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Los olvidados: Francisco García Pavón

Miércoles, Mayo 5th, 2021

Francisco García Pavón alcanzó el éxito literario en la España de los años setenta con la serie de novelas y cuentos en los que Manuel González, más conocido como Plinio, es su protagonista. Plinio es jefe de la Policía Municipal de Tomelloso (Ciudad Real) y junto a su leal don Lotario, se encarga de resolver casos que suceden en su entorno y alrededores con la misma sagacidad del inspector Maigret solo que con la simpática cachazapero también obstinada capacidad deductiva de un castellano, castellano de verdad.

Desde su aparición, las aventuras de Plinio ocupan un espacio privilegiado en la novela policíaca escrita en español y más concretamente en España, donde es un claro antecedente de los que vendría después: el Carvalho de Vázquez Montalbán; el sargento Bevilacqua de Lorenzo Silva y el Toni Romano, de Juan Madrid por citar solo a algunos de los más conocidos.

Pero no solo de Plinio escribió García Pavón, un escritor que se movía admirablemente en la geografía del cuento donde, junto a otros compañeros de viaje es uno de los representantes más aventajados en un género que, editorialmente, no siempre ha sido mirado en España con la obligación que se merece.

Entre los libros que destacaría del escritor se encuentra los que reúne en la trilogía de la Guerra Civil, que forman de manera independiente lo libros Cuentos republicanos, Los liberales y Los nacionales. Este último, un significativo trabajo en el que su autor recrea en una serie de historias muy cortas pero acertadamente cinceladas, sobre el día después de la victoria del ejército nacional en 1939 o bien desarrollando relatos que transcurren ese mismo año pero tras haber estallado la paz, como diría Gironella. Nos encontramos en este aspecto con páginas que describen un país que, tras tres largos años de guerra, mira una mitad con recelo al vencedor y la otra con sospecha y entusiasmo por la revancha al vencido.

Esta atmósfera de miedo se palpa en las historias que García Pavón desgrana en un libro que, no entiendo la razón, ha pasado desapercibido dentro de la gran literatura española escrita sobre aquella guerra que sacó lo peor pero también lo mejor de nosotros mismos. Por ello, estas líneas están inspiradas en reivindicar un libro y un autor con todas sus letras que fue de los primeros en transmitir a sus lectores una perspectiva de reconciliación entre las dos mitades de un país que, mucho me temo, todavía sigue con ganas de partirse la cara.

Llegué como era natural a las obras de Francisco García Pavón leyendo sus novelas de Plinio. El descubrimiento de Los nacionales fue tardío y, confieso, con cierta inquietud ya que no sabía muy bien lo que podía deparar un escritor al que me había acostumbrado por sus relatos policiales, por sus historias costumbristas a las que aplicaba el barniz de lo policial. No imaginaba que también cultivara otros géneros y que resultara tan rematadamente bueno en un territorio tan difícil como es el cuento, y más cuando se trata de cuentos tan cortos. En el caso de García Pavón, de tan solo tres o cuatro páginas. Páginas, sea dicho de paso que son suficientes para narrar situaciones que trascienden la anécdota y en las que muestra lo que es capaz de hacer el hombre en situaciones de tanto riesgo intelectual y emocional como son las que describe en Los nacionales.

El libro está divido en dos partes. La primera se desarrolla mayoritariamente en Tomelloso, que fue la localidad natal del escritor, y la segunda en Madrid, que fue la ciudad donde vivió la otra mitad de su vida. Estas dos unidades cuentan más o menos historias desiguales donde prima el miedo de los vencidos y la revancha de los vencedores pero son relatos también en los que se cuela voluntad de paz, piedad y perdón.

Resulta muy difícil escoger algunas de las historias ya que todas son muy buenas, y no solo por las situaciones que plantea y los problemas morales que saca a relucir sino porque en todo estos cuentos se concluye la imposibilidad de construir un país si no hay voluntad de tender la mano a quien ayer fue tu peor enemigo.

Por encima de todas las cosas, por encima de lo que cuente, de lo que muestre y de lo que denuncie, que también, estos cuentos están además muy bien escritos. Tanto, que invitan a que sean leídos en voz alta para degustar la fuerza de sus frases y de sus palabras. El talento que tuvo García Pavón para saber contar lo que contaba.

A la espera de que alguien se atreva a rescatarlo de la oscuridad, me refiero a su trilogía de la Guerra Civil y no a las aventuras de Plinio que de tanto en tanto se reeditan, aconsejaría a los interesados a que busquen obras del escritor en librerías de viejo y de ocasión. Sobre todo porque no hay cosa más grata en la república de las letras que la de recuperar del olvido escritores que, con el fuste de Francisco García Pavón, permanecen no sabe uno bien por qué, en el más absoluto de los olvidos.

Saludos, reivindicación, desde este lado del ordenador

La batalla de Lepanto según G.K. Chesterton

Viernes, Marzo 19th, 2021

El próximo 7 de octubre se conmemora el 450 aniversario de la batalla de Lepanto, una de las más cruentas y también trascendentales de la Historia. Este extenso poema épico de un británicos ilustre, G.H. Chesterton, ilustra con palabras traducidas al español por otro ilustre, pero argentino, Jorge Luis Borges, aquel feroz combate entre cristianos y musulmanes. Chesterton recuerda además a dos de los soldados españoles que participaron en la batalla: don Miguel de Cervantes y don Juan de Austria.

Blancos los surtidores en los patios del sol;
el Sultán de Estambul se ríe mientras juegan.
Como las fuentes es la risa de esa cara que todos temen,
y agita la boscosa oscuridad, la oscuridad de su barba,
y enarca la media luna sangrienta, la media luna de
sus labios,
porque al más íntimo de los mares del mundo lo sacuden sus barcos.
Han desafiado las repúblicas blancas por los cabos de Italia,
han arrojado sobre el León del Mar el Adriático,
y la agonía y la perdición abrieron los brazos del Papa,
que pide espadas a los reyes cristianos para rodear la Cruz.
La fría Reina de Inglaterra se mira en el espejo;
la sombra de los Valois bosteza en la Misa;
de las irreales islas del ocaso retumban los cañones de España,
y el Señor del Cuerno de Oro se está riendo en pleno sol.Laten vagos tambores, amortiguados por las montañas,
y sólo un príncipe sin corona, se ha movido en un trono sin nombre,
y abandonando su dudoso trono e infamado sitial,
el último caballero de Europa toma las armas,
el último rezagado trovador que oyó el canto del pájaro,
que otrora fue cantando hacia el sur, cuando el mundo entero era joven.
En ese vasto silencio, diminuto y sin miedo
sube por la senda sinuosa el ruido de la Cruzada.
Mugen los fuertes gongs y los cañones retumban,
don Juan de Austria se va a la guerra.
Forcejean tiesas banderas en las frías ráfagas de la noche,
oscura púrpura en la sombra, oro viejo en la luz,
carmesí de las antorchas en los atabales de cobre.
Las clarinadas, los clarines, los cañones y aquí está él.
Ríe don Juan en la gallarda barba rizada.
Rechaza, estribando fuerte, todos los tronos del mundo,
yergue la cabeza como bandera de los libres.
Luz de amor para España ¡hurrá!
Luz de muerte para África ¡hurrá!
Don Juan de Austria
cabalga hacia el mar.
Mahoma está en su paraíso sobre la estrella de la tarde
(don Juan de Austria va a la guerra.)
mueve el enorme turbante en el regazo de la hurí inmortal,
su turbante que tejieron los mares y los ponientes.
Sacude los jardines de pavos reales al despertar de la siesta,
y camina entre los árboles y es más alto que los árboles,
y a través de todo el jardín la voz es un trueno que llama
a Azrael el Negro y a Ariel y al vuelo de Ammon:
genios y Gigantes,
múltiples de alas y de ojos,
cuya fuerte obediencia partió el cielo
cuando Salomón era rey.
Desde las rojas nubes de la mañana, en rojo y en morado se precipitan,
desde los templos donde cierran los ojos los desdeñosos dioses amarillos;
ataviados de verde suben rugiendo de los infiernos verdes del mar
donde hay cielos caídos, y colores malvados y seres sin ojos;
sobre ellos se amontonan los moluscos y se encrespan los bosques grises del mar,
salpicados de una espléndida enfermedad, la enfermedad de la perla;
surgen en humaredas de zafiro por las azules grietas del suelo,
se agolpan y se maravillan y rinden culto a Mahoma.
Y él dice: Haced pedazos los montes donde los ermitaños se ocultan,
y cernid las arenas blancas y rojas para que no quede un hueso de santo
y no deis tregua a los rumíes de día ni de noche,
pues aquello que fue nuestra aflicción vuelve del Occidente.
Hemos puesto el sello de Salomón en todas las cosas bajo el sol
de sabiduría y de pena y de sufrimiento de lo consumado,
pero hay un ruido en las montañas, en las montañas y reconozco
la voz que sacudió nuestros palacios –hace ya cuatro siglos–:
¡Es el que no dice «Kismet»; es el que no conoce el Destino,
es Ricardo, es Raimundo, es Godofredo que llama!
Es aquel que arriesga y que pierde y que se ríe cuando pierde;
ponedlo bajo vuestros pies, para que sea nuestra paz en la tierra.
Porque oyó redoblar de tambores y trepidar de cañones.
(Don Juan de Austria va a la guerra).
Callado y brusco -¡hurrá!
Rayo de Iberia
Don Juan de Austria
sale de Alcalá.
En los caminos marineros del norte, san Miguel está en su montaña.
(don Juan de Austria, pertrechado, ya parte)
donde los mares grises relumbran y las filosas marcas se cortan
y los hombres del mar trabajan y las rojas velas se van.
Blande su lanza de hierro, bate sus alas de piedra;
el fragor atraviesa la Normandía; el fragor está solo;
llenan el Norte cosas enredadas y textos y doloridos ojos
y ha muerto la inocencia de la ira y de la sorpresa,
y el cristiano mata al cristiano en un cuarto encerrado
y el cristiano teme a Jesús que lo mira con otra cara fatal
y el cristiano abomina de María que Dios besó en Galilea.
Pero Don Juan de Austria va cabalgando hacia el mar,
don Juan que grita bajo la fulminación y el eclipse,
que grita con la trompeta, con la trompeta de sus labios,
trompeta que dice ¡ah!
¡Domino Gloria!
Don Juan de Austria
Les está gritando a las naves.
El rey Felipe está en su celda con el Toisón al cuello
(don Juan de Austria está armado en la cubierta)
terciopelo negro y blando como el pecado tapiza los muros
y hay enanos que se asoman y hay enanos que se escurren.
Tiene en la mano un pomo de cristal con los colores de la luna,
lo toca y vibra y se echa a temblar
y su cara es como un hongo de un blanco leproso y gris
como plantas de una casa donde no entra la luz del día,
y en ese filtro está la muerte y el fin de todo noble esfuerzo,
pero don Juan de Austria ha disparado sobre el turco.
Don Juan está de caza y han ladrado sus lebreles,
el rumor de su asalto recorre la tierra de Italia.
Cañón sobre cañón, ¡ah, ah!
Cañón sobre cañón, ¡hurrá!
Don Juan de Austria
ha desatado el cañoneo.
En su capilla estaba el Papa antes que el día o la batalla rompieran.
(Don Juan está invisible en el humo)
En aquel oculto aposento donde Dios mora todo el año,
ante la ventana por donde el mundo parece pequeño y precioso.
Ve como en un espejo en el monstruoso mar del crepúsculo
la media luna de las crueles naves cuyo nombre es misterio.
Sus vastas sombras caen sobre el enemigo y oscurecen la Cruz y el Castillo
y velan los altos leones alados en las galeras de San Marcos;
y sobre los navíos hay palacios de morenos emires de barba negra;
y bajo los navíos hay prisiones, donde con innumerables dolores,
gimen enfermos y sin sol los cautivos cristianos
como una raza de ciudades hundidas, como una nación en las ruinas,
son como los esclavos rendidos que en el cielo de la mañana
escalonaron pirámides para dioses cuando la opresión era joven;
son incontables, mudos, desesperados como los que han caído o los que huyen
de los altos caballos de los Reyes en la piedra de Babilonia.
Y más de uno se ha enloquecido en su tranquila pieza del infierno
donde por la ventana de su celda una amarilla cara lo espía,
y no se acuerda de su Dios, y no espera un signo.
(¡Pero Don Juan de Austria ha roto la línea de batalla!)
Cañonea don Juan desde el puente pintado de matanza.
Enrojece todo el océano como la ensangrentada chalupa de un pirata,
el rojo corre sobre la plata y el oro.
Rompen las escotillas y abren las bodegas,
surgen los miles que bajo el mar se afanaban
blancos de dicha y ciegos de sol y alelados de libertad.
¡Vivat Hispania!
¡Domino Gloria!
¡Don Juan de Austria
ha dado libertad a su pueblo!
Cervantes en su galera envaina la espada
(don Juan de Austria regresa con un lauro)
y ve sobre una tierra fatigada un camino roto en España,
por el que eternamente cabalga en vano un insensato caballero flaco,
y sonríe (pero no como los Sultanes), y envaina el acero…
(Pero Don Juan de Austria vuelve de la Cruzada.)

Traducción de Jorge Luis Borges

Ezequiel Pérez Plasencia, diez años de silencio en su propia tierra

Miércoles, Febrero 24th, 2021

Hace ahora diez años que falleció el escritor tinerfeño Ezequiel Pérez Plasencia (1953-2011). Dijo adiós al mundo en circunstancias traumáticas y dejó más huérfano si cabe a quienes lo conocieron y querían ese día aciago, un 24 de febrero que todavía retumba en la memoria de quien les escribe.

Ezequiel Pérez Plasencia tuvo no obstante una buena vida. Una buena vida salpicada de encuentros y desencuentros. También de persecuciones, algunas buscadas y otras no.

Como suele suceder, tras conocerse la noticia de su muerte casi todas las voces coincidieron en señalar notas sobre su vida y su obra que no hubieran hecho públicas en vida del escritor pero así son las cosas en este valle de lágrimas. Por eso, si existe algún cielo, Ezequiel tiene que estar observando con una mueca burlona cómo se las gastan los que siguen aquí abajo. En especial los compañeros/as escritores/as y periodistas que conoció a lo largo de su vida.

Como señaló en una entrevista que mantuvo conmigo: “el periodismo es bueno sin sabes abandonarlo a tiempo”. Ezequiel supo hacerlo pero por desgracia quien ahora les escribe no. Así que resuena en mis oídos su carcajada.

Ezequiel Pérez Plasencia que sigue siendo un absoluto desconocido no solo en las letras que se escriben en Canarias sino también en español, dejó una obra consistente tras su marcha aunque por desgracia todavía tenía muchas cosas que contar.

Me dijeron en su día que en su ordenador quedaban cuentos y alguna novela sin publicar y se hizo el intento de recuperar todo ese material para que fuera publicado en unas obras completas que nunca llegaron a buen puerto, por lo que su presencia en la actualidad literaria sigue siendo un interrogante mayúsculo.

Ezequiel sigue siendo en este sentido no un maldito, que así al menos se le recordaría como se recuerda al poeta y escritor Félix Francisco Casanova y Eugenio Millet, sino un desconocido.

Escritor que se movía como pez en el agua por el territorio de los cuentos, a Ezequiel le debemos también una sobresaliente novela (su primera y última novela) que con el nombre de El orden del día retrata a una generación de periodistas de provincias y cómo se las gasta (y sigue gastando) los periódicos de provincias.

La novela por fortuna va más allá del retrato satírico y profundiza en las interioridades de su protagonista. Un personaje al que solo salva de su mediocre realidad la lectura de libros. Muchos libros.

No he vuelto a tropezarme desde que se fue con un tipo que salpicara con tantas citas lo que hablaba. Fuera el tema que fuera. No lo hacía porque fuera un enterado sino porque le salía del alma. Su erudición no provocaba por eso ronchas y daban ganas de conocer al autor que mencionaba con el objeto de reforzar un argumento, una idea que esgrimiera.

En cuanto a su producción como cuentista y articulista por fortuna nos dejó unos cuantos libros para los que no pasa el tiempo. Se tratan de obras que van camino de convertirse en clásicos por mucho que se empeñen algunos en que se olvide su nombre y su trabajo. Yo recomendaría, especialmente y porque viví su parto sin apenas agonía, El regreso de Calvert Casey, un atípico libro de viajes, una reflexión profunda sobre isla y literatura y un fantástico viaje interior por la isla de Cuba cuando aún la gobernaba Fidel. Destacaría también La ilusión de los perdidos y Los caminadelado, este último volumen recopila sus columnas en prensa. Artículos medidos que se ocupan la mayor parte de las veces de literatura. Libros que leía y autores por los que sentía devoción (Camus y Fonseca, entre otros) escritos con la tensión del día a día que impone el oficio de informar aunque Ezequiel Pérez Plasencia más que informador hizo de redactor de cierre limpiando de errores los textos que le entregaban personajes que iban de periodistas por la vida.

No recuerdo la última ves que hablé con él pero sí el día, tal día como hoy, en que su hermana me llamó para comunicarme la noticia de su muerte. Estaba con un amigo tomando algo en el antiguo kiosco de la plaza Militar, en Santa Cruz de Tenerife, y me puse a llorar.

En fin, esas cosas pasan.

Ezequiel llevaba un tiempo fuera de las islas, estas mismas islas que lo botaron a patadas y en la que casi todo el mundo conspiró para hacerle la vida un poco más infeliz, y allí, en Cartagena, encontró la paz y nuevas amistades. Quiero creer que algo tuvo que ver el Mediterráneo, que es un mar y no un océano como el Atlántico, cuyas aguas bañan la tierra en la que nació pero en la que no aprendió a ser libre.

Hace diez años que murió Ezequiel Pérez Plasencia y hace diez años que, ya ven, lo sigo echando mucho de menos.

Don Carlos Dickens y yo

Domingo, Febrero 7th, 2021

Hace años leí la primera novela de Charles John Huffam Dickens (Landport, Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812-Gads Hill Place, 9 de junio de 1870) que cayó en mis manos: David Copperfield aunque es verdad que me quemé las pestañas mucho tiempo antes viendo adaptaciones de sus novelas en el cine y en televisión, alguna de ellas con el formato de serie. Recuerdo por ejemplo Casa desolada y otra que prestaba atención a la agitada vida que mantuvo el escritor. No obstante, donde Dickens crece son en sus libros. Sean novelas, cuentos… Hace poco obtuve por uno de esos caprichos del destino una de sus primeras obras, un trabajo de encargo que lleva por título Memorias de Joseph Grimaldi (Páginas de Espuma, 2011) en la que respira el mejor Dickens como periodista y como escritor…

Cuando llegan las navidades no dejo de leer su Cuento de Navidad como no dejo de ver Qué bello es vivir de otro grande, Frank Capra,y película esta última que no tiene nada que ver con el escritor pero que se ha convertido en una cita obligada durante esas fechas como lo son las películas de romanos cuando llega la Santa Semana Santa.

Pero me voy por las ramas y lo que quiero, lo que deseo, lo que me apetece en este momento es hablar de Carlos Dickens y yo. Y de cómo descubrí la obra de un escritor que me cambió la vida y me animó a seguir leyéndola porque con cada libro que caía en mis manos me daba cuenta que tenía mucho que ver con el otro. Y el otro.

Tras la fabulosa David Copperfield (cuidado con Uriah Heep), llegó Grandes esperanzas, Oliver Twist, que vi primero en su formato musical. Un musical pegadizo y extremadamente dickensiano con el probablemente mejor Faguin de la Historia del Cine, Ron Moody, con permiso de mi venerado Alec Guinness e Historia de dos ciudades, entre otros.

Que la producción literaria de Charles Dickens continúa viva lo pone de manifiesto que sus novelas y cuentos no dejan de reeditarse. Solo un inconveniente que sigue provocando equívocos: no es un escritor para niños aunque cuente con algún libro que sí escribió pensando en ellos. Su obra mayor es para públicos que han logrado cierta serenidad en su existencia pero que no han perdido la facultad de conmoverse, incluso llorar cuando lee las novelas más sentimentales de un escritor que, se reitera, se burla del paso de tiempo.

Su obra sigue viva. Late con el corazón de un chaval de quince años, casi parece que se mofa del paso implacable de los años.

Si tengo no obstante una obra presente de Dickens en mi cabeza es y seguirá siendo David Copperfield. Cosa de que fue la primera; la que me abrió la puerta a su fascinante universo que puebla de tan variopintos personajes. Gracias a don Carlos me adentré, además, en el trabajo de otro escritor coetáneo suyo, Wilkie Collins. Así que, como ven, le debo no una ni dos sino muchas cosas a este extraordinario escritor para el que no pasa, digo, el tiempo.

Saludos, un grillo en el hogar, desde este lado del ordenador

John Le Carré, nuestro hombre en el Circus

Lunes, Diciembre 14th, 2020

Cuatro escritores forman el cuadrado perfecto de la novela de espías británica.

Con permiso de Eric Ambler, que es un poco el padre de todos ellos, arriba, en la cúspide, Graham Greene, un escritor que no fue exactamente un escritor de novelas de espías pero sí que tiene las mejores que he leído desde que sentí afición por el género. En la otra esquina se encuentra Ian Fleming, el creador de James Bond. Sin él, la novela de espías no habría tenido tanta repercusión popular. Estas novelas más que de espías eran relatos donde se enfrentaba un atractivo funcionario al servicio de su graciosa majestad con un multimillonario con ganas de comerse el mundo.

Partamos de la base que el James Bond literario no se parece al del cine. Es un excelente gourmet y jugador de cartas, como en las películas, pero también un sentimental y lector ocasional de Raymond Chandler además de un agente que en cada misión consume puñados de dexidrinas para engañar al cansancio.

En las dos esquinas inferiores (aunque al cuadrado le podemos dar la vuelta y serían entonces las esquinas superiores) están Len Deighton, creador de Harry Palmer, el espía anti Bond, aquel que lleva espejuelos y le da más a la cabeza que a los puños y un maestro, John Le Carré, David John Moore Cornwell (Poole, 19 de octubre de 1931 – Truro, 13 de diciembre de 2020), creador como Fleming y Deighton de otro agente secreto pero sin las características de 007 y Palmer.

John Le Carré bautizó a su criatura con el nombre de George Smiley y lo describió como un hombre corriente que trabaja en el juego más peligroso. Su contrincante en esa partida de ajedrez es Karla, su contrario en la KGB.

Smiley trabaja en una oficia gris, rodeado de compañeros igual de grises, todos ellos con sus pequeñas historias personales. El Circus lo llaman. En este ambiente se desarrollan las novelas que Le Carré le dedicó, algunas tan excelentes como El Topo, en la que mide sus fuerzas contra Karla y que continuó en El honorable colegial, demasiado larga y espesa, y que concluye con la mediana La gente de Smiley. El personaje aparece pero como secundario en la que entiendo es su mejor novela, El espía que surgió del frío.

John Le Carré no escribió sin embargo solo novelas de Smiley y continuó en el género con libros cada vez más sólidos y adaptados a la realidad de su tiempo y de nuestros tiempos. En algunas de estas obras se permite un extraño sentido del humor como sucede con El sastre de Panamá, una versión y así lo explica, de Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene solo que en el país que gobernó Noriega.

Otras de sus grandes novelas fueron Una pequeña ciudad de Alemania, muy lenta pero redonda para entender cómo pervivió el nazismo en la República Federal Alemana; El infiltrado, otra de sus obras redondas; Amigos absolutos, Un traidor como los nuestros, Una verdad delicada y La canción del misionero. Me dejo unas cuantas más.

Le Carré no fue sin embargo pese a ser un escritor de género un autor fácil. Sus historias suelen imbricarse demasiado, a veces se pierde uno en la madeja aunque tiene el gancho de lo que cuenta y cómo lo cuenta a través de sus protagonistas. Y sí, en sus novelas se reflexiona sobre la traición pero también sobre el fracaso y servir a una causa que no ta ha dado nada. Tuvo una mirada distante y amarga sobre el mundo que reflejaba en sus páginas y abarcó todos los palos cuando la Guerra Fría finalizó con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites. El fin del comunismo (ahora dicen que vuelve) no significó el fin de John Le Carré como escritor de novelas de espías.

Publicó su último libro el año pasado y me pregunto si estaría mascando alguno nuevo relacionado con todo esto de la pandemia, esta especie de guerra silenciosa contra el virus que libran esas naciones que desconfían unas de otra.

Una post data, entre los libros de no ficción que escribió Le Carré cuenta con ¿El traidor del siglo?, en la que estudia las razones que llevaron al general suizo Jean-Louis Jeanmarie a convertirse en un traidor. Se lee con un suspiro, es una obra muy corta y precisa pero también densa. Se trata, resumamos, de un Le Carré en estado puro.

Con su desaparición, la novela de espías y la literatura pierde a uno de los más grandes. No hay, que piense ahora, nadie que lo sustituya. John Le Carré conocía demasiado bien cómo se la gasta esa otra realidad en la que se mueven hombres y mujeres que han hecho de la traición y la mentira un oficio. Todos, o casi todos, suelen terminar solos.

Observen a George Smiley que sigue siendo su personaje más popular. Un hombre casado y tan inglés que toma el té a las cinco de la tarde. Varias novelas después, su esposa lo engaña con uno de sus mejores amigos y lo abandona. Smiley, el cerebro capaz de destruir a Karla está solo. No eran lecturas fáciles. Te dejaban la mayor parte de las veces un poso de amargura que solo se curaba dejando reposar el libro unos días. Era inevitable sin embargo volver a él pasado un tiempo. Sí, no fue un escritor de acción a raudales pero sus lectores tampoco buscaban esto en sus novelas. Si buscaban algo era que nos mostrara las grandezas y miserias de hombres y mujeres que no son lo que aparentan. Los amigos se transforman en enemigos. La traición puede llegar incluso a las más altas esferas como sucede en El topo y como sucedió en la realidad en los servicios secretos británicos. La sombra de Kim Philby es alargada. Dicen que Philby obsesionó a Graham Greene como a John Le Carré. Probablemente también a Len Deighton, que escribe sobre el gran juego en su ciclo de novelas de Bernard Samson. Lástima que fuera tan prolífico y que decayera, éste sí, cuando la Guerra Fría declinó en favor de Occidente…

El caso es que ha muerto John Le Carré, nuestro hombre en el Circus.

Saludos, demasiadas ausencias, desde este lado del ordenador

(*) En la imagen John Le Carré junto a Richard Burton en una pausa del rodaje de El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965)

Uno de los nuestros: Robert Louis Stevenson

Viernes, Noviembre 13th, 2020

Aunque no sea del tipo de los que se acuerdan de todo su pasado como otros que conozco, sí que mantengo fresca en mi memoria sensaciones. Y entre otras sensaciones conservo como si fuera ayer el primer libro con páginas, muchas páginas, que leí en lo que llevo de existencia. Fue tanto el impacto, que me acostumbré a llevar a todas partes aquella novela que comenzaba a destriparse de tanto abrirla y leerla en cualquier sitio. En cualquier parte. En la cola del médico, en la del banco, incluso en el supermercado. Cuando viajaba en guagua o cuando te esperaba apoyado en la barra del cine Víctor, ¿recuerdas? Los minutos y las horas volaban, y yo ahí con la cabeza metida entre las páginas devorando con velocidad pasmosa lo que me contaba el primer escritor y la primera novela que, ya digo, me cambió para siempre la vida.

Hasta ese momento leía otras cosas. Y cosas muy entretenidas y no sé yo sí para públicos infantiles que van entrando en la adolescencia… Ante mi había desfilado hasta ese entonces cuentos dispersos de Las mil y una noches, que más tarde leí completo y me dejó subyugado, rendido o postrado a los pies de su millar de historias que dan paso a otras historias y esas historias a otras y otras más; los mal llamados cuentos infantiles de Andersen y los hermanos Grim. También los trágicos que escribió Oscar Wilde para que se anegaran de lágrimas mis ojos y algún relato más del que ahora mismo no me acuerdo. Pero eran cuentos, ya digo, ,historias cortas que zampaba con hambre hasta que un día cayó en mis manos la novela que lo inició todo. El libro que me abrió los ojos y despertó el gusano lector que llevó dentro desde ese entonces: La isla del tesoro, de Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850-Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894), escritor del que celebramos tal día como hoy su 170 aniversario.

Casi dos siglos de su venida al mundo y mostrarle al chaval que era entonces y ahora soy eso que llaman placer de la lectura. Y sí, claro que conocía alguna que otra adaptación cinematográfica de la novela pero ninguna de ellas es como el libro. De hecho, La isla del tesoro que reconozco es la de mis lecturas porque se trata de una obra que suelo releer con bastante frecuencia ya que me abstrae de la grisácea realidad que me rodea. Me hace viajar a una isla que no es la mía y que esconde un tesoro y una vieja fortaleza y piratas que son hombres de mal y de mar y hombres decentes y un niño protagonista, Jim Hawkins y un personaje gigantesco que forma parte ya de mi modesta familia literaria: Long John Silver o John Silver el Largo, hombre de mar y de mal, pero quién bien cae, qué maestro del ardid y la mentira.

El flechazo resultó así inevitable y como me suele pasar cuando la obra de un escritor me entusiasma, me puse a buscar más obras de Stevenson como un sediento en el desierto. Con el paso de los años leí El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Aventuras de un cadáver entre otras historias oscuras del escritor. Más tarde La flecha negra, que es un clasicazo de la novela de aventuras y uno de mis títulos predilectos en la producción literaria del escritor aunque si me permiten recomendarles uno o dos títulos más de Stevenson citaría Secuestrado y Catriona, que funciona como segunda parte de un libro que, como La isla del tesoro, te transporta y te hace viajar a un mundo posible.

Y claro que no descarto El señor de Ballantrae, una de las novelas escocesas más escocesas del escritor ni el puñado de cuentos que reunió en libros que sientan cátedra como Nuevas noches árabes, El club de los suicidas y relatos tan intensos y maravillosos como El diablo en la botella que a mi, ya ven, todavía me provoca pesadillas.

Stevenson escribió otros libros, libros de viajes y ensayos tan divertidos como su Apología del ocio que pudo haber inspirado a Paul Lafargue su El derecho a la pereza aunque no le entusiasmara demasiado a su suegro, ese hombre sin sentido del humor que fue Karl Marx. Pero en fin, que Robert Louis Stevenson solo hay uno, y ese uno resulta inimitabl y, por eso su arrolladora influencia en el niño que fui en aquel entonces y en el niño que sigo siendo actualmente y que canta por lo bajo cuando ve cernirse las nubes negras: “Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron! La bebida y el diablo se encargaron del resto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!”.

Y funciona. Basta con recitarla a modo de mantra… la botella de ron.

Así que gracias mil, señor Stevenson, no sabe usted lo feliz que me hace reencontrarlo una, dos, tres y las veces que haga falta.

¡¡¡Ron, ron, ron, la botella de ron!!!

Saludos, reivindicando el tesoro, desde este lado del ordenador