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“Es peligroso; cuando le atacan, se defiende”

Sábado, Julio 14th, 2012

La aparición el año pasado de la antología Generación  21: nuevos narradores canarios supuso como un pequeño temblor en el hasta ese momento apacible territorio de lo que podemos llamar literatura canaria.

El volumen nacía a raíz de una iniciativa del editor Ánghel Morales, que recién había fusionado su sello Aguere con Idea, y reunía doce historias escritas por doce escritores canarios a los que hasta ese entonces pocas cosas les unían salvo la de haber nacido en Canarias y en la misma década.

Por aquel entonces, poco hacía sospechar que lo comenzó siendo una apuesta cuente hoy con una colección de novelas que ya lleva siete títulos publicados, dando voz no solo a algunos de los autores que participaron en la antología sino también a otras voces narrativas nacidas en estas islas desesperadas.

En este aspecto, la mayor virtud de la iniciativa G21 –que la tiene pese a quien le pese– es que transcurrido algo más de un año de su irrupción en el hasta ese momento escasamente atractivo universo narrativo canario, el proyecto continúa. Sigue adelante con regular estado de salud, lo que no es baladí para los aciagos tiempos que corren.

G21 ha permitido además dar a conocer escritores emergentes, y un reencuentro por parte de algunos lectores entre los que me encuentro, con lo que se escribe aquí.

Ya serán otros –espero– los que se preocupen por detectar elementos comunes; los que destaquen que este movimiento, más que generación, nace por una vez con espíritu regionalista y divaguen, si así les apetece, sobre la variedad de géneros con el que tontean y tantean muchos de sus autores así como que publiquen fuera de la desestructurada geografía insular y cuenten con premios que de alguna manera consolidan una carrera que, pese a todo, no termina por definirse.

Con todo, G21 ha conseguido que los que forman parte de un círculo que afortunadamente no se cerrará hasta cuando alcance el medio centenar de obras publicadas según Morales, se crean que son escritores. 

Como lector de las siete novelas que hasta hoy forman la colección G21 Narrativa Canaria Actual ese al menos es mi parecer.

Salvo un título de los siete editados, no he encontrado en el resto un libro clave, que me desarme, que me llegue tan adentro como sí lo consiguió en su día las Cucarachas con Chanel de Dr R (JRamallo), aunque he visto destellos en No en la noche, de Carlos Cruz y quiero entender ganas gamberras y de pasárselo bien en El sueño de Goslar, de Javier Hernández Velázquez.

Los demás títulos, Murmullo de hojarasca, Biografía reciclada de Manolito el Camborio, Malpaís y Merodeadores de orilla, de José Luis Correa, Cristo Hernández, Víctor Conde y María Teresa de Vega, respectivamente, continúan resultándome ejercicios literarios que da la sensación permanecían olvidados en algún rincón remoto de la memoria de sus respectivos ordenadores.

Historias, para que nos entendamos, que dormían un plácido e indiferente sueño en el cajón de las novelas sin publicar hasta que encontraron donde ser publicadas: la colección G21 Narrativa Canaria Actual.

Pero es que pese a sus defectos y a los desafectos que ha generado en ese diminuto zoológico de envidias ombliguistas que es la literatura canaria, es de justicia reconocer que G21 ha logrado salir adelante porque pese a todo y como rezaba aquel mítico cartel colgado en un parque parisino, espero encontrar en esta colección algo así como “este animal es peligroso; cuando le atacan, se defiende.”

En este sentido, sólo he apreciado este notable comportamiento en el ya citado Dr R (JRamallo), el más feroz de los escritores de la colección y el más cercano en sus inquietudes por sacudirte por y desde dentro junto a Nicolás Melini, Santiago Gil y Anelio Rodríguez Concepción, todos ellos colaboradores de la antología que dio origen a esa ecuación, G21, a la que le falta todavía mucha literatura y menos matemática en sus intenciones.

Con todo, y tal como se presenta la situación, con esas nubes oscuras que nos impiden ver y que tiene el siniestro nombre de recesión, entendamos que la existencia de esta colección es un pequeño milagro que intenta corregir los errores con el que fue atacada en el pasado, cuando se presentó la antología y se barajaba en aquel entonces la posibilidad de convertirlo en colección.

Entre otras, la nula representación de narradoras que suple ahora María Teresa de Vega y su, a mi juicio, irregular, Merodeadores de orilla.

El caso es que lo que nació como proyecto es hoy una realidad. Una realidad de la que espero francamente ofrezca en nuevos títulos no solo un perfil de lo que están haciendo los escritores/as que participan en ella sino también una mirada audaz y valiente del entorno en el que les ha tocado vivir.

Y hasta la fecha, salvo los títulos anteriormente reseñados, no he encontrado en ninguna de estas experiencias literarias esa radiografía de un territorio tan necesitado de una narrativa que les cuente las cosas con mirada sincera y, a mi juicio, rabiosa.

Una literatura que cuente la que nos está cayendo encima. Y como eso que nos está cayendo encima nos está transformando en otros sujetos. En otras personas.

Una literatura, en definitiva, peligrosa porque cuando la atacan solo está defendiéndose.

Saludos, ¡vamos cantemos juntos Yo nací en el bloque 2013 / Fui educado en la violencia y en la muerte…!, desde este lado del ordenador.

Damos las notas…

Miércoles, Julio 11th, 2012

* La obra del escritor Víctor Álamo de la Rosa es actualmente objeto de tres tesis, dos en universidades italianas y una en una universidad brasileña. Hace un año Ediciones Aguere/Idea publicaba El Hierro literario, exploración de la obra de Víctor Álamo de la Rosa, un libro que traducía y resumía parte de la tesis leída por el investigador italiano Martin Beux en la Facultad de Literatura Extranjera de la Universidad de Génova. La tesis de Martin Beux se centraba en el universo literario de la Isla Menor, trasunto literario de la isla canaria de El Hierro, visible en las cinco novelas y en los relatos publicados por el escritor canario. A esta tesis presentada en la Universidad de Génova se unirá la que prepara Isotta Luca, investigadora de la Universidad de Venecia, que ha elegido para su tesis el libro Mareas y marmullos, el volumen que en España ha editado Tropo Editores y que reúne todos los relatos del autor de El año de la seca. Isotta Luca presentará a finales de este año, en la Facultad de Filología de la Universidad de Venecia, su trabajo de traducción del libro de Víctor Álamo de la Rosa, trabajo que esta vez se ha enfocado desde el estudio propiamente lingüístico del particular estilo del escritor canario y su singularidad idiomática. Finalmente, la tercera tesis en curso sobre la obra del escritor es la que está llevando a cabo la investigadora brasileña Sarah Munck Vieira en la Universidad Federal de Juiz de Fora, del estado brasileño de Minas Gerais. El trabajo de la estudiosa brasileña abordará toda la obra de Víctor Álamo de la Rosa, narrativa y poesía, y, aunque la tesis se presentará a finales de 2013 en Brasil, ya puede leerse un adelanto en la revista brasileña Darandina  donde Sarah Munck analiza la novela El año de la seca, publicada por vez primera en 1997 en Río de Janeiro. Este estudio sobre El año de la seca se presentó en el VI Simposio en Literatura, Crítica y Cultura del programa de posgraduado de la Facultad de Letras de la Universidad Federal Juiz de Fora, celebrado del 28 al 31 de mayo de este año.

* El último número de la revista Letras Libres edita una entrevista con el escritor Peter Stamm firmada por el traductor José Aníbal Campos y Eduardo García Rojas. Se trata de la misma entrevista que se publicó en el número correspondiente al 18 de abril de este año de El Perseguidor, suplemento de carácter cultural que aparece en la edición de los miércoles del periódico tinerfeño Diario de Avisos. Felicitamos además a José Aníbal Campos porque es uno de los cuatro finalistas al premio de Traducción Esther Benítez que otorga la Asociación de Traductores de España por su impecable e implacable trabajo con Edipo en Stalingrado, de Gregor von Rezzori, un texto dificilísimo de traducir y una novela, esta su versión en castellano, recomendable para quienes todavía confían en el poder seductor de las palabras.

Saludos, al final bebí el agua del pozo, desde este lado del ordenador.

Un nombre: Pedro Antonio de Alarcón

Martes, Julio 10th, 2012

“Cuando yo entré en relaciones con  Matilde (así se llamaba la generala), su marido (uno de los generales que con más gloria habían alcanzado en la guerra civil, hombre ya de cincuenta y cinco años, muy entregado a las contiendas políticas) acababa de ser enviado de cuartel a Canarias contra su voluntad…, lo cual en substancia quiere decir que estaba desterrado de la Península. De buena gana se hubiera llevado el general a su mujer al africano archipiélago, pues la adoraba ciegamente; pero Matilde aparentó tener miedo al mar, que aquél prefirió el dolor de la ausencia a imponerle los tormentos de la navegación; con lo que la infiel esposa, sola ya en Madrid, tuvo mayor holgura para seguir mancillando las honradas canas de su marido en unión de feroces desalmados de mi jaez…” (El escándalo, Pedro Antonio de Alarcón).

Tengo debilidad por la obra de Pedro Antonio de Alarcón, autor cuya prosa ha quedado muy envejecida con el paso de lo año pero que merece reivindicarse con los elogios que se merece a punto de celebrarse en 2013 el 120 aniversario de su nacimiento en la localidad granadina de Guadix, porque, por un lado. lo descubrí siendo apenas un infante y, por otro, es de los primeros intelectuales españoles que se preocupó por lo que estaba escribiendo un tal Edgar Allan Poe, autor cuyo aliento poético inspira alguno de los mejores relatos de Alarcón como son El amigo de la muerte y La mujer alta.

Al escritor le debemos además El clavo, un delicioso relato de suspense que tuvo una interesante adaptación cinematográfica dirigida por Rafael Gil y protagonizada por Amparo Rivelles y Rafael Durán, así como la folletinesca El escándalo, título que he vuelto a releer hace unos días y en el que se han mezclado varias emociones.

Emociones que van desde el más profundo rechazo por su leguaje que hoy suena a melindroso así como a la devoción más absoluta por el candor con el que el autor intenta camuflar temas que para nada resultaban políticamente correctos en su tiempo y el nuestro.

Alarcón supera el escollo redactando la novela a modo de una confesión en la que su protagonista le da cuenta de sus actos a un anciano sacerdote, quien lo escucha y le ofrece paternales consejos.

El paso de los años no ha sido bueno con la obra de Pedro Antonio de Alarcón pero quizá el tono sepia que ha ido tomando la mayoría de sus libros le otorgue, a juicio de quien ahora les escribe, un encanto cavernario con ecos a clásico. Leer a este escritor significa además tener en cuenta cómo fue el carácter romántico en las letras españolas. Unas letras que, fiel reflejo de la nación a la que representa, estuvo y está más pendiente de sí misma que de otra cosa.

Pedro Antonio de Alarcón tuvo al menos la picardía de mirar más allá de los Pirineos y descubrir otros nombres que intentó importar a lo que todavía podía llamarse patria. Una palabra esta de patria tan mal usada en aquellos y estos tiempos de nacionalismos ridículos y ombliguistas.

Producto de su tiempo, como no podía ser menos, Alarcón comenzó siendo un encendido progresista para ir cambiando de bando a medida que iba haciéndose mayor. En su juventud fue un calavera, un hombre de vida disipada con algunos duelos al amanecer de los que afortunadamente resultó ileso.

Es probable que los excesos, amantes despechadas, el olor a pólvora a primeras horas la mañana lo convencieran un día de que las cosas no podían ir por ese camino. Ello justificaría la radical transformación que sufrió de periodista sagaz y anticlerical, de látigo de conservadores y monárquicos, a defender con uñas y dientes precisamente a la Iglesia, a los conservadores y al Rey.

Su coetáneo Manuel del Palacio escribió al respecto:

Literato, vale mucho;
folletinista, algo menos;
político, casi nada;
y autor dramático, cero.

Por otro lado, un estudioso de su obra explica que este viraje ideológico explica las razones por la que el escritor ha sido tan escasamente reconocido en España.

Es una forma de entenderlo aunque no creo que sea, precisamente, la correcta. El problema de Pedro Antonio de Alarcón es que cuenta con una producción en la que tocó casi todos los géneros  sin resultar en ninguno de ellos una pluma ejemplar. A mi, en todo caso, me parecen destacable sus relatos y ese espléndido reportaje periodístico que es Diario de un testigo de la guerra de África (1864), título en el que creo detectar más o menos un intencionado mimetismo en las Notas marruecas de un soldado de Ernesto Giménez Caballero, publicado en 1923.

El caso, y es el objeto de este post, es que me sigue gustando la literatura de don Pedro Antonio de Alarcón porque forma parte de ese gigantesco rompecabezas que es España. También porque sus prosa, ya contaba, tiene el aroma viejo del vino bueno que nace en los campos de ese rompecabezas formidable que fue y sigue siendo España.

Otros títulos del escritor son El capitán Veneno, El sombrero de tres picos y algunas recopilaciones de sus relatos como son Narraciones inverosímiles, Historietas nacionales y Cuentos amatorios, entre otros.

Así que abróchense los cinturones, merece la pena hacer el viaje al pasado de la mano de don Pedro Antonio.

De don Pedro Antonio de Alarcón, claro.

Saludos, debe ser cosa de alarconitis aguda, desde este lado del ordenador   

Lucha Libro… La vida es eterna en cinco minutos

Domingo, Junio 24th, 2012

Yo, que no soy aficionado al fútbol, resulto también contaminado por el virus del balompié. Sigo a ratos el partido que enfrenta a la selección de España con la de Francia imaginando con la ironía del perdedor que en ese lejano terreno de juego este país va a repartir justicia histórica con su vecino.

El gabacho, que impuso un rey como José I al que la maledicencia de un pueblo que comenzaba a construirse como nación conoció como Pepe Botella, y una ocupación que se equivocó en inculcar lo de libertad, igualdad y fraternidad a base de represión, sangre y fuego.

Debe ser que al francés nunca le gustó el olor a cebolla y la rudeza de los vinos ibéricos… Así que pensó: la letra con sangre entra.

Puto error.

Bajo al Atlántico acompañado del sonido de las vuvuzelas y de los gritos aguardentosos de la gente que canta, al modo de una desafinada banda sonora: soy español, español… Soy español, españoool…

Un corro de señoras de edad, en una terraza, y vestidas con camisetas de la selección española lo corea mientras tres pibes que podrían ser sus hijos las mandan a callar.

“¡Silencio, cojones, que somos africanos!.- les chilla uno, el más jovencito.

Una de las señoras le responde: “¡Malcriado, no tienes educación! ¡Es-pa-ña!, ¡Es-pa-ña!”, y durante un momento pienso que los críos las van a inflar a hostias cuando una pareja pasa a su lado y los gallitos patriotas le increpan al chico que se quite la bandera roja y gualda que lleva colgada al cuello.

El chico se niega. Y la chica que va a su lado lanza un gritito nervioso.

Los gallitos, envalentonados, suben el volumen de la voz aunque cierran la boca precipitadamente cuando aparece un coche de la Policía Nacional que al encender sus luces hace que se pierdan en una noche de patriotismos idiotas que por si algo se caracteriza es por su aplastante y aplatanado calor africano que, imagino, hace derretir también al asfalto.

Esquivo a una cucaracha gigante que planea borracha alrededor de una farola en la plaza de Weyler y por fin llegó al Atlántico que –noto– no registra la asistencia de público que esperaba encontrar con respecto al primer día –y los que han seguido me cuentan– del Primer campeonato de improvisación literaria en Canarias, Lucha Libro, un original concurso en el que participan escritores con máscaras tan extravagantes como la de los que hacen Lucha Libre en esas tierras que son las de Iberoamérica, y del que hoy formo parte del jurado.

Porque hoy es la final.

Y hoy es la noche de San Juan.

Así que es probable que la gente esté quemando sus frustraciones en las improvisadas hogueras de la playa, del solar de al lado…

Job Ledesma y Pablo Martín Carbajal son los otros miembros del comité deliberador. Los tres hombres sin piedad y con gafotas que tenemos la siempre difícil tarea de seleccionar a los finalistas y, obviamente, al ganador de esta primera edición de gladiadores de las letras impovisadas.

Cuatro son los que se la juegan: El Esguince de Lince, Muñeca de Letras, Musidora y El Pollito de Macondo.

La primera lucha enfrenta a El Esguince de Lince y Muñeca de Letras.

Tienen que escribir un relato inspirado en estas tres palabras: Garganta, Festival y Linterna.

El Esguince de Lince escribe un cuento original pero se complica con el teclado y no termina por cerrarlo. Muñeca de Letras tira por la prosa poética y le sale algo, a juicio de los tres gafotas, más interesante.

La decisión no deja sin embargo de dejarme un mal sabor de boca porque esto de actuar como el rey Salomón es complicado.

La segunda lucha pone frente a frente a Musidora y El Pollito de Macondo.

Las tres palabras claves a través de las cuales deben articular su historia son: Cicatriz, Sujetador y Sospechoso.

Musidora escribe un cuento fantástico. De una tacada, sin apenas dudar. Sus manos se deslizan por el teclado del portátil con la misma agilidad de una curtida pianista.

El Pollito de Macondo hace lo mismo. Quizá sin la agilidad en los dedos de Musidora pero sí con más divertida imaginación. Su historia, una vez que nos ponemos a deliberar, nos convence a los tres para que pase a la final.

La final…

El Pollito de Macondo y Muñeca de Letras.

Enmascarados.

Las tres palabras: Enfermo, Piscina y Revista.

Suena la campana.

El de Macondo construye un cuento divertido, irónico. De los que hacen sonreír.

La de Letras permanece fiel a su estilo… Prosa poética, con imágenes potentes precisamente por lo improvisada que salen de su cabeza en esos cincos minutos que hace que la vida sea eterna en cinco minutos.

Los gafotas, tras una ardua deliberación, deciden otorgar el premio a El Pollito de Macondo.

Game over.

Sin la máscara El Pollito de Macondo resulta ser Enrique Sicilia y es autor del blog 100palabras.blogspot.com.

Acompañado de Pablo Martín Carbajal subo la cuesta que nos lleva a nuestras respectivas mansiones y comentamos –durante el camino que se me hace larguísimo cuando voy solo y con Pablo muy breve en el tiempo– la edad de los participantes de esa noche.

Son jovencísimos. ¡Te tratan de usté! 

Gente educada. Para los que el don ya no existe, afortunadamente, salvo para Don Juan Carlos I y Don Johnson…

Bromeo con Pablo.

Esa gente forma parte de la Generación XXII, cuidado los de la XXI porque hay relevo y pisa con fuerza.

Me despido de Pablo cerca de mi mansión.

España ha ganado a Francia.

Claro que, como le comento antes de decirle adiós, la patria es el último refugio de los cobardes.

Saludos, entre mi país y mi madre: siempre mi madre, desde este lado del ordenador.

Robert E. Howard: el escritor adolescente

Viernes, Junio 22nd, 2012

Imagino que como le pasó a mucha gente que forma parte de mi generación, Conan, el brutal guerrero cimerio, irrumpió por primera vez en sus vidas a través de las historietas que por las novelas escritas por Rober E. Howard, probablemente el más trágico de los escritores que formaron parte de lo que hoy se conoce como Círculo de Lovecraft.

Howard, que no se cansaba de asegurar que los relatos de Conan le venían dictados en sueños, fue un fecundo narrador de historias delirantes ambientadas la mayoría de ellas en universos fabulosos e imaginarios donde la razón de la espada iba siempre por delante que el de las equívocas palabras.

Con estas historias, presumo, el escritor solo pretendía escapar de la dura realidad provinciana en la que vivía. Realidad que se circunscribía a los límites de un polvoriento pueblo tejano de cuyo nombre no quiero acordarme y lugar en el que puso fin a su vida un 11 de junio de 1936 al ser incapaz de continuar adelante tras la muerte, apenas unas horas antes, de su madre.

Esta información sobre la vida de Howard la conocí tiempo después de haberme sumergido en su mundo siendo apenas un intrépido adolescente. Y gracias sobre todo a la inolvidable –y para quien les escribe mítica– colección Relatos salvajes que editaba con tan poco amor al arte la editorial española Vértice, que fue la primera que tradujo y publicó en este país de borregos los cómics basados en personajes de Howard como Conan, Kull y Solomon Kane, entre otros…

En colorines, a mi el Conan que me atrapó fue el de John  Buscema. Lamento decir a los estetas que maldita la gracia me hizo el estilizado que proponía Barry Windsor-Smith (con ese aire decante a lo Audrey Beardsley) por mucho que los expertos destaquen su excelencia como ilustrador para relegar a un segundo plano el trabajo vigoroso de, ya dije, Buscema.

Con Conan, personaje que cumple ochenta años, así como treinta la primera película que se realizó sobre el mítico guerrero, Conan el bárbaro, de mi apreciadísimo y reivindicado John Milius, me llevé una de las grandes sorpresas de mi vida cuando rebuscando en un puesto de libros de saldo en Madrid me encontré con uno que reunía algunos de sus cuentos  publicado por Bruguera.

Más tarde, ya en los ochenta, Planeta-Agostini reeditaría sus historias así como las continuaciones que rubricaron imitadores sin alcanzar el frenético e inocente brutal estilo de su autor original, en una serie de olvidables novelitas.

Novelitas, todas ellas, que se podían adquirir a precios populares en kioscos y no en librerías.

Estos volúmenes compartían espacio con otros títulos –ya en decadencia– del oeste y policíacos. Pero era ése, y no otro, el espacio natural de la obra de Howard. Y ése, y no otro, el público que reclamaba la obra de Howard.

Lamentablemente, y con el cambio de los tiempos, las historias del autor dieron el salto a las librerías en ediciones de lujo a precios inalcanzables para un chaval que hasta ese momento se había procurado con sus escasos ingresos algunos de sus títulos cuando los descubría junto al nuevo número de revistas tipo Penthouse o Private. Revistas, ohhh Crom, en las que castigadoramente se avisaba en portada: Solo para adultos.

A título particular, y con la formidable producción que dejó Howard antes de que se volara la tapa de los sesos, me quedo con los relatos de terror que escribió. En especial con su estremecedor La piedra negra, también con los cuentos que dedicó a Kull y Solomon Kane por encima, lo lamento, de los de Conan.

Entiendo, de todas formas, que fueran precisamente las historias de Conan –el feroz guerrero cimerio– las que alcanzaran popularidad por encima de otras de sus creaciones porque en todas ellas se resume lo que me gusta denominar como universo howardiano.

Un universo, el howardiano, donde la única ley es la de la espada y su héroe la encarnación del instinto masculino. Después de marcar territorio, nubla su mente con vino y mujeres de exótica belleza.

Conan, y por extensión las historias bárbaras de Howard, no son así recomendables para paladares exquisitos aunque sea caza mayor para los que se han acostumbrado a pulirlo con toda clase de sabores.

En estas historias se nota, además, que su autor escribía para sí mismo. Que le importaba un pimiento el lector. Eso quizá explique que la mayoría de sus relatos resulten sospechosamente miméticos en intenciones.

En todos, se detecta la rabia de vivir. Un agradecido furor nihilista que solo late con tan encendida llama en el corazón de quien fue toda su vida un escritor adolescente.

No, no he vuelto a leer las aventuras de Conan, ni de Solomon Kane ni Kull de Atlantis. Y en raras ocasiones he vuelto a poner mis ojos en sus cuentos de miedo, algunos excelentes que aún conservan un apreciado y refrescante latido popular que en vez de envejecerlos hace todo lo contrario: los rejuvenece. Y rejuvenece al lector que los lee de nuevo.

Con las historias que dedicó a sus personajes –y lo mismo me pasa con su amigo corresponsal H.P.L.– el intento de volver a perderme en sus historias ha resultado sin embargo frustrante. Lo que hace que piense una vez más que los escritores que te absorbieron en una etapa de tu vida ya no pueden ahora darte el mismo abrazo fraternal.

Son como buenos amigos a los que el peso de la existencia ha retirado de tu camino.

Los recuerdas con nostalgia y eres consciente de lo importante que fue conocerlos pero también que ya no te dicen nada.

Hablaba de todo esto esta misma semana con un colega a quien aprecio y respeto.

Creo sin embargo que su adolescencia como lector fue más triste que la mía porque nunca leyó a Robert E. Howard. Estaba entretenido en otras cosas, cosas que lo perdieron por otros vericuetos igual de confusos que los míos.

Coincidimos, no obstante, en que escritores de aquellos tiempos en los que nos formábamos como lectores aún conservan su identidad como amigos sin fracturas. Citamos a Stevenson, a Kipling, también a Conrad. Dejamos en el camino a H. Rider Haggard… Y yo descolgué a Howard. Aunque no su Piedra Negra.

Sirva por eso estas líneas apresuradas para rendirle el justo homenaje que le debo a su autor y a su noble descendencia de bárbaros que solo podían pensar con una espada en la mano.

A mi me falta esa espada.

Quizá vaya siendo hora de recuperarla y rendir pleitesía al dios Crom.

La película de Milius logró que despertase tan atávico instinto.

Instinto que permanecía dormido cuando las novelitas de Conan desaparecieron de los kioscos y terminaron en las librerías.

Ahora me doy cuenta que ese fue el momento en el que olvidé que la sangre derramada huele a victoria.

O que el poder de la espada está por encima del de las palabras.

Aunque, paradoja, en el caso de Robert E. Howard fueron las palabras las que le devolvieron, precisamente, el poder a esa misma espada.  

Saludos, ¡Por Crom!, desde este lado del ordenador.

De bien nacido es ser agradecido

Martes, Junio 19th, 2012

Para todo aficionado a la novela de género que se precie la Semana Negra de Gijón es como La Meca… Hay que visitarla al menos una vez en la vida.

Quien les escribe ha repetido en tres ocasiones su estancia en la capital asturiana con motivo de la celebración del encuentro. Y en cada una de estas visitas además de adquirir libros, reventarse el estómago gracias a la prodigiosa gastronomía asturiana y conocer escritores y editores por los que tengo sobresaliente respeto, siempre que regreso a la isla tengo algo así como la sensación de que no todo está perdido.

Que aún hay espacio para la imaginación y el intercambio de ideas en un escenario intelectualmente lúcido y lúdico que deja una huella imborrable entre los que hemos tenido la fortuna de conocer un Festival –que este año y pese a la crisis celebra su XXV edición del 6 al 15 de julio– cuyo secreto radica en combinar cultura y diversión.

De los muchos escritores que he conocido en Gijón, siento especial respeto y aprecio por la obra del mejicano Jorge Moch, el peruano Alonso Cueto y el colombiano Mario Mendoza, todos ellos excelentes personas y excelentes narradores que me mostraron una literatura cuyas ambiciones empalidecen las que desde este país, y esta región desnortada que es Canarias, se empeñan unos y otros por transmitirnos en libros con demasiadas páginas pero poca implicación en contenidos.

Este año, como el pasado, no podré estar en Gijón –y créanme si les digo que he hecho cálculos, manejando insólitas reservas financieras para repetir el sueño–  pero al final se ha impuesto el sueño de la razón que solo produce monstruos…

El motivo de este post, pese a su entradilla con tufillo nostálgico, tiene como objeto anunciar la lista de finalistas de los distintos premios que, anualmente, concede la Semana Negra.

* Premio Hammett, a la mejor novela

Cristina Fallarás, Niñas perdidas (España)

Leonardo Oyola, Kryptonita (Argentina)

Edmundo Paz Soldán, Norte (Bolivia)

Carlos Salem, Un jamón calibre 45 (Argentina)

* Memorial Silverio Cañada, a la mejor primera novela.

Claudio Cerdán, El país de los ciegos, (España)

Kike Ferrari, Que de lejos parecen moscas, (Argentina)

Iris García Cuevas, 36 toneladas, (Méjico)

Jordi Ledesma, Narcolepsia, (España)

* Rodolfo Walsh, al mejor libro de no ficción.

Sanjuana Martínez, La frontera del narco, (Méjico)

 Xavier Montanyá, El oro negro de la muerte, (España)

José Reveles, Levantones, narcofosas y falsos positivos, de (Méjico)

Guillermo Saccomano, Un maestro, de (Argentina)

* Premio Celsius (ciencia ficción y fantasía)

Juan Ramón Biedma, Antiresurrección (España)

Emilio Bueno, Diástole (España)

Juan Guinot, 2022 La guerra del gallo (Argentina)

Ismael Martínez Biurrún,  El escondite de Gisha (España)

* Premio Espartaco (novela histórica)

Antonio Garrido, El lector de cadáveres, (España)

Alfonso Mateo-Sagasta, Caminarás con el sol (España)

Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana (España)

Fabrizio Mejía Madrid, Disparos en la oscuridad (Méjico)

Saludos, ¡viva la Semana Negra!, desde este lado del ordenador.