Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Estrellas de pop rock ¿estrellas de cine?

Domingo, Agosto 11th, 2013

Antes de tantear la interpretación lo conocerán por su música.

Es un aviso, un adelanto del rumbo que tomará este post.

Un repaso, como siempre corto, demasiado corto, de grandes estrellas de la música que en un momento y otro de su carrera probaron también con eso de ponerse delante de las cámaras.

Es decir ¡¡¡que no cantan sino que interpretan!!!

Alguno de ellos con sobresalientes resultados. Otros, la verdad, no tanto.

En este repaso y por cuestiones de espacio, no citaremos a los tres ilustres mosqueteros del Rat Pack, Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Junior. Tampoco hablaremos de Elvis Presley, Bobby Vinton ni de Barbra Streisand, que cuenta con una notable carrera como actriz y productora, también como directora.

Obviaremos, con gran dolor por nuestra parte, las cintas no musicales que protagonizaron dos leyendas del country western como Johnny Cash y Willy Nelson. Ni reseñaremos la experiencia como secundario de Bob Dylan, Keith Richards, Bon Jovi ni Steve Van Zandt, a quien reconocerán como el consigliere Silvio Dante en Los Sopranos.

Por negarnos a rompernos la cabeza, porque no están los tiempos para rompernos la testa, obviamos también las experiencias cinematográficas que jalonan la carrera del crooner Harry Coonick Jr. Y la de Chris Isaac, Sting, Justin Timberlake, Madonna, Iggy Pop, Will Smith, Meat Loaf, Debbie Harry, Cyndi Lauper y tantos, tantos otros artistas de la música que un momento dado de su carrera fueron tentados por el cine.

No, en este post solo vamos a hablar de los largometrajes que han protagonizado seis artistas anglosajones –es probable que repitamos la experiencia con europeos y americanos del sur en otra ocasión– como son Mick Jagger, David Bowie, Kris Kristofferson, John Lennon, Ringo Starr y Roger Daltrey porque tengo debilidad no ya por todos ellos sino también porque su música forma parte de eso tan cursi que llaman la banda sonora de tu vida.

Mick Jagger.- El señor morritos ha probado suerte en el cine sin hacer de cantante en títulos tan extravagantes como Perfomance (Donald Cammell y Nicolas Roeg, 1968), el western con acento australiano Ned Kelly (Tony Richardson, 1970) y el frustrante filme de ciencia ficción Freejack (Geoff Murphy, 1992) que está basado, al parecer, en una novela del notable escritor Robert Sheckley. Jagger interpreta también al jefe de una agencia de gigolós en The man from Elyssian fields (George Hickenlooper, 2001).

David Bowie.- De la lista que presentamos, probablemente sea el dandi camaleón el que más ha probado esto del cine junto a Kristofferson. Películas donde podemos ver a Bowie tanto como protagonista como secundario de lujo son y siempre sin dar la nota: El hombre que vino de las estrellas (Nicolas Roeg, 1976); Feliz Navidad Mr. Lawrence (Nagisa Oshima, 1983), donde comparte cartel con otro músico y compositor, el japonés Ryuichi Sakamoto; El ansia (Tony Scott, 1983), una película de vampiros ambiguos muy identificada con su época, los ochenta; Laberinto (Jim Henson, 1986); La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988), donde interpreta a un insólito Poncio Pilatos; Basquiat (Julian Schnabel, 1996), en la que se mete en la piel de Andy Warhol y El prestigio (Christopher Nolan, 2006), filme en el que asume el papel de Nikola Tesla, ese genio al que se acusó de científico loco, entre otras cintas.

Kris Kristofferson.- Para mi continúa siendo el mejor Billy the Kid. La culpa la tiene el hoy maltratado y ninguneado por crítica y cinéfilos de medio pelo, Sam Peckimpah. Pat Garret and Billy the Kid (1973), con todos sus defectos, que los tiene, si quieren ese exceso de lirismo que casi nadie le perdona actualmente al director de Grupo salvaje, no es que sea un western ejemplar, es que ha terminado por convertirse en un clásico que aún rompe y rasga dentro de tan ilustre género. A las órdenes de Peckimpah, Kristofferson trabajó también en Convoy (1980), otro western pero moderno, ya que los vaqueros conducen ahora camiones gigantes que atraviesan autopistas y carreteras comarcales; y haciendo de canalla en la que quizá es, a nuestro juicio, la mejor película del cineasta, la pequeña pero intensa Quiero la cabeza de Alfredo García (1974). A Kristofferson también lo vimos como protagonista en una nueva versión de Ha nacido una estrella (Frank Pierson, 1976) donde “descubría” a esa feúcha tan atractiva que es Barbra Streisand y en el western crepuscular –otro western– que es Las puertas del cielo (Michael Cimino, 1980). Kristofferson está también en el filme de ciencia ficción Millenium (Michael Anderson, 1989) y en el estupendo policiaco sureño Lone Star (John Sayles, 1996). Como secundario de lujo aparece en los tres Blade, Payback (Brian Helgeland, 1999), una nueva versión de A quemarropa, novela de Donald Westlake, escrita con el pseudónimo de Richard Stark, y con Mel Gibson en el papel de Parker, ahora Porter, y en El planeta de los simios (Tim Burton, 2001) entre otras tantas películas.

John Lennon.- Para unos sigue siendo el mejor Beatle, aunque para otros es Paul, George e incluso Ringo. Dejando de lado tan antipático debate, John Lennon también probó en el mundo del cine con la intención de desembarazarse de su carcasa de estrella de la música pop rock. Solo cuenta, en este sentido, con una película, un título menor en la filmografía de Richard Lester rodado en Almería y que se distribuyó en España con el título de Cómo gané la guerra. No deja de ser esta película una entretenida película con mensaje antibélico que aún se sostiene. Es verdad, en todo caso, que si algo desentona en la misma es el mismo Lennon, lo que pone de manifiesto lo difícil que le resultó desembarazarse, precisamente, de su carcasa de estrella de la música pop rock.

Ringo Starr.- Si lo comparamos con Lennon, Ringo tuvo más suerte cuando probó suerte en el cine asumiendo un papel que no tuviera nada que ver con la música. Cavernícola (Carl Gottlieb, 1981) fue, que recuerde, todo un éxito al menos en la isla en la que vivo. Tanto, tanto, tanto, que si no la habías visto no eras nadie. Pasado el tiempo, la verdad, es que el filme ha envejecido no tan bien como el ex batería de The Beatles. De esta comedia en clave de parodia sobre el hombre de las cavernas destaca, además, Barbara Bach, unida sentimentalmente a Starr y un jovencísimo Dennis Quaid.

Roger Daltrey.- Finalizo este repaso con la voz de The Who, un grupo que junto a The Beatles y The Rolling Stones ha marcado con su música mi paso inestable por este sendero que es la vida. Al margen de la ópera rock Tommy y la estrafalaria Lisztomanía, musicales ambos de Ken Russel, y de sus puntuales apariciones en series de televisión, Daltrey protagonizó la reivindicable McVicar, el enemigo público nº1 (Tom Clegg, 1980) donde interpreta a un delincuente legendario en las páginas de la historia criminal del Reino Unido. No he vuelto a ver de nuevo la película, así que no sé como la habrá tratado el paso del tiempo, pero la primera y hasta ahora única vez que la vi me dejó lo que se dice emocionado.

Tanto, que la mencionaremos en un post que, en este momento elaboramos sobre las que, a nuestro juicio, son las diez mejores películas de temática carcelaria del cine.

Hasta ese momento…

Saludos desde este lado del ordenador.

Granujas de medio pelo

Martes, Agosto 6th, 2013

INTRO

La naturaleza humana es así.

Por muchas reglas que imponga, siempre intentaremos saltárnosla.

El cine se ha preocupado por mostrar estas dobleces en ocasiones con elogiable fortuna. La lista –¡otra lista!– que presentamos a continuación solo escoge doce títulos que, a nuestro juicio, exploran bajo un punto de vista francamente divertido nuestra naturaleza como monos sin pelo cuando codiciamos lo ajeno.

Lo ajeno.

Por necesidad, para sobrevivir.

Por codicia.

O por demostrar soy más chulo que nadie.

Estas doce más una películas regalan además una visión cómica, pero también demoledoramente crítica, de la condición humana.

Hemos de destacar que en la mayoría de los títulos escogidos sus protagonistas son víctimas involuntarias, más que delincuentes profesionales, que se han visto forzados por las circunstancias a romper con el Séptimo Mandamiento.

En la mayoría de los filmes reseñados se trata de presentar a grupos humanos que, a nuestro juicio, y a las películas nos remitimos, forman parte importante de nuestra peculiar memoria.

Por lo que debe quedar claro que, sin ánimo de quebrar el Séptimo Mandamiento, nunca tantos le debimos tanto a tan pocos.

LAS PELÍCULAS

Oro en barras (Charles Crichton, 1951).- Un clásico de la comedia producida en los ya legendarios estudios Ealing. ¿Su protagonista? Un grisáceo cajero de banco que ha planificado financiarse un lujoso retiro y a quien da vida el que probablemente sea uno de los más grandes actores de la historia del cine: Alec Guinness. Para ello, no se le ocurre mejor idea que reunir a un equipo de estrafalarios “ladrones profesionales” para dar el golpe. El cine Británico a veces hay que escribirlo con respetuosas mayúsculas.

El quinteto de la muerte (Alexander MacKendrick, 1955).- Otra de los Estudios Ealing, fábrica de sueños de donde solo podía salir una película como ésta. Cinco criminales, liderados por Alec Guinness, se reúnen en una habitación que han alquilado a una vieja dama para planificar su próximo atraco. Para despistar a la señora se hacen pasar por un quinteto de músicos. Claro que con Peter Sellers y Herbet Lom, pareja de hecho que volvería a repetir en la serie La pantera rosa de Edwards el delirio está a la orden del día. Los hermanos Coen rodaron un olvidable remake con el título The Ladykillers.

Rufufú (Mario Monicelli, 1958).- Para los que sienten debilidad por el cine italiano de los años cincuenta Mario Monicelli es un director de referencia. Rufufú, la réplica si quieren paródica de la extraordinaria Rififí (Jules Dassin, 1955) reúne a un grupo de ladrones de poca monta para robar las oficinas romanas del Monte de Piedad. Claro que con gente así… Vittorio Gassman, Marcello Mastroiani, Totó, todo es posible menos el golpe perfecto.

La cuadrilla de los 11 (Lewis Milestone, 1960).- La incluimos en esta lista porque está protagonizada por el Rat Pack al completo. Esto incluye a sus tres mosqueteros: Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr. Nunca estuvieron mejor, y mira que rodaron y se divirtieron a lo grande en sus películas. Y es que solo ellos, solo ellos, podían robar los casinos de Las Vegas. Yes, tiene remake, pero es otra cosa. Otra cosa.

Atraco a las tres (José María Forqué, 1962).- La inteligente y aún delirante respuesta española a Rufufú la firma un cineasta que pide a gritos una urgente reivindicación siempre y cuando dejemos al lado molestes criterios políticos. Atraco a las tres es, vista así, sin ataduras ideológicas, un clásico de la comedia con acento español en la que intervienen lo mejor de los actores, comediantes insistía el maestro Luis García Berlanga, que jamás han rodado en este país. Ahí están, en estado de gracia José Luis López Vázquez, Cassen, Gracita Morales, Manuel Alexandre para hacer creíble a esa panda de perdedores empleados de banca que planifica el atraco a la entidad en la que trabajan para resarcirse de sus precarias condiciones laborales. La historia me suena ¿a ustedes no?

La pantera rosa (Blake Edwards, 1963).- Fue la primera de una serie que marcó un capítulo aparte en el género. En el género de la comedia. Es probable que, vista hoy, no resulte la más excéntrica de las que realizó Edwards bajo el mismo título pero sí que sentó la fórmula pink panther. Algo así como un alucinógeno. Si no me creen, que se lo pregunten a Peter Sellers, quien acabó jarto del atontado inspector Closeau. El público, sin embargo, quiso más. Más Pink Panther.

Topkapi (Jules Dassin, 1964).- A nuestro juicio es la comedia perfecta sobre robo. Y no porque esté basada en una excelente novela de Eric Ambler, La luz del día, sino porque fue la respuesta cómica del mismo Dassin a su Rififí. El esquema se repite con el de otros filmes que reseñamos en este post: ladrones de poca monta y perezosos que se unen para robar, en esta ocasión, una pieza valiosa del tesoro imperial en el palacio Topkapi, en Estambul, Turquía. Inolvidable. Redonda. No tan simple como muchos sostienen.

Como robar un millón y… (William Wyler, 1966).- A los wylerimaníacos no termina de convencerle esta comedia de guante blanco protagonizada por Peter O’Tooler y Audrey Hepburn. Ellos se lo pierden. Porque vista con perspectiva, con ojos cansados pero prestos al asombro, Como robar un millón y… es una deliciosa comedia romántica que aún aguanta la prueba del algodón.

El caso de Thomas Crown (Norman Jewinson, 1968).- ¿Una comedia? Pues sí y no. Aparece en esta lista porque está protagonizada por Steve McQueen y Faye Dunaway y porque respira ese aire cool que aún respiran todas las películas en las que intervino el que, probablemente, sea el actor más cool de la historia del cine.

The Italian Job (Peter Collinson, 1969).- Pese a que cuenta con un excelente remake dirigido por F. Gary Gray, es normal que nuestro corazón se decante por la primera entrega gracias a su aire… pop. También porque capitanea a ese equipo de ladrones de medio pelo Michael Caine. Benny Hill compone un personaje que tiene mucho, demasiado que ver con el que más tarde le dio fama en la pequeña pantalla. No olvidar, además, la escena con los Mini Austin. Siempre pensé que la versión española los sustituiría por el Seiscientos.

Toma el dinero y corre (Woody Allen, 1969).- Antes de que se pusiera intelectual, Woody Allen comenzó con comedias tan estrafalarias y tontorronas como Toma el dinero y corre. Un filme al que el paso del tiempo ha envejecido salvajemente pero que aún conserva algunos momentos irrepetibles. De los que te hacen reír hasta desencajar la mandíbula. Humor grueso, aunque sea con sello del más tarde intelectual Allen.

Un diamante al rojo vivo (Peter Yates, 1972).- Basada en una estupenda novela de la serie Dortmunder de Donald Westelake, escritor a quien esperamos dedicarle pronto un post, y escrita para la pantalla por William Goldman, Un diamante al rojo vivo es una divertidísima comedia con robo incluido que protagoniza Robert Redford, como Dortmunder, que aún sorprende y, lo que es mejor, divierte.

Un pez llamado Wanda (Charles Crichton, 1988).- Y cerramos este repaso de películas con ladrones en clave de comedia con una cinta que dirige, curiosamente, el mismo director con el que iniciamos esta lista. Si no han visto Un pez llamado Wanda hacen mal leyendo estas improvisadas líneas ya que deberían de correr y contaminarse con ella. Me lo agradecerán. Y si no me lo agradecen, allá ustedes. Bastante esfuerzo hago por enriquecer sus apagadas, grisáceas existencias.

Saludos, anda ya, desde este lado del ordenador.

Otros Holmes y otros Watson

Sábado, Julio 27th, 2013

INTRO

Sir Arthur Conan Doyle no es Sherlock Holmes pero sí que el mejor Sherlock Holmes es el que escribió Arthur Conan Doyle.

Dicho esto, estas líneas pretenden reseñar solo algunas de las películas que se han rodado sobre el que probablemente sea el más famoso detective privado de todos los tiempos. Ninguna de las que citamos están basadas, sin embargo, en las historias oficiales que Doyle dedicó a su personaje. Una mente privilegiada, violinista en sus ratos libres y consumidor de drogas duras que continúa incluso hoy enfrentándose contra toda clase de rivales y resolviendo misterios.

Faltan muchos títulos en esta lista, entre otros obviamos los filmes que protagonizó Basil Rathbone como Holmes así como el frustrado largometraje Madrid Days, de José Luis Garci, pero sí comentamos aquellos películas que sin estar inspiradas en los relatos de Conan Doyle ofrecieron, a nuestro juicio, una curiosa reinterpretación del detective y explotaron las posibilidades de un personaje que, como bien entendió su resignado creador, nunca muere.

La vida privada de Sherlock Holmes (Billy Wilder, 1970).- Solo el prodigioso talento de Wilder unido al de su guionista de referencia I. A. L. Diamond era capaz de preguntarse qué pudo haber detrás de la estrecha relación que une a Holmes (Robert Stephens) con el doctor Watson (Colin Blakely). El filme propone así un matrimonio bien avenido entre la comedia wilderiana, diálogos ágiles y con doble sentido, festiva ambigüedad y tierno romanticismo, con el misterio holmesiano en una película que estoy seguro que hubiera convencido al mismísimo Conan Doyle. Todos los elementos que han dado vida a este personajes se concentran en este título al que apenas araña el paso de los años. Se trata, en definitiva, de un filme atrevido y sí, muy adelantado a su tiempo.

El hermano más listo de Sherlock Holmes (Gene Wilder, 1975).- El éxito de El jovencinto Frakenstein (Mel Brooks, 1974) generó en los setenta una serie de películas paródicas de grandes títulos del cine y de la literatura que no solo firmó Brooks, sino algunos de los actores de la que es su película fundacional como fue el caso de Gene Wilder, entre otros. Wilder dirige e interpreta al hermano de Holmes en esta comedia desenfadada y poco respetuosa con el personaje, aunque si destaca por algo es por Marty Feldman, un actor de ojos saltones y uno de los grandes secundarios habituales de estas películas.

Elemental, doctor Freud (Herbert Ross, 1976).- Basada en la novela del mismo título de Nicholas Meyer, Elemental, doctor Freud enfrenta a Holmes (Nicol Williamson) con el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud (Alan Arkin). Robert Duvall interpreta a un robusto y algo marcial doctor Watson en esta película que intenta explicar de donde le viene la afición por la cocaína al detective privado. La dirige un casi siempre sólido Herbert Ross, un cineasta que cuenta con un puñado de películas nada desdeñables en su filmografía. El autor de la novela, Nicholas Meyer, escribió otras dos con Holmes y Watson como protagonista, y también dirigió películas como la excelente Los pasajeros del tiempo, en la que H. G. Wells y Jack el destripador viajan a finales de los años setenta para darse cuenta el primero del fracaso de su utopía y el segundo de que llegado a un lugar en el que no desentona.

Asesinato por decreto (Bob Clark, 1978).- La idea era buena, cruzar en una misma película a Holmes y a su inseparable doctor Watson –interpretados por Christopher Plummer y un siempre gigantesco James Mason, respectivamente– con Jack el destripador. El filme aún resiste el paso del tiempo, y convence tanto a los seguidores del legendario detective como a quienes aún se rompen la cabeza intentando averiguar quién demonios fue Jack, oficialmente el primer asesino en serie de la historia. En la película se dan cita algunas de las teorías que pretenden dar luz a tan oscura cuestión, así que por ahí se cuelan masones y aristócratas, algunos de ellos muy cercanos a la reina Victoria.

El secreto de la pirámide (Barry Levinson, 1985).- Unos la detestan y otros la ven como un título con el que solo pasar un buen rato. Me encuentro entre los segundos. La película, producida por Steven Spielberg, narra la juventud de Holmes (Nichola Rowe) y Watson (Alan Cox) y es de las primeras que ofrecía algo más tras sus títulos de crédito finales. Me entero, por otra parte, que el efecto de animación de la vidriera fue realizado por un tal John Lasseter.

Sin pistas (Thom E. Eberhardt, 1988).- La película parte de un atrevido suspuesto: ¿Y si Holmes no existe? ¿Y si solo es resultado de la imaginación del doctor Watson). Las circunstancias obligan al buen doctor (Ben Kingsley) a contratar los servicios de un actor borrachín y mujeriego (Michael Caine) para que se haga pasar por su creación literaria en una deliciosa comedia de engaños y situaciones que todavía convence. Que da el pego. Caine está maravilloso en su papel de incorregible calavera y Kingsley perfecto como un estirado doctor Watson.

Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009).- El director de Snatch: cerdos y diamantes, reactualiza al personaje de Conan Doyle en dos películas que todavía hacen poner el grito en el cielo a los seguidores de Holmes y sorprender a los que solo querían ver qué demonios había hecho el cineasta con el detective. Sherlock Holmes y su continuación nos presenta así a un héroe que no tiene nada que ver con el que salió de la pluma de Doyle. Personaje al que va desmontando nada más iniciarse la cinta. No traiciona, en este sentido, las expectativas de su público objetivo, quien aplaude (y me sumo a estos aplausos) que el hoy felizmente recuperado Robert Downey Junior interprete a Holmes, y Jude Law aporte su toque británico a un doctor Watson que también se encuentra en las antípodas de su original literario. Director y actores repitieron con los mismos personajes en Sherlock Holmes: Juego de sombras, 2011.

Saludos, elemental, doctor Watson, desde este lado del ordenador.

El sueño de la razón produce monstruos

Viernes, Julio 26th, 2013

INTRO

Muchas son las películas que marcaron mi infancia, y muchas son las película que, presuntamente dirigidas a un publico infantil, marcaron mi infancia.

La selección de diez títulos que propongo a continuación responde así a los que me marearon cuando las vi por primera vez. Escribo marearon porque tocaron una tecla que desde ese día continúa tocando insistentemente para recordarme que cualquier tiempo pasado no tiene que ser, necesariamente, mejor.

Hemos procurado en esta lista escoger únicamente largometrajes protagonizados por actores y omitir las cintas de dibujos animados porque a mí, así de raro fui y soy, disfrutaba y disfruto más con las primeras que con las segundas.

En varias de ellas, no obstante, se mezclan personajes de carne y hueso con personajes animados. Muchos de los filmes, además, pertenecen a la Walt Disney, nombre hecho marca e inevitable cuando se pretende seleccionar un puñado de películas que sacudieron tu niñez.

Títulos, en definitiva, que cuando los vuelves a ver tocan, ya dije, una tecla.

Por celebrar este año su sesenta aniversario dedico más extensión a Los 5.000 dedos del doctor T, una estrafalaria producción inspirada en uno de los relatos del inquietante (¿y mefistofélico?) Dr. Seuss.

1.- El mago de Oz (Victor Fleming, 1939).- ¿La razón? Fue la primera película que vi solo en un cine, el Cinema Victoria, y aún recuerdo la conmoción que me produjo nada más empezar. ¡Era en blanco y negro! Aunque no, no… De pronto se hace el color. Hemos llegado al mágico mundo de Oz. A veces, a solas, tarareo el Over the Rainbow y llamo a Dorothy, que es Judy Garland, y a su perrito Totó, para que juntos encontremos un cerebro, un corazón y el valor suficiente  mientras recorremos un sendero de baldosas amarillas rumbo a la Ciudad Esmeralda perseguidos por la molesta, diabólica y malvada Bruja del Oeste. ¿El culpable de esta historia? L. Frank Baum.

2.- El barón de Munchausen (Josef von Báky, 1943).- La familia pasaba el verano en unos apartamentos, Picaflor, en el Puerto de la Cruz. Sería un sábado, o un domingo por la tarde. La gente está en la piscina pero yo me encuentro en el apartamento con la vista clavada en el televisor viendo El barón de Munchausen. Cada imagen de esta película producida y dirigida por el régimen nacionalsocialista cuando la II Guerra Mundial comenzaba a torcérseles me resulta hipnótica. Es probable que por su capacidad de evasión, por su manera festiva y atolondrada de escapar a la cruda realidad que se les avecinaba. La recuperé hace unos años y no ha perdido ni un ápice de su hechizo. De hecho, para mi solo hay un Munchausen cinematográfico, el que interpreta Hans Albers y no el entusiasta John Neville en la descafeinada versión de Terry Gilliam de 1988.

3.- Los 5.000 dedos del doctor T (Roy Rowland, 1953).- Entre las muchas rarezas que podemos encontrar en la literatura y el cine infantil, aunque escribir infantil haga que se me erice la piel, se encuentra una película extravagante, loca, extraña y por lo tanto fascinante. Responde al título de Los 5.000 dedos del doctor T y está basada en un relato de doctor Seuss, un escritor norteamericano que vivía en otro planeta.

La adaptación cinematográfica, que celebra este año su sesenta aniversario, aguanta sin embargo un nuevo visionado. Un visionado con ojos de adulto que desea desesperadamente recuperar su mirada inocente, con garantía al asombro, libre de prejuicios en ocasiones equivocadamente críticos.

Dirige esta producción en flamante technicolor, Roy Rowland, un cineasta que como muchos cineastas de su tiempo prestó su talento a toda clase de historias.

Lo mejor de Los 5.000 dedos del doctor T no es, sin embargo, su dirección, ni siquiera el equipo técnico y artístico que trabaja en la película. No, lo mejor del filme son sus todavía llamativos escenarios. Esa ciudad que gobierna el excéntrico personaje que da nombre a la película.

Se trata, además, de un largometraje que suscita lecturas al margen de su sobresaliente ambientación. Destacaría, especialmente, una visión de la infancia libre de prejuicios adultos, vista desde los ojos de un niño que en la película no deja de mirar a cámara y explicarte sus reflexiones.

A través de este niño se mueve una cinta que cuenta con inevitables pero también irregulares números musicales y pequeñas historias que, entiendo y vistas hoy, podrían resultar para algunos padres de un inquietante mensaje subversivo.

Los 5.000 dedos del doctor T no deja de ser, en este sentido, el relato de un niño que para escapar de las torturantes lecciones de piano que le imparte su estirado y ambiguo profesor, se refugia en un universo paralelo, fantástico, que dirige este adulto que ahora se llama doctor T. El doctor T mantiene esclavizada a su madre, con quien pretende casarse, y aspira a componer su sinfonía definitiva que interpretarán las manos de 2.500 niños; entre otras la de nuestro protagonista en la que, posiblemente, sea una de las escenas más delirantemente catastróficas y divertidas de la película.

En su fantasía, el niño intentará por todos los medios dinamitar la obra del doctor T contando para ello con la ayuda de un adulto, fontanero en la vida real y en la mágica, enamorado secretamente de su madre y el padre ideal –su progenitor murió siendo él muy pequeño– para formar la que desea y espera sea su nueva familia.

Los 5.000 dedos del doctor T es una sucesión de aventuras por escenarios extravagantes y dalinianamente surrealistas donde su protagonista no descansa para conseguir su objetivo. La película aún resiste el paso del tiempo. Y pese a que se nota que se rodó deprisa y corriendo, que los actores –salvo el fantástico Hans Conried, que hace del extravagante profesor Terwilliker/Dr. T– parecen que están jugando más que interpretando, seduce porque la película es muy rara. Muy, pero que muy rara.

Al final, y una vez despierta el niño de su fantasía, las aguas vuelven a su cauce.

La madre, es un suponer, se casará con el fontanero. Mandamos a paseo al irritante profesor de piano y el jovencito –que hasta ese momento no se ha quitado de la cabeza un ridículo sombrerito con una mano de goma encima– sonríe a cámara porque con su nuevo papá y su esperamos que feliz mamá, dice adiós a las clases de piano.

4.- Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964).- Fue de obligado visionario. Quizá eso explique la extraña relación que mantengo con esta película así como con Julie Andrews. Y es que si en los títulos de crédito aparecía la señora Andrews lo asociaba inmediatamente a canciones. Nunca, además, aprendí a decir supercalifrásticoespialidoso…

5.- Un gato del FBI (Robert Stevenson, 1965).- Pese a que les tengo alergia, confieso mi debilidad por los gatos. Y el siamés de esta comedia con animales de la inevitable Disney tiene su encanto. Yo prefiero, sin embargo, El gato que vino del espacio (Norman Tokar, 1978) aunque ya puestos, revelo que hoy soy incapaz de verlas enteras. Y no por el felino, no…

6.- Chitty Chitty Bang Bang (Ken Hughes, 1968).- Basada en un relato de Ian Flemming, el creador de las novelas de James Bond, Chitty Chitty Bang Bang es una de las películas de mi infancia, adolescencia, juventud y… esa etapa de la vida en la que me encuentro. No me canso de ver fragmentos cuando me torpedean los fantasmas de la depresión. Aún tarareo sus canciones y Dick Van Dike nunca volvió a estar mejor que en este fantástico largometraje cuyo protagonismo le roba el coche tuneado y fantástico que sale de su taller, de su imaginación. Por ahí aparece, además, Benny Hill…

7.- Oliver (Carol Reed, 1969).- ¿Una para niños? No, pero la vi siendo un niño y me parece de las mejores adaptaciones al cine de la novela de Charles Dickens pese a que se trate de un musical. La dirige el sólido Carol Reed y sus canciones forman parte de la banda sonora de mi vida. Defiendo, además y con uñas y dientes, que Ron Moody hizo uno de los mejores Faguin de la historia del cine…

8.- The Love Bug (Robert Stevenson, 1969).- Herbie, el Volkswagen que está vivo, vivo, y sus continuaciones formaron parte del cine que consumí cuando en esta tierra los más pequeños solo podíamos ir a las sesiones de las 4 de la tarde. Me encantaba, tanto, que todavía cuando veo un escarabajo imagino que tiene vida propia, que se va a poner a bailar, a corretear, a demostrar que, pese a que es pequeño y cabezón, puede ganarle a cualquiera. ¡Grande Herbie!

9.- La flauta mágica (Hollingsworth Morse, 1970).- No la he vuelto a ver, pero no me cansaba de repescarla en aquellas sesiones de cine a las cuatro de la tarde. En cierta ocasión, y cuando el Greco era Cine Greco, el portero me pregunto qué hacía yendo a ver esa película para chiquillos y no quedarme en casa, donde televisaban un partido de fútbol que había detenido a la ciudad. ¿La respuesta? Prefiero La flauta mágica.

10.- La bruja novata (Robert Stevenson, 1971).- Resulta curioso eso de la primera vez. La bruja novata la vi en el cine Price cuando era cine Price y no multicines Price y más tarde Renoir/Price. Tampoco la he vuelto a ver, ni pienso verla porque no quiero traicionar el entusiasmo de la primera vez. Solo sé que disfruté como ella, y que la bruja por una vez no estuviera del lado de las tinieblas, los nazis.

Saludos, dejad que los niños se acerquen a mi, desde este lado del ordenador.

¿Ochenta años haciendo el ganso?

Sábado, Julio 20th, 2013

SRA. TEASDALE (Margaret Dumont): Espero que siga los pasos de mi marido.

RUFUS T. FIREFLY (Groucho Marx): ¿Qué les parece? No llevo aquí ni cinco minutos y ya se me está insinuando. ¿Dónde está?

SRA. TEASDALE: Está muerto (…). Yo misma estuve con él hasta el último momento.

RUFUS T. FIREFLY: Ahora sé por qué pasó a mejor vida.

SRA. TEASDALE: Lo abracé y lo besé.

RUFUS T. FIREFLY: Entiendo. Fue asesinado. ¿Quiere casarse conmigo? ¿Le dejó algún dinero? Conteste primero a la segunda pregunta.

SRA: TEASDALE: Me dejó toda su fortuna.

RUFUS T. FIREFLY: ¿Es cierto? ¿No ve lo que quiero decirle? ¡La quiero!

(Sopa de Ganso, Leo McCarey, 1933)

Rafael Azcona dijo en cierta ocasión que cuando estaba deprimido, con ganas de tirarse por la ventana, de mandar todo al carajo, volvía a ver Una noche en la ópera (Sam Wood, 1935) para recuperar el optimismo que se le escapaba de entre los dedos. A mi me encanta Una noche en la ópera, de hecho me encantan casi todas las películas que protagonizaron los inclasificables hermanos Marx, y haciendo caso del maestro Azcona recupero las viejas/nuevas películas de los Marx cuando la sombra de la depresión planea por mi cabeza con la misión de que me haga olvidar los malos rollos, las ganas de tirarme por la ventana, de mandarlo todo al carajo.

Pero más que Una noche en la ópera si hay una película de los Marx que a mi todavía me hace llorar no de pena sino de alegría es Sopa de ganso, largometraje que cumple ochenta años muy bien cumplidos aunque en el momento de su estreno resultó un catastrófico fracaso que puso en riesgo la carrera cinematográfica de los marxistas hasta que el productor Irving Thalberg los fichó para que trabajaran en la Metro Goldwyn Mayer.

Así lo cuenta Groucho en su imprescindible Groucho y yo (1):

“Recuerdo la primera vez que nos encontramos con Irving Thalberg. Chico, como de costumbre, había combinado el encuentro en torno a una mesa de bridge. Thalberg dijo:

- Me gustaría hacer algunas películas con ustedes, amigos. Me refiero a verdaderas películas.

- ¿Qué le ocurre a Cocoteros, Animales locos y Sopa de ganso? ¿Va usted a decirme que no eran graciosas?

- Claro que eran graciosas –dijo–, pero no eran películas. Carecían de argumento.

-La gente se reía, ¿no es así? –preguntó Harpo– Sopa de ganso provocó tantas risas como cualquiera otra comedia que se haya filmado, incluidas las de Chaplin.

- Eso es cierto –reconoció–: era una cinta muy divertida, pero en una película no se necesitan tantas carcajadas. Voy a hacer una película con ustedes, con la mitad de chistes, pero con un buen argumento, y apuesto a que recaudará dos veces más que Sopa de ganso”.

Y como recuerda Groucho, Thalberg no se equivocó. Una noche en la ópera “dobló las recaudaciones de Sopa de ganso”.

Con todo, si hay una película de los hermanos Marx con la que me quedo y cura depresiones y otra clase de malestares físicos y espirituales es Sopa de ganso. Con permiso del señor Thalberg.

Thalberg inspiro al Monroe Starr de la novela inconclusa El último magnate de Francis Scott Key Fitzgerald, y fue un revolucionario, un visionario que marcó las pautas que hicieron rentable el cine que se cocinaba en el Hollywood de aquellos años.

En el caso de los hermanos Marx, sin embargo, y es una opinión muy personal, creo que su orientación quiso domesticar el espíritu anárquico de tan ilustres hermanos.

Y eso que disfruto mucho con Una noche en la ópera y Los hermanos Marx en el oeste. Me fascina incluso los números musicales. Ya saben, aquellas interrupciones en las que Harpo Marx aprovecha para tocar el arpa y Chico Marx el piano, pero sí que notaba en falta el caos, el salvajismo, la sucesión de disparates de los filmes anteriores de aquellos marxistas.

Y ese caos, ese salvajismo, esos disparates explotan libertariamente, sin cadenas, sin ataduras en Sopa de ganso que, a mi juicio, es su obra maestra. Su obra maestra para entender ese absurdo que es la vida. Este chiste que solo quieren teñir de tragedia los que no son marxistas.

Cuenta esta película, además, con una escena redonda.

Silente.

Perfecta.

Me refiero a la del espejo, esa en la que Pinky (Harpo), vestido como Rufus (Groucho), intenta convencerlo de que es su propia imagen reflejada en un espejo que se ha hecho añicos.

Suelto la carcajada cada vez que veo esta escena. Los ojos se me anegan de lágrimas mientras la depresión se va por el desagüe.

No sé hasta que punto está presente la mano de Leo McCarey en esta película, pero digamos que desde ese día me tomé muy en serio el cine que firmó este director. Hoy apenas reivindicado pero que cuenta con una filmografía en la que aparecen títulos que me hicieron entender el cine de otra manera.

Imagino que la mayoría de los que recalen en este post saben de qué va la historia de Sopa de ganso.

Una película, por otro lado, curiosamente actual por su contenido político.

Política con mirada marxista.

Viene a ¿narrar? el enfrentamiento entre dos naciones, Libertonia y Silvana, que mantienen un delicado pulso diplomático para no declararse la guerra.

Una guerra que al final explota.

Y que resulta absurda como son todas las guerras.

El gran Gila y su teléfono le deben mucho a Sopa de Ganso.

Carezco de teléfono, pero pienso que ochenta años no es ná para esta película que aún late con vida. Como si fuera ayer.

Que le hace cortes de manga al tiempo y a esa señora estrafalaria y excéntrica que es la Parca.

Luego es lógico que sea marxista.

Y que Groucho, Chico, Harpo y Zeppo Marx sean mis camaradas.

TRENTINO (Louis Calhern): Quiero un informe detallado de su investigación.

CHICOLINI (Chico Marx): De acuerdo, se lo diré. El lunes vigilamos la casa de Firefly pero él no salió. No estaba en casa. El martes fuimos al partido de béisbol. Pero nos engañó, no apareció. El miércoles él fue al partido, pero le engañamos; no fuimos. El jueves hubo un empate; nadie apareció. El viernes llovió todo el día, no hubo partido, así que nos quedamos en casa escuchando la radio”.

(1) Groucho y yo, Tusquets Editor, cuarta edición: septiembre 1977. Traducción de Xavier Ortega.

Saludos, “señores, puede que Chicolini parezca un idiota y hable como un idiota, pero no se dejen engañar, es idiota”, desde este lado del ordenador.

Bruce Lee ¡solo ante el peligro!

Viernes, Julio 19th, 2013

A los freaks de aquellos tiempos nos daba vergüenza reconocerlo, pero nos gustaban las películas de karatekas. El historiador Román Gubern acuñó sin poca fortuna el término de soja western para englobar todas aquellas producciones que nos venían del lejano y misterioso Oriente. Escribo lo de poca fortuna porque no trascendió –como sí trascendió el despectivo espagueti western– para etiquetar a un puñado de cintas cuya influencia todavía se detecta en el cine de acción que se rueda en estos tiempos vacíos, sin atisbo de imaginación, en los que vivimos.

Pese a la ceguera de los entendidos, el cine de artes marciales se expandió entonces como un fantasma que recorría Occidente.

Se abrieron gimnasios y pequeños saltamontes que hasta ese momento ignoraban que había otro mundo y otras culturas más allá de la Gran Muralla descubrieron una filosofía que hacía de la lucha, siempre como autodefensa, algo así como argo trascendente.

Contaba con un grupo de amigos que no se perdía ninguna de estas películas. Más que un subgénero, un género en toda regla cuya primera estrella rutilante tuvo nombre y apellido: Bruce Lee. Un tipo, el Lee, del que supe por primera vez por uno de esos colegas entusiastas que practicaba kárate –el judo ya no molaba– y coleccionaba, como quien colecciona colorines, todo tipo de armas orientales.

Me acuerdo de unos nunchakus que me ponían bastante nervioso cuando jugaba con ellos dando grititos imitando a Bruce Lee.

- Aiiiiii, iiiiii.

Este colega, que aún anda colgado con esas historias, se pasó más tarde a los ninjas, pero eso es otra historia, como historia es que este sábado, 20 de julio, se cumple cuarenta años de la muerte de Bruce Lee. Actor, luchador, filósofo que falleció inesperadamente apenas pasado los treinta en circunstancias que todavía genera todo tipo de especulaciones.

El caso es que, cuando su carrera cinematográfica comenzaba a instalarlo como estrella, la muerte, que no deja de sorprenderme por su siniestro sentido del humor, se lo llevó como se llevó a ese pequeño bastardo llamado James Dean.

Aunque fue precisamente su vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver lo que elevó a la categoría de leyenda a Bruce Lee. A que muchos pensaran, entre ellos mi colega, que tras su desaparición este tipo de cine ya no volvería a ser el mismo.

Yo, que nunca he practicado artes marciales, pero que como Amory Blaine me emociono con cosas sencillas, terminé por aceptar a Bruce Lee porque no fallaba en aquellas sesiones de cine en las que me refugiaba en una adolescencia y primera juventud de la que guardo muchos, demasiados recuerdos.

No he vuelto, sin embargo, a revisar esas películas.

Pero la experiencia me dice que tuvo que ser positiva cuando Furia Oriental, El furor del dragón y Operación dragón se mantienen aún frescas en la memoria.

Tanto, que cuando veo al injustamente castigado Chuck Norris por esa misma gente que me colocaba la letra escarlata por ver estas películas no sabe que se midió a pecho descubierto contra Lee en el Coliseo de Roma en El Furor del Dragón.

Un combate de colosos que consiguió, además, que el público occidental estuviera del lado del chino, del tipo bajito y con ojos rasgados.

- ¡¡¡Pártele la cara!!!- gritábamos en el cine.

Y Lee le partía la cara y las piernas, y los brazos al Norris.

Bruce Lee, que había nacido en la ciudad de San Francisco, ciudad desnuda, se transformó en leyenda.

Sé agua…

Pero antes de ser agua fue hielo.

Intelectual y físicamente.

Una vez reconocido como experto en artes marciales y frustrado de que se escogiera a un blanco para encarnar al Pequeño Saltamontes de la serie Kung Fu porque “resultaba demasiado chino”, Bruce Lee hizo de Kato en la serie Green Hornet y de secundario en Marlowe, detective muy privado (Paul Bogart, 1969), una simpática versión de la novela La hermana pequeña de Raymond Chandler y en la que James Garner hacía de Philip Marlowe.

Claro que fue entonces, tras ser entrenador y maestro de artes marciales de Steve McQueen, James Coburn o Kareem Abdul Jabbar, cuando Lee decide firmar un contrato en Hong Kong con, para algunos aficionados, el diablo: Raymond Chow.

Pero a Chow le debemos Kárate a muerte en Bangkok y Furia oriental.

También a que Lee se creyera, nada más comenzado los setenta, que era más un océano que agua al escribir y dirigir El furor del Dragón, la que es sin duda su obra maestra.

Después vino Operación Dragón (Robert Clouse, 1973), cinta que no llegó a ver. La muerte, esa bromista siniestra, había llamado a su puerta.

Lo demás es caos.

Culto a la muerte.

Especulación sobre su pronta desaparición.

- Se lo cargaron los chinos comunistas.

- Lo mataron los maestros del Kung Fu porque estaba revelando secretos…

- Bruce Lee es mi maestro.- me dijo mi colega veinte años después de que descansara bajo tierra, no dejaba de mover los dichosos nunchakus.

- Aiiiiii, iiiiii.- recitaba.

Ahora entiendo que como un mantra.

Saludos, sé agua, desde este lado del ordenador.