Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Dando notas a las puertas del apocalipsis

Miércoles, Diciembre 19th, 2012

* La escritora Esther Terrón Montero debuta en el panorama literario con la novela Junio (colección Tid, Ediciones Idea), donde propone una ácida alegoría sobre la incomunicación y la carencia de relaciones sinceras “que vivimos en la sociedad actual.” La protagonista de la historia, una profesora que todos los días se traslada a un instituto localizado en el sur de una isla que podría ser Tenerife, relata en primera persona sus experiencias, mostrando sus emociones y todo cuanto se desarrolla a su alrededor.

* También en Ediciones Idea aunque en la colección Narrativas ha aparecido el nuevo libro de relatos del escritor Agustín E. Díaz Pacheco, Proa en nieblas, título que, en palabras del también escritor Jorge Majfud: “La cartografía tradicional de los cuentos lineales, abundantes en acción y con finales cerrados en sus propias resoluciones, nos llevará a naufragar en el más temiblemente calmo de los mares que componen este libro.” Otros libros de Agustín E. Díaz Pacheco son Los nenúfares de piedra, La cadena del agua y otros cuentos y El camarote de la memoria.

* La editorial Alhulia publica Línea líquida (Memorias de unos años algo frívolos) del escritor y abogado José María Lizundia. El autor explica que en este libro “domina el humor de principio a fin”, aunque admite que es de difícil clasificación: “Es narrativa y podría ser una novela, pero se trata de un libro de memorias que abarca dos o tres años del autor en su cincuentena, luego no parecen unas memorias; quizá podría presentarse como diarios, pero ocurre que no hay días marcados.” Lizundia es autor también de Diario de un abogado mundano, entre otros títulos.

* Noa y los dioses del tiempo, de Ana Joyanes Romo, es el séptimo título de la colección de novelas G21: Narrativa Canaria Actual, si no contamos el primero de esta iniciativa coordinada por el editor de Ediciones Aguere, Ánghel Morales, una antología de relatos que incluyó entonces a doce autores y que desde entonces se ha convertido en una especie de fenómeno literario en las islas. Noa y los dioses del tiempo transcurre en un espacio alternativo que podría ser cualquiera de las islas que forman el archipiélago canario, en el que la realidad y la magia se dan la mano. Esta novela se presenta el sábado, 22 de diciembre, en el Ateneo de Miraflores, en Santa Cruz de Tenerife, a las 20 horas. Introducirá el acto el abogado y escritor Iván González.

* Ediciones Idea ha reeditado, en su colección Narrativas, El perfil de las esquinas, de David Galloway, una recopilación de relatos que vio la luz por primera vez en 2003 y que, en esta ocasión, cuenta con un prólogo del profesor y poeta Ernesto Suárez, así como con un cuento inédito, titulado La vida en defensa propia (Pubis azul). La obra indaga en la búsqueda de la felicidad y está poblada de personajes que, a través de las experiencias vividas, terminan comprendiendo que toda ilusión, sea cual sea su cariz, su contrapartida, siempre hace mella. El volumen se presenta este jueves, 20 de diciembre, a las 19.30 horas, en la Librería de Mujeres de Canarias. En el acto intervendrán, junto al autor, el prologuista de la obra Ernesto Suárez; la directora de la librería, Izaskun Legarza; y un representante de la editorial canaria.

* La Escuela Canaria de Creación Literaria comenzará el nuevo año con un Curso de Relato Breve, que impartirá el escritor Víctor Álamo de la Rosa. Las clases tendrán lugar los jueves desde el 24 de enero al 11 de abril, de 20.30 a 22 horas, y en el mismo se profundizará en la esencia de la narrativa, así como se trabajará con los recursos expresivos de cada alumno. El curso se completará con la realización de un relato por parte de cada alumno con la intención de hacer una publicación colectiva. Más información en la página web de la ECCL.

* Este miércoles, 19 de diciembre, se presenta El libro LuchaLibro, publicado por la editorial Baile del Sol, dentro de la colección Sitio de Fuego. El volumen, de 160 páginas, compila los más de ochenta relatos que participaron en este certamen, e incluye como no podía ser menos, el trabajo ganador, que recayó en Enrique Sicilia (primer premio) así como los finalistas Nuria López, Alejandra Allueva y Hugo Clemente. El libro de LuchaLibro se distribuirá en las principales librerías de la isla y a través del blog de LuchaLibro Canarias. La presentación tendrá lugar a las 21 horas en  el Malavida, “ideas y copas”, en Santa Cruz de Tenerife.

* El Espacio Cultural Aguere de La Laguna acoge desde este miércoles, 19 de diciembre, hasta el 9 de enero del 2013, un ciclo dedicado a la actriz de origen canario Maria Montez. También se inaugurará una exposición coordinada por Aron Benchetrit y compuesta por paneles y material gráfico perteneciente a la colección de Antonio Pérez Arnay, fallecido el 1 de enero de este año y al que se le rendirá un homenaje. El ciclo Maria Montez incluye la exhibición a las 20.30 horas de La reina de Cobra (1944); Alí Babá y los cuarenta ladrones (1944) y Las mil y una noches (1942), el 19, 20 y 21 de este mes, respectivamente.

* La Filmoteca Canaria recupera sus ciclos el próximo año, entre enero y febrero, con una atractiva retrospectiva dedicada al cineasta Ernst Lubitsch. Entre otros títulos se exhibirá Ninotchka y To Be or not To Be.

Saludos, escobilloneros antes del fin, desde este lado del ordenador.

Algo que sí es, no fue, cine

Sábado, Diciembre 15th, 2012

(James Cagney en Los violentos años veinte. Raoul Walsh, 1939).

Saludos, no cierro los ojos, desde este lado del ordenador.

Con la ‘Pasión de los fuertes’

Viernes, Diciembre 7th, 2012

Entre los méritos de Daniel León Lacave se encuentra que es uno de los pocos directores canarios que se atreve con un género tan difícil como la comedia.

Claro que no sé si lo que pretende Lacave es hacer comedia, ya que sus experiencias en este territorio más que provocar risa genera sonrisa. Una sonrisa cómplice porque el cineasta que forma parte de esa cuadrilla que insiste en la levedad de su cine –no sé porqué, pero me los imagino a todos ellos enarbolando esa bandera como los marines en la cima del monte Suribasi en Iwo Jima–  saca lo mejor que tiene dentro al mirar con ironía la relación de amor-odio que mantiene, precisamente, con el cine.

Desde que nació como espectáculo de feria, el cine ha marcado a generaciones de espectadores que no podrían entender la vida sin las películas. Sin embargo a mi, últimamente, ver cine me está aburriendo bastante.

Supongo que como a muchos espectadores, cada vez me entra más la pereza por seguir las novedades que semana tras semana se estrenan. De hecho, si las veo es meses después y en la acogedora soledad de mi cueva en formato dvd con la agradable sensación de que no me perdí nada gastando el escaso puñado de euros que aún me queda en la cuenta corriente.

Con el paso de los años, y mientras cada mañana descubro frente al espejo un yo algo más deformado por la edad, me he dado cuenta que el cine que consumo ya no me provoca las mismas sensaciones que recibo cuando leo una novela.

Ya he contado que últimamente veo en casa películas en avance rápido porque, damas y caballeros, la mayoría de ellas me aburren. Así que voy menos al cine porque como no tengo el mando a distancia en una sala, y rodeado encima de otros espectadores, asistir a una sesión se está convirtiendo en algo así como una pesadilla.

Me pongo a pensar en otras cosas mientras mi vista hace que está clavada ante la pantalla por lo que ahora espero que, por Dios, cuanto antes termine la película mejor y no que no acabe como sí me sucedía antaño, cuando entre mis aficiones favoritas estaba la de acurrucarme en posición fetal en la incómoda butaca de la sala oscura.

He llegado por eso a la conclusión que en estos días sin gloria mi refugio está en los libros. Solo a través de ellos encuentro respuestas, y muchas veces incluso –también lo he contado, luego soy una especie de abuelito Cebolleta– demoro adrede su lectura con el único objetivo de que dure.

Estas ideas me la suscita la pieza Las ovejas nunca vienen solas, de León Lacave, un corto que sube a su Facebook (1) y que despertó en mi conciencia dormida aquellos tiempos en los que yo también fui cinéfilo, aunque el personaje que me encontré en esa parte hoy recuperada de mi memoria tiene poco o nada que ver con mi presente.

No obstante, que esta simpática pieza me haya hecho rememorar un tiempo perdido, no una busca de un tiempo perdido, pone de manifiesto que Lacave sabe hurgar inconscientemente “en una memoria donde ya no quedan recuerdos”, citando a mi maestro míster Arkadin.

En contra de los personajes del cortometraje, llevado al extremo porque se trata de una pieza aparentemente intrascendente pero que tiene más profundidad de la que parece, nunca me peleé con otros por defender el cine que me gustaba y que aún me sigue gustando, pero sí que tuve que soportar ovejas que nunca vienen solas por algo que en aquel momento vendían como cine de autor y con el que yo me castigaba por las cosas del amor.

Mientras quien les escribe prefería ver Pasión de los fuertes (1946) de John Ford, un cineasta al que la progresía había puesto en la picota porque era norteamericano, facha y tuerto, otros me animaban a que descubriera la poética de un cineasta de nombre impronunciable cuyo mayor logro era no contar absolutamente nada en una hora, hora y media o dos horas.

- Tú déjate llevar por la imágenes y olvida a ese fascista que se hizo famoso masacrando indios en el cine….- me decían como quien no quiere la cosa.

La historia, afortunadamente, no les dio la razón. Porque no dejo de poner en mi gastado dvd Pasión de los fuertes. Del otro director, ni me acuerdo. Pero cosas de la edad, digamos que le he perdonado porque el tiempo lo cura todo.

En la cinta de Lacave dos amigos presuntamente cinéfilos llegan a las manos por Amenábar y Kiarostami. En la pieza, se le ha cambiado alguna letra al nombre del cineasta iraní… Clave, por otro lado, para entender el título del corto: Las ovejas nunca vienen solas, aunque tiene más miga. O lecturas en lo que unos podrán señalar como simpático ejercicio de estilo rodado entre amigos y para que sea visto solo por amigos, y que a mi juicio trasciende ese círculo perverso en el que suele incurrir todas las modestas producciones de los levelistas.

El caso es que miro Las ovejas nunca vienen solas y sonrío. Y también, ya dije, porque me retrotrae a un tiempo en el que el cine me parecía uno de esos amores que nunca me traicionaría.

Como pasa en las mejores familias, me equivoqué. Porque el cine, el cine que llega a las pantallas y que repesco en ediciones piratas o alquilándolo en vídeo clubes, ya no me provoca aquel chispazo de nieve, esa luz cegadora que sí me erotizaba antaño.

Me quedan, claro está, los títulos de siempre. Los que me conmovieron y aún continúan conmoviéndome. Los que pertenecen a la estirpe de Pasión de los fuertes.

Y es que aquellas películas sí me hablaban. Tanto, que todavía continúan hablándome. Casi, casi, con las mismas palabras de un libro que me atrapa, me abduce, que logra lo imposible en estos tiempos desesperados en los que me encuentro.

Hace mucho, muchísimo tiempo y una de las épocas más catastróficas de mi existencia, un escritor considerado por casi todos un mediocre me ayudó a salir del abismo.

No he vuelto a leerlo pero su mano salvadora, la que me rescató del foso estuvo ahí.

Su nombre: H. Rider Haggard.

En la misma época, y en una sala de reestreno madrileño, un cineasta fascista y tuerto hizo lo mismo.

Pasión de los fuertes.

Así que debo de darle las gracias a Daniel León Lacave.

Ha conseguido que vuelva a verme en el espejo. Y a recuperar un pasado que creía enterrado en lo más recóndito de mi cerebro.

Y si bien la experiencia no ha terminado a cachetadas, me ha enseñado a entenderme un poquito mejor.

Ya ven. Todo por un corto intrascendental.

 Bueno, digamos que aparentemente intrascendental.

(*) En la imagen Henry Fonda como Wyatt Herp y al fondo Linda Darnell como Chihuahua en Pasión de los fuertes.

(1) No enlazo el cortometraje al estar en el Facebook de su autor. 

Saludos, les dejo que me voy a ver Centauros del desierto, otra del facha tuerto que solo liquidó indios en el cine, desde este lado del ordenador.

‘Rodajes en Canarias 1951-1970′

Lunes, Diciembre 3rd, 2012

En su generosa labor compiladora Joseph Vilageliú es el único especialista que se ha preocupado por contabilizar el número de publicaciones que a este lado siempre inestable del Atlántico se han dedicado a estudiar y analizar el cine rodado aquí. En Canarias.

Imagino así que en esta lista, ya imprescindible para todos aquellos que quieran trabajar sobre una realidad que todavía suscita debate, Vilageliú habrá añadido el último volumen que nos aproxima a lo que ya casi nadie cuestiona como una realidad.

Me refiero al volumen editado recientemente por la Filmoteca Canaria Rodajes en Canarias 1951-1970, un ejemplar que prolonga y continúa el trabajo emprendido hace unos años con Rodajes en Canarias 1896-1950 y en el que se recogen todos los títulos en formato largo, medio y cortometrajes que se han filmado en las islas así como los proyectos que nunca pudieron ver la luz pero de los que se dio cumplida información en la prensa de su tiempo. 

Cruzando los dedos para que la experiencia se repita con un tercer y necesario volumen que llegue hasta nuestros días, esta nueva entrega que notaría las producciones rodadas en el archipiélago entre los años cincuenta hasta principio de los setenta del pasado siglo es un interesante libro que debe ser entendido como fuente de estudio e ideal para especialistas y curiosos que tienen inquietudes por conocer la insólitamente rica historia de películas rodas en las islas.

Coordinado por Enrique Ramírez Guedes, Rodajes en Canarias 1961-1970 presenta sin embargo algunas modificaciones con respecto al primer volumen, editado en 2004.

Como explica Guedes, se ha apostado en esta ocasión por centrar los contendidos “exclusivamente en las producciones que han tenido lugar en territorio insular, suprimiéndose los apartados que trataban de las realizaciones sobre Canarias rodadas fuera del archipiélago y las películas de directores canarios rodadas también fuera de las islas.”

Se ha apostado además por presentar las entradas por géneros “y no atendiendo solo al criterio cronológico”, estructurando el volumen en las categorías de Ficción, Documental, Noticiarios y Amateurs.

Personalmente, el capítulo más atractivo es el dedicado a largometrajes de ficción porque se recogen títulos ya conocidos Moby Dick, Tirma, El reflejo del alma y Hace un millón de años, entre otros, con cintas bélicas alemanas como La estrella de África (Alfred Weidenmann, 1957), sobre las experiencias en combate del as de la aviación alemana durante la II Guerra Mundial, Hans Joachim; extravagantes cintas de espionaje, S.O.S. Pacífico (Guy Green, 1959) y peplum, o películas de romanos, Ulises contra Hércules (Mario Caiano, 1962).

También rarezas, como los musicales pop Días maravillosos (Sidney J. Furie, 1964) y la española Escala en Tenerife (León Klimovsky, 1964) con, respectivamente, Cliff Richard y el Dúo Dinámico (Manuel de la Calva y Ramón Arcusa) como protagonistas.

En cuanto a los proyectos que nunca fueron realizados me llama poderosamente la atención el anuncio de lo que pudo haber sido una adaptación de La isla y los demonios, novela de Carmen Laforet, así como de El señor de las moscas, que intentó levantar el productor Sam Spiegel y que su director, Peter Brook, rodaría en 1963 con gruón del propio autor de la novela, William Golding.

Para los aficionados al cine, no solo con las islas como escenario, Rodajes en Canarias 1951-1970 es un libro de referencia y consulta imprescindible. Repletos de títulos poco o nada conocidos y muy preciso en su información.

Felicidades a la Filmoteca Canaria, y al equipo de colaboradores que ha participado en su elaboración, por este trabajo del que se han editado seiscientos ejemplares.

Saludos, hace demasiado frío, desde este lado del ordenador.

El bueno, el feo y el malo

Domingo, Noviembre 25th, 2012

INTRO

Sábado negro, negrísimo, para el mundo del cine. Luto y flores para elogiar la trayectoria de tres caballeros que se han despedido de nuestra realidad grisácea y cotidiana a una edad más que respetable.

El trío encarna, y a mi juicio particular, formas de ser con las que podemos aprender a ser mejores personas si nos dejan.

Que su muerte haya coincidido en el tiempo me hace imaginar que se encontrarán en el limbo, por si existe.

Imagino a Larry Hangman liando un porro de maría.

A Tony Leblanc sentado a su lado invitándolo ansioso y con su acento mesetario a que lo pase de una vez mientras José Luis Borau, retirado a un lado de la pequeña habitación mira la hora esperando la irrupción de un antipático ángel custodio para leerles sus faltas existenciales.

Los tres merecen un post kilométrico.

Así que prefiero escuchar la risa tonta de Hangman y Leblanc cuando aparece el ceñudo ángel custodio. También como le gritan algo así como “anda ya. No nos mires: únete… ¿quieres una caladita?”

Y al ángel custodio, acercando el cigarrito a sus labios, señalarles la puerta abierta del paraíso que se merecen.

EL BUENO

Tony Leblanc es el madrileño de cuna. No el impostado, el que viene de fuera y que se ha asentado en la capital de las Expañas. Allá en aquel Madrid del Ay, Carmela,  lo reconocen como gatos…

Y algo de gato tenía Leblanc.

De gato comodón, al que le gustaba la caricia para su ronroneo seductor.

No se cansaba de decir a quien quisiera oírlo que vino al mundo en la mayor pinacoteca de este país, que es el Museo del Prado, donde su padre trabajaba como conserje.

Lo imagino, al padre, uniformado y comedor de sopitas mietras recorre las galerías del Museo cuando escucha el llanto del niño…

El niño, tras varios papelitos como secundario, entre otros ese reivindicable por épico trasnochado que es Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945) se hace hueco en el cine español de la época modelando el personaje por el que al final casi todos lo reconocemos: el del golfo con buen corazón, criado en barrio y que se busca la vida como buenamente puede.

Yo lo recuerdo por El tigre de Chamberí (Pedro Luis Ramírez, 1957), Los tramposos (Pedro Lazaga, 1959) y El astronauta (Javier Aguirre, 1970).

Este último título, una de las comedias más inteligentes –pese a su ruda tosquedad– rodada por el cine español.

Claro que, objetivamente, en estos tres títulos –dejo al margen El día de los enamorados y Las chicas de la Cruz Roja, deliciosas comedietas románticas pero destinadas a chachas y chachos– se hace entomología, y de la seria, de cierto carácter que podríamos llamar sin sonrojo clase media.

Retirado de la gran pantalla por un accidente, Tony Leblanc regresó al cine cuando Santiago Segura le propone que participe en ese disparate que fue Torrente, el brazo tondo de la ley.

Pero es que Torrente y sus sucesivas entregas, donde Tony Leblanc hace de padre y tío del estrafalario y canalla policía putero aficionado al Atlético de Madrid, encuentra el espacio perfecto para darse a conocer a una generación que hasta ese entonces había ignorado su presencia y la de un desnaturalizado entonces cine español.

Así que pienso que no es mal fin para la carrera del actor, por mucho que algunos puristas se lleven hipócritamente las manos a la cabeza.

Torrente explota el espíritu golfo y subversivo de Leblanc de El tigre de Chamberí y Los Tramposos solo que sin el corsé de la censura y sí el feísmo despiadado y desacralizador del Segura.

Un Segura que hoy debe ser de los que lloran su ausencia no con lágrimas de cocodrilo…

Me pregunto, de hecho, ¿habrá un Torrente V sin la imprescindible presencia de Tony Leblanc?

EL FEO

José Luis Borau consiguió lo que poca gente alcanza en esta vida: estar más allá del bien y del mal.

La crítica progre y casposa le perdonó sus inquietudes comerciales –rodó sin ruborizarse espaguetis western y quiso trascender los Pirineos con vibrantes filmes de acción como Hay que matar a B– mientras el espectador de la calle entiende sin consignas que detrás de sus películas más herméticas y de autor, como gusta de decir a los que no disfrutan con el espectáculo del cine, hubo un cineasta con mirada que pretendía llegar a toda clase de públicos.

Su obra maestra es, a mi entender, Furtivos, pero más que por Borau por ese cantautor y actor que parecía autista que fue Ovidi Montllor y la que quizá sea una de las mejores actrices de reparto del cine español de todos los tiempos: Lola Gaos. Mujer en cuyo rostro se sintetiza toda esa España negra que todavía late en el corazón de este país.

Tanto, que casi, casi, parece sacada de una de las pinturas negras del maestro Goya.

Borau rueda otras películas como La Sabina, la serie de televisión Celia, basada en las estupendas novelas de Elena Fortún que escribió un emocionado relato con Celia como protagonista en el Madrid del No pasarán…

Dirige también Río abajo en Estados Unidos, un interesante filme sobre la frontera que divide Estados Unidos con Méjico. David Carradine, después de Kung Fu y mucho antes de Kill Bill, trabaja en la cinta.

Retirado, Borau asume responsabilidades administrativas.

Es presidente de la Sociedad General de Autores y Editores y también ocupa un sillón en la Real Academia Española… Pero ya no es el mismo. Ya no escribe guiones, ya no tiene cuerpo para levantar proyectos –olvidemos así Tata mía– porque se ha convertido en un  resignado pensionista.

EL MALO

En los colegios laicos donde estudié todos hablábamos a la hora del recreo, y con la boca pequeña, de la serie de televisión Dallas. Estaba mal visto entonces que comentásemos la última putada de J.R.

J.R. más allá de sus crípticas iniciales, estaba interpretado por Larry Hangman, un actor de bajo perfil que encontró su El Dorado encarnando a quien todavía hoy sigue siendo uno de los malvados más recordados de la pequeña pantalla.

De hecho, está casi a la misma altura de Falconetti (William Smith) en otra serie que marcó a mi generación: Hombre rico, hombre pobre.

Solo que Dallas nació con espíritu de culebrón y Hombre rico, hombre pobre de teleserie. Más tarde llegaría Angela Channing (Jane Wyman) en Falcon Crest y Joan Collins, como la perversa Alexis, en la pija Dinastía… pero nada era lo mismo.

Sus maldades no tenían nada que ver con la de J.R., personaje que ya nos advertía en la década de los ochenta que no nos fiáramos de aquellos aparentes garrulos empresarios tejanos del petróleo por mucho sombrero vaquero que llevaran encima de la cabeza.

La historia le dio la razón cuando George Bush y George Bush jr. asumieron la presidencia de los Estados Unidos.

Claro que, con todo, todos queríamos ver la nueva estratagema que se sacaba del sombrero vaquero J.R., el único personaje que tenía las ideas claras en la desestructurada familia Ewing.

Recuerdo que en Dallas, los personajes permanecían casi todo el rato con una vaso de bourbon en la mano.

Doy fe que en la serie J.R. desayunaba bourbon y no café con leche. O leche con cereales, que es más americano.

Larry Hangman, que tuvo carrera en televisión –debutó con Mi bella genio, la respuesta a Embrujada–  y pobre en el cine, a lo más que llegó es a su papel de estúpido oficial del ejército norteamericano en la estupenda Ha llegado el águila (John Sturges, 1976), fue un tipo que no tenía nada que ver con J.R. en su vida como persona y no como actor.

Para vencer su adicción al alcohol, se pasó a la marihuana por recomendación de Jack Nicholson. Y tuvo que sentarle bien el primer porro de maría porque desde ese entonces, y junto a su paisano Willie Nelson, se convirtió en un firme defensor por su legalización…

Tanto, que leo que espera que esparzan sus cenizas en un campo de rica marihuana para que amigos y enemigos hagan un pastel y suban al cielo pensando lo agradablemente colocado que están gracias a Larry Hangman y no a J.R.

Cosas del humor tejano.

Humor, antes de dar el cierre, que comparto…

Saludos, con risa tonta y feliz, desde este lado del ordenador.

El mismo ‘Frenesí’ cuarenta años después

Jueves, Noviembre 15th, 2012

Hay cineastas a los que tocan los dioses.

Alfred Hitchcock es uno de ellos aunque hoy permanezca injustamente relegado porque el mundo en el que vivimos es así de ingrato.

Hitchcock, en cuya obra se conjuga sentido del espectáculo y mirada cinematográfica, pertenece de todas formas a esa fila de grandes cineastas a la que otro cineasta, no tan grande, contribuyó a mitificar con un volumen que todavía hoy es de referencia para todos aquellos que, con o sin inquietudes por el cine, quieren acercarse al trabajo de un autor en primera persona.

El libro es El cine según Alfred Hitchcock, y lo firma Françoise Truffaut, un título necesario para acercarse a través de su voz al impresionante trabajo que realizó a lo largo de su carrera.

Ahora bien, si estuviera en la incómoda tesitura de escoger dos películas, solo dos películas de su filmografía, sé que títulos me llevaría en la maleta: La sombra de una duda y Frenesí.

Frenesí (Frenzy, 1972) celebra este 2012 que es del fin del mundo su cuarenta aniversario (1).

Cuarenta años que apenas se notan.

Tiene la virtud Frenesí de ser una película de Hitchcock que no parece, pero es, una película de a quien llamaron el mago del suspense.

Nunca me gustó lo de mago del suspense. Y no porque me imaginara al caballero orondo y de rostro bonachón y perverso con una boina sobre la cabeza y vestido como uno de esos tantos cretinos que se disfrazan de campesino canario en la tierra en la que habito cuando toca romería…

… No, no…

Digamos que lo que me molesta cuando lo señalan como mago del suspense es que es una forma como cualquier otra de reducir la obra de un cineasta que hizo alquimia con esto del cine.

Es decir, que Hitchcock va más allá de lo que conocemos como mago del suspense.

Y en este sentido, Frenesí quizá sea el título más raro y revolucionario de su extraordinaria carrera porque casi raya con la más cruda pornografía y sorprende por su retorcido feísmo estético.

También porque vista hoy –en estos tiempos de estados que no renuncian al paternalismo, sindicatos que no van a pasar a la historia y algodones blancos– todavía sigue triturando algo muy dentro de mí.

Frenesí es una película conscientemente sucia. Muy sucia.

Y por primera vez en la carrera del cineasta, su primer trabajo en el que todos sus protagonistas pertenecen a una clase media muy venida a menos.

El cineasta británico regresa además con ella a su tierra natal, Gran Bretaña.

Rueda Frenesí en Londres, pero evita la postal turística para introducirnos en los suburbios de la city, escenario en el que opera el asesino de la corbata. Un criminal sexual cuya firma consiste en estrangular a sus víctimas con… una corbata. Lo interpreta con una convicción cínica que traspasa la pantalla Barry Foster, el dueño de un negocio de frutas…

Un tipo realmente desagradable pero al que Hitchcock dota de retorcida elegancia. Tanta, que en una de esas habituales jugadas maestra hace que al espectador le resulte atractivo.

En una de las mejores escenas de la película, Foster regresa al lugar del crimen al darse cuenta que ha dejado en el cadáver de una de sus víctimas un alfiler de corbata a través del cual la policía podría dar con él.

Y da con él, solo que tiene que forcejear con el cadáver para arrebatarle lo que podría ser una prueba que lo incriminase.

Todo transcurre en la parte trasera de un camión que transporta sacos de papas –patatas, que dirían los peninsulares–, hasta que logra su objetivo no sin tener que recurrir a una violencia digámoslo con palabras suaves extrema.

En todo momento. y mientras se ve este momento, el espectador sufre contradicción: por un lado espera que lo descubran pero por otro espera también que se salga con la suya.

En cuanto al héroe de la película, más que héroe es un antihéroe que no tiene nada que ver con los que protagonizaron otras películas de Alfred Hitchcock.

Se trata de un antihéroe sin asomo romántico ni caballeresco.

En todo caso, es un personaje antipático por bronco, violento y maltratador.

Lo interpreta Jon Finch. Un tipo que en esta película se encuentra en las últimas. Héroe de la RAF, ahora es un buscavidas. Para empeorar su situación, las relaciones que mantiene con su ex mujer no son nada buenas.

Huelga decir que su ex mujer, Barbara Leigh-Hunt, futura víctima del asesino de la corbata, quizá sea uno de los personajes femeninos más odiosos en toda la filmografía de sir Alfred Hitchcock…

Y en ella, precisamente sobre su cadáver, es donde Barry Foster busca desesperadamente el alfiler que dejó olvidado cuando acabó con su vida…

Frenesí es una de las películas más salvajes y retorcidas del señor Hitchcock. También morbosa y rompedora.

Es como si al ya viejo cineasta le importara un comino lo que pudieran decir de él los espectadores y la crítica de su tiempo.

Hitchcock estaba más allá del bien y del mal, y probablemente era consciente que le quedaba poco tiempo para seguir en este planeta.

De hecho, cuatro años después rodaría la que fue su última película, La trama (1979), pero yo me quedo, a modo de testamento, con Frenesí como el último gran filme de su impresionante carrera.

Tanta mala hostia, tanto desprecio hacia sus personajes pero sobre todo a su país natal, me proporciona nuevas y jugosas lecturas sobre su cine modélicamente perverso.

Por eso sostengo que se trata de su trabajo más revolucionario: rompe con sano espíritu nihilista el estilo por el que fue tan celebrado.

Es la película de un viejo que da limpios pero también dolorosos bofetones al cine que en aquellos años los jóvenes estaban empeñados en desmontar, eso que se llamó Free cinema, que tradujo a la inglesa la Nouvelle vague

Y todo ello sin renunciar a su juguetón y malvado proceso de deconstrucción de sí mismo.

En Frenesí palpita su odio latente a la policía con ese comisario que evita comer los platos de cocina francesa que ¿amorosamente? le prepara su mujer…

Su héroe, que encarna el actor Jon Finch, ya no es un elegante Cary Grant o Gregory Peck. Ni siquiera un inquietante y atractivo hombre corriente como Joseph Cotten en La sombra de la duda…

Todo es sucio y feo en Frenesí.

De ahí su actualidad.

Su actualidad en estos tiempos tan tristes, sucios y feos como los que reflejó con frialdad quirúrgica el señor Hitchcock en Frenesí.

Frenesí…

Frenesí no es otra cosa que una más de sus obras maestras.

(1) Frenesí está escrita por Anthony Shaffer según la novela de Arthur La Bern.

Saludos, ¿dónde demonios habré dejado el alfiler de corbata?, desde este lado del ordenador.