Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Los dos rombos

Miércoles, Julio 17th, 2013

Entre las muchas cosas que traumatizaron mi niñez y adolescencia se encuentran los dos rombos con los que la autoridad competente avisaba a los padres de los contenidos sensibles que se iban a emitir.

Creo que desde ese entonces, los rombos y yo nunca nos hemos llevado demasiado bien. De hecho, se trata de un cuadrilátero paralelogramo que aún resisto a que entre en mi imaginario. Un imaginario que, últimamente, no hace otra cosa que viajar al pasado quién sabe si buscando la fuente de la eterna juventud, divino tesoro.

Como el protagonista de la serie Vive soñando, un pedazo grande de mi existencia se lo debo a la televisión. A perder horas y horas observando aquel aparatito primero en blanco y negro y más tarde en color.

No recuerdo, sin embargo, que en mi casa fueran muy estrictos con  aquello de los rombos, aunque hubo series, como una dedicada al doctor Jekyll y el señor Hyde que me fue vedada porque sus imágenes podían despertar pesadillas.

Pero no era para tanto, aunque quizá eso explique mi temprana afición por la literatura fantástica y que la otra mitad de mi vida me la dedicara a leer colorines de terror (Vampus, Rufus, Vampirella, Dossier Negro, Espectro…) y devorando, esa es la palabras, los cuentos de Hans Christian Andersen, Jacob y Wilhelm Grimm y también Las aventuras de Pinocho de Carlo Collodi, entre otros. Relatos, en definitiva, inquietantes.

Más tarde me inicié en la masonería lovecraftiana, de la que puedo decir sin rubor alguno que soy Maestro del grado 33.

Paradójicamente, la lectura de estos libros contribuyó a que mis pesadillas no estuvieran pobladas de monstruos. Mis pesadillas, entonces y ahora, resultan de un realismo embrutecedor que todavía hoy me hace abrir los ojos con el cuerpo empapado en sudor.

El conde Drácula, King Kong, los monos de El planeta de los monos eran amigos. De hecho, en las paredes de mi dormitorio colgaban fotografías de Boris Karloff como la criatura solitaria del doctor Frankenstein, y King Kong, la versión del 33. También Christopher Lee enfrentándose al mejor Van Helsing de la Historia del Cine, Peter Cushing.

Muchas de estas películas las descubrí cuando tenía la edad que recomendaban los rombos. Por eso considero a los rombos responsables de mi tardía educación sentimental con el cine dícese de terror. A los rombos y, ya lo hemos contado en este su blog, que no me dejaran entrar a verlas en los cines porque  solo eran para mayores de 18 años.

A medida que fui creciendo recuperé gran parte de todas esas cintas que no pude ver.  Eso hizo que todavía sienta algo por las producciones de la Hammer, y en especial por las coloridas y atrevidas películas que dirigió Terence Fisher en la edad de oro de esa ya mítica productora británica.

Guardo también un agradecido espacio en mi memoria cinéfila por los filmes que en los años treinta y cuarenta respaldó los estudios de la Universal. Muchas de cuyas películas aún me sorprenden.

Mi mayoría de edad coincidió, no obstante, con la moda del cine de sangre y tripas,  largometrajes que reducían su mensaje a la mutilación.

Entre los iniciados se hablaba mucho de 2000 Maníacos (Herschell Gordon Lewis, 1964) que casi nadie había visto y que fue algo así como el filme fundacional del subgénero. Llegaría después La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974) y la extremadamente feísta y violenta La última casa a la izquierda (Wes Craven, 1972) un filme aún perturbador, así como los estéticos y rocambolescos largometrajes de Dario Argento, que elevó eso que llaman giallo a la categoría de culto con permiso de Mario Bava.

No fui, de todas formas, un espectador fiel al gore, aunque entiendo que fue determinante en mi educación sentimental que viera en un cine, el Víctor si no me equivoco, esa comedia negra que es Posesión infernal cuando Sam Raimi todavía resultaba un cineasta gamberro y con ganas de meter bulla.

Llegó un momento en el que desaparecieron los rombos en la pequeña pantalla, y también que los porteros me dejaran pasar sin pedirme el Documento Nacional de Identidad. Tarjeta que me acompaña desde este entonces a todas partes más por obligación que por otra cosa. Algo así como llevar reloj aunque no te detengas a mirar las horas.

Me sorprende y me hace viajar al pasado –por eso y más– la noticia que el Gobierno de Expaña está trabajando para homogenizar los dos rombos, no uno, en cine, televisión y la red.

Me pregunto así cuántos traumas va a provocar esta decisión entre niños y adolescentes a los que sus padres no dejarán ver determinados contenidos si hacen caso de lo que recomienda la autoridad.

Pornografía, y de la mala, hay en espacios como Sálvame. También gore pero sin el sentido del humor de cintas como Raimi, Lewis y Romero.

Como saben algunos, George A. Romero es quien actualizó al muerto viviente tal y como lo conocemos en la actualidad. Un sonámbulo con solo una idea fija en su podrida cabeza: devorar suculenta y fresquita carne humana.

Hablaba el otro día con un amigo sobre los zombis y le dije que una de zombis no es una de zombis si no hay sangre y vísceras. Romero lo asumió cuando en la segunda entrega de su degenerada serie, cinta en la que se nota la mano de Dario Argento, rodó, precisamente, Zombi (Dawn of the Dead, 1978). Título que a mi juicio y pese a que no haya envejecido demasiado bien, es una de zombis de autor.

Tan de autor, que al final los zombis han terminando convirtiéndose incluso en serie televisiva y en películas donde se proponen delirantes metáforas sobre la crisis y el comportamiento que tenemos cuando actuamos como masa.

En La noche de los muertos vivientes (1968), esa pequeña película rodada en blanco y negro y con un presupuesto de risa, Romero que ya era un cineasta antes de que lo zombificara el sistema, no llegaba a tanto. Su intención, entonces, era inconsciente, que los zombis se degradasen luego intelectualmente es cosa de otros. Además, uno de sus potenciales atractivos  en contra del hombre lobo o el mismo conde Drácula que si se habían definido era porque tenían identidad es, precisamente, porque los muertos vivos carecían de ella.

En este aspecto, Romero se anticipó al advertirnos en lo que hoy nos hemos convertido: cuerpos  reanimados e idiotizados. Claro que alguno de ellos, los más inteligentes, cuando aprenden a hablar (porque los zombis ya hablan e incluso corren)  la primera palabra que sueltan no es papá ni mamá sino Cerebro. Así al menos lo reflejaba la divertidísima y estrafalaria The Return of the Living Dead (Dan O’Bannon, 1985).

Pero divago, lo que ya está comenzando a ser enojosamente habitual en estas apresuradas reflexiones escobilloneras.

Comenzaba este post con los puñeteros rombos y los traumas que despertaron en la primavera de mi existencia. Así que fue leer la noticia y que se abriera la Caja de Pandora, lo que por otro lado, quizá, explique la razón de estas líneas.

¿Un exorcismo?

(*) Para entender el fenómeno del cine de terror norteamericano de los setenta y ochenta recomiendo la lectura de Sesión Sangrienta, de Jason Zinoman, publciado en España por T&B Editores.

Saludos, de todo un poco, como en botica, desde este lado del ordenador.

La primera edición de Fimucinemá concede el premio Alex North a La quinta estación

Domingo, Julio 14th, 2013

Este año se celebró la primera edición de Fimucinemá, festival que tiene la peculiaridad de conceder un solo galardón, bautizado con el nombre del compositor Alex North, que no recae en actores, cineastas, guionistas sino a la mejor música de largometraje de ficción.

Fimucinemá nace con el Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife Fimucité,  que dirige el músico y compositor Diego Navarro, y que este sábado, 13 de julio, clausuró su séptima edición tras una semana intensa de conciertos y proyecciones de películas que airearon la atmósfera de una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, en la que además de caer un sol de justicia contó con el aroma pestilente de la Refinería. Un perfume que para los que vivimos en esta capital de provincias se ha convertido en un clásico.

ABRE PARÉNTESIS

¿Eso explica que los días que bajaba a TEA Tenerife Espacio de las Artes me imaginara lo extraño, y siniestramente inquietante, que resultaría ver a a la ciudadanía que aguanta con estoicismo año va y año viene esa pestilencia llevando máscaras antigas?

Creo, en todo caso, que no sería el mismo verano ni la misma ciudad si no respiráramos ese airecillo a huevos podridos y azufre…

CIERRA PARÉNTESIS

En la primera edición de Fimucinemá,  coordinada por el crítico y especialista Manuel E. Díaz Noda, el jurado decidió otorgar el premio Alex North a La quinta estación (Peter Brosens & Jessica Woodworth, 2012), una cinta desconcertante, que extrae lirismo de la inquietud y que cuenta con una banda sonora que encaja como un guante en su crónica serena sobre el fin del mundo.

No intento describir con palabras las sensaciones generadas por esta película para no caer en los errores en los que sí incurren otros, pero fue lo mejor que se vio de una selección de películas bastante irregular.

Irregular sobre todo en la aportación española, con dos títulos La venta del Paraíso (Emilio Ruiz Barrachina, 2012) y Summertime (Norberto Ramos de Val, 2012) muy decepcionantes en su conjunto, aunque la cinta de Ramos de Val se toma a guasa, lo que disculpa su huida ¿hacia adelante o hacia atrás?

Otro de los largometrajes que se exhibió en Fimucinemá fue Kon-Tiki (Joachim Rønning & Espen Sandberg, 2012),  un filme que con todos sus defectos no deja de resultar una entretenida y atractiva aventura en el mar en la que se recrea el viaje que emprendió Thor Heyerdahl, con cuatro chalados más, a bordo de una embarcación de madera para demostrar su teoría: que los pobladores de la Polinesia podían descender de los antiguos peruanos.

También se vio Irina, La Mallete Rouge (Bernanrd Mazauric, 2013), que pese a la parquedad de sus medios sabe tocar teclas sentimentales; The Weather Outsider (Jason Freeman, 2012), una producción que no termina por casar bien una de fantasía con mensaje pero travestida en clave negrocriminal, y Hay Days (Lance Lindahl, 2013), otra pequeña producción independiente repleta de canciones, muchas de ellas country que, al margen de sus resultados estrictamente cinematográficos, gustará si te gusta este tipo de música.

El jurado de la primera edición de Fimucinemá estuvo formado por la coordinadora de la Filmoteca Canaria, María Calimano; el realizador y guionista Andrés Koppel; el realizador Eddy Cardellach: el compositor y músico Fernando Ortí y quien ahora escribe estas líneas.

De vuelta a casa, y tras pasar un domingo difrente, pienso que a modo de arranque, de inicio de un festival al que le deseo la mejor suerte del mundo, Fimucinemá necesita ahora crecer como ya ha crecido su hermano mayor, Fimucité, cita con la música de y para cine que este año celebró su séptima edición.

Saludos, Wiillie Nelson suena de fondo, desde este lado del ordenador.

Aflicción

Viernes, Julio 12th, 2013

Mucha gente no se acuerda ahora pero los vídeo clubes fueron durante mucho tiempo algo así como oasis en los que podías ver todas aquellas películas que por una u otra razón no se estrenaban o no te dejaban ver en los cines.

Cuando estos establecimientos irrumpieron con atronadora fuerza en los ochenta más de un vocero se atrevió entonces a afirmar que su implantación suponía la muerte del Cine. Pero el Cine lleva muriéndose desde su traumático tránsito silente al sonoro y desde su coqueto y personal blanco y negro al color…

Eso hace que no preste demasiada atención a quienes continúan pontificando que el Cine agoniza.

Otra cosa distinta es observar cómo está afectando sus continuos cambios a la industria y también al extrarradio que hay montado en torno suyo. Extrarradio en el que incluyo a los vídeo clubes, espacios ya he dicho que durante un tiempo fueron algo así como un oasis en los que saciarme…

Todavía soy socio de tres de estos establecimientos en la capital de provincias en la que vivo. Soy un cliente veterano que aún se refugia para alquilar una o dos películas en los vídeo clubes que permanecen numantinamente abiertos. Últimamente llevándome bajo el brazo megatrónicas producciones que por razones estrictamente económicas he renunciado a disfrutar en un Cine.

En este sentido, podría pasarme las horas divagando sobre lo diferente que resulta ver una película en una sala a oscura, rodeado de desconocidos que devoran cotufas y sorben refrescos, que en la soledad acogedora de tu casa… Aunque durante unos años defendía todo lo contrario.

Es decir, lo maravilloso que era ver una película en un Cine y no en tu casa.

No sé así si este cambio de percepción se debe a una cuestión provocada por la edad. Aunque más que de edad, se trate de comodidad.

Solo sé que numerosas han sido las películas que descubrí gracias a los videos clubes. Recuerdo en concreto un título que se ningunea en la filmografía de John Milius, Adiós al rey.

La vi dos veces seguidas en aquel televisor de pantalla de bolsillo. Así que si la han visto sabrán porque escribo ahora lo de ¡suerte, inglés!

A esta película, como me pasa con muchas versiones cinematográfica, llegué primero por la novela del mismo título de Pierre Schoendoerffer, un libro de cabecera si tienes debilidad por el género de la aventura. Claro que me pasó algo con su versión cinematográfica. La versión de Milius se hizo mía. Tanto, que la vi dos veces seguidas. Y esas dos miradas resultaron diferentes. Fue como si viera dos películas distintas que solo resultaban semejantes en las partes que me emocionaban.

Gracias a los vídeos club malgasté una gran parte de mi última adolescencia y primera juventud metiéndome en la cabeza y en el corazón películas que se decían de terror, y que se producían como chorizos en aquella época de esplendores gore, sangre y tripas a gusto de consumidores con ganas de hacer afición y culto, así como de otros títulos que me conmovieron profundamente.

Un amigo al que no veo hace ya mucho, se convirtió por ejemplo en un experto en la obra de Tinto Brass.

Intentó en su labor de hacer prosélitos en convencerme de las bondades del cine de Brass. Pero yo me quedé con esas dos extravagantes fantasías eróticas que son Salón Kitty y Calígula. Ambas cintas ocupan de hecho un espacio en mi deuvedeteca. No así Portero de noche (Liliani Cavani, 1974) para escándalo de algunos.

Lo mejor de aquel despertar resultaba, sin embargo, alquilar películas con un grupo de amigos que solíamos reunirnos en el kiosco de la Paz, siempre la Paz, para hacer una vaquita con la que alquilar una o dos películas así como comprar en el súper –en esos tiempos era súper, no supermercado– arguito para beber y comer.

No era raro por eso que entre tantas películas que alquilábamos se colase alguna realmente buena antes de que se pusiera de moda entre nosotros hacer lo mismo pero con una porno.

Vi así Pandora y el holandés errante.

Una película que no he vuelto a ver pero de la que sí recuerdo a sus dos actores protagonistas.

Una actriz y un actor que en mi imaginario están más allá del bien y del mal.

Ella se llamaba Ava y él James.

Una se apellidaba Gadner por Grande y el otro Mason, que no es lo mismo –o sí– que hermano masón.

En cuanto a las pornos, se trataban de sesiones bastante golfas en la que nos divertíamos más que viendo la película, con los chascarrillos que soltábamos. Y es que resultaba imposible ponerse a caldo entre tanta gente.

Escribo todo esto, y pese a que no se note, triste.

Esta misma tarde uno de los dueños de los tres vídeos clubes de los que soy socio me informa que tira la toalla.

Que cierra el negocio a finales de este caluroso y apestoso julio.

Una pena, y así se lo hago saber al tipo.

Mientras doy un rodeo por esta ciudad en la que cae un sol de justicia y huele a pedos de la Refinería, pienso que probablemente he visto más películas en vídeo, ahora dvd, que en Cine. Y que si hay suerte, aún serán más las que veré en el salón de mi casa que en Cine.

Por eso, algo se muere en el alma cuando me entero que cierra un vídeo club.

Lo echo de menos.

No ya por la oferta de películas que ofrece sino por las conversaciones que cojo al vuelo mientras pacientemente hago cola para pagar el alquiler de la cinta.

Fragmentos de consultas, recomendaciones y opiniones que desarman por su escueto, aplastante juicio crítico:

- Fuerte mierda.

- Total.

Pregunto a uno de los dueños del vídeo club

- ¿Te ha llegado la de Parker?

- Se acabó. Cerramos a finales de julio. Ya no traemos novedades.

Digiero la info.

Adiós, Parker.

Y vuelvo a preguntar:

- ¿Qué van a hacer con todas estas películas?

- Las vendemos.

- ¿Y las que no?

Silencio.

Y pienso gore:  “trituradas y a la basura”.

O a la puta calle.

Esa misma calle que recorro ahora y que apesta a azufre.

Tan metido voy en mi mundo que cuando voy a cruzar un paso de peatones doy un brinco cuando una furgoneta de la Policía Nacional casi parece querer arrollarme.

Miro a los ojos del policía que está detrás del volante.

Hace un gesto vago para pedirme disculpas.

Y no,

no,

esto no pasó en una película que alquilé en un vídeo club.

(*) En la imagen Nick Nolte en Aflicción (Paul Schrader, 1998)

Saludos, la vida es eterna en cinco minutos, desde este lado del ordenador.

“Philip Marlowe”, dijo Robert Mitchum

Lunes, Junio 17th, 2013

La culpa la tuvo una mala adaptación al cine de El Sueño eterno, Detective privado (Michael Winner, 1978), cinta que entre otras irreverencia trasplantaba el universo de Los Ángeles al gélido escenario londinense aunque su protagonista, el actor que encarnaba a Philip Marlowe, se convirtió desde ese día en el verdadero, en el único, en el insustituible detective privado amante de las causas perdidas.

¿Su nombre? Robert Mitchum, ya con bastantes años encima, y que en esta película repetía el mismo papel tras el relativo éxito alcanzado por Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975), pulcra adaptación de una de las mejores novelas que Raymond Chandler dedicó al investigador aficionado a los gimlet y los cigarrillos Chesterfield.

Pero esta versión de Adiós, muñeca llegó tiempo después que viera en el cine –Cine Numancia, aún lo recuerdo numantinamente y como si fuera ayer– Detective privado con un Bob Mitchum al que todavía le faltaba tiempo para el sueño eterno. En el filme de Winner, mientras tanto, reparte justicia por las neblinosas (¿o son nebulosas?) calles, mansiones de Londres…

Después fue cuando leí a Chandler.

Cuando leí sus novelas y relatos protagonizados por Marlowe.

Y en todas, El largo adiós, La hermana pequeña, La ventana siniestra, Adiós muñeca, El sueño eterno, Playback e incluso la inconclusa Poodle Springs, que terminaría Robert B. Parker, todo un purasangre del género y que fue llevada al cine con James Caan como el detective privado que nunca probó el sabor de la gloria, Marlowe era Mitchum.

¿Hace falta que lo mastique?

En todas esas novelas, y en los relatos Marlowe, Robert Mitchum fue su encarnación perfecta en mi imaginario, en mi construcción de las historias que narraba con lirismo de perdedor Raymond Chandler. Un escritor, Chandler, al que todos los que leíamos citábamos en unos años de instituto que ya se han ido por el sumidero de la historia y del que conseguí en esa misma época de entusiasmos febriles y probablemente guiado por los fantasmas del mismo Chandler y de Mitchum, La vida de Raymond Chandler, de Frank MacShane (colección Libro Amigo, editorial Burguesa 1977, en una excelente traducción de Pilar Giralt) donde el propio escritor describe a su ¿héroe? como: “Tiene un sentido del carácter, o no conocería su trabajo. No acepta el dinero de otro deshonestamente ni soporta la insolencia de nadie sin una venganza debida y desapasionada. Es un hombre solitario, y su orgullo quiere que le traten como a un hombre orgulloso, o lamentarán haberle conocido. Habla como un hombre de su edad, es decir, con rudo ingenio, un gran sentido de lo grotesco, repugnancia por el fingimiento y desprecio por la mezquindad.”

Bob Mitchum, que es junto a Kirk Douglas un actor de hoyuelo en la barbilla, encaja a la perfección en esta descripción chandleariana sobre su criatura más famosa.

Y no es que ubique en segundo lugar el trabajo de Bogart, ni el de Robert Montgomery en su todavía desconcertante La dama del lago, filme que cuenta la historia a través de cámara subjetiva, lo mismo que deseaba hacer Orson Welles con su frustrada adaptación de El corazón de las tinieblas, relato conradiano donde, curiosamente, su protagonista se llama Marlow. Un Marlow al que solo le falta una e para ser Marlowe que es como reconocemos a Philip. Philip Marlowe.

Ese mismo Marlowe, con e, fue interpretado también por James Garner y Elliott Gould. Pero Gould, a mi juicio, no resultó un buen Philip Marlowe, tampoco una película para recordar El largo adiós, que dirigió Robert Altman en 1974 con entusiasmo renovador. Interés por ubicar al detective privado en la época en la que se rodó este filme que adapta la que considero la mejor novela de Chandler con Marlowe como protagonista.

El largo adiós, la novela, contagia su pesimismo.

Su tristeza eriza la piel.

Y todo porque, ya saben, la traición no es una de las bellas artes.

Me encuentro estos días releyendo precisamente El largo adiós.

Una novela que redescubro tras la tercera lectura que le dedico.

Es como si empezara de nuevo, como si me reencontrara otra vez con Marlowe.

El personaje crece en mi cabeza pero siempre como Robert Mitchum.

Un Mitchum que lleva gabardina. También sombrero y las manos metidas en los bolsillos mientras observa con mirada de no-me-creo-nada la telaraña de mentiras que debe de desenredar.

Cuenta la leyenda que para Chandler Marlowe era Cary Grant.

No sé así que habría pensado de Mitchum encarnando a su personaje.

Quiero imaginar, no obstante, que le habría gustado.

Ese hombretón destila tras su físico una ternura que lo convirtió en estrella.

Y esa misma estrella aún fulguraba cuando llegó a encarnar al detective privado en el otoño alimenticio de su carrera.

Así que dicho esto es mi mejor Philip Marlowe.

Ni Bogart, Ni Caan, ni Montgomery, ni Gould, ni Garner…

Cuando leo las novelas que Raymond Chandler le dedicó a su caballero sin espada no hay otro Marlowe que no sea Mitchum.

Un hombre que parece triste, solitario y final.

Saludos, decir adiós es morir un poco, desde este lado del ordenador.

Pronto, muy pronto… El precio del poder

Domingo, Junio 16th, 2013

 

“¿Que miran? No son más que una pandilla de cretinos ¿Y saben por qué? Porque no tienen huevos para ser lo que quieren ser, necesitan a personas como yo para poder señalarlas con el dedo y decir: ése es el malo. ¿En que les convierte eso? ¿En los buenos? No son buenos, simplemente saben esconderse. Saben mentir. Yo no tengo ese problema. Yo siempre digo la verdad. Incluso cuando miento. Así que darle las buenas noches al malo. Vamos, es la última vez que van a ver a un tipo malo como yo. Vamos, apártense que va a pasar el malo. El malo quiere pasar. Será mejor que se aparten…”

(El precio del poder, Scarface, Brian de Palma, 1983)

Saludos,  How are you?, desde este lado del ordenador.

Otra vez con el Cine Víctor ¿a Dios pongo por testigo que no volveré a pasar hambre?

Martes, Junio 4th, 2013

En los años ochenta se multiplicaron como setas en las dos capitales canarias los multicines, espacios que junto al fenómeno del vídeo, en aquel entonces muy popular, bastaron para dar el tiro de gracia a la sala tradicional, al palacio que nos prometía por el valor de una entrada un viaje a la tierra prometida.

Que es la de nunca jamás.

La aparición de las salas múltiples en Santa Cruz de Tenerife coincidió también con el tímido renacer del cine en esa década moralmente ominosa en la que por primera vez oí hablar de los yuppies, personajillos vestidos con traje y corbata, que alisaban su cabellera con litros de brillantina y ganaban dinero haciendo del arribismo una religión y cuya mayor aspiración en la vida era parecerse no a un caballero ambiguo y encantador como Cary Grant sino a Mario Conde.

La primera sala de este tipo que comenzó a funcionar en Tenerife fue el Oscar’s, y a ella le debo experiencias visuales y espirituales como Excalibur, de John Boorman; Blade Runner, de Ridley Scott, antes de que se nos volviera tonto; la decepcionante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) para los que nos habíamos quedado con la lengua fuera tras El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y Viaje alucinante al fondo de la mente, que para la pandilla con la que me movía en aquellos días fue algo así como el no va más…

… O la película que suscitaba encendidos debates una vez salías de la sesión, pienso ahora que originados más por la necesidad de hacernos creer que lo que habíamos visto era otra cosa y no la excéntrica tomadura de pelo que fue.

Ya saben, una película más firmada por el Baz Luhrmann de aquel tiempo, su graciosa majestad Ken Russell.

Tras el éxito de los Oscar’s, y muy próximos, el cine Greco, el fantástico cine Greco  de aquellos tiempos color sepia, terminó también claudicando a su señor Hyde transformándose en multicines; como El Price en multicines Price, hoy Renoir Price.

La fiebre por las salas múltiples se contagió también a La Laguna, donde aparecieron los multicines Aguere, hoy reconvertido en espacio socio cultural.

Parece mentira contado así, pero el fenómeno de las multisalas como sucedía en el resto del territorio nacional vivió una época de leche y miel que hoy cuesta trabajo imaginársela.

Y eso que quien les escribe fue testigo de aquel proceso. Proceso, hemos dicho, que supuso la muerte de la sala de cine tradicional.

Todo esto que explico viene a colación a propósito de una información en la que se anuncia que el Cine Víctor, situado en la plaza de La Paz de Santa Cruz de Tenerife, y sala cuya trayectoria ha resultado de existencia errática desde que los tiempos de leche y miel dejaron de manar, abrirá sus puertas dentro de un mes como sala de cine, dejando atrás su frustrada experiencia como sala de variedades.

La noticia, leída así, asombra.

O me asombra porque parece ser que se ha alcanzado un acuerdo entre los dueños del Víctor y la empresa EST ocio SL –de la que no encuentro referencias en Internet– que tiene la idea de continuar adelante para convertirla en una “sala dedicada de forma casi exclusiva a la exhibición de películas.”

Leído así parece una inocentada.

Sobre todo si atendemos a las cifras en franco descenso de público a las multisalas, algunas de las cuales se plantean incluso si ya es hora de poner el cartel de cerrado.

Muchas son las razones que explican esta recesión, qué les voy a contar a ustedes, por eso me llama poderosamente la atención leer que el contrato se firmará el viernes, 7 de junio, entre los dueños de la sala y Eladio Fraga, a quien tengo el gusto de conocer y con quien me detengo en ocasiones para hablar sobre lo divino y sobre lo humano y personaje que tiene ideas claras con respecto a la actual situación económica que vive esta isla, el archipiélago y el país del que forma, formamos, parte.

Por eso, mientras escribo, no deja de ser contradictorias las sensaciones que me asaltan.

Por un lado, celebro que se anuncie que el Cine Víctor vuelve a encender sus luces y que la exhibición de películas formará “el grueso casi exclusivo de su programación”; pero por otro es inevitable que me pregunte por la rareza que un tipo como Fraga se meta en esta empresa.

Quiero imaginar que habrá visto negocio…

Aunque ese negocio incluya una reforma profunda de la sala, bastante descuidada si uno pasa todos los días, como es mi caso, frente a su antaño palaciega entrada.

Otra cuestión es si este hipotético Víctor, que quiere volver a su papel de doctor Jekyll, ¿qué tipo de cine ofrecerá?

A Eladio Fraga lo conocí en su etapa al frente de los Oscar’s.

Un hombre con los pies sobre la tierra y con una idea muy clara del negocio.

Mide la calidad de la película según su rentabilidad en taquilla.

No le hables así de cine que solo entienden los friquis.  

Los primeros multicines que operaron en la capital tinerfeña llegaron además en un momento de cambios de los que todavía nos estamos recuperando…

Por ello, que sea el mismo Eladio quien se disfrace de Rhett Butler para recuperar Tara –el Víctor– para la caprichosa, pero también abnegada Scarlata –Santa Cruz de Tenerife– me desarma. Y me sabe a curioso déjà vu.

Y pienso que con la que nos está cayendo…

Con el titánico esfuerzo con el que la mayoría estamos resistiendo…

… Pues va a resultar verdad que la esperanza nos mantiene.

 Saludos, después de todo, mañana será otro día, desde este lado del ordenador.