Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Cien veces George Cukor

Jueves, Enero 24th, 2013

El pasado miércoles se cumplió exactamente veinte años de la desaparición del cineasta norteamericano George Cukor.

¿Qué quién fue Cukor?

De su extensa filmografía citaría dos comedias, Historias de Filadelfia y La costilla de Adán para refrescar su desmemoriada memoria cinéfila.

Claro que si ni con esas lo consigo ¿les suena Ha nacido una estrella?, la versión en la que se movieron como pez en el agua James Mason y Judy Garland; ¿la deliciosa Nacida ayer?, en la que una hoy injustamente olvidada Judy Holliday desarmaba literalmente al siempre apuesto William Holden y ¿qué me dicen de ese inquietante suspense que continúa siendo Luz de gas?, título que muchos aún empleamos para definir cierto comportamiento (in)humano.

La historia afirma que George Cukor fue un director de actrices, y que esta fue la razón que provocó que lo despidieran del rodaje de Lo que el viento se llevó cuando Clark Gable se percató que el cineasta se preocupaba más de ellas que de él…

No sé si es cierto este rumor, pero en una película como Lo que el viento se llevó la firma del director se disuelve cuando la cinta aún respira pese al paso de los años y su latente mensaje racista. Lo que el viento se llevó es, en este sentido, una obra que se encuentra en los territorios del más allá del bien y del mal y uno de esos títulos de referencia que ha forjado al gigantesco cine norteamericano.

Lo que hace actual el cine de George Cukor, plagado de obras maestras pero también de películas muy irregulares, es que todavía desconcierta.

Imagino que por eso muchos cacarean cuando afirman que fue el mejor en representar la guerra de sexos, también en presentar mujeres con carácter muy fuerte pero sin renunciar a su poderosa feminidad.

En este sentido, creo que Katharine Hepburn dio lo mejor de sí en manos de Cukor, y que me perdone George Steven y Frank Capra. Lo mismo diría con la adorable Judy Holliday, una actriz, reitero, de la que hoy apenas nadie se acuerda.

También dirigió a Marilyn Monroe en la tremendamente cool El multimillonario. Un musical en el que daba réplica a la actriz más hot el actor más cool de la historia del cine: Yves Montand.

Entre otras películas, me conmuevo con Cukor cuando vuelvo a ver My fair lady, y eso que cuando la descubrí por primera vez se trataba de su versión doblada. Una de aquellas despreciables versiones dobladas donde además de doblar al actor se doblaban las canciones.

A mi me encanta Rex Harrison haciendo de profesor Higgins, y me rompe el corazón Audrey Hepburn –de quien, por cierto, el pasado 20 de enero se cumplió el décimo aniversario de su muerte– como Eliza Doolittle, el patito feo que se transforma en cisne. Eso sin mencionar a su excelente y muy británico reparto de secundarios.

La última película de Cukor, que rodó dos años antes de su muerte, fue Ricas y famosas, protagonizadas por Jacqueline Bisset y Candice Bergen en pleno esplendor de su madurez. Es probable que si la repescan ahora le sepa a cine un tanto roñoso, pero más que por la historia –yo diría que aún radicalmente audaz y tremendamente femenina que no feminista para estos tiempos que corren–  por la época, principio de los ochenta.

Con todo, creo que es un buen testamento cinematográfico que sin llegar al apogeo de sus grandes y revolucionarias películas, concluye la carrera de un director cuya obra apenas se resiente con el paso de los años.

Eso que dicen es un clásico.

Cuando le pregunté hace once años a una alucinada Bisset, invitada como jurado de reina del Carnaval de esta ciudad en la que vivo: ¿cuál fue el mejor director con el que ha trabajado? La actriz de La noche americana (François Truffaut, 1973) no tardó ni medio segundo en responderme: “George Cukor, of course.”

Después, y como todo aficionado que se precie, le pedí que se fotografiara conmigo.

Saludos, qué grande fue el cine, desde este lado del ordenador.

Directo al blanco, como debe ser…

Martes, Enero 22nd, 2013

* La colección Generación 21: Nuevos novelistas canarios presenta este año cuatro nuevos títulos. Estos son: Cinco mujeres que no subirán al cielo, de Juan Andrés Herrera; El centro del gran desconocido, de Eduardo Montelongo; Julia y la guillotina, de Jonathan Allen y Si hubieras estado aquí, de Cecilia Domínguez Luis.

* Ediciones Aguere e Idea presentarán también durante los primeros meses de 2013 La ONU. Canarias y las descolonizaciones africanas, un ensayo del profesor Domingo Garí; y en narrativa La piel de la lefa, de Juan Ramón Tramunt y… En el aire queda, de Damián H. Estévez.

* El escritor alemán Harad Braem presentará entre el 24 y 25 de enero en Tenerife y La Palma Tras las huellas de los aborígenes. Las citas tendrán lugar en la librería Bárbara en Los Cristianos y el hotel Monopol en el Puerto de la Cruz, así como en la tasca La Luna, en Los Llanos de Aridane. Braem, que aprovechará su estancia en isla de La Palma para trabajar una nueva novela, dará a conocer en la ciudad portuense sus nuevos thrillers en lengua alemana, Der Vulkanteufel y Tod im Barranco. Tras las huellas de los aborígenes es una guía arqueológica que resume brevemente teorías sobre el origen de los primeros pobladores del archipiélago.

* La escritora María Jesús Alvarado presentará el 5 de febrero en el Ateneo de La Laguna, Sorimba. El acto será introducido por la también escritora Elsa López. Alvarado es autora de autora también de Suerte Mulana (2002), Extraña estancia (2006), Geografía accidental (2010), Al sur de Zagora (2010), Isla Truk (2011) y Grietas (2012).

* TEA comienza este miércoles, 23 de enero, un ciclo de cine contemporáneo de Guatemala con la proyección a las 20 horas de Distancia, de Sergio Ramírez. El ciclo, con el título de Historias del país del fin del mundo, es una actividad paralela de la exposición Piel de gallina. Regina José Galindo, que se muestra en el centro hasta finales de marzo. Los otros largometrajes que forman parte del ciclo Historias del país del fin del mundo son La isla, de Uly Stelzner (día 30), El regreso de Lencho, de Mario Rosales (6 de febrero), Alternativa. La historia del rock en Guatemala, de Vinicio Rizzo (13 de febrero) y Las marimbas del infierno, de Julio Hernández Cordón (20 de febrero).

Saludos, por el patio interior se cuelan los gritos de los primates de Sálvame, desde este lado del ordenador.

Lincoln frente a Django

Lunes, Enero 21st, 2013

Coincide en las carteleras el estreno de dos películas que, curiosamente, giran en torno a la esclavitud. Aunque la visión que ofrecen ambos filmes –dirigidos por Steven Spielberg y Quentin Tarantino– son radicalmente diferentes.

Lincoln es la visión serena y reflexiva sobre el decimosexto presidente de los Estados Unidos, un hombre y un político con el que se mimetiza Daniel Day-Lewis, camaleónico actor que forma ya parte de esa amplia galería de ilustrados intérpretes del cine norteamericano que han encarnado a quien todavía sigue siendo una leyenda no solo en su país, sino más allá de sus fronteras.

El filme de Spielberg, que considero uno de los mejores trabajos de su carrera tras la estupenda Munich y la muy olvidable Caballo de batalla, es con todas sus irregularidades un extraordinario retrato político sobre unos tiempos y sobre un hombre que tuvo la difícil tarea de mantener con sangre y fuego la unidad de una nación mientras procura dar luz a las numerosas sombras que oscurece –por el peso del mito– su formidable liderazgo.

Se trata pues por humanizar a un hombre que asumió decisiones que aún plantean controversias, pero sobre todo la indagar en la batalla política –mientras los ejércitos del sur y del norte se desangran en los campos de batalla– que lideró en favor de la promoción de la Decimotercera Enmienda, a través de la cual se abolió y prohibió la esclavitud en los Estados Unidos.

El filme de Spielberg muestra, paralelamente, la vida privada del presidente. Sus difíciles relaciones con su mujer, Mary Todd, así como con sus dos hijos. Aunque como película se crece, a mi juicio, cuando transporta al espectador a través de las cloacas del poder. Revelando el uso de la corrupción como arma política para conseguir un objetivo que, como le indica el general U. S. Grant (Jared Harris) al mismo Lincoln, le ha hecho envejecer diez años.

El Lincoln de Spielberg es pues el retrato de un hombre que intenta hacer equilibrio en la balanza de la Historia. Un político que, asumiendo responsabilidades que ningún presidente había tenido hasta ese entonces, dirigió un país con mano de hierro hasta el fin de la guerra. Todo sea con el fin de resolver un conflicto –la división de once Estados– en aras de que, como proclamó en ese todavía vibrante discurso de Gettysburgh, “esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra.”

Si el Lincoln de Spielberg propone una mirada histórica sobre la esclavitud, el Django desencadenado de Quentin Tarantino es una sublimación ciertamente pueril sobre lo afroamericano pero disfrazado –dicen– de spaghetti western.

Django desencadenado reinterpreta así un filme que ya es referente en este subgénero cocinado en los sesenta y setenta en Europa, Django (Sergio Corbucci, 1966), pero no convence, ni emociona ni sorprende como otros trabajos de este confeso amante del cine de alquiler.

Django desencadenado comienza dos años antes del estallido de la Guerra de Secesión y como en Malditos bastardos, al margen de su ubicación histórica, es un relato de y sobre venganza.

Si en Malditos bastardos el cineasta cambiaba el curso de la historia para que los judíos ejecutaran al mismo Adolf Hitler y sus secuaces en un elegante cine de París; en Django desencadenado propone que sea un negro, más que los negros, adoctrinado por un caza recompensas europeo (magnífico Cristhop Waltz, de lo mejor junto a Leonardo DiCaprio en esta cinta errática, sin rumbo), quien se yerga en castigador de los responsables de tantos siglos de ignominia explotadora.

Django desencadenado es, en este sentido, la película más irregular en la filmografía de Tarantino. Un título en el que las notables influencias cinematográficas de su director no casan con la misma facilidad como sí lo hicieron en otras de sus películas como, por ejemplo, Kill Bill.

Es probable, de todas formas, que quien ahora les escribe quisiera ver más una reinterpretación cafre de Mandingo (Richard Fleischer, 1975) que del Django original, título del que apenas coge algún que otro elemento como el nombre del esclavo que interpreta Jamie Foxx o ese grupo de enmascarados que lidera un irreconocible Don Johnson, y con los que el director propone una humorística parodia de la cabalgata de jinetes del Ku Klux Klan de El nacimiento de una nación (David W. Griffith, 1915).

Entre otros lastres de Django desencadenado se encuentra, además, su excesivo metraje. Metraje que incluye una media hora final prescindible y en la que el cineasta bordea sin mucha fortuna y peligrosamente esa línea invisible que es el ridículo. Y ello siendo consciente que el ridículo es uno de los motores que alimenta el cine de un director, Quentin Tarantino, que no da en esta ocasión en la diana.

No, en su presuntamente provocadora Django desencadenado apenas encuentro destellos de su peculiar mirada alucinada y gamberra. De su radical reinterpretación de géneros, de su cinefilía de todo a cien, aunque haga sangre con el mito de Tío Tom con un personaje que interpreta Samuel L. Jackson.

Saludos, ¡Union forever!, desde este lado del ordenador.

Las tres revelaciones de Nagisa Oshima

Jueves, Enero 17th, 2013

El imperio de los sentidos fue la película que quebró el apetito burgués por el cine erótico, género al que tanto contribuyó Sylvia Kristel, a quien muchos la lloramos el año pasado; e Historia de O, sadomaso tipo Grey para discretos amantes de los azotes.

No, El imperio de los sentidos fue mucho más. 

I 

Quiero entenderla como una fractura radical con todo aquel cine de amables pero licenciosas incitaciones sexuales porque, además de contar una historia, integró a esa misma historia una pornografía que todavía puede producir quebranto.

Con independencia de su carácter provocador, como provocador fue la adaptación de Pier Paolo Pasolini de actualizar el universo saludablemente enfermo del marqués de Sade en Saló o los 120 días de Sodoma, El imperio de los sentidos es una película que ha dejado desde entonces de gravitar en su época, los años setenta. 

Es una película celeste, que existe porque su nihilismo resulta aún brutalmente liberador.  

Y lo hizo un tipo con ojos rasgados.

Un tal Nagisa Oshima. 

Un ojo que nunca dejó de respetar la memoria de sus antepasados. 

PROGRAMA DOBLE

En los años noventa creí ver ese mismo ojo en The Audition, de Takashi Miike.

Un ojo que sin bien no es el mismo, guarda el mismo tesoro que Oshima.

Solo que en donde Oshima te hace quemar, Miike te enfría.

II

Feliz Navidad, Mr. Lawrence.

Fui a verla porque se vendió como la respuesta japonesa a El puente sobre el río Kwai (David Lean, 1957).

Y me mintieron.

Porque yo vi otra cosa mientras educadamente me reía tapándome la boca.

Durante un tiempo no dejé de escuchar la banda sonora, compuesta por Ryuchi Sakamato, quien comparte además protagonismo en la película con un David Bowie que no lo hace del todo mal.

III

Taboo (Gohatto).

La última película de Oshima.

La protagoniza Takeshi Kitano, un secundario de hierro en Feliz Navidad, Mr. Lawrence.

Taboo es un retrato sobre el crepúsculo de los samuráis.

Nagisa Oshima falleció el pasado martes, 15 de enero.

FERNANDO GUILLEN

Anuncian la muerte del actor español Fernando Guillén.

Lo recuerdo por El pico II.

Donde sustituye al actor tinerfeño José Manuel Cervino como padre de la Guardia Civil con un hijo heroinómano que en la primera parte se enamoraba del hijo de un dirigente abertzale.

Una celtibérica y audaz reinterpretación de Romeo y Julieta según Eloy de la Iglesia.

Grande Eloy de la Iglesia.

Saludos, sayonara, desde este lado del ordenador.

El maestro

Lunes, Enero 14th, 2013

* Rodeado de jubilados pero muy bien acompañado veo, más bien me deslumbro con The Master, la última película de ese bicho raro que habita en Hollywood y que se llama Paul Thomas Anderson. Desgraciadamente, y como ya es norma en las salas Renoir, la versión que contemplo está doblada lo que, aquí entre nosotros, es un atentado al buen gusto porque hay escenas cuya intensidad dramática enflaquece con el puñetero doblaje. Gracias a los dioses, el trabajo de sus dos actores protagonista, que raya en la perfección, atenúa el efecto desolador de saber que quien está hablando, y cantando a veces, ni es Phillip Seymour Hoffam ni Joaquin Phoenix. Pero de no deja de empequeñecer esta obra que se inspira, muy tagencialmente, en la vida y el trabajo de L. Ron Hubbard, el padre de esa ya no neo sino religión –señalada por unos como secta–  que es la cienciología. Tanto es el impacto que siento ante El maestro (puestos a traducir, traduzcamos también el título) que buceo en la Red buscando críticas sobre la película. Las reflexiones que ofrecen algunos son realmente de juzgado de guardia, y otras, la verdad, no hay quien las entienda. El maestro es una película para ver con todos los sentidos alerta. El maestro es así una película que debes atrapar, no te atrapa. He aquí lo más revelador, lo más atractivo de un filme que no deberían dejar de escapar en estos tiempos atontados. En los que se impone, afirman los iluminados, eso del pensamiento único.

* Me cuesta levantarme el domingo del colchón, aunque abro los ojos escuchando los alaridos de la ministra de esa iglesia evangélica que está debajo de mi casa. Apenas escucho lo que dice entre gritos, pero me da un poco de miedo porque parece que más que estar animando a su congregación a abrazar la fe en lo que llama Dios, identifico sus chillidos con los de un cerdo en época de matanza. Una amiga extremeña me invitó una vez a que viera en directo una matanza de puercos, como se conocen en Cuba, y puedo asegurar que desde entonces estoy curado de espanto para observar cine de sangre y tripas, lo que los anglosajones denominan como gore. No he dejado de comer cerdo tampoco. Al levantarme del colchón, asearme y salir a la calle me dirijo al Rastro de la capital tinerfeña con muy poco dinero en el bolsillo. Craso error, porque el Rastro de esta ciudad en la que habito ofrece a veces deliciosos descubrimientos. En un puesto, encuentro títulos y títulos sobre la Cuba de Fidel Castro escritos por los que se fueron de la isla, y una joya muy especial, un texto escrito por la antropóloga y poeta Lydia Cabrera sobre la otra religión –The master, El maestro me acompaña– que vive en una Cuba no tan profunda: la santería.

* A punto de finalizar El fantasma de Harlot, de Norman Mailer, más de mil páginas en la que el periodista y escritor norteamericano intenta contarnos la historia de la CIA, descubro que su personaje protagonista se retrata como un pupilo en manos del agente que da título a esta impresionante, también algo cansina, novela. Harlot es El maestro.

* Me envía un WhatsApp un amigo para informarme que el próximo fin de semana se acercará a la capital tinerfeña para ver Lincoln y Django desencadenado, las últimas de Steven Spielberg y Quentin Tarantino. Pienso que Abraham sí que fue un maestro. No lo tengo tan claro con Tarantino.

* Termino este repaso animándoles a que entren en el blog que llevan no ya dos amigos sino dos maestros: Mario Domínguez Parra y José Aníbal Campos, Arte-Sanías. Desde hace unos días, su bitácora ha iniciado un programa de presentación de autores y traductores internacionales, españoles y canarios. Inaugura el ciclo Ati Solerti, traductora al griego de poesía en español.

(*) En la imagen el hombre de las mil caras, Lon Chaney en La casa del terror (London After Midnight, Tod Browning, 1927).

Saludos, repite tu nombre, desde este lado del ordenador.

Jason Statham: Un trallazo de speed

Domingo, Enero 13th, 2013

Bajo el pseudónimo de Richard Stark, el escritor de novelas policiacas Donald Westlake escribió una serie de novelas violentas y duras –hard boiled, que dicen los aficionados– protagonizadas por un obstinado y frío como el hielo ladrón de carácter irascible llamado Parker.

Parker se aparta radicalmente de otras historias firmadas por Westlake, la mayoría de ellas teñidas con un inteligente manto de humor que no tienen nada que ver con otro personaje de su invención: John Dortmunder, también un ladrón profesional aunque sin suerte.

Las novelas de Parker, concisas y directas, han tenido varias adaptaciones al cine. La mejor de todas ellas, a mi juicio, continúa siendo A quemarropa, protagonizada por un Lee Marvin en estado de gracia y dirigida por el cineasta británico John Boorman. La misma novela, The hunter, aunque con el título de Payback, fue adaptada por Brian Helgeland a finales de los años noventa con Mel Gibson en el papel de Parker, papel que asumirá en 2013 Jason Statham en Parker, basada en la novela Flashfire de Westlake/Stark.

Desgraciadamente no es Westlake como Richard Stark un autor demasiado traducido en España. Conozco, de hecho, solos dos novelas sobre el personaje vertidas al idioma de Cervantes: A quemarropa y El hombre de las dos caras.

A quemarropa sí que ha sido publicada en España en varias ocasiones por sus adaptaciones cinematográficas, aunque El hombre de las dos caras permanece, que sepa, aún congelada en el tiempo tras formar parte de la hoy legendaria colección Etiqueta Negra de la desaparecida Ediciones Júcar.

No era mi objeto de todas maneras hablar del universo negro criminal que rodea a las novelas y películas que se han realizado sobre Parker, sino ofrecer una reflexión descacharrante sobre el actor Jason Statham, el mejor héroe de acción del cine actual y en cuyas películas se encarna las virtudes y defectos de un subgénero que vivió su edad de oro en los años ochenta generando su propio sistema de estrellas, esencialmente masculino, y a muchos de los cuales puede verse –las viejas y nuevas glorias– en las dos entregas de Los mercenarios, grupo salvaje y anabolizado al mando de Sylvester Stallone.

Si ayer hablábamos de cine que debe de entretener, emocionar y pensar. Hoy divagaremos sobre el cine que entretiene y emociona. O esas cintas que dejan de lado discretamente el uso de la razón porque solo ofrece circo.

Jason Statham, el nuevo Parker, cuenta con una trepidante y en ocasiones bochornosa filmografía aunque en él se reúne lo mejor y también lo peor de un cine que solo piensa en la taquilla y en dar al espectador lo que espera de una película de estas características. Es decir, acción, acción y más, si se puede, acción.

El cine de acción de finales de los noventa y principio del siglo XXI se caracteriza por un amor desatado hacia los automóviles que un psiquiatra enloquecido interpretaría como una desesperada metáfora sobre la prolongación del pene. Análisis no tan descabellado, ya que se tratan de filmes digamos que rabiosamente masculinos en los que se exalta el individualismo extremo. El protagonista, además, debe ser un canalla barriobajero con físico espartano y un especialista en desafiar a la muerte.

Estas claves son detectables en muchas de las películas protagonizadas por Statham, como son la trilogía Transporter y las dos entregas de Crank, y más matizada en la que probablemente sea la mejor película de actor, Blitz (Elliott Lester, 2011).

Basada en una novela del escritor irlandés Ken Bruen, Statham interpreta en Blitz a un encallecido y violento detective que busca a un psicópata asesino de policías. Solo que en esta ocasión no está solo, ya que lo acompaña otro agente de inclinaciones homosexuales que interpreta el fantástico Paddy Considine.

En contra de lo que podría parecer, la película bromea sobre el machismo recalcitrante de Statham, lo que proporciona una lectura interesante sobre la normalización gay en un tipo de películas hasta ese momento tan maaacho.

Cine macarra con todas sus letras, y con un ritmo trepidante en lo que solo importa la coreografía de la violencia –como solo importa el acto sexual en el porno, género con el que se interrelaciona el cine macarra–, la aportación del cine de acción en estos tiempos desgraciados que vivimos al original cine de barrio es su sano espíritu nihilista, y su capacidad –no creo que inconsciente–  por subvertir las reglas. Por provocar reacción, por desmedida y rabiosa que resulte.

Es cuanto menos curioso, además, comprobar como el actor se convierte en vistoso reclamo en remakes de películas que, para una panda de golfos aficionados al cine, se han convertido en títulos de referencia como La carrera de la muerte del año 2000, Italian Job o El mecánico.

La primera se trata de una frenética y tremenda puesta al día de la gamberra distopía dirigida por Paul Bartel; la segunda una mejorada revisión del cool largometraje firmado por Peter Collinson a finales de los sesenta y la tercera de la actualización de un clásico protagonizado por el gran Charles Bronson en los setenta.

Hay más películas en su filmografía, algunas de ellas perfectamente olvidables. En especial Revólver, un fatal intento por intelectualizar el nuevo género de acción dirigida por Guy Ritchie, el msmo cineasta que lanzó la carrera de Statham en filmes como Lock, Stock and Two Smoking Barrels y Cerdos y diamantes, cintas que han elevado a los altares un grupo de aficionados con los que mantengo vibrantes y entretenidísimas discusiones. 

Lo que sí quiero dejar claro es que con sus luces y sombras, Jason Statham encarna un tipo de cine de consumo fácil y digestión explosiva. También, que el actor ha ido aportando registros –escasos, es verdad, pero se agradece el esfuerzo– a los papeles que lo han hecho popular entre los espectadores. 

Statham disfrutra con lo que hace y no sueña con interpretar a Shakespeare.  Claro que el público que suele ver y disfrutar con sus películas tampoco se lo exige.

Se queda con el Statham macarra y políticamente incorrecto. Con el tipo que pisa el acelerador y termina fusionándose con la máquina, casi como si cumpliera el sueño loco de un futurista venido a menos.

Otros clásicos de su espídica filmografía que no debería de dejar de ver cualquier aficionado que se precie a esto del cine de consumo rápido con argo son Asesinos de élite y Safe, dos apuestas en las que el actor sin cambiar nunca de estilo, sí que abre nuevas vías dentro de un género en continua y agradecida involución.

Saludos, a toda pastilla por la autopista del infierno, desde este lado del ordenador.