Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Cuarenta años después y en Primera plana

Martes, Enero 28th, 2014

Billy Wilder no se cansaba de contarlo. Está frente a la puerta donde reside Sigmund Freud, “Bergasse, número 19″. El objetivo es tomar unas declaraciones del padre del psicoanálisis para un reportaje de Navidad del periódico Die Stunde en el que exprese su opinión sobre “el nuevo movimiento político en Italia”.

El fascismo.

Freud sale a recibirle con una servilleta atada al cuello –es la hora del almuerzo, recuerda el cineasta– y pregunta: “¿Periodista?”

Billy Wilder: Sí, tengo unas cuantas preguntas.

Sigmund Freud: Ahí está la puerta.

“Me echó” recordaría años más tarde a Cameron Crowe en Conversaciones con Billy Wilder, un clásico ya de los libros de entrevistas con directores de cine que tenían claro que era esto del cine.

Pero antes, antes del cine, Billy Wilder fue periodista.

Me pregunto si es una clave para darle sentido a su cabeza. Cabeza en la que habita “un cerebro lleno de cuchillas”  como dijo William Holden, actor con el que trabajó en algunas de sus mejores películas.

El caso es que a Wilder le gustaba contar que él, Billy Wilder,  antes de cineasta fue periodista. Y que entonces se llamaba Samuel Wilder.

Si leen el libro de Crowe, parece que muestra orgulloso la medalla fantasma que significó pertenecer a esta familia.

De ratones y hombres que son ratones es de lo que habla Primera plana, película que celebra su cuarenta aniversario y en la que Billy Wilder junto a su guionista I.A.L. Diamond rinde su peculiar homenaje al que posiblemente sea uno de los oficios más viejos del mundo.

Primera plana es, además, la segunda incursión del director en el mundo del periodismo. Aunque en esta ocasión evadió el corrosivo drama de un periodista sensacionalista, El gran carnaval (1951);  para apostar por un discurso igual de corrosivo pero en clave de comedia satírica sobre los chicos de la prensa.

La mirada que vuelca Wilder en Primera plana es igual de feroz a la de El gran carnaval, pero el punto de vista se amplía a sus dos personajes protagonistas. Es decir, que lo mejor de la película es ver a Walter Matthau y Jack Lemmon juntos haciendo lo mismo que el protagonista de El gran carnaval: todo vale para conseguir una exclusiva.

¿Qué son los periodistas?

Animales que buscan la Primera plana, cuenta Billy Wilder.

Y un veneno que cuando te llega a las venas carece de antídoto. Por mucho que Hildy Johnson (Jack Lemmon) –antes de que vuelva a recuperar el olfato por la noticia– anuncie –¡albricias!– que abandona la profesión por una bonita esposa y trabajar en una agencia de publicidad.

HILDY JHONSON: Los periodistas son un hatajo de pobres diablos, con los codos raídos y los pantalones llenos de agujeros, que miran por la cerradura y que despiertan a la gente a medianoche para preguntarle qué opina de Fulanito o Menganita. Que roban a las madres fotos de sus hijas violadas en los parques. ¿Y para qué? Pues para hacer las delicias de un millón de dependientas y amas de casa. Y, al día siguiente, su reportaje sirva para envolver un periquito muerto.

Aunque su jefe y mentor, Walter Burns (Walter Matthau), no se crea nada.

Nada de nada.

Ya saben, que Hildy Johnson deje el periodismo.

¿Deje el periodismo?

“Eso sería como quitarle las manchas a un leopardo o convertir a un caballo de carreras en uno que arrastra el carro de la basura” le comenta a la prometida de Hildy, una novia con el aspecto de una jovencísima Susan Sarandon.

El problema, y esto es algo que no entiende la novia de Hildy, es que Hildy ya está casado.

Casado con su oficio y con su jefe en una de las relaciones de complicidad masculina más sádicas y divertidas que he podido ver en el cine.

Creánme si les digo que san Sam Peckimpah solo se quedó con la amistad traicionada y que con san Billy Wilder hay otras caprichosas lecturas.

Primera plana es una versión de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur, y ya contaba con varias adaptaciones al cine como Un gran reportaje (Lewis Milestone, 1931) y Luna nueva (Howard Hawks, 1941).

Luna nueva es una de las grandes comedias de Hawks pero apunta en otras direcciones. Como en otra dirección hubiera apuntado Primera Plana si hubiera contado con Paul Newman y Robert Redford como pareja protagonista. Un año antes se había estrenado El golpe (George Roy Hill, 1973), y estaban de moda Redford/Newman y el cine con ambiente en los años treinta.

Claro que como setencia Wilder en el libro de Crowe: “no habría conseguido tantas carcajadas, si lo hubiera hecho.”

Primera plana se estrenó en unos años en los que el periodismo había recobrado fiabilidad tras  el escándalo Watergate, lo que no deja de ser paradójico.

Lo de paradójico es porque es una de las comedias más salvajes que se han rodado sobre el oficio del periodismo. Y lo paradójico es que aún funcione como artefacto. Como bomba de relojería porque todo vale para conseguir la exclusiva. Esa misma exclusiva que al día siguiente servirá a los lectores para envolver las sobras de la cena o como papel higiénico en un bar de carretera.

La grandeza de Primera plana es que como película continúa siendo químicamente corrosiva. Pero no solo con los periodistas sino también con esa entelequía que llaman sistema.

Todo un puto negocio.

Diálogos inteligentes y un final que apunta hacia lo dulce pero que, rápidamente, da un giro para transformarse en broma pesada y con poso amargo sigue siendo –a mi juicio–  una de las declaraciones de amor más sinceras que se han rodado jamás sobre los periodistas.

Y sin perder su origen teatral –el filme transcurre en apenas tres o cuatro escenarios diferentes– al que Wilder y Diamond añaden litros de humor corrosivo. Lejía en estado puro porque Primera plana escuece. Y lo mejor de todo es que cuarenta años después continúa escociendo.

Pero que cada uno saque su broma.

La broma que palpita en su mirada al mundo del cine en El crepúsculo de los dioses, un guionista que termina siendo mantenido por una estrella del cine mudo; o sobre un arribista de cuello blanco que presta su Apartamento para que los jefes desahoguen sus infidelidades.

Primera plana es una de esas película donde no queda tonto escribir que no cansa ni fatiga verla. Y con la que te partes en dos casi muerto de la risa…

También es una de esas películas que hace que me dé cogotazos por no tener a un profesor como Walter Burns para enseñarme ética periodística…

¿Buenas noches y buena suerte?

Saludos, extra, extra, desde este lado del ordenador.

La gran familia

Lunes, Enero 27th, 2014

Leo por algún lado que Agosto (John Wells, 2013) es la clásica película diseñada para el lucimiento de sus actores y no le falta razón al argumento aunque flaco favor le hace al trabajo que desarrollan, precisamente en esta película, sus actores. La afirmación resulta así  aventurada porque si bien Agosto no es como película lo redonda que tenía que haber sido, sí que funciona, insistamos otra vez con lo de precisamente, por sus actores. Comenzando con dos actrices a las que les reconozco sus fantásticos méritos pero por la que no siento devoción alguna como son Mery Streep y Julia Roberts.

Otro error, flagrante, es ver esta película que no esconde su origen teatral, en su versión doblada. Torpeza a la que ya me he resignado como habitante de estas islas abandonada de la mano de los dioses, y a cuya población se acostumbró a pronta edad a ver y sobre todo escuchar películas con acento español. Un español que, por mucho que se esfuercen los actores de doblaje, no alcanza el timbre de las voces originales.

Agosto es una película excesiva, y también un estudio bastante caníbal de las relaciones familiares. La familia es un tema grato e ingrato dentro del cine americano, y también en el de otras latitudes. En España contamos con un título que forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones como es La gran familia, aunque el abismo que separa La gran familia de Agosto es demasiado grande. En la primera se defiende a ultranza la familia mientras que el mensaje de la segunda es todo lo contrario. Se ceba sobre esta institución, ya que se trata de un drama familiar que se desarrolla en una alejada y caótica granja en algún lugar del estado de Oklahoma.

Está escrita por Tracy Letts, y con ella obtuvo el Premio Pulitzer de Teatro en 2008. La edición en español del libreto corre a cargo de Luis García Montero…

Lo mejor de Agosto, a mi juicio, no resulta así la historia que cuenta sino la forma en la que está interpretada por sus actores, con independencia de que se trate, como dije que he leído por ahí, para el lucimiento de sus estrellas.

Era inevitable por lo tanto que, mientras la veía, me preguntara cómo sonaría en su versión original. En el curioso registro de voces que emana de cada uno de sus intérpretes. Supongo que tendré que esperar a que salga en dvd o blueray, sistema éste que peligrosamente está retirando del mercado al primer formato como apartó el dvd en su momento a las cintas de VHS, aunque pese a todo reconozco que el filme tiene pálpito y lecturas inquietantes sobre las relaciones que se cocinan dentro de eso que llamamos familia… Una familia, la que visualiza Agosto, en estado terminal.

En este sentido, es inevitable que cualquier espectador se reconozca en alguna de sus violentas y sobre todo verbales escenas pero como melodrama teatral noto que todo está demasiado subrayado… Las emociones reprimidas, los fantasmas que se guardan celosamente en los armarios, ese grupo de neuróticos personajes que solo son, digámoslo así, hombres y mujeres incapaces salvo para torturarse entre ellos mismos…

Una película de actores.

O esa película que los idiotas que van de listos aseguran que huele a Oscar como si el puñetero Oscar oliese.

Yo solo sé que salí de la sesión bastante alterado.

Cosas del psicodrama.

Saludos, volveremos, desde este lado del ordenador.

El hombre es un lobo para el hombre

Lunes, Enero 20th, 2014

No sé si la culpa la tiene el Víctor porque hay cines que tienen la culpa de que cualquier cosa que vea en ellos me guste y la disfrute en unos tiempos donde ver cine es sinónimo de multisalas con olor a cotufas… Y el cine Víctor es cualquier cosa menos un multicine, y eso es un plus en estos tiempos en los que rascarme el bolsillo para refugiarme dentro del vientre de un cine es igual a dinero malgastado…

Es probable también que la película que penetra en mis ojos me deje lelo, y que no sepa si ponerme a reír o a llorar por la crueldad en clave cómica, a veces rayando la misma parodia, que Martin Scorsese insufla a El lobo de Wall Street, que no es otra cosa que la historia de un timador.

De un hijodeputa timador de altos vuelo que explica mi rechazo instintivo a los ejecutivos que visten traje y corbata. Ya saben, lobos que se disfrazan con piel de cordero y que tienen el talento de venderte cualquier cosa. Una nevera a un esquimal, o un simple bolígrafo que, encima, es tuyo.

Lo del bolígrafo aparece en una de las escenas, a mi juicio, definitivas de este viaje politoxicómano donde se rinde culto al becerro de oro. Ese becerro de oro que en nuestros tiempos tiene forma de dinero.

Puto, maldito dinero.

El lobo de Wall Street me hace pensar en una etapa de mi ya lejano pasado, cuando estudiaba periodismo y otros compañeros de generación carreras que estaban cobrando una importancia que hasta ese momento resultaba desconocida.

Estaba el grupo de los de económicas y también los de empresariales, colegas que adoraban a un tipo que se llamaba Mario Conde y a ministros que manejaban nuestros dineros y que respondían al nombre de Carlos Solchaga, entre otros.

Esa misma gente que devoraba, por primera vez en su vida, libros que firmaba un tal Jesús Cacho y en los que se celebraba el ascenso al poder de una generación de lobeznos que solos pensaban en conseguir su primer millón sin haber cumplido aún los veinte años.

El irregular Bret Easton Ellis escribió sobre esta generación de monstruos modernos en American Pyscho, y Oliver Stone, que es un cineasta al que le ha confundo bastante su visión de la izquierda, contribuyó al mito de que el dinero nunca duerme en Wall Street, donde el Gordon Gekho que interpreta Michael Douglas casi devora al aprendiz de brujo que encarna Martin Sheen…

Todas estas imágenes, a modo de flashes, se me cruzan por la cabeza viendo al lobo de verdad que nos revela Scorsese en su última película, película que está basada en las memorias de Jordan Belfort, y que interpreta en pantalla un cada día más vitaminado y seguro de sí mismo Leonardo DiCaprio.

Dicen que El lobo de Wall Street se parece a Uno de los nuestros, y tiene al menos ese espíritu aunque, qué quieren que les diga, casi parece que a Scorsese le caen mejor la pandilla de mafiosos italonorteamericanos que estos cachorros igual de mafiosos que solo piensan en ganar mucho dinero.

O la pasta que le roban a ricos y a pobres, que lo mismo da mientras tengan dinero.

¿Es El lobo de Wall Street una película política?

Creo que sí, pero sobre todo es una película sobre el hedonismo y la codicia sin un puñetero asomo de moralidad porque está basada, recuerdo, en las memorias de Belfort, el hijodeputa que ahora se enriquece dando cursos de técnicas de venta y gracias a esta película que me hace recordar lo peor que entrañan los años ochenta.

Aquella década prodigiosa que, artísticamente no ha terminado de cuajar, pero que dio origen a yuppies enfermizos y a aquellos jóvenes sobradamente preparados para quitarte el último euro que te queda en el bolsillo.

Vista así, El lobo de Wall Street despierta todos aquellos fantasmas que tanto detesté de los ochenta y principios de los noventa, aunque Scorsese tiene la mano suficiente para venirte a contar que detrás de tanto talento para timar no hay nada salvo rodearte de los lujos más extremos y que el dinero, vaya, continúa moviendo montañas.

También, que aquellos tiempos fueron una fiesta estrafalaria, donde la cocaína se movía como Pedro por su casa.

Tras la película, de la que ya se han escrito ríos de tinta y donde unos celebran la recuperación de Martin Scorsese y otros su defunción, me quedo con ese siniestro despertar a la anormalidad que me rodea tras contemplar un filme que va a traer cola.

La cola suficiente para darme cuenta que, efectivamente,  el tiempo es cíclico… Y que los hijosdeputa continúan entre nosotros para timarnos los últimos ahorros.

Un consejo: yo no me perdería El lobo de Wall Street.

Claro que dicho así parece que quiero tomarles el pelo.

¿Me presta su bolígrafo?

Saludos, el hombre es un lobo para el hombre, desde este lado del ordenador.

Travestís por obligación

Jueves, Enero 16th, 2014

A MODO DE INTRODUCCIÓN

El cine se ha ocupado en numerosas ocasiones en vestir a hombres como mujeres. Situaciones por norma general diseñadas para provocar, si no la carcajada, sí que al menos la sonrisa del espectador en comedias que, como Con faldas y a lo loco, han contribuido tanto a demostrar que nadie, absolutamente nadie, es perfecto.

En esta lista solo repasamos, sin embargo, algunos títulos donde sus protagonistas deben de simular que son del otro sexo por obligación, descartando otras cintas en las que se narra la ironía de encerrar en un cuerpo masculino a personas que se sienten mujeres (Transamérica, Juego de lágrimas, La jaula de las locas, un travestido Johnny Depp en Antes que anochezca) y aquellas en las que el travestismo es a la inversa. Es decir, mujeres que se hacen pasar por hombres (Víctor o Victoria, Shakespeare in Love, Yentl, Albert Nobbs, Boy’s don’t cry), tema que no descartamos preparar en próximas entregas de este su blog El Escobillón.

En cuanto a la selección de títulos hemos pretendido ser de lo más variado. Es decir, que haya un poco de todo. Drama, comedia, terror… Algunas de las cintas escogidas como Psicosis, Vestida para matar, La caída de los dioses y El silencio de los corderos observan el travestismo desde una perspectiva poco favorable, aunque otras sí que proponen un divertido y afortunado juego de cambio de roles, como La novia era él o Con faldas y a lo loco, dos títulos que han sabido resistir la prueba del tiempo.

Somos conscientes, como siempre, que hay más títulos, películas que omitimos por despiste –varias de ellas de Pedro Almodóvar, entre otros– , pero en este juego tontorrón que tanto nos gusta a los escobilloneros de pro, creemos que las que están sí que son todas aquellas que, ya saben, deberían de estar.

LAS PELÍCULAS

Muñecos infernales (Tod Browning, 1936).- No se trata, a mi juicio, de uno de los mejores títulos en la filmografía de Tod Browning pero el filme respira aún encanto pulp y unos efectos especiales que, pese a quedar hoy muy anticuados, tienen malévola gracia. Lo mejor de esta película de y sobre venganza es continuar observando a ese pedazo de actor que fue Lionel Barrymore disfrazado como una amable ancianita que fabrica unos muñecos que, ya ven, sí que le regalaría a unos cuantos de mis mejores enemigos.

La novia era él (Howard Hawks, 1949).- No es que sea una de las mejores comedias de Howard Hawks, que lo es, sino que además es uno de los mejores y más divertidos trabajos que interpretó para el cine Cary Grant, que es algo así como el hombre que todos hemos querido ser. La película no deja de ser una deliciosa comedia romántica que obliga a Grant, un oficial y caballero del ejército francés, a vestirse de soldado (¿o será soldada?) para marcharse a los Estados Unidos con su divertida e irónica esposa, la siempre tonificante y actriz con carácter Ann Sheridan.

Con faldas y a lo loco (Billy Wilder, 1959).- Se ha escrito ya todo sobre esta comedia y se ha escrito ya todo lo que se tenía que escribir sobre su pareja de travestidos protagonistas, Tony Curtis y Jack Lemmon, pareja de músicos alocados que se refugian disfrazados de mujer en una orquesta femenina donde Marilyn Monroe toca el ukelele. Les persigue una siniestra banda de gángsteres que lidera un sosias de cara cortada, el gran George Raft.

Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960).- Cineasta camaleónico que sabía adaptarse a los tiempos, Alfred Hitchcock rodó una de sus películas más pequeñas y sin embargo más conocidas con saludable sentido del suspense. Hoy se trata de un icono del cine de terror, donde se la suele ubicar a la ligera, pero es que va más allá de cualquier trampa de géneros. Todo es perfecto en esta enfermiza película. Y cuando digo perfecto me refiero incluso a su desconcertante final.

El extraño viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964).- Si han visto esta comedia negra entenderán las razones de que no expliquemos los porqué incluimos está película en esta lista de travestis por obligación. No queremos aguarle la fiesta a futuros espectadores de un filme que por derecho propio se ha convertido en un clásico del cine español. Cine costumbrista teñido de negro. Filme maldito en una España de blanco y negro.

La caída de los dioses (Luchino Visconti, 1969).- El feroz, familiar y amarillista retrato familiar que ofrece Visconti sobre la sordidez del nazismo se visualiza entre otras escabrosas escenas en esa en la que Helmut Berger, transmutado en masculina Marlene Dietrich, se pone a cantar como un ángel azul.

Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972).- Que José Luis López Vázquez fue uno de los grandes actores del cine español no creo que nadie lo ponga en duda a estas alturas. La gracia es que el actor no solo fue un grande de nuestra comedia (su señoritaaaa permanecerá vivo en mi memoria mientras viva) sino también de eso que llaman drama. Vean si no la espectacular y sombría El bosque del lobo (Pedro Olea, 1971) y travestido –¡no ha descubierto que es un hombre!– como señora de provincias en esta Mi querida señorita. Un filme muy triste, triste de verdad.

Un hombre llamado Flor de otoño (Pedro Olea, 1978).- El maquillaje no le sienta nada bien a ese cara de acelga que es José Sacristán, quien se disfraza de señora con aspiraciones terroristas en la convulsa Barcelona de los años veinte.

Vestida para matar (Brian de Palma, 1980).- No vamos a desvelar nada por si no han visto este thriller del más hitchcoriano de los cineastas norteamericanos actuales pero baste decir que la broma, macabra, me sorprendió cuando vi la película por primera vez.

Tootsie (Sydney Pollack, 1982).- Por razones laborales a un actor en paro no le queda más remedio que cambiar de identidad para hacerse un hueco en un culebrón de televisión. El actor, disfrazado de mujer, se convierte en estrella y encima se enamora de una jovencísima Jessica Lange. ¿Alguien da más? Pues sí que lo da, su nombre: Dustin Hoffman.

La tía de Carlos (Luis María Delgado, 1982).- Personalmente me carga bastante Paco Martínez Soria aunque le reconozco el esfuerzo que tuvo que hacer en esta película: disfrazarse de mujer por el bien de la familia. Como toda película del Martínez Soria, estamos ante una cinta roñosa pero de indudable calado sociológico para entender la España profunda que aún existe gracias a programas como Sálvame.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991).- Un asesino en serie, apodado por los medios de comunicación como Buffalo Bill porque arranca minuciosamente la piel de sus víctimas para hacerse un trajectio de mujer, reúne a un inquietante dúo de investigadores. Una agente del FBI de provincias y un psicópata que ha hecho del crimen una de las bellas artes. El filme tiene obvias lecturas siniestras e ideológicamente enfermas, no obstante, se trata de uno de los thrillers más recordados de los últimos años y es el culpable directo de convertir a esos monstruos depravados que son los asesinos en serie en algo así como estrellas de rock and roll. La culpa la tuvo el doctor Lecter, encarnado por un en aquel entonces discreto Anthony Hopkins.

Señora Doubtfire (Chris Columbus, 1993).- Robin Williams, padre separado, no puede ver a sus hijos pero se niega en redondo a ello. ¿La solución? Disfrazarse de asistenta. ¿Consecuencia?, que yo todavía tengo pesadillas con su álter ego femenino, la dichosa señora Doubtfire.

Ed Wood (Tim Burton, 1994).- La mejor película de Tim Burton cuenta con tono épico y desenfadado la historia de quien ha sido catalogado como el peor director de la historia del cine, Ed Wood, un artista fracasado por vocación al que le gustaba disfrazarse de mujer –y en especial si las prendas eran de ángora– aunque fuera un confeso heterosexual. Insertamos la película de Burton en esta lista de hombres que se visten de mujer por necesidad porque, en el caso de Wood, vestirse de mujer sí que fue una necesidad. La primera película del cineasta contó, además y a su peculiar manera, esta pulsión: Glen or Glenda (1953).

Y hay más, claro que hay más…

Saludos, volveremos, desde este lado del ordenador.

Noticias, noticias, noticias

Miércoles, Enero 15th, 2014

* Una nueva apuesta editorial surge en Canarias, se trata de Neys Books Ediciones que ha puesto en el mercado sus dos primeros títulos, las novelas La laguna de los olvidados, de Benjamin Barrett y Sándalo y rapsodia, de Juan Jesús Pérez.  Neys Books Ediciones es un proyecto del también escritor Juan Andrés Herrera, de quien leímos el año pasado Cinco mujeres que no subirán al cielo, publicado dentro de la colección G21 Narrativa Canaria Actual.

* Paté de foie, segundo libro de Guillermo Alemán, va camino de su segunda edición. Así lo anuncia el escritor de esta novela policíaca que protagoniza uno de los personajes femeninos más intensos de los últimos años en la literatura escrita en español. Editada por Los 80’pana factura desde este su blog El Escobillón felicitamos al autor como al sello discográfico y literario que ha hecho posible su aparición en el mercado.

* El verano que murió Chavela Vargas (Alba Editorial) es el título de la séptima entrega del detective privado Ricardo Blanco del escritor José Luis Correa, quien en esta ocasión obliga a su peculiar personaje a volver a las andadas cuando se encuentra el cadáver de un extranjero asesinado en un oscuro callejón de La Isleta, en Las Palmas de Gran Canarias.

* Los ojos del puente, novela Javier Hernández Velázquez, será publicada después del verano por M.A.R. Editor. El nuevo título del autor de El fondo de los charcos (Baile del sol) y Un camino a través del infierno (M.A.R.) recupera a su investigador Mat Fernández y explora en torno a uno de los trabajos literarios más legendarios que se han dado en estas islas abandonada de la mano de los dioses, nos referimos a La lluvia no dice nada de Antonio Bermejo, una novela que desapareció y de la solo nos queda algunos fragmento y su título. La acción de Los ojos del puente transcurre en varios escenarios, Cuba y la ciudad de Los Ángeles en los años sesenta, y la capital tinerfeña en la actualidad, y por lo que nos hemos enterado pretende sacar los colores a la rancia burguesía local, ya que Mat revelará algunos secretos que esconcen celosamente en sus armarios tan delustrada clase social.

* En otoño veremos también publicada una nueva novela de Alexis Ravelo en la editorial Alrevés. El escritor, que se encuentra en estos momentos trabajando en ella, anuncia que se trata de un libro todavía más coral que La estrategia del pequinés, también editada por Al Revés. La acción de su última novela se desarrolla no solo en la capital grancanaria, escenario que se le está quedando pequeño al autor, sino también en otros lugares de la isla. Nosotros sabemos cuál es el título –muy bueno, lo que se dice muy bueno–, también por dónde se moverá la historia pero nos hemos comprometido a guardar el secreto. Así que habrá que esperar hasta otoño.

* Es más que probable que la actriz Lola Herrera presente en la capital grancanaria Me quedo con lo mejor (La Esfera de los Libros), volumen testimonial que ofrece además  consejos y moralejas, en los que la autora “habla de las huellas que han dejado en ella diversos acontecimientos íntimos y las enseñanzas que ha podido sacar, como: valores a transmitir y errores que es mejor dejar atrás”. Se estudia que Lola Herrera promocione también este libro en la capital tinerfeña si recala finalmente en Canarias.

Y CINE ARGENTINO EN TEA

TEA Tenerife Espacio de las Artes y el Consulado de la República Argentina en Tenerife ofrecen del 16 al 19 de enero un ciclo de cine argentino que incluye la exhibición de los largometrajes El último Elvis, de Armando Bo (jueves 16, 20 horas);  El agua del fin del mundo, de Paula Siero (viernes 17, 19 horas) y Extraños en la noche, de Alejandro Montiel (viernes, 17, 21.30 horas); Samurai, de Gaspar Scheuer (sábado 18, 19 horas); De caravana, de Rosendo Ruiz (sábado 18, 21.30 horas) y, el domingo 19 de enero, De caravana y El último Elvis, a las 19 y 21.30 horas, respectivamente.

Saludos, esto, esto es todooo, amigos, desde este lado del ordenador.

Qué verde era mi valle

Domingo, Enero 12th, 2014

John Ford fue un tipo con mucho carácter y un profesional de eso que llaman cine. Si leen el libro de entrevistas que sostuvo con Peter Bogdanovich uno llega a la conclusión que en sus ratos de ocio le gustaba hacer cualquier cosa menos hablar de su oficio. Creo que eso hace más grande si cabe su figura como artista, como director, como hombre que supo coordinar y trabajar con equipos.

El libro de Bogdanovich resulta en este caso –no tanto el que también le dedicó a Fritz Lang– algo frustrante para descubrir al cineasta, aunque al final sí que se logra un retrato a través de sus declaraciones. Las palabras del hijo menor de trece hermanos de origen irlandés que se presentaba –ya como director de cine– como “Me llamo John Ford y hago películas del oeste”.

Ya conté en una ocasión que durante una época tenía que decir con la boca pequeña que a mi lo que me gustaban eran las películas de John Ford porque por aquel entonces estaba de moda defender otro cine. Un cine, se empeñaban y se empeñan todavía, en calificar de autor.

A mi eso de autor me pone la piel de gallina porque ¿qué es entonces John Ford? ¿Entraría su nombre y su obra en ese debate que habla de alta y baja cultura? Las películas de Ford eran comerciales y contaban historias. Y su cine, quizá sea por eso, todavía me entretiene y conmueve.

Escribo esto porque la noche de un sábado tonto y en el que no tenía nada mejor que hacer vuelvo a ver Qué verde era mi valle, que no se trata precisamente de uno de los western de Ford, y termino con los ojos anegados de lágrimas. Lágrimas en las que se mezclan distintas emociones que van de la alegría a la más sombría tristeza.

Y todo por una familia de mineros de un pueblo perdido de Gales del Sur…

Asumo que últimamente no dejo de ver películas del señor Ford. La legión invencible, Fort Apache, Sargento negro y la noche del sábado al domingo Qué verde era mi valle… Mañana, quizá, repita con Las uvas de la ira.

Leo en el libro de Bogdanovich qué pensaba años después el director de esta película, Qué verde era mi valle, y la respuesta no deja de desconcertarme, sobre todo porque, como ya dije, parece como si al cineasta se la trajera floja su trabajo.

La visión que saco es que Ford fue un profesional que sin falsa modestia hizo películas porque era lo mejor que sabía hacer. Y esa manera de hacer es de John Ford.

Qué verde era mi valle está basada en una novela de Richard Llewellyn, autor que cuenta con una serie de novelas de espionaje protagonizadas por Edmund Trothe que desconocía, y está escrita para la pantalla por Philip Dune.

Peter Bogdanovich: ¿Se improvisó una parte importante de la película en el plató?

John Ford: El guión lo escribió Phil Dune y nos ajustamos bastante a él. Quizá añadiéramos algo, pero para eso está el director. No puede uno limitarse a hacer que la gente se ponga de pie, diga lo que le toca y se vuelva a sentar. Tiene que haber algo de movimiento, algo de acción, cosillas que animen y cosas así”.

“Cosillas así que animen y cosas así”… Si han visto Qué verde era mi valle entenderán que era para Ford “cosillas así”.

¿Las miradas que se cruzan en el templo Maureen O’Hara y Walter Pidgeon?, ¿Donald Crisp, el padre, cabizbajo mientras es observado por los ojos de un Roddy McDowall infante? ¿El rostro de Sara Algood, la madre, mientras su familia se descompone por la falta de trabajo? ¿Cómo refleja que el avance industrial no solo envenena el paisaje sino también la geografía humana de quienes forman parte de él?

Cosillas así no son tan fáciles de transmitir en pantalla. Y que se mantengan igual de intensas con el paso de los años es un rasgo más de la genialidad de un artista que nunca fue por la vida como tal y que por eso, precisamente, es un artista.

Aunque no creo que al señor Ford le gustara demasiado que lo llamara artista.

¿Él?, ¿un iracundo irlandés?

Recuerdo con bastante exactitud las veces que he visto esta película. Y me sorprende aún que el efecto continúe siendo el mismo. Con Ford, como con otros grandes cineastas de su generación y de la que vino después, tengo la sensación de que te enseña a ser mejor persona. Y esta sensación se repite la vea la cantidad de veces que la vea. Puede ser porque es capaz de comunicarme humanidad sin un asomo de pedantería. Que me sienta afortunado de existir.

El caso es que veo Qué verde era mi valle mientras los ojos se me llenan de lágrimas. Conmovido del poder que a veces tiene eso que llaman cine y que ya no encuentro apenas en el que veo –no miro– en la actualidad, más preocupado quizá por desdibujar la realidad que por mostrárnosla con toda su belleza y crueldad.

Sus películas han mitificado a John Ford, de hecho hoy está por encima del bien y del mal aunque cuente con títulos malos de verdad en su carrera como cineasta, pero qué más da cuando muchas de sus películas continúan siendo las mismas. Como si para ellas no existiera el paso implacable del tiempo.

Puede que la clave, como dijo él mismo, fuera la siguiente: “Yo creo que cuando se hace una película ahí se queda, se pasa a hacer otra cosa y se olvida uno de ella”.

Su nombre, John Ford y no hizo solo películas del oeste.

Saludos, qué verde era mi valle, desde este lado del ordenador.