El temblor de la falsificación

Viernes, Diciembre 18th, 2009

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PRÓLOGO. AQUEL SALTO AL VACÍO

Caramba, ha pasado un año y yo con estas escasas greñas. Rebobino la memoria e intento visualizar donde me encontraba hace exactamente un año. La imagen todavía permanece fresca, hace que los pelos se me pongan de punta. Por mucho que uno especule cómo irá por el sendero de su vida, la muy cafre siempre te sorprende. En ocasiones para mejor y en otras para peor. Lo bueno de llevar una bitácora es que leyendo los textos que por aquel entonces subí, la mayoría de ellos te ofrecen un retrato surrealista del puchero que hierve en mi cabeza.

Hago repaso pues y el asomo de la caprichosa nostalgia logra que incluso mande a callar a Señor Ojo, visiblemente preocupado cuando me ve de esta manera. “Es la habitual”, le comento con la intención de calmarlo. El pobre se pone enfermo. Es buena gente.

EL CANTO DE LOS LIBROS

Esta tarde me di una vuelta por la Casa de la Cultura para rebuscar en el rastro de libros usados que han colocado los de la Fundación Ataretaco –como el año anterior—en los bajos del espacio. Mientras leo títulos y títulos que no me interesan en ese delicioso caos de volúmenes pasados, algunos rotos y otros con firmas de antiguos poseedores, me encuentro como pasa siempre con conocidos rastreadores de libros caducados como quien les escribe.

- ¿Has encontrado algo?- preguntan con esa ansiedad que devora por dentro a todo rastreador que se precie.

- Poca cosa.- les contesto. Lo que es verdad. Aunque he localizado un Salambó de Flaubert editado por la mítica Bruguera que me llama a gritos con el objetivo de que me haga con él. Ya saben, el canto de los libros.

AQUELLOS VIEJOS TIEMPOS

Recuerdo que hace tiempo leí Salambó. Y la leí gracias a la adaptación que hizo al cómic Esteban Maroto no sé si en la revista 1984 o en Zona 84. ¿O quizá fue Comix Internacional? El caso es que con esto quiero decir que los tebeos también han contribuido muy mucho a que llegara a novelas que de otra manera no hubieran pasado por mi vida. Y Salambó sí que cruzó. De hecho, fue la primera novela que leí de Flaubert, mucho tiempo antes de que me adentrara en su Madame Bovary y La educación sentimental, entre otras del honorable escritor. Llegué así a Flaubert de la mano de Maroto y su historieta Salambó así como a través de uno de esos grandes escritores que marcaron mi gusto por la lectura: el insólitamente olvidado Guy de Maupassant, uno de esos creadores que quiso poner fin a su existencia tras vivirla a más de 1.000 kilómetros por hora. Además de sus cuentos, por lo que es ampliamente famoso (casi todos ellos publicados en Alianza Editorial), les recomiendo entre sus novelas Bel Ami, feroz retrato de un periodista arribista en el que muchos compañeros de oficio podrían verse reflejados. Digo esto porque como sé que estos mismos compañeros de oficio no leen libros sino (aseguran) periódicos, no creo que nadie se sienta por aludido. Y si se dan por aludidos: allá ellos.

Pero estaba en el rastro que han montado los de Ataretaco en los bajos de la Casa de la Cultura. Mirando entre las tongas de libros, rebuscando casi como un sediento agua en el desierto.

Hay cositas, pequeños oasis que me llaman en silencio. Encuentro un título de Romain Gary, un tipo que me gusta y a quien envidio francamente –su segunda mujer fue (suspiro, suspiro, suspiro) Jean Seberg– aunque también puso fin a su vida de manera violenta; Luna Park de aquel escritor a quien compararon los idiotas como un nuevo J. D. Salinger, Brett Easton Ellis, y la que considero, junto a esa edición de Bruguera en perfectas condiciones, la joya de la corona de mi rastreo de esta tarde: El grito de la lechuza no de la grande sino de la colosal Patricia Highsmith, una de esas escritoras o escritores que sabes que nunca te fallarán. Toca la fibra, provoca por dentro gracias a su capacidad para radiografiar el temblor de la falsificación: desnudar los instintos asesinos de quienes presumen ser personas normales y corrientes.

EPÍLOGO

Cuando me encuentro con señor Ojo en el kiosco de La Paz para dar un paseo por el renovado tramo de la Rambla de las Asuncionistas, abre si cabe más su ojo al verme con la bolsa y los libros.

- Pero ¿tienes tiempo para leerlos?

Le digo que no con la cabeza, pero así son las cosas. Llevando encima esta carga me siento, ¿cómo decirlo?, mucho mejor.

Es una manera como cualquier otra de soñar que estás en otra parte. Y es que últimamente, y eso lo sabe muy bien señor Ojo, no pienso en otra cosa que estar en otra parte. En otra parte que no sea este infierno del ¡qué bueno es vivir aquí!

Saludos, wow, desde este lado del ordenador.

La extraña historia del libro que desapareció

Domingo, Diciembre 6th, 2009

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Esta historia me sucedió hace unos años, pero es tan extraña que todavía continúa intrigándome. El impacto que provocó a los que nos vimos envuelto en ella se transformó en uno de esos temas de los que no sueles hablar porque resultan muy incómodos. Verdad es, en todo caso, que transcurrido el tiempo y con aquellas relaciones ya disueltas, permítanme que me libere con este relato que presumo que no va a ser honor a ninguna verdad.

Me encontraba en esa época en Madrid, ciudad que salía de la marea postmoderna para meterse de cabeza en otra nada que ya me cogía avisado. En esos días solía reunirme con un grupo de amigos que procedían de varios puntos de la geografía española, aunque la mayoría vivían con sus respectivas familias en la capital de España. En aquel grupo había un poco de todo: aspirantes a escritores, músicos novatos, gente que quería dedicarse al cine y algún que otro pintor. La lógica y el aplastante paso de los años los fue situando a todos en su sitio. Es decir, que la mayoría acabó siendo abogados y economistas, aunque algún otro logró colarse y dedicarse con bastante arrojo y también sentido de la oportunidad a lo que quería desde aquel entonces.

En aquella pandilla de personas que estábamos aprendiendo a convertirnos en ciudadanos que callan y pagan sus impuestos, había un chico bastante raro, aunque ahora que lo pienso todos éramos bastante raros, lo que no nos hacía para nada especiales. Ese chico, pese a su edad corta todavía, tenía su biografía. Durante un tiempo había sido miembro de la que llaman Iglesia de la Cienciología pero había logrado deshacerse de sus influjos tras pagar una buena cantidad de dinero en las pruebas y test a las que, al parecer, te someten.

Recuerdo aquel tipo como alguien sencillo y meridianamente inteligente, también con algo de recelo frente al mundo, pero esas emociones son las habituales cuando tienes veintipocosaños. El caso es que aquel joven no llegó a nada más porque murió en un aparatoso accidente de tráfico en Madrid, accidente que incluso salió publicado en el diario Ya, un periódico que ya no existe pero que era bastante popular en aquellos años en la capital de España.

Si la muerte es un mal chiste por el que tenemos que pasar todos, que te lleve la dama de la guadaña cuando apenas eres un chaval te bloquea y desconcierta. Además, estás en una de esas edades donde esa sombra ominosa e inevitable todavía no te tapa la luz del Sol. El caso es que después de asistir al entierro, la madre del chico fallecido nos pidió que fuéramos a su casa porque quería desembarazarse de los libros de su hijo.

Fue una petición extraña, porque si bien cuando me hablan de libros reacciono como el perro de Pavlov, me dio la impresión que los que allí estábamos maldita la gracia nos daba revolver en las estanterías del compañero desaparecido. No obstante, y obedientes, procedimos al trabajo. Es decir, que nos fuimos por aquellos libros. A mi me tocó el Gilles de Pierre Drieu de la Rochelle, ese gran escritor francés al que el cineasta Louis Malle contribuyó a popularizar en algunas de sus mejores películas. En concreto El fuego fatuo, o en Adiós, muchachos, un filme que si bien no está inspirado en ninguna novela de la Rochelle, sí que bautizó a uno de los jóvenes personajes con su nombre.

Me costó bastante esfuerzo leer Gilles, y no porque resultara ser una novela voluminosa y en ocasiones reiterativa, sino porque me daba cierto escalofrío tropezarme en la primera página con la firma de aquel colega que ahora ya no estaba entre nosotros. Lo inquietante del caso, y les aseguro que es una verdad con todas sus letras, es que pasado el tiempo Gilles desapareció de mi biblioteca. Pregunté a mis conocidos si por algún casual se la había prestado pero todos me contestaron que no. Ese no generó en mi cabeza una serie de conjeturas a cada cual más disparatada. Entre ellas que el fantasma del amigo se lo había llevado a ese otro mundo que no sé si existe pero que de momento no deseo conocer.

Lo más extraño es que en unas de las últimas reuniones que mantuve con los que quedaban todavía de aquel grupo, y tras salir el tema de los libros que nos repartimos del amigo ausente, casi todos admitieron que no conservaban ninguno de ellos. Unos porque los regalaron, otros porque los dejaron abandonados en cualquier rincón de Madrid pero ninguno porque hubiera desaparecido de su biblioteca.

Aquella extraña experiencia volvió a cruzar por mis recuerdos ayer, rodeado de un frenesí y de una impostura que me hizo salir de las casillas. No tuve buena noche y hoy domingo ha sido uno de esos domingos que parecen que se diseñaron para borrar de tu existencia. Les confieso, no obstante, que esta mañana repasé una vez más los libros que tengo de la Rochelle en casa con cierto nerviosismo, esperando de repente encontrarme con aquel Gilles que les contaba. La verdad es que me relajé cuando mis ojos toparon solo con  El fuego fatuo y Diario de un hombre engañado, lo que no evitó sin embargo que me planteara una vez más la pregunta que intermitentemente me atormenta cada cierto tiempo: ¿Qué pasó con Gilles? ¿Dónde demonios fue a parar aquel libro?

En fin, ya lo dije, hoy es uno de esos domingos donde sólo tienes ganas de ponerte a llorar sin saber muy bien ¿por qué?

Saludos, a lo qué hacer, desde este lado del ordenador.

Algunos de mis cuatrocientos golpes

Viernes, Noviembre 27th, 2009

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Cuando era un adolescente me gustaba matar el tiempo recorriendo los cines de la capital tinerfeña para ver los carteles de las películas de estreno. Me encantaba observar aquellas fotografías congeladas que se exhibían en el Baudet, el Price, El Víctor, el Rex, el Cinema Victoria, el Teatro San Martín, el Royal Victoria antes de que se transfigurara en subterránea sala X, y otros tantos cines que había repartidos por Santa Cruz de Tenerife.

Pensaba cuando observaba los carteles de qué trataría aquella película. Y disfrutaba bastante al recrear con la imaginación el argumento de los largometraje para mayores de 18 años, cintas que en aquel tiempo estaban vedadas para mis ojos.

Les aseguro, no obstante, que cuando me hice lo que se suele decir mayor sí que tuve la oportunidad de ver muchas de esas películas pero la verdad es que la mayoría me resultaron auténticos tostonazos, por lo que permítanme que les diga que desde ese entonces le estoy muy agradecido a mi imaginación, que para mí consiste en el acto de fundirme los plomos de la cabeza para reconstruir cosas absolutamente (in)útiles. Al final me he acostumbrado a vivir con esta dependencia: la de abstraerme en mi propio universo mientras lo real (¿?) gira distorsionado y enloquecidamente a mi alrededor.

El caso es que, siendo aún un adolescente, un día me armé de valor y le pregunté a uno de los acomodadores de aquellas salas si había la posibilidad de que me dejaran algunas de aquellas imágenes cuando la película se retirara de cartel. El acomodador, que en mi imaginario todavía lo veo como una especie de cancerbero uniformado del palacio de los sueños, o no me hacía caso o me señala con el dedo la puerta, de la cual salía terriblemente humillado y, naturalmente, con la manos vacías.

A pesar de aquel muro (uno de los primeros con los que me tropecé a lo largo de esta existencia) continué con la misma petición a los acomodadores de todas las salas a las que iba (en especial las sesiones de los domingos a las 4 de la tarde y los sábado a las 18.30 horas) con la esperanza de saltar aquella barrera. La respuesta, sin embargo, solía ser la misma: silencio. Aunque en cierta ocasión uno de aquellos hombres tuvo la gentileza de decirme que no podía dármelos porque no eran suyos.

Harto de las negativas, un buen día le di de alimentar a mi escaso coraje y en una sala cuyo nombre no voy a revelar, y sin que nadie se diera cuenta, zas, sisé una de aquellas imágenes. Todavía la conservo en casa y debidamente enmarcada: King Kong, la versión de 1933, of course. En el cartel se ve al rey de los gorilas en la cima del Empire State machacando con sus manazas uno de aquellos malditos biplanos de la fuerza aérea estadounidense.

Aquel primer éxito hizo germinar la semilla de la maldad en mi corazón. Así que dando de comer un poco más a mi coraje, estuve un tiempo dedicándolo al inocente acto delictivo de llevarme por la cara los carteles de los cines de la capital tinerfeña. Me creía una especie de Fantomas cinéfilo y de provincias. Un Fantomas de chiste.

Lo mejor del caso es que a través de aquellos actos, ahora pienso que delirantemente fetichistas, comencé a ser conocido en aquellas salas porque descubría emocionado y también mosqueado –la verdad sea dicha– que cada vez me lo ponían más difícil para conseguir mi objetivo. A pesar de ello, este desafío en vez de apagar aquella fiebre estimuló, si cabe, mis cazas furtivas. Por un lado, me volví más cauto e incluso llegué a elaborar rudimentarias herramientas para hacerme con más carteles… Más carteles, independientemente de que me gustara o no la película.

Ahora sé que lo que había comenzado como una inocente travesura adolescente se estaba convirtiendo en una compulsión enfermiza. Lo mejor del caso, sin embargo, es que una mañana supongo que de domingo porque no había nadie en los alrededores de aquel histórico cine, me topé por casualidad con otro compañero de fatigas.

No. No nos conocíamos pero ya que íbamos a lo mismo acordamos repartirnos equitativamente el botín como buenos miembros de la hermandad de la costa. Hicimos nuestro trabajo, cada uno se llevó lo que quería y sin darnos la mano ni nada que se le pareciera, nos fuimos por caminos separados. Nunca volví a ver aquel personaje, que creo tenía más o menos mi misma edad. Pero pienso muchas veces en él. No sé si se fue de la isla, si se hizo abogado o cocinero. Si hoy está en el paro o se ha convertido en barrendero. Igual hasta ha muerto. La verdad es que no lo sé. El caso es que tengo la sensación de que aquel encuentro forma parte de una de las alianzas más extrañas y también fructíferas de mí, ya les digo, fatigada existencia.

Años más tarde, y superada aquella fase, viendo los 400 golpes de Truffaut descubrí que su joven protagonista también sisaba un cartel de cine, hecho que, obviamente, hizo que a partir de entonces sus trabajos pasasen a formar parte de mi selecto y bizarro club de  filmes favoritos. Truffaut es otro hermano de la costa, otro pirata sin barco… Otro loco, loco (in)útil.

Infectado así desde edad muy temprana con el virus –yo diría más que del coleccionista con el del compilador compulsivo de todas aquellas cosas que me hacen un poco más grata la vida– me inicié años más tarde en ese submundo conociendo a verdaderos amantes de los objetos. Y en el caso al que me refiero, de todo lo que estuviera relacionado con el cine.
Admito, no obstante, que no me hizo mucha gracia pertenecer a esa (supongo) honorable sociedad. Ya no estaba para monomanías ni para caprichos obsesivos. De esa manera, el virus coleccionista se fue escapando silenciosamente de mi cabeza como una de esas malas gripes que te atonta los días.

En estos días de estupideces varias, observo todos los trastos que he acumulado y me entran ganas de mandarlo todo a paseo. De desembarazarme de aquellos carteles, volúmenes, discos, películas y tebeos porque no está en mi ánimo que me entierren como a un faraón rodeado de todos estos cachivaches. No creo que me sirvan si me voy al otro mundo o termino reducido a la nada. Así que espero que todos estos objetos antes de ser incinerados acaben en una biblioteca pública o privada. O en el Rastro. O Rastros.

Ahora que lo pienso, esta sí que sería la mejor manera de dejar rastro de mi paso por este mundo que cada día entiendo menos.

Saludos, de un Fantomas de chiste, desde este lado del ordenador.

¡Torero! ¡Torero! ¡Torero!

Miércoles, Noviembre 25th, 2009

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En el día de ayer, cautivo y desarmado quien les escribe, asistió una vez más gratamente sorprendido a las salidas animadas de ayer y hoy del coordinador de Cultura, Patrimonio Histórico y Museos del Cabildo de Tenerife, Cristóbal de la Rosa. El comentario lo suelta en público, como quien no quiere la cosa, al finalizar la presentación del libro No dejes que muera de la escritora argentina Rita Gardellini en el salón noble del Palacio Insular, que así es como se llama al Cabildo para no reiterar Cabildo en el texto.

El bueno de Cristóbal, porque sinceramente creo que este pedazo de ser humano es un buenazo, comenta como quién no quiere la cosa que la fiesta de los toros no tiene tradición alguna, y que en Canarias, tierra amable por excelencia, no se tortura a los animales (salvo, pienso, a los gallos de pelea, a esas pobres criaturas que se sacrifican en el matadero y por si cae –que cae–  algún cabestro humano).

No voy a ser yo el que salga en defensa de los toros pero no guardo mal recuerdo en mi imaginario gracias al entusiasmo que me transmitieron mi abuelo y mi padre, nacidos ambos dos en esta tierra santa canaria, y su noble pasión por lo que algunos llaman todavía sin temblarles la voz Fiesta Nacional. De hecho, y si no me falla la memoria desmemoriada, las islas cuenta con un torero que alcanzó relativa fama universal en el universo mundo taurino y a quien apodaron, con gracia andaluza, Pedrucho de Canarias, personaje a quien, curiosamente, el mismo Cabildo de Tenerife editó hace unos años un interesante libro con abundante documento gráfico con la intención de recuperar y rendir homenaje a su figura.

La verdad es que, a mi juicio, el buenismo de Cristóbal le hace pasar malas jugadas. O meter la pata no sé ya si involuntariamente… Guste o no guste, los toros y lo que le rodea no es, como lanzó inocente o gratuitamente una fiesta que carece de tradición cultural. ¡¡¡Rayos y truenos, qué para algo están los libros de historia!!!

Me imagino, por justificar tal desatino, que el bueno de Cristóbal se refería a que la Fiesta no tuvo anclaje en las Canarias, esta tierra que hoy va tan contenta por ahí cantando lo de  libertad, libertad, sin ira libertad, pero olvida (¿es un suponer? y es que con Cristóbal nunca se sabe…) que esta ciudad tuvo y tiene,  precisamente, una Plaza de Toros. Y que en esa Plaza de Toros hubo corridas mucho tiempo antes que galas de Carnaval, jolgorios navideños o inolvidables sesiones de cine de verano.

Hablo como canario y español que no maltrata a los animales de lo que bebí (y me siento orgulloso por ello) en mi infancia. Y mi abuelo y mi padre y sus amigos (muy buena gente) eran eso, canarios y españoles aficionados a la lidia. Y todo eso pese a que los pobres toros  tenían que pasar una semana o dos de descanso antes de salir a la arena porque, según cuenta la leyenda, los animales astados llegaban mareados a la isla.

El bueno de Cristóbal contó otros chistes, cómo que no entendía que el diario El País publicara en su sección de Cultura las críticas taurinas, todas ellas muy bien escritas, y no cantó más folías en contra de esa Fiesta porque el Minotauro del laberinto a veces se le antoja ser piadoso.

Lo mejor de este capítulo con aroma a Hora chanante es que cada día me aficiono más a las inspiraciones de Cristóbal de la Rosa, ese caballero torero, torero. Así que procuraré no perderme ninguna de sus salidas al ruedo porque siempre dice algo que, caramba, termina por alegrarme el día. Torero. Torero. ¡Viva nuestro platanito de Canarias!

Saludos, vuelta al ruedo y olé, desde este lado del ordenador.

Caminante: es verdad que se hace camino al andar

Domingo, Noviembre 22nd, 2009

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Vengo del FICOD con las ideas más claras: estoy en la Edad de Piedra en cuanto a las transformaciones que Internet está produciendo en nuestra vida diaria. Esta mañana, tras comentarlo con dos amigos a quienes encuentro casualmente en el Rastro, uno de ellos da en la diana al comentar que tanto él como quien les escribe aún estamos en la fase del descubrimiento del fuego. Y no le falta razón. Sócrates –como me pasa casi siempre– sale en mi auxilio con su: “Yo solo sé que no sé nada”.

Paseo por el Rastro de la capital tinerfeña a la busca y captura de libros raros y descatalogados. A veces tropiezo con joyas que, a mi juicio, me hacen reivindicar este espacio dominguero de compra y venta de trastos viejos, esos que ya nadie quiere.

Lo del Rastro es una aventura. Y lo escribe alguien aficionado a rastrear por esos islotes repletos de cachivaches con los que tienes que regatear. Disfruto, de veras, contemplando las yemas de mis dedos cubiertas de polvo cuando cojo entre mis manos novelas olvidadas por el tiempo mientras navego, como a la deriva de puesto en puesto, en busca de la isla del tesoro acompañado de una banda sonora que no me llevará a ningún sitio pero que tan bien encaja en esa especie de gran bazar moruno que es un Rastro.

Me encantan los Rastros y me encanta el Rastro de Santa Cruz de Tenerife porque sabe adaptarse muy bien al espíritu de un espacio al que tanto le exigo. Es decir, que sea un caos, una especie de cajón de sastre. Y como tal, que prometa encontrar de todo. Me da la oportunidad, además, de toparme con viejos amigos a los que no ves casi nunca, esos que te recriminan que no los llames (nunca que ellos te llamen a ti) y con los que charlas un buen rato mientras te asaltan olores extraños y los oídos se te perforan por esas melodías musicales que no están (ni estarán) animadas ayer ni hoy.

Esta mañana he tenido suerte. Me hago con dos novelas de François Mauriac, un escritor francés burgués y cristiano, y con una vieja edición de El mundo feliz de Aldous Huxley, libro que compro porque incluye un excelente prólogo de J. Estelrich. Se trata de una edición de 1947 publicada por José Janés antes de que se fusionara con Plaza.

Estoy muy agradecido a los rastros que he visitado a lo largo de mi vida porque en todos ellos siempre he encontrado un tesoro, por pequeño que fuere. Es verdad, no obstante, que hay que dosificar los paseos dominicales porque no hay cosa más frustrante para el cazador que ir a un coto y salir con las manos vacías pero cuando aciertas les juro que me parece que me han tocado los dioses. Encuentras ese título que ansiabas pese a que la portada esté rota y algunas de sus páginas tengan la esquinas dobladas. Incluso puedes descubrir en su interior fotografías de un grupo de personas. Y miras esa imagen donde no conoces a nadie, como es natural, pero te invita a que te rompas la cabeza intentando reconstruir literariamente esas vidas congeladas en color sepia.

Otras, tropiezas con flores secas en un poemario (me pasó con Confieso que he vivido de Pablo Neruda) y lees la firma de su primer propietario estampada en la primera página. O vas más allá, y cuando lo estás leyendo encuentras frases subrayadas en el texto. Frases que te desconciertan porque no han sido marcadas por ti y te hacen reflexionar qué llevó a ese lector que desconoces –anónimo interrogante– a destacarlas.

Entonces entiendo esas líneas como un aviso, o como si se tratara del mensaje guardado en una botella tirada hace mucho tiempo al océano a la espera de alguien que quiera al menos descifrala. Y ese aviso, ese pensamiento subrayado, lo asumo como una alerta, una advertencia o un saludo a otros náufragos como tú.

No, no creo que haya mayor poesía que ésta. El saludo de una amiga o un amigo sin rostro que quizá ya no esté entre los vivos pero que te habla a través de la voz de Chejov o de Zweig…

Y pienso, a veces, cuando llego a casa del Rastro y contemplo mi librería que procuro engordar día a día, que todos esos volúmenes igual terminan allí. Pero ¿saben ustedes? Me da igual porque el mayor regalo que le puedo dar a un navegante sin barco que son todos aquellos adictos a los libros es el de cederles precisamente los buques que me hicieron más soportable esta angustiosa pero también maravillosa travesía que es la vida.

El Rastro. Los Rastros… ¡Qué los dioses los tengan en su gloria!

En fin.

Saludos, no sé yo si tontamente agradecidos, desde este lado del ordenador.

Una extraña paradoja o Narciso ante su reflejo

Sábado, Noviembre 21st, 2009

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Una noticia cuanto menos extraña por paradójica. Extraña y paradójica porque la nota a la que me refiero la recibo del propio Gobierno de Canarias. Ejecutivo que baraja reducir drásticamente la partida financiera a Cultura. He aquí uno de los titulares de la nota: “El sector de la cultura generó casi 22.000 puestos de trabajo según el Anuario del Ministerio de Cultura” y dos de los sumarios que la acompaña: “Se crearon más de 2.600 empresas canarias cuya actividad principal es la cultura, la segunda cifra más alta del Estado” y “La Cultura sigue generando el 2 por ciento del PIB total de Canarias”.

Vuelvo a leer con atención el escrito oficial mientras intento desentrañar el acertijo: ¿Si la Consejería de Cultura hace público este anuncio no será porque la propia Consejería de Cultura está enviando un mensaje de atención en código cifrado al presidente de esta cada día más cautiva y desarmada Comunidad Autónoma? Perdonen la paranoia, pero no encuentro otra explicación.

Los datos que facilita la última edición del Anuario de Estadísticas Culturales muestra números muy positivos para el sector cultural en las Islas. En concreto en áreas como empleo, creación de empresas y consumo de bienes y servicios culturales.

Pienso, porque soy de los que cree que existe, que con estas conclusiones en la mano ¿continuará el Ejecutivo regional con su agresivo plan de recorte presupuestario? Más cuando, según informa el Anuario y en lo que respecta al mercado laboral, el sector en Canarias proporcionó el año pasado más de 4.500 empleos culturales.

Concluyo: en unos momentos donde tanto gestores como empresarios culturales observan con inquietud el panorama que se dibuja en 2010, ¿no sería de agradecer que el Gobierno canario –al menos en esta materia– decidiera de una vez por todas coger al baifo por los cuernos?

La Cultura, que casi siempre ha sido como la hermana tonta pero también mal aprovechada de todas las administraciones públicas canarias, guste o disguste debe cambiar sus fórmulas ante la que ya tenemos encima. Sí, que siga siendo Cultura pero rentable espiritual y económicamente. Y eso lo demuestra estimulando la idea de que también tiene apellido, y que ese apellido se deletrea como N-E-G-O-C-I-O. Y como cualquier negocio que se precie con muchos riesgos. Que se lo digan a los empresarios y gestores del sector.

NOTA: El cuadro que ilustra este comentario es el Narciso de Caravaggio.

Saludos, no obstantes sorprendidos, desde este lado del ordenador.