Archive for the ‘Cine de allá’ Category

¡Viva el Rey!

Sábado, Enero 12th, 2013

La primera película que me abrió los ojos, que me sacudió por dentro y por fuera estuvo protagonizada por un monstruo.

Era pequeño, es probable que tuviera unos diez años, y descubrirla en la pantalla de aquel televisor en blanco y negro de la marca Pradoni fue, ya digo, como una especie de revelación.

De pronto, me percaté que además de la historia que me contaban había algo que latía por dentro.

Desde ese día King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933)  ocupa orgullosa el primer puesto de esa hipotética lista de diez películas con las que podría irme feliz al otro mundo.

La razón que lo explica es que no he vuelto a sentir esa misma magia, ese mismo sobrecogimiento, esa misma sensación de aprendizaje, de estar con unos para al final estar del lado del agresor primitivo que se convierte en víctima, con otra película.

Es decir, que me pusiera del lado del monstruo.

De la bestia.

Del rey de la isla de La Calavera.

Eso justifica mi fascinación por King Kong.

Y que no me canse de verla una y otra vez.

Me la sé de memoria. De hecho, puedo narrarla e interpretarla porque me la sé de memoria. De cabo a rabo. De rabo a cabo.

Cierro los ojos y la recreo en mi cabeza con absoluta fidelidad.

Cada secuencia fantástica.

Cada fantástica secuencia de esta obra maestra de eso que se llama cine.

Y es que solo hay un Kong.

Y ese King Kong, que a partir del día de la revelación quise que representara mi presunto lado salvaje, aún gruñe dentro de mi. Está cansado de su encierro. Harto de que intente domesticarlo.

Me pregunto qué razones explican que todavía me acuerde de la primera vez que me encontré por casualidad con esta película. Y que razones mastico para entender que no recuerde otros pedazos de una infancia de la que apenas guardo memoria.

Conservo muy fresco, sin embargo, la primera vez que me encontré con Kong.

El latigazo de deseo al que en ese momento fue incapaz de ponerle nombre y apellidos cuando vi a Fay Wray ligera de ropa y el miedo que me envolvió cuando la aspirante a actriz es secuestrada por la tribu de indígenas para que sirva de ofrenda a Kong.

Y el tam tam de los tambores, y el Kong, Kong, Kong que cantan los nativos mientras Wray intenta desembarazarse de las cuerdas…

Y cómo me congelé con la primera aparición del indiscutible Rey de esa selva, jungla delirante y primigenia recreada con mucha clase en estudio.

Aún resuena en mis odios el chillido de pánico de Wray cuando el gorila gigante se la lleva entre sus manos para conducirla hasta su guarida, seguido por los hombres que capitanea Carl Denham (Robert Armstrong), el director de cine sin escrúpulos, y el primer oficial del barco (Bruce Cabot), quien cae seducido, como cae seducido Kong, ante los encantos de Fay Wray, la aspirante a actriz.

Pero es que la misma emoción que sentí entonces se repite ahora cuando la vuelvo a ver.

La escena del tronco del árbol. Los disparos que hacen cosquillas al gorila que ha recibido el primer flechazo de eso que llaman amor.

A Kong abriéndole las mandíbulas a una criatura antidiluviana que solo piensa en tomarse el aperitivo con la chica que lleva entre sus manos.

A Kong explorando esa muñequita mientras descubre el cuerpo de una mujer tan atractiva como fue Fay Wray…

Recuerdo, como si fuera ayer, como tras dormirlo y trasladarlo a Nueva York me puse del lado de Kong.

Hijos de la grandísima puta, pìenso todavía.

Pero comprendan que es aquí, en que me pusiera del lado de Kong, el rey destronado al que denominan ahora como la octava maravilla del mundo en la ciudad de los rascacielos, que entienda que aún permanezca esa pesada cadena hecha hechizo cuando el cine lo que propone es solo buenas historias.

Por disparatadas que resulte al puñetero sistema.

El final, apoteósico incluso hoy, cuando la vuelvo a ver y me quedo clavado en el sofá de mi cueva, da rienda suelta a numerosas interpretaciones.

Pero las explicaciones no valen nada cuando argo que te gusta no sabes exactamente ¿por qué te gusta?

¿Por abrirme los ojos siendo apenas un infante?

¿Un niño que jugaba a los soldaditos, que recreaba con aquellas figuras batallas que calmaban al Kong que llevaba dentro?

¿Ese mismo chaval con el que me identifico y que continúa pidiendo clemencia cuando el gorila cae abatido por los disparos de los biplanos mientras Kong está en la cima del Empire Sate Building?

Solo sé que me asaltan las lágrimas cuando contemplo en la película el cadáver aún caliente de Kong sobre el asfalto.

Y la sentencia de Denham:

 “No, no fueron los aviones. La belleza mató a la bestia.”

Así que anoche no vi King Kong.

Fue otra cosa.

Anoche volví a soñar con King Kong. 

Saludos, el Rey cumple ochenta años, desde este lado del ordenador.

¿Me estás hablando a mí?

Jueves, Enero 10th, 2013

LIBROS

* Editorial Roca, en su colección de bolsillo, publicará el 15 de marzo de este año La casa Lercaro, tercera entrega de la trilogía que el escritor tinerfeño Mariano Gambín dedica a la ciudad de La Laguna, y cuyo segundo volumen, El círculo platónico, se puede encontrar en las librerías por este mismo sello editorial. El caso de Gambín no deja de resultar insólito en las letras españolas, ya que es una de esas ocasiones en las que una editorial con el peso y el prestigio de Roca apuesta por el trabajo de un escritor relativamente recién llegado a la república de las letras. Las novelas del escritor son  thrillers eficazmente armados en los que desentraña misterios, salpicados de asesinatos, en la ciudad de La Laguna.

* El salón de actos del MAC (Casa Elder), calle de Robayna, 2, Santa Cruz de Tenerife, acoge este viernes, a las 19 horas, la presentación del libro Razones para la rebeldía, de Guillermo Toledo con la colaboración de Pascual Serrano. El volumen, que será introducido por José M. Castellano, dará pie a un debate moderado por Luis Pérez Serichol. Razones para la rebeldía, editado por Península, está prologado por Julio Anguita.

* Alrevés Editorial publicará en febrero la novela La estrategia del pequinés, del escritor grancanario Alexis Ravelo. Ravelo, que publicó el pasado diciembre en la Editorial Mercurio Morir despacio, cuarta entrega dedicada a su peculiar investigador y jefe de máquinas retirado, Eladio Monroy, se distancia del tono de la serie Monroy para presentar “una novela dura, violenta y crítica”, en la que aparecerán pocos policías. “Es una historia sobre perdedores protagonizada por traficantes, parados de larga duración y prostitutas ambientada principalmente en Gran Canaria”, señala el autor de La iniquidad.

* El mismo Ravelo escribe un atractivo artículos sobre el escritor norteamericano M. A. West en su blog Ceremonias. Admito mi más absoluto desconocimiento sobre el señor West, aunque me entero que es un pseudónimo porque el escritor no quería que se le identificara con quien realmente era. Un caso, por otro lado, habitual en las letras anglosajonas si recordamos a Thomas Pynchon y B. Traven, entre otros. La novela que rescata el creador de Eladio Monroy se titula El viento y la sangre, y se publicó en una edición pulp en los Estados Unidos. Llegó a España en los años sesenta y desde entonces no se ha reeditado. A ver si hay suerte y me la encuentro este domingo en el Rastro.

SERIES

* En cierta ocasión un profesor, que no maestro, me dijo algo así como “más vale tarde que nunca” cuando le entregué un trabajo dos semanas después de haberlo exigido. Resulta curioso cómo recuerdo a aquel profesor, que no maestro, por la frase que me lanzó, cargada de un cinismo disfrazado de ironía mientras recogía aquel puñado de folios mal grapados. Lo mismo me pasa con la revisión que, últimamente, y gracias a la generosidad de un buen amigo, estoy teniendo con las series de televisión norteamericanas que invaden el mercado. Llego tarde a ellas, aunque nunca es tarde si la dicha es buena. Veo ayer el último capítulo de la primera temporada de la serie Boardwalk Empire y se me saltan las lágrimas al pensar que tengo que esperar a que esa misma mano generosa me facilite la segunda y tercera temporada, pese a que sea consciente de que degenerará como degeneran todas las serie de televisión. No obstante, y con los doce capítulos que componen su primera entrega, Boardwalk Empire es un producto que no debería de perderse cualquier aficionado al cine. Y digo bien, cine, porque cada capítulo de esta extraordinaria producción es como una película que va más allá de su personaje protagonista, Nucky Thompson, interpretado de manera magistral por Steve Buscemi. Lo he dicho mil veces, odio el puñetero continuará…

* Por la generosidad de otro amigo, veo también Justified, basada en relatos del gran Elmore Leonard, posiblemente uno de los escritores con mayor éxito, y quizá por ello ninguneado, de la novela negro criminal que nos viene Estados Unidos. Su protagonista, Raylan Givens, está protagonizado por Timothy Olyphant, a quien ya vimos ejerciendo de sheriff en la más que recomendable Deadwood, y en conjunto, la serie capta muy bien el universo literario en el que se mueve Leonard, ruda ironía, mujeres con aliento al cine de Howard Hawks y buenos y malos con matices.

* Una mala noticia para los que nos confesábamos seguidores de la serie Boss, ya saben, ese potentísimo retrato del alcalde de Chicago que interpreta magistralmente Kelsey Grammer, quien nos muestra el otro lado de su registro interpretativo tras hacerme reír a carcajadas con Frasier. La mala noticia es que la han cancelado. Que no habrás tercera temporada, que nos deja –como nos dejaron cuando anunciaron el cierre definitivo de Deadwood, Carnivale–  con la boca abierta.

ADIÓS

* Me entero por el facebook de la Filmoteca Canaria que el pasado 3 de enero falleció la actriz y modelo Patty Shepard, quien hizo su carrera en el cine español como estrella de descacharrantes producciones de terror como La noche de Walpurgis, cinta que vi en su día en el Cinema Victoria, y que dirigió León Klimovsky, así como Un, dos, tres al escondite inglés, primera película de Iván Zulueta, y Timanfaya (Amor prohibido), que rodó en Lanzarote a las órdenes de José Antonio de la Loma.

(*) En la imagen Lon Chaney en El trío fantástico (Tod Browning, 1925).

Saludos, Dashiell Hammett que está en los cielos nos dejó tal día como hoy hace 51 años, desde este lado del ordenador.

Goyas 2013: No Lo Imposible sino Lo Posible…

Martes, Enero 8th, 2013

Escasa la presencia canaria entre los nominados a los Goya 2013.

En diseño de vestuario podría llevarse el cabezón que representa el busto del inmortal pintor aragonés, el lanzaroteño Francisco Delgado (Blancanieves).

En cortometraje de ficción, Voice Over, dirigida por el madrileño Martín Rosete y coproducida por la empresa canaria Volcanofilms es el otro título que participa en la que dicen es la gran fiesta del descacharrante, chiripitifláutico cine español.

Una pena, porque en la categoría de documental se presentaban dos trabajos producidos y realizados en esta tierra abandonada de las manos de los dioses que merecían haberse colado en la lista de nominados. Me refiero al arriesgado Cubillo: Historia de un crimen de Estado y Taro. El eco de Manrique, de Eduardo Cubillo y Miguel G. Morales, respectivamente.

Da la sensación, repasando los nombres que reproduce el listado Goya 2013 que el cine español, más cautivo y desarmado que nunca, regresa a sus cuarteles de invierno. A esa endogamia que tanto mal le ha hecho a una industria que pide auxilio por señas ante lo inevitable. Claro que, quién sabe, quizá espera Lo imposible, que ha sido la película taquillera (taquillazo) del año pasado en este país que anda igual de desnortado/noqueado que los protagonistas del filme de Juan Antonio Bayona.

Lo imposible compite con Blancanieves, el excelente policíaco Grupo 7 y El artista y la modelo. Los directores que han hecho posible estas cuatro películas también optan al cabezón diseñado por José Luis Fernández. Me refiero, respectivamente, a Pablo Berger, Alberto Rodríguez y Fernando Trueba.

Para dar sensación de que el cine español es global, y no de provincias, destaca en el apartado de mejor actriz y actor de reparto la presencia de Naomi Watts y Ewan McGregor, que como todo el mundo sabe son naturales de Guadalajara. Y en actor revelación, Tom Holland, que nació en algún lugar sin determinar entre Pinto y Valdemoro. No puedo olvidar al genial Jean Rochefort, al que le gustan las judías con chorizo.

Ahggg, que serían de los Goya sin sus contradicciones. Si es que por hacer, le hacen sombra hasta a los Oscar de Hollywood.

¡Qué tiemble pues la Meca del Cine!

Madrid podrá ser un pueblo pero resiste.

¡No pasarán, que para algo el cine español se nos ha vuelto global!

Ahora, hijos míos, tendremos que esperar a la gala.

Aguantar los chistes malos de esa aspirante a dominatrix que es Eva Hache y soportar estoicamente con unas sonrisa los agradecimientos de los ganadores.

Me pregunto si este año, por aquello que nos (des)gobierna el PP, los hombres y mujeres del cine español (Spanish cinema, a partir de ahora) montarán una de las suyas o se quedarán tranquilamente sentados en las butacas mientras se emborrachan con el tufo de sus perfumes…

Yo apuesto por una gala más de casa, más de pueblo, más a los Bienvenido Mr. Marshall que nunca por aquello de la crisis,

Y mucho me temo que eso no será Lo imposible sino Lo Posible.

El otro día, en una de esas interminables comilonas navideñas no supe que responderle a un sobrino cuando me soltó que él no perdía el tiempo viendo cine español.

- ¿Pero has visto Lo imposible?

- ¿Y tú?-me respondió el muy gañán.

Saludos, reivindicando unos Goyos al ninguneado cine que se hace en Canarias, desde este lado del ordenador.

Un bicho raro

Jueves, Enero 3rd, 2013

Antes de las doce campanas recibo y envío WhatsApp, llamadas, correos electrónicos de personas a los que, la verdad, había olvidado y que parecen que, repentinamente, se acuerdan de uno mientras la herramienta del Facebook se inunda de mensajes que invitan a la felicidad y a que Dios reparta suerte.

Como si fuera cosa de la suerte que este año que comienza a rodar fuera mejor que el pasado, ese que se murió hace dos día a golpe de las dichosas doce y sísificas campanadas.

El caso es que todo sigue igual.

Pero se nota en el ambiente ese poco realista entusiasmo por el reinicio,  por ese “empezamos de nuevo” en el que casi parece, casi parece, que todo puede ser posible pese al derrumbe.

Pero no me malentiendan. 

Aprovecho estos días para releer, entre El fantasma de Harlot y Morir despacio, de Norman Mailer y Alexis Ravelo, respectivamente, el Crack-Up de Francis Scott Fitzgerald. Una crónica del despertar –con dolorosa y sedienta resaca– del sueño americano.

Entre otras frases del Crack-Up me quedo con: “La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.”

Con el paso de los años las navidades ya no son lo que para mí fueron.

Demasiados los ausentes.

Muertos y vivos. Vivos y muertos a los que echo de menos.

Entiendan así que no sienta el mismo frenesí, y mucho menos el chispazo de emociones que la mañana del 6 de enero me recorría como una lengua de fuego por dentro.

- ¿Qué me pasa, señor Ojo?

- Ginebra…- boquea señor Ojo.

¿No soy el mismo?, me pregunto.

Estos días me he esforzado por reencontrarme con aquello que me amó y armó pero de manera quiero pensar que inconsciente he ido despojándome como quien se quita una caspa molesta de encima.

Salgo entonces a recorrer las calles de esta capital de provincias como un inocente que se mezcla entre golem para que en una librería donde ya me conocen de toda la vida un empleado haga un chiste: que no aproveche la insólita presencia de público para sisar un libro.

No utiliza el empleado la palabra sisar. Un empleado que ignora que sí que he visto momentos antes como una jovencita sisaba un libro: Soy un bicho raro, de Anne Bannon.

¿Levanto el dedo y la señalo?

¿Grito algo así como detengan al ladrón?

No.

Estoy otra vez en la calle.

Demasiada gente en unas calles decoradas con luces que, más que animarme, me derriten un poquitito más.

Tengo que recurrir a la técnica de los codazos para abrirme paso entre la marabunta y atender resignado a un periodista que me pregunta si vi –ojo que no dice escuché– el discurso de fin de año que ofreció el presidente de esta cada día más descascarillada comunidad autónoma.

- No, por supuesto que no.- respondo con una sonrisa de no quiero hacerme el gracioso.

Luego chismea como quien no quiere la cosa y nos damos las manos y el inevitable feliz de año que en estos días de apariencias se ha convertido en una consigna. En algo así como ciudadano o camarada que no era otra cosa que los soldados que compartían cama o lecho en las trincheras de Europa en los años de la Gran Guerra.

Llego a casa donde me abuuuurro por Internet consultando las mismas páginas.

En un blog se hace onanismo con una polémica barroca y tontorrona.

Un yo dije y tú dijiste y ahora tú dices y yo digo que, la verdad, no entiendo. Es más, quiero pensar que es un chiste privado que se han montando estos dos para darse algo de gusto: camaraaadas.

Son días en los que temo que el cielo se me caiga sobre la cabeza. Como a los galos irredentos, los que se enfrentaron a los civilizados romanos porque conocían el secreto de la poción mágica.

La senda de Miguel Ángel Toledo se estrena, leo en la agenda de actividades culturales que facilita el Gobierno de Canarias, el 11, 12 y 13 de este mes a las 19 y 21.30 horas en TEA.

Nunca he tenido muy claro sí se escribe TEA Tenerife Espacio de las Artes o Tenerife Espacio de las Artes TEA… ¿Alguien podría explicármelo si hace el faaaavor?

Encuentro a un precio de risa uno de los mejores discos de The Kinks, Face to Face, y me entra una insólita tristeza porque esta noche veré el último capítulo de la primera temporada de Boardwalk Empire, que ha sido de lo mejor que he digerido últimamente.

Esto me hace recordar que un amigo cubano tiene Érase una vez en América, del maestro Sergio Leone.

El amigo, cada vez que me ve, me pide que le preste con acento, en el que desaparecen las rrr por lll, películas y más películas sobre la mafia.

Solo quiere películas de mafia.

Ya le pasé la trilogía de El padrino y le he prometido que cuando me devuelva Érase una vez en América le paso Uno de los nuestros y Casino.

Rechaza de plano, para mi sorpresa, la nueva versión de Scarface de Brian de Palma.

No le digo nada del Lucky Luciano, la cinta en la que el italiano Francesco Rosi cuenta el crepúsculo del famoso gángster italonorteamericano…

Me pregunto si le gustará Boardwalk Empire.

Aunque ahora todo el mundo enteraaado habla de Los miserables, la película. El musical plagado de estrellas de Hollywood que se exhibe en los cines.

Todo el mundo enteraaado habla de la película pero no de la novela que la inspira.

Y pienso que fue un escritor único, por raro, Victor Hugo.

Yo me quedo con El hombre que ríe, que también se trata de un libro demasiado grueso en páginas y al que hay que coger, como lo cogí yo, si se está enfermo y en cama. Alimentándose de calditos y yogures.

Lo digo porque hay que tener espíritu enfermo para enfrentarse a sus novelones.

Por aquello de la belleza del monstruo también recuerdo El jorobado de Nuestra Señora de París.

Los miserables la vi, no me he atrevido a leerla aún, por primera vez en televisión. Se trataba de una película francesa que, ahora, rastreando en Internet, me entero dirigió Jean-Paul Le Chanois. Recordaba a su protagonista, a quien hace de Jean Valjean, Jean Gabin, que fue siempre un actor por el que siento una extraña, si quieren compulsiva por estrafalaria fascinación.

La otra película que suena en estas navidades donde todo cambia, nada permanece, es el Hobbit. Tampoco la he visto. Y ni puñeteras ganas por verla pero sí que recuerdo cuando leí la novela.

Fue por la fiebre tolkeniana que sufrí tras el estreno de la hoy olvidada película de dibujos animados El señor de los anillos (Ralph Bakshi, 1978).

Pero la verdad sea dicha en esta plancha: en este periodo de transformaciones varias que sufro Tolkien me parece ahora otra cosa.

O cosita.

Debe ser la edad, que va descascarillando lo prescindible de la armadura que forja tu pasado.

La idea es recuperar la inocencia. La capacidad de asombro.  

Asombro que sí encuentro cuando vuelvo a contemplar el Conan de Milius. Ya saben, la película protagonizada por ese actor de apellido impronunciable que fue gobernador de California.

En un inquietante viaje a mi pasado vuelvo a ver Desmadre a la americana, que fue la madre de todas aquellas cintas sobre universitarios con una idea fija en la cabeza: perder la virginidad.

¿Me río viendo Desmadre a la americana como la primera vez?

No.

Pero sí que sonrío.

Regreso, es inevitable, al Crack-Up:

“Soy un hombre que piensa despacio, y se me ocurrió simultáneamente que de todas las fuerzas naturales, la vitalidad es la única incomunicable. En días en que la savia vital le llegaba a uno como un artículo libre de impuestos, uno trataba de distribuirlo –pero siempre sin éxito–; para seguir mezclando metáforas, la vitalidad nunca “aprende”. Se tiene o no se la tiene, igual que salud u ojos pardos u honor o voz de barítono.”

La chica que sisó Soy un bicho raro me guiñó el ojo.

(*) La imagen que acompaña estas líneas pertenece a El Golem (Carl Boese y Paul Wagener, 1920. El filme está basado en la novela El Golem de Gustav Meyrink.

Saludos, agitando las manos, desde este lado del ordenador.

Cada domingo, cuando me despierto…

Domingo, Diciembre 30th, 2012

“Hay mayor número de metástasis en la culpa que en el mismo cáncer.” (El fantasma de Harlot. Norman Mailer)

I.- ESCUCHO GLORIAS AL SEÑOR

Me pregunto si año nuevo vida nueva mientras escucho los cantos de los evangélicos debajo de mi cueva. Han instalado en un localcito los evangélicos un templo donde todos los domingos les da por rezar a partir de las nueve de la mañana. Son algo así como un reloj, mientras parecen invitar a este aprendiz frustrado de Lucifer a que se una a la fiesta. A los cánticos de Gloria a Dios, no a adiós…

Adiós… Adiós… Gloria a Dios…

Cuando duermo en la cueva siempre me despierto la mañana de los domingos con la banda sonora de los evangélicos. Y no cantan mal, que conste en acta.

De hecho, mientras miro al techo pensando en si en levantarme o en cerrar los ojos e intentar recuperar el sueño perdido pienso en tres películas donde sacerdotes de pacotilla se meten en el bolsillo a sus feligreses que podríamos ser todos en estos tiempos enfermos.

II.- HAGO UNA LISTA INEVITABLE

Primera película, El fuego y la palabra. Está basada parcialmente en la novela Elmer Gantry de Sinclair Lewis, que es un escritor que me pegó fuerte. Además, dicen que fue el primer norteamericano en recibir el Nobel de Literatura.

Carajo.

Lewis se caracterizó por escribir novelas generosas en páginas. La película dirigida por Richard Brooks solo recoge un trozo, el más apetecible del libro original. A mi juicio, la versión cinematográfica es, por una vez, infinitamente mejor a la novela.

Segunda película, Sangre sabia. La dirige John Huston cuando entraba en el crepúsculo de su carrera y a mi me sigue pareciendo uno de sus trabajos más interesantes y una cinta que los levelistas –gente que debe rodar un musical con canciones leves a lo largo de este 2013 que nos espera a partir de mañana– ver de rodillas mientras reza el Rosario.

Por una vez, y sin que se entere nadie, los levelistas pueden prescindir de la obra que dio origen a esta extraña, mefistofélica y necesaria reflexión sobre el pecado que es Sangre sabia.

Tercer título, Touch. No sé el porqué, pero las novelas de Elmore Leonard no gozan de buena aceptación entres los lectores negro criminales. Debe ser cosa de que el señor Leonard vende y que lo suyo, como también hizo con las novelas del oeste, es adaptar las claves del género a su manera de entender las cosas que, siempre, resultan la misma aunque los escenarios resulten diferentes.

En Touch, la película que dirige el casi siempre interesante Paul Schrader, un hombre que hace milagros es utilizado por unos y otros.

Por otros y por unos…

Pienso en estas tres películas cuando los evangélicos me despiertan las mañanas de domingo que duermo en la cueva.

Me visto. Tomo café y me contemplo en el espejo con el runrún de Gloria al Señor que está en los cielos y me enfrento a una calle donde veo a los miembros de esa iglesia salir con una sonrisa indescriptible, no sé si beatifica, dibujada en los labios.

Confieso que me da miedo entonces que mi mirada se tropiece con la de algunos de ellos.

No sé si temo que me señalen y griten ahí va un discípulo de Satanás o que me intenten convencer de las bondades de su revelación. 

III.- EL TESTIGO DE JEHOVÁ 

Tuve un amigo hace muchos, muchos años, con el que compartí experiencias muy golfas y al que al cabo del tiempo dejé de ver por eso de que las amistades golfas si no se cultivan se vuelven elásticas, como un chicle.

Un día, paseando por la plaza de Weyler –es curioso como recuerdo algunos hechos banales de mi olvidadiza existencia y como se borran otros que, seguro, pudieron marcarme– tropiezo con él y la reacción inmediata es la de darnos un abrazo.

Él va trajeado y lleva un libro bajo el brazo.

Le pregunto que cómo le va.

-Soy pastor de los Testigos de Jehová.

- Vaya.- exclamo.

Se ajusta el nudo de la corbata barata mientras me enseña la solapa del libro.

La Biblia.

- No echas de menos… ya sabes.- tartamudeo.

-Ahora soy un hombre nuevo.- responde.

En ese momento la conversación queda muerta.

No nos damos un abrazo.

Ni siquiera las manos. 

IV.- A LOS MORMONES 

Bajo al Rastro tras escabullirme de los evangelistas. Pienso, también, en otro amigo que fue pastor de los mormones.

Por su apariencia reconocerán a los mormones.

Los que hacen misión suelen ir en pareja con camisas blancas, corbata y pantalones negros que recorren las calles de ciudades aparentemente descarriadas como la que me encuentro.

Cuando te asaltan, hablan en un castellano con acento anglosajón para convencerte de su verdad.

Hace tiempo leí en un libro extraordinario, uno de esos títulos de cabecera en mi caótica biblioteca, la historia de los mormones.

Intenté de hecho leerme El Libro de Mormón pero no pude pasar de unas pocas páginas.

Suelo contarles toda esta milonga a los vitaminados mormones con los que me tropiezo.

Que si Jonh Smith, que si más tarde Brigham Young, que si la larga trayectoria por el desierto hasta encontrar la tierra prometida en la ciudad del Lago Salado… Que si uno puede tener no sé cuántas mujeres y esas cosas…

Los geyperman de Utah, educadamente, me apartan entonces a un lado y me dejan flotando como una ameba en la avenida de la ciudad en la que habito.

Mi amigo, el que fue pastor mormón, dejó de serlo porque se cansó. Nunca jamás, sin embargo, me habló mal de aquella experiencia mientras tomábamos cervezas en uno de aquellos bares corruptos y siniestros que tanto hecho de menos en la ciudad en la que vivo.

Llego al rastro con el Gloria a Dios y todo eso sonando dentro de mi cabeza. 

V.- MI RELIGIÓN

Rebusco entre los libros, pero hay demasiada gente y uno tiene que hacerse paso dando codazos entre la marabunta… ¿Dónde estás, Eleanor Parker?

Encuentro La romana, de Alberto Moravia.

La portada me alegra la vista: Gina Lollobrigida en la estupenda película dirigida por Luigi Zampa basada en la novela de Moravia.

En otro puesto de libros desordenados, revueltos, como si se trataran de la mercancía que es, descubro Vidas, aventuras y peripecias del famoso capitán Singleton, de Daniel Defoe.

Defoe es uno de esos escritores que me salvan, como puede salvar el Gloria a Dios que cantan los evangélicos, en los momentos malos, bajos, de esta extraña vida en la que hago que camino.

Camino y camino por el rastro.

Un rastro repleto de paseantes que, algunos de los que tienen puestos, aprovecha para elevar ligeramente los precios de la mercancía que expone.

- Dos euros.- Le dice una señorita a un caballero con mirada perdida.

- Eso es muy caro.

- Lo que tengo aquí no lo encuentra en ningún lado.

Paseo y paseo con mi Moravia y mi Defoe bajo el brazo. 

VI.- LOS QUE VAN DE CIENCIÓLOGOS

Luce un sol espléndido. Casi parece un día de verano aunque hay un viruje tremendo.

Tremendo.

Subo la rampa que me lleva a la cueva cuando pienso en un amigo que tuve en Madrid y que se murió al estamparse con su ciclomotor contra una furgoneta.

La noticia salió en los periódicos.

Recuerdo, de hecho, haber leído una reseña del accidente en el hoy desaparecido diario Ya.

Aquel amigo pertenecía a lo que se conoce como iglesia de la cienciología. Esa iglesia en la que, entre otros, pertenecen John Travolta y Tom Cruise.

La madre repartió entre todos sus amigos los libros que formaban parte de su biblioteca.

A mi me tocó Dianética, escrito por el fundador de este movimiento, Ronald L. Hubbard; y Gilles, de Pierre Drieu La Rochelle.

De Dianética no saqué nada en claro salvo lo que su autor denomina engramas pero no me pregunten qué demonios son los puñeteros engramas.

De Gilles casi escribo hasta un poema.

Debe ser cosa de la atracción que siento por los malditos.

VII.- HASTA REGRESAR A LA CUEVA CON UNA IDEA 

Regreso a la cueva, cansado y con dolor de cabeza.

Así que pienso que ha sido extraño este último domingo del 2012.

Me pregunto, mientras tanto, si tendré déjà vu el primer domingo del 2013.

¿Me levantaré con los mismos cánticos que dan gloria al Señor?

¿Repetiré la lista de películas?

¿Navegaré rumbo al rastro?

¿Escribiré estas sensacionales sensaciones en el blog?

Me da un escalofrío.

Y no es de miedo, precisamente. 

Saludos, cosas del fuego y la palabra, desde este lado del ordenador.

Con nombre y apellido: Charles Durning

Miércoles, Diciembre 26th, 2012

Charles Durning fue un actor estadounidense a quien por su talento y también por su físico reconocerán.

Hizo de todo un poco a lo largo de su carrera en el cine. Y eso que la fama le llegó tarde. Medio siglo después de haber nacido, combatir en las playas de Normandía, Francia, donde resultó herido y, más tarde, dando clases de bailes de salón hasta que el canto del teatro le animó a probar suerte primero encima de un escenario y más tarde delante de las cámaras.

Lo recuerdo con cariño por un puñado de títulos.

Yo vigilo el camino, El golpe, Los chicos del coro, Tarde de perros, Primera plana,  Tootsie… Y hay muchos más en los que su trabajo resultó siempre no sé si esencial, pero sí especial.

En mis años de formación como espectador cinematográfico, en aquellos tiempos que ya no volverán en los que veía prácticamente todo lo que me dejaban ver en las salas de cine, reconocía a Charles Durning nada más verlo.

Tanto, que incluso llegué a identificarlo con nombre y apellido.

- Ese que está al lado de Gregory Peck es Charles Durning.- recitaba el enteradillo que siempre fui.

- Ahh, que bien, pero a mí esta película me aburre.- respondía el compañero que tenía al lado y al que de pronto, no sé, me daban ganas de estrangular hasta la muerte y dejarlo con la lengua fuera en la butaca de aquel cine de reestreno.

Debe ser cosa de Yo vigilo el camino.

Charles Durning también aparecía en Los chicos del coro. Una olvidada película de Robert Aldrich que si bien no ha envejecido como los mejores vinos todavía respira una acidez no apta para estómagos débiles.

Está basada, además, en una excelente novela de Joseph Wambaugh, uno de esos escritores que en España no goza de la reivindicación que se merece y que, sin lugar a dudas, es el mejor que supo –con permiso de Ed McBain/Evan Hunter– mostrar cómo respira la policía de ese país cuyo presidente soltó el chiste perfecto: Yes, we can.

Con su físico peculiar, entrado en carnes y rostro aparentemente bonachón, hacía de negociador con los estrafalarios secuestradores del banco en Tarde de perros; y en Primera plana era uno de los periodistas canallas –aquellos curtidos profesionales que apestaban a tabaco y alcohol mientras juegan a las cartas– que cubren la ejecución de un inocente al que el cínico director del Examiner, Walter Matthau, junto a su reportero estrella, Hildy Jhonson (Jack Lemmon), esconde en el escritorio de la sala de prensa de la cárcel para hacerse con la puñetera exclusiva…

Su lado tierno lo explotó en Tootsie, película en la que Durning se sentía atraído por los encantos de un travestido Dustin Hoffman que, a su vez, cae enamorado de quien hacía el papel de su hija en esta ficción: Jessica Lange.

En El golpe, Charles Durning trabajó su irritante personaje de poli corrupto en esa deliciosa comedia en la que una pandilla de golfos simpáticos tima a un ladrón.

¿Quién no recuerda El golpe?

¿Quién no ha tarareado el ragtime de Scott Joplin?

¿Quién no ha querido timar a un ladrón con la forma de Robert Shaw?

¿Quién no ha querido ser Robert Redford o Paul Newman?

Charles Durning también movió el esqueleto en Dick Tracy, una excéntrica súper producción que recrea con vigor y rigor las aventuras del legendario personaje de los comic books de Chester Gould dirigida y protagonizada con mucha, muchísima inspiración por Warren Beatty.

¿Pensaba Chuck el giro que iba a tomar su vida cuando pisó por primera vez las arenas de las playas de Francia mientras las balas alemanas como moscardones intentaban que no llegara más allá del próximo búnker?

Esto me hace pensar que sí, que decididamente y tras ver Yo vigilo el camino tuve que haber estrangulado y dejar sentado en la butaca y con la lengua afuera el cadáver de aquel colega al que la historia de mi vida terminó por digerir.

De hecho, ya no recuerdo su nombre y sí el de Charles Durning.

¿Qué me pasa, doctor?

- Nada malo.–me responde el doctor.

- ¿Está usted seguro, doctor?

Asiente un Charles Durning con bata blanca. Una bata tan blanca que Durning casi parece sacado del personaje que hacía en Furia, aquel delirio telequinético firmado por Brian de Palma tras hacernos dar saltos de miedo con Carrie.

- Se me toma dos Ibuprofeno y mañana como nuevo…

- ¿Puedo cantar Stormy Weather?

- Y I’ll see you again si le da la gana.

Pero no, no terminé cantando I’ll see you again.

Aunque sea consciente que pronto o tarde terminaré tarareándosela a Chuck.

Y es que con Chuck desaparece otro de esos actores que contribuyeron a que el cine norteamericano fuera lo que fue y ya no es.

Que… Que…

Que… ¿qué fue?

Entretenimiento con clase.

 Saludos, yo vigilo el camino, desde este lado del ordenador.