Apocalipsis ahora

Sábado, Noviembre 14th, 2009

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El origen. Piensa: “A mi gustan las películas de catástrofes como entretenimiento en el que ahogar mi borrachera nihilista”. Responde: “Siendo testigo directo de una catástrofe real y televisada como fue el atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, y victima involuntaria de los tiempos que corren, digamos que estoy preparado para soportar cinematográficamente hablando las desdichas que sacuden al mundo según la imaginación de los guionistas”.

Obvio. El cine de catástrofe es casi un subgénero del cine. Un mundo en sí mismo, con sus reglas y claves inamovibles pese al paso de los años.

Flash Back. Los espectadores que nos acostumbramos a ver cine en verdaderos cine en los años 70 crecimos con bastantes de estas películas que ya forman parte de nuestro imaginario colectivo. Vistas la mayoría, era como si viéramos la misma historia sólo que con una catástrofe diferente. La moda la inició Aeropuerto (más secuelas posteriores, parodias incluidas tipo Aterriza como puedeas) continuó con la todavía pétrea La aventura del Poseidón, El coloso en llamas, Meteoro y Avalancha, entre otras.

Una reflexión. Cada una de estas cintas reunía a un puñado de grandes estrellas en horas bajas y contaban cómo un personaje “normal y corriente” se transformaba en líder de aquel grupo de artítricos para sacarlos sanos y salvos de la tragedia en la que se veían envueltos. Estas historias de catástrofes, naturales o provocadas por el hombre, siempre contaban con un niño porque se trataba de vehículos consumistas de tamaño familiar, pero lo que particularmente me interesaba de todas ellas (y supongo que a la mayoría de los espectadores meridianamente leales) era observar como las llamas devoraban un titánico rascacielos, una ola gigante daba la vuelta a un súper crucero de placer o un trozo de roca venido del espacio aniquilaba una gran ciudad del planeta. Estados Unidos.

La amenaza nuclear. Cuando el subgénero catastrófico entra en decadencia entrado ya los 80 del pasado siglo, la amenaza del fin del mundo en el cine escora su pérfida mirada hacia la guerra nuclear, produciéndose una serie de películas inquietantemente realistas pero siempre sujetas al esquema clásico del subgénero catastrófico: muchos personajes. Véase: El día después o la desasosegante cinta de dibujos animados Cuando el viento sopla.

Malos tiempos para la catástrofe. Caído el Muro de Berlín y triturada la Unión Soviética, los filmes de catástrofes se repliegan a sus cuarteles de invierno a la espera de que el fantasma del miedo colectivo vuelva a inocularse en las audiencias. El avispado y mediocre director alemán Roland Emmerich tiene entonces la astucia de tocar los cielos con su guerrillera El día de la indenpendencia, o una más sobre el fin del mundo por obra y gracia de una invasión extraterrestre que deja la superficie del planeta como la santa tierra rusa durante la ocupación nazi en la II Guerra Mundial. Prosigue explotando el filón con su más tarde catastrofista El día de mañana y ahora con 2012, una mala, mala, mala pero que requetemala película sobre el fin de mundo con ecos al clásico Cuando los mundos chocan.

Culpable soy. La veo ayer, viernes. Fui con la tonta esperanza de asistir al estreno de la  cinta de catástrofe definitiva. Esa que iba a ser la madre de todas las películas de catástrofes…  Vi teaser y traillers donde se me prometía la aniquilación de Los Ángeles, Roma, Río de Janeiro mostrando la demolición de sus monumentos más representativos por arte de los efectos especiales generados por ordenador. Y visto lo visto, cómo se destruye la Casa Blanca, como se desintegra El Vaticano, mi mente queda en blanco.

¿La historia? 2012 sigue a su protagonista principal, un padre separado que intenta recuperar a su familia con alarmantes dosis de idiotez que, probablemente alguno defienda por su presunto espíritu pulp. Tonterías. 2012, a juicio de un aficionado a esa montaña loca de se acabó lo que se daba, no respira nada de eso. Además es aburrida y  larguísima. Más de dos horas de condena soportando como ese papá va creciendo antes los ojos de sus hijos y de su ex mujer mientras el mundo se desmorona.

Respira, que todavía puedes. Salgo del cine con esa extraña sensación, que tengo últimamente cuando salgo del cine, de que me han tomado el poco pelo que me queda. Me siento estafado, y más cuando sé que no tengo derecho a que me devuelvan el dinero de la entrada.

Idiota. Me pregunto por qué me gasté los cuartos en esta insensatez. Sobre todo porque si enciendo el televisor me asaltan imágenes catastróficas muy reales. Y en riguroso directo.

Conclusión. El fin de mundo ya está aquí. Apocalipsis ahora.

Saludos desde este lado del ordenador.

El encuentro de un pecador justificado con El rey de la máscara de oro

Viernes, Noviembre 13th, 2009

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Sucedió tal día como hoy aunque mucho tiempo atrás. Atrás, atrás en el tiempo.

Un grupo de estudiantes de 7º de la EGB a primeras horas de la mañana mientras espera bostezando la llegada de la profesora. Algunos nos despertamos cuando ésta irrumpe en el aula como un relámpago, muy contrariada.

Nos pregunta secamente si sabemos que día es hoy.

Nadie le responde y nos encogemos de hombros. “Un día normal ¿no?”

La profesora se pone colorada, roja de indignación y exclama “¡¡¡hoy es el día de la Fuga!!! Y nos explica a trompicones que en sus tiempos lo habitual era que el alumnado no asistiera a clase.

Fuga.

La palabra se queda detenida en el aire antes de desvanecerse. Entonces uno levanta la mano y pregunta: ¿hoy no hay clase? Y la profesora, sentándose en la mesa viene a contarnos que sí que habrá clase, que nos hemos jodido por imbéciles.

Murmullo de descontento. Sacamos los cuadernos y libros de texto, todos aquellos libros de texto que probablemente terminaron hechos cenizas en una hoguera de San Juan.

Empieza la tediosa lección. La profesora, encanallada, nos avisa por sorpresa que además nos vayamos preparando porque dentro de diez minutos (consulta su reloj de pulsera echando chispas por los ojos) nos examinará por su santa cara.

Tragamos saliva. Hasta el empollón de la clase traga saliva.

“Les doy diez minutos para que se vean los libros.- nos advierte la profesora (habrán observado que no escribo maestra) y sale de la clase.

Pienso ahora con el paso de los años que aquella salida fue intencionada, porque una vez a solas, los compañeros y compañeras nos miramos a los ojos y nos dijimos telepáticamente “esta es la nuestra”. De un salto nos ponemos de pie, se abre la ventana que da a la calle y comenzamos a brincar soltando carcajadas y con el corazón en la boca. Justo cuando toco la acera oigo el grito de la profesora: “¿Dónde van ustedes?”

Pero ya estamos corriendo y llegamos a  la Plaza de los Patos (aquella del cisne sin cabeza) como alma que lleva el diablo.

Un grupo termina en el parque García Sanabria, vestiditos con nuestros uniformes, y nos miramos las caras muy excitados en el paseo de bambú porqué ninguno sabe qué hacer con aquel tiempo libre.

Ir a casa no es buena opción. Y regresar al colegio, una traición a esa espontánea evasión. Los que tienen dinero compran golosinas. Así que comiendo regaliz dejamos pasar las horas, francamente muy aburridos. Al final nos disgregarnos. Un amigo y quien les escribe se dan una vuelta por Santa Cruz. Ambos dos con sensación de delincuentes, observando de reojo a los adultos como si se trataran de agentes de la policía y esperando que cualquier transeúnte nos pregunte algo así como ¿qué coño están haciendo en la calle? ¿Es que no tienen colegio? Pero nadie nos censura, así que poco a poco vamos ganando confianza.

Al final terminamos por entrar en la Librería Rexachs, para mirar libros sometidos a la férrea vigilancia de sus empleados. Mis ojos tropiezan entonces con un ejemplar titulado El rey de la máscara de oro, de un tal Marcel Schwob, editado por la mítica, legendaria Ediciones Alfaguara & Nostromo. No sale caro, en aquellos tiempos los libros no salían tan caros como hoy, pero no tengo dinero. Mi amigo, que sí tiene, se compra los cuentos completos de Poe de Alianza con prólogo y traducción de Julio Cortázar. Al verme la cara desencajada, me alivia la amargura prestándome algo, y compro en un acceso El rey de la máscara de oro, de Schwob.

Fundido encadenado.

Me encuentro en casa leyendo ese fascinante libro de relatos cortos. Me encanta tanto que demoro su lectura. Pero llega el momento inevitable en que tienes que terminarlo. Una vez colocado en mi todavía pobre biblioteca, el gusano por hacerme con otros libros del escritor francés me ataca por dentro y por fuera. ¿Pero dónde? En la contraportada de El rey de la máscara de oro se anuncia que han publicado otro de Schwob, El libro de Monelle, y que es autor de, entre otros textos, La cruzada de los niños, Corazón doble y Vidas imaginarias, quizá su obra más reconocida y título fundamental en la biblioteca de ese gran lector y escritor que fue Jorge Louis Borges.

Pasa el tiempo. Y no me hago con más Schwob aunque sí con otros volúmenes de aquella inolvidable editorial como Los cuentos de boxeadores, doctores, de terror y misterio, de Conan Doyle; La profecía de Closted y la fascinante y equívoca historias de vampiros Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu; Memorias privadas y confesiones de un pecador justificado, de James Hogg o El trueno dorado, de Valle Inclán, entre otros muchos.

Afortunadamente y con el transcurrir de los años, llegaron a mis manos otros títulos de Schwob. El primero, como una tabla de salvación a las playas de mi descontento, fue Vidas imaginarias cuya lectura (apenas un centenar de páginas) supuso un disparo de luz para este que les escribe. Vidas imaginarias son las biografías breves de personajes que existieron realmente pero de los que apenas se tiene noticia. Desfilan así las vidas supuestas de Empedocles, Eróstrato, Crates, Séptima, Clodia, Petronio y Sufrah, por citar los siete primeros.

Leído todavía hoy, continúa siendo un ejercicio apabullante y sorprendente teñido de fascinación. Estos textos están repletos de imaginación y una penetración psicológica que no necesita de 20 páginas para darte una idea del personaje descrito.

Más tarde devoré en casi nada (45 páginas) su maravillosa y estremecedora La cruzada de los niños, relato que narra la historia del grupo de niños que siguiendo las prédicas de un joven pastor marchan a Tierra Santa con la misión de reconquistar el sepulcro de Cristo. La historia está narrada a través de las voces de varios personajes, un goliardo, un leproso, el Papa Inocencio III, tres pequeños y un musulmán, entre otros. Lo lees como agua en el desierto. Y lo vuelves a releer otra vez porque te oxigena las ideas mientras paladeas un relato tan vibrante como gigantesco.

Más tarde mastiqué con la cabeza los cuentos de su Corazón doble y por último su magnífico El libro de Monelle, historias cortas sobresalientes y cargadas de simbolismo…

Así que aquí estoy ahora, rememorando aquel feliz Día de Fuga que luego degeneraría en pérdidas de memorias por obra y gracia de ese brebaje del diablo que era el vino con vino. Ninguna de aquellas experiencias permanece sin embargo fresca en mi memoria. Hay retazos de risas pero también de silencios y sombras. No, de ninguna manera que otros días de la Fuga fueron mejores que aquel primer encuentro ¿casual? con el señor Schwob. De hecho, cuando escucho o leo sobre este día, el de la Fuga, siempre recuerdo mi improvisada iniciación a su universo. Un mosaico fantástico, sutil y salvaje. Cruel en unos años, como son los de la rabiosa adolescencia, donde algunos tuvimos la suerte de saborear por primera vez el delicado veneno de la Fuga quiero pensar que en todo su esplendor.

Es probable que por eso, y a partir de ese mismo día, mi existencia haya estado marcada por esa idea. La de huir hacia delante mirando con insólita y amarga nostalgia lo que dejo  atrás.

“Está escrito que el Profeta, antes de su misión, cayó profundamente adormecido al suelo. Dos hombres blancos descendieron a su derecha e izquierda de su cuerpo permaneciendo allí. Y el hombre blanco de la izquierda le hendió el pecho con un cuchillo de oro, y, sacó el corazón, del que exprimió la sangre negra. Y el hombre blanco de la derecha le hendió el vientre con un cuchillo de oro, y sacó las vísceras que purificó. Y colocaron las entrañas en su sitio, y desde entonces fue puro el Profeta para anunciar la Fe” (Relato de Kalandar. La cruzada de los niños).

(*) La imagen que acompaña este comentario es original de Gustave Dore.

Saludos, al borde de los límites de la realidad, desde este lado del ordenador.

Cuestión de gustos. ¿Ostras o caracoles?

Sábado, Noviembre 7th, 2009

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Para la reflexión que viene al caso me viene de ostras o caracoles el diálogo que censuraron (aunque más tarde se recuperó para la versión sin cortes de Espartaco de Stanley Kubrick) entre el patricio romano Craso (Laurence Olivier) con el esclavo Antonino (Tony Curtis) en la ya celebérrima escena del baño.

Craso: ¿Robas, Antonino?
Antonino: No, amo.
C: ¿Mientes?
A: No, si puedo evitarlo.
C: ¿Has deshonrado alguna vez a los dioses?
A: No, amo.
C: ¿Te reprimes de todo vicio para respetar las virtudes morales?
A: Sí, amo.
C: ¿Comes ostras?
A: Cuando las tengo, amo.
C: ¿Comes caracoles?
A: No, amo.
C: ¿Consideras moral comer ostras e inmoral el comer caracoles?
A: No, amo. Claro que no.
C: Cuestión de gustos, ¿no?
A: Sí, amo.
C: Y el gusto no es lo mismo que el apetito, y por tanto no se trata de una cuestión de moralidad, ¿no es así?
A: Podría verse de esa manera, amo.
C: Es suficiente. Mi toga, Antonino. Mi gusto incluye… tanto los caracoles como las ostras.

Y es que casi todo en la vida es una cuestión de gustos. Es decir, que en ese viaje a la mar océana que es leer un libro, mirar una película, escuchar música, disfrutar de una obra de teatro o marearse en un museo al sufrir el síndrome de Stendhal, hay ocasiones en que apetece una cosa y no otra. Aunque ambas te gusten.

El debate se suscitó esta misma semana. Estaba dando una vuelta larga con un amigo mientras caía la noche en la ciudad cuando por esos caprichos del azar hablamos de arte bueno y arte malo. La pregunta, sin embargo, fue intentar defender qué era para nosotros arte bueno y arte malo.

Le confesé en un rapto de sinceridad que tengo épocas de mi vida en la que sólo me apetece leer literatura éxito de ventas. No éxitos de ventas mayúsculos tipo El hombre que amaba a las mujeres o El código da Vinci, pero sí novelas que cualquier maldito bastardo ha colado en las listas de libros más vendidos.

Le dije que me sirve de válvula de escape. Y que mi maltratado estómago agradece de tanto en tanto una de esas hamburguesas de difícil digestión. No creo que nadie ponga en duda que un best seller es literatura bien escrita y si bien admito que hay títulos de usar y tirar, también encuentras otros muy sólidos que por haber recibido la bendición de los amables lectores continúa siendo visto por los especialistas en caza mayor como algo incomprensible y una perdida de tiempo.

La frase:  ”Hay tanto que leer que sí vale la pena digerir”.

Si uno analiza con frialdad toda la gran novela del siglo XIX descubrirá sorprendido que muchas de las grandes historias que todavía siguen dando guerra y paz fueron exitazos en su momento. ¿Esto los convierte en libros malos? No creo que ningún ratón de biblioteca se atreva a afirmarlo.

Teniendo en cuenta que la vida es finita y que nuestro paso por este sueño apenas dura nada en la inmensidad del cosmos, les confieso que a veces me  muerde la conciencia discursos del tipo “no pierdas los días leyendo esa mierda cuando hay tantas ostras a tu alrededor”.

Pienso a veces, que el problema de no haber sabido llegar a esos volúmenes preciados se debe en parte a lo mal que me enseñaron literatura en la época más inocente de mi vida. Tuve la fortuna, no obstante, de nacer en una familia donde lo normal era leer. En cualquier parte, y que me iniciaran en este fascinante universo recomendándome una serie de obras que aquel niño devoró como maná caído del cielo. Sin embargo, las novelas que los profesores de literatura intentaban que se nos metieran en la cabeza siempre me resultaron abrumadoramente aburridas sin que lo fueran.

Recuerdo así haber leído fragmentos del Quijote como quien masca un chicle, y que San Manuel bueno mártir, Zalacaín el aventurero o las Sonatas, de Unamuno, Pío Baroja y Valle Inclán, las deglutiera como quien se come el potaje del colegio. A regañadientes. Una vez fuera de las garras educativas, regresé a estos tres mismos autores para redescubrirlos como creo que tenía que redescubrirlos. Me quedé asombrado de lo grande que eran, preguntándome cómo demonios fueron capaces en la escuela de enseñarme cordialmente a detestarlos.

Un grave problema que he intentado cicatrizar con el paso de los años. Aunque cuesta cauterizar las heridas. De todas formas, y ya lo he dejado escrito en este mismo blog, hay libros capitales que te buscan y que afortunadamente te encuentran. Dos de ellos: La Iliada y La Odisea, obras que uno debe de haber leido y degustado antes de que se lo lleve al otro mundo la hermosa señora de la guadaña. ¡Ponedme dos monedas en los ojos!

Todo pasó en Grecia, en uno de esos viajes que haces por improvisación. Allí tuve una extraña revelación. Sentí que era tataranieto de aquel país. Fue un viaje de inquietantes avisos y de anuncios nunca cumplidos de desmayos. Pero pasear por las ruinas de Micenas, Olimpia, Delfos, entre otros restos de polis legendarias, será uno de esas memorias que me lleve a la tumba con una idiota sonrisa. Allí, en Delos, rendí sacrificio mientras me comía una manzana a Afrodita y por las noches, escuchando el potente canto de las cigarras y borracho de aceitunas, abría La Iliada y me sumergía en aquel universo remoto poblado de dioses caprichosos y demasiado humanos mezclado con héroes que ya quisiera La Marvel o DC.

Más tarde, y de regreso a las Canarias con la pretensión de huir de la visión ombliguista y canalla de esta tierra nuestra, me sumergí en La Odisea y descubrí que no hay mejor novela de aventura que la de Odiseo en su viaje de regreso a Ítaca.

Con esto quiero decirles que si bien los best seller no te llaman con el inquietante canto de las sirenas, a mi juicio los busco cuando tengo los sentidos atontandos y mi miedo me pide lecturas para abstraerme de esta sucia realidad repleta de pequeñas traiciones y rivalidades.

En estos tiempos oscuros y por lo tanto dados a la desesperación, encuentro en los mega ventas respiraderos con los que poder drenar las miserias que alimentamos ante la nada.

Todos somos un mundo aparte, vemos las cosas de manera sutilmente diferente, por eso soy de los que sostengo que la lectura contribuye a evadirte de ti mismo y a que acaricies las posibilidad de mirar tu realidad a través de los ojos de otro. Sentir como otro, entender como son los otros con el objetivo de ir mejorando en esa construcción que hacemos todos los días como personas.

Por eso mi modesto agradecimiento a una literatura que si bien no deja marcas como es la best seller, al menos sirve (según la temporada tonta que tenga uno) de válvula de escape. O de respiradero donde llenar los pulmones de oxígeno.

Mi amigo se paró en la Rambla, me cogió del brazo y me dijo que esa literatura sólo es de entretenimiento. No hacía falta que me cogiera del brazo para decirme lo que ya sabía. Esa es la clave.

“Sólo es que a veces, a veces, a mi independiente estómago le gusta digerir basura”.

Mi gusto, dice que dijo Craso, incluye tanto los caracoles como las ostras.

Cuestión de gustos.

Cuestión de gustos.

Saludos, hambrientos, desde este lado del ordenador.

Balbucea: “auto… auto… autoayuda”

Viernes, Noviembre 6th, 2009

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La verdad es que pese a sentirme tocado pero no hundido esta sensación de navegar con las velas a punto de romperse me sirve para reflexionar en estos días oscuros sobre una experiencia que me pasó hace unos años. Cuando era un poco más feliz, tenía dinero en el bolsillo y una inocencia todavía no maleada por la inconciencia.

Caía la tarde invernal de un día laborable y paseaba por la rambla después de salir de una jornada en esos días en que había trabajo para todos y todas. De naturaleza compulsiva, me preguntaba mientras andaba y andaba qué demonios podía hacer para sentirme libre cuando me detuve delante de un kiosco para ojear las revistas y dvd. Mi mirada tropezó entonces con un libro (¡en un kiosco!) que me llamó poderosamente la atención. Conocía meridianamente a su  autor, y por referencias la Iglesia (no añado lo de pseudo por razones obviamente obvias) que fundó: la Cienciología. El libro, para información de profanos e iniciados, se trataba de Dianética.

Pregunté el precio, lo cogí en mis manos y decidí llevármelo a casa con la esperanza de que el discurso de aquel escritor de ciencia ficción de serie B que fue L. R. Hubbard aclarara mis ideas.

Fundido a negro. Porque no me aclaró nada. De hecho, y tras leer unas doscientas páginas de su mamotreto continuaba igual o más confundido que antes. Es probable que la traducción fuera muy mala. O también que el maldito libro resultara una estafa en toda regla. Concluí que eso me pasaba por confiar en descubrir la panacea en los que han dedicado su vida a escribir libros de autoayuda. Al final sólo terminan por confundirte un poco más la cabeza.

Recuerdo que del volumen de L. Ronald Hubbard se me quedó grabado en el cerebro una palabra que no paraba de repetir en el texto: engramas. Engramas por aquí y engramas por allá. Nunca me enteré muy bien de qué demonios eran los engramas, y con el paso del tiempo que lo cura (y también envejece) todo, superé la pesadilla engramática.

Mas un amigo me prestó una novela de Hubbard, Miedo se llamaba, en cuya portada contaba con un comentario elogioso del mismísimo Stephen King, un grandioso escritor que ha sabido venderse muy bien. Al intentar leer la novela (confieso que no llegué al final) fui descubriendo que el autor de It o Carrie me había colado un gol, porque el relato de Hubbard no había quien lo entendiera. Sus seguidores aseguran que eso es así porque no estoy iniciado en los misterios de su Iglesia pero para misterios, la verdad, prefiero los de la vida diaria. Esa cruz que transportamos con resignación desde que nacemos hasta que desaparecemos.

Les revelo, no obstante, que siempre he sentido cierta fascinación por personajes como Hubbard, ya que encarna algunos de los valores más característicos de Nueva Roma o Estados Unidos: sé un ganador. No importa cómo, pero sé un ganador. Y Hubbard, madre del amor hermoso, fue precisamente eso: un ganador con todas sus letras. Y un ganador vendiendo una filosofía religiosa que sin pies ni cabeza logró que la Iglesia que fundó sea hoy una de las fortunas más grandes e inquietantes de este pobre planeta que llamamos Tierra.

Intentando descubrir las claves de su éxito, deseché rápidamente la de empaparme de su literatura porque la consideraba perjudicial para mi salud mental no por seductora sino por incomprensible, y me dediqué a leer tebeos y ver series inspiradas en el sujeto. La obra de referencia es Wild Palms, pero no me convenció demasiado porque la acción transcurre en Hollywood. Y Hollywood debe de ser como un zoológico donde se reúnen todas las bestias más peligrosas y estrafalarias de este nuestro mundo. Algo así como las instituciones canarias, pero sin el glamour de la Meca del cine.

Más tarde vi la película que John Travolta produjo de la que dicen es la obra maestra de Hubbard: Campo de batalla: La Tierra, pero la verdad es que ni fu ni fa.

Pasado el tiempo, los libros de autoayuda, que me imagino están escritos por personas muy parecidas a los vendedores de elixires y tónicos mágicos de las películas del oeste, volvieron a meterse en mi vida cuando un amigo me animó a que leyera algunas obras de Jodorowsky, un chileno que pese a caerme bien por lo bien que se lo ha montado, tampoco supo abrirme las puertas de la percepción. Jodorowsky inventó esa cosa que llaman psicomagia, fórmula que tiene gracia para no creyentes. No pongo en duda, sin embargo, el talento del que está dotado –fue fundador junto a Topor y Arrabal del grupo Pánico– cuando lo pone al servicio de guionista o cineasta, sobre todo en la gore, gore, gore y pertubadora, perturbadora, perturbadora Santa Sangre.

En este rápido repaso de vendedores de la poción mágica no podía olvidarme tampoco de  J. J. Benítez, a quien tuve ocasión de conocer una vez en rueda de prensa.

Me cayó bien, la verdad sea dicha. Aparentaba creerse lo que nos contaba en sus delirantes Caballos de Troya. No puedo decir lo mismo de Jorge Bucay, un argentino que habla de amor mientras con la otra mano exige que le den dinero por hablar de amor. Y soy de los no sabe no contesta en cuanto a Claudio Coelho, un escritor que también se ha abierto paso vendiendo revelaciones espirituales…

Últimamente sospecho que Eduardo Punset se escora peligrosamente a este lado de la risa. De todas formas, le salva su espacio televisivo Redes aunque sus libros… sus libros…

Hay más venderores del buenrollismo que se dedican a confundirnos. Pero no es nuevo. Atrás y atrás estaba el tal Lobsang Rampa que no fue Lobsang Rampa, y el fantástico Carlos Castaneda, quien alteró a una generación con aquellas sus revelaciones de Don Juan entre hongo y hongo de la sabiduría. El casi siempre excéntrico Ken Russell dirigió un filme inspirado parcialmente en tales revelaciones: Viaje al fondo de la mente, protagonizad por un William Hurt al que recuerdo flotando en un tanque con cables en la cabeza. Al final volvía al mono que somos todos.

Escribo sobre estos señores (y señoras, porque son muchísimos/as más, créanme) porque en estos tiempos extraños, de reformulaciones varias y nuevos escenario, los libros de autoayuda siempre serán una panacea para nosotros, pobres diablos. Permítanme por ello que observe el fenómeno con inquietud y que pida cierta cautela a quienes quieren sacar lecciones de sus páginas porque ayudar, ayudar, no ayudan. Salvo a quienes los escriben, claro está.

Yo veo todos estos libros, que existen desde el amanecer de los tiempos, como un género literario. Debe pasar que no me engancha porque lo que narra está escrito como una verdad. Y un lector que se precie sabe que un libro no dice verdad, sino que transmite sensaciones. Así que ¡¡¡por Aquiles y Héctor!!!! allá ellos y ellas.

Termino con un libro que me entregaron cuando comenzaba a leer y casi me quita la afición por saber lo que cuentan otros: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach.

Pienso ahora, mientras escribo, que igual es mi desconfianza, los palos que he recibido en lo que llevo de vida lo que me hace temer eso que llaman autoayuda. Quizá sea porque creo que uno solo (y lo subraya un lobo estepario) no va a ningún sitio precisamente estando solo.

Saludos, tocado pero todavía no hundido, desde este lado del ordenador.

Cosas mías desde la dimensión desconocida

Miércoles, Octubre 28th, 2009

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No está nada bien que uno tenga la sensación de que camina sobre la delgada línea roja que separa a la euforia de la desesperación. Tampoco está bien que se tome un refresco con un amigo que ya no es un amigo sino un hermano y termine la charla con un asomo de tristeza por el panorama a lo en La Carretera de Cormac McCarthy que le retrata. Y mucho menos está bien que cuando sube la Rambla de Pulido y se detiene en el paso de cebra del ya desaparecido Cine Víctor, una de esas ratas del aire (como llamaba el garrulo de Marciaaaaal a las palomas en Muchachada Nui) derrame sobre su cabeza lo que todos pueden imaginar que derrama en su cabeza.

Así que llega a su casa, enciende el ordenador, repasa el correo y bucea en las ediciones digitales de la prensa local y nacional buscando una noticia que le alegre el día. Desgraciadamente, no encuentra nada. Salvo las mismas historias de siempre sólo que contadas de manera diferente. Entonces, y piensa que de manera casual, uno de esos pesados y pesadas que pululan por ese invento diabólico que es el facebook, le invita a que se una “a la gran familia del bookcrossing”. Y como no sabe muy bien si es que hoy han querido confabular todas esas fuerzas oscuras que nos impiden ver, recuerda algunas de esas ocasiones en las que, involuntariamente, ha formado parte de ese club donde nunca me haría socio porque aceptan a gente como yo.

Así que este escrito es un aviso a los navegantes. De llamada por si alguno de los que leen se han encontrado con esos volúmenes que perdí en momentos de despiste y por la costumbre de llevar uno a cuesta vaya donde vaya.

El último libro que se fue sin decirme nada era una colección de relatos de Dashiell Hammett, editada por Alianza Editorial. El vacío que me produjo su marcha sólo pudo ser sustituido por el castigo al que sometí a Hammet durante unos meses, aunque luego hice las paces releyendo una vez más La llave de cristal y Cosecha roja. En otra ocasión dejé en el aeropuerto de Barajas un ensayo sobre movimientos políticos del siglo XX que me amargó el vuelo de vuelta a Tenerife, por mucha prensa que por aquel entonces repartieran en los aviones.

Hay otros libros que se fueron a la francesa. Que me abandonaron miserablemente, pero si ahora no los recuerdo es porque tampoco significaron demasiado para mi conciencia lectora. Es cierto, no obstante, que también me he encontrado en alguna ocasión con esos viejos rebeldes en los lugares más insospechados. Así, en el ya legendario cine de verano de la plaza de Toros de la capital tinerfeña me encontré con un Von Däniken que terminó en algún lugar de mi casa. Recuerdo haberlo ojeado, haber pasado las páginas, contemplado las fotografías, pero esas historias de que no estamos solos la verdad es que nunca me han convencido demasiado. Lo mismo me pasa con el programa Cuarto Milenio que presenta el excesivo de Iker Jiménez, ya que lo veo como el que no lo ve, preguntándome cómo puede haber personas que se preocupen de la existencia de los extraterrestres cuando de todos es sabido que ya andan entre nosotros. Basta con mirar como está el patio. La invasión, efectivamente, ha comenzado.

Me he pasado los últimos días viendo por Internet viejos episodios de Twilight Zone, algunos conmovedoramente buenos. Otros, no tanto. Sin embargo, y mientras perdía el tiempo con esas historias inquietantes que presentaba Rod Serling cigarrillo en mano, no dejaba de decirme que incluso los más envejecidos episodios contaban cosas. Y que muchas de esas cosas son perfectamente trasladables a estos tiempos que corren.

Pero este no era el objeto de este post. Sino el de los libros perdidos para siempre. O no. A veces tengo la sensación de que volveré a reencontrarme con alguno de ellos. De hecho, y podría dar origen a un capítulo más de en La dimensión desconocida, hace unos días descubrí, mientras reorganizaba la biblioteca un título ¿o fueron dos? que creía perdidos.

No, no estaban los cuentos de Dashiell Hammett. Mucho me temo que ese, precisamente ese, sí que lo perdí para siempre.

Saludos, ¡siempre fieles!, desde este lado del ordenador. 

Paseando por La Laguna

Sábado, Octubre 17th, 2009

La Laguna es una contradicción. Pese a su vetusta y señorial belleza, no dejo de pensar, cuando recorro sus calles y plazas, ¿cuándo dejaste de creerte aquello que te decía capital cultural de Canarias? Salvo notables excepciones, como la reciente apertura de las instalaciones de la Fundación Cristino de Vera, y algún que otro espacio privado que todavía mezcla tertulia y churros con chocolate, la vieja La Laguna ya no es mi La Laguna, entonces poblada en mi gastada memoria de pubs, música y un estudiantado revoltoso y verdadero protagonista de una ciudad tan provinciana como ferozmente aristocrática. Y tan fría en invierno (con ese viruje que se te cuela por dentro) como caliente (sin doble ni triples sentidos) en verano. ¡Maldita y bendita humedad lagunera! 

La Laguna no tuvo la pila de años un teatro. Pero sí contaba con cines, templos en los que quien les escribe se refugiaba ocasionalmente como si de una excursión se tratara. Cogías la guagua en Santa Cruz, subías por la carretera vieja y llegabas con ese gozoso malestar de todo viaje. O medio amodorrado, que es más o menos lo mismo, porque el ruido del motor y de las conversaciones guagueras siempre me han hecho dormir despierto.

Ahora La Laguna sí cuenta con teatro. Un teatro Leal chiquito que casi parece el hermano pequeño del Guimerá en Santa Cruz de Tenerife, pero no con cines si entendemos por cine lo que era un cine. Salas que debían encontrarse en pleno corazón de la ciudad y no en su extrarradio.

Sobre el futuro de los ya legendarios Aguere trata el artículo que hoy puede leerse en loquepasaentenerife. Otra de esas salas cerradas que forma parte del paisaje de ésta y otras ciudades, y que casi parecen monumentos a otra época. Visto de esta manera, solo es abono para que nostálgicos recuerden los momentos que pasaron en sus tripas,. A mi me saben a cotufas. Pero cotufas como las de antes porque incluso eso, en los grandes y carísimos multicines del extrarradio, no me saben igual… pero así son las cosas. O los vientos que soplan en estos difíciles tiempos. Tan implacables que borran todas las huellas que te hicieron persona. Al final te sientes perdido ante tantas transformaciones y desprecio por aquellos espacios que marcaron tu modo de ir por la vida. Y en la señorial La Laguna, con inequívoco sabor antiguo y castellano, tan bien conservada en su pasado ilustre, te preguntas una y cien veces porqué dejó de ser con el paso de los años en el motor cultural de unas islas cuyo testigo dice que recupera con esas cosas que llaman fiestas y romerías.

Y no. Claro que no es lo mismo en esa laguna desecada por dentro y por fuera.

Saludos, algo laguneros, desde este lado del ordenador.