Archive for the ‘Cine de allá’ Category

¡¡¡Guionistas!!!, un puñado de recomendaciones

Sábado, Abril 20th, 2013

- No hay trabajo para ti –dijo Berners–. Ahora tenemos guionistas de sobra.

- No he venido a pedirte trabajo –dijo Pat, con dignidad–. Lo que quiero son unas invitaciones para el preestreno de esta noche, puesto que mi nombre aparece en la ficha técnica.

-  Sí, ya, de eso precisamente te quería hablar. –dijo Berners, frunciendo el ceño–. Puede que quitemos tu nombre de allí.

- ¿Cómo?- exclamó Pat-. ¿Por qué, si ya está? Lo vi en el Reporter. “De Ward Waingright y Pat Hobby.”

-  Pero a lo mejor tenemos que quitarlo cuando distribuyamos la película. Waingright ha vuelto del este y está hecho una fiera. Dice que aseguras que has escrito algunas frases, cuando lo único que hiciste fue cambiar “No” por “No, señor” y carmesí por “rojo”, y cosas así.

- Llevo veinte años en este negocio –dijo Pat– conozco mis derechos. ¡Ese tipo escribió una porquería y me llamaron para que arreglara el entuerto!”

(Historias de Pat Hobby, Francis Scott Fitzgerald, Editorial Anagrama, 1993)

Aprovecho que el próximo martes, 23 de abril, es el Día del Libro para recomendar un puñado de libros de obligada lectura no solo a aficionados al cine sino también a los que escriben…

Pasen, pasen y lean…

- Me odiaría cada mañana, Ring Ladner, Jr  (Ediciones Barataria, 2006)

 - Las aventuras de un guionista en Hollywood, de William Goldman (Plot Ediciones, 1983)

-  Nuevas aventuras de un guionista en Hollywood, William Goldman (Plot Ediciones, 2002)

 - Backstory. Conversaciones con guionistas de la edad de oro, Pat McGilliam (Plot Ediciones, 1993)

- Backtory. Entrevistas con guionistas de los años cuarenta y cincuenta, Pat McGilliam (Plot Ediciones, 2000)

- Backstory. Conversaciones con guionistas de los años 60, Pat McGuilliam (Plot Ediciones, 2003)

- Backstory. Conversaciones con guionistas de los años 70 y 80, Pat McGuilliam (Plot Ediciones, 2007)

-  De cine. Memorias de un príncipe de Hollywood, Bud Schulberg (Acantilado, 2006)

NOTA FINAL: “Opino, como usted, que las ideas andan sueltas por el aire. Por lo tanto, pertenecen al primero que las coja, como los globos.” (Historias de Pat Hobby)

(*) En la imagen Nicolas Cage en El ladrón de orquideas (Spike Jonze, 2002)

Saludos, solo norteamericanos, lo sé, desde este lado del ordenador.

Multicines Renoir Price ¿los días contados?

Jueves, Abril 18th, 2013

La crisis económica y sentimental está resultando una losa pesada, o una metáfora desgarrada de un tiempo que no perdona ninguna seña de identidad de mi pasado. La crisis además de transformar el mapa existencial, está cambiando el espacio de una capital de provincias que apenas aparece en el mapa y que cuando aparece forma parte de un archipiélago que figura como unas cagaditas de moscas dispersas muy próximas a las costas del África occidental, ese continente gigantesco demasiado acostumbrado a crisis económicas y humanas.

Con todo, y a una edad en la que quiero creer con urgencia que tengo un pasado que asocio a rincones urbanos de mi infancia, a encuentros desesperados y a una inocencia perdida ya en la noche de los tiempos, la crisis, ese fantasma que recorre una Europa de mercaderes, es la responsable del venidero cierre de un cine en el que, cuando me refugiaba como quien busca desesperadamente regresar al vientre materno, contribuyó tanto a que olvidara mi grisácea existencia viendo historias que me contaban otros en forma de imágenes en continuo movimiento.

Ese cine, como otros tantos cines que se diseminaban en la superficie de Santa Cruz de Tenerife, fue primero el Price, más tarde los multicines Price y actualmente los Renoir Price.

Esta introducción es para anunciar que hoy recibo una noticia que me deja clavado en el suelo, que mastico con impotencia y mucho dolor: Altafilms, una de las principales distribuidoras españolas de cine independiente, propiedad del presidente de la Academia Española de Cine, Enrique González Macho, anuncia su liquidación por esa enfermedad que se conoce como crisis y que es responsable del notable descenso del número de espectadores a la sala oscura y de la falta, resalta González Macho, de una robusta política audiovisual y la subida del IVA cultural del 8 al 21 por ciento.

Adiós por lo tanto a una fantástica aventura que comenzó en 1969 y cuyos devastadores efectos alcanza también a muchas de las salas de su cadena y en concreto a unos multicines que aú operan en Santa Cruz de Tenerife desde 2005 bajo el nombre de Renoir Price, y cuya crónica de una muerte anunciada materializa el propio Macho cuando recientemente optó por tirar la toalla y cerrar otras salas de la cadena que llevaba el apellido del ilustre cineasta francés en Palma de Mallorca, Bilbao, Zaragoza y Cuenca.

Un mazazo pues para quien ahora escribe estas líneas, pese a que en su momento fuera muy crítico con la política de exhibición que emprendió el Renoir Price de no proyectar películas en versión original con subtítulos en español.

La agonía de los Renoir Price la lamenta el mismo Enrique González Macho en declaraciones que hoy aparecen en la prensa y que dan ganas de sacar la cabeza del agujero para dejar a un lado el síndrome del avestruz y apostar por hacer algo –lo que sea– para detener lo que resultará otro atentado a la cultura en una ciudad y en una isla que, víctima de la crisis, ha comenzado a caminar como un cangrejo. Siempre para atrás y nunca hacia delante.

Me pregunto, además, mientras escribo estas líneas, donde exhibirá la Filmoteca Canaria sus ciclos en la provincia de Santa Cruz de Tenerife al mismo tiempo que se agolpan en mi recuerdo instantes en los que antes de que fuera Renoir Price, incluso antes de que fuera multicines Price, y solo cuando operaba como Cine Price malgasté, ya dije, tantas horas de una vida cuyo pasado la crisis está conspirando para que desaparezca.

Al funcionar como Price, antes de que los tiempos transformara su fisionomía, vi en aquel cine películas como Cabeza borradora, de un por aquel entonces desconocido David Lynch, y Saló, los 120 días de Sodoma, de Pier Paolo Pasolini, logrando colarme siendo aún menor de edad el férreo control de los porteros que velaban para que no pasara ningún niñato porque se trataban de filmes recomendandos ”a mayores de 18 años”.

Lo conseguí también con Zombi, la extravagante y violentísima segunda entrega de La noche de los muertos vivientes y que firmaron al alimón George C. Romero y Dario Argento quizá, reflexiono ahora, porque los porteros del Price no eran tan férreos como los del cine Víctor o el Baudet, muy próximos a esta sala que aún se ubica en la calle de Salamanca, ciudad castellana que da nombre al barrio en el que nací y crecí.

Cuando la irrupción del vídeo anunció una de esas ya habituales sentencias de muerte del cine, y el Price como sala única cerró sus puertas, los Price reabrieron en los años 90 como multicines de la mano de Francisco Melo jr., quien junto a socios o en solitario conocía de cerca el negocio de las salas comerciales tras la experiencia con los Galaxy, en Las Palmas de Gran Canaria (1985-2007); el Aguere, en La Laguna (1989-2004) y Los Monopol, salas actualmente con los días contados, aunque resiste numantinamente en una capital de provincias que en estos días de poco vino y menos rosas es un reflejo de la realidad que se vive en Santa Cruz de Tenerife, dos ciudades a las que han intentado separar por un desgraciado pleito insular pero hoy tan unidas en su común desgracia.

Después, ya entrado en un siglo XXI que de ciencia ficción solo tiene su mensaje inquietantemente pesimista, los Renoir se fusionaron con el Price. Un cine, el Price, que como sala única abrió sus puertas en 1950 por iniciativa del empresario Antonio Saavedra Carballo.

Los Renoir Price rehabilitaron aquel espacio, y quiso convertirlo en punta de lanza del primer, y ya único complejo, que la cadena Renoir estudiaba tener en Canarias.

Los Renoir Price contaban con un total de 759 butacas repartidas en seis salas en la que, entre otros servicios paralelos, ofrecía a sus espectadores hojas sueltas con detallada información de los títulos exhibidos, así como la distribución de La gran ilusión, publicación mensual de difusión gratuita y vehículo en el que se informaba de proyectos inmediatos, estrenos, festivales, rodajes y entrevistas que procuraron mostrar al espectador de provincias que había otra forma de ir y entender el cine.

O que se tomara el cine como algo serio pese a que las películas se proyectaran dobladas.

Escribo este fragmento en tiempo pasado porque, pese a que las puertas del Renoir Price continúen abiertas todavía, la intuación me hace sospechar que ha comenzado su cuenta atrás y que muy pronto apagará su luz mientras los empleados formarán parte de la ya siniestra y larguísima legión de desempleados. 

Mi ciudad, que es Santa Cruz de Tenerife, agoniza mientras tanto en su ya letárgica y resignada soledad.

Quisiera sentirme, mientras escribo estas líneas, como un vaquero que asiste al crepúsculo de su tiempo. Incapaz de adaptarse a un mundo en continua transformación y cuyos valores ni asume ni entiende.

Es probable, en todo caso, que estos días cuajados de traiciones demande una épica que yo, en su día, aprendí en la sala oscura de unos cines que ya pertenecen a la leyenda…

Me queda, en todo caso, repasar aquellos títulos en la pantalla de mi viejo  televisor, pero no será lo mismo.

No, no será lo mismo porque ya nada será lo mismo.

Ni siquiera el sabor de los pasteles de la dulcería Soto, justo enfrente de aquel cine Price, Multicines Price y Renoir Price que, por culpa del zarpazo de la crisis, me saben hoy amargos porque se arrebata otra de esas grandes ilusiones que me enseñaron a ser persona.

Puestas así las cosas, aprendiz de vaquero, dispara…

(*) La imagen corresponde al filme Los 400 golpes (François Truffaut, 1959)

(**) La imagen está tomada de la página web de AltaFilms.

Saludos, en busca del tiempo perdido, desde este lado del ordenador.

Deconstruyendo el cine de autor

Viernes, Abril 12th, 2013

En el trayecto del tranvía rumbo a La Laguna leo Muros de adobe, de William R. Burnett. Una novela del oeste en toda regla que, a medida que avanzo en la acción, a medida que me voy sumergiendo en la intrincada complejidad de sus personajes me doy cuenta que hoy sería un libro al que los inquisidores de lo políticamente correcto tirarían a la hoguera no por ser una novela de género en toda regla –que lo es– sino por el ambiguo mensaje que traduzco de sus absorbentes páginas.

Esto me demuestra, cuando la oruga azul me deja en la antigua ciudad colonial, que cuando una historia está bien escrita no hay elementos capaces de hundirla en el cieno de la desmemoria.

Consulto la hora y me encuentro con un amigo que me entrega, mientras tomamos un café, dos dvd que esa noche que todavía no ha llegado me darán un golpe seco en el estómago.

Más tarde, en el ahora centro cultural Aguere que –como todo el mundo sabe– fue antaño un multicine, me encuentro con los participantes en una mesa redonda que la Cátedra Cultural de la Fundación Pedro García Cabrera ha tenido la gentileza de invitarme a que modere.

Tomo un vaso de agua de bolitas mientras hago tiempo. La sesión, que debe comenzar a las 20 horas se retrasa a las 20.30 con la esperanza de que haya más público. Sin embargo, cuando entro en la sala no hay nadie sentado en las butacas.

Afortunadamente, cuando nos distribuimos en los asientos, comienza a entrar gente. No se llena el espacio, pero por lo menos son como el doble de los que estamos sentados en torno a una mesa redonda que es, paradójicamente, rectangular.

Contándome a mí, somos cinco.

Objeto del debate: Cine de géneros vs Cine de autor.

Me da viruje lo de escribir cine de autor. No termino de entender qué demonios es eso de cine de autor.

Yo solo sé que hay un cine que me toca el alma, un cine de géneros con autores tan comerciales como Alfred Hitchcock y John Ford que nunca renegaron de hacer lo que hacían… Sus películas, de hecho, casi no tienen arrugas pese al andar de la perrita, que es el  tiempo.

¿Suena por algún lado la trompeta?

Es probable.

Porque comienza un debate muy sosegado, con intervenciones que no se lían y que en unos casos voluntaria, y en otros involuntariamente, van deshojando eso de autor hasta convertirlo en nada.

O en lo que es: reclamación de espectadores entusiastas a una fe que desprecian como gentiles a los que no han sido iniciados…

En el turno de preguntas alguien del público pone como ejemplo de autor a Val Lewton, productor y escritor por el que siento debilidad. Casi es como si se mencionara el nombre de un buen amigo que me mostró lo poético que puede llegar a ser un género aparentemente tan poco poético como el terror…

Una mujer pone el dedo en la llaga cuando comenta que el secreto no es ya el autor de la película en sí, sino saber si como público te ha gustado (emocionado) esa película. ¿Has llorado con ella?, ¿te sentiste feliz cuando saliste de la sesión tras verla?, ¿notaste como tu percepción del mundo cambió a partir de ese día?

¿Has vuelto a ver la película y te sigue conmoviendo igual?

Demasiadas preguntas dentro de mi cabeza mientras llego a la conclusión que estamos ante un arte hoy en franca involución.

Alguien apunta que el cine ha muerto.

Pero no creo que haya muerto. En todo caso ya no será el cine que conocimos.

Adiós, muchachos, a la pantalla grande. La pantalla grande se ha transformado en la reserva espiritual de las grandes producciones.

Esta misma mañana, hablando con un amigo con el que suelo ir al cine, quedamos para dentro de dos semanas.

Misión: Iron Man 3.

Que no es cine de autor, claro está.

Y sí cine de género.

Mucho efecto especial y Robert Downey Junior como Tony Stark.

Alguien de la mesa saca a relucir el nombre de Manuel de Oliveira, cineasta portugués felizmente centenario cuyas películas a mi me produce el mismo efecto que un valium. Es probable que no tenga cabeza para tamaña, tamaña… yoquesé.

No descarto, de todas formas, descubrirlo un día de estos… Pero será después de Iron Man 3.

Alguien del público dice que asocia lo de cine de autor con cine experimental. Pero, demonios, ¿acaso no es experimental Hellzapoppin, la delirante comedia musical que H. C. Potter dirigió a principio de los años cuarenta?

Entre lo interesante de este debate, entre lo que me quedo con esas dos horas de conversación e intercambio de ideas es que se deconstruyó, precisamente, eso que llaman cine de autor.

Y a ello contribuyeron voluntaria o involuntariamente los cuatros participantes de la mesa redonda que era rectangular.

Gracias pues (en riguroso orden alfabético) a Manuel Díaz Noda, Pedro Mérida, Emilio Ramal y Josep Vilageliú.

Al llegar a casa, ya en Santa Cruz de Tenerife, pongo en el gastado dvd uno de los dos discos que esa misma tarde, antes de entrar en los Aguere, me pasa ese amigo que me orienta en el proceloso y cada día más atractivo mundo de las series de televisión, mundo en el que el director no es la estrella sino el creador, el guionista de la serie.

Al azar, escojo ver la segunda temporada de Black Mirror, producción británica que reactualiza el espíritu de Twilight Zone.

Y me quedo clavado frente a la pantalla del televisor.

¿Es una serie de autor?, ¿una serie de género?

Solo sé que la firma un iluminado que responde al nombre de Charlie Broker.

Y solo sé que bebo de los tres episodios, uno detrás de otro, como quien ha encontrado agua en el desierto.

Anoche pues soñé que regresaba a Manderlay.   

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

Descubrimos el arma secreta de Corea del Norte: ¡Pulgasari!

Lunes, Abril 1st, 2013

Generalmente se dice que el cine –hoy la televisión– se ha convertido en un instrumento por el que dictadores de todo signo ideológico han sentido extraña fascinación. Tanta, que lo han utilizado como vehículo de propaganda a través del cual justificar la necesidad histórica de su régimen. Son muchos los ejemplos, pero en este post solo nos detendremos, y con cierta atención, en uno de esos trabajos que vieron la luz por empeño personal de un hombre que visto con mirada occidental no deja de resultar un marciano: Kim II-sung, el padre fundador de esa monarquía de signo ¿comunista? que dirige los destinos de la República Popular Democrática de Corea desde 1948 a 1994, año en el que tras su muerte asumió la responsabilidad su hijo Kim Jong-il y tras morir éste en 2011, su nieto Kim Jong-un, hoy noticia al declarar el estado de guerra en su empobrecido y hambriento país.

Insistimos, sin embargo, que no es nueva esta afición de algunos siniestros dictadores por reflejar en pantalla sus supuestas hazañas a favor de la salvación nacional. En España, Francisco Franco firmó bajo el pseudónimo de Jaime de Andrade el guión de Raza (José Luis Sáenz de Heredia, 1942); Joseph Goebbels está muy presente en Ohm Krüger (Hans Steinhoff, 1941), título que los expertos no dudan en afirmar que muchos de sus diálogos parecen escritos por quien se inmoló junto a su familia tras el suicidio de Hitler en el búnker de Berlín, así como Benito Mussolini, quien no ahorró en gastos para visualizar cinematográficamente la epopeya de Escipión el africano (Carmine Gallone, 1937) para justificar sus frustradas campañas africanas y, desde el otro extremo, y obviando las cintas que se rodaron en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tras el triunfo bolchevique con El acorazo Potemkin y Octubre, de Sergei M. Eisenstein, El león del desierto (Moustapha Akkad, 1981), una iniciativa de Muammar Gaddafi en la que se canta el levantamiento liderado por Omar Mokhtar contra las tropas italianas en Libia y, oh curiosidad, la estrafalaria película de monstruos codirigida por el surcoreano Shin Sang-ok, Pulgasari (1985), por empeño personal de Kim II-sung, quien aparece además como productor ejecutivo de la cinta.

Pulgasari cuenta la historia de la tenaz rebelión que emprende el castigado pueblo coreano contra un monarca que desconfía de sus gentes. Tanto, que les arrebata sus herramientas de trabajo con el fin de evitar que construyan armas con la que puedan derrocarlo del trono. Sin embargo, y de una sencilla figura  nacerá una criatura monstruosa que repartirá justicia aunque su voraz apetito por los metales le haga volverse incluso contra los desposeídos de la tierra.

De escasa distribución en el mercado internacional no ya por sus cuestionables méritos cinematográficos sino, aseguran algunas fuentes, por el ambiguo mensaje ideológico que lleva dentro, Pulgasari vista hoy no deja de ser una rarísima película de monstruos a la japonesa con confuso aunque intencionado mensaje. Mensaje que a la postre resulta bastante infantil para tomárselo en serio en un país que no sea la República Popular Democrática de Corea.

La amenaza que el nuevo régimen liderado por Kim Jong-un hacia su vecino del sur y por extensión contra Estados Unidos, nos obliga sin embargo a repescar este título psicotrónico aunque resulte mucho más atractiva y cinematográfica la historia que hay detrás del filme que el propio filme en sí.

Al parecer, su director, el surcoreano Shin Sang-ok se pasó siete años en Corea del Norte ¡¡¡tras ser secuestrado!!! –afirmó– por los servicios secretos del Norte cuando se encontraba en Hong Kong. El objeto era rodar una serie de películas que revelaran las excelencias del régimen norcoreano, y que mejor para ello que contar con los servicios de un hombre que había triunfado con sus películas en el sur aunque no se encontraba en su mejor momento cuando, presuntamente, fue secuestrado.

Tras filmar una serie de películas costumbristas, rueda con la colaboración con Chong Gon Jo, Pulgasari, cinta en la que interviene la actriz  Choi Eun-hee, esposa de Shin Sang-ok y también secuestrada en Corea del Norte, como no se cansó de repetir cuando regresó a las democráticas tierras del sur.

Pulgasari no deja de ser una descacharrante y algo tediosa película de monstruos con intenciones que, a mi juicio y vista hoy, desvirtúa el propósito propagandístico con el que fue creada.

Expliquémonos en este post trabalenguas: cuando la bestia hace de las suyas contra los arrogantes ejércitos del malvado monarca, no lo hace motivado por una, digamos, conciencia de clase sino por una necesidad brutal de alimentarse del metal con el que han sido forjadas las espadas de quienes reprimen a los buenos campesinos.

Por algún lado he leído incluso que Pulgasari es, en este sentido, una metáfora del sistema capitalista ya que devora (consume) todo a su paso, pero no sé si tomarme demasiado en serio esta interpretación.

Si destaco de esta película lo que significa para entender el delirio de un régimen tan personalista como el de Corea del Norte. Un régimen que parece fruto de una distopía poco creíble aunque efectivamente, y en este caso, es el arte el que imita a la vida y no al contrario.

Hay mucha información sobre esta rareza en la red y un estupendo y recomendable artículo publicado en The Guardian en el que se cuenta la increíble historia de su realizador y esposa durante los siete años de cautiverio supuesto.

El filme se puede descargar en ese milagro que sigue siendo Internet y es muy recomendable para los amantes de lo que ya empiezo a denominar como cine torcido. A la espera estoy ahora de conseguir las lecciones de cine que en su día, parece ser, dictó el fundador de esta dinastía roja, Kim II-sung, a sus obedientes discípulos.

Saludos, honorables, desde este lado del ordenador.

Muy interesante…

Lunes, Marzo 18th, 2013

* El Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y la Filmoteca Canaria en colaboración con la Filmoteca de Catalunya, proyecta el 19 de marzo a la 20.30 horas una selección de las imágenes más antiguas de la isla de Tenerife que conserva la Filmoteca y cortos realizados por el cineasta español, Segundo de Chomón a principios de siglo pasado (1904-1908) para conmemorar la primera proyección de cine que realizó el cineasta y fotógrafo palmero Miguel Brito en el Teatro Guimera, hace ya 115 años  El precio de la entrada es de tres euros.

* Indifestival y Escena Miriñaque ha otorgado el premio a la mejor interpretación masculina a Javier Cuevas por Hamlet Post Acriptum, de Roberto García de Mesa, pieza que acogerá el sábado 23 de marzo el Espacio Cultural Aguere a partir de las 20 horas. El precio de la entrada es de 8 euros.

* Les invitamos a que visiten la página oficial de Eduardo Bercedo en Facebook, en la que además de poder escuchar su música también estarán al día de su apretada agenda de conciertos.

Saludos, flotando en algún lugar del océano, desde este lado del ordenador.

Sesenta años con Él

Sábado, Marzo 16th, 2013

Cuentan las crónicas que el público salía de las salas de cine con los ojos anegados en lágrimas provocadas por la risa. Y no porque hubieran visto una frívola comedia con la que pasar una tarde de domingo sino, simple y llanamente, porque ese Él les daba risa.

No sé, sin embargo, qué gracia les daba la película.

Tampoco si la risa era nerviosa, escondida, espontánea o un reflejo al empatizar con la historia. 

Quiero pensar así que el sonido de las carcajadas aún debe de escucharse mientras la figura de su director, transparente como la de un fantasma, no deja de fumar cigarrillos y sacudir la cabeza.

Hace sesenta años se estrenó en las pantallas Él, una “de mis películas preferidas” comenta Luis Buñuel en Mi último suspiro, probablemente el libro de memorias más dicharachero de la historia del cine e imprescindible manual para acercarse a la vida y a la obra de un hombre que vio la vida con otros colores.

Él está basado, como todo el mundo sabe –o debería saber– en la novela del mismo título de la escritora tinerfeña Mercedes Pinto, una mujer de turbadora belleza demasiado adelantada a su tiempo.

En esta novela, vuelta a editar hace dos años por Escalera y objeto de un interesante estudio, BuñuÉl, de la investigadora Teresa Rodríguez Hague, y personaje desdibujado en el frustrante documental Ella(s), de David Baute, la escritora volcó las experiencias personales que vivió durante su primera matrimonio. Una unión que fracturó los celos de su esposo y que pronto degeneraron en maltratos.

La acción de la novela se desarrolla en una ciudad –La Laguna– provinciana y encogida en su humedad; y geografía urbana en la que sus habitantes miran hacia otro lado, probablemente para convencerse de que allí, y siempre de puertas afuera, nunca pasa nada.

No es de extrañar que con este material el cineasta aragonés apostara por llevar el relato de Mercedes Pinto al cine en una película en la que dio rienda suelta a muchas de sus obsesiones, entre otra su fetichismo por los pies femeninos, afición que compartió con otro gran clásico del cine: Cecil B. DeMille.

Cuenta Buñuel en Mi último suspiro: “Rodada en 1952 después de Robinson Crusoe, Él es una de mis películas preferidas. A decir verdad, no tiene nada de mexicana. La acción podría desarrollarse en cualquier parte, pues se trata del retrato de un paranoico.

Los paranoicos son como los poetas. Nacen así. Además, interpretan siempre la realidad en el sentido de su obsesión, a la cual se adapta todo. Supongamos, por ejemplo, que la mujer de un paranoico toca una melodía al piano. Su marido se persuade al instante de que se trata de una señal intercambiada con su amante, escondido en la calle. Y todo así.

Él contenía un cierto número de detalles verdaderos, tomados de la observación cotidiana y también una buena parte de invención, Al principio por ejemplo, en la escena del mandatum, del lavatorio de pies en la iglesia, el paranoico descubre inmediatamente a su víctima, como un halcón que ve a una alondra. Me pregunto si esta intuición descansará sobre alguna realidad.”

Protagonizada por Arturo de Córdova y Delia Garcés, entre otros actores, Buñuel volvió a recurrir a un autor nacido en las islas –el director de Los olvidados era un confeso admirador de la obra de Benito Pérez Galdós– para rodar una cinta que, aseguran algunas fuentes, llegó a influenciar entre otros cineastas a Alfred Hitchcock, quien se inspiraría en algunos momentos de Él para filmar el que sigue siendo el filme más extraño de quien fue conocido como el mago del suspense: Vértigo.

Cuentan que cuando un puñado de grandes directores de Hollywood (entre otros William Wyler, Billy Wilder, George Cukor, George Stevens y Rouben Maomulian) celebraron el famoso encuentro con el hombre de Calanda (Teruel), Hitchcock lo recibió con los brazos abiertos.

Claro que había pasado mucho tiempo desde el estreno de Él.

No obstante, pienso que las carcajadas del público nunca terminaron por desaparecer de la cabeza de Buñuel, quien comenta que “la película fue mal recibida. Con algunas excepciones, la Prensa se mostró hostil. Jean Cocteau, que antaño me había dedicado algunas páginas en Opium, declaró incluso que con Él yo me había “suicidado”. Cierto que más tarde cambió de opinión.”

Es probable que la película, como la misma novela de Mercedes Pinto, publicada a finales de la década de los años veinte, se adelantara a su tiempo porque con el discurrir de los años fue descubierta por espectadores que ya no tenían tantas ganas de reír.

O que aprendieron a reír con el universo personal de un cineasta que contribuyó a que este trabajo sea hoy considerado un arte.

Jacques Lacan, que tuvo la oportunidad de verla en una proyección organizada por medio centenar de psiquiatras, tuvo la buena idea de presentarlas a sus alumnos en varias ocasiones. Lo cuenta Buñuel en Mi último suspiro, pero añade: “aunque en Méjico fue un desastre.

“El primer día, Óscar Dacingers salió de la sala absolutamente consternado, diciéndome: “¡Se ríen! Entré en el cine, vi la escena en que –lejano recuerdo de las casetas de baños de San Sebastián– el hombre hunde una larga aguja en el agujero de una cerradura para saltarle el ojo al observador desconocido que imagina tras la puerta, y, en efecto, la gente se ría a carcajadas.”

Pese al fracaso, Luis Buñuel continuó dirigiendo películas en México.

Rodó, de hecho, otras obras maestras: Ensayo de un crimen, Nazarín, El ángel exterminador… Tuvo incluso tiempo de regresar a España y, más tarde, sin encontrar hueco en un país que se había transformado en un cuartel, se trasladó a Francia donde apenas quedó nada del genio de Calanda pero sí de Luis Buñuel.

Claro que eso es otra historia. 

Saludos, mirando hormigas en la palma de mi mano, desde este lado del ordenador.