Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Otro sitio con encanto al que dejar morir

Jueves, Abril 30th, 2020

Kala y su mascota llegan al parque Viera y Clavijo, uno de esos sitios con encanto que han dejado morir en esta ciudad, para recorrer los jardines mientras el viejo edificio se cae a pedazos. Da un poco de grima, sobre todo porque quien ahora les escribe recuerda cómo era antes de que terminara abandonado.

Antaño, hace muchos eones como diría Lovecraft, el parque pasó a llamarse Parque Cultural Vieja y Clavijo, y con razón. Además de la iglesia neogótica, se habilitó en su parte trasera un teatro, el teatro Pérez Minik. Allí vi, entre otros, a Faemino y Cansado y todavía me duele la barriga cuando recuerdo aquella función de la risa maríaluisa que me entró viendo a esta pareja de extraterrestres del humor. Tras la iglesia neogótica que dice la Wikipedia, existía un patio con cipreses y un busto de Viera y Clavijo. Era un sitio perfecto para abastraerte del espíritu abúlico de esta capital de provincias pero no sé en qué estado se encuentra ahora, imagino que ruinoso como el resto del complejo. En la actualidad, no hay acceso posible a la recoleta plaza de los cipreces y mucho me temo que ya no tendrá ni cipreses ni el busto del pensador canario.

Si uno camina un poco más, se topará en la trasera del edificio varios escenarios al aire libre y una amplia explanada repleta de rabo de gato y una fauna variada de alimañas que parecen burlarse del pasado esplendor cultural que tuvo el Viera y Clavijo en unos años que ahora, cuando pienso en ellos, me resultan de los más anormales en estos tiempos de nueva normalidad.

Paseaba digo por los jardines que mantienen afortunadamente empleados del Ayuntamiento de la capital tinerfeña cuando Kala, que por naturaleza es bastante tímida, se aproximó a otro perro, atado éste a un banco en el que estaba sentado un caballero. Un tipo moreno y arrugado con una cerveza en la mano que me preguntó:

- ¿Sabe como se llama el perro?

- El mío Kala.- respondí.

El hombre, que estaba sentado bajo la sombra fresca de un laurel de indias, hizo un gesto de fastidio aunque percibí que también sonreía.

- No, no… el mío.

Negué con la cabeza.

- Sultán. Le puse Sultán porque me gsta el nombre.

Hablaba moviendo la mano en la que llevaba la lata de cerveza. Una lata verde.

- ¿Vive aquí?

Asintió.

- ¿Hay más gente?

Respondió que como unas catorce. Le dio un trago a la cerveza y me contó que vivía en un cuartito, con Sultán y dos gatos. Más tarde me dijo que vivía con una compañera pero no me lo dejó muy claro. Le pregunté, por el acento que tenía, de dónde era y dijo que argentino. De la provincia de Buenos Aires. Me contó también que estando en su país –aunque comentó que su pasaporte era italiano y por lo tanto miembro de la Unión Europea que se pierde– saltó a la calle con miles de compatriotas cuando Argentina ganó el Mundial de Fútbol de 1978 y que allí, en lo que fue el Parque Cultural Viera y Clavijo, residía gente de todas las nacionalidades. Los cubanos, los peores, me dijo. “Piden dinero si te hacen un favor”.

- No se dan cuenta de cómo vivimos los que estamos aquí. Solo piensan en dinero. Ya podrían volver a su país.

Los perros mientras tanto jugaban. Creo que Kala estaba a sus anchas porque Sultán estaba atado, así que se ponía a bromear con Sultán sin dejar de mover el rabo.

Le pregunté que dónde comía. Y me dijo que tenía un infernillo. ¿Y agua, tienen agua?. Había que ir a buscarla, señaló un poco fastidiado porque ya no le quedaba cerveza en la lata.

Cuando Kala se cansó de jugar, me despedí del caballero y caminé un poco más antes de abandonar aquel parque que una vez fue otra cosa. Y no, en ese momento no pensaba en la función de Faemino y Cansado.

La imagen que acompaña estas íneas está tomada de change.org.

Saludos, ruinas, solo ruinas, desde este lado del ordenador

El profeta de la basura

Miércoles, Abril 29th, 2020

Tengo la sensación en estos tiempos de confinamiento que hay que mantener buena cara ante la fatalidad si no quieres que te señalen con el dedo y te llamen “ciudadano”. O tío que no se cree esta corriente de buenismo dentro de la tragedia que les ha entrado a algunos. Si alguien conoce el valor de la resistencia en estos tiempos, incluso mucho antes de la expansión de la covid-19, es alguien que conozco y que vive en el barranco. Alejado de to’dios, que dice. Lo acompaña un perraco que impone respeto pero que resulta más bueno que el pan si no aprecia agresiones a su alrededor.

A este tipo barbado y que huele a pis me lo suelo encontrar bajo las escaleras que dan al barranco de Santos y como Kala, mi perra, y su perraco han hecho buenas migas, ya saben, tras olerse el culo se ponen a saltar y a correr como si se conocieran de toda la vida, mantenemos laaargas conversaciones en unos tiempos, los de la nueva normalidad, que parece que no quiere que la gente dialoge. Y si dialoga, que sea como telecharlas. Darle al bisté ya no será igual. Quieren borrar la tabarra de nuestro uso común.

“Se trata de un plan perfectamente estudiado”, me dice el profeta de la basura, Y pienso que si el hombre navegara por las redes sociales tipo Facebook, se hubiera tirado del puente Zurita hace tiempo. No sabe de la que se libra. Facebook, últimamente, me parecen perjudicial para la salud. Demasiado narcisismo. Eso sí, nadie muestra de verdad la desnudez de su alma, lo que equivale a que ninguno de ellos tiene dos dedos de frente. Me pregunto si…

Lo que me cuenta este profeta de la basura es que ahora todo es chachi, popi, siempre y cuando no cuestiones lo que está pasando. Vamos, que te rebeles, que quieras ir a la contra. El profeta de la basura –basurilla escuché que lo llamaba el otro día un vecino desde la ventana de un cuarto piso– me dice que a él siempre se le hizo difícil responder a cualquier tipo de autoridad “porque nací y me crié en una familia donde me enseñaron a vivir y dejar vivir. Hoy parece que no te dejan vivir si rechistas”.

En esa estábamos, alegando mientras los perros juguteaban por el fondo del barranco cuando comenzaron los avisos sonoros del guasap, lo que molestó bastante a mi acompañante que estaba reclinado en una roca mientras tiraba piedras a los lagartas. Mogollón que había a esa hora de la mañana, de sol inmenso y cielo azul, profundo azul celeste.

Le dije que estaba un poco confundido ya que veía a conocidos a los que respetaba hasta el dìa de ayer mostrando una faceta que reducía su singularidad como gente pensante. Todos, le comenté, o casi todos, se han plegado a obedecer la consigna de un sistema que insiste en que aquí no pasa nada, salvo los muertos que cosecha la enfermedad. La nueva normalidad volverá a reinstaurar lo que tan alegremente desperdiciamos cuando todo era solo normal.

“Eso dicen pero es mentira”, responde el profeta. “Casi todos seremos, en cualquier caso, más pobres y probablemente más infelices”.

Se rasca su barba, que crece desordenada bajo la nariz y en torno a los labios.

“Primero lo que tienes que hacer es relajarte”, dice sorbiéndose los mocos, “y continúa metiendo el dedo en la llaga. Que no lo hagan los demás por comodidad, por miedo, por papanatismo es cosa de ellos. Lo tuyo es seguir insistiendo y denunciando cuando obra, lo que está pasando”.

Confieso que no entendí demasido lo que quería expresar pero cerré la boca intentando digerir sus palabras. Los perros correteaban ahora por una ladera del barranco, metiendo sus hocicos entre las piedras buscando roedores o lagartos.

El profeta continuaba hablando pero ya no le prestaba mucha atención. Cerré los ojos e incliné la cabeza para recibir de lleno los rayos del sol. Ese agradable calor que parece que lo sana todo. El profeta de la basura dio un silbido y escuché el trotar de los perros dirigiéndose hacia nosotros. Cuando abrí los ojos, Kala moviendo el rabo manifestaba una felicidad que también le salía por los ojos. Daban ganas de achucharla.

- Hasta mañana.- me dijo el profeta de la basura.

Le dije adiós con las manos y salí del barranco acompañado de Kala, que no dejaba de mover el rabo.

Saludos, lo encontrarán allí…, desde este lado del ordenador

Se acabó lo que se daba

Martes, Abril 28th, 2020

Encontré las dos jarritas en un puesto del Rastro de la capital tinerfeña. Fue en aquellos días donde podías navegar en marea de gente y salir a la calle sin mascarillas ni guantes en las manos. Otros tiempos que no sé ya si volverán.

Lo que me llamó la atención de aquellas dos jarritas fue que estaban decoradas con simbología masónicas. Por un lado, la escuadra y el cartabón cruzado y la siguiente leyenda:

“Happy to Meet
Sorry to Part
Happy to Meet
Again

Por el otro:

Olde English Night
Sutton Pilgrims Lodge
No. 7780
Bro. R. D. Hughes
19th February 1983.

Las jarras, porque se tratan de dos jarras, pertenecieron al hermano R. D. Hughes pero no cuento con más información sobre su anterior propietario salvo la muy escasa que he logrado recoger en Internet.

La logia existe y cuenta de hecho con una estupenda página en la web pero no he encontrando información fidedigna de quién fue el hermano Hughes, ni cómo diablos terminaron estos dos objetos personales en el Rastro de Santa Cruz de Tenerife aquellos domingos que ya no sé si volverán.

Las jarras ocupan ahora un espacio privilegiado en una de mis bibliotecas y de vez en cuando paso el rato limpiándolas y observándolas con interés. Muchos se preguntarán la razón pero es que encontrarlas significó para mi un momento bastante especial. De hecho, lo mantengo aún grabado en la memoria. Esto no quita que quiera saber quién fue su anterior propietario, cómo era como persona más allá de que fuera libre y de buenas costumbres.

Me gusta imaginar que R. D. recaló en Tenerife para disfrutar de su jubilación y que no cortó sus contactos con la logia porque se sabe que en el sur de la isla donde vivo trabajan algunos talleres en inglés, al estar formado mayoritariamente por personas de este país hoy desgraciadamente tan mal gobernado.

Es una hipótesis que no me quita demasiado el sueño, aunque si tuviera la imaginación de antes podría articular todo una historia más próxima a la leyenda que a la realidad.

A lo largo del día de ayer, y no me preguntes la razón porque ni yo mismo lo sé, me pregunté otra vez quién sería el hermano Hughes. Y si dejó familia, alguien que pudiera resolver un misterio que no resulta tan pequeño porque todos somos bastante grandes a nuestra manera.

¿Qué aficiones tendría R. D.?, ¿le gustaría comer y beber?, ¿el fútbol?, ¿Dar paseos? ¿Estaría casado o sería soltero?, ¿tendría perro?

En fin, ese tipo de cosas. Y su edad, por supuesto.

Encontré estas jarras, dije, antes de que estallara la crisis de la Covid-19 y que el Estado decidiera confinarnos en nuestras casas para que la epidemia no se expandiera.

Escribiendo estas líneas y con las jarritas sobre la mesa me resulta extraño pensar que llegaron a mis manos en otro tiempo. Un tiempo que ya no volverá. Me pregunto si tendrán el mismo destino cuando deje de estar presente, si acabarán en un puesto del Rastro donde las encontrará otra persona que desconocerá el pasado que aguantan estas jarritas de cristal decoradas con símbolos masónicos.

Cierro los puños, estiro los dedos de la mano, vuelvo a cerrar los puños. He concluido hace unos días que no merece seguir la actualidad de la enfermedad que monopoliza informativamente los medios y las redes sociales, donde santones de todo pelaje escriben y otros vomitan sus neuras para sonrojo de los que todavía pensamos que estamos vivos.

Salgo a la calle a pasear a Kala con la esperanza de que todo fue un mal sueño. Y me doy cuenta que como la mayoría soy un conservador, alguien que desea que todo siga como antes. Si el progreso era esto, la verdad es que te lo regalo. Entre lo que me calma, entre lo que me recuerda que todavía merece la pena seguir adelante aunque muera y muera gente por culpa o no de la enfermedad, están las jarritas misteriosas que me encontré hace un tiempo que no volverá en el Rastro de la capital tinerfeña. Entonces nada auguraba este cambio radical en las cosas y en las relaciones.

Las amistades que se mueren desangradas y que no sirvieron de nada.

Te das cuenta ahora gracias a esa extraña lucidez que provoca el confinamiento.

Saludos, se acabó lo que se daba, desde este lado del ordenador

¡¡¡Hablamos con Jack Crow!!!

Sábado, Abril 18th, 2020

Jack Crow no llama a la enfermedad covid-19 sino vampiros. Y de vampiros sabe mucho este hombre.

Logramos esta entrevista cuando nos lo tropezamos paseando al perro. Crow y quien se acercó a él, manteniendo religiosamente las distancias de un metro, metro y medio, mantuvieron esta conversación mientras desde las ventanas y balcones algunos vecinos miraban la hora, hacían gestos de qué ya era suficiente y cantaban, los menos, el puto Resistiré. Crow iban sin guantes ni mascarillas aunque eso sí, llevaba encima de los ojos sus distinguibles espejuelos de cristales oscuros.

- Se espera una vacuna con la que doblegar al…

Los vampiros solo saben el lenguaje de me das o te la devuelvo. Y a nosotros nos ha llegado el momento de te la devuelvo.

- ¿Cómo?

Pues matándolos sin piedad. Y pertrechados de muchas estacas, ristras de ajo y un buen hacha.

- Pero es un enemigo invisible, son tan pequeños que no se les puede ver.

Llevo casi toda mi vida luchando contra estas bestias y sé como llegar a ellos. Dame mucho sol y sabré donde encontrarlos.

- ¿Cree que podrá poner fin a todo esto?

-Mejor de lo que están haciendo, seguro que sí. Conozco al bicho y cómo darle dónde más le duele…

- Habla con una autoridad tan desarmante que no sé que decir…

¿Le gustan los ajos?

- Me caen fatal al estómago…

-…

- ¿Señor Crow?

Saludos, amanece que no es poco, desde este lado del ordenador

Confesiones de una máscara (2): Sobre el día después

Viernes, Abril 3rd, 2020

Paseo con Kala por la rambla. Tira de la correa nerviosa porque tiene ganas de espantar a una bandada de palomas que parecen que se han multiplicado en esta ciudad. Me detengo a un metro del kiosco donde compro el pan y mientras espero en la cola doy un vistazo a las portadas que puedo ver de los periódicos. Alguien, detrás de mi, le dice a otro que respeta la distancia de seguridad:

- Bueno, es intentar predecir lo que vendrá después pero nadie quiere hablar de ello mientras vivamos bajo el terror de la pandemia…

Kala se recuesta en el suelo, luce un sol de justicia y el cielo es de un azul intenso, perfecto. De una belleza como solo he podido disfrutar en esta tierra. Responde el otro:

- De lo que quizá no se han dado cuenta es que el puto virus marcará el después de estos meses de confinamiento. También de las actitudes que vamos a tomar ante los demás aunque percibo en el aire que mantendremos durante un tiempo las distancias entre unos y otros, como ahora.

Pienso en ese cruzar de acera si te encuentras con un ciudadano que, como tú, pasea al perro o simplemente va a buscar pan.

Le responde el otro:

- Es probable que veamos a algunos llevar máscara y que se señale a otros porque son portadores del dichoso invisible –lo dice así, “invisible”–. En un sueño que tuve despierto, la gente dejaba paulatinamente de comprar en metálico y exprimía la tarjeta. Creo, tal y como están las cosas, que se incentivará a que la mayoría trabaje desde casa y que se procurará que cuanto menos salgas, mejor. Visto lo visto tras la pandemia y si aún respira algo de crédito tu tarjeta, podrás seguir consumiendo pero mejor en casa… El mejor en casa sustituirá al Quédate en casa.

Kala se pone a cuatro patas y suelta dos ladridos. Está aburrida de esperar en la cola. Yo hace tiempo que me aburrí de ver las noticias y de leerlas en los periódicos. Hecho de menos la frivolidad de antes aunque algunos, ayer tuve una demostración, se empeñen en que siga ahí pese a la enfermedad.

El otro caballero responde al otro que está detrás de él mientras avanzamos un paso.

- Me da terror el panorama que se avecina. Porque tras esta película de ciencia ficción a lo Michael Crichton ya no seremos los mismos. Tampoco los que dirigen esta crisis que deberían de arrodillarse ante el fundamento de su ciudadanía.

Vaya, pienso, el tipo que tengo detrás ha leído a Crichton. Enseguida se me disparan mis conocimientos enciclopédicos inútiles. Y barajo entre otros títulos que se refiere a la novela La amenaza de Andrómeda, novela que se convirtió en una película de Robert Wise. Trataba no sé ahora si de un virus o una bacteria extraterrestre que aterrizaba en el planeta azul para acabar con media humanidad. Algo parecido a lo actual. Por lo menos en lo tremebundo.

- Visto lo visto desde Canarias –responde el otro, al que llamo a partir de ahora B– saludo a los que han resistido y maldigo a los que todavía creen que tras la pesadilla todo seguirá igual. Todo igual que antes.

Antres de que conteste A me digo a mi mismo que no le tengo miedo al coronavirus pero sí a mañana. No dejo de plantearme esa pregunta mientras doy vueltas por una rambla vacía. Kala continúa tirando de la correa y me contagia algo de su felicidad perruna. Esta misma mañana, terminé de leer Total Kheops de Jean-Claude Izzo.

¿Qué significa Total Kheops? se preuntará alguno de ustedes

Caos total, respondo mentalmente mientras me dirijo a casa.

A casa… ¿dónde si no?

Saludos, se prolonga la cuarentena, desde este lado del ordenador

Confesiones de una máscara

Miércoles, Abril 1st, 2020

Si el otro día no me sorprendió demasiado ver una tanqueta patrullando por las ramblas, tampoco lo de hoy, dos o tres ambulancias con la sirena gritando su desgarro y una aparcada sobre la acera. Paseaba a la perra y miré a las ventanas, algunas con gente asomada. Un amigo me llamó desde su piso, el segundo o el tercero… ¿Cómo te va?, Bien, bien, restiendo… sigo caminando porque no es motivo para que estemos a gritos mientras la ciudad calla… quédate en casa.

Termino Memorias de un grifota, un libro que como llega se va… pero que me hizo reìr a ratos y recordar unos años donde todo, demonios, era distinto. O muy distinto. La gente iba a otro rollo y su manera de ser feliz era muy diferente a la de ahora. Claro que ahora lo de ser feliz suena a raro. Todo se ha vuelto raro con esta amenaza mundial. Toda la vida intuyéndola y cuándo llega te preguntas si no fuiste un adivino. O uno de tantos que profetizó el cambio porque no tenía nada mejor que hacer.

El protagonista Memorias de un grifota se hace legionario y es allí, siendo novio de la muerte, donde se hace grifiento. Antes y ahora fue un ladrón por cuestión de supervivencia y se dedica al trapicheo. Las memorias transcurren en África, Barcelona y Amsterdam y se leen de un tirón. Se traten o no de memorias auténticas, disfrutar de la aventuras y desventuras de este hombre con una asombrosa capacidad para la vida resulta cuando menos aleccionador. Más en estos tiempos enfermos. El grifota, grifota es uno que fuma haschís, costo, chocolate, kiffi, mandanga… y hierba o yerba, maría… nunca se desmorona porque la palabra fracaso no existe en su cabeza, esa es la idea general que recoge Oriol Romaní, que es quien supuestamente reproduce las palabras del grifota.

Encuentro en este libro momentos hilarantes, Las páginas parecen estar escritas bajo el efecto de la grifa y el vino. Con este personaje, cuya historia no llega a las 200 páginas, se podría hacer no una película sino una miniserie para tratar la cultura hippie barcelonesa de aquellos años y que Romaní estudió desde la perspectiva de los ochenta.

Mientras Kala hace sus necesidades y elimino el rastro con una bolsita que intento tirrar en una ciudad sin demasiadas papeleras, voy pensando en el libro y en el buen rato que me hizo pasar en estos tiempos extraños.

Me asomo desde el puente al barranco de Santos y me pregunto qué diablos pasaría si cualquiera de los que viven en las cuevas que hay ahí abajo se pone malo, malo de coronavirus. Las laderas del barranco de Santos están repletas de mierda, por otro lado, pero pese a este paisaje más parecido a un basurero que a otra cosa, algunos de los trogloditas que residen allá abajo han intentado adecentar su refugio. Gracias a este confinamiento me he dado cuenta de la grandeza que tiene este barranco que atraviesa la ciudad y que la parte en dos mitades. Me doy cuenta también con qué desprecio ha sido tratado por una capital de provincias que ni mira al mar ni así misma.

Regreso a casa y me lavo las manos con jabón tras quitarme la mascarilla y los guantes. Unos guantes de cocina no vayan ustedes a creer. Las dos prendas forman parte de mi vestuario estas últimas semanas pero no termino de acostumbrame a ellas. Hecho de menos a gente que ni se me pasaba por la cabeza y cada día cocino mejor, o me sabe mejor lo que cocino. Probablemente sea eso, digo soltando el huevo en una piscina de aceite que crepita en la sartén.

Los grupos de whatsap no paran. Unos lanzan bromas y otros consejos de cómo lavarse las manos. Por la ventana observo que hace buen día e incluso calor. Ese calor que predice un verano que, espero, llegue pronto aunque lo disfrute en este confinamiento rodeado de libros y películas. La noche de ayer, por ejemplo, volví a Ver Ambiciosa que es una deliciosa película sobre una mujer con la cabeza muy bien amueblada. La dirige Otto Preminger y la protagonista es Linda Darnell que a mi, personalmente, me parece una de las mujeres más atractivas de la Historia del Cine aunque se la considera una estrella menor en el universo de estrellas de Hollywood.

La perra se acurruca entre mis pies y me da algo de calor mientras las horas pasan y escribo estas líneas más que para que ustedes sepan que estoy vivo y que resisto, para no aburrirme. Dentro de un rato salgo a pasear a Kala y a comprar el pan. Luego regreso a casa y a que el día sea más o menos el mismo de ayer y mañana. Que pesados nos volvemos algunos.

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador