Archive for the ‘Cine de allá’ Category

El profesor chiflado cumple 50 años

Sábado, Marzo 2nd, 2013

El mismo Jerry Lewis confiesa en los extras de El profesor chiflado (The Nutty Professor, 1963) que el filme está inspirado más en la novela de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr.Hyde, en la película del mismo título protagonizada por Spencer Tracy (Victor Fleming, 1941).

Yo me quedo, de entre las versiones que han adaptado el clásico de Stevenson con la que firmó Rouben Maoumolian en 1931 y la del mismo Jerry Lewis, ya que reinterpretó al desdoblado personaje stevensoniano muchísimo tiempo antes de que la Hammer hiciera lo mismo en su curiosa El doctor Jekyll y su hermana Hyde (Roy Ward Baker, 1971) porque la película de Lewis más que una comedia fantástica es una fantástica comedia que aún conserva el aroma de los clásicos y, lo que es mejor, el espíritu libertario de unos años, como fueron los sesenta, que ha quedado como una década que no le pertenece al tiempo, casi como si flotara en el limbo al menos en mi memoria como espectador cinematográfico.

El profesor chiflado, que cumple cincuenta años lo que se dice muy bien llevados, nos advierte nada más comenzar la cinta que se trata de una comedia adulta en el que “cada gesto es una imagen.”

En el filme, Lewis interpreta a un entrañable pero feo profesor universitario –Julius Kelp– enamorado de una de sus alumnas, Stella Purdy, papel que interpreta la actriz Stella Stevens, pero sabemos que es un amor imposible no ya por el estrafalario físico del profesor, tampoco por la suponemos diferencia de edad que separa al excéntrico científico de la chica, sino porque el profesor es un hombre aislado e incapaz de hacer amigos resultado, se sugiere en una de las escenas más tragicómicas del largometraje, de una familia en la que el papel del padre lo asumió la madre y el de la madre el padre.

Vista cincuenta años después, El profesor chiflado no deja de resultar una comedia políticamente incorrecta en los tiempos que corren, de ahí que sus despreciables remakes (1) prescindieran de los elementos altamente peligrosos de su discurso (que bien mirado puede ser una delirante reclamación de la masculinidad) para solo tantear en otro de los grandes temas que examina el clásico de Lewis: vivimos en un mundo donde lo único que importan son las apariencias.

El profesor chiflado versión Lewis es una inteligente sucesión de momentos tóxicamente divertidos.

La transformación del feo y resignado profesor en su álter ego, Buddy Love, un chulazo insoportable que solo se quiere así mismo, protagoniza uno de esos momentos que obligan a pensar qué grande es el cine.

Para Jean-Luc Godard y Françoise Truffaut esta película se convirtió en un título de cabecera, y la reivindicaron con tanto ardor intelectual que más que reforzar sus elementos de comedia, explotaron ese mensaje que medio siglo después de su estreno hoy se entiende de la misma manera: es una comedia subversiva.

Es decir, que con El profesor chiflado Jerry Lewis dio un paso más allá en su rica trayectoria artística no solo al reinterpretar las claves que alimenta una de las mejores novelas de Stevenson, sino por encontrar cómo darle la vuelta a ese título ya canónico de la literatura con originalidad.

A mi me parece por ésta y otras razones la obra maestra de su actor y director.

Hay muchos momentos cómicos en El profesor chiflado pero, a mi juicio, los mejores son los que se concentran en ese Buddy Love que se atreve a hacer todo aquello que, resultado de la represión familiar y del sistema en el que vive, es incapaz de realizar su álter ego.

El final de la película, que no voy a revelar, es un canto en este sentido a liberar los sentidos, a apostar por el lado equivocado de las cosas que aún me desconcierta. Su reivindicación del hedonismo sí que reclama el exceso.

El largometraje muestra además el desdoblamiento no ya del actor, sino del gran artista que fue Jerry Lewis, quien por un lado está frente a las cámaras y por el otro detrás de ellas.

El discurso de la película nos presenta la otra naturaleza del frustrado profesor en  Buddy Love, un tipo que mira por encima del hombro a todo el mundo que no sea él. Un narciso reconocido al que le entra por un oído y le sale por el otro la crítica que le hacen los demás.

BUDDY LOVE: Cuando uno es genial y lo sabe, como es mi caso, no hay que andarse con rodeos nena. ¿A que estás loca por mí?

STELLA PURDY: Siempre he dicho que amarse a sí mismo es el comienzo de un amor que dura toda la vida. Estoy segura de que serás muy feliz contigo mismo.

Otra de las grandes escenas del filme es como se mete en el bolsillo a su estirado decano, a quien deja literalmente en calzoncillos cuando explota su vena de actor shakesperiano y a quien momentos antes le ha soltado como quien no quiere la cosa este desternillante parlamento: “Una vez consulté a un psicoanalista y me dijo que tenía una personalidad desdoblada y esquizofrénica. Quiso cobrarme 82 dólares pero le di 41, que el resto se lo diera el otro.”

En la escena final, mientras dentro del profesor sus dos personalidades combaten para dirigir el rumbo de su personalidad, el profesor con esa voz atiplada de ratón de biblioteca admite sin embargo: “No me ha gustado ser otra persona, pero a la vez sí que me ha gustado”, lo que pone de manifiesto la gran contradicción que sentimos a veces cuando por necesidad –nunca necedad– notamos que estamos siendo otro.

Un otro no sé si más cabal pero sí seguro de sí mismo, capaz de abofetear al matón de turno, ridiculizar a nuestras jefes sin que lo sepan y de paso que la chica de tus sueños caiga rendido entre tus brazos.

El problema, viene a decir la película, es que esa transformación no dura demasiado a no ser que la alimentes con sustancias externas.

Se concluye, esa es más o menos mi interpretación, que a veces sí que nos gusta ser otra persona, por paródica y cruel que resulte.

Así que si lo que quieren de nosotros es imponernos apariencia, saquemos entonces al monstruo sin domesticar que llevamos dentro.

(1) Me refiero, obviamente, a las dos olvidables entregas protagonizadas por Eddie Murphy, El profeso chiflado (Tom Shadyac, 1996) y El profesor chiflado II: la familia Klump (Peter Segal, 2000).

Saludos, cantando Black Magic, desde este lado del ordenador.

Cine español querer fumar pipa de la paz

Lunes, Febrero 18th, 2013

INTRO

Lo que prometía espectáculo polémico y agitador se quedó al final en coqueto bofetón al Gobierno que nos gobierna con sus salvajes recortazos. Mucha broma sobre sobres. Tantas, que incluso se mete la pata en el de Mejor Canción Original. Le faltó chispa a Eva H., aunque lo hizo bien en los sketches de las nominadas a Mejor Película. Y se visualiza, esa era la intención, un cine español que asume ponerse el bozal porque no está el horno para bollos. Aún se recuerda con escalofríos en el sector aquella gala del No a la guerra que, pese a todo, no desluce en su XXVII edición alguna impertinencia, más que crítica, lanzada por la presentadora y algunos de los ganadores de las estatuillas. El mensaje, no obstante, es contundente: “El cine español no pertenece a ningún partido político. Ni a los de la ceja ni a los del bigote. El cine español nos pertenece a todos”, dice el presidente de la Academia, Enrique González Macho.

I.- Los Goyas, la noche glamorosa del cine español. Mucho traje de seda, mucho traje de etiqueta, la inevitable sensación de que flota en el aire el aroma a pachulí. La XXVII edición comienza con una parodia –en una noche de parodias que intenta mantener los pies sobre la cruda realidad– con un sketch de Bienvenidos Mr. Marshall en el que participa el mismo presidente de la Academia, Enrique González Macho junto a la presentadora de la gala, Eva H.

La elección del título berlanguiano no es baladí.

- Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar…

Noto en falta que no se cante el americanos… Vienen a España gordos y sanooos…

II.- Espero con impaciencia desde el minuto uno las reclamaciones de los miembros que  forman parte de la Unión de Actores. Desde el minuto dos me doy cuenta que la honorable Academia del Cine Español ha diseñado un plan de desactivación a la protesta anunciada. Sentado junto a González Macho, el ministro de Cultura, José Ignacio Wert, pone cara que está acostumbrado a los bofetones y desaires que lleva el cargo. No se le ve así nervioso, sino como a la espera… Visto así, da un poco de miedo el Wert.

III.- Discurso introductorio de Eva H. a quien se nota a lo largo de la noche que no le han redactado demasiado bien los guiones. O será cosa que la H. cuando improvisa carece de la elegancia de un músico de jazz que hace del caos fresca, retumbante melodía. Suelta, no obstante, algunas perlas dirigidas a Wert: “Buenas noches, ministro, no es una amenaza.” Y un clavo cuando se pregunta la razón de que no estén en la gala los príncipes de Asturias. “No lo  entiendo –viene a decir la H.– porque sí que asisten a partidos de balonmano con lo mal que le ha venido el balonmano a esta familia.” En su intervención, Eva H. lamenta en clave de humor blanco, necesario pero con la sensación de que no se quiere hacer daño, los brutales recortes a Cultura, Sanidad y Educación de nuestro deslustrado Gobierno. Y un último lanzazo: ¿por qué Gérard Depardieu se ha hecho ruso si cruzando Los Pirineos tenía el paraíso fiscal?

IV.- Comienzan el reparto de estatuillas. Como no he visto casi ninguna de las películas nominadas nada que objetar, aunque los discursos me resulten como siempre largos. Pero esto pasa también en la Meca del cine. Agradecimientos a papás y a mamás, a los nominados que no se han llevado la estatuilla del cabezón. Joaquín Núñez, que obtiene el Goya al mejor actor revelación por su trabajo en Grupo 7 reivindica un cine español con mayúsculas y sobre todo un público que reivindique ese cine español que sigue viendo el público español con escandalosa minúscula. El conejero Paco Delgado se lleva el cabezón para casa por su trabajo de Vestuario en Blancanieves.

V.- Comienzan las parodias que protagoniza la H de las películas nominadas. Me hace reír, y bastante, la de El artista y la modelo, de Fernando Trueba. También la de Grupo 7, que dirige Alberto Rodríguez.

VI.- Eva H. anuncia el discurso del presidente de la Academia. Dice que como el I have a dream, de Martin Lutero King, “se lo ha escrito un negro.” Se burla, además, de los brotes verdes que anunciara José Luis Rodríguez Zapatero. “¿Verdes?, ¡mustios!”, exclama la presentadora de una gala que quiere evitar en todo momento el color político.

VII.- Enrique González Macho hace recapitulación del cine español en 2012. “Doce meses de inquietudes”, afirma mientras lamenta la subida del IVA a Cultura, “el más alto de Europa”, y el dinero que se pierde por la piratería –Expaña ocupa un puesto de cabeza en la lista de bucaneros– por lo que reclama “el control del Estado”. Menciona el canon digital y el deterioro de TVE. Reclama que se mantenga la colaboración entre ésta y el cine español. “España necesita de una televisión pública”, destaca mientras sostiene que 2012 “ha sido la mejor temporada del cine español” aunque las películas se produjeron con anterioridad al año del fin del mundo según el calendario maya. Macho opina que los resultados en 2013 “no serán tan brillantes como los de este año.” Por eso insta a trabajar en una Ley de Cine en la que por primera vez se sentarán a ambos lados de la mesa el poder político y los que ostentan el poder del sector. Por último, subraya que “el cine español debe ser una cuestión de Estado” y apunta “que el cine español no pertenece a ningún partido político. Ni a los de la ceja ni a los del bigote. El cine español nos pertenece a todos.”

VIII.- Continúa la entrega de Goyas. Candela Peña, tres años apartada del cine, exige cuando recibe la estatuilla de mejor actriz revelación: “Trabajo. Tengo un niño al que alimentar.”

IX.- Goya de honor a Concha Velasco. La Velasco es un pedazo de actriz y lo demuestra sobre el escenario. Numerito musical un tanto estrafalario con las canciones que forman parte de la banda sonora de muchas de sus películas como Las chicas de la Cruz Roja y El día de los enamorados, entre otras.

X.- Momentazo desagradable. Culpa del directo, y de dejar los puñeteros sobres (en una noche con continúas alusiones a los dichosos sobres, of course) abiertos sobre el atril. Equívoco en el de Mejor Canción Original. Se dice un nombre pero fatal error, es un fallo. No me gustaría estar en la piel de los presentadores y mucho menos en la de los protagonistas que se anunciaron en un principio como merecedores de ese Goya. Disculpas por el equívoco. Mal rollo.

XI.- Los Goyas basculan entre Blancanieves y Lo imposible. Alguno cae a Grupo 7 y la cinta de animación Tadeo Jones.

XII.- Me gusta el apartado In memoriam, el que se dedica a los ausentes, los que nos dejaron el año pasado. Un rótulo dice algo así como fuisteis sombras y ahora sois luz.

XIII.- En la operación por desactivar las criticas de la Unión de Actores participa la gente de La hora Chanante/Muchachada nui.  Noto en falta su humor chusco. Casi parece que han domesticado a estos reyes de la risa garrula.

XIV.- El oscarizado y goyarizado Javier Bardem sube al escenario cuando Los hijos de la nube, de Álvaro Longoria, obtiene el Goya al mejor documental. El malo de No es país para viejos y Skyfall grita desde la tribuna: ¡Sahara libre! Momentos antes, la película cubana Juan  de los muertos recibe la estatuilla a Mejor película Iberoamericana. Todos muy nerviosos. Su director, Alejandro Brugés, reclama un cine independiente en Cuba. Uno de sus actores grita: en Cuba no hay nada pero hacemos de todo. Más o menos así queda grabado en mi memoria.

XV.- Los premios gordos en una gala que, pese a sus inevitables improvisaciones, tiene un ritmo ágil comienzan con la entrega del Goya al mejor actor a José Sacristán por una película que no ha visto ni Dios. Se quiere hacer justicia, no obstante avisa el comentarista de televisión, a que no haya recibido ni uno de los cabezones en la ya larga historia de los premios del glamuroso cine español. Sacristán se lo dedica a la memoria de Pedro Masó. A Concha Velasco se le saltan las lágrimas. Juan Antonio Bayona cuando recibe el de Mejor Director de manos de Alejandro Amenábar apuesta por un cine grande, mediano y pequeño –algo así como España una, grande y libre–  y después, en un gesto que le honra, entrega la estatuilla a la mujer que inspiró la historia de Lo imposible. Finaliza la función con el galardón a Mejor Película, que obtiene Blancanieves, que dirige Pablo Berger.

Saludos, punto y pelota, desde este lado del ordenador.

Dos que cabalgan juntos

Martes, Febrero 12th, 2013

Resulta inquietante lo actual que se ha puesto El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Y si bien algo de ello encuentro en las nuevas versiones –los remakes dicen– que forman parte del disco duro de mi memoria, últimamente me quiebra la conciencia la tendencia que tiene el cine por rehacer títulos que apenas han y habían llegado a su mayoría de edad.

Las explicaciones que dan son varias.

Ladran y ladran.

No se apuesta por ideas.

Experimentan con el original porque se mejora aunque el producto original, ya digo, apenas lleve cinco años rondando el mercado.

Eso sí, las nuevas versiones –los remakes que le dicen– aportan elementos novedosos: mejora la ambientación y sus efectos especiales.

La historia, si embargo, sigue siendo la misma solo que vuelta del revés.

O deconstruida que es lo que mola decir ahora.

Aunque la palabra exacta sea en la mayoría de los casos reconstruida.  

Pero es un remake.

Y uno, al final, hasta lo perdona.

Lo que no perdona, y le hace sacar dinero de la cuenta en Suiza para subvencionar a sicarios afganos, es lo que hacen con las adaptaciones basadas en mis títulos grandes de la literatura.

Veo dos que se presentan en estos tiempos recientes.

Cintas las dos inspiradas en novelas que forman parte de mi biblioteca de cabecera.

El retrato de Dorian Gray cuenta con varias adaptaciones cinematográficas. La primera de ellas firmada por Albert Lewin en los años cuarenta con un ambiguo Hurd Hatfield como Gray y ese siempre exquisito ruso blanco que fue George Sanders como su corrupto mentor, lord Henry.

Lewin y el mismo Sanders trabajarían juntos otra vez en 1947 en Bel Ami, la otra novela que ocupa un espacio preferente en mi caótica biblioteca.

Llegué a Oscar Wilde leyendo primeros sus relatos, algunos de los cuales conservan aún una fuerza conmovedora no sé si por su refinada y cursi crueldad.

Mi devoción wilderiana me llevó a que leyera prácticamente todo lo que caía entre mis manos aunque fue El retrato de Dorian Gray el que rubricó mi afición. En él se encuentra lo mejor de este escritor de origen irlandés. Un provocador, un dandi al que intentaron sepultar acusándolo de ridículo y sodomita.

Mi encuentro con Guy de Maupassant fue un descubrimiento.

Con sus cuentos encontré lo peor y lo mejor de mi mismo. Lástima que hoy no pueda releerlos tras cometer una de las más desafortunadas decisiones de mi vida, prestárselas a un extraño que nunca las leyó ni las devolvió.

Sí que conservo Bel Ami, la novela más famosa del escritor que acabó por degollarse, un autor que si bien pasará a la historia por sus relatos en Bel Ami aplicó todo su talento galante para narrar un feroz retrato de su época.

Un mundo trufado de corrupciones y arribistas con una idea fija en la cabeza: poder.

Con estos materiales, resulta cuanto menos curioso por no decir extraño que el cine haya sido incapaz de transmitir hasta hoy la fuerza que aún conserva ambos títulos. Relatos en los que se exploran las dobleces morales y el lado más perverso de la condición humana.

Y eso explica que nunca envejezcan.

Como si envejecen, curiosamente, las nuevas puestas al día que tanto Oiver Parker como Declan Donnellan y Nick Ormerod mostraron en 2010 y 2012, respectivamente, en su El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Reinterpretaciones que si bien respetan aparentemente la línea argumental, se precipitan demasiado pronto en la tentación por “mejorarlos” con resultados nefastos.

Indignos ya no solo para el espíritu que tienen ambas novelas sino para con el público que, como quien ahora les escribe, aún siente fascinación por ellas.

El retrato de Dorian Gray, según Oliver Parker, es una cinta que nada hacia la nada por siniestrilla. Por coger de la novela solo el barniz de drogadicto y bisexual que emana del personaje, adobándolo con una postmoderna puesta en escena decadente.

Se subraya además el fondo fantástico del relato, ese cuadro que envejece mientras su rejuvenecido modelo parte corazones a diestro y siniestro por las calles de Londres pero carece de la cursi y siniestra crueldad del material literario original.

Las mismas sensaciones me asaltan cuando veo el Bel Ami de Donnellan y Ormerod. Es decir, comprobar cómo se utiliza solo el esqueleto argumental de la novela para liarla, dejando sin costuras la frenética carrera que emprende el joven seductor para convertirse en el rey del juego.

Dos películas que carecen, incluso, del talento para “condensar” de la ya mítica Reader Digest.   

Así que alégreme el día, señor juez…  

Saludos, ya digo, desde este lado del ordenador.

La gran evasión, cincuenta años después

Domingo, Febrero 10th, 2013

No sé cuantas veces la he visto.

Y no sé cuantas veces la veré antes de que me vaya de este mundo.

Aunque la última, ya ven, fue la noche de un sábado en el que mientras tanto se colaba por la ventana los gritos, chillidos de la marabunta.  

Claro que valía la pena volver a verla. Será que nunca me canso de verla.

Tanto, que son muchos los días que me levanto tarareando el tema principal de su banda sonora (Elmer Berstein, of course).

Tanto, que son muchos los días en los que me veo tirando una pelota de béisbol contra la pared. Encerrado entre las cuatro paredes de la cueva.

Debajo de mi ventana, mientras tanto, dos chiquillas disfrazadas de policías orinan entre dos automóviles aparcados en la acera. Más allá, tres tíos vestidos de ganso hacen lo mismo cara a la pared.

Por el asfalto de la calle corren cuesta abajo ríos de orina que se mezclan unos con otros en caprichosos afluentes. Por la Rambla de Pulido continúa pasando gente metidos en una película de la que me siento ajeno.

Así que prefiero disfrutar una vez más de esa película que me viene acompañando desde que tengo uso de razón.

Una película que nunca he visto en pantalla grande sino por televisión y una película, además, que hasta que me hice con una copia en deuvedé tampoco había escuchado en versión original.

Celebra este año medio siglo, o cincuenta años sin que apenas se le note la arruga del tiempo.

Respira y respiro con ello aire fresco, tanto, que siempre hace que me abstraiga de la realidad en la que me encuentro.

La noche de ayer, por ejemplo, me hizo olvidar el rugido de la marabunta y el cuadro entrañable que siempre deja como rastro debajo de mi casa.

Se tituló en España La gran evasión y la dirigió uno de esos cineastas a los que denominan como artesano. Lo de artesano lo tecleo con la piel de gallina porque siempre he pensando que cuando se define así el trabajo de cualquiera parece que se quiere decir: es un tío que lo hace bien pero no suele dejar huella…

Y John Sturges sí es de los que me dejó huella.

Amo Duelo de titanes y El último tren a Gun Hill. Detesto Los siete magníficos, y me hizo apreciarlo un poco más cuando estrenó Ha llegado el águila, su último trabajo. Lo que esos mismos a los que me refería llaman como testamento cinematográfico.

Pero si me quedo con una película de su filmografía, irregular pero con disparos de nieve y una luz cegadora que aún me conmueve, es La gran evasión, una película gigantesca no ya por su historia, ni siquiera por el impresionante y plagado reparto de estrellas que la salpica; tampoco por esa banda sonora que, a mi juicio, es una de las mejores de la Historia del cine.

No, no… si algo me sigue abduciendo de La gran evasión es porque todo en ella es perfecto como vehículo de entretenimiento.

Una obra redonda en la que todo funciona.

Y tanto, que aún funciona.

Es un canto al individualismo y a la obstinación. A intentarlo sin pensar en el fracaso. También la historia de un puñado de hombres en guerra que todavía combate al enemigo con la única arma que tienen: fugarse.

Está escrita por el escritor especializado en novelas río James Clavell y por uno de los grandes de la novela negra, William R. Burnett, quien afirmaba en el primer volumen de Backstory. Conversaciones con guionistas de la edad de oro (coordinado por Pat McGuilligan, editorial Plot, 1993): “Cuando comenzamos a trabajar en La gran evasión no aparecía ningún americano en ella. Le dije a John: “Estamos haciendo esto para el público americano, así que tiene que haber americanos.” Los personajes de Jim Garner y Steve McQueen son míos. Todo eso del béisbol, el tipo sentado en la celda, todo eso es mío. Nunca hubiera sido lo mismo sin aquellos dos personajes, si todos hubieran sido ingleses.”

Ehhhh…

…. Grande, grande Burnett.

Ese clásico de la literatura norteamericana.

En La gran evasión los dos americanos celebran en el campo el Día de la Independencia rodeados de funcionariales y estirados británicos, algún polaco (grande Charles Bronson) y alemanes armados hasta los dientes.

Día de la Independencia.

Un 4 de julio.

Aunque en el filme la fiesta consiste en joder a los alemanes. Y de refilón en que los ingleses se den cuenta de quienes son sus rebeldes hermanos de la ex colonia.

El objetivo común es fugarse como una estampida de ese campo de concentración para pilotos derribados que gobierna al principio con guante de seda un oficial de la Luftwaffe.

Son tantas las escenas, que todavía me emociono y veo como si fuera la primera y afortunada primera vez.

Las imágenes se acumulan e intentan hacerse paso dentro de mi cabeza.

Así que recuerdo cómo hacen desaparecer la arena de los túneles que están construyendo.

Y cuando los yanquis fabrican licor con las cáscaras de papas, nunca patatas.

Y cuando descubrimos que el personaje que interpreta Bronson, “el rey de los túneles”, sufre claustrofobia, y de cómo se convierte en lazarillo de ese actor con cara inquietantemente de niño que tuvo el gran Donald Pleasence

¿Y cuándo caen en su propia trampa los personajes que encarnan Richard Attemborugh, en el filme el cerebro de la operación, y su segundo, Gordon Jackson?

Y ese momento en el que los golfos y privilegiados presos del campo se encuentran con un batallón de soldados rusos vigilados brutalmente por los alemanes.

Y, cómo no, la escena en la que McQueen a horcajadas de una motocicleta intenta llegar a Suiza perseguido por el enemigo…

Veo otra vez La gran evasión.

Y es como la primera vez aunque me la sepa casi de memoria.

¿Es la obra de un artesano?

Me encojo de hombros porque para mi es, sencillamente, perfecta.

Tanto, que se pasan las horas, el puto tiempo, y dejo de escuchar el rugido de la marabunta.

Me salen granos solo con escribirlo… pero lo escribo.

Una obra maestra. 

Saludos, un domingo de carnaval, desde este lado del ordenador.

Duro y en ebullición

Sábado, Febrero 9th, 2013

“Quise colgar el teléfono de un golpetazo. Traté de serenarme y, si no hubiera sido porque Ellen desde las profundidades del sofá, lanzó una ahogada risita, le hubiese pegado una patada a lo primero que se me hubiese pegado a tiro. Estuve a punto de decirle que se callase, pero cuando una mujer le mira a uno como ella lo estaba haciendo, se le atraganta la lengua, se limita a quedarse quieto.”

(El gran crimen, Mike Spillane. Colección Intriga, Plaza y Janés, 1967. Traducción de Eduardo Mallorquí del Corral).

Javier Coma destaca en su todavía imprescindible Diccionario de la novela negra norteamericana (colección Contraseñas, Anagrama, 1986) que la corriente del hard boiled (duro y en ebullición) es una tendencia literaria que, surgida en los violentos y locos años veinte, se caracterizó por “su culto a la violencia, el sarcasmo y el ritmo trepidante de la acción”, características que encuentro sin disfraz en Gangster Squad (Ruben Fleischer, 2013), largometraje que reinterpreta las claves hard boiled en clave cómic.

Un cómic que tiene mucho que ver con la excelente y experimental revisión de un clásico del tebeo como fue el Dick Tracy que firmó Warren Beatty a finales de los años ochenta y que recuperó con otros síntomas el elegante noir de L. A. Confidencial (1997), de Curtis Hanson, película en la que adaptaba al cine una de las cuatro novelas que James Ellroy dedicó a la desquiciada ciudad de Los Ángeles en la década de los cuarenta del pasado siglo XX.

Los Ángeles es protagonista también de la acción de la gamberra y ultra reaccionaria Gangster Squad, película que bebe de fuentes variopintas, aunque todas ellas recientes.

Es decir, de filmes que, como el de Hanson, reinterpretan un género en el que más que la historia lo que importa es la estética y la ambientación retro de un universo que, como el western, tiene señas de identidad objetivamente norteamericanas.

Y en este sentido, Gangster Squad no engaña desde su primera escena.

Esa en la que un tuneado Sean Penn como Mickey Cohen descuartiza a un gang de Chicago que quiere hacer negocios “en mi ciudad.”

Gangster Squad advierte así, nada más iniciarse, que vamos a ver una pulp fiction.

Un largometraje plano, con personajes igual de planos en lo que importa no son los grises, las contradicciones que animan a sus personajes, sino la acción a ritmo de swing.

Intentar por ello buscar otras lecturas en lo que solo promete “culto a la violencia, sarcasmo y trepidante acción” es una tarea condenada al fracaso porque, como reitero, la película ya dice por donde van a ir los tiros desde su inicio.

Mucho bang, bang, bang…

Y nada sobre reflexionar en torno a un género, como es el negro criminal, cuya última reinterpretación intelectual, Muerte entre las flores (Joel y Ethan Coen, 1990) no superó las expectativas por actualizarlo como sí hizo la todavía reivindicable Los intocables de Eliot Ness (Brian de Palma, 1987).

Gangster Squad es así un largometraje de gatillo fácil y mensaje si quieren siniestramente fascista.

En el que se viene a decir, como se venía a decir en el filme de Brian de Palma, que solo se puede poner fin al mal empleando las mismas armas que el mal.

Un mensaje claro y directo, ideal para consumidores de cotufas.

Espectado al que le trae floja discursos como ¿pero si utilizan las mismas armas que el mal, qué los diferencia de, precisamente, el mal?

Película por lo tanto de una aplastante y siniestra simplicidad, Gangster Squad es un producto circense que si te arroba, te roba. Y si te mosquea, ¡pues vete de la sala, chaval!

Solo puedo decir que para todo lector de hard boiled, el filme de Fleischer no decepciona.

Ya que quiere ir de duro y quiere estar en continúa ebullición.

Quiere, además, arroparte en su equívoco discurso estético violento que a mí, al menos, me hace evocar las novelas del maestro Mike Spillane.

Un facha el Spillane con todas sus letras.

Pero que inspiró con su bronco Mike Hammer al Harry el sucio que, años más tarde, encarnaría en pantalla Clint Eastwood.

Juez Dredd es así una fantasía postmoderna para la chiquillería que olvida a sus ilustres clásicos.

Todos esos feroces detectives privados y agentes de la policía a los que obligan a renunciar a su placa (seña de identidad) para que apliquen la ley a su manera.

Alégrame el día.

Soy la puta ley.

Hard boiled.

Facherío en continua y dura ebullición.

El personaje que hace que interpreta Josh Brolin recuerda así a un Mike Hammer.

El personaje que hace que interpreta Ryan Gosling recuerda así al mejor amigo de Mike Hammer, ese mejor amigo que en casi todas las novelas de Spillane muere nada más empezar la historia para justificar las tropelías justicieras de su psicópata justiciero…

Y todo ello, todas estas señas de identidad hard y boiled las encuentro en esta delirante, entretenidísima Gangster Squad.

O el relato de un batallón fantasma que, presuntamente, trabaja a favor de la ley aunque al margen de la ley.

Una reinterpretación todavía más pulp –o de encefalograma no tan plano– que la frustrante La brigada del sombrero (Lee Tamahori, 1996), uno de cuyos actores, el pétreo Nick Nolte interviene también en Gangster Squad, película, ya digo, con igual discurso simplista que aquella. Solo que en esta ocasión echa toda la carne sobre el asador.

Entiéndase: tiros, tiros y más tiros.

Concluyo:

Gangster Squad es cine primitivo.

Entretenimiento rudo en estado constante de ebullición.

Su discurso va directo al grano: para poner fin al mal hay que utilizar las mismas armas que el mal.

Claro que… ¿qué es el mal?

En Gangster Squad, Penn/Cohen no para de repetir que encarna el progreso.

Los indignados, encarnados en ese grupo de policías que reparte justicia al margen de la ley, justo lo contrario…

Ya ven…

El mundo al revés. 

Saludos, metralleta Thompson en mano, desde este lado del ordenador.

Edipo en Stalingrado

Miércoles, Febrero 6th, 2013

INTRO

“Ahora rara vez peroraba en la mesa, como había sido su costumbre. Prefería comer solo. Guderian lo encontró muy cambiado: “Su mano izquierda temblaba, su espalda estaba encorvada, tenía la mirada fija y los ojos salidos, pero les faltaba su antiguo brillo; sus mejillas tenían pecas rojas.”

(Adolf Hitler tras conocer la victoria del ejércio rojo en Stalingrado. Stalingrado, de Anthony Beevor).

El pasado 2 de febrero se cumplió el setenta aniversario del final de una de las batallas más feroces y sangrientas de las II Guerra Mundial, Stalingrado, capítulo que supuso el desmoronamiento del hasta ese entonces invencible ejército alemán, que prácticamente había ocupado –y contaminado– el suelo de Europa bajo la sombra de la cruz gamada.

El cine ha prestado notable atención a esta batalla crucial en las que las fuerzas soviéticas y germanas se vieron las caras en la derruida ciudad, hoy Volvogrado.

Una advertencia, sin embargo, ya que solo repasaré en este post cinco títulos –ninguno de ellos perteneciente a la cinematografía soviética por franco desconocimiento– en el que con mejor o peor fortuna se intentó reflejar una batalla que hizo que un frente, como fue el del Este, pusiera la carne de gallina a las hasta ese entonces invictas tropas alemanas.

Eso explotó que, propagandísticamente, la batalla de Stalingrado se interpretase como el primer y colosal enfrentamiento entre las dos grandes ideologías nacidas en el convulso siglo XX: el nazismo y el comunismo. Combate cuyos ecos aún resuenan, creo entender, en la conciencia de Europa.  

NOCHE AMARGA (Falk Harnak, 1958)

La película se desarrolla en vísperas a la batalla de Stalingrado, frente en el que un soldado alemán hastiado de la guerra decide desertar junto a su joven amante ucraniana siendo detenido por sus camaradas. A partir de este momento, la cinta se convierte en una atractiva aunque lenta y demasiado moralina película procesal en la que gran parte de la acción la ocupa el diálogo que mantiene el detenido con un sacerdote militar. Como es natural, en ningún momento se explica las barbaridades que cometió el ejército alemán en la castigada población civil, pero sí en explicar que no todos los jóvenes combatientes de la Wehrmacht eran rabiosamente nazis. Que eso fue cosa solo de las SS. Con todo, es un título recomendable para los aficionados al cine alemán que pretendió reinterpretar la historia en aquellos años con películas como Almirante Canaris (Alfred Weidnmann, 1954), El general del diablo (Helmut Käutner, 1954); La estrella de África (Alfred Weidnmann, 1957), cuyos exteriores se rodaron en la isla de Gran Canaria, concretamente en la dunas de Maspalomas; y U-47, comandante Prien (Harald Rein, 1958), entre otras. 

EL MÉDICO DE STALINGRADO (Géza von Radványi, 1958)

Si Noche amarga mostraba –siempre desde el punto de vista alemán de la postguerra– el día antes de la batalla, El médico de Stalingrado indaga en cómo sufrieron cautiverio miles de estos hombres en los campos de concentración soviéticos una vez se rindieron. El filme está basado en una novela del reivindicable escritor Heinz G. Konsalik, y en ella se plantea el dilema ético al que se enfrenta un médico entre su deber de salvar vidas humanas sean de la ideología que sean. Entre los actores destaca una bellísima Eva Bartok y Mario Adorf. De los filmes alemanes rodados a finales de los años cincuenta con el único fin de perdonarse a sí mismo, quizá sea de lo mejor que se rodó en aquellos años. No es, en todo caso, un filme estrictamente bélico y sí más carcelario vertiente campo de concentración, pero tiene su visionado y puede incluso plantear encendidos debates. 

STALINGRADO (Frank Wisbar, 1959)

Basada en la novela Perros, ¿queréis vivir eternamente?, del escritor alemán Fritz Wöss, Stalingrado es una de esas habituales producciones bélicas que el cine germano rodó en la década de los años cincuenta para depurar la conciencia y lanzar el mensaje de que no todo el pueblo alemán fue abducido por el ideario hitleriano. El filme es una pequeña producción que cuenta con buenas escenas bélicas, aunque lo más interesante del filme resulte, a mi juicio, el papel que interpreta su protagonista como oficial que hace de enlace con las fuerzas rumanas que combatieron en esta batalla del lado alemán. Con todo, Stalingrado continúa siendo una curiosidad para aficionados al cine bélico, aunque su empeño de no todos los alemanes fuimos culpables pesa como una losa en un largometraje en el que no resulta para nada creíble la historia de amor que vive el honesto oficial con una rusa, soldado del ejército rojo. 

STALINGRADO (Joseph Vilsmaier, 1993)

La película se estrenó en 1993 coincidiendo con el cincuenta aniversario de la batalla que decidió la II Guerra Mundial en Europa, y a mí su primera mitad me sigue pareciendo de las más vibrantes y extremadamente relistas cintas bélicas de los últimos tiempos. Mucho, mucho tiempo antes de que Steven Spielberg nos metiera sin trampas ni cartón en el escenario de la guerra en Salvar al soldado Ryan (1998). El filme de Vilsmaier comienza a desmoronarse, sin embargo, cuando tras la ventolera bélica, los enardecidos combates que tanto alemanes como rusos libran en las calles de la ciudad, se decanta por un discurso pacifista que parece metido con forzado calzador. Nada que objetar al trabajo de sus actores, todos ellos broncos, encallecidos, perfectamente creíbles como soldados que luchan por un Reich que iba a durar mil años. Uno de ellos, en un tren que atraviesa la estepa, se lo dice al camarada que tiene al lado: “toda esta tierra será para que la trabajen los alemanes.” La férrea disciplina prusiana de la Wehrmacht, que varios de los protagonistas del filme terminen en un batallón de castigo y el desesperado intento de escapar al sitio al que finalmente sometió el ejército soviético al VI Ejército al mando del mariscal Von Paulus son otros elementos que confieren de peculiar y siniestro atractivo a una película que, lamentablemente, se pierde cuando aparece en escena un sádico oficial nazi que tiene escondido en el sótano de uno de los derruidos edificios de la ciudad a una atractiva combatiente rusa.

ENEMIGO A LAS PUERTAS (Jean-Jacques Annaud, 2001)

El director de las interesantes En busca del fuego, El nombre de la rosa y El oso sorprendió a propios y extraños con Enemigo a las puertas, una de las mejores películas de Annaud. El filme es además una inteligente mezcla entre cine bélico y western y está inspirado en la vida del francotirador soviético Vasili Záitsev. Somos todavía muchos los que recordamos las primeras e impresionantes escenas de este largometraje, así como aquellas en las que son empujados a la muerte los soldados del ejército rojo que, azuzados por comisarios políticos, les obligan atacar desarmados las líneas alemanas. El filme cuenta además con una atractiva historia de amor que no desentona con la historia. Un triángulo que forman el francotirador (Jude Law) y un oficial de propaganda (Joseph Fiennes) enamorados de la misma mujer, Tania Chernova (Rachel Weisz). Muestra, además, la apuesta que asumió Nikita Jruschov, que interpreta Bob Hoskins, para organizar aquel caos. Hoskins, diez años antes, se había caracterizado como el siniestro Lavrenti Beria en la reivindicable El círculo de poder (Andrei Konchalovsky). Entre otros grandes momentos, Enemigo a las puertas cuenta con el enfrentamiento final entre el francotirador alemán, el mayor König (Ed Harris), contra Záitsev, así como momentos de una épica encendida en la que se rinde sobre todo homenaje a los hombres, como individuos, que formaron parte del ejército rojo. Ese mismo ejército que dos años después de la sangrienta batalla de Stalingrado tomaron con sangre y fuego Berlín.

Es probable que haya más títulos, sin contar los soviéticos, pero si los hay, no me acuerdo. 

Saludos, en la trinchera, desde este lado del ordenador.