Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Las dos caras de una misma moneda

Martes, Mayo 28th, 2013

“La gloria, como todo el mundo sabe, tiene un sabor amargo”

(El marino que perdió la gracia del mar, Yukio Mishima)

La historia de Joey Coyle es la historia de un perdedor aunque la fortuna, que tiene muchas caras, alguna de ellas bastante macabras, le salió al paso cuando encontró en plena calle dos sacos con un millón de dólares.

A partir de esta historia real, el periodista norteamericano Mark Bowden reconstruye unos hechos que visto desde la distancia tiene cierto sabor moral. Y un ligero aroma a paradoja, suscita también preguntas. Alguna de ellas tan inquietantes como ¿qué harías si por un golpe de suerte descubres tirado en la calle dos bolsas con semejante cantidad de dinero?, ¿reaccionarías cómo lo hizo Coyle?

Joey Coyle, desempleado y aficionado a todo tipo de sustancias ilegales, apuesta por quedárselo, pero no cierra la boca y canta su hallazgo a los cuatro vientos.

¿Por qué? Bowden sugiere que a Coyle lo que le anima más que la codicia es que su entorno lo reconozca, que aprenda a verlo de otra manera, a que se descongele la imagen de perdedor que tiene en su comunidad mientras reparte grandes suma de dinero entre amigos e incluso la mafia, para que lo limpie, de Filadelfia.

La historia, excelentemente narrada en Por un millón de euros (RBA, 2003) y libro que puede conseguirse a un precio de risa en algunas de las librerías de la ciudad que habito, es un documento periodístico de primer orden, y sin lugar a dudas uno de los mejores trabajos que he podido leer de Bowden, responsable también de las historias Black Hawk derribado y Matar a Pablo Escobar, títulos no obstante en los que le pesa su ambiguo patriotismo, aunque reportajes eficaces ya que reflejan las claves de una derrota que todavía mancha el historial de las fuerzas armadas estadounidenses y la caza a un hombre que se convirtió en enemigo público del planeta antes de que emergiera Osama bin Laden, personaje cuya ejecución centra The Finish, volumen en el que Bowden asegura que la CIA obtuvo la pista de donde se refugiaba el fundador de Al Qaeda a través de los malos tratos a los fueron sometidos los prisioneros acusados de pertenecer a esta organización paramilitar yihadista.

Una reflexión sobre el éxito y el fracaso es lo que también propone el interesante documental Searching for Sugar Man (Malik Bendjelloul, 2013), la historia de un cantautor norteamericano de los años setenta, Rodríguez, que tras editar dos discos que resultaron sonoros fracasos, desapareció del universo musical aunque renació en la Sudáfrica cerrada y racista de los años ochenta como una voz que contribuyó a romper aquel férreo sistema policial.

Lo insólito de esta historia es que mientras sus discos se vendían en Sudáfrica, nadie conocía en los Estados Unidos la fama que había alcanzado al otro lado del Atlántico.

El documental reconstruye así en un laborioso proceso de investigación qué fue de Sixto Rodríguez, personaje al que la leyenda da por muerto aunque vive modestamente en una fría e industrial ciudad del norte, Detroit, cuna de la Motown.

Como todo documental que se precie, Searching for Sugar Man es un trabajo. manipulador, que no periodístico, y precisamente por eso emociona al público. Un público ávido de historias que terminen con un final feliz aunque Rodríguez, de una desarmante humildad, continúa viviendo como siempre, satisfecho solo que cuarenta años después se haya terminado por reconocer su trabajo en el mundo de la canción.

El caso de Joey Coyle y el de Rodríguez son así las dos caras de una misma moneda. Una curiosa e inquietante reflexión sobre el éxito y el fracaso. O la ambición de ser reconocido por un milagro envenenado caído del cielo, o el talento de un hombre que por esos azares del espectáculo, vivió casi toda su vida ignorando lo que la fuerza de sus letras había logrado conseguir en un Estado que, como el sudafricano, se había cerrado al mundo tras un telón de acero.

(*) La historia de Joey Coyle fue llevada al cine en 1993 en una película dirigida por Ramón Menéndez con el título de Money for Nothing.

(**) Searching for Sugar Man se pudo ver el fin de semana pasado en TEA Tenerife Espacio de las Artes. El documental, no obstante, circula ya en copias de dvd.

Saludos desde este lado del ordenador.

Una auténtica entrevista falsa con Vin Diesel

Lunes, Mayo 27th, 2013

- Señor Diesel, antes que nada le agradecemos esta auténtica entrevista falsa que nos concede. Somos conscientes que es un hombre muy ocupado.

- Nada hombre, para eso estamos. Escupa.

- ¿Que escupa?

- Demonios, que pregunte de una puta vez…

- Bueno, nos gustaría saber si le gustó lo que vio de Canarias.

- ¿Canarias, ónde está eso?

- Muy pegadito a África, pero son una islas que pertenecen a España, que a su vez está dentro de una cosa que se llama Europa.

- Ya.

- Mmmm, ¿le gustó Canarias?

- Es que ahora mismo…

- En esa tierra se rodó la sexta entrega de Fast & Furious.

- La de los coches… ya, ya…

- ¿Le suena Garachico?

- Mu bonito. Mu bonito todo. Hace buen tiempo ahí, ¿no?

- Sí, por norma general.

- Me encanta sudar.

- Será por las horas que le dedica al gimnasio.

- ¿Eh?, ¿no será usted uno de esos listillos que piensa que por preocuparme por mi físico tengo un cerebro de mosquito?

- Vágame Dios, no he querido decir eso…

- Conozco a los tipos de su calaña. A mi no me engaña nadien.

- No se levante del asiento, señor Diesel… Yo solo preguntaba…

- Preguntar, preguntar… Soy Vin Diesel, el puto amo.

- Vuelva a sentarse, haga usted el favor.

- Me siento porque soy un hombre de paz. Ahora pregúnteme qué libro estoy leyendo…

- ¿Qué libro está leyendo?

- ¿Cómo?

- Que ¿qué libro está leyendo?

- Alicia en el país de las maravillas. ¿A que le sorprendo?

- Yo imaginaba algo más nietzcheano.

- Esa etapa la superé. Hace mucho, mucho tiempo.

- ¿Qué opinión le merecen las películas Fast & Furious?

- Que es una manera divertida de ganar dinero.

- Pero habrá algo más que ganar dinero…

- ¿Cómo qué?

- No sé, ver mundo. Por ejemplo, parte de la sexta entrega de Fast & Furious se rodó en Canarias…

- Y dale con Canarias.

- Es que…

- ¿En ese sitio se comen unas papas con piel?

- Pues sí, las llaman papas arrugadas y con mojo están que…

- El mojo es esa salsa que le ponen, ¿no? Una roja y otra verde, ¿no? La roja me dio ardor de estómago, casi suspendemos el puñetero rodaje por eso… Ay que malito me puse.

- Al margen de las papas, ¿qué recuerdos guarda de su estancia en las islas?

- Es que no sé muy bien de que islas me habla…

- De Canarias, donde le pusieron las famosas papas…

- Ya no me acuerdo. Viajo mucho, sabe usted. Yo soy más de comida sana. Hago ejercicio. De hecho, debería usted hacer ejercicio.

- A mi edad…

- Pamplinas. No hay nada como levantar pesas, sudar y olvidarte de los problemas.

- ¿Tiene usted problemas?

- Ni se los imagina. Estoy harto de que gente como usted piense que soy un trozo de carne con ojos…

- Yo…

- No se haga el listillo, he leído lo que ha escrito sobre la película.

- Pero ahí digo que usted, cuando cae en manos de un director con talento es un buen actor…

- ¿Actor?, ¿quiere usted decirme que entiende por eso de actor?

- No sé, así, a bote pronto… ¿alguien que interpreta a otro?

- Mmmm, no lo había pensado.

- ¿Le gusta su trabajo?

- ¿Hasta cuando voy a tener que  aguantar tantas estupideces juntas…?

- Usted perdone…

- Aligere y vaya al grano.

- Me he quedado sin preguntas.

- Pues improvise.

- ¿Cuál es su director favorito?

- Manoel de Oliveira.

- Usted bromea.

- ¿Por qué iba a bromear?

- No sé, las películas que hace y las que rueda ese señor se encuentran en las antípodas.

- En las antípodas vas a irte tú cuando te rompa la crisma.

- No se me sulfure… Yo es que pedí una entrevista con la Pataky, con la Rodríguez y con la Brewster y no hubo manera.

- Todos dicen lo mismo.

- Yo… Le agradecería que no cerrara los puños que me está dando miedo.

- Pues verá cuando me ponga en plan Las crónicas de Riddick.

- Serénese, Diesel no es un tipo que le pegue a un tío que lleva gafas. ¿Qué pensaría sus seguidores?

- Pues cállese de una vez.

- Conste que lo hago por ellos.

- ¿Por quiénes?

- Por sus seguidores, naturalmente.

- Ya.

- Ya.

- Le concedo una última pregunta, que lo veo nervioso.

- Yo…

- Pregunte, pregunte…

- Ehhh… Ehhh… Pues nos gustaría saber si le gustó lo que vio de Canarias.

- Tú te lo has buscado, chaval.

Saludos, el reportero Tribulete que en todas partes se mete, desde este lado del ordenador.

Una estafa rápida y furiosa

Miércoles, Mayo 22nd, 2013

Las persecuciones y carreras de automóviles ha sido un tema recurrente en la historia del cine. Sin ánimo de resultar pesado, cualquier aficionado recordará los inolvidables cortometrajes cómicos de la Keystone Cops, y más recientemente y dentro siempre de las películas fabricadas en Hollywood, títulos que permanecen en nuestra memoria por sus espectaculares escenas de cohes como French Conection o Bullit. Sin olvidar, claro está, The Driver (Walter Hill, 1978) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), en el que estas situaciones de alto riesgo se toman muy en serio, consiguiendo fusionar máquina y persona y que espectadores como quien ahora les escribe, que no sabe qué hacer con un volante entre las manos, sienta lo que debe ser un as de la carretera.

En los últimos años, sin embargo, el cine con automóvil ha degenerado en un discurso por la velocidad que preocuparía al mismísimo Marinetti. Lo escribo así porque ya no se trata de explorar la relación hombre-máquina, sexualidad en la que indagó el inquietante David Cronenberg en su aclamada Crash (1996) o Paul Haggis como metáfora de las relaciones humanas en Crash (2004), sino en contar historias (¿?) donde lo que importa es cuanta chatarra dejan los protagonistas diseminadas por la autopista.

Esta nueva vertiente, cuenta con sus clásicos, Los locos de Cannobal o La carrera de la muerte del año 2000, películas que si todavía sobreviven es porque no se tomaban en serio; color que desgraciadamente falta en las últimas producciones que llegan a los cines, todas ellas protagonizadas por actores cuyo nivel interpretativo se mide por el tamaño de sus bíceps, tías güenas y coches tuneados, elementos que se dan cita en la serie, son seis ya sus repetitivas entregas, Fast and Furious.

Este viernes, 24 de mayo, se estrena en salas este largometraje que dirige, es un decir, Justin Lin, con los mismos actores que han venido encabezando el reparto en sus anteriores capítulos, aunque en esta ocasión cuenta con el aliciente para el público nacido y/o residente en Canarias, ya que algunas de sus escenas se rodaron en localizaciones de Tenerife y Gran Canaria.

La película empieza de hecho en las Islas Canarias, concretamente en uno de los pueblos más bellos de Tenerife, Garachico, y varias de sus escenas de acción también se desarrollan, aunque sin determinar, en carreteras de esta tierra.

En este sentido, y confeso seguidor del cine de acción con automóviles incluidos, apunto que éste y no otro –es decir, que el filme se haya rodado en parte en el archipiélago– es uno de los escasos atractivos de esta cosa que dice ser una película y cuyo estreno en cine solo obedece a continuar explotando el filón Fast & Furious, serie que con el paso de los años ha ido estirándose como un chicle al que apenas le queda ya sabor a fresa.

Al margen de su insustancial guión, al margen de que este producto intente acariciar las megalomanías del universo Bond; al margen de que reúna todos los defectos del cine de acción de estos agitados y convulsos tiempos, no es que la sexta entrega de Fast & Furious sea una mala película, que lo es, sino que sorprende por su grado de estupidez para todo seguidor del cine de cuatro ruedas.

“Conduce o muere” es el lema de los rápidos y furiosos. Así que muéranse de una puta vez es el pensamiento que no deja de rondarme por la cabeza mientras contemplo sus presuntas escenas de impacto, las de persecuciones a todo gas que están pésimamente rodadas y las peleas, casi siempre cámara en mano, alambicadas por un montaje que sufre el mal de San Vito. Huelga decir que no recoge en ningún momento el viejo y añorado espíritu de las cintas que hemos citado con anterioridad.

Esto me hace reflexionar que como producto de acción es un vehículo –¿cogen la ironía?– que puede frustrar a la legión de seguidores por este tipo de cine cañero, aunque soy consciente que existe otro público, ese que espera espectaculares colisiones aunque apenas se muestren por culpa de un velocísimo montaje, que se queda satisfecho con muy poco. Y si ese poco es una celebración del macarra reconvertido en pijo de asfalto, rodeado de cohes, música estruendosa y tías güenas, tanto mejor.

Vista con otra perspectiva, Fast & Furious carece de la ironía de algunos de sus ilustres precedentes, pienso ahora en la trilogía The Transporter o en las felizmente delirantes Crank, todas ellas protagonizadas por Jason Statham, un tipo que se ha metido a actor solo para ganar dinero –ahí su cameo final en Fast & Furious 6– y del que sospecho costernado ha quemado sus neumáticos para participar en productos como éste. Muy cotufero, sí, pero sin sal.

Los guionistas, que los hubo, no se rompieron la cabeza. Lo escribo para explicarme este despilfarro multimillonario que al menos, miremos su lado bueno, dio trabajo durante unos días a un puñado de habitantes de estas islas donde la palabra trabajo ya sabe a milagro. 

El sexto capítulo de Fast & Furious por contar, no cuenta nada. Pero no pasa nada, porque quien puso la pasta dedica este largometraje y sus capítulos precedentes a ese espectador que asocia cine con un cubo gigante de cotufas sin sal.

Puestas así las cosas, no sorprende que en boca de sus héroes/rebenques salgan frases tan chispeantes y con doble sentido como “es dura y tiene cabeza”; y que los protas, porque esta es una película de protas no de protagonistas, sean pedazos de carne con ojos. Carne moldeada gracias a muchas horas de gimnasio y acostumbradas –en la película– a salirse con la suya empleando indiscriminadamente la violencia.

Planteada en los últimos tiempos como filme de equipo, liderazgo que ocupa Vin Diesel que no es un mal actor cuando cae en manos de un cineasta con talento como Sidney Lumet (Find Me Guilty, 2006), y su mano derecha, el guaperas Paul Walker; la banda cuenta también con un inevitable graciosillo, de raza negra para más señas, así como de un asiático, otro negro experto en ordenadores y dos mujeres para redondear una familia que, en esta sexta entrega, se enfrentan a sus dobles en el que probablemente sea el mejor momento del filme, ya que en un arrebato de sinceridad paródica parece que hace guasa de su pobreza de ideas, lo que pone de manifiesto la inmensa tontería que es Fast & Furious.

Una película gruesa en el que los chicos rebeldes trabajan ahora al servicio de la ley –y no revelo nada nuevo de una cinta sin revelaciones y más estirada que un chile– personaje que encarna Dwayane Johnson, más conocido como The Rock, y víctima de las ambiguas burlas homo eróticas del negro que hace de gracioso.

Mientras contemplaba este desorden, agradecí no haber pagado el precio de la entrada ante lo que no es otra cosa que una estafa con todas sus letras.

Lo escribo así porque fui uno de tantos que se asistió al preestreno de este mismo martes, preestreno en el que no me cansé de observar como una pareja de tipos enchaquetados no cesaba de subir y bajar las escaleras de la sala vigilando y ordenando que se apagaran los móviles.

Tras superar la pesadilla, esa sensación terrible de estar perdiendo el tiempo, y dejando un día de margen para recuperarme de un visionado que me sabe a resaca monumental por beber agua de fuego, he llegado sin embargo a la conclusión que lo mejor de este preestreno fue ver a la pareja de Geyperman arriba y abajo en la penumbra mientras el público asistente aplaudía la primera escena de la película donde un cartelito nos advierte que estamos en las Islas Canarias, y escuchar un murmullo in crescendo cuando se observa a Diesel y Walker tomándose una Dorada Pilsen en plan “qué bueno es vivir aquí.”

La risa, no obstante, se hizo mueca cuando el mismo Diesel, en plan Mazinger Z, suelta entre buche y buche de cerveza lo relajado que es habitar en un sitio con tan buen clima y sobre todo sin ley de extradición.

Saludos, aún me duele la cabeza, desde este lado del ordenador.

Primero Landa, luego Alfredo

Jueves, Mayo 9th, 2013

A casi todo el mundo se le anegan los ojos al recordar al actor Alfredo Landa, ausente desde el día de hoy de este planeta que llamamos Tierra, por sus excelentes trabajos en Los santos inocentes, El bosque animado, La vaquilla e incluso, arruguemos el ceño, El crack, ese intento por hacer cine negro imitando todos las claves del género que hizo grande el cine norteamericano.

Si se bebía whiskie en El Crack, el whiskie tenía que ser ahora segoviano.

Si se jugaba a las cartas en El Crack, la partida tenía que ser ahora una de mus.

Y si aparecía un detective, éste tenía que ser bajito, moreno, algo barrigón y con bigote. Y en ese caso, respondiendo a estas características solo un actor podía hacer de detective: Alfredo Landa.

Pero es una injusticia dejar de lado el pasado del actor. De hecho, el apellido del actor dio origen a todo un subgénero del cine español que, visto ahora desde la distancia, no deja de carecer de un insólito valor sociológico.

Ese cine de españolito que vienes al mundo con una sola y obsesiva idea en la cabeza: cazar suecas antes de que las suecas se nos volvieran escritoras de novelas policíacas, se conoce como landismo y tiene en No desearás al vecino del Quinto, Manolo la nuit o ¡Vente para Alemania, Pepe!, solo tres de sus títulos más representativos siempre y cuando se quiera estudiar unos tiempos en los que este país acariciaba la idea de reírse de sí mismo.

¿De sí mismo? Pssss, nó sé yo. 

Y es que nos cuesta a los españoles –que no conocen el significado de la palabra huir, expresa con convicción militar Alfredo Mayo en 55 días en Pekín– reírnos de nosotros mismos.

Otra cosa es cuando nos reímos de los demás. 

Y Alfredo Landa y todas las películas que forman el landismo con o sin Landa sí que supieron explotar ese espíritu celtibérico que se entendía como comedia en unos años en los que este país comenzaba a acostumbrarse a recibir extranjeros y a rendir culto a las suecas y a la descacharrate y patética capacidad de seducción del macho español.

Macho español que mostraba solo la pezuña de su pata negra con aquello de la aún tímida apertura.

Pero todo un talento, oigan, para seducir a esas rubias del norte, así como para sobrevivir sin hacer nada. Claro que al final –y aquí está el mensaje de ese cine que tiene notable valor antropológico– se casaba con su novia de toda la vida, una española que cuando besa, besa de verdad.

Alfredo Landa fue un hombre inteligente porque nunca renegó de ese subgénero que lo hizo tan popular en este país. En él se encarnan las virtudes del mesetario, del españolito que ya estás en el mundo y que se transforma en el perro de Paulov cuando veranea en la Costa del Sol y pasan por su lado las famosas suecas en biquini…

De hecho, y ahora que escribo sobre su figura, pienso que lo recuerdo más como ese tipo echado pa’lante y babeante que por los trabajos que lo recuperaron años más tarde a una industria ya acostumbrada a la servidumbre de las subvenciones.

En este aspecto, Landa es igual a landismo y Alfredo a ese cine que iba de serio por la vida y en el que explotó una variedad de registros que lo ubicaron entre los grandes actores del cine español.

Un cine, recuerdo que dijo en cierta ocasión el cineasta Luis García Berlanga, que disfrutó en su momento de una extraordinaria galería de actores de reparto. Tan extraordinaria, que algunos recordamos aún los nombres de José Isbert, Manolo Morán y José Luis López Vázquez, entre otros ausentes comediantes.

No sé si esto explica que prefiera entonces recordar primero a Landa y luego a Alfredo. Pero entiendan que gran parte de mi niñez y adolescencia me tragué por televisión la mayoría de sus éxitos dentro del landismo. Un subgénero, ya digo, del cine español.

Tan español que solo entendemos los que aún nos consideramos ciudadanos de este país…

Alfredo Landa muere con 80 años pero yo quiero imaginarlo, mientras espera en esa hipotética cola que decide quién irá al cielo o al infierno, tocando insistentemente en el hombro de Ray Harryhausen.

- What?- pregunta alarmado Harryhausen al tropezarse con un señor bajito con el pecho descubierto y la vista desencajada que le señala a una sueca –no podía ser de otra manera– que se encuentra justo delante de los dos…

- What?

- ¿Guat?, ¿qué Guat?… ¡Cordera!, ¡Cordera eso es lo que es!- grita Landa que ha dejado de ser Alfredo.

- ¡Cogdega!- repite entusiasmado Harryhausen.

Saludos, España es diferente, desde este lado del ordenador.

Harry Harryhausen y los argonautas

Martes, Mayo 7th, 2013

Imagino que Ray Bradbury lo recibirá en el otro mundo con los brazos abiertos. Que le  gritara nada más verlo aparecer algo así como: “Ya estamos juntos, amigo… Te echaba de menos, ahora cojamos el cohete y despidámonos de ese puñetero planeta hoy tan preocupado en ser infeliz…”

Con la ausencia de Ray Harryhausen no es que muera una forma de entender y amar al cine, es que con la muerte de Ray Harryhausen desaparece una manera de hacer cine cuyos efectos hoy contemplamos como clásicos.

Vive, afortunadamente, en la imaginación de todos aquellos espectadores que se curtieron viendo las películas donde su talento prodigioso hizo posible que Jason se enfrentara a un ejécito de esqueletos vivientes, o que Perseo se midiera cara a cara con el Kraken en la primera y original Furia de titanes, entre otras cintas donde el artista, el mago de la técnica de la stop motion, hizo posible lo imposible antes de que irrumpieran los efectos digitales. 

La grandeza de Harryhausen, que fue un hombre tranquilo, amante de la imaginación y los mitos clásicos, es que a medida que maduraba en su trabajo su nombre terminó por sonar más que el de los cineastas con los que trabajaba.

En este sentido, ¿alguien recuerda quien dirigió Jason y los argonautas?, menciono esta película porque a mi juicio es el trabajo del que mejor guardo recuerdo de Harryhausen, anque su mano se aprecie tambén en títulos como La isla misteriosa, Simbad y la princesa, El viaje fantástico de Simbad, Simbad y el ojo del tigre o El gran gorila, uno de sus primeros filmes y en el que trabajó a las órdenes de Willis H. O’Brien, nombre que contribuyó a que nos creyeramos y que aún nos creamos la increíble tragedia de King Kong.

King Kong fue de hecho la película que encendió la imaginación de un adolescente Harryhausen y que lo aproximó a un tímido muchachito que se dedicaba a escribir relatos al que también llamaban Ray.

Poco imaginaban por aquel entonces que los dos Ray trabajarían juntos en una de esas insólitas películas de serie B de los años cincuenta titulada El mosntruo de tiempos remotos, filme que selló si cabe una amistad que apenas se quebró con el paso de los años.

Como espectador, como consumidor de todo aquel cine poblado de criaturas fantásticas y argumentos delirantemente camp, las animaciones de Harryhausen fueron algo así como señas de identidad. Es verdad que vueltas a ver ya no resulten a las generaciones que se han educado con la velocidad tan espectaculares como en aquellos tiempos donde sí que fueron rompedoras, pero es que incluso así, apreciando el paso implacable del tiempo, destilan una magia que las hace indestructibles.

Un cienasta gamberro pero hoy domesticado por Hollywood como Sam Raimi le dedicó un entrañable homenaje a ese cine palomitero pero también salvaje en la tercera y más descaharrante entrega de Posesión infernal, El ejército de las tinieblas.

Un tributo que incluso rodado con la torva distancia del fan que comenzaba a curtirse en el cinismo de la industria, no deja de tener su encanto.

El encanto de las cosas hechas con amor a la causa. El encanto de hacer posible que lo inanimado cobre fantasmagórico movimiento en pantalla.

El mejor tributo que le podemos hacer todos los que lamentamos la ausencia de Ray Harryhausen es preparar un programa doble en nuestros televisores.

Yo veré esta noche, así me lo dicta la conciencia de aficionado, Simbad y la princesa y Jason y los argonautas. Dos de los mejores trabajos de su carrera. O al menos dos de las películas en  la que descubrí no el trabajo de sus actores ni del cineasta que, detrás de las cámaras, gritaba ¡acción!, sino a Ray Harryhausen.

El mago, el maestro, el hombre que como Bradbury jamás renegó de su espíritu de Peter Pan.

Saludos, en busca del vellocino de oro, desde este lado del ordenador.

Iron Man 3: que la risa te acompañe

Sábado, Mayo 4th, 2013

Veo Iron Man 3 (Shane Black, 2013) rodeado de público. La mayoría vistiendo camisetas con la estampa de El hombre de Hierro y pertrechados con vasos de refrescos y los inevitables cubos de cotufas.

Un público entendido y entregado.

Así que soy uno más mientras espero pacientemente en la cola entrar en la sala.

Hago tiempo a medida que me acerco a quien corta la entrada viajando al pasado. Me pierdo así en los recuerdos de los días perdidos en los que leía las historietas de la Marvel que publicaba en España Ediciones Vértice sin respetar el formato original –los colorines se vendían como libritos y en blanco y negro– a un precio que en esos años resultaba prohibitivo a mi bolsillo aunque Ángel, el barbero que me cortaba por aquel entonces la espesa cabellera que tenía sobre la cabeza, tenía a bien regalarnos a mi hermano y a mi tras dejarnos prácticamente al cero.

Así que gracias a ese ángel que fue Ángel descubrí las aventuras de La patrulla X (X-Men); Dan Defensor (Dare Devil); La Masa (The Hulk); Los cuatro fantásticos, Doctor Extraño (me encantaban las aventuras del Doctor Extraño, no me pregunten por qué); Los Vengadores; Sargento Furia, Spiderman, Thor, Capitán América, Estela Plateada (Silver Surfer)  y otros de cuyo nombre no quiero acordarme.

Dejé de leer aquellos colorines cuando el bueno de Ángel cerró su barbería para dedicarse a otros menesteres, aunque fue el responsable que en plena adolescencia me enganchase a la serie Spiderman, la que ilustraba Steve Ditko y más tarde John Romita Sr., porque como muchos chavales de mi generación terminé por  identificarme con los sufrimientos tontunos de Peter Parker.

Años más tarde, vendí toda aquella colección a cambio de una cantidad de risa y un póster de un Soldado Simio que perdí dos semanas después porque, reflexiono ahora con babosa moral cristiana, fue mi castigo por desprenderme de todos aquellos cuadernos que habían sido cómplices de mi soledad en esa edad donde parece que todo conspira para hacerte más infeliz.

El caso es que recuerdo más o menos todo esto: leyendo los tebeos antes de que Ángel termine de trasquilar a mi hermano; llevándome los tebeos a casa cuando Ángel ha dejado mi cabeza como una bola de billar; las aventuras del hombre araña y la venta truculenta –algo así como la primera estafa existencial de la que fui víctima– de todas sus aventuras cuando voy a ver cualquiera de las películas que, últimamente, estrenan sobre los súper héroes de la Marvel.

Así que ahora estoy en la sala de un cine abarrotado de espectadores que miran la pantalla con la boca abierta, escuchando sus cuchicheos: “en esta sale el Mandarín”, los ahogados ruiditos de los móviles que no se apagan pese a que la luz de la sala se atenúe y un bebé que berrea diez filas atrás porque soy de los espectadores que se sienta cerca de una pantalla que cuando se enciende logra que toda esa catarata de recuerdos desaparezca al escuchar la voz doblada de Tony Stark, que interpreta ese golfo recuperado a la causa que es Robert Downey Jr., diciendo algo así como que los problemas que dejamos sin resolver en nuestro pasado aparecerán como fantasmas en nuestro presente…

Comienza la película, y los aficionados que tengo al lado sueltan risitas con los chistes que recita Downey Jr. transmutado en Tony Stark.

El Mandarín es como una especie de Osama bin Laden y hay peleas, y una morena, la actriz Rebecca Hall, que me quita el hipo y un guión no tan convencional como el de otras cintas de súper héroes con problemas.

De hecho, me divierte bastante el individualismo que caracteriza al héroe, quien lo transmite con ironía más que cinismo para que llegue a todos los públicos.

Me sorprende por otro lado la lectura que ofrece la película de un terrorista, digamos bin Laden/Mandarín, como encarnación mayúscula de un Mal que respirábamos hasta el día de ayer –antes de que lo liquidaran en su fortaleza de papel en Pakistán, vean la película Zero Night Thirty para que se hagan una idea– y reciba con una sonrisa cada vez más agradecida el desconcertante mensaje subterráneo que guarda este filme entre tanto fuego de artificio.

Mandarín /Laden es una creación.

Y como creación del Mal total, ahora que los comunistas y narcotraficantes han pasado de moda, plantea que es una invención para continuar haciendo negocio con ese filón que es el Miedo.

Leo en alguna parte que se trata de la última de las tres películas dedicadas al hombre de la armadura de hierro, bonita metáfora de todas formas para ir por la vida.

Le quitan su casa e incluso sus jueguecitos bélicos, aunque él asegura que continuará siendo el Iron Man que todos los que no tenemos dinero deberíamos llevar dentro…

Y así termina la película, insertando unos títulos de crédito televisivos que recuperan mi espíritu camp y más tontamente adolescente.

El público se levanta de las butacas antes de que finalice la lista de actores y técnicos que han participado en este más que probable taquillazo y no saben que se pierden el chiste final, el que redondea una película que a su manera es tremendamente subversiva: Tony Stark acostado en un diván es psicoanalizado por Bruce Banner…

La Masa, The Hulk, cuando se cabrea.

Así que cuando salgo de esa multisala con olor a cotufas no dejo de sacudir la cabeza. De hecho, logra lo que no ha conseguido nadie en mucho tiempo, que suelte una carcajada. 

Saludos, que la risa te acompañe, desde este lado del ordenador.