Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Érase una vez… ‘Centauros del desierto’

Miércoles, Octubre 16th, 2013

Es probable que fuera una reacción poco madura ante lo que me enseñaban pero también, y esto no lo pongo en duda, de posicionamiento ante las escasas virtudes como enseñantes de muchos profesores que a lo largo de mi vida intentaron meterme por obligación –y porque tocaba en examen– libros a los que llegué en ese instante con el alma partida, alimentando un rencor que solo con el paso de los años logré superar cuando me volví a reencontrar con algunos de ellos sin la presión de la obligación ni de la puñetera evaluación.

El Quijote lo leímos a trozos en clase; la novela picaresca nos la metieron a cucharadas pero con aceite de ricino; de Ramón J. Sender nos vendieron La tesis de Nancy y más tarde Réquiem por un campesino español. También tocó en aquellos años tempranos Mararía, de Rafael Arozarena, casi porque no quedaba más remedio…

La lista de nombres y novelas es larga, lo que explica la distancia y el rechazo inevitable que alimentó a las criaturas de mi generación que, en ese momento, descubrían el placer que provoca la lectura por distintos caminos, ninguno de ellos el que marcaba una educación que, salvo honrosas excepciones, dirigía una cuadrilla de profesores que le hacían asco a la palabra maestro.

Escribo todo esto porque el otro día, mientras conversaba con Alba Sabina Pérez, la escritora del curioso y desinquieto libro de relatos ¿Quién cuidará de mis guardianes? comentaba que odiaba una película, Centauros del desiert (1956), por razones bastante similares a las que generaron mis distancias con voces literarias que, afortunadamente, recuperé años más tarde, libre de presiones y de exámenes.

Creo que John Ford hubiera disparado sin dudar sus Colt contra el psicópata profesor que le obligó a ver su película plano a plano.

Imagino a ese aspirante de doctor Lecter explicando a la clase, mientras pulsa el stop, “esto, damas y caballeros, es un primer plano; esto un plano general y un plano medio y un fundido encadenado y…” Para más tarde ampliar en grados la tortura china detallando que con ese plano lo que el cineasta propuso es subrayar la soledad del personaje protagonista.

Agradezco a los dioses que no me tropezara con ese profesor, y que descubriera Centauros del desierto (el título en español me parece infinitamente mejor que el original, The Searches) a mi peculiar manera. Con mis peculiares emociones y con mis peculiares cinco sentidos alerta.

El poder de fascinación que siento por esta película no se ha minimizado con el paso del tiempo sino que se crece a medida que la reviso porque como pasa con otros filmes que te llegaron adentro en una etapa de la vida donde todavía seleccionabas tus prejuicios, Centauros del desierto es de esas películas en las que me he acostumbrado a refugiar.

Y si bien te la sabes de memoria, y si bien se te encoge el corazón ante lo que piensas fue el mejor trabajo como actor de ese gigante que se llamó John Wayne, aún te sorprende lo viva que permanece y las lecciones, muchas de ellas nuevas, que te regala mientras el protagonista se pasa la mano por el brazo.

Casi parece querer decir con ese gesto, uno de esos pequeños detalles que no pasan desapercibidos, que Centauros del desierto no morirá nunca.

Espero que Alba Sabina se reencuentre con esta película, y que entienda que si la odia no es por la película sino por la forma en cómo se la mostró el psicópata profesor.

Claro que, casi al final de la película, Ethan Edwards no dispara a su sobrina…

Saludos, abrimos y cerramos puertas, desde este lado del ordenador.

Yo me acuerdo… Amarcord

Domingo, Septiembre 8th, 2013

Uno de los grandes nombres del cine italiano es Tonino Guerra, maestro de escuela y guionista.

Si algo tiene de atractivo la vida de Guerra es que fue igual de corriente que la del vecino de al lado, solo que Tonino Guerra se preocupó por contarla con mano maestra y con naturalismo feroz en el puñado de historias que dejó para la Historia del Cine.

Es probable que a muchos no les suene Tonino Guerra, maestro de escuela y guionista, pero su firma se encuentra en algunas de las más grandes, polémicas y rompedoras películas del cine italiano.

Su firma está en el mejor y más hipnótico Michelangelo Antonioni. También en una de las mejores películas de Federico Fellini, Amarcord, punto de inflexión en la carrera del excéntrico y excesivo cineasta, quien se mueve contenido y somnoliento por relatos que son una isla en sí mismo y también isla en la filmografía de su director.

Amarcord conserva aún todo su elegante esplendor y una visión asombrada y asombrosa de la vida.

No me canso de ver su “yo me acuerdo” sobre la plácida vida en una ciudad de provincias italiana en los años treinta. De convertirme en cómplice de la mirada de Fellini, un cineasta sentimental con cruda ternura.

No sé hasta que punto pudo influir el guión de Tonino Guerra en Fellini, pero fuera cual fuera, y a medida que transitan los años, el resultado continúa latiendo.

Han pasado cuarenta años desde que se estrenó Amarcord.

La vi por primera vez en los ochenta en una de esas salas que ya no existen porque se travistieron en solares, bingo, bolera o gimnasio como pasó finalmente con el Yaiza Borges, Cine que rescató de la ruina el antiguo Tenerife para exhibir otro cine que entretiene en la intimidad de la sala a oscura.

El impacto de Amarcord perdura.

Me quedé con algunas de sus historias e incluso me hice amigo de muchos de sus personajes. Es un poso sin fondo en el que encontrar razones para desenredar miedos, prejuicios. Basura, en definitiva.

Lo comprobé la segunda vez que la vi.

Era Amarcord.

La misma película que vi la primera vez.

La tercera, la cuarta, la quinta y…, ya lo he olvidado, ocasión que vi Amarcord fue como encontrarme con uno de esos amigos a los que no ves desde hace años y que cuando te tropiezas con él casualmente, es como si no hubiera pasado el tiempo…

Sí, aprendes a ver arrugas, el retroceso alarmante de cabello sobre su frente, pero ese amigo continúa siendo el mismo de siempre.

La noche del sábado volví a ver Amarcord y supe que yo también recuerdo con fondo sonoro –elegante, sin dejarse notar, notándose– de Nino Rota.

Tengo la banda sonora de la película en un disco de vinilo. Debe de estar por alguna parte…

Como en alguna parte de mi recuerdo está el tío que se sube a un árbol para gritar “quiero una mujer”, la Vulpina, la glamorosa La Gradisca, la familia y los amigos del protagonista, los profesores, el abogado historiador, el que vende helados, la generosa estanquera, el ciego que toca el acordeón, los fascistas en esta misma capital de provincias que habito y que a veces vibra porque tiene destellos, personajes, que me hacen Amarcord.

Amarcord por eso no es una película sino otra cosa.

¿Terapia?

¿Una obra tan alambicada y sencilla que no te deja ser espectador sino protagonista?

Saludos, yo me acuerdo, desde este lado del ordenador.

Luis Suárez, actor

Miércoles, Septiembre 4th, 2013

Anoche soñé con Luis Suárez. En el sueño me tropiezo con el actor a la altura de la ruinosa Plaza de Toros y nos quedamos frente a frente, observándonos, casi midiéndonos con los ojos. Para él no pasa el tiempo aunque antes de despertar me doy cuenta que estoy ante un fantasma.

Rebusco en mi archivo personal, que no está enlatado dentro del computador sino en carpetas que aguantan toneladas de papel ya amarillento, y recupero a Luis Suárez como lo vi en el sueño. Lleno de vida, como el actor que disfrutó de una merecida popularidad tras interpretar a Tonet en Cañas y barro, inspirada en una de las novelas del escritor Vicente Blasco Ibáñez y Guarapo, “el papel de mi vida” como no se cansó de repetir tras la hazaña que a finales de los años ochenta realizaron Teodoro y Santiago Ríos tras levantar ese largometraje que hizo historia en esta somnolienta Comunidad y que habla de Canarias desde Canarias…

¿Por qué escribo sobre Luis Suárez?

Ya lo dije, ayer soñé con él.

Y despertó latidos dormidos.

Lo conocí en Madrid, cuando aceptó rodar un mediometraje que, paradojas de la vida, se título Por los viejos tiempos.

Su director, Miguel Ángel Toledo, escribía en un artículo publicado en La Gaceta de Canarias (3 de marzo de 1993) con motivo de un ciclo dedicado a su memoria organizado por la Filmoteca Canaria: “Recuerdo la primera vez que lo vi. Habíamos quedado en un bar de Madrid, sin conocernos, para hablar de su participación en el proyecto. Yo tenía grabada aquella imagen suya de Guarapo, joven y fuerte, un actor triunfante y llamativo. Cuando apareció me llevé una gran sorpresa. Había enflaquecido, estaba más pálido y más viejo. Fue lo primero que le dije, utilizando una especie de diplomacia yugoeslava para romper el hielo entre un actor importante y un aspirante al mundo del cine. Él se rió y con una sinceridad aplastante me dijo que no había trabajado desde hacía dos año sino para hacer una película de la que renegaba fuertemente, así que aceptaba hacer lo que fuera. Quería trabajar, quería interpretar a toda costa. Inmediatamente nos puso todo su apoyo para que el proyecto saliera adelante, por supuesto sin cobrar. Estábamos encantados, allí teníamos al auténtico Guarapo, vivito y coleando y además gratis, entusiasmado como un colegial en aquella extraña aventura que le proponíamos. Parecía que era la primera vez que iba a hacer aquello. Hasta diría que estaba más ilusionado que yo”.

Luis Suárez nació en Las Palmas de Gran Canaria pero en los años sesenta se trasladó a Madrid para estudiar Arquitectura, carrera que abandonó en favor de la interpretación.

Su primera incursión en el cine fue en el largometraje Posición avanzada (Pedro Lazaga, 1965) y Los desafíos, una curiosíma película de episodios dirigidos por Víctor Erice, Claudio Guerín y José Luis Egea. Colaboró también en el último trabajo firmado por Roberto Rossellini, El Mesías, aunque el éxito, el baño de multitudes, ser portada y convertirse en noticia vino a raíz de la serie Cañas y barro, donde fue Tonet.

De hecho, el único Tonet posible.

Volvió a repetir suerte con Blasco Ibáñez en La barraca, pero el efecto ya no fue el mismo hasta que los hermanos Ríos lo ficharon para que encarnara a Guarapo en la película del mismo título.

Santiago Ríos lo recordaba así en un artículo publicado en La Gaceta de Canarias el 4 de junio de 1992, un día después de conocerse su muerte.

“Era Guarapo. Se metió en la piel del personaje y sufrió y se conmovió con él”.

Anoche soñé con Luis Suárez.

Era Tonet, era  Guarapo, era Luis Suárez.

(*) En la imagen Luis Suárez y Victoria Vera en Cañas y barro.

Saludos, todo por un sueño, desde este lado del ordenador.

Julie Harris, ¿gótico americano?

Martes, Agosto 27th, 2013

“- Qué guapa estás esta mañana, Nell, Esta vida tan curiosa te sienta bien.

Eleanor le sonrió; evidentemente aquella vida también le sentaba bien a Theodora.

- En buena lid deberíamos andar tambaleantes con profundas ojeras y una mirada de desesperación –dijo Theodora rodeando a Eleanor con un brazo y mirándose en el espejo junto a ella–, y míranos, dos adorables jóvenes, lozanas y alegres.

- Tengo treinta y cuatro años –dijo Eleanor, y se preguntó qué oscura rebeldía le había llevado a añadirse dos años.

- Y parece que tienes catorce –dio Theodora–. Vamos, nos hemos ganado un buen desayuno.

Riendo bajaron corriendo la gran escalera y encontraron el camino por la sala de juegos hasta llegar al comedor.”

La maldición de Hill House, Shirley Jackson. Colección Gótica, Valdemar. Traducción: Óscar Palmer Yánez.

No es una estrella, su chispa no surca los cielos para dejarnos ciegos.

No, Julie Harris no es, nunca fue, una estrella pero eso no quita que me conmocione su ausencia.

En su filmografía centellea al menos en dos títulos que se ríen del paso del tiempo. Como películas y también como personales y muy emocionales novelas: Al este del Edén y La maldición de Hill House, de John Steinbeck y Shirley Jackson.

La adaptación al cine de Al este del Edén (Elia Kazan, 1955) solo cuenta la segunda parte del libro, aunque con todo se lee entre líneas de dónde nace la tragedia que viven los dos hermanos. Uno de ellos, algo así como Caín, lo interpreta James Dean, quien busca a su madre mientras intenta despertar el amor de su padre, un siempre inmenso Raymond Massey. El apoyo sentimental de Caín/Dean lo interpreta en el filme Julie Harris, una chica buena que camina entre nubes y que descubre en Caín lo que no le ofrece Abel, vulnerabilidad.

The Haunting (La mansión encantada, Robert Wise, 1963) probablemente sea una de las más inquietantes películas de miedo de la historia del cine. Y solo con una casa tenebrosa y un grupo de personajes igual de tenebrosos que son gente normal y corriente…

Basada en la novela La maldición de Hill House de Shirley Jackson, una mujer cuya producción literaria muestra con poesía macabra el gótico americano, el filme de Wise cuenta con Julie Harris en el papel de Eleanor, un personaje equívoco.

Y el resultado, cincuenta años después, continúa siendo desarmante en un filme que además de convocar miedos, provoca conmovedor malestar.

Sin apenas artificio.

Solo una casa y un grupo de personajes.

Las apariciones en pantalla de Julie Harris me despiertan casi siempre una incómoda ternura. Volvió al sur en Reflejos de un ojo dorado, novela de Carson McCullers con versión al cine de John Huston y en la que también intervenía una de las parejas más raras pero también atractivas de la historia del cine: Marlon Brando y Elizatbeth Taylor.

A Julie Harris la pueden ver también en El viaje de los malditos (Stuart Rosemberg, 1976) y en esa comedia extravagante –madre a su manera de las comedias extravagantes que vinieron después– Ola de crímenes, ola de risas (Sam Raimi, 1985).

¿Se lo pueden creer?

Ha muerto Julie Harris.

Saludos, ya saben, desde este lado del ordenador.

Benditos roedores

Sábado, Agosto 17th, 2013

I.- VIVA LA PANDILLA DE RATAS

En esa pequeña película que es La hija del soldado nunca llora, Kris Kristofferson interpreta a un hombre maduro que intenta convivir con los fantasmas de su pasado junto a su familia en otro país, en otro planeta que no le recuerde que es el suyo.

El filme está basado en una novela de Kaylie Jones, hija del escritor norteamericano James Jones, un hombre de letras que alcanzó notable éxito en los años cuarenta y cincuenta con una serie de novelas donde mostraba la guerra desde el punto de vista del soldado como De aquí a la eternidad y La delgada línea roja, entre otras.

Si hay, sin embargo, un título de Jones que distingo del resto de su producción literaria es la profundamente conmovedora Como un torrente, donde cambia de escenario. La acción ya no transcurre en el frente sino se preocupa en relatar el intento de readaptación a la vida civil de su protagonista.

Un soldado.

Esta novela dio origen a una versión cinematográfica dirigida por Vincente Minnelli, con Frank Sinatra, Dean Martin y Shirley MacLaine como protagonistas.

El filme estrenado a finales de los años cincuenta puede entenderse como el lado serio y adulto de los hombres y mujeres que formaron parte de lo que se conoce como Rat Pack, un grupo de golfos y juerguistas millonarios que, con Sinatra a la cabeza, representan lo mejor y en cierta forma también lo peor del hedonismo con sello Hollywood.

Lo que sí tengo claro es que todos ellos vivieron a su manera, y que entre los tres grandes ases que formaron parte de esa pandilla, Sinatra, Martin y Sammy Davis Junior, siempre me decantaré por Dino antes que por La voz.

Probablemente porque Martin siempre ocupó un discreto segundo puesto, aunque como actor e incluso como cantante todavía continúa pareciéndome superior al gran Sinatra.

Tenía algo Dino.

Si lo escuchan, parece que casi se está riendo cuando canta al amor o al desamor.

Parece que todo se la trae floja.

Que enciende un cigarrillo y se encoge de hombros.

En cuanto a sus intervenciones en pantalla, a mí Dean Martin hace gloria como sheriff borrachín en Río Bravo (Howard Hawks, 1959) y en el papel de tahúr que interpreta en, precisamente, Como un torrente, donde esconde su cabeza bajo un impecable sombrero tejano.

Para los interesados en conocer las grandezas y miserias del Rat Pack recomiendo la lectura de un libro escrito con la devoción de un admirador: Rat Pack. Viviendo a su manera, de Javier Márquez.

Márquez cuenta muchas anécdotas de este grupo de amigos que intentaron vivir la vida como una fiesta. Con todas sus luces y sombras.

Se habla así de las conexiones con la mafia, de sus excesos, de sus ya legendarias cogorzas y, sobre todo, de su talento.

En este sentido, cabe recordar que la versión de Everybody loves somebody de Martin logró arrebatar el primer puesto en las listas de éxito a un grupo británico que en 1964 había logrado mantener algunas semanas su A hard day’s night en el puesto número 1 de las listas norteamericanas.

Claro que así se las gastaba Dino.

Y no solo con los cuatro de Liverpool, The Beatles.

Pregúntenle a los melenudos Rolling Stones cuando los invitó a su programa de televisión Hollywood Palace…

Pero no es de mi admirado Dean Martin de quien quiero hablar en este post.

Tampoco de Frank Sinatra ni de Sammy Davis Junior.

Ahí está el libro de Márquez para que conozcan cómo se las gastaban cuando estaban juntos.

No, este post solo quiere reseñar algunas de las películas que como banda rodaron como colegas y amigos.

Por el camino y en sábanas revueltas quedan mujeres como Marilyn Monroe, Ava Gadner y Kim Novak. También gente tan poco recomendable como Sam Giancana y litros, litros de buen bourbon.

Ecuación que da como resultado dos palabras para mí envidiables: Rat Pack.

La hedonista, elegante y divertida forma de vivir de una pandilla de ratas.

II.- EL ORIGEN DEL CLAN

El Rat Pack además de Sinatra, Martin y Davis estuvo formado por el estirado –lo siento, nunca me cayó bien– Peter Lawford y Joey Bishop. La división femenina contó con Shirley MacLaine y como estrellas invitadas con Judy Garland, Angie Dickinson, Marilyn Monroe y Lauren Bacall a quien se le hace responsable del nombre.

Bacall junto a su marido Humphrey Bogart acogieron en su casa en numerosas ocasiones a Sinatra.

Bogart, de hecho, le dio consejos sobre mujeres, la bebida y el mundo del cine en los comienzos de su carrera. Si para Dino el modelo fue George Raft para Frank fue siempre Bogart.

El origen del nombre, relata Javier Márquez en su libro, lo sugirió la propia Bacall una noche en la que encontró a su marido junto a otros amigos hasta arriba de alcohol. Curiosamente en esa juerga no se encontraba Frank Sinatra.

Bacall gritó: “¡parecéis una maldita pandilla de ratas!”

Cuenta la leyenda que una semana después y en el salón privado del restaurante Romanoff la pandilla eligió entre botellas de bourbon los cargos del recién creado Rat Pack, club, hermandad o como quieran denominarlo que nació en palabras de Bogey: “para combatir el aburrimiento y perpetuar la independencia. Nos admiramos a nosotros mismos y no nos preocupa nadie más”.

La directiva, votada democráticamente, quedó así:

Frank Sinatra, presidente.

Lauren Bacall, la casera.

Judy Garland, vicepresidenta.

Irving Lazar, secretario y tesorero.

Sid Luft, el carcelero.

Humprey Bogart, relaciones públicas.

Con el paso de los años hubo cambios.

Pero las juergas continuaron.

¡Viva Las Vegas!

III.- LAS PELÍCULAS

Los miembros del nuevo Rat Pack protagonizaron varias películas.

Solo he visto tres de las que, específicamente y como grupo, rodaron en el esplendor de sus carreras.

Tengo las tres en un apartado privilegiado en mi deuvedeteca y si bien admito que como cintas han perdido fuelle con el paso del tiempo, para todo seguidor de esta singular hermandad aún tienen esa capacidad de “alegrar el puñetero día”.

La cuadrilla de los once (Lewis Milestone, 1960).- Me encanta. Tanto, que la nueva versión y secuelas no me hace respirar la psicotrónica complicidad de la cinta original. Dean Martin, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. están en su salsa. El resto del Rat Pack también, esto incluye al estirado de Peter Lawford. Angie Dickinson es algo así como un sol y el golpe que la pandilla planifica para asaltar uno de los casinos de Las Vegas es deliciosamente tronchante. Encuentro claves, mensajes ocultos en las miradas que cruzan Sinatra y Martin. Martin, Sinatra y Sammy Davis Jr. Sí, sé que el filme ha envejecido pero para quien escribe aún le sabe a bourbon reserva.

Tres sargentos (John Sturges, 1962).- La película reunía todos los elementos para ser la gran película del Rat Pack. Pero no… Aunque late en toda ella el espíritu festivo del grupo. El guión lo firma William R. Burnett, uno de los mejores escritores de novela negra de todos los tiempos, quien recuerda en Backstory como tuvo ocasión de escribir una parodia para la pandilla de Gunga Din: “Era una buena idea pero Frank no sabía que hacer con ella. Así que volví a casa, pensé en ello e intenté imaginarme una forma de hacerlo. La ambienté en el Oeste, con esa fanática tribu de indios, y eso es Tres sargentos”. Burnett no dice que para elaborar la historia canibalizó Muros de adobe, una novela ambientada en el Oeste escrita en clave dramática en la que, sospechosamente, aparece también una fanática tribu de indios apaches. Los tres sargentos, para que nadie se llame a equívocos son Sinatra, Martin y Lawford. Sammy Davis Jr. aporta junto a una mula un discutible puntito humorístico.

Cuatro tíos de Texas (Robert Aldrich, 1963).- Pese a que la dirige un peso pesado como Aldrich, Cuatro tíos de Texas no termina por funcionar. Aunque cuenta con un excelente inicio de persecuciones y tiros que sirve para presentar a los personajes que encarnan Dean Martin, que hace como siempre de cínico vuelta de todo, y Frank Sinatra, un tipo ¿honesto? No, un capitalista en toda regla. En el filme emparejan a Martin con una explosiva Ursula Andress y a Sinatra con una igual de explosiva Anita Ekberg. Hay crítica a la codicia, personaje que interpreta muy bien ese excelente secundario del cine norteamericano que fue Victor Buono, que en la película encarna a un reptiliano banquero y como secundario villano un Charles Bronson que todavía ni soñaba en convertirse en estrella.

Y… esto es todo por hoy.

Esperando estoy mientras tanto a que me reciba la maldita pandilla de ratas.

Saludos, Jack Daniel en mano, desde este lado del ordenador.

Leer es una aventura…

Viernes, Agosto 16th, 2013

Su nombre es John Meade Falkner y soy consciente que no les dirá nada a muchos de ustedes aunque si revelo que fue el autor de El diamante (Moonflet), novela de la que el maestro Robert Louis Stevenson dijo “es la que me hubiera gustado escribir” espero que al menos a unos pocos se le encienda el interruptor y no descansen hasta encontrarla.

La edición que poseo y ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca está editada en Destino, 1989, y es junto a Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, dos títulos que, a mi juicio, son de referencia dentro del género de la aventura.

Un género, el de la aventura, para nada menor.

Como a tantas otras historias llegué primero a El diamante y también a Huracán en Jamaica gracias a sus dos excelentes adaptaciones cinematográficas, filmes que no se cansaban de reponer en televisión cuando la televisión aún funcionaba como eficaz vehículo de entretenimiento.

Los contrabandistas de Moonflet (Fritz Lang, 1955) es un título mayor en el cine de aventuras. Una obra redonda, deliciosa y que deja huella.

Protagonizada por Stewart Granger y un siempre colosal George Sanders, aún me conmuevo cuando veo esta película no ya por su tétrica atmósfera, retrato de personajes y contenida puesta en escena, sino por el respeto y el cariño con el que logra trasladar el espíritu de la novela original.

Recomendaría, en este sentido, que pese a ver visto un centenar de veces el largometraje, no se renunciara a leer la novela de Meade Falkner.

La versión de Lang no deja de resultar así, y pese a ser una grandiosa adaptación cinematográfica, una película que condensa una historia que como toda novela de aventuras que se precie no es otra cosa que un relato intenso de iniciación.

El diamante cuenta las peripecias del joven John Trenchard, un adolescente que narra en primera persona su peculiar odisea tras conocer al noble y duro Elzevir Block, jefe de una banda de contrabandistas que busca el diamante del legendario pirata Barbanegra.

“Me llamo John Trenchard y cuando comienza esta historia tenía quince años. Hacía varias años que había muerto mi padre y mi madre, y yo vivía con Miss Arnold, que era mi tía. Fue muy amable conmigo, a su manera, pero no pude tomarle cariño por su excéntrica rigidez y sequedad”.

El diamante, Moonflet, Los contrabandistas del Mooflet –Moonflet es la localidad en la que vive Trenchard– captura la atención del lector desde el minuto uno. Y sabe capturar la atención del lector desde el minuto uno porque Meade Falkner no solo fue un eficaz escritor para crear ambientes y atmósferas, sino porque supo ubicar en esos mismos ambientes y atmósferas a sus personajes.

Personajes, recordemos, que vemos a través de los ojos de un quinceañero.

No falta así cierta épica burlona en su retrato de Elzevir Block y de su grupo de contrabandistas, así como pinceladas con un inquietante tenebrismo cuando el protagonista desciende a la cripta donde presuntamente reposan los restos del pirata Barbanegra.

Perdonen así mi entusiasmo al reseñar estas líneas, porque no deja de resultar singular que esta maravillosa novela de aventuras leída con quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, cien años aún despierte mi adormilada alma de aventurero.

No sé, igual es por las lecturas que saco de la relación que mantiene el joven Trenchard con Block.

Trenchard ve en el jefe de los contrabandistas algo así como el padre que nunca tuvo y Block en Trenchard al hijo que le arrebataron.

Pero El diamante, como las buenas historias, cuenta otras historias y hace literatura.

En cuanto a su autor, reseñar que dejó escritas dos novelas más: The Lost Stradivarius (1895) y The Nebuly Cost (1903). También, que fue un triunfador en el mundo de los negocios. Lo escribo porque me entero leyendo la Wikipedia que hizo fortuna como ejecutivo en una empresa armamentística durante la I Guerra Mundial.

Nadie es perfecto.

Huracán en Jamaica es junto con La isla del tesoro, de Stevenson, la mejor novela de piratas de cuantas he leído…

Y créanme, he leído lo que se dice un montón de novelas de y con piratas.

Como todo hijo de vecino sabe, la historia inspiró otra gran película, Viento en las velas (1965) dirigida por Alexander MacKendrick, un cineasta por el que confesamos –esperamos– contagiosa devoción en este su blog que es elescobillon.com.

De su autor, Richard Hughes he conseguido en castellano además de Huracán en Jamaica (colección destinolibro, Ediciones Destino, 1989), El regazo del Atlas. Cuentos de Marruecos (colección Juvenil, Ediciones Alfaguara, 1987) y El zorro en la bohardilla (Editorial Sudamericana, 1963) que están muy bien pero que no arañan la grandeza de Huracán en Jamaica.

Una novela, esta Huracán en Jamaica, cuya lectura resultaría hoy políticamente incorrecta.

¿Por qué?

Hughes narra la aventura de un grupo de niños secuestrados por un grupo de patéticos bucaneros en aguas del Caribe y cómo las criaturas presuntamente inocentes se hacen con todos los miembros de la tripulación de ese navío que navega con bandera pirata.

Esta novela pone de manifiesto que “los niños siguen a sus mayores con el mismo afecto que las gaviotas a un barco”.

La novela, que es una novela de aventuras, está plagada de diálogos que parecen estar escritos al rojo vivo:

“Emily dormitó unos minutos; cuando despertó, aún estaba allí el capitán.

- Cuéntame de cuando eras pequeño –dijo la niña.

Jonson continuaba silencioso, tratando de proyectar su pesado espíritu hacia el pasado.

- Cuando yo era muchacho –dijo por fin–, no se creía de buena suerte engrasarse uno mismo sus botas marinas. Mi ti tiíata me engrasaba las mías antes de que saliéramos en el lugre.

Se calló durante algún tiempo.

- Hacíamos seis partes de la pesca… Una para la tripulación y una para cada uno de nosotros.

Eso fue todo. Pero a Emiliy le interesaba aquello enormemente, y al poco tiempo volvió a dormirse, feliz por completo.”

Tanto la novela como la película tienen una lectura curiosa y se me antoja que incómoda sobre la relación entre adultos y niños.

En un momento del libro un niño canta: “Érase una vez una llamada Emily, que durmió con un caimán”.

Pero nada es lo que parece.

Porque los inocentes aniquilan literalmente el espíritu de unos hombres rudos, curtidos en la mar, que se desarman cuando intuyen reflejos de su niñez perdida o nunca encontrada en el grupo de niños que han secuestrado.

Huracán en Jamaica es una novela moral.

Pero de una moralidad digamos que inquietante en estos tiempos de fascismo dulce que vivimos.

Su lectura despierta alarmas, aunque no sé si conciencias.

Su ética, que la tiene, aún confunde a los ciegos y tuertos.

Saludos, viento en popa, toda vela, desde este lado del ordenador.