El director, una novela de Daniel Kehlmann

Miércoles, Enero 7th, 2026

“Detrás del escritorio estaba el ministro.

A Pabst le sorprendió. Pues lo habitual en una posición de poder era hacer esperar a la gente. Aquel ministro, en cambio, ya estaba allí sentado. Levantó la vista, hizo un gesto con la mano para indicarle que se acercara y dijo en voz alta:

“Pabst, Heil Hitler!.pase”.

El director (Random House, 2025), Daniel Kehlmann. Traducción: Isabel García Adánez

Lo más atractivo de una novela como El director (Random House, 2025) de Daniel Kehlmann no es la reconstrucción de un tiempo que ya no existe por fortuna, aunque hayan algunos empeñados por recuperarlo de las sombras, sino cómo las circunstancias, el entorno, afecta poco a poco el carácter de todos nosotros que somos los protagonistas de la novela. Comenzando por el director, un cineasta que existió en la vida real aunque haya sido enterrado por la historia al trabajar al servicio de los nazis como fue G. W. Pabst, un hombre de cine que intentó labrarse una carrera en Hollywood, aunque no lo consiguió como sí lo hicieron otros tantos compatriotas que vieron en la costa oeste norteamericana un rayo de esperanza en el que desarrollar una obra cinematográfica que nunca perdió su sello europeo.

Es decir, que Pabst se codeó y era respetado en aquella comunidad por directores como Fred Zinneman e incluso Fritz Lang, el director de indiscutibles obras maestras como M, el vampiro de Dusseldorf o Metrópolis, y un cineasta que merece también novelizar la historia de su vida porque su huida de Alemania bajo el dominio de la siniestra cruz gamada, resulta de cine. También la manera en cómo esquivó la “vigilancia” de los suyos. Entre otros, de su esposa, la guionista Thea Von Harbou, una creyente del ideario nacionalsocialista.

Dividida en tres partes: Fuera, Dentro y Después, Kehlmann nos cuenta la historia de un hombre que quiso hacer cine bajo una férrea dictadura y también la de un maestro para contar historias en imágenes al que intentó castrar un sistema basado en la delación, la violencia y en las noticias falsas. Resulta en este sentido, muy interesante la entrevista que mantiene un Pabst desorientado y recién llegado a Alemania tras su etapa en Hollywood, con el ministro de Propaganda Josep Goebbels, el Mefistófeles de la vida cultural de un país que se dedicó a premiar a los artistas que les eran leales y descartar a los que entendían el arte como un proceso de creación alejado de dogmatismos.

Los elementos que hay introducidos en esta novela no se quedan solo en lo político y en la confrontación, sino también en estudiar cómo corrompe y transforma por dentro un sistema viciado y paranoico como el nacionalsocialista. Así que las cosas van cambiando cuando la familia Pabst regresa a Alemania. Mientras, los años pasan y el país se prepara para la guerra. Resultan interesantes las reflexiones que Pabst hace en la novela sobre el cine y cómo la presión deteriora las relaciones con su familia. Kehlmann explora las tripas de sus protagonistas, y no duda en removerlas quién sabe si con el fin de despertar conciencias adormecidas.

En una nota final, el mismo escritor recuerda que El director está basado en la vida de un profesional del cine que fue víctima de aquellos tiempos aciagos, pero recuerda que estamos ante un libro que es ficción. Esta advertencia debería significar un aviso que deberían de tomar en cuenta muchos escritores ya que la realidad literaria es manipulable, siempre que esté al servicio de un relato que, como es el caso de esta novela, va más allá de la experiencia de Pabst en un país que ya no conoce pero en el que intenta rodar buenas películas, sino también y quizá sea lo más importante, de cómo una idea envenenada puede llevar al apocalipsis a toda una nación. En este sentido, Daniel Kehlmann nos revela en una nota final que Pabst no tuvo hijos, así que el hijo que tiene en la novela es resultado de la imaginación del escritor, que sabe imprimir carácter a ese muchacho que primero sirve en las Juventudes Hitlerianas para combatir posteriormente como tanquista en el frente oriental. Y es mejor detenerse aquí, porque este personaje efectivamente es inventado pero eso no le resta fuerza emocional y que sea un personaje central en esta historia, como lo es igual de central la vida matrimonial de Pabst, que ve cómo se desmorona a medida que pasan los años y el frente en vez de alejarse se aproxima cada vez más a una Alemania que ya no cree, aunque demasiado tarde, en ese Reich que iba a durar mil años.

Otros de los atractivos de El director es el retrato a base de pinceladas que hace de la industria cinematográfica alemana durante aquellos años. Aparecen nombres que resultarán reconocibles para cualquier iniciado como el de Leni Riefenstahl y Emil Jannings. A Riefenstahl, la directora de perturbadoras obras maestras del género documental como El triunfo de la voluntad y Olympia, la presenta como una mujer arrogante que ha puesto su arte al servicio del nazismo. En la novela, Pabst intenta ayudarla durante el rodaje de Tierra baja, una historia basada en la obra de teatro de Ángel Guimerá, autor catalán nacido en Santa Cruz de Tenerife, pero la relación no llega a buen puerto, en especial cuando Pabst descubre que los extras que participan en la película son presos de un campos de concentración. Llegando casi al final de la historia, y en pleno rodaje de Molander, una película que ya de por sí encierra una historia para ser contada no en una sino en cien películas, Pabst contó como extras con un grupo de personas que no se sabe bien si son soldados del ejército alemán, como afirma el cineasta, o presos de un campo de concentración cercano al lugar de rodaje.

Y toda esta tragedia, de fama que se escapa de entre los dedos del destino, de una familia que se fragmenta por la guerra y una idea, y que reflexiona sobre el cine como arte, son los ingredientes de un libro que no ahoga ya que a Kehlmann más que el estilo lo que le preocupa es describir con economía de medios todo este violento proceso de transformaciones y de cómo esos mismos cambios afectaron a una familia, un país y al mundo entero cuando soplaban los vientos de guerra.

Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador

Vídeos Scorpio, el último vídeo club de Tenerife

Jueves, Noviembre 6th, 2025

No fue en marzo, ni abril, ni mayo, ni junio… como se dijo sino que será en diciembre de este mismo año, 2025, el cierre anunciado esa es la verdad, del último vídeo club que quedaba abierto en Tenerife: Vídeos Scorpio, establecimiento que se encuentra en la calle de Álvarez de Lugo de la capital tinerfeña y guarida hasta el día de ayer de los últimos románticos del cine, o toda esa fauna salvaje que sigue prefiriendo ver películas en su reproductor (antes de VHS) de toda la vida que en plataformas, que es el monstruo devora imágenes que ha generado esta situación.

Situación que cuenta con numerosas víctimas colaterales y que en una ciudad tan pequeña como es en la que vivo, hace añicos esa rutina sin precio que es ver pasar todos los días como si fueran el mismo día. Que el ciudadano vague en un líquido amniótico que hace que todo discurra sin fatigas ni sobresaltos.

Vídeos Scorpio nació a finales de los años 80 del pasado siglo XX y en la actualidad además de alquilar películas, cada vez menos, se dedicaba a venderlas. No solo las de su fondo sino cintas nuevas, la mayoría de clásicos o películas con demasiada edad.

Me cuentan que hay sobre unas 10.000 cintas en esa tienda en la que se reunían los últimos dinosaurios. Tienda en la que además de películas, contaba en sus paredes con carteles de largometrajes de otras épocas y dos monstruosos proyectores que no sé qué destino le aguardan. De momento, me dicen que la idea es venderlos siempre y cuando se encargue el comprador de recoger y llevarse por sus propios medios estas gigantescas maquinarias.

Antes de ser Vídeos Scorpio, Scorpio apareció por primera vez en Santa Cruz como una tienda de discos que estaba situada en uno de los edificios de la Rambla de Pulido. Esa tienda de música abrió en 1979 pero cerró a principios del siglo XXI. Primero vendía discos de vinilo y más tarde discos compactos. Traspasó el negocio, en unos tiempos en los que hubo varias tiendas de discos en la capital tinerfeña como Monar, Manzana, Fresi Discos, Supernovo, entre otras, y en las que uno podía examinar el disco y si no te decidías, pedirle al encargado que te lo pusiera en uno de los tocadiscos que tenía la tienda. Te colocabas unos cascos marcianos en las orejas y a escuchar una obra que tras juzgar si merecía la pena o no, te la llevabas o no a casa.

El cierre se producirá en diciembre por lo que Scorpio en estado de liquidación abre todavía. Al frente se encuentra Agustín García, que lleva el negocio desde cuando los tiranosaurios dominaban la tierra. Estos días sigue ahí aunque poco a poco y como si de una película de fantasmas se tratara, en un establecimiento más desguarnecido.

Las estanterías están cada vez más vacías y no encuentras ninguna en la categoría de porno porque, susurran las pardelas, fueron de las primeras que se vendieron cuando Scorpio comenzó su lenta y agónica etapa de cierre. El negocio ya no resultaba tan negocio. Sobre todo porque la competencia del audiovisual es terrible y demoledora. Tanto, que no solo afecta a vídeo clubes como el que se reseña sino también a las salas de cine. Espacios que a medida que pasan los años desaparecen del paisaje de una ciudad que, como Santa Cruz de Tenerife, disfrutó en el pasado de tantos y tantos cines.

Con Scorpio se diluye otro de esos referentes que marcaron mi existencia en esta pequeña y tan pueblerina capital de provincias. Ciudad en la que a medida que pasan los años cierran negocios que una vez conocí aunque es verdad que abren otros que esperan a que los conozca.

Echaré de menos las conversaciones que en los últimos tiempos mantenía con Agustín acerca de lo humano y de lo divino y a escuchar sus recomendaciones a los curiosos que todavía entraban en su establecimiento para alquiler por un día (tres euros si era de estreno) una película con la que aguantar la tarde y la noche que nos devuelve al día.

Es inevitable pensar cuando un amigo se va que algo se muere en el alma y es inquietante pensar que eso mismo me pasa cuándo se cierra un establecimiento que formó parte de mi vida. Como los cines que regaron esta ciudad. Los últimos de ellos el Víctor y los Price. El primero hace unos meses que pasó a mejor vida y el segundo se ha reconvertido en Espacio Price, en la que se imparten cursos y talleres de y sobre cine.

“Uno es que se hace viejo”, me dijo un conocido que me encontró mirando el escaparate de Vídeos Scorpio al que todavía le hace falta poner el cartel definitivo de cerrado, y no pude responder a una verdad tan directa y aplastante. Tan fría y real y es que uno, damas y caballeros, se hace viejo.

En fin, mañana será otro día.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

Conversaciones en el Jardín de las Hespérides, un libro de entrevistas de Javier Tolentino

Jueves, Octubre 9th, 2025

Tras ser el conductor del espacio El séptimo vicio, en Radio Nacional, y dar voz a cineastas de cinematografías exóticas, Javier Tolentino firma Conversaciones desde el jardín de las Hespérides (Tinglado Films 2024), un libro que reúne 19 entrevistas con directores de aquí y de allá entre los que destacan tres canarios (David Pantaleón, Víctor Moreno y Ayoze O’Shanahan), algún extranjero (Peter Greenaway, Abbas Kiarostami, Patricio Guzmán, Naomi Kawase, Gianfranco Rosi, Claira Simon, Agnès Vardá, Jonas Mekas y Sergéi Loznitsa) y otros tantos españoles (Isabel Coixet, Víctor Erice, Isaki Lacuesta, José Luis Guerín, Lluís Miñarro, Albert Serra y Basilio Martín Patiño).

Se trata de un libro de entrevistas y como suele suceder en este tipo de publicaciones hay algunas muy buenas y otras que no lo son tanto porque todo depende del salero que tenga no ya solo el entrevistado sino también el entrevistador, que es el animador de estas conversaciones a micrófono abierto en la que Tolentino más que rizar el rizo y buscar preguntas nuevas, aquellas que no se la habían planteado al protagonista de la interviú en otras ocasiones, propone una serie de conversaciones que a veces fluyen con naturalidad y en otras se estampa con la poca inspirada capacidad de respuesta del entrevistador.

No voy a revelar cuáles me han parecido la peores entrevistas por aquello de procurar no ofender a nadie, pero sí que lamento que las tres conversaciones que mantiene con cineastas canarios no me hayan aportado nada nuevo que no conociera de este triunvirato aunque su selección y que aparezcan en las páginas del libro tiene su explicación si recordamos que Javier Tolentino es un especialista en cine vamos a decir que marginal, que no es otro que el que procede de cinematografías lejanas, de esas que casi parecen que están desterradas de los mercados internacionales y a las que, por desgracia, no se nos ha acostumbrado a valorar como público frente al poder omnímodo del cine norteamericano, que es el que ha marcado desde hace años las dinámicas culturales del cine, asociándolo más a un arte de entretenimiento que a otro que llegue directo al corazón y al pensamiento.

Guste o disguste esta vocación por parte de Javier Tolentino de rescatar obras que proceden de filmografías que pertenecen a otros mundos, si algo hay que destacar de este comentarista radiofónico es su empeño, precisamente, por visibilizar esas cinematografías en un país que como España terminó hace ya mucho tiempo por abrazar los presupuestos de cine norteamericano. Del peor cine norteamericano para que nos entendamos. En este aspecto, y por la relación de entrevistados que hemos anotado, el lector se puede imaginar por donde van los derroteros del especialista, escorado más hacia lo que antaño se conocía como cine de autor que al meramente comercial, aunque éste cuente y muy bien historias de las que salimos una vez vistas con esa grata sensación que hemos cambiado como personas, siempre para bien.

No me han resultado demasiado productivos los diálogos que Javier Tolentino mantiene con los tres directores canarios. Me da la sensación que lo menos que le interesaba al especialista es que el trío hablara de cine y de sus películas, y sí discurre la charla por otros derroteros que a mi particularmente, me han dejado bastante frío. No he sacado nada nuevo en torno a Moreno, Pantaleón y O’Shanahan, aunque las entrevistas que mantiene con otros personajes sí que suben el listón de una obra que, viniendo de quien viene, tenía que haberlo mantenido alto desde la primera página.

Una curiosidad en torno a esta publicación es que la publica la productora Tinglado Films, al frente de David Baute, ganador del Goya a la Mejor Película de Animación de este año por Mariposas Negras. Baute firma el prólogo del libro, y en él justifica la razón que hizo posible que lo que nacieron como entrevistas de radio terminasen reproduciéndose en papel. El realizador y productor Julio Suárez también oficia de prologuista de una obra cuanto menos singular en el panorama actual de publicaciones de y sobre cine en España.

El título del libro, Conversaciones en el Jardín de las Hespérides, tiene resonancias además de mitológicas, poéticas, aunque como explica Tolentino, las charlas se realizaron en la mayoría de los casos “en la casa del escritor portugués José Saramago”, en el sur de Tenerife y a la sombra de los patios de Vegueta aunque el encuentro con Peter Greenaway se desarrolló en los estudios de Radio 3, un diálogo “surrealista”, lo califica el experto.

El libro tiene interés para los aficionados a ese probable cine que hacen en Canarias los naturales y residentes en las islas, así como para los curiosos en las filmografías que se encuentran en los márgenes o que se caracterizan por cultivar personales, tan personal que a veces raya con lo incomprensible, manera de entender y rodar cine.

Un cine que se vende –pese a que se traten de producciones en muchos de los casos que rayan la indigencia– con un alto calado intelectual pero que la mayoría de las veces oculta lo que en verdad son (trabajos muy arriesgados) bajo el disfraz de la técnica, muy cuidadosos con el plano y la fotografía pero poco o nada en contar una historia.

Saludos, hasta la victoria…, desde este lado del ordenador

El otro Hollywood, o una historia oral del cine porno

Lunes, Septiembre 8th, 2025

La historia del cine es la historia de una ambición mezclada con mucho talento. El escritor Francis Scott Fitzgerald lo supo transmitir en su novela inconclusa El último magnate, a través de Monroe Stahr, un personaje fascinante que tiene un sentido de contar historias que va más allá del ejército de guionistas y cineastas que tiene bajo sus órdenes… Si se quiere conocer el cine norteamericano de estudio, el que fabricó en serie grandes películas, la novela de Fitzgerald sigue siendo un referente, y como referente lo es también el retrato feroz que el escritor describe del Hollywood de aquellos años, historias trágicas y cómicas que recopiló en el volumen de cuentos Las historias de Pat Hobby, libro en el que todavía se aprecian los destellos del gran escritor que fue el autor de El gran Gatsby.

Viene todo esto a cuento para explicarles que la historia del cine es también la historia de hombres y mujeres que se enfrentaron a toda clase de desafíos, y que los desafíos fueron gigantescos cuando hablamos de lo que ha pasado a conocerse como cine pornográfico, un cine, éste, que no parece reconocerse en ese pasado en el que comenzó a hacerse industria, allá en la ya lejana década de los años 70 con la aparición de la película que lo cambió todo: Garganta profunda (Gerard Damiano, 1972) un filme con guión que lanzó al estrellato a su actriz protagonista, Linda Lovelace, primera gran estrella y primera gran víctima de una industria que a medida que el género fue calando en la sociedad estrujó entre sus dedos sin miramiento ni condescendencia alguna.

De esta película y de otras tantas trata El otro Hollywood. Una historia oral de la industria del cine porno (Es Pop Ensayo, 2024), una reedición en español de un clásico que firman los especialistas Legs McNeil y Jennifer Osborne con Peter Pavia y en la que se narra a través de la voz de sus protagonistas (cineastas, actores y actrices, productores, agentes del FBI) el relato singularísimo de un cine que dio un paso de gigante con la aparición del vídeo doméstico y películas en la que no importa demasiado lo que se cuenta, el afán por entretener al espectador, sino rodar escenas en las que se entra al trapo en relaciones sexuales en un principio rodadas exclusivamente para espectadores heterosexuales.

Algunos de los protagonistas que fueron entrevistados para hacer este libro son actrices como Ginger Lynn, Traci Lords, Mariliyn Chambers y actores como Tom Byron, Harry Reems y Ron Jeremy, entre otros. Así que son ellos, a través de sus comentarios y opiniones, los que dan una visión de una industria millonaria que sigue proporcionando dinero al mismo tiempo que genera un sistema de estrellas en el que dominan ellas y no ellos.

En El otro Hollywood se repasan los inicios de la industria del cine pornográfico, aquellas cintas que mostraban a finales de los año 60 cuerpos desnudos que correteaban por la playa o por el campo y más tarde el rodaje y el éxito tras su estreno, de Garganta profunda, que terminó por llamar la atención de la mafia neoyorquina, mafia que extendió sus tentáculos para dominar y hacer negocio con un cine de muy bajo presupuesto pero que daba y sigue dando mucho dinero.

El libro incide en cómo aparecieron otros largometrajes aprovechando el éxito en taquilla de Garganta profunda, permitiéndose incluso películas de autor, de arte y ensayo que decían los cursis en décadas pasadas, como Detrás de la puerta verde, (1972) un filme dirigido por los hermanos Jim y Artie Mitchell, que no deja de sorprender su visionado en unos tiempos donde se acabó eso de contar historias porque lo que se quiere es rodar parejas, tríos, grupos haciendo el amor sin mensaje alguno. Todo en crudo, y cuanto más explícito mejor.

No cuenta El otro Hollywood la razón, pero si se analiza con cierta perspectiva, cómo el porno significó el triunfó del dinero por encima del de la imaginación. También es verdad que se trata en la actualidad de un cine de explotación aunque en sus orígenes quiso ser otra cosa.

El recorrido que ofrece el libro va desde la aparición de las nudie movies a Garganta profunda. La irrupción de John Holmes, la primera gran estrella masculina del cine pornográfico norteamericano por las dimensiones de su miembro; el porno de los 80 y la marejada de cocaína que empapó a los protagonistas de aquellas hedonistas producciones; la aparición del vídeo doméstico; el crimen en el que se vio involucrado Holmes, ya casi fuera de los circuitos artísticos al convertirse en un yonqui del polvo blanco; el SIDA, o la enfermedad que casi pone fin al cine pornográfico; la mafia que llegó a controlar la distribución de estas cintas; el caso de Traci Lords, o cuando se dio a conocer bajo la presidencia de Ronald Reagan que había protagonizado todas aquellas películas siendo menor de edad, lo que obligó a retirar del mercado las cintas en la que intervino; la muerte de Savannah y, por último, y entre otros muchos temas que dejamos de lado, la irrupción de John Wayne Bobbitt meses después de saltar a la fama cuando su esposa, cansada dijo de los malos tratos a los que era sometida, le cortó literalmente el miembro mientras dormía. Miembro que lograron transplantárselo y a partir de ese momento, y bajo el asesoramiento de Ron Jeremy, uno de los actores y directores norteamericanos más peculiares de la industria del porno, lo contratase para rodar películas solo para adultos.

No me atrevería a decir que El otro Hollywood es uno de los mejores libros de cine editados en nuestro país como dice Antonio Navarro en la contraportada del libro, pero sí que se trata de una excelente guía para comprender de boca de sus protagonistas los pros y los contras de una industria que pese a que intenten desmontarla desde las alturas no hay manera posible que se desmorone. Como dice uno de los que participan en la obra, no se puede frenar a una máquina multimillonaria invirtiendo tan poco dinero, así que habrá porno mientras los consumidores sigan viviendo en sociedades que buscan que el individuo no ande por las calles sino que pase la mayor parte de su vida en casa.

La lectura de El otro Hollywood es ligera y muy atractiva, no solo por el inevitable chismorreo que hubo y debe de haber en la actualidad en sus despachos y estudios de rodaje sino también porque saca a relucir la profesionalidad de un cine que, como se dijo, más que entretener lo que busca es el placer del espectador.

Saludos, enjoy!, desde este lado del ordenador

Germán Roda: “Borau encontró el sentido de su vida en el cine”

Lunes, Junio 30th, 2025

Germán Roda nació en Granada en 1975 pero su vida y sus quehaceres profesionales los desarrolló en Zaragoza, por lo que se siente aragonés por los cuatro costados. Se le nota, dice, por ser tan cabezón y meterse de lleno en los proyectos en los que se involucra. Su último trabajo cinematográfico se trata de un documental, Borau y el cine, que el viernes pasado se estrenó en cines y en el que explora la profunda relación que a lo largo de su vida mantuvo el director de Furtivos con el séptimo arte.

Y cine, y del bueno, es el que se aprecia en Borau y el cine, una película en la que Germán Roda despliega un emocionado y más que merecido homenaje a un hombre del que no se conoce vida privada sino su relación con las películas, vinieran de donde vinieran. Así lo atestiguan Manuel Gutiérrez Aragón, Iciar Bollaín y Fernando Méndez-Leite, entre otros, en este documental que recupera para la olvidadiza memoria del cine español el trabajo de uno de sus más estimables cineastas: José Luis Borau, una de las grandes B del cine español (las otras son Buñuel, aragonés como Borau y Roda; Berlanga y Bardem).

- ¿Cómo nace Borau y el cine?

“Nace del hecho de que no existiera ninguna película documental de larga duración sobre Borau y la necesidad de hacer una reflexión de su cine porque los cineastas de mi generación le deben mucho. A mi me influenció aunque en mi caso se une también una experiencia personal y es que siendo muy pequeño vi Furtivos y esa película me marcó profundamente”.

- Tuvo claro entonces cómo iba a concebir el documental?

“Desde el principio tuve claro una historia y a final la llevé a cabo. Lo que tiene diferente Borau de otros cineastas es que participó en todos los oficios del cine, no recuerdo ahora ninguna figura que haya pasado y con maestría por todos los oficios de cine pero Borau sí, incluso fue actor, por eso llamo el documental Borau y el cine, porque va sobre él y su relación con el cine, que empezó en los años 60 hasta su muerte. En el documental, aparecen película de otros cineastas, como Fernando Fernán Gómez, Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem, Luis Buñuel, Víctor Erice, obras de grandes cineastas que, a mi juicio, cambiaron el cine español de esa época”.

- ¿Hay ideas que se repiten a lo largo de la carrera como cineasta de Germán Roda?

“La mayoría de mis documentales tienen que ver con mi relación con Aragón, donde cuesta sacar a la luz esas grandes figuras de la cultura, sobre todo si están unidas al cine. Borau no es un cineasta amable, que se entienda. He visto todas sus películas y leído lo que se ha escrito sobre su cine. Un cine que tienen muchas capas y que resulta complicado acceder a su universo. Por eso me tomé el proyecto como un reto personal porque no es un cineasta nada fácil”.

- En esta preocupación por reivindicar a cineastas como Borau y con los éxitos que está cosechando el cine español en los últimos años, ¿piensa que el público que va a las salas ha superado ya la etapa de las españoladas?

“Creo que sí y si no debería de ser así. Tienen que pasar generaciones para ver a los que ya no están con distancia y Borau es un cineasta relativamente joven porque murió en 2012. Me encantaría ver hoy otros documentales sobre Carlos Saura, y no esperar 40 años de su muerte para que se haga esa película porque, se mire como se mire, tenemos que mirar atrás, conocer cómo lo hizo toda esa gente que cambió el cine de nuestro país”.

- En el documental se destaca que Zaragoza es una ciudad muy cinéfila.

“Siempre se ha dicho de Zaragoza pero no sé por qué. Mucha gente dice que es por el territorio: árido. Y por la forma de ser, se habla de nuestra cabezonería y cabezonería es lo que se necesita para hacer cine. Tienes que ser cabezón y muy constante. Otra de las características que tenemos los aragoneses es la de arriesgar. En mi caso arriesgar para sacar adelante las producciones”.

- Tras rodar el documental, ¿qué opinión tiene ahora de José Luis Borau?

“Ha tenido muchos altibajos. En los personal me di cuenta que es como el protagonista de La vida es bella, un personaje en el que encuentras muchas alegrías y tristezas aunque creo que Borau encontró el sentido de su vida en el cine y, al no tener un plan B, las alegrías fueron grandes pero las caídas igual de profundas. Para Borau lo primero era el cine y el resto le resultaba secundario. No tuvo pareja ni familia. Tuvo amigos, sí, pero su vida fue cine, cine y cine. Viendo sus películas y releyendo libros y artículos escritos sobre él me di cuenta que al ser una persona tan inteligente quiso ponerlo todo en sus historias por esos sus películas tienen tantas capas y por eso cuando las ves otra vez descubres otras capas. Para ver el cine de Borau hace falta poner mucho de ti mismo”.

- ¿Qué películas escogería de su filmografía?

Furtivos y El ángel exterminador de Luis Buñuel fueron películas que vi sin saber lo que estaba viendo y no pude quitar mi vista de la televisión. Y no era por la narrativa sino por unas imágenes en la que los protagonistas se comportaban de manera tan diferente. Y quedé atrapado. Entre mis películas favoritas de Borau están Furtivos y Río abajo, en la que aborda la frontera, que es un tema que me interesa mucho como lo trata en esta película. Una película en la que no quedan bien los norteamericanos y que casi no termina por problemas económicos pero cuando la ves no te imaginas el calvario que atravesó para rodarla”.

- ¿Y Leo?

Leo me parece un cierre perfecto para su carera como cineasta. Borau le daba mucha importancia poner en su lugar a la sociedad y eso es lo que hace en Leo, la vida en el extrarradio, la inmigración. Furtivos, Río abajo y Leo son las tres películas que más me han influenciado de Borau”.

- Y al margen del cineasta, ¿cómo valoraría la gestión de Borau entre 1994 y 1998 al frente de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España (AACCE)?

“José Luis Borau estuvo en muchas academias y en muchas de ellas ocupó cargos en sus juntas directivas. Formó parte de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE); de la Real Academia Española; de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando… Su trabajo como presidente de la Academia de Cine es elogiado por la mayoría. Basta recordar que bajo su mandato se invitó a la gente joven a ingresar en la Academia y se preocupó por buscarle un espacio físico, lo que creó unión entre los profesionales del cine español. Borau fue una persona que conocía a todo el mundo, por lo que abrió puertas al mismo tiempo que asumía el perfil perfecto de presidente de esta institución. Algo parecido a lo que está haciendo Fernando Méndez-Leite, que fue por cierto gran amigo de Borau”.

- ¿Por qué se ha especializado en el cine documental?

“Mi primera película, El encamado, es de ficción aunque fue rodada como un falso documental. El documental siempre ha estado en mi y de alguna manera me pasó un poco como a Borau porque no quería esperar cinco o seis años a que un productor respaldase uno de mis proyectos porque lo que yo quería era rodar y no podía esperar tanto tiempo a que me financiasen la película. El documental es una manera de contar historias. He realizado cortometrajes de ficción y soy montador de películas de otros directores pero encontré en el documental el sentido de mis obras artísticas. Es decir, que me siento muy realizado practicando este género, y muy libre también porque son producciones que controlo desde mi propia productora, lo que me da la oportunidad de contar las historias que quiero contar. No sigo las modas”.

- ¿Y qué historias son las que le gusta contar?

“Todas aquellas que están centradas en la cultura, que es donde creo que puedo contarlas mejor”.

- ¿De dónde le vienen las ideas?

“En un 75 por ciento las busco yo pero en un 25 me llegan. Pero sobre todo soy yo el que busca la historia. Lo que más me gusta, como ya te dije, es montar documentales sobre cultura, en especial los que están vinculados a la música”.

- Tengo la impresión que no es un género fácil de vender.

“Es complicado de explicar porque con las plataformas da la sensación que el panorama es bueno pero sin embargo es todo lo contrario, ya que cuentan con muchos documentales, sí, pero que esos documentales sean españoles hay uno o dos al año porque el resto no se compran. No se compran documentales españoles y eso que como género se extiende cada vez más en el cine español, pero siguen siendo muy complicados de vender”.

- Usted nace en Granada pero ha pasado la mayor parte de su vida en Zaragoza, una ciudad con una fortísima vinculación al cine. ¿Cómo se convierte en cineasta un chiquillo de provincias?

“Me pasó un poco como a Borau, aunque en mi caso comencé a través de la música, con la que sentía que me pasaba algo, una emoción que no sentía con otras cosas. Estudié Ciencias de la Comunicación y más tarde realización, y fue ahí donde me di cuenta que si quería levantar mi primera película de ficción tenía que esperar como mínimo unos seis años para rodarla cuando mi necesidad era la de contar historias y hacerlas inmediatamente. Creo que si me hubiera quedado en Granada me hubiera pasado lo mismo”.

- En la actualidad vive en Zaragoza.

“Vivo entre Zaragoza y Madrid. La productora la llevamos mi hermana y yo”.

- Parece que son buenos tiempos para el cine aragonés. De hecho, arrasaron en la última edición de los premios Goya.

“Está pasando un poco lo mismo con la televisión autonómica, que es de las que, a pesar que tiene menos presupuesto, es de las más vistas de España. El triunfo del cine aragonés en los Goya, recibió 24 nominaciones este año, se debe a la cabezonería que antes te contaba. Y al talento, por supuesto. Algo parecido pasa con la música”.

- ¿Le gustaría llevar al cine la vida de otros cineastas españoles?

“Son muchos aunque el que más me gustaría, y si me metí en esto del cine fue por él, es rodar uno sobre Luis Buñuel, pero claro, se han hecho tantos documentales y como es un personaje al que respeto tanto –a mi me parece el mejor director de la historia– ese respeto me paraliza. Es un reto muy grande, pero es un reto que tengo que hacer. No sé cuándo ni cómo pero no puedo morirme sin hacer un documental sobre Luis Buñuel. Un documental que tendría que ser algo muy diferente a lo antes visto y creo que lo haré. Lo mismo me ocurrió con Lorca, de quien rodé hace dos años un documental junto a Carmelo Gómez titulado De Lorca a Lorca, que fue algo que tenía en mente desde hacía mucho tiempo hasta que pude hacerlo. Tanto, que fluyó de manera natural”.

- En sus películas ¿Aragón tiene presencia? ¿Y en el de Borau, aparece Aragón en el cine que rodó?

“En el caso de José Luis Borau puede que incluso con elementos más claros que en mi filmografía. En Tata mía, Imperio Argentina canta una jota aragonesa y cuando Borau habla de la infancia, Aragón es inseparable en su cine. Titula Tata mía porque tuvo una tata que le cuidaba cuando era muy joven y hay una cajita en Furtivos que muestra Alicia Sánchez, que era la misma cajita que tuvo Borau en su infancia. En mi caso al hacer documentales cuesta más introducir esos elementos porque no dependen tanto de la historia que quieres contar sino de los personajes que escoges, pero es en esos personajes que escojo donde se encuentra mi relación con Aragón. Pasó con Marcelino, el mejor payaso del mundo, en la que cuento la vida de este payaso nacido en Jaca, y en Juego de espías, que se desarrolla en el paso fronterizo de la Estación Internacional de Canfranc (Huesca). También he rodado un documental sobre Goya, Goya Siglo XXI, porque es un artista cuyas pinturas me han influenciado mucho y del que veo reflejadas sobre todo sus pinturas negras en Furtivos pero es una opinión muy personal”.

- ¿Y tras Borau y el cine?

“Estoy en proceso de rodar un documental sobre una banda de rock aragonesa, Sick Brains (Cerebros enfermos), que es muy poco conocida y que me sirve para contar una historia de gente con mucho talento pero que por lo que sea no acabó de triunfar y he comenzado a preparar con mi hermana una película sobre el hallazgo de una necrópolis del siglo XI aparecida en Zaragoza hace un año y medio”

ALFREDO KRAUS

Kraus, el último romántico (2024) es una película que Germán Roda recuerda con mucho cariño ya que además de invitarlo a entrar en el mundo de la ópera le hizo descubrir al tenor grancanario Alfredo Kraus, un hombre que no se parece en nada al que le habían vendido, dice. “Me había llegado, imagino que como a todo el mundo, que se trataba de una persona fría a la que no le gustaba hablar y que como cantante era muy técnico pero me puse a investigar y descubrí un personaje que era todo lo contrario”. El tenor no interpretaba cualquier obra sino que apostó por hacer las que él sabía que iban a salirle bien. “Sus sentimientos y emociones eran muy importantes, tanto, que supo transmitirlo para emocionar al público”, concluye.

Saludos, hermanos y hermanas, desde este lado del ordenador

Canarias ocupa los contenidos del número de abril de la revista V.O.

Jueves, Junio 19th, 2025

El número de abril de la revista de cine V.O. (Versión Original) dedica sus contenidos al cine canario y también a las películas españolas y extranjeras que han escogido las islas como escenario de sus historias. En conjunto la cosa pinta bien aunque los aficionados en esta materia aprecien notables ausencias. Con todo, se agradece que esta publicación se centre e informe en su número 346 de algunas de las producciones cinematográficas que se han rodado en el archipiélago.

La revista apareció en 1993 con el precio de 3,20 euros (con IVA, que es ese impuesto que no conocemos a este lado del Atlántico) pero si V.O. es una realidad es gracias al respaldo de numerosos patrocinadores como son la Dirección General del Libro, del Cómic y de la Lectura; las diputaciones de Badajoz y Cáceres así como de la Junta de Extremadura.

Desconocía la existencia de V.O., lo que me hace pensar que el ámbito de su distribución debe ser muy restringido. Con todo, se reconoce el esfuerzo del equipo que la hace posible bajo la dirección de Paco Rebollo, y en especial que hayan dedicado un especial a lo que se rueda en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses y aunque no esté muy de acuerdo con la selección de películas que comentan made in Canary Islands, como canario reconozco la voluntad por informar de un cine como es el que se rueda aquí y que ya es una realidad pese a las políticas de reparto de subvenciones que bendicen a unos y olvidan a otros atendiendo a valoraciones que a uno se le escapa porque de Canarias (que es de lo que se trata) poco por no escribir nada.

La revista comienza su repaso con un extenso artículo dedicado a La habanera (1937 ) una película dirigida por Douglas Sirk y cuyos exteriores se rodaron mayoritariamente en Tenerife. Otras películas con acento de fuera pero que se rodaron también en las islas y que se repasan en V.O. son S.O.S. Pacífico (Guy Green, 1959); También los enanos comenzaron pequeños (Werner Herzog, 1970); Como un relámpago (Miguel Hermoso, 1996); Ma mère (Christophe Honoré, 2004); 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007), película que se incluye porque pese a que no fue rodada en Canarias sí que está firmada por un canario, el tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo; Los abrazos rotos (Pedro Almodóvar, 2009); Exodus: Dioses y reyes (Ridley Scott, 2014); En el corazón del mar (Ron Howard, 2015); Aliados (Robert Zemeckis, 2016); Como reinas (Andy Tennant, 2016); Rambo: Last Blood (Adrian Grünberg, 2019); Eternals (Chloé Zhao, 2021) y Las consecuencias (Claudia Pinto, 2021).

En cuanto a las películas canarias, V.O. repasa títulos de “nuestro cine” como Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1954), que puede ser considerada como el primer largometraje que pretendió pero no consiguió traducir en imágenes el violento choque cultural que se produjo entre los primeros habitantes de las islas y los conquistadores castellanos; Guarapo (Teodoro y Santiago Ríos, 1988); La hojarasca (Macu Machín, 2023); La niebla y la doncella (Andrés Koppel, 2017), que podría ocupar espacio también entre las cintas nacionales y extranjeras que se han rodado en las islas salvo que está sí que está rodada en La Gomera y en Tenerife, así como su director es tinerfeño; Rendir los machos (David Pantaleón, 2021); La piel del volcán (Armando Ravelo, 2021); Fotos (Elio Quiroga, 1996) y Matar Cangrejos (Omar Razzak, 2023), pero no están y tampoco se le dedica espacio a El ladrón de los guantes blancos (José González Rivero y Romualdo García de Paredes, 1926), que fue el primer largometraje del cine canario de ficción, rodado y estrenado en un año en el que la industria del cine todavía iba en pañales en España, lo que le da más mérito a esta producción de cine silente; Esposados (1996), mediometraje de Juan Carlos Fresnadillo, y que ha pasado a formar parte de los hitos del cine canario por ser la primera película española (y con producción cien por cien canaria, ojo al dato) que compitió al Oscar al mejor Cortometraje en la 69 edición de estos premios, y ceremonia que tuvo lugar en 1997.

Hay otras ausencias notables en este repaso que ofrece la revista sobre el cine de aquí y sobre las películas que se han rodado aquí, aunque insistamos que se agradece el esfuerzo que se ha realizado para sacar adelante un número que, a título informativo, tiene indudable interés, sobre todo para los que vivimos en Canarias.

En este sentido y al margen de que uno esté de acuerdo o no con algunas de las opiniones de las películas que se reseñan, este especial Canarias con sus ausentes y ausencias debería de estar en la biblioteca de cualquier cinéfilo y profesional, en especial los nacidos y/o residentes en estas ínsulas que hace eones perdieron la batalla por definir una identidad común, quedándose como en casi todo, a medias. En un quiero y no puedo desgarrador.

V.O. incluye dos entrevistas. Pero no con cineastas sino con especialistas, uno de los cuales hace tiempo que abandonó sus responsabilidades con el cine, como es el caso de Claudio Utrera, retirado del mundanal ruido pero coordinador junto a Aurelio Carnero de un volumen sobre cineastas canarios; y Josep Vilageliu, que sigue al pie del cañón dirigiendo películas, muchas de las cuales asocia a lo que denomina cine leve, producciones muy baratas y con sello independiente que se ruedan más por amor al arte que por vocación de llegar a públicos mayoritarios.

Es una pena, por último, que la revista no repase los festivales de cine que se celebran en el archipiélago, muchos de los cuales ya están consolidados pero se aplaude el trabajo y sobre todo las miradas que reparten sobre cada una de las películas que comentan.

Saludos, se agradece el esfuerzo, desde este lado del ordenador