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Yo soy fulanito de tal…

Viernes, Abril 13th, 2012

“Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo.”  (Últimas palabras –cuenta la leyenda– que pronunció Pedro Muñoz Seca antes de ser fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama)

Este post está escrito por sugerencia de un amigo. Me comentó socarrón mientras tomábamos café: “A ti que te gustan tanto lo escritores de caza menor ¿cómo es que todavía no les ha dedicado ningún post a Álvaro de Laiglesia?”

Y ahí va, hermano lobo.

El humor no debería de tener ideología pero literariamente hablando y es probable que por razones varias, entre otras las de vivir una existencia en la que no hay preocupación por buscarse los garbanzos, digamos que las derechas ganan en este país y por aplastante goleada a las izquierdas.

España cuenta con una extraordinaria galería de grandes escritores de derechas que cultivaron el humor como género literario y que a mi, personalmente, me han hecho muy feliz la existencia.

Nombres hay muchos pero cito, y de memoria, al genial Edgar Neville, quien además de ser un excelente escritor fue un excelente cineasta; el inclasificable Wenceslao Fernández Florez; Miguel Mihura, un grande como fueron grandes los toros bravos de Mihura; esa maestro del humor absurdo que es Enrique Jardiel Poncela y Álvaro de Laiglesia, de quien se cumple el próximo 9 de septiembre el noventa aniversario de su nacimiento.

De Laiglesia, que fue primero redactor jefe y más tarde director de una de las mejores revistas de Humor que jamás se hayan editado en este país como fue La Codorniz, nació en una familia acomodada y marchó como tantos otros jóvenes iluminados de su generación a combatir como un soldado más en la División Azul respondiendo al grito de ¡Rusia es culpable! mientras su país intentaba recuperarse de una guerra fraticida de cuyo coste en sangre, sudor y lágrimas todavía no nos hemos recuperado.

No sé si fue por su experiencia bélica en los arrabales de Leningrado lo que provocó que de Laiglesia observara a partir de entonces el mundo que le rodeaba con mordaz y vitriólico sentido del humor, pero es muy de agradecer que volcara su talento en retratar las imperfecciones de la sociedad de su tiempo en una serie de novelas que van más allá de la cómplice sonrisa.

En este sentido, el mejor Álvaro de Laiglesia es el Álvaro de Laiglesia que describe el golferío. En demoler las apariencias de un sistema en el que quien no llevara sombrero podía ser sospechoso de rojo.

Por sus títulos más conocidos, y éxitos de venta en aquella España que volvía a colocarse en el mundo como fue la de los sesenta y setenta lo conocerán: Tú también naciste desnudito, Yo soy fulana de tal, Fulanita y sus menganos, El sexy Mandamiento, Una larga y cálida meada y Los hijos de Pu.

El escritor, socarrón e irónico, políticamente incorrecto en la España de aquel tiempo y en la que España de este tiempo, tiene mucho más libros.

Una formidable producción literaria que hoy injustamente ha caído en el olvido quiero pensar que por razones idiotamente ideológicas.

Casi como si diera miedo reivindicar el trabajo de un hombre que vio desde el prisma del humor inteligente y de derechas –que son dos términos que no tienen que ir necesariamente unidos– la realidad de un país que no ha evolucionado desde aquella España del siglo XVI.

No quiero decir con esto que la obra de Álvaro de Laiglesia sea heredera de la novela picaresca pero casi.

Es decir, que el hombre que pasó miedo, hambre y frío a orillas del Voljov cuando regresó a su tierra se percató que ya no era lo mismo, y que los demonios que lo devoraban por dentro –una mezcla, quiero pensar de frustración y sacrificio por una causa irremediablemente perdida por poética– solo podía llevarlo a levantarse la tapa de los sesos o a actuar, cual sospechoso jesuita, desde dentro para erosionarlo con el arma de la burla descarnada.

El régimen franquista, con el que tuvo sus desencuentros, lo asimiló a regañadientes. De Laiglesia, al fin y al cabo, era uno de los suyos.

Y es que a las derechas, siempre y cuando se le saque los colores dentro de un cavernario y tabernario sentido del orden, le encanta reírse de sí misma.

Esto los diferencias de las izquierdas.

Que no saben reírse de sí mismas. Aunque la cosa quede en familia.

Álvaro de Laiglesia colaboró también en varias piezas de teatro. Destaco Los sombreros de dos picos que firmó junto al grancanario Claudio de la Torre.

Buena lectura.

Saludos, recordad a Álvaro de Laiglesia, cabestros, en estos tiempos oscuros que vivimos, desde este lado del ordenador.

“¡Mi brazo, mi brazo!”.- Gritó Nelson

Domingo, Abril 8th, 2012

Cuentan que fue Domingo Pérez Minik quien dijo en cierta ocasión que dos de los grandes errores de Canarias fue no dejar entrar a Horatio Nelson en 1797 y dejar escapar a Francisco Franco en 1936.

Ambos momentos, curiosamente, se produjeron en julio, época estival en la que el calor, entiendo, contribuyó posiblemente a multiplicar el tradicional carácter aplatanado que, opinan unos, caracteriza a los habitantes de este territorio.

Se han escrito algunas historias sobre la conjura que un grupo de hombres y mujeres planificaron para que Franco abandonara el suelo de Canarias pero en posición horizontal aquellos días de julio de 1936. Me viene ahora a la cabeza El fulgor del barranco, de Juan Ignacio Royo, así como La lista, primera novela de Juan Bosco. Respecto a lo que se conoce como la Gesta del 25 de julio, y a la espera de que Ángel Luis Marrero Delgado termine de escribir su relato sobre estos mismos acontecimientos, el aficionado puede recrearse literariamente en los mismos en dos novelones muy ajustado a los hechos tal y como lo registran las crónicas de la época como son El fuego de bronce y Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias, de Jesús Villanueva y Miguel Ángel Díaz Palarea, respectivamente.

El escritor David Galloway también hace referencia de aquellos días en La cueva de las mil momias y de manera tangecial en Los apuros de don César, una de las tantas novelas que pertenecen a la serie de El Coyote de José Mallorquí, y en la que se recuerda que uno de los antepasados del ya legendario personaje se encontró en alta mar a los navíos de Nelson cuando regresaban derrotados del ataque a Tenerife.

Es muy probable que haya otras historias cuya acción se desarrolle en esos días de julio, aunque la verdad es que tras mucho rastreo en la red y consultas en unos pocos archivos no hemos encontrado otros títulos salvo los estrictamente históricos: cartas y diarios de algunos de los protagonistas, así como artículos en prensa entre los que destaca la referencia que el escritor Ángel Guerra escribe sobre Santa Cruz de Tenerife en el número del 7 de diciembre de 1919 de Blanco y Negro: “bastaría a su gloria la heroica defensa que hizo el 25 de julio de 1797.”

Por ello me resulta cuanto menos extraño descubrir que literariamente apenas se haya explotado este momento de la historia tan trascendente para una isla que, desde ese entonces, custodia en su pequeño pero interesante Museo Militar las dos únicas  banderas del Imperio Británico capturadas en combate a su armada, aunque como lamenta Villanueva en una reseña publicada en El Cultural, no tiene nada de extraño cuando la capital de la isla donde desembarcaron sus tropas dedica una de las calles con más solera al contralmirante que perdió aquí, precisamente aquí, su brazo por la metralla de un cañonazo y una “callejuela de treinta metros” al general español, Antonio Gutiérrez Otero y Santayana, cuyas fuerzas –compuesta de soldados y milicias– terminaron por vencer a quien años más tarde se convertiría en el león de los mares británicos.

Estos hechos, que cuenta además con un final de presuntos caballeros con la entrega de regalos entre vencedores y vencidos y una carta en la que se conmina al contralmirante mutilado a no intentar de nuevo la aventura, probablemente hubiera resultado otra cosa en el universo de la ficción si quien lo hubiera narrado fuera inglés. Claro que a los anglosajones no les gusta, precisamente, recrear en sus historias derrotas por muy caballeresco que resulte su final.

Pienso, déjenme ustedes especular, en el patriótico Bernard Cornwell o en el historiador hispanista Hugh Thomas con su novela Habana. George McDonald Fraser es otra cosa, un infiltrado que dedicó su mejor serie, los papeles Harry Flashman, a desmitificar la grandeza de aquel Imperio en el que también no se puso el sol.

Al margen de otras consideraciones, sí que se puede entender y leer entonces El fuego de bronce como una de las primeras novelas sobre aquellos días de julio que vivió Santa Cruz de Tenerife en 1797. Días, cabría señalar, que aún están empañados por la leyenda. Una leyenda en la que se dan cita los elementos necesarios para escribir una buena novela histórica como es, entre otros, la derrota que sufre quien más tarde sería hidalgo de los mares británicos así como la enconada y épica resistencia que los habitantes de la plaza realizaron para no entregarla.

Villanueva aprovecha estos y otros elementos en El fuego de bronce, obra que pese a su volumen de páginas no deja de resultar entretenida. En especial porque el lector iniciado, con cierta idea de lo que pasó, espera los capítulos finales para vivir desde dentro la batalla que se desató no solo frente a las costas santacruceras sino también en sus calles y plazas.

Y en este aspecto está muy bien descrito la atmósfera, el olor de la pólvora, los muertos que caían como moscas ante las balas de mosquetes y cañones, los gritos desgarrados de los heridos… Lástima que su extensión — setecientas páginas– haga demorar ese momento. Más si tenemos en cuenta que el argumento de ficción que propone su autor entre Fermín, un joven grancanario que llega al que será el escenario del combate, y Damián y Pilar, no termina de estar bien casado, lo que a juicio de quien ahora escribe estas líneas terminó por aburrirle bastante y hacerle incluso titánica la lectura completa del libro.

No obstante, y pese a este desequilibrio que a fin de cuentas es la columna a través del cual Villanueva sostiene su relato, El fuego de bronce se convierte en la novela histórica y bélica que tuvo que haber sido en sus últimas páginas. Páginas que, como apunté con anterioridad, están escritas con pasión y a tenor de lo que cuentan los especialistas sobre este hecho de armas, muy ajustadas a lo que se cree que  fue.

Miguel Ángel Díaz Palarea mantiene esta misma línea en Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias, aunque su novela más que novela hay que leerla y entenderla como una lección de historia narrada a través de sus protagonistas.

Palarea coincide con Villanueva en destacar el protagonismo que tuvo en aquellos hechos los habitantes de la isla y logra además un relato preciso en cuanto a su cronología, todos ellos encabezados por citas de la época o por reflexiones de historiadores que se ocuparon del hecho con posterioridad.

La diferencia más destacable que separa sin embargo a ambas novelas es que la obra de Palarea se preocupa más por los hombres de a pie, los héroes y también cobardes que tomaron parte en la batalla. Pero son retratos que apenas cincela el autor porque los acontecimientos reales terminan por devorarlo.

Como lector, lo más atractivo de esta novela basada en hechos reales es su espíritu por reivindicar a un grupo de personas que siendo anónimas se lanzaron a la batalla porque así tenían que hacerse las cosas.

Se agradece también su ánimo provocador.

Su empeño en desmontar el aura de batalla bella o gesta a la derrota que sufrió Nelson en esta tierra. Más si tenemos en cuenta cuando escribe:

“- Pero amigos, no seamos rebenques que todos conocemos las prácticas del contrabando con esos desalmados; muchos acaudalados que todos conocemos tienen repletas las alforjas de negociar con el enemigo.

- Pero bobomierda, el inglés no viene precisamente a negociar. Busca las riquezas de los barcos fondeados en la dársena de Santa Cruz de La Laguna y el oro y joyas atesoradas en nuestros templos y conventos. Pero no debemos olvidar la hermosura de nuestras mujeres. Les podría contar cómo en uno de esos ataques no quedó sin tocar una sola hembra.”

Esto me hace concluir que El fuego de bronce y Entre piratas son dos títulos, pese a sus muchos defectos, recomendables y con carne para sumergirse en un periodo de la Historia que para los habitantes no solo de Tenerife sino también de Canarias así como de España y Gran Bretaña forma parte de ese enorme casillero donde las grandes potencias de aquel entonces libraron una formidable partida de ajedrez en la que peones, torres, alfiles, caballos, reinas y reyes ganaban o perdían partidas.

Vista así las cosas, nada ha cambiado desde ese entonces.

Esperando un Trafalgar al estilo Benito Pérez Galdós sobre aquellos hechos…

Saludos, y buena lectura, desde este lado del ordenador.

La novela que pudo ser y no fue

Sábado, Abril 7th, 2012

- “A mí, Sanjurjo no me inspira confianza. –afirmó Franco– Culpa suya fue, y no de otro, que el Rey abandonase el país. Le cabe la responsabilidad de haber dejado el Gobierno en manos de los republicanos. Nunca hay que huir sin lucha, nunca abandonar. El poder hay que conservarlo hasta la muerte.”

(El fulgor del barranco, Juan Ignacio Royo Iranzo)

Hace un tiempo dedicamos un post a las novelas sobre la Guerra Civil española cuya acción se desarrollaba en Canarias. Asunto que tras su publicación generó un atractivo goteo informativo de lectores y amigos en el que me daban aviso de títulos que por desconocimiento se me olvidaron reseñar en ese artículo.

Entre otros se encontraba El fulgor del barranco (Editorial Benchomo, 2008), de Juan Ignacio Royo Iranzo, una novela que no llega a las 150 páginas y que tras su lectura, a la que he llegado gracias a la generosidad de ese inquieto Puck de las letras canarias que es el editor y también escritor Ánghel Morales, ha suscitado un conjunto de ideas revueltas en mi ya de por sí desordenada cabeza.

El fulgor del barranco comienza a finales de los años veinte del siglo pasado en Mogador, Marruecos, localidad en la que nace su protagonista, un personaje que por azares del destino termina en la capital tinerfeña sirviendo a una de las familias más ricas del archipiélago: los Camacho.

La acción brinca entonces a 1931, 1933, 1935 y 1936, años trascendentales para la historia de este país que algunos nos atrevemos a llamar todavía España, y finaliza el 17 y el 18 de julio con el pronunciamiento militar que dio al traste con el sueño para unos, pesadilla para otros que fue la II República española.

Tarea pues muy ambiciosa la que emprende Royo Iranzo en El fulgor del barranco, al intentar retratar con trazo demasiado ligero momentos cuyo peso histórico resultó tan importante para la España penínsular y sus islas.

Y ello partiendo de un relato que reunía suficientes atractivos si su autor se hubiera preocupado en darle consistencia, desarrollo, preocupación por retratar un periodo de nuestra historia cuyas heridas continúan abiertas porque, pienso, aún no ha habido un cirujano capaz de cerrarlas para que las generaciones posteriores podamos de una vez dormir en paz y liberados enfrentarnos de pie y con la cabeza despejada a los conflictos de nuestro tiempo.

Noto, pese a todo, a un escritor detrás de El fulgor del barranco.

La novela contiene momentos muy bien descritos, en los que se aprecia la capacidad de su autor para crear atmósferas y cierta sensación inevitable que sabe poner los pelos de punta.

Pienso, mientras escribo, en el diálogo que mantiene el protagonista con el alcalde de la ciudad, estando los dos presos antes de que los falangistas los hagan desaparecer en el mar.

“- Ya debían de haberme soltado. Es como si nadie pensase. No he cometido ningún delito. He sido alcalde durante dos meses y en todo momento intenté hacer respetar las leyes y velar por el orden.

El moro escuchó pasos que se acercaban por cubierta. La cerradura del candando giró.

- Por fin  nos dejarán libres.

- Sidi, esto no me gusta.”

Pero me sabe esbozo, a primer borrador de la novela que tuvo que ser.

Una novela que, entre sus muchas historias, como la de ese protagonista sin pasado ni futuro que solo puede vivir un presente al que el curso de los acontecimientos ha colocado en el lugar menos oportuno, pedía más desarrollo, más carne, más sustancia para conmover a un lector que, como quien les escribe, es lo primero que le pide a una novela.

Y que a mi juicio, Juan Ignacio Royo Iranzo, no supo armar en El fulgor del barranco. Título que, reitero, sabe a borrador. A esqueleto de lo que pudo haber sido y no fue.

Es probable, de todas formas, que su autor no quisiese escribir la novela que esperaba encontrar mientras avanzaba en su lectura. De hecho, admito que dejara resbalarla de entre sus dedos mientras la redactaba porque pensó que el conjunto comenzaba a resultarle demasiado grande.

Me quedo así con El fulgor del barranco con su espíritu pulp, de relato con nervio pero que pudo haber sido mucho más.

Está escrita con una distancia gélida que apenas reblandece la ironía gruesa que imprime en algunas de sus páginas porque detrás de lo que se lee en el relato no hay poso. Sustancia.

Novela que pudo ser y no fue, El fulgor del barranco narra, fabula entre otras cosas, en la intentona de atentado que un grupo de anarquistas de salón perpetró contra quien luego dirigiría los destinos de las Españas, Francisco Franco.

“- ¿Quiero que le cuentes lo que me has dicho sobre el general Franco. Dile que lo acompañas al campo de golf en coche.  Solo será un momento.

- ¿Para qué? ¿Por qué se interesa tu hermano? Me obligan a cargar con la bolsa de los palos. Y a mirar donde caen las bolas. No me gusta contarlo. Luego tengo que esperarles mientras ellos comen y yo paso hambre. ¿Qué le importa eso a nadie? Además, yo no deseo conocerle. ¿Dónde está? Solo me interesa pasear contigo, nada más.

Candita le soltó la mano para llevarse un dedo a los labios pidiéndole silencio. Señaló un biombo de cartón junto a la ventana.  Preguntó con voz solícita:

- ¿Estás ocupado, Vicente?

Oyeron un bufido como respuesta. Tras el biombo se escondía alguien. La muchacha lo retiró para descubrir a un hombre sentado que leía un periódico tras una pequeña mesa picada por la carcoma.

- ¿Qué quieres?– masculló.”

También, y quizá aquí radique lo mejor de esta novela que pudo ser y no fue, la visión que registra un testigo inocente y sin compromisos ideológicos al que se manipula para servir a los de siempre en unos instantes que han pasado a la historia como el amanecer de una España que hoy, tanto los que afirman que la defienden como los otros continúan empeñados en que permanezca viva pese a su olor a cementerio.

Leo así El fulgor del barranco con cierto agrado frustrado, preguntándome porqué Juan Ignacio Royo Iranzo no firmó la novela que pudo haber sido y no fue.

No le falta perspectiva y distancia, también un agradecido ánimo en desacralizar a quien más tarde fuera el caudillo de aquella España grande y libre como de los extremistas de izquierdas más preocupados en emborracharse para darse ánimos y tirarle bombas que no fueron más allá de petardos bullangeros.

Insisto por ello que El fulgor del barranco pudo haber sido pero no fue la novela de la Guerra Civil de un territorio chiquito, ombliguista y tan malvadamente tontorrón como es el que habito.

Saludos, Alá es grande y Mahoma ¿su profeta?, desde este lado del ordenador.

Porque la sangre es vida: Carmilla

Lunes, Abril 2nd, 2012

Mucho tiempo antes de que Bram Stoker nos revelara que la existencia del vampiro radica en que nadie cree en sus existencia, un oscuro y también escritor irlandés de nombre Joseph Sheridan Le Fanu escribió la que, a mi juicio, continúa siendo uno de los mejores relatos de no muertos en su no muerta historia: Carmilla.

Carmilla, que influyó notablemente en la pesadilla stokeriana (la mejor novela de todos los tiempos según Oscar Wilde), cumple 130 años y continúa, como su personaje protagonista, viva en el sueño de la muerte porque además de estar excelentemente escrita, ambientada en ese delicioso tenebrismo gótico que los que amamos los clásicos del género releemos con insólita devoción, se anticipó a su tiempo con una elegancia en la que la se combina una delicada capacidad para crear atmósferas con sugestiva y refinada elegancia decimonónico tantear los territorios del erotismo en unos tiempos donde esa palabra, erotismo, resultaba tabú.

Carmilla es así, entre otras muchas cosas, una obra maestra del relato vampírico, en el que el su autor, además, sentó muchas de las constantes que, a partir de ese entonces, iba a distinguir a tan inquietantes criaturas de la noche. También se trata Carmilla de un ingenioso canto al despertar sexual, en este caso el que comienza a sentir una delicada jovencita hacia quien se le aparece primero como fantasma y más tarde como una espléndida mujer con la que mantendrá una fascinante historia de amor a la que intenta poner freno los protagonistas masculinos, que actúan así como fuerzas represoras ante la amenaza de un mal que por una vez solo encarna violento desenfreno.

“No debía tener yo más de seis años cuando, cierta noche, me desperté y, mirando en torno a la habitación desde mi lecho, no vi a la doncella. No me asusté, porque era una de esas niñas afortunadas  a las que deliberadamente se había mantenido en la ignorancia con respecto a los cuentos de fantasmas y de hadas, y todas esas consejas que nos hacen esconder la cabeza cuando la puerta cruje súbitamente, o el parpadeo de una vela a punto de extinguirse hace bailar sobre la pared, cerca de nuestros rostros, la sombra de uno de los pilares de la cama. Me sentía molesta y ofendida al imaginarme abandonada y empecé a gimotear, antes de que me asaltara un enérgico estallido de bramidos. Entonces, con gran sorpresa por mi parte, vi un rostro solemne, pero muy hermoso, que me miraba desde uno de los costados de la cama. Era el rostro de una joven dama que estaba de rodillas, con las manos bajo mi colcha. La miré con una especie de asombro complacido, y dejé de gimotear. Ella me acarició con sus manos, se tendió a mi lado de la cama, y me atrajo hacia sí, sonriendo. De inmediato me sentí deliciosamente apaciguada y me quedé dormida otra vez. Me desperté con una sensación como si me clavaran profundamente en el pecho dos alfileres al mismo tiempo, y lancé un grito. La dama retrocedió, sin dejar de mirarme, luego se dejó caer al suelo y me pareció que se escondía debajo de la cama.”

El relato de Sheridan Le Fanu, que se puede encontrar en español en, entre otras, la inolvidable edición de Nostromo, así como en las recomendables antologías Vampiros entre nosotro (Plaza y Janés, 1965) al cuidado del cineasta y esteta Roger Vadim, y Vampiros (Ediciones Siruela, 1992), a cargo de Jacobo Siruela, narra así y desde la perspectiva de un escritor que logra transformarse en mujer, la relación alimentada de sentimientos y deseos que mantienen sus dos protagonistas.

“Solía rodearme el cuello con sus hermosos brazos, atraerme hacia ella, y, apoyando su mejilla en la mía, susurrarme al oído:

- Querida mía, tu corazón está herido. No me juzgues cruel por acatar la ley irresistible de mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está sinceramente herido, el mío sufre espantosamente con el tuyo. En el éxtasis de mi enorme humillación, vivo en tu cálida vida, y tú morirás… morirás, dulcemente morirás… en la mía. No puedo evitarlo. Así como yo me acerco a tí, a su vez, tú te acercarás a otros, y conocerás el éxtasis de esa crueldad, que, sin embargo, es una forma de amor.”

El relato continúa, hasta que se descubre la verdadera naturaleza de Carmilla, o la condesa Millarca, un demonio sediento de sangre. Pero es que incluso después de su ejecución, Joseph Sheridan Le Fanu tiene la portentosa elegancia de dejar un inquietante interrogante en la imaginación del lector. 

Escribe la protagonista: “Aún ahora, la imagen de Carmilla retorna a mi memoria con ambigua alternancia: unas veces es la muchacha retozona, lánguida y bella; otras, el torturado demonio que vi en la iglesia en ruinas. Y con frecuencia, en medio de mis ensoñaciones, me he sobresaltado al imaginar que oía los pasos ligeros de Carmilla junto a la puerta del salón.”

El relato de Sheridan Le Fanu, un por otra parte fantástico escritor de relatos de misterio, ha sido llevado al cine en varias ocasiones pero en versiones que no rinden justicia a la obra original. La mejor de todas ellas es Vampyr, la bruja vampiro (Carl Theodor Dreyer, 1932), una adaptación muy libre de Carmilla, y en un discreto segundo puesto la cinta que protagonizó la actriz Ingrid Pitt en el primer título de la trilogía de los Karnstein, The vampire lovers (Roy Ward Baker, 1970), bajo el sello de la Hammer Productions.

Saludos, porque la sangre es vida, desde este lado del ordenador.

Santa Cruz de Tenerife, día de un año…

Domingo, Abril 1st, 2012

Las librerías continúan siendo espacios donde poder perder el tiempo y, últimamente, escandalizarnos por el precio prohibitivo de los libros.

Repaso las novedades, ojeo por encima cualquier ejemplar que me resulte atractivo y, tras observar su precio en esos detectores electrónicos que han sustituido –imagino que por economía–  a la clásica pegatina que en el pasado ejercía la misma función en la contraportada, volver a dejarlo discretamente en el estante o sobre la mesa para continuación salir con las manos vacías mientras atravieso una puerta vigilada por el detector que algunas librerías han instalado en esta ciudad en la que habito como si me invitaran a pensar que todo el mundo no es inocente hasta que alguien o algo –en este caso el temible detector–  así lo compruebe.

Afortunadamente, quedan librerías en este territorio cada día un poco más pobre donde aún no han tenido la molestia de colocar uno de estos arcos y en los que el librero más que vigilar, se sienta cómodamente con un libro entre las manos mientras los lectores afortunados y frustrados paseamos por sus instalaciones como quien pasea por el parque.

Es decir, mirando libros como si se miraran árboles y flores; y encontrándose, rara vez, la verdad sea dicha, con algún que otro conocido con el que compartir la misma afición por los libros.

La semana pasada, alguien a quien respeto y por lo tanto estimo, me preguntó de dónde sacaba el tiempo para leer tanto. No recuerdo exactamente qué le contesté, aunque creo recordar que algo así como que ahora disfruto de demasiado tiempo libre como para volverme loco. Y que lo único que me calma la locura es, precisamente, leer libros.

Admito, de todas formas, que últimamente se me hace más cuesta arriba terminarlos… Quizá porque tengo la mala costumbre de simultanear la lectura de varios a las vez, títulos que por otra parte apenas me dicen nada salvo la de entretener mi desocupada cabeza triturando esas ideas que nos asaltan a todos cuando negras tormentas nos impiden ver… Pero, como escribía, me permiten escapar, dar como las últimas boqueadas del pez que ha sido pescado y da saltos en tierra antes de morir por asfixia o por un golpe en la cabeza. Un golpe duro y terrible. De esos que agradeces porque pone fin a una existencia sin que tengas tiempo de percatarte de la sombra ominosa que se avecinaba.

Zas y se acabó.

Fundido a negro.

El caso es que me encuentro el sábado por la mañana con un viejo y apreciado conocido en una de esas librerías que afortunadamente todavía quedan en la capital tinerfeña sin detectores contra cacos, y nos ponemos a hablar de libros. A recomendarnos novelas policíacas e históricas, e historietas y a revelarnos también los próximos títulos que un día de estos se distribuirán por el mercado.

Mi amigo me cuenta que ha descubierto al escritor uruguayo afincado en Cuba, Daniel Chavarría, a quien entrevisté en la noche de los tiempos. También, que uno de los últimos trabajo del escritor hispano-mejicano, Paco Ignacio Taibo II, El Álamo, se trata de una historia en la que su autor desmota el aura de leyenda que aún rodea a esta vieja misión española situada en San Antonio de Béjar, enclave al parecer fundado por canarios y que durante seis días los secesionistas tejanos defendieron antes de caer en manos de las tropas mejicanas.

Huelga decir que quien les escribe ama El Álamo (1960), la película de John Wayne.

Huelga decir que quien les escribe detesta El Álamo (2004), la película de John Lee Hancock.

El librero que hasta ese momento permanecía con la vista fija en un libro nos anuncia, adivinando por los derroteros que estamos llevando en nuestra entusiástica charla de novedades, que Phillip Kerr ha publicado en Gran Bretaña la última entrega de la serie Bernie Gunther, Prague Fatale, donde su protagonista se tropieza con el siniestro Reinhard Heydrich, personaje que monopoliza esa curiosa novela y ensayo que es HHhH, de Laurent Binet.

Continuamos hablando. Hablando de libros sin profundo calado intelectual, de libros que nacieron para ser sencillamente devorados por sus lectores. Puestas así las cosas resulta inevitable que mencione a Bernard Cornwell y el primer libro que abre la teatralogía que el creador de Richard Sharpe, dedica a Nathaniel Starbuck en plena Guerra de Secesión con el título de Rebelde; y de las aventuras que el escritor Saul David está dedicando a Hart, y que se desarrollan en los tiempos en los que La India seguía siendo la joya de la corona del imperio británico.

No, no he leído aún a David.- respondo.- ¿Recuerda a Harry Flashman de George McDonald Fraser?

Por lo que me cuenta mi amigo no.

No porque las historias de Hart no están escritas ni con la guasa ni las ganas de desmitificar de Fraser.

Mencionamos a Caleb Carr, Simon Scarrow y también a los españoles Arturo Pérez Reverte, José Luis Corral e Ignacio del Valle. No he leído nada de Reverte salvo sus en ocasiones interesantes artículos en prensa, pero me llama El asedio porque la acción se desarrolla en Cádiz y Cádiz es una capital de provincias con la que guardo una enternecedora devoción por vínculos familiares.

No sé cuanto tiempo llevamos charlando. Pero toca despedirse.

Salgo a la calle, la luz el sol me da su primer mordisco y enfilo a la mansión. Y mientras avanzo un paso y otro, recuerdo a un amigo que ya no está entre nosotros que sentía devoción por Tintín y las aventuras de mar y de guerra firmadas por Patrick O’Brian.

Me detengo a la altura de la plaza de La Paz.

Y hago un gesto con la mano que parece sacado de un viejo ritual masónico.

“Va por usted”.- digo cruzando la calle.

Saludos, recibo una llamada perdida, desde este lado del ordenador.

Gritos y susurros

Miércoles, Marzo 28th, 2012

¿VUELVE MUECA?

Tras celebrar nueve ediciones y convertirse en un festival de referencia no solo en las islas, Mueca se suspendió en 2010 cuando el equipo de Gobierno del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz justificó su desaparición por los vientos de crisis que ya comenzaban a filtrarse por las grietas de la Corporación, al obligarle a destinar ese dinero al área de Bienestar Social.  Huelga decir que la decisión le hizo un flaco favor a la Cultura y al desarrollo turístico de la ciudad. Afortunadamente, parece que este 2012 de pesadilla el mismo Ayuntamiento baraja recuperar el encuentro de teatro en la calle con el fin de que el Puerto de la Cruz vuelva a ocupar el lugar con la Cultura que una vez tuvo. Dicho esto, todo hace indicar que este año de gracia habrá Mueca, décima edición. La pregunta que planea ahora en el aire es si contaremos con festival en 2013. Claro que esto es otra historia.

 TODO LO QUE QUISO SABER SOBRE ROBERT ZEMECKIS

 Ya se puede adquirir en las librerías el último trabajo del investigador cinematográfico canario Jorge Fonte, un extenso y riguroso estudio dedicado a la vida y la obra del cineasta norteamericano Robert Zemeckis (Colección Signo e imagen, núm. 89, Cátedra). Fonte, que probablemente sea una de las personas que más sabe de Walt Disney en España, ha publicado también en esta misma editorial dos extensos volúmenes sobre Woody Allen y Oliver Stone. En Robert Zemeckis desentraña las claves de la cinematografía del director de películas como Forrest Gump, la trilogía de Regreso al futuro, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Contact, así como sus incursiones en el terreno de la animación a través de títulos como Polar Express y Beowulf, entre otros. El libro además de incluir una extensa filmografía y bibliografía, cuenta con un listado completo de las cintas del director en dvd.

 LA OROTAVA, 1940… UNOS EXTRAÑOS ASESINATOS…

La lista, del escritor tinerfeño Juan Bosco, se suma a los ya numerosos títulos literarios que tratan sobre la Guerra Civil en Canarias. Editado por Principal de los libros, Barcelona, una editorial que apuesta por las nuevas voces narrativas, La lista se desarrolla entre 1939 y 1940 en Tenerife, concretamente en el valle de La Orotava, y se inspira en un hecho real y aún poco conocido, sucedido en la isla durante las fiestas del Corpus donde, al parecer, se conspiró para asesinar a Francisco Franco. Reproducimos a continuación el argumento de la obra: “Es 1940 y el hermano Lucas, un joven y apuesto fraile, llega a la isla de Tenerife en medio de una oleada de misteriosos asesinatos y desapariciones de los que las autoridades franquistas parecen desentenderse. Lucas tiene como destino La Orotava. La curiosidad del joven fraile, que se niega a aceptar las desapariciones, molesta tanto a sus superiores religiosos como a la élite social y militar de la ciudad, pero le gana el afecto de Rosa Pastrana, hija del conde de Tres Cantos, que se enamora de la bondad, idealismo y valentía del lasaliano. Cuando llega a manos de Lucas una lista, sustraída al conde, con ochenta y seis nombres de personas que van a ser asesinadas, Rosa y Lucas tendrán que decidir si arriesgan sus vidas para salvarlos.”

¡VIVA LA CULTURA POP! ÓRBITA MORTAL EN CANARIAS

El crítico Jesús Palacios dedica en el número de marzo de la revista Más allá un interesante artículo en torno a la obra del escritor alemán Walter Ernsting y su relación con el investigador Erich Von Däniken. Palacios recuerda que Ernsting fue un escritor de ciencia ficción muy popular en su país a raíz de la serie de novelas de anticipación que escribió sobre Perry Rohan, y cuyo único título adaptado al cine fue Órbita mortal, una coproducción italo-germana-hispana-monagesca rodada en Canarias en 1967. La cinta, dirigida por Primo Zeglio, estuvo protagonizada por, entre otros, Lang Jeffries, Essy Persson y Luis Dávila

OTROS TIEMPOS, OTRAS VIDAS, UN DOCUMENTAL 

Con guión de Chema Menéndez y Josep Vilageliú, este viernes, 30 de marzo, se estrena en el salón de actos de Caja 7 (Avenida Manuel Hermoso, 8, Santa Cruz de Tenerife) el documental Otros tiempos, otras vidas, de Josep Vilageliú, a partir de las 19 horas. El filme es una producción de PROIM Canarias y AMTT (Asociación Mayores Telefónica Tenerife), y ofrece una aproximación a diversas personas que quedaron fuera del mundo del trabajo y cómo se lo arreglaron para mantener la ilusión en sus vidas. Aunque el documental se circunscribe a personas jubiladas y prejubiladas de la Telefónica, Otros tiempos, otras vidas, “también vale para todos aquellos que han perdido su trabajo.” Ha participado en este proyecto Laly Díaz, Chema Menéndez, Ángel Falcón (producción); Andrés Gutiérrez y Jaime Ramos Friend (imagen) y René Martín (sonido director). El documental, con una duración de 104 minutos, se rodó entre diciembre de 2011 y febrero de 2012 en Tenerife y de El Hierro.

Saludos, agitando la mano, desde este lado del ordenador.