Archive for the ‘Libros’ Category

Paul Preston, ese borde

Martes, Abril 26th, 2022

Paul Preston (PP), ese borde entraba mientras yo salía de Presidencia de Gobierno. El historiador británico iba acompañado de una representante de su grupo editorial en España y animado por la espera –llevaba un buen rato mirando el reloj para ver si llegaba de una puñetera vez el autor de una de las biografías menos recomendables que se han escrito sobre Franco– lo asalté a bocajarro para preguntarle si podía dedicarme unos minutos para una charleta que ni siquiera iba a ser entrevista.

Preston, que es un gigantón y lleva espejuelos que le dan cierto aire del empollón de la clase, se detuvo un momento, me miró de arriba abajo y con voz de repelente niño Vicente me dijo que no. Y no y no porque no le salía del… toto, vamos a poner.

La mujer del grupo editorial se puso lívida y yo, muy europeo porque así me educaron, le pedí disculpas por el asalto mientras aquel hombrón entraba en el edificio de Presidencia de Gobierno donde iba a impartir una conferencia sobre la Guerra Civil, que es ese conflicto que tan bien conoce solo que desde una perspectiva babosamente partidista porque ahí donde lo ven, Preston, el borde, es así.

Ha dejado muestras en sus libros, donde como buen historiador cuenta la historia desde solo un punto de vista, los que la perdieron. En cuanto a los que la ganaron, todos malos, que es la tendencia que hoy se va extendiendo y que ha logrado entre otros señalamientos que la extrema derecha esté subiendo aquí y en otros territorios de Europa como la espuma.

Digamos que tras disculparme, me fui directo a mis cuarteles de invierno preguntándome qué necesidad tenía de haber padecido el desprecio, algo racista había en ello, del señor Preston, el borde.

Recuerdo que al llegar a casa cogí los libros que tengo de PP en mi biblioteca y que los tiré directamente al cubo de la basura que recicla cartón y papeles. No sin antes romper cada una de sus páginas. Adiós a todo eso, señor Preston, el borde.

Más tarde me enteré que había concedido dos entrevistas, todo organizado por la jefa de prensa del anterior gobierno canario, con medios locales que me resultaron curiosas aunque poco interesantes una vez se publicaron y salieron por las hondas… Fue esa misma jefa de prensa la que me dijo que me acercara a Presindeica, que no habría problema en que hablara con el señor Preston. Ay. El caso es que ninguno de los periodistas que lo entrevistaron le preguntó la cuestión que a mi me rondaba desde el principio y que no revelo por discreción, por una pena infinita que me asalta cuando recuerdo aquel momento tan extraño y surreal.

La mujer de la editorial que lo acompañaba y una vez el gigante se alejó de nosotros me pidió disculpas (disculpas que tenía que haberme dado aquel hooligan comedor de fish and chips) y me sugirió pero sin garantías qué podía entrevistarlo cuando finalizara la conferencia, como unas dos horas después de haber estado esperando a mi frustrado faro de occidente. Le dije que no, todo muy digno, a lo Numancia no se rinde, y salí del edificio de Presidencia del Gobierno tomándome todo aquel despropósito como lo que era: un disparate.

Todavía me reconcome un chispazo de tristeza cuando pienso en aquel momento. Tan raro fue que está como grabado al rojo vivo dentro de mi cabeza. Y me puse a pensar en mis muertos, sobre todo en un tío abuelo afiliado a la CNT al que desaparecieron en el mar nada más proclamarse el alzamiento de julio de 1936 y de mi abuelo, al que no pude conocer porque era muy pequeño cuando falleció y a quien las autoridades franquistas metieron en la cárcel por masón.

Mi abuelo logró salir, sí, pero con un miedo que ya se le quedó dentro hasta su muerte. De mi tío abuelo ni rastro, seguro que ya no queda nada de él bajo el fondo del mar.

¿Y Paul Preston, el borde? Pues ahí sigue, insistiendo con sus libros que la guerra fue así y no asá.

Tras deshacerme de sus libros mantengo en la biblioteca destinada a la Guerra Civil española los trabajos de otros hispanistas como Hugh Thomas, un santo al lado de Preston aunque sea de derechas, y Stanley Payne, a quien no pude entrevistar en una visita que hizo a las islas pero con una diferencia de modales que demuestra la educación recibida de uno y del otro. Payne me dijo que problemas de una agenda apretadísima hacía imposible la conversación, así que disfruté de su conferencia, que no fue muy allá, la verdad, y see you later, aligator.

Con Preston no, con Paul Preston espero un desquite, un “en la bajadita te espero” que no llegará nunca… Mi castigo es no leer sus libros, no me pierdo nada por otro lado, y recuperar nuestra Guerra Civil según la relatan historiadores españoles que salvo garbanzos negros como Pío Moa o César Vidal, por fin estudian aquella guerra que nos marcó para siempre con cierto aliento objetivo.

Pero eso, como dijo Kipling, es otra historia.

Saludos, banzai!, desde este lado del ordenador

Cazadores de beatniks, un libro de Daniel Ortiz

Lunes, Abril 25th, 2022

“En tren. El sueño se va a empoderando, leo a Pessoa como si escuchara a Bill Evans, nadie los vio juntos jamás, Bill y Fernando podrían ser la misma persona, una sombra con su gabán heredado entrando en un callejón”.

(Las canas de Peter Pan, relato incluido en Cazadores de beatniks, Daniel Ortiz, Ediciones Escaleras, 2022)

Cazadores de beatniks reúne seis grandes relatos en un mismo libro que es crónica de viajes. Pero de viaje en el sentido más puro y original de la palabra. Una búsqueda y a la vez una huida hacia adelante. Lo escribe Daniel Ortiz, un trotamundos nacido en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses que recorre en este volumen compacto varios itinerarios golpeados severamente por el fenómeno literario beat.

Publicado en la renacida Ediciones Escaleras, un proyecto que nació en Canarias y se desarrolló en la capital de España y que tradujo obras esenciales de, entre otros autores, Jack Kerouac, John Clellon Holmes y William S. Burroughs, escritores beat, así como autores tan raros por decirlo de alguna manera como James Purdy y Jack Black, que fue el primer libro que me hice de este afortunado e independiente proyecto editorial y libro que, a partir de ese día, forma parte de mis obras de cabecera.

Como dijo en su día Henry Miller (atractivo y recomendable el documental sobre su vida que pueden ver en la plataforma Netflix) “solo cuando uno ha tocado fondo es cuando puede reunir las pocas fuerzas que le quedan para seguir adelante”.
Cazadores de beatniks se trata así de un interesante recorrido por varios puntos geográficos del planeta tras las huellas de escritores, músicos y artistas que forman parte del imaginario de Daniel Ortiz, autores que ha somatizado y a los que persigue sobre todo en el primer relato del volumen (y uno de los más extensos) empleando para ello un estilo que hace evocar la literatura de Kerouac, todo un referente no solo para el escritor grancanario sino también para los que tuvieron la suerte (o la desgracia, eso nunca se sabe) de descubrir en su día los textos del autor de En el camino o Los vagabundos del Dharma por mencionar solo dos de sus novelas más conocidas.

Este relato, que lleva además el nombre del libro, Cazadores de beatniks, cuenta un viaje a una Norteamérica que apenas se reconoce ya en aquella que recorrieron haciendo auto stop los beatniks que Daniel Ortiz sin santificar, adora como los adoramos todos los que conocemos esa literatura que utiliza el viaje como búsqueda. Una búsqueda de sí mismo, también hacia la nada. El caso es viajar porque viajar nos cambia por dentro como por fuera.

Este capítulo del libro está plagado de frases directas, que a mi, personalmente, me conmueven tanto como me duelen.
“Somos unos gilipollas, sí, gilipollas por sentirnos superiores a toda esa pléyade de desgraciados, mero cinismo de dos bastardos cultivados en una sociedad más vieja, no es mérito nuestro”.

Literatura y jazz acompaña este itinerario interior y exterior que realiza el protagonista de esta historia (trasunto del propio Daniel Ortiz) con su pareja por un país, Norteamérica, en donde intentan encontrar algún rastro de aquel movimiento que fue la llamaba generación beat, grupo que contribuyeron los dos a dar a conocer en España no solo publicando obra inédita de uno de los grandes gurús del grupo, Kerouac, sino de otros compañeros de viaje no tan conocidos pero probablemente igual o más interesantes que el autor de Big Sur. Esta literatura viajera que mezcla retrato geográfico con mirada hacia las entrañas ya la había practicado Daniel Ortiz en un libro anterior, Hola, fondo sur (Baile del sol, 2012) que sin las ambiciones experimentales de Cazadores de beatniks, ya nos revelaba a un escritor con sólida base cultural y mucho entusiasmo por relatar con palabras lo que veía y sobre todo lo que sentía bajo una aparente ficción que no desmerecía el acabado final del libro sino que lo engrandecía, repara uno con el paso del tiempo.

El segundo tercio y el último mezcal
nos lleva a un México que deja de ser país de frontera para convertirse en destino donde el protagonista se da de bruces con la realidad, deslumbrado ante las sensaciones que le transmite ese país en el que descansa William S. Burroughs, escritor al que la pareja busca y encuentra su tumba para rendirle honores. De hecho, una de las pocas fotografías que acompaña este imprescindible volumen es la de la lápida donde se encuentran los restos del autor de Yonqui y El almuerzo desnudo.

“Más mezcal en la barra del bar. Un joven revisor gringo, apuesto, limpio. Hace sonar una campanilla, nuestro tren está a punto de llegar. ¿Nuestro tren? Vamos, no lo oyes, es el tren de las letras mexicanas, en él viajan todos los autores vivos y muertos de este país, incluidos algunos extranjeros que escribieron y amaron esta tierra”.

Cazadores de beatnick continúa su singladura con Santos lugares, trayecto al cono sur y Holy Tangiers, donde como escribe el viajero se va en busca de “espíritus invocables por los gringos del Atlas, Gysin, Chuckri, Burroughs, Jane Bowles, Brian Jones, Rick Blaine, y cien flautistas para guiarnos a la sinrazón”.

El libro se cierra con los relatos Todo es idéntico y Las canas de Peter Pan. Confesiones amargas cuando repasa su trayectoria como editor:

“Lo mismo fue hermoso, no nos hicimos editores ni traductores para anclar tan sólo para publicar aquellos que quisimos publicar (más algún que otro gol fantasma que nos metieron por pardillos), pero en ningún caso quisimos hacer de la edición un modo de vida cuando hay tanto publicado aún por leer, la literatura como mesa de novedades, temporadas, modas, ferias, firmas, necrológicas, aniversarios, rescates y rentreés no son Literatura sino un negocio equiparable a la venta de tornillos, así que nos fuimos, sin perder dinero al final del todo gracias a Nelson Mandela y el oro del Perú”.

Cazadores de beatniks me gusta tanto o más de Hola, fondo sur. Formo parte del viaje y participo en la fascinante aventura de conocer mundo y personas.

Saludos, leamos, viajemos, leamos, desde este lado del ordenador

Leamos o no leamos, vivamos

Sábado, Abril 23rd, 2022

Hoy es uno de esos días que son propicios para ponernos cursis. De hecho, ya he recibido algunos mensajitos celebrando el Día del Libro, que es ese objeto inanimado que solo se activa cuando se lee.

Además de celebrar los libros, les recomiendo también que feliciten a los Jorge o Jordi, o George que conozcan porque su santo cae también un 23 de abril

La leyenda dice que fue San Jorge quien venció al dragón, y el dragón puede ser visto o entendido como todo aquel que ataca a los libros aunque pienso en el caballero de la triste figura y recuerdo que fue precisamente la lectura de libros de caballería lo que hizo que se le fuera la pinza.

Un conocido insiste sobre ello, es decir, de lo peligroso que es pasarse la vida leyendo porque así no hay quien viva, ya que se vive la vida de personajes de ficción y no la suya propia.

Me consta que Pepe Carvalho, el detective creado por Manuel Vázquez Montalbán y que este año celebra su 50 aniversario, quemaba los libros de su biblioteca por eso mismo, como reacción a los días que había dedicado a la lectura y que le impidieron vivir la vida. Carvalho comienza primero por tirar a las llamas de su chimenea el Don Quijote precisamente. Un acto poético me dice ese conocido guionista y escritor que ya está un poco pasado de vuelta.

Pensemos en los primeros libros que nos secuestraron el corazón. En mi caso y ya lo he contado en este mismo su blog El Escobillón fue La isla del tesoro, de Robert L. Stevenson y más tarde Guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Tuve mi racha de Ray Bradbury, Theodore Sturgueon y Alfred Bester, entre otros maestros de la ciencia ficción y cómo no, H.P. Lovecraft que es un escritor cuya obra hay que descubrir siendo adolescente. Antes, mucho antes, me había zampado las novelas de aventuras de Emilio Salgari y H.R, Haggard y mucho tiempo después vinieron Ramón J. Sender, Max Aub, Arturo Barea, Agustín de Foxá, Wenceslao Fernández Flórez… Iniciado en la literatura negra y criminal llegué a lo que escribían y después publicaban nacidos en Canarias y encontré en alguno de ellos referencia de los grandes clásicos del género.

Y me dejo a otros muchos en el tintero, cómo escritores/as españoles y canarios, italianos y británicos, norteamericanos y franceses… europeos que se medían en igualdad de condiciones con asiáticos, africanos, neozlandeses y australianos. La literatura es tan grande que me aterra pensar que me iré al otro mundo sin leer ni descubrir a viejos como nuevos escritores/as. Borges decía que se imaginaba el paraíso como una gran biblioteca y en cierto ocasión Juan Manuel de Prada me dijo que él más que escribir lo que le gustaba era leer. Lástima que no pagaran por pasar el tiempo que le quedaba sobre la tierra ocupándolo en lo que más le satisfacía.

En fin, que es verdad que los que leen pierden mucho tiempo leyendo, y que la vida se nos va como un suspiro pero igual nadie ha reparado que mientras leemos nos sentimos eternos. Sobre todo si el libro gusta. Si no gusta, tírenlo a la hoguera.

Hoy es un día para que los que leen se pongan cursis. También una oportunidad para comprar y regalar si procede un libro. Yo recuerdo algunas de mis lecturas y relecturas. Entre las relecturas no sé cuántas veces releí Diez negritos, de Agatha Christie y el Drácula de Bram Stoker que fue una de las pocas novelas con las que pasé miedo. Es decir, que necesitaba descansar la lectura de aquellas cartas y diarios porque sentía que algo maligno estaba destrás, observándome con intenciones aviesas. Guardián entre el centeno fue otro de los libros que mastiqué y digerí no recuerdo ya cuántas veces y así una lista no tan larga como pareciera. Es lo que tiene leer. Lees, te entusiasmas con lo que lees y una vez terminado el libro te olvidas automáticamente de lo leído. O lo recuerdas vagamente.

Afortunadamente tengo todavía la manía de subrayar párrafos, frases con las que me tropiezo cuando cojo alguno al azar en mi nutrida e inútil biblioteca (los libros una vez leídos solo sirven para alimentar el fuego, y mal, por cierto) y pasando las páginas me tropiezo con textos subrayados que me recuerdan lo emocionado que me sentí cuando cogí el lápiz y lo pasé por debajo de esas palabras.

Pero en fin, que hoy es un día especial, de esos que invitan a ser cursi, a celebrar la existencia de un objeto inanimado que solo despierta cuando lo lees.

Saludos, lean o no lean, vivamos, desde este lado del ordenador

El crimen de los Alexander

Miércoles, Abril 20th, 2022

Félix Ríos y Román Morales acaban de publicar un extenso y pormenorizado estudio que con el título de La matanza de los Alexander. El crimen del siglo, arroja luz en torno a un asesinato que se produjo en la calle Jesús Nazareno de la capital tinerfeña en diciembre de 1970 y que a mí, al menos, me marcó cuando era un renacuajo. El libro se puede conseguir escribiendo a losalexanderlibro@gmail.com.

Tuve la obra en mis manos y puedo asegurar a los interesados en estas cosas que da un retrato bastante fidedigno de la matanza ya que reconstruye lo qué pasó utilizando documentos policiales, jurídicos y forenses del caso. Un caso, ya dije, que todavía me conmociona.

El crimen forma parte de una de las zonas oscuras de esta capital de provincias a la que tanto le gusta vivir de puertas adentro y que solo sale a la calle cuando llegan los carnavales. Ahora en junio, no les digo nada.

Aún vistiendo pantalones cortos pero sin tener la chupa en la boce, me daba escalofríos pasar por delante de la casa, intentando desde entonces comprender cómo se pudo cometer tanto salvajismo. El caso es que con aquella edad y probablemente cuando salía uno de una función del cine Rex, los amigos nos dirigíamos a un establecimiento de perritos calientes que estaba situado justo en frente de la casa del crimen.

Aquel sitio era el único de la ciudad que por aquel entonces le ponía mayonesa, además de ketchup y mostaza, al bocadillo de pan blando y salchicha hervida y aunque nunca fui un entusiasta en echarle mayonesa al perrito, la gente con la que estaba consideraba aquello como una exquisitez de la comida basura.

No me iba ni me sigue yendo que un perrito caliente lleve mayonesa. Pero que el puñetero perrito donde se la ponían en la noche de los tiempos estuviera justo delante de la casa donde sucedió el espantoso crimen dio pleno al 15 para que me gustaran menos. Y que no me hiciera demasiada gracia cuando uno salía del cine, que también podría ser el Teatro San Martín, para refugiarnos allí con el objetivo de comer aquello que decían que era tan delicioso.

Recuerdo que salía a la calle con el perrito con mayonesa entre las manos y que me apoyaba en el muro y me quedaba contemplando el edificio donde sucedió el triple asesinato. Miraba el segundo piso, ahora sé que no fue en el segundo sino en el primero, y allí estaba esforzándome en imaginar el horror mientras la mezcla de mayonesa, ketchup y mostaza llegaba hasta mi nariz provocándome arcadas. Entraba entonces en el local y le pedía a la señora que me pusiera más cebolla.

La idea era que la cebolla le quitara el gusto a la combinación pero me temo que ni con esas porque salvo esa vez y unas dos o tres más, no volví por aquel dispensador de perritos calientes.

Un sitio que ya no existe, ha terminado por ser devorado por la evolución (o mejor, involución) de una ciudad cada día más sucia y empeñada en multar a sus habitantes por ensuciarla aunque la razón de peso, la que me decía que evitara aquella calle era el espantoso crimen que sucedió a finales de 1970.

Que lo que pasó entonces todavía me sigue afectando lo demuestra que baje la cabeza cuando camino arriba o abajo por delante de ese edificio que aloja en uno de sus lados una mercería que lleva el nombre, ¿caprichoso simbolismo?, de El Escudo. Recuerdo que cuando era pequeño, igual rayando la edad del pavo, la inquietud era tan poderosa que cuando circulábamos con el coche de mi padre por aquella vía me escondía debajo del asiento hasta que estuviéramos en otra parte.

Oleadas de pánico me secuestraban. Miedo por lo que había sucedido allí dentro y no, por Dios, por lo perritos calientes con mayonesa.

Ahora suelo transitarla con cierta frecuencia y las sensaciones, más atenuadas es verdad, me asaltan inevitablemente. Ayer mismo, por ejemplo. Miré la fachada del edificio y casi escuché el eco de un asesinato del que ahora se tiene la certeza que las víctimas “no ofrecieron resistencia” mientras padre e hijo ponían fin a sus vidas creyendo que las tres mujeres habían sido poseídas por el diablo.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar del crimen con uno de los autores del libro, Román Morales, y la criminóloga Paz Velazco. Se habló esa tarde y mucho de “psicosis compartida”, un concepto que prácticamente nació con este brutal asesinato en el que la familia participó con tan escalofriante resignación.

Con el paso del tiempo y con el crimen sepultado en las páginas ya amarillentas de la prensa de la época, pensaba que aquel fantasma que terminó por provocarme pesadillas había desaparecido de mi memoria pero estaba, como en otras muchas cosas más, equivocado. La pesadilla sigue estando agazapada en algún rincón de mi cabeza, en estado larvario, sí, pero dispuesta a activarse ante el más mínimo estremecimiento.

Alguien me comentó que Frank, el hijo, que ahora vive en algún lugar de Alemania, regresó a las islas veinte o treinta años después de aquellos hechos. Román Morales no tenía noticia de ello pero me dije que sería un eficaz principio para esa novela inspirada en el asesinato que nunca escribiré. Es como si llevara la historia por dentro, como si los demonios que convoca no quisieran que los desahogara con un relato que nunca sabrá reproducir el horror de un crimen que la prensa de la época acuñó como “del siglo” y que conmocionó no solo a la sociedad canaria y española de aquel tiempo sino también a la alemana que residía en las islas. También en su país.

Hay una foto del juicio celebrado en la capital tinerfeña que ilustra bastante bien el estado mental de aquellos dos individuos. Están sentados, vigilados por dos policías (los grises, que se les decía entonces). Uno de los agentes mira con algo de recelo al objetivo de la cámara que centra su atención en padre e hijo, ambos esposados. La mirada del padre parece ida. El hijo mantiene los ojos muy abiertos, la tensión hace que estire el cuello y parezca, y lo fue, un desequilibrado.

Ya no es miedo lo que me da cuando me acerco a este caso, y mucho menos un morbo mal digerido. Es una mezcla confusa entre lo que recuerdo de una niñez y adolescencia relativamente feliz y de un crimen que de alguna manera empañó aquel ambiente hasta entonces de un blanco inmaculado.

Es como si de repente el mundo hubiera perdido color, o los colores se mezclaran y resultara muy difícil identificarlos. Es probable que ese caos sea lo que me quita el sueño. También el hecho de saber que a veces, solo a veces, los sueños dejan de serlo para convertirse en pesadillas. Y este caso, ya ven, en mi caso se ha convertido en eso, una pesadilla.

Saludos, temblor, desde este lado del ordenador

El viejo león que vino del mar

Martes, Abril 19th, 2022

Manuel Mora Lourido es miembro de la International Churchill Society y autor de un libro, Churchill, entre Cuba y Canarias (2007), de necesaria lectura para todos aquellos que quieran conocer las tres visitas del ex primer ministro británico a las islas. La más importante la primera, que realizó en febrero de 1959.

Mora Lourido impartió el mes pasado en el Casino de Tenerife una conferencia en la que habló sobre Churchill, Rusia y la guerra, lo que inevitablemente nos lleva a pensar cómo hubiera reaccionado el político ante la actual situación que vive Ucrania.

Sir Winston Leonard Spencer Churchill (Woodstock, Oxfordshire, Inglaterra; 30 de noviembre de 1874-Londres, 24 de enero de 1965) fue uno de los hombres que contribuyó a que el mundo siguiera siendo mundo cuando asumió el liderazgo de su país durante la II Guerra Mundial. Finalizado el conflicto, y tras disolverse el gabinete que lideró, volvió a presentarse a las elecciones de 1945 que perdió por aplastante mayoría aunque recuperó el poder en las que se celebrarían en 1951, mandato que no pudo finalizar por unos problemas de salud que le obligaron a abandonar tan alta responsabilidad pero no su acta de diputado, a la que renunció en 1964, un año antes de su muerte.

La primera visita a Canarias de Winston Churchill tuvo lugar a finales de febrero de 1959. El político británico tenía entonces la respetable edad de 84 años y vino a las islas como un pasajero más del yate Christina O del multimillonario griego Aristóteles Onassis, a quien había conocido en la Costa Azul.

El Christina O zarpó del puerto de Safi (Marruecos) rumbo a Canarias, siendo la primera isla en avistar la de Lanzarote el 20 de febrero. Al día siguiente, la embarcación hizo su primera escala en el puerto de Santa Cruz de Tenerife.
Churchill viajaba en compañía de su mujer, Clementine, y de su hija, Diana. Hubo otros pasajeros más en el yate y la excursión más recordada y fotografiada de su estancia fue la que realizó con el armador griego al Puerto de la Cruz, donde hicieron una parada en el Hotel Taoro.

Este recorrido se hizo en un Fiat 500 que Onassis tenía en el barco. El mismo multimillonario fue el que condujo todo el trayecto al que seguían en otros automóviles las autoridades tinerfeñas de aquel entonces. “Del Hotel Taoro se trasladaron al valle de La Orotava, vista que le impresionó”, dice Mora Lourido, quien añade que la comitiva visitó más tarde la piscina de San Telmo y fueron recibidos por Isidoro Luz Carpenter, médico y alcalde de la primera ciudad turística de Canarias.
Oleadas de personas esperaban en las calles y plazas avistar a aquellos famosos que venían del mar, entre la multitud turistas británicos que no quisieron perderse la oportunidad de ver de cerca al hombre que derrotó a Hitler.

De nuevo en Santa Cruz de Tenerife y tras visitar el Ayuntamiento y el Cabildo Insular, Onassis ofreció una cena a las autoridades abordo del Christina O, cena que contó con una representación de baile español y actuaciones de grupos folclóricos como el que ofreció el cuarteto Los Guaracheros.

El yate navegó rumbo a Gran Canaria a primeras horas de la mañana del 22 de febrero para fondear en el Puerto de la Luz, frente a la playa de las Alcaravaneras. Desde allí se trasladaron a la Caldera de Bandama donde quiso la casualidad que se encontrara con un amigo de la infancia que hacía turismo en la isla y a quien Churchill reconoció. El 23 de febrero, y tras agasajos varios, entre otros tabaco, los excursionistas se trasladaron a Arucas donde el ex mandatario se interesó por conocer en qué dirección se podía ver el Teide. Satisfecha su curiosidad, el viaje continuó hacia Teror para regresar finalmente a la capital grancanaria donde el grupo de ilustres se topó con un ejercicio militar en el que intervinieron fuerzas paracaidistas del ejército español que se lanzaron desde aviones Junker Ju 52, de fabricación alemana, y fuerzas de infantería de marina que simulaban un desembarco. En este escenario, Churchill contactó con un hombre de origen escocés que formó parte del contingente aliado que se preparó durante la II Guerra Mundial para la invasión de Canarias (Operación Pilgrim) que, finalmente, no se llevó a cabo.

La madrugada del 24 de febrero, el Christina O puso rumbo a La Palma, isla a la que llegaron por la tarde, dándoles aún tiempo para pasear por Fuencaliente, donde visitaron una bodega aunque Churchill se interesó más por conocer la técnica del cultivo del tabaco. De las tres islas que conoció, “La Palma fue la que más le llamó atención”, dice Manuel Mora. “Churchill, como pintor que fue, dijo de hecho que le gustaría regresar a La Palma para pintar”.

En esta visita se produjo una anécdota curiosa y es que conoció a un tal Nelson que le solicitó un autógrafo, petición a la que accedió con sentido del humor el político británico ya que firmó “De Churchill a Nelson”. Horacio Nelson fue uno de los personajes que más quiso y admiró el político británico a lo largo de su carrera, tanto que una de sus películas favoritas, Lady Hamilton (Alexander Korda, 1943) narra la escandalosa relación para la época que mantuvo el marino con una mujer casada. En una escena de este largometraje se recuerda que el almirante perdió el ojo en Córcega y el brazo en Santa Cruz de Tenerife.

La noche del 24 el Christina O puso rumbo a Agadir. Este fue el único viaje en el que Churchill bajó a tierra de los tres que realizó a las islas. Regresaría en dos ocasiones más aunque en todas ellas permaneció en el barco. La primera se produjo el 12 de marzo de 1960 en Puerto de la Luz, en un crucero que lo llevaba a América y de nuevo en el mismo puerto pero al año siguiente, 1961. En este último viaje su secretario personal, Montague Browne, le comentó a Churchill que sus padres estaban de vacaciones en la isla y éste los invitó, también a un mariscal de la RAF, a cenar en el yate de Aristóteles Onassis.

Sir Winston Churchill no dejó constancia escrita de estos viajes que realizó a Canarias. Estaba muy avejentado pero solía comentar que aquellos itinerarios en el yate del multimillonario griego “lo rejuvenecían”.

La relación del político británico con España comenzó en 1895 cuando fue invitado por el ejército español como observador en la guerra de Cuba, experiencia en la que recibió su bautismo de fuego a la edad de 21 años.

Churchill, a quien acompañaba un colega, fue extremadamente respetuoso con lo que vio en tierras cubanas e inició sus pinitos periodísticos enviando crónicas a un periódico británico que se las pagaba generosamente.

La conferencia que Manuel Mora Lourido impartió en el Casino de Tenerife propuso un recorrido por la vida de sir Winston Churchill, centrándolas en las relaciones que mantuvo con España a lo largo de su vida (guerra de Cuba, su relación con Alfonso XIII, cómo entendió la Guerra Civil y Canarias como objetivo militar durante la II Guerra Mundial). En su intervención hizo énfasis en las relaciones que mantuvo toda su vida con Rusia, desde los zares hasta la Revolución de 1917 y que tuvo su punto culminante durante el feroz combate que los aliados mantuvieron contra la Alemania nazi.

El paso del tiempo agranda la dimensión del político británico. La mayoría de los historiadores coinciden cuando afirman que el destino de la guerra hubiera sido otro si no llega a estar al frente de Gran Bretaña. Churchill le puso nombre a la resistencia al fascismo, y a la victoria moral también del pueblo británico mientras éste sufría los bombardeos de castigo de la Luftwaffe. Su enorme popularidad no resuelve, sin embargo, el enigma de que no saliera reelegido en las elecciones de 1945.

“Los que nos acercamos a la biografía de Churchill y a la historia del Reino Unido no lo entendemos a primera vista. Él fue el líder que llevó a su país a la victoria, él fue quien mantuvo unido al gobierno de coalición durante la guerra. Al terminar el conflicto en Europa, no en Asia, Churchill renunció como primer ministro y el rey le encargó que formara gobierno, un gobierno de signo conservador que convocó elecciones cuyo resultado fue catastrófico para él y para su partido. Este asunto ha sido objeto de muchos debates. Unos piensan que los británicos lo vieron siempre como un líder para la guerra pero no para la paz. Otros se mostraron temerosos de que pudiera seguir con acciones bélicas y que las relaciones con la U.R.S.S. se hicieran más tensas. No hay, en general, unanimidad que explique las razones de que perdiera las elecciones aunque, personalmente, creo que se debió a un cúmulo de circunstancias que podrían resumirse en que el pueblo británico le agradeció los servicios prestados pero no que se mantuviera al frente del país en tiempos de paz”.

“Circula una anécdota –comenta Manuel Mora– en la que su esposa Clementine para consolarlo después de la derrota electoral le dijo que no se preocupara ya que bien entendido se trataba de una bendición disfrazada, a lo que Churchill respondió que demasiado bien disfrazada”.

Este fracaso no le animó a retirarse de la política ya que siguió como líder de la oposición y volvió a ganar años más tarde unas elecciones que lo llevaron de nuevo a ser primer ministro.

Que fue un personaje clave en su día lo demuestra que expresiones suyas como Cortina de Hierro o Telón de Acero se usasen para definir la separación en dos bloques de las antiguas potencias aliadas durante la II Guerra Mundial y que se acrecentara, si se podía acrecentar más, su feroz anticomunismo. Anticomunismo que se diluyó durante el conflicto bélico contra los nazis porque había un objetivo común: derrotar a Hitler.

Sir Winston Churchill fue anticomunista desde muy joven. De hecho, el historiador Paul Johnson piensa que fue el primer político que se percató del alcance de la revolución de 1917. “Fue contrario a ella y mantuvo esa posición toda su vida aunque también fue contrario a la Rusia zarista”, destaca Mora Lourido.

En otro orden, Churchill estaba preparado para recibir el Premio Nobel de la Paz pero al final se llevó sin que se lo esperara el de Literatura en 1953. Sus biógrafos coinciden en que mantuvo desde joven una relación muy especial con la literatura. Escribió crónicas prácticamente de todos los países en los que estuvo y que seguían numerosos lectores, e impartió conferencias, una de las cuales lo llevó de gira por Norteamérica.

Sus memorias sobre la II Guerra Mundial fueron un éxito de ventas y hoy es un material de primera mano para acercarse a ese conflicto desde los ojos y la mentalidad de un hombre que se exigió a sí mismo y a todo el pueblo británico aquellas noches oscuras: sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas.

Sir Winston Churchill solo escribió una novela Savrola, que se desarrolla en un país ficticio de Europa, Laurania, en el que estalla una revolución.

Su biógrafo en Canarias, Manuel Mora Lourido, procede de una familia de marinos y terminó siendo miembro de la International Churchill Society al escribir un artículo sobre el Queen Mary 2, barco en el que viajó Churchill a Norteamérica para conferenciar con Roosevelt.

“Recordé entonces que Churchill estuvo en Canarias y me interesé sobre su estancia en las islas y me hice socio de la Asociación. Lo que nació como un artículo se convirtió en conferencia y más tarde en libro: Churchill, entre Cuba y Canarias”.

Pasan los años y el político británico sigue siendo respetado entre gentes de distintas tendencias ideológicas. ¿Qué lo hace tan especial? Para Mora Lourido, que lo conoce bien, “supo mezclar la épica que se le exige a un líder con una fortísima humanidad”. Todo eso reconociendo que también “tuvo muchos defectos”.

Saludos, esto es todo, desde este lado del ordenador

La gesta, una novela de Juan Royo

Lunes, Abril 18th, 2022

Se ha escrito mucho sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife que, antes de que finalizara julio de 1797, enfrentó a españoles contras británicos. Los primeros contando con la colaboración de marinos franceses. Este hecho, que finalmente se saldó con la aplastante derrota de las fuerzas al mando de Horacio Nelson, ha dado origen a cientos de estudios de carácter histórico y a no tantas novelas que, con mayor o peor fortuna, han procurado narrar aquellos hechos desde la ficción.

Ya hemos reflexionado sobre algunos de estos títulos. La mayoría de ellos españoles aunque también se encuentra una curiosidad que data del siglo XIX y de autor aún desconocido que, bajo el título de Rockingham o un hombre de honor, da la visión de los perdedores sobre aquella expedición que resultó catastrófica para quien más tarde sería conocido como el temido león de la marina británica.

En cuanto a las novelas “españolas” sobre aquellos días se encuentran, entre otros títulos, El fuego de bronce, Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias y 1797. Piratas del Atlántico de Jesús Villanueva, Miguel Ángel Díaz Palarea y Luis Medina Enciso, respectivamente. David Galloway también hizo referencia de aquellos días en Entre cuevas, que se incluye en el volumen La cueva de las mil momias y Ángel Luis Marrero Delgado describió la batalla sin perder el humor ni la seriedad en el díptico La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado.

Se suma ahora a esta podríamos llamar “literatura sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife”, La gesta, de Juan Ignacio Royo, una novela que se preocupa más por parodiar que por el rigor histórico, más próxima así al espíritu crítico de Miguel Ángel Díaz Palarea que al entusiasmo de Jesús Villanueva aunque estos y otros títulos se desarrollen en el mismo escenario y marco temporal.

La gesta está protagonizada por un ser que sale del mar. Un gigante que toma tierra días antes del intento británico por hacerse con Santa Cruz de Tenerife para, a través del “monstruo”, narrar los días previos y el ataque en un libro que describe una isla sumida en la pobreza y en la que se pasa hambre, mucha hambre.

La novela apenas ofrece una mirada amable sobre aquel puerto del Atlántico, que en aquellos años estaba creciendo en población y al que protegía un sistema de fortalezas que demostraron su valía cuando los hombres de Nelson desembarcaron pero, al margen de éste y algún detalle más, no termina por encontrar su camino.

La intención de Juan Ignacio Royo es la de observar con distancia y también agradecida vena paródica unos hechos que para muchos continúan siendo uno de los grandes momentos de la Historia de Tenerife. Y para ello recurre a un personaje, el gigante que salió del mar, el monstruo para la sociedad de pequeños burgueses y pescadores que habitan el Santa Cruz de Tenerife de aquel entonces. Población que termina por unirse al ejército cuando asoman por el horizonte las banderas de los buques de guerra británicos.

La parodia es el tono que articula la literatura de Juan Ignacio Royo, un autor que parece que utiliza el pasado para deformarlo y reírse sanamente de él. En ocasiones con espíritu feroz y en otros con ganas de fiesta.

Mofa y de la buena hay en El fulgor del barranco, una visión realista hasta cierto punto de los prolegómenos de la Guerra Civil española en Tenerife; y parodia que bordea el sainete también hay mucha en Puerto Santo, novela a la que encuentro muchos puntos de contacto con La gesta, y no solo porque la amenaza venga del mar.

Juan Royo escribió también con ánimo festivo sobre los carnavales en Un carnaval amargo, una sátira fulminante (aquí sí) contra un personaje al que no le hizo falta buscar autor y Mejor cuando improvisas, veneno destilado que en esta ocasión vierte contra su protagonista en la que sigue siendo, a mi juicio, la mejor novela que Juan Ignacio Royo ha escrito hasta la fecha y un libro a tener en cuenta cuando se escriba una nueva historia de las novelas escritas aquí o fuera de este territorio abandonado de la mano de los dioses.

El caso es que Tenerife monopoliza casi toda la literatura del autor quien ahora relata cómo los vecinos se enfrentaron contra la que ya era conocida por aquel entonces como la mejor armada del mundo.

En La gesta aparece una galería de personajes que parecen salidos de una película de Berlanga pero da la sensación que no han sido muy explotados por Royo, un escritor que busca afinar su mirada cóncava y convexa sobre la Historia de las islas y en concreto de la de Tenerife.

Da la sensación de que el material que la inspira se le va de las manos, que el fondo histórico es lo de menos en favor de la parodia aunque sea con titubeos sobre lo que pasó y lo que ha llegado a nuestros días bajo la aureola de leyenda. O mejor, de La gesta.

La novela de Juan Ignacio Royo tiene el defecto de no creerse demasiado a sí misma en su misión por desmitificar aquello que fue, incluyendo la metralla que pulverizó uno de los brazos de Nelson cuando intentaba tomar tierra santacrucera.
El escritor apuesta por la narración de un relato que se inicia con la presentación del monstruo. Una criatura más próxima a la de El jovencito Frankenstein que al original de Mary Shelley aunque se agradece el afilado sentido del humor que le pone Royo, consciente de que solo con humor se pueden tomar las cosas en serio.

Saludos, viento en popa y a toda vela, desde este lado del ordenador