Stefan Zweig y Graham Greene, entre otros. También al incomprendido W. Somerset Maugham, cuyo El filo de la navaja fue de esos títulos que me marcó durante una época. O su El agente secreto, que si bien es una novela de espías pretenciosa te lleva de la mano a recorrer diferentes escenarios de la Europa castigada por la I Guerra Mundial.

Recuerdo que además de Sonora, el impaciente adolescente que tenía dentro (y cuyo espíritu mucho me temo que se resiste a dejarme) también se refugiaba de tanto en tanto en un establecimiento enclavado en la avenida de Ramón y Cajal. Se llamaba Música y labores, y lo llevaba un señor muy parecido al Elmer de los dibujos animados de la Warner Bros, y donde entre otras cosas (apenas tenía libros, la verdad, salvo aquellas deliciosas novelitas baratas del oeste, ciencia ficción, terror y policíacas) vendía sellos y monedas, y también colorines. Elmer, que es como voy a identificar a aquel hombre creo vagamente de origen gallego, iba siempre ataviado con una bata de color azul marino y un lápiz colgado en la oreja. Si comprabas, mojaba entonces la punta del lápiz con saliva para apuntar la venta con letra laboriosa en un cuaderno de tapas verdes.

Un amigo decía que a pesar de su tamaño, era muy bajito, Elmer sabía kárate, lo que nos hacía partir de la risa intentado imaginarlo dando saltos como nuestro por aquel entonces admirado Bruce Lee; hasta que un día, no sé bien por qué, ese mismo amigo me informó que antes de venirse a Canarias, Elmer había pasado una buena parte de su vida en Cuba

Los que me conocen saben que tengo desde pequeño una especial fascinación por la mayor de la Antillas. Así que un día le pregunté que me contara cosas de ese país que, según el periódico habanero Diario de la Marina a inicio de los sesenta, calificó a su polémica revolución castrista como una sandía: “verde por fuera y roja por dentro”.

La estrategia o excusa que busqué para que rebobinara en su memoria fue la de pedirle que me mostrara su colección de sellos cubanos.

Y aquí empieza la película. La imagen de un momento que todavía permanece grabado como al rojo vivo en mis recuerdos, porque se trata de uno de esos instantes que parecen sacados de una película en mi errática existencia.

A quien llamo Elmer se le disparó la lengua, y comenzó a hablar y a hablar con la mirada perdida, o quizá transportándolo a su Cuba del alma. Y yo, como un idiota, escuchando como quien bebe agua en el desierto aquella catarata de recuerdos: Una pequeña tienda en La Habana, una mujer que le echa una mano (más tarde quise creer que tuvo algo con ella), la noche habanera, las estrellas, el olor del Caribe y la revolución. Los barbudos verde olivo con corazón rojo que le cerraron el negocio porque ahora pertenecía al Estado… La sombra de Fidel, siempre alargada en esa isla con forma de lagarto, rompió repentinamente la magia de aquel momento. Y Elmer suspendió sus recuerdos y se apagó en sus ojos la luz triste de la nostalgia para preguntarme volviendo a la realidad si me iba a llevar alguno de los sellos.

Le respondí que no, algo molesto conmigo mismo. Tenía la sensación de que su relato me obligaba a darle algo a cambio por ser testigo de su viaje no sé si involuntario a aquella isla donde fue tan feliz.

Con la distancia, pienso que lo mejor de ese día sumergido en su relato fue que Elmer, ese señor que mojaba el lápiz con saliva, hizo un gesto con la mano y me dedicó una de sus raras sonrisas (creo, de hecho, que fue la primera y la última que lo ví sonreír porque siempre estaba serio o de un mal humor que daba miedo, pero ese también era uno de los atractivos para que fuéramos periódicamente por su tienda).

Como es natural, ya no existe ni Sonora ni Música y Labores. Tampoco la bicicleta taiwoanesa de cinco marchas a la que se le rompieron los pedales un día que bajaba por la carretera de Las Gaviotas, pero son de esas experiencias (no sé si tontorronas por simplonas) que vuelven a mi estos días extraños, en los que siento un sabor agridulce por una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, que nadie podrá quitarme de la cabeza.

Pero les contaba que son días, semanas y meses los actuales en los que parece que me recupero de una larga enfermedad o pesadilla. Envuelto en una gozosa pereza que provoca esta plácida e inocente felicidad en la que me encuentro.

Santa Cruz de Tenerife ha cambiado radicalmente. Y en muchos aspectos para mejor, y es probable también que quien les escriba ya no sea el mismo de aquel entonces. Lo que no entiendo, sin embargo, es porqué ese empeño que me ataca de volver a los mismos lugares de mi infancia y adolescencia, esa voluntad inconsciente de dejarme atrapar por las redes de mi pasado.

Me estaré volviendo viejo.

No tengo otra explicación.

Saludos plácidamente felices desde este lado del ordenador.

¡Enfermo!

Lunes, Agosto 17th, 2009

Calor. Mediados de agosto. Tedio. Parafraseando a Edui Bercedo, Santa Cruz de Tenerife muere en soledad. O a Mario Domínguez Parra, quien afirma que vivimos en una necrópolis, o ciudad de los muertos. Añado ¿vivientes? Debe ser cosa de las vacaciones. De los que todavía pueden disfrutar de vacaciones, claro está.

Leo las noticias. No hace falta que me lleve las manos a la cabeza porque el nivel de surrealismo está siendo tan alto que ni un cuadro de nuestro Óscar Domínguez. La gripe  (a estas alturas parece que ya le da igual de que tipo sea) le ha hecho decir a la ministra de Sanidad que va siendo hora de que nos lo pensemos dos veces lo de estrechar la mano y estampar un beso (en Canarias fue siempre un beso hasta que se impuso la moda de los dos ósculos peninsulares) en la mejilla del familiar o el conocido de turno.

Imagino entonces cómo serán nuestros próximos encuentros: a dos metros de distancia, vigilando que nadie nos contamine nuestro espacio vital. Si es necesario hasta llevando mascarillas como los japoneses. Nada de dar la mano, nada de dar un beso inocente (o no), nada de tocarnos porque podemos contagiarnos con la dichosa gripe. A la espera de que prohíban también que nos miremos a los ojos de la gente (Golpes Bajos recomendaba ya en su canción que no lo hiciéramos porque dan miedo y siempre mienten) intento imaginarme a dos viejos amigos moviendo los brazos pero sin rozarse, que me enfermas. En fin, a veces pienso que con todas estas medidas de salud pública alguien perverso está haciendo realidad el sueño de monstruos como Hitler y Stalin. Mientras menos contacto tengas con el de al lado mejor. Dile hola, cómo te va, pero ni se te ocurra abrazarlo aunque lleves cincuenta años sin verlo. No merece la pena coger el bichito.

En fin. La ministra anuncia hoy que el Gobierno de las Españas está estudiando seriamente también la posibilidad de que no se fume en los espacios públicos. Ya no basta así con imaginarnos a esa panda de enfermos viciosos que le dan al tabaco en zonas marginales en restaurantes y cafeterías, porque ahora quieren hacer lo mismo en la calle. Mientras tanto yo, que soy fumador y uno de esos fumadores compulsivos que quiere dejar de serlo, me contamino con el humo del tráfico y no abro la boca. Y entro en el supermercado, y veo alineadas las botellas de licores varios y tampoco abro la boca. Para qué, reflexiono en unos tiempos tan raros y reraros como son los actuales.

Puede que todo esto sea producto de una conjura judeomasónica que pretende que los drogodependientes, fumatas que dicen, terminen yendo como corderos al matadero si no logran superar el maldito vicio porque le han vencido sus flaquezas humanas. Tiemblo solo de pensarlo. El mundo actual se mueve demasiado deprisa, y el mensaje que se está desparramando por la mayor parte de los sistemas democráticos de aquello que antaño se llamaba mundo libre produce escalofrío en nombre siempre de la tolerancia. Actitud, que deberían saber casi todos, consiste en despreciar al adversario.

Me pregunto si los que están soltando estos disparates saben realmente lo que están haciendo. A mi me parece otra forma de marear la perdiz, de mantener nuestra atención clavada en otro sitio y no donde debe de estar, que es tu vida.

Mala cosa cuando los gobiernos se empeñan en ser tan protectores con la salud de sus hijastros. ¿Qué van a hacer con los que le salgan a la contra? ¿Con todos aquellos que continuarán asfixiando sus pulmones?

Esto de las prohibiciones no es exactamente el argumento de 1984 de George Orwell, ni de Un mundo feliz de Aldous Huxley (¡soma!, ¡soma!, ¡soma!), pero casi. Ahora bien, pregunto: ¿habrá otra revolución en la granja?

Mucho me temo que no.

Y suelta ese cigarrillo de una vez: ¡enfermo!

Saludos (tosiendo, tosiendo, tosiendo) desde este lado del ordenador.
 

¡Viva Canarias libre! ¡Libre de imbéciles!

Lunes, Agosto 10th, 2009

¿Cómo era aquella canción? “Vivo en un país donde tocan el tambor… ” O algo así.

Me acuerdo ahora de aquella tonadilla porque hoy más que nunca o se toca el tambor como en las películas de Tarzán o aquí pasa lo de siempre: desidia, dejar morir lo que vale. Por eso ¡Ankawa! que gritaba la feliz creación de Edgard Rice Burroughs en las películas… ¿Por qué? Porque me entero en el blog lagatacristi que a estas alturas de curso la Feria de la Edición, que este año dedica el grueso de sus contenidos al Libro Africano, no tiene todavía recinto. Un  espacio donde se aloje. Si leen el post descorazonador al que hacemos referencia se enterarán que sus organizadores (que son gente que hace porque cree en lo que hace pese a la ceguera y sordera de las administraciones canarias que hoy más que nunca navegan bajo el fatídico hechizo del canto de sirenas del Septenio: “ohhh, bandera tricolor que enarbolo por esos mundos de Dios”) llevan lo que se dice un tiempo buscando un sitio donde ubicar la nueva edición de la Feria. Feria que se ha hecho un nombre dentro y fuera de las islas no gracias a la visionaria gestión de los responsables de Cultura (ayuntamientos, cabildos y gobierno) sino a quienes lo organizan contra viento y marea; equipo que ha sabido vender este encuentro fuera de estas islas apartadas de  la mano de Dios. O los dioses.

¡Viva Canarias libre!

Si leen el post al que le invitamos formarán parte de ese extraño viaje al corazón de las tinieblas que es Canarias, tierra de imbéciles. O la crónica desesperada de una desesperación.

Empieza el delirio.

Los organizadores hablan con el Ayuntamiento de La Laguna, en concreto con la actual (in)responsable de (in)Cultura. Tras veinte días en la sala de espera, los recibe la Señora para decirles con acento juguetón canario lo de “chachos, es que estoy tan liada”. También saliendo del paso y recurriendo a Larra (aunque ¿sabrá esta Señora quién fue Larra?) les deja caer lo del “vuelvan ustedes mañana” mucho me temo que sin acento español. O godo, como decimos en esta tierra cuando nos queremos poner chachis pirulis.

Pero lean el post, anímense y llevénse las manos a la cabeza. La concejala de (in)Cultura lagunera de cuyo nombre no quiero acordarme les pide a los chachos a que eperen “a la próxima semana, que viene alguien que nos puede decir…” ¿La razón? La Señora coge vacaciones.

¡¡Viva Canarias libre!!

¡¡Libre!!

Los organizadores de la Feria de la Edición, acostumbrados a lidiar con molinos de gofio y de viento, se ponen entonces en contacto con el Ateneo. Pero ah, pibes, es que está cerrado por vacaciones. 

¡¡¡Viva Canarias libre!!!

Los de la Feria llaman entonces a la puerta del actualmente ignoto Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, centro que acogió la exitosa edición del año pasado, y la opereta continúa. Porque da igual que se pagara ”religiosamente” el alquiler de la experiencia anterior. Su actual presidenta o directora (¿?), esa iluminada que llaman Miriam Durango o artista de la cosas huecas, “se olvidó y no reservó fecha”. Además, anuncia con la boca pequeña, el espacio lo tiene “reservado” para esos días, finales de septiembre, para una de las exposiciones que tanto le gustan: ¡¡¡Un mundo mágico y de colores!!!

¡¡¡¡Viva Canarias libre!!!!

Continúa el kafquiano relato (Franz, ¿no naciste en Canarias) cuando los protagonistas llaman a la puerta de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife (¿?) y su responsable (¡la Señora!, ¡la Señora de verdad verdad! O la primera dama del chiste) dice que este encuentro profesional de editores se la trae floja: ”No es interesante”.

¡¡¡¡¡Viva Canarias libre!!!!!

En definitiva, que no hay espacio para la CULTURA con todas sus letras. Parece que se impone la consigna de los imbéciles, que es la de marear la perdiz. Y por mucho que me rompa la cabeza, ustedes perdonen, no entiendo el o los por qué.

¡¡¡¡¡¡Viva Canarias libre!!!!!! 

Y no lo entiendo porque este festival está dando nombre a la isla. A Santa Cruz de Tenerife, a La Laguna, a la madre de lo parió cuando apostaron sin reservas por el encuentro… Un encuentro de serie B. O de bajo presupuesto.

Me entra la tristeza. Y por lo tanto un renuncio justificado no a Canarias sino a quienes dirigen nuestro destino en lo universal. 

Clamo: ¡¡¡¡¡¡¡¡Viva Canarias libre!!!!!!!

¡Libre, imbéciles! 

Saludos,  cada día más desperados, desde este lado del ordenador.