Yo soy fulanito de tal…
Viernes, Abril 13th, 2012“Podéis quitarme la hacienda, mis tierras, mi riqueza, incluso podéis quitarme, como vais a hacer, la vida, pero hay una cosa que no me podéis quitar… y es el miedo que tengo.” (Últimas palabras –cuenta la leyenda– que pronunció Pedro Muñoz Seca antes de ser fusilado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos del Jarama)
Este post está escrito por sugerencia de un amigo. Me comentó socarrón mientras tomábamos café: “A ti que te gustan tanto lo escritores de caza menor ¿cómo es que todavía no les ha dedicado ningún post a Álvaro de Laiglesia?”
Y ahí va, hermano lobo.
El humor no debería de tener ideología pero literariamente hablando y es probable que por razones varias, entre otras las de vivir una existencia en la que no hay preocupación por buscarse los garbanzos, digamos que las derechas ganan en este país y por aplastante goleada a las izquierdas.
España cuenta con una extraordinaria galería de grandes escritores de derechas que cultivaron el humor como género literario y que a mi, personalmente, me han hecho muy feliz la existencia.
Nombres hay muchos pero cito, y de memoria, al genial Edgar Neville, quien además de ser un excelente escritor fue un excelente cineasta; el inclasificable Wenceslao Fernández Florez; Miguel Mihura, un grande como fueron grandes los toros bravos de Mihura; esa maestro del humor absurdo que es Enrique Jardiel Poncela y Álvaro de Laiglesia, de quien se cumple el próximo 9 de septiembre el noventa aniversario de su nacimiento.
De Laiglesia, que fue primero redactor jefe y más tarde director de una de las mejores revistas de Humor que jamás se hayan editado en este país como fue La Codorniz, nació en una familia acomodada y marchó como tantos otros jóvenes iluminados de su generación a combatir como un soldado más en la División Azul respondiendo al grito de ¡Rusia es culpable! mientras su país intentaba recuperarse de una guerra fraticida de cuyo coste en sangre, sudor y lágrimas todavía no nos hemos recuperado.
No sé si fue por su experiencia bélica en los arrabales de Leningrado lo que provocó que de Laiglesia observara a partir de entonces el mundo que le rodeaba con mordaz y vitriólico sentido del humor, pero es muy de agradecer que volcara su talento en retratar las imperfecciones de la sociedad de su tiempo en una serie de novelas que van más allá de la cómplice sonrisa.
En este sentido, el mejor Álvaro de Laiglesia es el Álvaro de Laiglesia que describe el golferío. En demoler las apariencias de un sistema en el que quien no llevara sombrero podía ser sospechoso de rojo.
Por sus títulos más conocidos, y éxitos de venta en aquella España que volvía a colocarse en el mundo como fue la de los sesenta y setenta lo conocerán: Tú también naciste desnudito, Yo soy fulana de tal, Fulanita y sus menganos, El sexy Mandamiento, Una larga y cálida meada y Los hijos de Pu.
El escritor, socarrón e irónico, políticamente incorrecto en la España de aquel tiempo y en la que España de este tiempo, tiene mucho más libros.
Una formidable producción literaria que hoy injustamente ha caído en el olvido quiero pensar que por razones idiotamente ideológicas.
Casi como si diera miedo reivindicar el trabajo de un hombre que vio desde el prisma del humor inteligente y de derechas –que son dos términos que no tienen que ir necesariamente unidos– la realidad de un país que no ha evolucionado desde aquella España del siglo XVI.
No quiero decir con esto que la obra de Álvaro de Laiglesia sea heredera de la novela picaresca pero casi.
Es decir, que el hombre que pasó miedo, hambre y frío a orillas del Voljov cuando regresó a su tierra se percató que ya no era lo mismo, y que los demonios que lo devoraban por dentro –una mezcla, quiero pensar de frustración y sacrificio por una causa irremediablemente perdida por poética– solo podía llevarlo a levantarse la tapa de los sesos o a actuar, cual sospechoso jesuita, desde dentro para erosionarlo con el arma de la burla descarnada.
El régimen franquista, con el que tuvo sus desencuentros, lo asimiló a regañadientes. De Laiglesia, al fin y al cabo, era uno de los suyos.
Y es que a las derechas, siempre y cuando se le saque los colores dentro de un cavernario y tabernario sentido del orden, le encanta reírse de sí misma.
Esto los diferencias de las izquierdas.
Que no saben reírse de sí mismas. Aunque la cosa quede en familia.
Álvaro de Laiglesia colaboró también en varias piezas de teatro. Destaco Los sombreros de dos picos que firmó junto al grancanario Claudio de la Torre.
Buena lectura.
Saludos, recordad a Álvaro de Laiglesia, cabestros, en estos tiempos oscuros que vivimos, desde este lado del ordenador.











