Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Escrito un día de ‘huerga’

Miércoles, Noviembre 14th, 2012

Paseo por las calles de una capital de provincia donde la mitad de los establecimientos están cerrados, cerrados por liquidación, porque sus responsables no pudieron más y tiraron la toalla, así como por efecto de la huelga general que es el asunto que monopoliza hoy, 14 de noviembre, el mapa informativo de este país, aunque me encuentro abierto el kiosco donde habitualmente compro alguna que otra revista, algún que otro periódico y la inevitable ración de veneno –cigarrillos– con la que reduzco mis días en este solar llamada Expaña.

En tono de broma, le pregunto al quiosquero “¿por qué no has cerrado?” Y en tono donde no asoma ninguna puta broma me responde: “¿y por qué voy a cerrar?, ¿no vivimos en una democracia?”

- Vamos, vamos, no se lo tome así…

- No, si yo me lo tomo como siempre.

Mientras abro el paquete que contiene los cilindros que contaminan mis pulmones, pienso en la cantidad de películas que han reflejado en el cine esto de la huelga, aunque dos títulos –no sé la razón–  ocupan la mayor parte de mi cabeza porque, ay mi cabeza, así son las cosas.

F.I.S.T. (Norman Jewison, 1978) y Hoffa (Danny de Vito, 1992).

Las dos películas hablan de líderes sindicales. La primera se inspira, vagamente, en la vida del segundo y el segundo es un biopic sobre uno de esos estrafalarios personajes que parecen solo nacen en los Estados Unidos de Norteamérica.

Pasan a segundo plano La huelga, la deliciosa y actualísima Tiempos modernos; La ley del silencio, esa especie de Lo que el viento se llevó para las izquierdas que es Novecento, Germinal y algún título más que se escabulle por las rendijas de mi cerebro como Última salida Brooklin (Uli Edel, 1989), un filme basado en la durísima novela de Hubert Selby Jr., pero si la cito es por el descenso a los infiernos que emprende uno de sus personajes, un liberado sindical en ese barrio neoyorquino que parece la antesala del infierno.

Hay muchas más películas, claro está… Porque la clase trabajadora a la que deberíamos de pertenecer todos los que estamos en edad de trabajar, es potencialmente consumidora de eso que llaman cine… Y a veces, cuando aún tenía chispa de inteligencia, quería ver reflejado sus problemas en pantalla grande. Ken Loach, afortunadamente, continúa aún explotando esta realidad por lo que se ha convertido en una especie de cineasta de culto para una minoría que no deja de sacudir la cabeza mientras ve sus películas…

En España está Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, pero yo me quedo con Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) y, cómo no, con esa obra maestra del neorrealismo italiano que es El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica, porque son títulos en los que se pone de manifiesto la tragedia humana de los que somos gente corriente a las que las circunstancias nos empujan al vacío…

Resulta extraño pasear por una capital de provincias que solo vive cuando brilla la luz del sol, aunque hoy el firmamento esté poblado de nubes. Pero resulta mucho más extraño pasear por una capital de provincias donde la mayoría de sus tiendas están cerradas no porque sea domingo o un día de fiesta, sino porque apoyan, es un suponer, esto de la huelga…

Apenas veo a gente en la calle. Por lo que transitar por el asfalto casi parece como ser un protagonista de una película de muertos vivientes, aunque en una ciudad tan muerta como Santa Cruz de Tenerife esta sensación no debería de sorprenderme. Ni inquietarme. Pero sí que me inquieta más que sorprende porque pesa en la atmósfera argo que solo puedo describir como chungo. Una resignada tristeza que está cansada de estar resignada.

En situaciones así lo único que me apetece en encerrarme en casa, escribir y leer, también ver una película. O varias. Quizá toque repescar F.I.S.T., con aquel bronco de Stallone antes de que saliera del armario ideológico con la trilogía de Rambo, aunque se agradece que haya vuelto al redil con ese esperpento que llama Los mercenarios…

La noche de ayer que ya dejó de formar parte de mí calendario existencial castigué a mi dvd con dos películas cafres y sin nada que ver con el aire que hoy se respira en media Europa aunque, pensándolo bien, igual sí tienen que ver.

Veo Plauto (David Gordon, 2004), probablemente la película más rara, rara, rara, del cine español. Una joya sin tallar escrita por esa especie de mister Proper vitaminado de farlopa que fue Coto Matamoros, y que transcurre en un circo donde si alguien resulta normal  es el payaso que da título a la cinta. Una lástima que al Matamoros se le fuera la pinza mientras escribía esta surreal carroña, también que explotara su vena literaria con el abusivo empleo de la voz en off, pero descubro a un pedazo de actor que debería de tener más carrera en eso que llaman cine patrio: el extravagante Dioni, aquí apodado Furgones por aquello de hacer el chiste fácil.

Plauto, ya ven que cosas, me hace levantar del asiento cuando llega a su trágico final para buscar en mi caótica biblioteca el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Plauto abre y cierra con dos citas que saca de este volumen hartamente recomendable para los que no dejan de pensar en eso que llaman suicidio.

La segunda película que me quema los ojos es una cinta australiana, Romper Stomper (Geoffrey Wright, 1992), en la que trabaja un por aquel entonces desconocido Russell Crowe.

La historia va de descerebrados cabezas rapados australianos y transmite muy bien el panorama que nos espera si la crisis que nos empala continúa por el camino que transita. Me sorprende que este título haya pasado tan desapercibido. Claro que el tema que trata resulta ya de por sí antipático, pero es un buen vehículo para entender hasta donde puede llevar un odio absurdo cuando no se tiene nada mejor que hacer que bailar como un salvaje, beber litros de cerveza y romperle la cabeza a todos esos que no son de tu país. En la película, sufridos vietnamitas hasta que dejan de serlo.

La película, que también está escrita por Wright, contiene más sustancia… Y no deja títeres con cabeza. Todo esto aderezado con una banda sonora en la que gritan grupos skin heads loas a un IV Reich como quien se agarra a un clavo ardiendo.

Me conmociona esta película. Su bronca desmelenada, también la extraña historia de amor que surge entre dos de sus protagonistas mientras todo a su alrededor se desmorona.

Llego así a la cama confuso, preguntándome no ya dónde voy sino a dónde vamos casi todos.

Cuando escribo casi todos me refiero a los que aún nos mantenemos en pie entre las ruinas más por inercia que por voluntad de sobrevivir…

El nihilismo que retratan estas dos películas tiene argo que las hace especial en estos tiempos que me ha tocado estar, por lo que no me resulta nada gratuita la elección caprichosa, porque fue eso, un capricho, que hice ayer cuando la escogí en el vídeo club al que sigo visitando porque soy un rematado romántico.

O más bien un animal de costumbre que no deja de musitar entre dientes basta ya, basta ya, que se acabe esta puñetera pesadilla de la que soy incapaz de despertarme…

Ya saben, y si no lo saben me da igual, que “si el corazón pudiese pensar, se pararía.”

Saludos, otro día fantasma, desde este lado del ordenador.

Malas noticias

Lunes, Noviembre 5th, 2012

* Si, ya nos hicimos eco en este  mismo blog aunque entonces pensábamos que se trataba de un cierre de temporada, de necesaria reorganización interna para encarar estos tiempos nefandos que corren.

Desgraciadamente no ha sido así, sino que su cierre es definitivo, luego el cartel de cerrado que cuelga en su puerta es una verdad dolorosa. Terrible para paseantes que, como quien ahora mismo les escribe, perdió tantas horas de su precioso tiempo dentro de sus instalaciones.

La noticia, amarga, muy amarga, es que la Librería Canarias efectivamente ha muerto. Adiós pues a su impresionante escaparate de libros que ya estaban descatalogados y a precios asequibles para los que llevamos resignadamente a cuestas –como el Sísifo ese– la pesada roca de la crisis.

La capital tinerfeña, que antaño disfrutó de una variada oferta de librerías, pierde a uno de los suyos. Y ese suyo lo siento mío porque muchos de los libros que adquirí en la Librería Canarias contribuyeron a que viera el mundo con otros ojos.

Me dicen que sus responsables continuarán en la brega como distribuidora… Y que muchos de los tebeos en la que fue, a su manera, la primera librería especializada en cómics de Santa Cruz de Tenerife, se pueden encontrar en esas otras librerías que todavía resisten el embate de estos tiempos tristes.

Me consta que mis recorridos semanales por esos oasis donde aún se puede oler a papel ya no será lo mismo.

Me queda La Isla, sí. Me queda El Paso, sí. Me queda la Librería de Mujeres, sí, y me queda la incombustible Ifara que, como un fortín en tierra de nadie, aún agita la bandera… Pero ya no entraré en la Librería Canarias, ese punto donde casi siempre iniciaba el recorrido por las librerías de mi ciudad ya sin mapas ni brújulas.

* Y para triturar un poco más las esperanzas, leo que los Multicines Monopol de la capital grancanaria están barajando la posibilidad de cerrar en los próximos meses ante la caída del número de espectadores.

Si el Monopol desaparece, Las Palmas de Gran Canaria se quedaría sin la única sala que, en estos tiempos nefandos, estrena producciones canarias. Aquí, en Tenerife, nos queda Tenerife Espacio de las Artes TEA. No sé hasta cuándo, pero al menos nos queda.

El cineasta tinerfeño Miguel G. Morales ilustra lo que significará el fin de los Monopol de esta manera: “Me acuerdo de una conversación que tuve con el cineasta José Luis Guerín en las ruinas de los cines Atlante, en Tenerife. Me decía que el cierre y derribo posterior de unos cines es un crimen similar a tirar abajo una biblioteca o una iglesia con valor artístico.”

Aquí, en esta isla donde vivo bajo la sombra del Teide, pasó lo mismo con el Víctor, reconvertido hoy en sala de espectáculos. O el Rex, que funciona como discoteca para pijos. O el Tenerife, un gimnasio. O las fachadas mugrientas y abandonadas de lo que antaño fueron templos en los que los iniciados aprendíamos el valor de las cosas en tenidas cinematográficas como el Teatro Baudet o el Cine Greco… Entre otros.

Si sirve de algo, me uno a la causa:

¡No al cierre del Monopol!

Saludos, cuando desperté ese dinosaurio que soy yo aún continuaba ahí, desde este lado del ordenador.

¿Ónde vas, James Bond? ¿Ónde vas triste de ti?

Sábado, Noviembre 3rd, 2012

Veo Skyfall y lo primero que pienso es ¿por qué me tomas el pelo James Bond?

Leo críticas elogiosas en torno a la cinta que firma el autista de Sam Mendes, un director de los que dicen serios, y pienso ¿por qué me tomas el pelo Sam Mendes?

Voy un poco más lejos, y lo escribe un bondmaníano confeso, ¿ónde vas 007? ¿Ónde vas triste de ti?

Salgo de esta historia interminable con ganas de matar a alguien.

Mientras, y me consta porque el fantasma de Ian Fleming está a mi lado atiborrándose de anfetaminas, licor del bueno y cigarrillos turcos para olvidar la memez a la que han reducido a su criatura, tan pop y resultona, sacudiendo escandalizado la cabeza.

¿Ónde estás, James Bond?

¿Ónde está tu espíritu cool?

Algo me da en la nariz que la serie –probablemente la franquicia más longeva de la historia del cine–  está anunciando su reconversión no al espíritu máquina de matar que prometía en Casino Royale, la primera de las tres que protagoniza ese peaso carne con ojos que es Daniel Craig, sino las que definió el universo en las que participó Roger Moore.

En especial a partir de Moonraker.

Pura parodia festiva sobre el agente secreto con licencia para matar que elevó al cubo en clave payasa la reivindicable Octopussy.

Ian Fleming asiente con la cabeza mientras escribo estas líneas apresuradas.

También el reivindicable Terence Young, que fue el director de las tres películas que, a mi juicio, son las mejores de Bond: Doctor No, Desde Rusia con amor y Operación Trueno… Que me disculpe Guy Hamilton, pero Goldfinger, salvo Sean Connery, Gert Fröbe y el extraordinario tema musical que interpreta Shirley Basey, no es santo de mi devoción bondmaníaca…

Skyfall anuncia, en todo caso, el ocaso de Bond en el cine. Aunque continuarán rodándose películas Bond porque el bondmaníaco como todo maníaco es un inocente.

Tan inocente que espera encontrar en cada nueva entrega del agente secreto al servicio de su graciosa majestad ese cosquilleo que sintió la primera vez…

… La primera vez que me encontré con el personaje fue en el cine La Paz, en la capital tinerfeña.

Una sala que ya no existe y que terminó proyectando sesiones dobles en en sus últimos años de vida. Sesiones en las que dejaban entrar a toda clase de público porque no tenía derecho de admisión. Entre ellos un chaval indocumentado como quien ahora les escribe.

Tuve la suerte de empezar con Bond en el cine La Paz con Desde Rusia con amor, y tuve la suerte y creo que también el buen gusto de enamorarme para siempre de la primera chica Bond que conocí, la italiana Daniela Bianchi…

O Tatiana Romanova en la que, posiblemente, sea la mejor novela de Bond. En eso coincido, como en su peculiar gusto por la mujeres con JFK.

Sin embargo, el primer Bond oficial de estreno que vi por primera vez (¡cómo recuerda uno la primera vez!) fue La espía que me amó, en la que Roger Moore además de seducir a Barbara Bach, que hacía de otra rusa, la agente Anya Amasova –yo y mi manía por el deshielo…. Cosas de la Guerra Fría– derrotaba al mal (siempre un multimillonario al que se le había ido la pinza) con la forma de un Curd Jürgens con problemas de sobrepeso…

Y Javier Bardem, ay, Javier Bardem no, no es lo mismo…

No es un malo, malísimo versus Bond.

Y no porque sea Javier Bardem, sino por una película en la que por su insistencia en deconstruir a Bond para llevarlo a sus esencias originales olvida lo básico, lo elemental en toda película Bond que se precie: entretenimiento con clase.

Y Skyfall, e Ian Fleming me da toda la razón del mundo, no entretiene con clase sino que aburre por manida y previsible.

Por rutinaria y simplona pese al discurso presuntamente intelectual con el que se quiere despiezar al mito.

Y sí, estando completamente de acuerdo en que Bond, James Bond es un dinosaurio, un viejo que está pidiendo a gritos la jubilación en la pantalla grande, la leyenda no merecía esta aparatosa y, seamos sinceros, ridícula y forzada ¿vuelta a sus orígenes?

Lo único que hace es volver más rancio un producto cuya nostalgia apenas dinamita los guiños nihilistas con los que se pretende destruir su iconografía.

Como el Aston Martin liquidado a balazos, o un nuevo Q que ahora asume la forma de un jovenzuelo antipático pero experto en ordenadores. O el regreso de Bond a Escocia para, literalmente, volar por lo aires su casa natal calcando –pero muy mal–  lo que tan bien hizo Sam Peckimpah en Perros de paja.

Todo esto y más contribuye a que cualquier aficionado a 007 se pregunte con el sabor amargo de la nostalgia ¿ónde vas James Bond?

¿ónde vas triste de ti?

Mientras, Ian Fleming desaparece de mi lado en una noche lluviosa que es incapaz de disolver el calor….

Saludos, kiss, kiss, bang, bang, desde este lado del ordenador.

La hora de la verdad: frente a frente

Sábado, Octubre 27th, 2012

Voy al cine.

Hago el esfuerzo de gastarme un puñado de euros y entro en la sala oscura.

Mientras busco acomodo en la butaca me doy cuenta que me asaltan las mismas emociones que me asaltaban las primeras veces que iba al cine. Una mezcla extraña de expectación ante lo que voy a ver…

En silencio invoco a los dioses para que la película que se va a proyectar en una de esas pantallas grandes que ya no son, sin embargo, tan grandes como las de antes, me diga algo. Es decir, que no salga con la sensación de que me han estafado, tomado el poco pelo que aún me queda sobre la cabeza.

En silencio, y mientras la luz del proyector ilumina la sala veo los tráiler entre los que destaca la última película protagonizada por Sylvester Stallone. La dirige Walter Hill, así que le comento al amigo que tengo al lado que regresa el cine de autor de los ochenta. Es una broma particular que tenemos.

Coincide además que Hill es un cineasta con el que los dos nos hemos alimentado.

Allá en los ya hoy lejanos años ochenta.

En mi caótica deuvedeteca conservo varios títulos del director: El luchador, Forajidos de leyenda, La presa…Y sí, si que me gusta el cine de Hill, como me gusta el cine de John Milius.

Los dos son algo así como una especie en extinción.

Tan extinción como esto del cine.

Y como quien les escribe.

La película que veo tiene título, claro está: Looper.

Y me deja k.o.

O lo que es lo mismo, me hace pensar en mi mismo mientras veo esta curiosa e inquietante tragedia sobre nosotros mismos.

Imaginad un futuro donde las mafias envían a sus víctimas a un pasado que vive una brutal crisis económica para que sean liquidados por asesinos a los que se conocen como Looper. Unos liquidadores, estos looper, que en sus ratos libres gastan su sueldo –en forma de lingotes de plata y ocasionalmente oro– en prostitutas, borracheras y drogas de diseño.

El ser o no ser, esa es la cuestión surge cuando el asesino tiene que eliminar a un hombre que viene del futuro que es él mismo.

Contado así puede resultar confuso pero el filme de Rian Johnson lo explica muy bien. Demasiado bien. La película, además, explota otras vías, otros caminos posibles.

Busco referencias: Doce monos, Horizontes de grandeza, incluso un look a lo pobre tipo Matrix… Porque la grandeza de Looper es que se trata de una película pequeña en la que late un corazón muy grande.

Tiene mucho de tragedia. No sé si shakesperiana pero sí de tragedia. La tragedia de ser uno mismo.

Una de las mejores escenas del filme muestra frente a frente al protagonista del filme con su yo del futuro. El personaje, que interpreta Joseph Gordon-Levitt, y Bruce Willis se miran a la cara y piden el mismo plato en una cafetería de carreteras.

Willis le grita que no sea tan idiota cuando su yo le dice que lo deje en paz, que va a cumplir con la regla que es pegarle un tiro en la cabeza.

Acabar consigo mismo.

Quiere vivir su futuro.

Ese futuro que desconoce y que tiene ahora delante de sus narices.

No se reconoce, y aquí está el drama, en ese hombre maduro –que es él– que solo desea cambiar el pasado para ser feliz.

Esto me hace pensar en cómo reaccionaría mi yo del pasado si se enfrentara a mi yo del presente.

Probablemente el yo del presente le diría lo mismo que le dice Willis: Espabila… Solo que, para complicar las cosas, mucho me temo que mi yo del futuro le diría lo mismo a quien ahora escribe estas líneas.

¿Me reconocería en él?

Looper es una película que trasciende las fronteras del género de la ciencia ficción por lo que es una película recomendable también para quienes detestan el género de la ciencia ficción.

Suscita preguntas. Y que me plantee preguntas es una de las pocas cosas que le pido no solo a una película.

El hecho de que haga trabajar mi cabeza es un síntoma claro que lo que veo contiene algo más que acción, paradojas temporales y una nueva y apasionante lectura sobre los viajes en el tiempo…

Pero esto debe ser así porque siempre me ha fascinado especular sobre lo de viajar en el tiempo. Retroceder, nunca avanzar, en el tiempo.

La culpa la tiene un escritor grandioso que se llamaba H.G. Wells.

Y otro escritor, Richard Mathenson, que en un relato se adelantó a ese fantástico disparate que es El Caballo de Troya de J. J. Benítez.

Un viajero del futuro, invisible, asiste en directo a la crucifixión de Jesucristo.

Solo puede observar, no intervenir.

Ray Bradbury explotó el viaje en el tiempo en una serie de relatos donde sus protagonistas se trasladaban a esos tiempos donde los dinosaurios dominaban la Tierra. Peter Hyams llevó al cine una de estas historias con resultados muy frustrantes. El dibujante Richard Corben sin embargo sí que supo captar la paradoja en una serie de historietas que a mi todavía me producen cierta fascinación.

En la primera entrega de la trilogía de Regreso al futuro de Robert Zemeckis se proponía un discurso inquietante, que iba más allá del complejo de Edipo cuando la futura madre del protagonista siente algo especial por su hijo… Claro que ella no sabe que ese chico será fruto de sus entrañas…

Pienso también en la reivindicable Peggy Sue se casó, de Francis Ford Coppola. Un cineasta que incluso en sus horas más bajas sabe que el negocio del cine es algo personal y no solo negocio.  

Looper va más allá.

Atención, pregunta:

¿Sería usted capaz de matar a un niño que sabe que el día de mañana será el responsable de su tragedia?

¿Sería capaz de asesinar a un inocente que el día de mañana se convertirá en el mayor hijo de puta conocido y reconocido en la Tierra?

Esa cuestión planea en Terminator…

Ira Levin reflexionó sobre lo mismo aunque en clave sensacionalista y con clones en Los niños del Brasil, novela que cuenta con una excelente adaptación cinematográfica.

En ese realista retrato que es Ven y mira, de Elem Klimov, el joven protagonista termina disparando contra un retrato de Hitler cuya imagen retrocede hasta mostrarnos a un niño austriaco sin su futuro  ridículo bigotito que mira desafiante al partisano.

El joven comunista no puede apretar el gatillo.

Es incapaz de matar a ese niño por muy monstruo que pueda convertirse en el mañana.

No voy a contar lo que hace el protagonista (desdoblado) de Looper.

Pero da que pensar.

Salgo del cine conmovido, con cuestiones parecidas a las que he expuesto mientras devoro un delicioso bocadillo de pollo en el Imperial.

Le doy vueltas a lo que haría…

También a cómo me enfrentaría a mi yo de ayer.

Es decir ¿sería capaz de reconocerme en ese tipo que, ahora que repaso algunas fotografías de mi mismo de hace apenas diez, veinte años, ahora resulta ser un completo desconocido?

Sí, sé que soy yo…

Pero no soy yo…

Recorro las calles solitarias y sucias de la capital de provincias en la que vivo.

Llueve.

Y hoy cambian además la hora.

A las tres de la madrugada serán las dos.

El tiempo.

Siempre el puto tiempo. 

Saludos, ¿mañana será otro día?, desde este lado del ordenador.

Atrapado por su pasado y por su presente

Viernes, Octubre 26th, 2012

Espero escribir sobre esta película un día de estos…  Pero hoy no es el día…

Demasiadas sensaciones, demasiada reflexiones…

Solo sé que en buenas manos la ciencia ficción es un género que lleva con toda la comodidad del mundo los pantalones largos.

Me pregunto de hecho que pasaría si  me encontrara conmigo mismo un día de estos…

Y háganse un favor… No se la pierdan.

Por una vez los más de seis euros que cuesta la entrada merece la pena…

Saludos, gracias Carlos, desde este lado del ordenador.

El Monolito

Lunes, Octubre 22nd, 2012

Me pregunto, mientras veo 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), cómo fue posible esta película y si en la actualidad sería posible que alguien apostase por un proyecto con las dimensiones metafísicas de este largometraje gigantesco en las formas y en el contenido.

En unos tiempos donde el cine en vez de crecer ha empequeñecido, un título como 2001: Una odisea del espacio no deja de ser hoy una rareza y un producto que sería radicalmente rechazado o bien mejorado para que resultara comercial en las salas de estreno.

Salas de estreno en las que todavía, aunque cada vez menos, llega alguna cosa que despista al espectador con ganas y entusiasmo por recibir emociones y entretenimiento.

Dos palabras, emoción y entretenimiento que no deben de ir separadas sino cogidas de la mano.

Desgraciadamente, casi nadie apuesta hoy por esta fórmula para los que se dedican a hacer industria en lo que antiguamente fue su Meca, Hollywood, donde el cine debe ser sinónimo de gilipollez elevada al cubo. O de estafa con pretensiones comerciales.

Y este no es el cine que aprendí a amar desde que tengo uso de razón.

Sí, soy consciente de que probablemente debo de haber llegado a una edad viejuna, porque aprecio que lo que se rodaba antes tenía estilo y cierta profundidad. Incluso en lo que se conocía como cine de evasión y para todos los públicos, pero son rasgos que apenas encuentro en las cintas que muy de tanto en tanto voy a ver haciendo el esfuerzo titánico de desplazarme a la sala oscura; o que observo con una horrorosa mueca en casa porque me han vuelto a engañar cuando la cinta se convierte en un disco de dvd cuyas imágenes fustigan la pantalla de mi televisor.

Veo 2001: Una odisea del espacio porque a lo largo de la semana que se fue es un título que no dejó de rondarme por la cabeza mientras la realidad que circula a mi alrededor se difuminaba en algo más oscuro de lo que es.

Pensaba en la cola del supermercado en El Monolito.

Pensaba mientras contemplaba a los que sacan a pasear el perro a cualquier hora del día en El Monolito.

Pensaba en El Monolito conversando con un amigo de los que todavía tiene trabajo con contrato fijo, alarmado porque su empresa anuncia un Expediente de Regulación de Empleo…

El Monolito cruzaba por mi cabeza como Pedro por su casa sin que supiera muy bien el por qué el puñetero Monolito atravesaba de repente y como un rayo mis ideas… Casi como si insistiera en que volviera ver el filme de Kubrick para que por fin descubriera la trascendencia de una cinta que le puso los pantalones largos a un género como es el de la ciencia ficción hasta ese momento solo recomendable para descerebrados.

La primera vez que vi 2001: Una odisea del espacio fue, si la memoria no me falla, en el cine Rex de Santa Cruz de Tenerife. Una sala que cuando dejó de ser sala de cine se convirtió en bolera y en sala de fiestas para que gente bien, que no es lo mismo que gente de bien, se divirtiera y sobre todo se gastase el dinero que los demás no tenemos.

Solo entré una vez en esa sala de fiesta porque no soy gente bien y probablemente tampoco gente de bien, y sentí algo así como el síndrome de Stendhal solo que al revés. Es decir, un desvarío que amenazaba por transformarse en desmayo ante lo que le habían hecho a aquel templo sagrado en el que pasé tantos ratos de entretenimiento y emociones en mi niñez y adolescencia.

La primera vez que vi 2001: una odisea del espacio me quedé sin habla. Sin habla porque no entendí nada de aquella película aunque era imposible sustraerme a la fascinación que sentía ante lo que pensaba era un jeroglífico cuya solución se me escapaba.

Más tarde, volví a verla. Y la solución continuaba escapándose de las manos hasta que un día asumí que lo mejor que podía hacer era no romperme la cabeza con lo que pretendidamente había querido contar Kubrick y Arthur C. Clarke, el escritor del relato original que inspira la película, El centinela, y coguionista con Kubrick de esta especie de catedral, por lo que tiene de religioso, que es 2001: Una odisea del espacio.

El hecho de que el Monolito me persiguiera la semana que se fue resultó así clave para que volviera a ver una cinta cuyos ecos aún resuenan en mi cabeza.

Ecos, curiosamente, que deseo que aún continúen retumbando en mi cabeza porque volver a verla se convirtió en un ejercicio no de nostalgia sino de adoración nerviosa al Monolito.

El filme, que reúne ese peculiar aire cool que Kubrick impregnaba en casi todas sus películas con personajes distantes y fríos, continúa siendo el mismo y fascinante jeroglífico que me dejo tarumba en mi tierna adolescencia.

Jeroglífico que ni Carlos Pumares pudo resolver en aquel espacio radiofónico que conducía y que respondía al nombre de Polvo de estrellas donde, debo de confesar, llamé en más de una ocasión para contribuir a plantearle la pregunta del millón y que más lo encanallaba y le hacía subir por las paredes:

- Carlos, Carlos, ¿qué coño quiere decir el final de 2001: Una odisea del espacio?

Todavía recuerdo el grito de hastío del crítico más dicharachero de este puñetero país que todavía es España. Y las risas que soltábamos los que, estando reunidos en aquel cuarto, vomitábamos mientras Pumares nos mandaba a freír espárragos…

La cuestión, sin embargo, que planea por mi cabeza es intentar comprender la razón de por qué el Monolito me visitó de forma tan insistente la semana pasada y me condujo a que viera la película este domingo por la noche…

La cinta volvió a seducirme…

La primera parte, la del amanecer el hombre, aún impacta; como impacta la segunda, con las naves espaciales bailando un vals de Johan Strauss hijo y la misión a Júpiter, que enfrenta a los dos astronautas contra el súper computador Hal 9000. La cuarta es un misterio que prefiero que no se resuelva.

Me gusta el desconcierto que aún me produce.

Y pienso, aunque ya menos, en el Monolito…

La razón es porque la imagen con la que me he despertado esta misma mañana es la de Hal 9000. Que es una víctima en esta película en la que al principio y al final pone acento sonoro el poema sinfónico Así habló Zaratustra de Richard Strauss.

Entiendo el miedo de Hal 9000.

Y me entristece como le vacía la memoria el astronauta David Bowman pese a que Hal 9000 haya dejado de ser el mismo.

- “Tengo miedo, Dave”, le repite Hal mientras Bowman le drena sus recuerdos…

Y me doy cuenta que empatizo con Hal porque a mi también me están quitando los recuerdos.

Saludos, érase una vez en…, desde este lado del ordenador.