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Ray Bradbury por fin pisa las arenas de Marte

Miércoles, Junio 6th, 2012

Hace mucho tiempo, en una galaxia muy cercana… Me acompañó cuando comenzaba a iniciarme en la literatura.

De hecho, fue uno de los primeros escritores, junto a Robert Louis Stevenson, que me adentró en el fascinante mundo de la literatura.

Más tarde, y en plena y complicada adolescencia, llegarían Lovecraft, Sender, Conrad, Maupassant y otros tantos y tantas que han contribuido a que mi tránsito por la vida a veces me resulte tan atractivo cuando pierdo el tiempo metido de cabeza en un libro.

Es verdad que con la edad fui dejando las novelas y antologías de Bradbury, pero episódicamente solía leer cualquier cosa que encontrara del escritor que en sus novelas más recientes, y también autobiográficas como Cementerio para lunáticos y Sombras verdes, ballena blanca, descubría con gozosa e inquieta sorpresa que la edad del narrador de sus historias era la misma que tenía yo cuando los asimilaba como quien asimila cualquier confesión –por improcedente que sea– de un buen amigo.

De un amigo leal. De esos que sabes que nunca te van a dejar tirado en la cuneta.

Bradbury, a quien muchos ya seguíamos cuando llegó a nuestro lado, fue tomado realmente en serio por aficionados que rechazaban y rechazan los pobrecitos la literatura popular cuando ediciones Minotauro antes de ser devorada por el grupo Planeta publicó sus Crónicas marcianas con prólogo de Jorge Luis Borges.

El autor de Historia universal de la infamia escribe: “Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado –el dark hakward and abysm of Time del verso de Shakespeare–. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.”

Con todo, sin embargo, Bradbury nunca fue un escritor al que el aficionado a la ciencia ficción dura –es decir, el que busca más ciencia que ficción en este tipo de relatos– reivindicara con demasiado entusiasmo. Un experto llegó incluso a decirme en una ocasión que le parecía demasiado narrativo y poético… Más un fabulador que un escritor preocupado por la anticipación.

No le critico, es más, creo que en cierto sentido tenía razón.

Bradbury más que un escritor de ciencia ficción fue un escritor de fantasía. Un fabulador, efectivamente, de mundos donde la magia y la realidad se mezclaban sin chirridos extravagantes.

Un soñador que, a mi juicio, se crecía en el difícil arte del relato corto…

Muchos de cuyos cuentos contribuyeron a formar parte de ese barniz humanista que todavía debo de conservar…

Hay una antología por la que siento especial debilidad: El país de octubre, donde se reúnen quince de las mejores historias que publicó antes de que cumpliera los veintiséis años.

Si leen estos cuentos y continúan leyendo otras historias de Bradbury comprobarán que el escritor siempre escribió sobre lo mismo: el asombro. Un asombro teñido de ternura adolescente en el que lo mismo narraba como unos niños encerraban en un armario a un compañero el único día en el que podía lucir el sol en el planeta Venus como el diálogo que mantienen dos astronautas que flotan a la deriva en el espacio mientras se acercan al planeta azul…

… En estos y en otros de sus relatos, apenas unas pocas páginas redactadas con aplastante y poética sencillez, se condensan historias y sentimientos que taladraban y taladran el corazón de un lector que, como quien ahora les escribe, descubrió a Bradbury en esa etapa de la vida donde el mundo y las circunstancias se confabulan para que te hagas mayor.

Pienso así que el mejor cumplido que le puedo hacer al escritor –fallecido a la edad de 91 años– es que no quiso crecer.

“- ¡Eres la cosa más ridículamente estúpida que haya visto en mi vida! –exclamó– ¿Quieres que acaben matándote? ¿Qué te pasa? ¿Nunca aprendiste a conducir un coche? ¿Qué es esa bicicleta? ¿Es el primer trabajo que haces en el cine? ¿Cómo puede ser que escribas una porquería semejante? ¡Por qué no lees a Thomas Mann, a Goethe!

- Thomas Mann y Goethe –dije con tranquilidad– no habrían podido escribir un buen guión de cine en sus vidas. Muerte en Venecia, seguro. Fausto, ya lo creo. Pero ¿un buen guión? ¿O un cuento como uno de los míos, en los que hay gente que aterriza en la luna y es creíble? Eso sí que no. (Cementerio para lunáticos).

En Sombras verdes, ballena blanca, Bradbury recuerda su experiencia, precisamente como guionista, en Moby Dick junto al cineasta John Huston.

¿Quién es la ballena blanca?

No me falten y lean esta deliciosa y fordiana novela.

Ray Bradbury escribió otros títulos.

Recuerdo con especial placer El hombre ilustrado, un libro de relatos que narra a partir de los tatuajes que lleva un extraño dibujado en su cuerpo, así como Fahrenheit 451, un alegato en favor de los libros y la memoria que encierran los libros –y novela que inicia con una cita de Juan Ramón Jiménez: “Si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”– que fue llevada al cine con incómoda frialdad por Truffaut.

Hay más Bradbury, afortunadamente, un autor relativamente bien traducido al español y a quien incluso el cineasta José Luis Garci le dedicó un libro que hoy es pieza culto entre los bradubiranos de pro entre los que me encuentro. Es más, si uno vuelve a ver aquellos inquietantes mediometrajes que son La cabina y La Gioconda está triste, dirigidas por Antonio Mercero y escritas por Garci, observarán el sello Bradbury en dos telefilmes que hicieron historia en un país que siempre presumió de atolondrado y golfo realismo.

Dicen que Ray Bradbury ha muerto…

Y yo me pregunto ¿qué sabrán ellos?

Lamento, en todo caso, el golpe que habrá supuesto para su amigo Ray Harryhausen, que es otro gigantesco ilusionista que se negó a crecer.

Yo, mientras tanto, tomo a cucharadas su Remedio para melancólicos, escancio El vino de estío y busco Las doradas manzanas del sol y Las máquinas de la alegría.

NOTA: La película Moby Dick como la serie de telesión Crónicas marcianas, basada en el libro de Bradbury, se rodaron en paisajes de unas islas abandonadas por las manos de los dioses llamadas Canarias.

Saludos, nos veremos un día de estos en las rojas arenas de Marte, desde este lado del ordenador.

Yo…

Lunes, Junio 4th, 2012

I.- FUMANDO ESPERO…

A la espera de las valoraciones que el Gobierno de Canarias, la Asociación de Libreros y demás entidades implicadas harán públicas un día de estos… El último día de la semana de un caluroso 3 de junio de 2012 se apagó la llama de la XXIV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

Un espacio, quiero pensar, que debería estar diseñado para el encuentro entre lectores, escritores, editores y libreros y que este año, al menos los días en los que me di una vuelta por el parque García Sanabria siempre a una discreta hora –las siete de la tarde– mantuvo una más que regular asistencia de público.

Público mayoritariamente familiar, pero también de despistados transeúntes y gente de buen y mal vivir que no tenía nada mejor que hacer que ver libros. No olvido a los aficionados a esas cosas que se están poniendo últimamente tan raras como son, precisamente, los libros.

Una caseta me llama especialmente la atención: oferta títulos de otros tiempos y de otras tentaciones en ediciones facsímiles.

Mientras tanto, y consultando el calendario, espero con paciencia la valoración. El cómo ha ido oficial aunque mucho me temo que con el desesperado y lírico romanticismo de Matt Scudder.

¿Qué cifra sacarán?

¿Qué valoración nos venderán?

¿Qué perfiles de clientes propondrán?

Son tiempos de crisis.

Vale, lo sé tanto que me desangro con la puta crisis… Pero en mis vistas a la Feria he contado con los dedos de la mano a los representantes de nuestra cosa pública para apoyarla, reivindicarla.

¿Uno, dos, tres…?

Creo que son demasiados…

Pienso, con ingenua objetividad, que estas cucarachas con Chanel no han tenido tiempo de visitar la Feria porque tienen cosas más importantes que hacer…

¿Qué hacer?

Pues trabajar hasta altas horas de la madrugada cómo las instituciones plantan cara a una crisis que está a punto de hacer crack.

Es un domingo caluroso de junio en el que la Feria ha puesto su cartel de cerrado para –espero, pese a todo– colocar el de abierto el próximo año.

II.- GENTUZA

Participo en dos encuentros invitado generosamente por sus autores: Santiago Gil y Carlos Álvarez.

Ambos dos, gentuza con la que mantengo un diálogo abierto en el que participa el público asistente y que suele ser –por norma general– el que plantea las preguntas más interesantes siempre y cuando no termine su intervención en una larga y cansina disertación sobre la reproducción de los cangrejos.

Durante la intervención de Santiago Gil, y mientras le pregunto sobre su última novela, Queridos Reyes Magos, que es un título en el que su autor describe el final de la infancia con brutal y realista sinceridad, el escritor revela como para algunos de nosotros descubrir que los Reyes Magos son los padres contribuyó a triturar la ilusión que hasta ese momento nos hacía niños.

Las palabras de Santiago Gil resuenan, al parecer y con el redoblar de un tambor, por todo el reciento de la feria.

Y contemplo en la entrada de la carpa a un tipo que hace señas enloquecidas.

Lo saludo amablemente con la mano, pero el tipo continúa con sus señas enloquecidas.

Y entonces alguien del público levanta la mano.

Y más que preguntar insiste en eso de que los niños descubran un día que los padres son, efectivamente, los Reyes Magos…

Ya no veo al tipo que hace señales enloquecidas.

III.- ¿UN CHISTE?

Al finalizar el acto con Gil, alguien me comenta que durante unos instantes se cortó el sonido de lo que en la carpa decíamos porque había niños que en ese momento paseaban con sus padres por la Feria.

Niños que al parecer estaban más pendientes de escuchar lo que se estaba hablando en la carpa y que sonaba como ruido ambiente en todo el recinto que en pedir el último manga en cualquiera de las casetas diseminadas por la Feria…

Advierto:

Es probable que quien lo dice me esté gastando una broma.

O un mal chiste.

Mientras tanto, Santiago Gil –que es un hombre de paz quiero entender porque conoce demasiado bien lo que es estar en guerra– continúa explicando las claves de su narrativa. Una narrativa afortunadamente contundente y feroz.

Al menos, a mi juicio, en Las derrotas cotidianas y Queridos Reyes Magos.

Santiago Gil, con flema británica, se pregunta: ¿Por qué no se encuentran sus novelas en la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife?

IV.- LA CULPA LA TIENE OSCAR PETERSON

Soy testigo momentos antes de entrar en la carpa con Santiago Gil como un lector –pienso ahora de los que come pienso– le pregunta dónde puede comprar algunos de sus libros. Y creo ver que quien acompaña a ese preguntón es la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife…

Pero suena en ese momento en mi cabeza Oscar Peterson y no me atrevo a decir que…

Se queja Santiago Gil de que no estén  sus libros en la Feria.

Se queja, sin decirlo, que nadie de los que asisten al diálogo pueda después adquirir algunas de sus novelas y pedirle al escritor que parece poquita cosa pero que es todo lo contrario que le firme algún ejemplar.

Alguien me susurra que el desaguisado es igual de marciano en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria.

Incluso peor….- escupe.

- ¿Peor?

-  Peor.- me responde ese mismo alguien.

Eso explica que Carlos Álvarez –cansado de si le dicen lo engaño– haya decidido montarse su propia editorial: Hora antes.

Álvarez es autor de las La pluma del arcángel y de Si le digo lo engaño, novela que presenta ese mismo domingo en la XXIV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

El escritor y guionista, o guionista y escritor que lo mismo da, siendo hombre de letras se ha liado ahora la manta a la cabeza y quiere probar en las ciencias.

De ahí nace Hora antes.

Una editorial digital pero que apuesta también por el papel imagino que para lectores viejunos y reaccionarios como quien firma estas líneas.

Y eso explica que Álvarez, que es autor del libro de relatos Una hora menos y coguionista de Mararía y del documental Ciudadano Negrín, lleve encima varios ejemplares de Si le digo lo engaño y los reparta en algunas de las casetas de la Feria.

Intuye, ese zorro castellano, que más de uno del público lo adquirirá porque querrá leerlo y encima que el autor haga el rito de dedicárselo.

Entre los asistentes a los dos encuentros está el premio Canarias de Literatura, Luis Alemany.

Alemany interviene como interviene Luis Alemany cuando se crece: paternalmente provocador.

Contribuye, y muy mucho a que la sesión no resulte oficialista y estirada, sino más bien a todo lo contrario, a relajada por improvisada.

Acaban las charlas.

Y mientras me despido de Santiago Gil y de Carlos Álvarez pienso en cuantos de los niños que estuvieron paseando con sus padres por el García Sanabria ese domingo que ya es historia regresarán a sus casa sin tener tan claro como encabezar su próxima misiva a los Tres de Oriente…

¿Queridos Reyes Magos?

Saludos, ¿quién sabe donde estaremos el año que viene?, desde este lado del ordenador.

Lecturas: un hombre llamado William Boyd

Domingo, Mayo 27th, 2012

La primera novela que leí de William Boyd fue Un buen hombre en África. La encontré en una edición de bolsillo a precio de saldo y la adquirí en una de esas etapas de tu vida donde apenas te llama la atención los libros que leen otros.

Un buen hombre en África fue un descubrimiento fortuito, como tienen que ser todos los descubrimientos: casuales, sin guía. En ese libro encontré una manera de contar la catástrofe con la sombra agitadora del humor. La de la risa como fórmula para tomarse en serio las cosas.

Entre otras cosas, se trata de una novela elegante y muy satírica sobre la presencia británica en tan castigado como explotado continente. También de un personaje legendario: el diplomático de tercera Morgan Leafy, quien en manos de Boyd se transforma en una especie de Peter Sellers pero en versión cínica y amargada.

Hay una película basada en esta novela, pero como suele pasar con las adaptaciones al cine no le rinde justicia a la obra. Una obra con la que me reí bastante. Un libro de esos con los que sueltas la carcajada. Una risa desternillante que rompe el silencio de tu casa y logra que te reconcilies contigo mismo.

Boyd, que nació en Ackra (Ghana), retrata muy bien el desarraigo de su protagonista, un antihéroe desastroso y canalla al que todo puede irle peor. El desarraigo es también la clave de la segunda novela del escritor que cayó en mis manos: Barras y estrellas, o el relato de un inglés tímido en los Estados Unidos.

Barras y estrellas es una novela donde el humor es clave, aunque el personaje carece, a mi juicio, de la fascinación de Morgan Leafy. Cuenta de todos modos con excelentes momentos de comedia, algunos de los cuales se reflejan bastante bien en la película Un señorito en Nueva York (Pat O`Connor, 1988) protagonizada por Daniel Day-Lewis.

El escritor es también autor de dos novelas de espionaje irregulares: Las aventuras de un hombre cualquiera y Sin respiro, ambas editadas en español por Alfaguara. Quiero pensar que estas dos novelas han sido una de las razones por la que los herederos de Ian Fleming lo han contratado para que escriba una nueva aventura sobre el agente secreto James Bond tras las comercialmente rentables La esencia del mal y Carta blanca, de Sebastian Faulk y Jeffery Deaver, respectivamente.

Boyd también exploró la novela histórica en Como nieve al sol, uno de sus títulos más recomendables aunque su final no resulte redondo. Como nieve al sol se desarrolla en África en 1914 y es una descarnada novela antibelicista en la que el escritor cuenta varias historias, entre otras la de Felix Cobb, un joven inglés de buena familia que desprecia profundamente todo lo relacionado con el ejército pero al que un desdichado romance obliga a que participe en la guerra.

Como nieve al sol es también una novela de humor. Pero de un humor que hace digerible el horror de ese aún poco conocido conflicto que enfrentó a alemanes e ingleses por un pedazo del África occidental. A quien esté interesado en este tema le recomiendo el filme Noirs et blancs en coleur, primera película del cineasta francés Jean-Jacques Annaud.

Otro título a destacar de Boyd es Las nuevas confesiones, novela que junto a Un buen hombre en África es para mí lo mejor de la producción de este prolífico y bien traducido al español escritor. Las nuevas confesiones propone las memorias de un director de cine, John James Todd, a través de cuyos recuerdos se nos muestra la historia del siglo XX así como del arte que le dio registro visual: el cine. También trata el libro sobre el desarraigo y de los sueños frustrados.

Novela ambiciosa e inteligente, Las nuevas confesiones rinde homenaje a las Confesiones de Rousseau, libro que como retrato –con todo lo parcial que se quiera– de una época, la Ilustración en Francia, aún continúa siendo una referencia.

Desconozco, porque no he podido leerlas, otras obras del autor como son La tarde azul y Playa de Brazzaville, ejemplares que tuve en mis manos pero que deseché por el precio imposible con el que querían vendérmelo. Sí que me procuré por el contrario otras dos novelas que no me parecen de lo mejor del escritor aunque aprecie su acidez e intenciones críticas sobre la Gran Bretaña actual. Una nación, parece que quiere decir Boyd, que no renuncia a mantener su papel de árbitro mundial.

Estas novelas son Armadillo y Tormentas cotidianas, retratos a los que les falta más sangre, vitriolo sobre  esa megalópolis en la que se ha convertido Londres.

Armadillo cuenta la historia de Lorimer Black, un hombre que tras acudir a una cita de trabajo en la que se encuentra a un hombre ahorcado comienza a cuestionarse muchas cosas mientras el orden calculado que hasta entonces regía su vida se quiebra irremediablemente.

Pese a ser una novela divertida y a ratos disparatada sobre el absurdo de la vida en una gran metrópoli como Londres, Armadillo no termina de convencerme quizá porque está escrita para convencer y no reflexionar. Es decir, agitar y despertar conciencias.

Es probable que de esa pretensión, la de agitar y despertar conciencias, naciera Tormentas cotidianas, en la que Boyd nos cuenta la historia de Adam Kindred, un experto climatólogo incapaz de prever las tormentas que agitan su vida. Una de ellas hará que pierda todo lo que ha conseguido para convertirse en un vagabundo, un paria al que persigue la policía por un crimen que no ha cometido.

La novela propone una seria reflexión pese a su humor socarrón: ¿qué haría usted si de repente está fuera del terreno de juego?

Y al final se plantea otra pregunta: La redención del personaje ¿es tal?

¿Merece la pena ser lo que quieren que seamos?

Porque, y he aquí el quid, ¿realmente queremos ser lo que dicen que deseamos?

Se puede encontrar también en español de William Boyd los volúmenes En resumidas cuentas, una selección de relatos desiguales, así como Bambú, que compila ensayos y artículos. Uno de ellos dedicados precisamente a Ian Fleming. Un escritor por el que confiesa –otra vez con las dichosas confesiones– un vínculo que durante un periodo de su vida fue “bastante espeluznante y fortuito.”

Saludos, anímense y lean al señor Boyd, desde este lado del ordenador.

Así nos castiga la nostalgia…

Sábado, Mayo 26th, 2012

Paseo por la XXIV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y me encuentro con amigos y conocidos con los que de otra manera sería imposible que coincidiera en una ciudad paradójicamente tan pequeña.

La Feria, que desde hace unos años ha recuperado la espléndida superficie del Parque García Sanabria para instalar sus casetas y carpas, continúa pareciéndome sin embargo la misma de siempre aunque estos días, y gracias al buen tiempo y el Parque García Sanabria, la presencia de público es animada e incluso más nutrida que la de los dos primeros días de otras ediciones.

Ignoro si el volumen de ventas ha resultado satisfactorio para los escritores, editores y libreros.

Pero la gente sube y baja. Baja y sube.

Hay un poco de todo: cazadores solitarios, parejitas con niños, abuelos, jóvenes y matrimonios donde cada uno va por su lado. Respiro el olor de las flores y escucho muy por encima de la megafonía el canto inquieto de los pájaros.

Me detengo en una caseta donde un escritor espera con resignada paciencia a que alguien se acerque y compre su libro para poder firmarlo. Mis ojos tropiezan con los del escritor y me dejo arrastrar por la marea de paseantes. 

Un librero me comenta bastante cabreado que los de Lemus han instalado una caseta donde venden libros de saldo a precios que oscilan entre uno y tres euros. Encuentro ahí, en la caseta de Lemus que, según me comentan, ha roto el protocolo de la justa competencia entre libreros, Todo Marlowe (RBA), de Raymond Chandler. Y si bien tengo todo Marlowe en volúmenes separados me hago con él porque solo significan tres enfermizos euros…

En esta caseta tengo que darme de codazos con los vecinos de al lado para ganar mi espacio vital.

Por seis euros me llevo cuatro volúmenes, entre otros el de Chandler.

Un poco más arriba, una ONG vende libros siempre y cuando se adquieran por el dinero que quieras dar por ellos. Descubro varios ejemplares de mi querida colección Reno en una caja de cartón y encuentro una entrega de la serie Carson Napier de Edgar Rice Burroughs mientras un hombre canoso a mi lado le pregunta a la voluntaria por obras de William Shakespeare.

Tiene suerte, de otra caja de cartón saca como ocho tomos encuadernados en tela y editados posiblemente mucho tiempo antes de que viera la luz quien ahora les escribe. La mujer se los entrega al hombre canoso, quien suelta un nervioso “ta bien” y se los lleva.

No sé cuánto da a cambio. Pero se los lleva. Llevárselos se los lleva.

Ahora estoy hablando con un conocido que tiene cara de cocodrilo. Y más tarde con un amigo que me invita a una cerveza en la terraza del Reloj de Flores donde llora, en una de las mesas de al lado, un bebé.

Me fijo en el trenecito del Parque y de como a paso de tortuga hace su recorrido. Está lleno de pasajeros. La mayoría niños.

- Este Parque tiene su encanto.- le suelto convencido al amigo. El amigo, tras limpiase un bigote de espuma debajo de la nariz me da la razón.

- ¿Qué te parece la Feria?- pregunta y yo respondo encogiéndome de hombros.

- Ta bien.

Dejo a mi amigo en la carpa principal mientras por megafonía habla una italiana. Me quedo con su elora por ahí, elora por allá.

Se está haciendo tarde así que aprovecho para dar un último paseo por las casetas.

Investigo y observo a precios prohibitivos –pese al descuento– cosas interesantes que descarto atendiendo al estado de salud en el que se encuentra mi bolsillo actualmente.

Doy media vuelta para iniciar la retirada pero me cuesta salir de esta pequeña y sin embargo amniótica Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife.

Con todos sus defectos es un oasis y me hace tontamente feliz

Así nos castiga la nostalgia.

Me detengo ante un expositor, leo títulos y ojeo varios ejemplares en rústica. De pronto me tropiezo con la mirada resignada del escritor que todavía espera pacientemente a que algún lector compre su libro y se lo firme.

Me encojo de hombros.

- Ta bien.- responde.

- Ta bien.- repito mientras dirigo los pasos a una de las salidas del Parque García Sanabria.

El García Sanabria que es hoy, y más que nunca, el pulmón verde de esta capital de provincias.

Saludos, estoy respirando, desde este lado del ordenador.

Carlos Fuentes

Miércoles, Mayo 16th, 2012

En la calle me tropiezo con alguien.

Dice: “¿No te has enterado? Ha muerto Carlos Fuentes.”

Y el corazón me late más de prisa y exteriorizo tanto mi conmoción repentina que quien habla de Fuentes ruega que no me lo tome así pero es que yo solo puedo recordar al amigo… Y el tipo de la mala noticia que debe ver la luz de la sinrazón asomar a mis ojos pregunta “¿pero tú lo conocías?”

Y yo, apoyándome en un muro para no desmoronarme solo puedo asentir aunque dejo de subir y bajar la cabeza al escuchar “¿Y qué recuerdos tienes del autor de La región más transparente?”

Porque asocio entonces que mi Fuentes no es el Fuentes al que se refiere el individuo y sale la risa aliviada mientras los goterones de sudor resbalan por mi frente y le contesto –con una idea en la cabeza que no es otra que la de tomarme un refresco y si se trata de una Pepsi mucho mejor porque no soy un yonqui de la Coke– que poco he leído de Carlos Fuentes, el escritor mexicano, salvo los artículos que de tanto en tanto publicaba en El País y la novela Gringo viejo tras ver la película protagonizada por Gregory Peck y porque tanto en el filme como en la novela el personaje se inspira en Ambrose Bierce, un narrador norteamericano por el que siento devoción y que jarto de todo y de todos desapareció en México cuando México se encontraba en plena revolución.

Ya sosegado y cuando llego a casa, me planteo que va siendo hora de leer a Carlos Fuentes y que como pasa siempre que se nos va un escritor de los considerados grandes pero que he evitado porque a veces uno evita cosas no sabe muy bien por qué, comenzará a reeditarse su obra una vez que los elogios en radio, prensa y televisión vayan desapareciendo como desaparecerá el Euro en esta Europa fabricada por mercaderes.

Medito ahora, mientras escribo estas líneas, lo raro que resulta que reconozca al escritor fallecido por sus fotos y apariciones en la pequeña pantalla y no por su obra… Obra que, pese a que recibiera el Cervantes y el Príncipe de Asturias entre otras distinciones mayúsculas, nunca me llamó demasiado la atención. Y no porque le haga el vacío a las letras que se escriben en México, donde sigo en la medida que puedo el trabajo de formidables escritores, sino porque tuve la mala fortuna de llegar al señor Fuentes primero por sus apariciones en los medios que a través del universo que compuso a través de su literatura.

Carlos Fuentes, el escritor, tenía planta de caballero y si se lo estudia atentamente en algunas fotografías debía ser un señor que se cuidaba bastante. El bigote de Fuentes es además una seña de identidad de Carlos Fuentes aunque yo prefiera el primitivo e indómito rostro de El Indio Fernández, que a veces llevaba bigote y otras no.

Les contaba que llego a casa. Y que enciendo la televisión y que veo los informativos donde en apenas unos pocos segundos se da constancia de la gran pérdida que supone para las letras su muerte y continuo comiéndome la cabeza, y me animo a leer los libros que caigan en mis manos del autor de La muerte de Artemio Cruz mientras me pregunto si este domingo, en el Rastro, me encontraré de sopetón con alguno de ellos como si su fantasma me llevara de la mano para conducirme a un puesto donde alguien, que dentro de nada podré ser yo mismo, liquida su biblioteca para hacerse con unos euros antes de que la moneda única desaparezca como el señor Fuentes y el día menos pensado quien les escribe y el amigo al que confundí con Fuentes porque demonios se llama igua: Carlos Fuentes.

Entiendan entonces mi alegría.

No porque el escritor haya muerto y dejado un poco más huérfana la literatura en español, sino porque si mi amigo sigue vivo y si yo me alegro de que esté vivo es que yo también estoy vivo.

Carlos Fuentes, el escritor, visitó alguna vez las islas. Y si la memoria no me falla se alojó en algún lugar del sur.

Un periodista me llamó entonces para que le sugiriera alguna pregunta.

Mi pregunta resultó inevitable: ¿por qué México es un refugio para algunos escritores y cineastas de más allá del Río Grande? Pregúntale por Bierce, por Sam Peckinpah, pero no te olvides, por favor, de Malcolm Lowry y de…

El periodista le formuló la pregunta. Y la pregunta, me contó al día siguiente el periodista le gustó al señor Fuentes.

No recuerdo lo que le respondió, pero quiere pensar que fue que todos vivimos bajo el mismo volcán. 

Saludos, masticando el gusano que flotaba en la botella de mezcal, desde este lado del ordenador.

N Negra de Arona: la segunda y tercera balacera

Viernes, Mayo 11th, 2012

La N Negra de Arona es un pequeño milagro, un pequeño oasis cultural, que este año cumplió su sexta edición con una interesante propuesta: analizar las claves de la literatura negro criminal en el archipiélago. Claro que como un buen interrogatorio sometido a tercer grado se le añadieron dos sarcillos con forma de signos de interrogación como sugirió el escritor Alexis Ravelo: ¿Novela negra canaria?

En la mesa redonda de este viernes, 11 de mayo, cuatro de los narradores que hoy por hoy cultivan el género en las islas debatieron bajo la moderación del profesor titular de la Universidad de La Laguna –y uno de los cómplices de la librería especializada Mistério, ubicada en La Laguna–  Miguel Ángel Rábade, sobre esta cuestión.

Allí estaban además de Ravelo, Antonio Lozano, Javier Hernández Velásquez y José Luis Correa.

Rábade sacó toda su artillería en la intervención ¿Existe una novela negra en Canarias? al razonar que NO, aunque fue ferozmente respondido por los cuatro delincuentes que, a mi juicio y con su trabajo están poniendo de manifiesto que el género se ha instalado en las islas y goza de momento (y sospecho que por mucho tiempo) de excelente salud.

Rábade, que sabe mucho de novela negra y también de noir isleño como acuñó Ravelo en su intervención del jueves, 9 de mayo, continúo gastando munición mientras la sala de Guaza del Centro Cultural de Los Cristianos se cubría de pólvora y el público asistente levantaba las manos para contribuir a una balacera en la que se reflexionó sobre un género que ha hecho posible, resaltó el responsable de Mistério, que las novelas de nuestros escritores negros puedan encontrarse hoy en las librerías al lado de las de Lee Child pero también de clásicos como Dashiell Hammett, Raymond Chandler o Ross Macdonald.

¿Novela negra canaria?

¿Noir isleño?

Como lector sí creo que hay una novela negra canaria.

Un noir isleño que tiene marca y afortunadamente nombres y apellidos: José Luis Correa, Antonio Lozano, Javier Hernández Velásquez, Jaime Mir, Carlos Álvarez, Alexis Ravelo y una nueva hornada de escritores nacidos en estas islas que ya no le hacen asco a la literatura de género. A un género, como es el negro criminal, que como dice el maestro Paco Ignacio Taibo II es la novela social de nuestros desgraciados tiempos.

Es una literatura, además, que me hace viajar a las alcantarillas de la capital en la que habito. También, el único género que se atreve a decir esas cuatro verdades que la prensa local ignora vaya uno a saber las razones…

El noir isleño, la novela negra canaria, que nace en estas islas a finales de los ochenta con la novela El caso del cliente de Nouakchott y los relatos que integran Negra hora menos de Jaime Mir Payá y Carlos Álvarez, respectivamente, ha logrado consolidarse en la actualidad con la obra de Lozano, Ravelo, Hernández y Correa, más los que vendrán porque este género es el único que permite tomar el pulso a ese corazón hecho una pasa que es Canarias. Y para ello no inventa territorios míticos ni realismos mágicos que si no están bien escritos ni son realismos ni mágicos.

Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de Tenerife, La Laguna, etc, etc… son así lugares negro criminales como pueden ser Nueva York, Pekín o Marsella. Y es que el crimen es el crimen.

¿Una de las bellas artes como escribiera Thomas de Quincey?

En su intervención del jueves, 9 de mayo, Alexis Ravelo explicó que aburrido de novela negra canaria propuso en su lugar denominarlo noir isleño.

Ravelo comenzó a bucear en la laguna negra en 2002 cuando despertó en su cabeza la idea de “escribir la gran novela canaria”. El escritor confesó que hizo el intento, mientras simultaneaba la experiencia con trabajos extras para grupos de música y agencias de publicidad, aunque al final se dio cuenta que aquello que tenía escrito de la gran novela canaria solo demostraba “lo ignorante que puede ser un joven escritor.”

Los personajes, las situaciones “eran demasiado parecidas a mí.”

Alexis Ravelo toma entonces la solución kamikaze: “la borré del ordenador.”

Adiós a la gran novela canaria.

Pero, afortunadamente, “encantado de conocerlo, Eladio Monroy.”

Eladio Monroy es una creación de Ravelo.

Un marinero jubilado y gran lector.

“No es un detective sino un buscavidas”, resalta su creador. Y sí un personaje noir al que las circunstancias lo llevan a meterse en problemas.

¿Eladio Monroy es Alexis Ravelo?

No. Pero Eladio Monroy no existiría sin Alexis Ravelo.

Y afortunadamente Alexis Ravelo escribe sobre Eladio Monroy.

Luego los dos existen.

Y Las Palmas de Gran Canaria también existe en las novelas de Monroy.

Y yo, que no vivo en Las Palmas de Gran Canaria, recorro el lado salvaje de las calles de la capital grancanaria gracias a las novelas de Ravelo.

¿Sufre Ravelo el mismo síntoma que sir Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes?

Ya saben, cuando el escritor británico harto de su personaje decidió asesinarlo para disgusto de sus lectores que le obligaron a resucitarlo en otra entrega… Creo que sí, el problema es que Eladio Monroy ya no le pertenece al autor sino a sus lectores…

Algo parecido le pasa a José Luis Correa con su –este sí– detective privado Ricardo Blanco.

Correa presentó en N Negra de Arona la última novela de su protagonista, Nuestra señora de la Luna. Nuestra señora de la Luna es el quinto libro que su autor escribe de Blanco, personaje que también se mueve en los altos y bajos fondos de la capital grancanaria.

No tiene nada que ver con Eladio Monroy pero quiero pensar que más de una vez se han cruzado en alguna calle de esa misma ciudad en la que transitan y, a su manera, vigilan porque pese a sus demonios se funden en ella.

José Luis Correa confiesa que cuando escribió la primera historia de Ricardo Blanco no pasó por su cabeza que tiempo después continuara con él. Todo comenzó como un juego. Un homenaje al cine negro norteamericano en blanco y negro pero trasladado a la capital grancanaria con personajes que se movían como insectos en  la capital grancanaria.

El problema es que Ricardo Blanco gusta.

Y una editorial como Alba confía en Blanco.

Y apuesta por Blanco.

Y Correa escribe sobre Blanco aunque en la memoria de su ordenador duerman otros trabajos que continúan sonámbulos porque no son de Ricardo Blanco.

Ojo: Correa ya está trabajando en la sexta entrega.

El caso de Antonio Lozano es distinto.

La novela que presenta ese mismo jueves, 9 de mayo, en la N Negra de Arona es La sombra del minotauro.

Título en el que recupera a su detective privado José García Gago.

Gago aparece por primera vez en la novela Preludio para una muerte, publicada en 2006.

En su primer caso, Lozano ubica a su personaje en otro territorio negro que no tiene que ser necesariamente el de la gran ciudad: una población próxima a la capital grancanaria. Pueblo chico, infierno grande.

En La sombra del  minotauro, García Gago se mueve en la capital grancanaria.

La ciudad, una vez más, como personaje.

Javier Hernández Velásquez, que el jueves 9 de mayo presenta El fondo de los charcos acompañado del editor Ánghel Morales, hace lo mismo, aunque con una ambición en lo que lo negro y criminal se mezcla con la historia.

La historia de una capital de provincias que pudo tocar el cielo pero a la que castraron por la sin razón de una Guerra (in)Civil.

La capital tinerfeña vuelve a ser protagonista en la próxima novela del escritor: El sueño de Goslar.

Jaime Mir había ya formulado estas claves –las que plantea Correa, Ravelo y Hernández–  con su El caso del cliente de Nouakchott.

La ciudad, Santa Cruz de Tenerife, como protagonista más de la trama.

La ciudad, Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria y cualquier territorio de nuestra desvertebrada geografía, que necesita de caballeros sin espadas capaces de decir no a lo que devora nuestra naturaleza y sí a reivindicar el noir canario, la novela negra canaria, como altavoz independiente y feroz de los que aún creen que todo está bajo control en este archipiélago con seguro de sol pero de corazón tan negro.

¿Existe novela negra canaria?

A mi juicio, y afortunadamente, SÍ.

Saludos, gratamente sorprendido por la capacidad visionaria de la concejalía de Cultura y sobre todo de Mercedes Chinea por hacer posible la  N Negra de Arona, desde este lado del ordenador.