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Gore Vidal, el último clásico

Miércoles, Agosto 1st, 2012

Con la muerte de Gore Vidal desaparece una de las voces más sensatas y reformistas de la literatura norteamericana de nuestros inestables tiempos. Estaba a punto de cumplir noventa años y su cabeza continuaba igual de bien ordenada que en su época de más rabioso esplendor. Para entender lo que ha significado la historia de los Estados Unidos, es inevitable refugiarse en la obra del escritor para asumir las altas y bajas pasiones de un país que se ha transformado en algo así como la nueva Roma desde la segunda mitad del siglo XX.

Llegué al escritor a través de uno de sus libros más ambiciosos y recomendables, Lincoln, probablemente la mejor biografía de quien todavía sigue siendo reconocido como el mejor presidente de Estados Unidos. Me lo regaló un buen y querido amigo en un cumpleaños, y se trata de uno de esos presentes afortunados que de vez en tanto te hacen la vida un poquito más feliz.

Lincoln es un volumen pródigo en páginas que se leen con insólita rapidez porque propone un retrato psicológico y controvertido acerca de una de las figuras más sagradas de la iconografía estadounidense.

Vidal despedazada con el cariño y la paciencia de un cirujano su vida, su forma de hacer política y en especial su modo de enfrentarse a una de las mayores crisis de la historia de su país como fue la Guerra de Secesión. Fue además uno de los primeros pensadores norteamericanos que se atrevió a desmontar algunos de los mitos que han ido tejiendo la figura de este presidente, destacando su habilidad para hacer política, que es algo así como su talento para el arte de la mentira.

Gore Vidal continuó repasando la historia de los Estados Unidos en otras novelas claramente políticas como Washington D.C., Imperio y Hollywood, entre otras, y al parecer se encontraba trabajando en la actualidad en uno de los hechos históricos que contribuyó al crecimiento y al carácter de esa sin embargo gran nación como fue la guerra que sostuvo contra Méjico en 1848. Hecho que demuestra que, pese a su edad, el escritor seguía explotando el pasado de su país para llegar a comprender muchas de las claves que lo identifican con su turbio presente.

Vidal, que conoció a lo mejor y a lo peor de la intelectualidad de su tiempo, dejó también escritas una serie de novelas de ciencia ficción que deben de ser leídas como apasionantes sátiras sobre la condición humana. En este sentido, son muy recomendables su excelente Kalki y Mesías.

En el terreno de la ficción histórica es autor también de Juliano, el apóstata, una obra maestra donde estudia la vida del último emperador romano que intentó frenar el avance del cristianismo, recuperando las tradiciones paganas del Imperio. Juliano, el apóstata es una novela que genera desasosiego, aunque su mensaje es ejemplar para los que ponemos en duda la existencia de un más allá teledirigido desde el más acá por una jerarquía eclesiástica que sostiene una farsa para mantener cierto orden social.

Me dejo muchos títulos del escritor en el tintero, pero es que Vidal cuenta con una obra amplia y ambiciosa a la que nunca le faltó inteligencia y en ocasiones un razonable sentido del humor como es su delirante Myra Breckinridge, donde reflexiona en clave de comedia sobre la transexualidad, y una serie de ensayos donde la mayoría de sus lectores es donde más lo reconocen.

En este sentido, es muy recomendable la correspondencia que mantuvo con Timothy McVeigh, autor del atentado de Oklahoma, y relación por la que fue muy criticado desde las más altas instancias en su propio país.

Con el pseudónimo de Edgar Box escribió tres novelistas de misterio protagonizadas por el detective Peter Sergeant, divertimentos brillantes que garantizan una gozosa lectura.

Gore Vidal cuenta además con un delicioso libro de Memorias –estaba trabajando últimamente en el segundo volumen– y atractivos, aunque por normal general frustrados, tanteos como guionista en el cine como son sus colaboraciones en películas como Ben Hur, Calígula, así como The Best Man, Un marciano en California, comedia con Jerry Lewis que adaptaba su obra teatral Visit to a Small Planet y ¿Arde París?, entre otras.

En la producción Satyricon y en la cinta de ciencia ficción Gattaca hace incluso simpáticos cameos.

Con Vidal desaparece, ya lo decimos en el título de este post, probablemente el último gran clásico de la literatura norteamericana. Un gigante necesario y al que recurrir para enfrentarnos al desmoronamiento del que últimamente somos víctimas ¿involuntarias?

Saludos, ha muerto un coloso en la república de las letras, desde este lado del ordenador.

Mike Spillane / Hammer

Viernes, Julio 27th, 2012

El caso de Mike Spillane es singular en la historia de la literatura y el cine porque es el primero –y único que sepa– que tuvo el atrevimiento de encarnar a su criatura literaria, el bronco investigador privado Mike Hammer, en una película, Cazadores de mujeres (The Girl Hunters, Roy Rowland, 1963), que se trata cuanto menos de una curiosa y esquizofrénica cinta porque es, reitero, la primera en la que un escritor se transforma en su creación literaria.

El filme no pasará a la historia del género negro pero no deja de resulta un inquietante experimento en el que se funde realidad y ficción. Y si hubo alguien que conoció perfectamente a Hammer era Spillane, quien canalizó a través del protagonista de la mayoría de sus novelas lo que quiso y no se atrevió a ser. Y a hacer.

Quien haya tenido la suerte de leer algunas de las novelas de Spillane, un escritor cuya obra continúa disfrutando de un excelente estado de salud, sabrá que por si algo se caracterizó su estilo no fue por construir tramas complejas, pobladas de personajes con varias caras e intenciones de denuncia de signo progresista. No, muy al contrario, las novelas de Spillane son sencillas por ser trepidantes historias en la que la mayor parte de las veces su personaje se mueve por una feroz sed de venganza.

Spillane se caracterizó además por imprimir a sus relatos de una misoginia brutal que hoy resulta políticamente incorrecta, así como de un feroz anticomunismo que revela a un escritor producto de su tiempo. Un tiempo, los años cincuenta, marcados profundamente por la Guerra Fría.

Mike Hammer es además un incorregible individualista y un tipo con un peculiar sentido de la justicia. Siempre he entendido, en este sentido, que Hammer es algo así como una especie de antecedente de Harry Callahan, un psicópata de gatillo fácil y que trabajaba presuntamente del lado de la ley.

Con todos estos elementos, Spillane construyó a un personaje de éxito que forma parte de la escuela ultraderechista del género.

Al margen de su compromiso ideológico, bastante simplón pero que justifica el modo violento de actuar de su protagonista, las novelas de Spillane se devoran literalmente. Y se devoran porque están muy bien escritas y saben enganchar porque la acción es el motor que alimenta casi todos sus libros.

En estos casos, siempre recomiendo al iniciado en el universo spillaneano a que diseccione el material literario que tiene entre las manos para que pueda sumergirse cómodamente en unos relatos rabiosos marcados generalmente, ya dije, por el ojo por ojo.

Resulta por ello natural que Mike Spillane decidiese interpretar a su personaje porque como confesó a Terry Southern que lo visitó durante el rodaje de esta película que él, y solo él, era Mike Hammer.

Southern, que se encontraba en las antípodas ideológicas de Spillane lo define sin embargo como un tipo simpático y bastante parecido a su criatura literaria, que el propio Spillane define como “un tipo auténticamente sincero. También una persona verdadera. No es un actor.”

Cuando Southern le pregunta si al menos tiene nociones de interpretación, responde, quiero pensar que como un escupitajo: “¿Pretender ser un árbol y todo eso? No, eso no me interesa. No tengo interés en la interpretación en sí. Además, realmente éste no es un trabajo de interpretación.”

Y da en la diana porque si ven Cazadores de mujeres comprobarán que si Spillane hace algo es no interpretar. Y si bien no mira a cámara, sí que se revuelca con la maravillosa chica dorada Shirley Eaton y no deja de apretar el gatillo de su pistola, fabuladoramente hablando. Y eso, precisamente eso, es Mike Hammer. Mike Spillane/Mike Hammer.

Es decir, un filme donde el espectador tiene la oportunidad de ver al escritor como Hammer en una de las películas más extrañas, masturbatorias y egóticas de la historia del cine.

O un interesante trabajo experimental en el que autor y personaje de funden en una sola persona. Lástima que este título no se reivindique por su carácter de rareza como se merece… 

Southern, que a lo largo de todo el artículo se nota que disfruta como un chimpancé entrevistando al gorila, pregunta al impulsivo Spillane.

“- ¿Qué opina de Cain, Hammet, Chandler?

-“Bueno, Chandler era bueno excepto que nunca sabía cómo acabar. Pero esos tíos están todos pasados. Mire, en este negocio se tiene que progresar, hay que mantenerse en cabeza, o de otro modo te quedas atrás, siendo imitado.”

Más adelante y a otra pregunta de Southern:

“-¿Cómo se siente con respecto a la crítica literaria de sus libros?

- El público es el único crítico. Y la única literatura es la que lee el público. La primera edición de mi último libro fue de más de dos millones de copias; ésa es la clase de opinión que me interesa.”

Ha pasado casi medio siglo del estreno de Cazadores de mujeres, película que no disfrutó demasiado del favor de ese mismo público que tanto reivindicaba Spillane. Probablemente porque la película en sí no es una película normal, sino un extraño experimento, insisto, que va más allá de lo cinematográfico y literario.

Tiene un punto cinéma vérité insólito. Insólito por ser una producción de estas características. Con un Spillane/Hammer que se apaga precisamente por su naturalidad al estar rodeado de actores profesionales, entre otros mi apreciado Lloyd Nolan.

Y ese punto cafre e inquietantemente egótico es lo que me mesmeriza de esta película.

Así que me pregunto ¿cómo habría sido una de Bond interpretada por Ian Fleming, tan elegante y exquisito como 007?

Hammer, además de tener la cara de Spillane en el cine también fue Ralph Meeker; Darren McGavin, Armand Assante en Yo, el jurado, donde quizá lo mejor sea Bárbara Carrera, y Stacey Keach en aquella serie de televisión que cuando se emitió volvió a poner de moda los libros del escritor en nuestro país.

Saludos, “cualquiera puede ser un Ganador, todo lo que hay que hacer es asegurarse de que no sé es un Perdedor”, desde este lado del ordenador.

Terry Southern, uno de los nuestros

Jueves, Julio 26th, 2012

LA FOTO: Mirad que pandilla: William S Burroughs, Terry Southern,  Jean Genet, Allen Ginsberg y unos amigos en Chicago, agosto de 1968.

En unos tiempos donde el periodismo ha terminado por domesticarse y asumir con indignante resignación su extrema agonía, nos quedan afortunadamente una serie de autores clásicos a los que recurrir para conformarnos una idea de lo que tiene que ser el que quizá sea el mejor de los peores oficios del mundo si tus ojos tropiezan por casualidad en el trabajo de, entre otros, Terry Southern.

Terry Southern fue uno de los más grandes periodistas contraculturales de su tiempo y un hábil e irónico articulista de costumbres cuya obra todavía resplandece en el cenagal de una profesión hoy más cautiva y desarmada que nunca.

Lo que hace grande a un hombre de inclinaciones inquietantes y tan contradictorias continúa siendo la capacidad de análisis de su momento a través de los protagonistas de sus artículos. También su notable capacidad fabuladora y su espíritu radical y de agitador de conciencias. Y todo ello sin salirse nunca del tiesto, manteniendo siempre una mirada cáustica y audaz sobre la realidad, parte de cuyos artículos se recogen en español en el ya mítico título A la rica marihuana y otros sabores, libro que inició la estupenda colección Contraseñas de Anagrama.

El caso es que releyendo sus crónicas y relatos, historias de verdad y de mentira, no he parado de sonreír mientras sus palabras no dejaban de darme golpes directos al pecho. Southern era consciente que la verdad, aunque sea amarga, hay que disfrazarla con el azúcar de la ironía, fórmula con la que hace posible que sus cuadros resulten mordaces y apocalípticamente satíricos aunque una primera lectura parezca indicar otra cosa.

Además de periodista, Southern también fue escritor. En su producción se encuentran tres títulos traducidos al español que por perversos, irreverentes y libertarios merecen de todo mi reconocimiento.

El primero de ellos es Candy (Grijalbo, 1978), una novela que en su día se vendió como la historia pornográfica más peligrosa de todos los tiempos, y que no es sino una reinterpretación canalla del Cándido de Voltaire. O una puesta al día de las aventuras de tan legendario personaje solo que en clave femenina.

En El cristiano mágico (Impedimenta, 2012) el escritor y periodista o periodista y escritor propone una aguda pero también retorcida reflexión sobre la codicia humana, lo que reactualiza poderosamente su relectura en estos tiempos siniestros que vivimos. En la novela, un excéntrico millonario que responde al nombre de Guy Grand se gasta su enorme fortuna en bromas con dudoso sentido de la ética. La novela cuenta con una delirante adaptación cinematográfica protagonizada por Peter Sellers, Ringo Starr –Southern es uno de los muchos rostros que aparece en la portada del mítico disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles– y Raquel Welch, entre otros. Y si bien no tiene ni pie ni cabeza, respira ese aire sesentero que caracterizaron comedias frustradas y excesivas como Casino Royal o ¿Qué tal, Pussycat? Cine golfo en toda regla que aún se puede paladear por su carácter loco.

Imaginación y demoledora crítica a raudales hacia el sistema hollywoodiense es lo que destila también Una peli porno, donde el escritor narra un delirante proyecto para poner en marcha el rodaje de una película pornográfica protagonizada por grandes estrellas. En esta novela, editada el año pasado por Valdemar, Southern desparrama toda su acritud a la industria del cine en una serie de capítulos en los que resulta prácticamente imposible borrar la sonrisa –cada vez más ancha– que se dibuja en tu boca al mismo tiempo que recuerdas aquel genial desastre, a medio camino entre el cine histórico y erótico, que fue Calígula, una cinta producida por Bob Guccione y dirigida por Tinto Brass, en la que Malcolm McDowell interpretaba al desquiciado emperador romano junto a astros de la pantalla como Peter O’Toole y John Gielgud, entre otros.

En definitiva, que Southern fue un gigantesco escritor de su momento, lo que explica a mi juicio que su obra se continúe leyendo con tanta actualidad porque todas las épocas son iguales y solo el amor las hace soportable.

Algo tiene este escritor y periodista. No sé si será su notable influencia be bop que intentó mimetizar en unos textos donde la ironía se convierte en clave de un estilo a través del cual su autor se aprovecha para sacar los colores al capitalismo y a la sociedad que ha engendrado.

Southern contribuyó también con su talento en los guiones de ¿Teléfono Rojo?, volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1962); Easy rider (Dennis Hooper, 1969); El rey del juego (Norman Jewison, 1965) y Barbarella (Roger Vadim, 1968), esta última cinta tan excesiva y frustrante como las anteriormente citadas Casino Royal y ¿Qué tal, Pussycat?, aunque hoy se han convertido en títulos con cierto aroma cool porque de alguna manera encarnan el hedonismo de aquella década que dicen fue prodigiosa.

En todo, caso, sirva este post para reivindicar a un hombre que intento ir a lo largo de toda su vida por libre. O la materialización de esos que se conoce como hipster (1). Una forma de ser y de entender el mundo que sospecho volverá a ponerse de moda en estos tiempos turbulentos y plagados de mentiras que vivimos.

(1) Palabra del slang americano, hoy en desuso, con varios significados: un hip es alguien que está en la honda, alguien que está en el rollo, que es adicto a una droga, alguien que sabe de qué va. También alguien frío, tranquilo, interesante y, en otro sentido, snob, enterado, superficial. (Según la traducción de Kosian Masolivier en la primera edición de A la rica marihuana y otros sabores de la colección Contraseñas de Editorial Anagrama, 1977).

Saludos, el mundo no ha dejado de estar loco, loco, loco, desde este lado del ordenador.

La librería Mistério cuelga el cartel de cerrado

Martes, Julio 24th, 2012

En principio, el misterio de una librería como Mistério fue su nombre.

¿Mistério? ¿Qué demonios significaba ese acento marcando la E?

El segundo misterio de una librería como Mistério fue su audaz mestizaje en pleno centro de La Laguna, Tenerife.

Convertir un espacio rodeado de libros con té de casi todas las partes del mundo.

El tercer, y no último misterio de una librería como Mistério fue su especialización.

Además de té, el visitante entraba en un cómodo habitáculo dedicado a la novela de misterio, a la novela policíaca…

Se convertía así Mistério en un centro de referencia para lectores y escritores que cultivan el género… Fue, a su manera, nuestra Negra y Criminal, nuestro Estudio en Escarlata… templos que desde Barcelona y Madrid defienden una literatura que, en boca de Paco Ignacio Taibo II, ha recuperado la bandera de la novela social.

La crisis, esa negra tormenta que nos está impidiendo ver la realidad de las cosas, ha mordido a Mistério. Y Mistério, me entero por un corto pero emotivo correo electrónico enviado por sus paladines: Maru y Miguel Ángel, anuncia que tira la toalla y coloca el cartel de cerrado en su entrada.

Ubicada en ese mágico callejón lagunero que conforma la atractiva galería de la plaza de La Concepción, Mistério además de té y libros organizó un club de lectura y regaló sesiones con escritores, presentaciones y charlas que animaban este rincón lagunero en sus formidables Noches de Mistério.

Por allí pasaron, entre otros, Mariano Gambín, Antonio Lozano y Carlos Álvarez, también Alexis Ravelo y otros tantos que contribuyeron con sus presencia a arropar un enclave que fue desde sus inicios un oasis para esta tierra tan poco dada a la cultura.

Echaremos de menos los misterios que nos proponía Mistério.

Sam Spade, Philip Marlowe, George Smiley, Frederic Troy, Matt Scudder, Parker, Jack Taylor, Sherlock Holmes, Hercules Poirot, la señorita Marple, William Monk y Thomas Pitt; nuestros Ricardo Blanco, Eladio Monroy, José García Gago, Pedregal y esa inquietante pelirroja que se llama Alex Stibrings que solo persigue el sueño de Goslar que no es otra cosa que el material con el que se fabircan los misterios, se han quedado huérfanos…

Y sé, como dejó escrito Raymond Chandler, que decir adiós es morir un poco.

Saludos, un fortísimo abrazo sin pizca de misterio a Maru y Miguel Ángel, desde este lado del ordenador.

El Gran Juego de la paranoia y la traición

Jueves, Julio 19th, 2012

INTRO

Lo confieso, señor juez, si en la novela negra la escuela que me engancha suele ser la estadounidense porque fueron ellos –los malditos gringos– quienes supieron explotar el lado oscuro de la hasta ese entonces acomodada novela de misterio, mis apetencias se decantan por el contrario en lo que conocemos como novela de espías o de espionaje por los escritores británicos.

Eso explica que reclame en este rápida lista que solo tiene la intención de recomendar algunas de las novelas que, a mi juicio, elevan este género sobre las fronteras sombrías del mismo género, que cite mayoritariamente a los escritores nacidos en la pérfida Albión por encima de sus primos norteamericanos y de otros países porque me parecen que los vástagos de su graciosa Majestad han tenido más coraje, clase y ambiciones literarias que el resto de sus competidores.

De hecho, defiendo señor juez que la novela de espías es un género exquisitamente británico porque fueron ellos los que además de preocuparse por construir tramas sólidas protagonizadas por personajes vulnerables y con serios conflictos de identidad y moral, supieron maniobrar y fabular con los elementos que componen ese mundo fantasma e irreal que se conoce como Inteligencia.

En esta lista, como en cualquier otra lista, señor juez, faltan mucho grandes autores. Entre otros, lo admito, algún título de mi apreciado Robert Harris, Trevanian y Alan Furst, pero es que, entiéndame, la producción literaria de este último no deja de parecerme una recuperación vintage y sospechosamente mimética de lo que en su tiempo escribió Eric Ambler.

Se omiten, también, y espero que por razones obvias, las novelas de Tom Clancy y Robert Ludlum porque, a título particular, ninguna de ellas ha terminado por llenarme. Será porque me parecen demasiado teledirigidas, gruesas y confusas.  

CON LAS MANOS EN LA MASA

KIM (Rudyard Kipling, 1901).- ¿Escribió algo malo Kipling? No. Es uno de esos escritores a los que el paso del tiempo apenas estremece. A medio camino entre la novela picaresca, retrato de costumbres y maravillosa novela de aventuras, Kim acuñó como el Gran Juego el arte del espionaje. Kim son muchas novelas en una sola novela, pero sobre todo es el relato de una iniciación en la que su autor, masón reconocido, casi parece que rinde un curioso y en ocasiones contradictorio homenaje a los que también se reconocen como Hijos de la Viuda.

EL AGENTE SECRETO (Joseph Conrad, 1907).- Se trata de una de las novelas más extrañas e inquietantes del autor de títulos como Nostromo o Lord Jim. Extraña e inquietante por el retrato que ofrece de cómo operaban los grupos anarquistas a finales del siglo XIX en una gran ciudad como Londres, Conrad ofrece un retrato desolador sobre su lucha, revelando que la mayoría de estas células libertarias estaban infiltradas por agentes de la policía que se hacían pasar por entusiastas revolucionarios. Es un libro que deja un mal sabor de boca, deliciosamente paranoico.

EL HOMBRE QUE FUE JUEVES (G. K. Chesterton, 1908).- Quizá se trate de la obra más conocida y popular –con permiso del padre Brown– de cuantas escribió ese gigante llamado Chesterton. El relato se centra en una célula anarquista en la que cada uno de sus miembros se reconoce como un día de la semana. El protagonista de la novela será Jueves, un agente de la policía infiltrado que al final descubrirá que… Lean la novela y sabrán a que me refiero. Cuando la leí, comencé a ver el Domingo de otra manera.

ASHENDEN O EL AGENTE SECRETO (Somerset Maugham, 1928).- Maugham fue un autor muy popular en su tiempo aunque hoy ha caído en desgracia porque la mayoría de sus historias no han sabido resistir muy bien el paso del tiempo. Con todo, es un escritor por el que siento aprecio, quizá porque llegó a mis manos siendo todavía un adolescente que creyó encontrar en algunas de sus obras claves para caminar por ese sendero que conocemos como vida. Al filo de la navaja y Ashenden o el agente secreto son, en este sentido, dos de sus libros que más me conmovieron. El segundo porque su protagonista es un dandi que describe sus aventuras –más sentimentales que de espionaje– en la convulsa Europa de la I Guerra Mundial.

LA MÁSCARA DE DIMITRIOS (Eric Ambler, 1939).- Casi todas las novelas que dedicó al género Eric Ambler son excelentes. De hecho, si hay un padre de la novela de espionaje moderna tal y como la conocemos se lo debemos a este escritor británico que comenzó su carrera como escritor publicando en una editorial de baratillo. Más cínico que irónico, si hay un título por el que se le reconoce y que sentó escuela es La máscara de Dimitrios, parte de cuya acción se desarrolla en la Turquía y los Balcanes de entre guerras. La novela viene a contar la obsesión de su protagonista, un escritor británico, que investiga el pasado de Dimitrios, un traficante de armas cuyo cadáver ha sido hallado en Estambul. Claro que no todo es lo que parece… Muy, pero que muy recomendable.   

DESDE RUSIA CON AMOR (Ian Fleming, 1957).- Me resulta muy difícil escoger cualquier novela de James Bond porque si bien casi todas se parecen, todas tienen su algo que las diferencia. Al final he optado por Desde Rusia con amor porque se trata, a mi juicio, de la que hasta ahora continúa siendo la adaptación al cine más fiel de su original espíritu literario. ¿Novela de espías? Diría más bien que la sublimación de la novela de espías. Con todo su roñoso discurso masculino aún tremendamente cool para estos tiempos gañanes que vivimos.

EL MENSAJERO DEL MIEDO (Richard Condon, 1959).- Quizá sea de esta lista la novela perfecta sobre la paranoia y la traición en el reivindicable género de la literatura de espionaje. Y razones no le faltan pese a que haya quedado envejecida porque el conflicto que la armó haya quedado desmontado –suponemos– por la tormenta de la historia. 

EL ESPÍA QUE SURGIÓ DEL FRÍO (John le Carré, 1963).- Probablemente sea el autor más famoso de esta lista. Y razones no faltan para que continúe disfrutando de esta popularidad aunque, personalmente, prefiera a Ambler y Greene. Le Carré es el creador del agente secreto George Smiley, personaje que es un secundario en la que considero es su mejor novela de espías, muy por encima de El topo. El espía que surgió del frío es un título desgarrador, donde su protagonista es una marioneta del Gran Juego que durante la segunda mitad del siglo XX mantuvieron las potencias occidentales con las que estaban al otro lado de ese Muro que Wiston Churchill denominó como Telón de acero.

ODESSA (Frederic Forsyth, 1972).- Frederic Forsyth fue un estupendo escritor de thrillers de espionaje antes de que se convirtiera en una marca de éxito y se automatizara en posteriores novelas. Tras su impecable debut con El día del Chacal, exploró en las venas abiertas –y mucho me temo que todavía no cerradas– de Alemania al contar la historia de un joven reportero que persigue a un oficial de las SS protegido por la organización que da título al libro y que vive, como un hombre libre, en esa misma Alemania que intenta hacer un supuesto examen de conciencia sobre su siniestro pasado.

HA LLEGADO EL ÁGUILA (Jack Higgins, 1975).- Pese a que la sombra de Follet y Forsyth ha cubierto su grandeza, Jack Higgings es un escritor que continúa siendo fiel al género de espías en sus novelas. Y Ha llegado el águila, título que contó con una magnífica adaptación cinematográfica dirigida por John Sturges, quizá su título más recordado y apreciado por los aficionados. La historia narra la imaginaria operación de matar a Winston Churchill en territorio británico, misión que se le asigna a un oficial de las fuerzas paracaidistas alemanas. También aparecen norteamericanos, que salen relativamente mal parados y un nacionalista irlandés que quizá sea de lo mejor de esta inquietante ficción.

EL FACTOR HUMANO (Graham Greene, 1978).- No, no he seleccionado ni el Americano impasible ni Nuestro hombre en La Habana porque, a mi juicio, la gran novela de espionaje de Greene es, precisamente, El factor humano. Con esta novela el que quizá sea uno de los más grandes escritores británicos de todos los tiempos humaniza el Gran Juego narrándonos el relato del por qué de una traición. Claro que… ¿Traición a quién? ¿A tu país?

LA ISLA DE LAS TORMENTAS (Ken Follet, 1978).-  Conocido hoy más por ser el autor de Los pilares de la tierra, mucha gente ignora que Ken Follet es un excelente escritor de novelas de espionajed con títulos como La clave está en Rebeca o La isla de las tormentas, en la que el autor juega con mano maestra con muy pocos personajes. Cuenta con una excelente adaptación cinematográfica: El ojo de la aguja (Richard Marquand, 1981).

SSGB (Len Deighton, 1978).- Len Deighton es uno de los grandes nombres de la novela de espías. De hecho, creo que es uno de los grandes maestros de la paranoia como herramienta para explotar el miedo ya que es uno de los temas recurrentes en su fabulosa pero también desigual producción literaria. Creador de Harry Palmer como alternativa “creíble” al Bond de Fleming, y una serie de novelas que hacen ciclos completos, la peculiaridad de SSGB es que el autor plantea una ucronía con tintes negros y mano maestra: ¿Qué hubiera pasado si Gran Bretaña al final resulta ocupada por los nazis? Del mismo autor recomiendo El juego de Berlín y la apasionante La ciudad de oro.

 A OSCURAS (John Lawton, 1995).- Ambientada en Londres en los años cuarenta, durante los feroces bombardeos de la Luftwaffe, A oscuras es la primera novela protagonizada por el policía Frederic Troy, hijo de padres rusos emigrados a la capital británica tras la Revolución que pide a gritos una urgente reivindicación. Nadie es inocente en las historias de Lawton, quien repasa a través de su personaje un buen pedazo de la historia reciente de Gran Bretaña hurgando en la llaga de sus emociones más ocultas. Creo que el maestro Juan Antonio de Blas lo hubiera considerado uno de los nuestros…

LA COMPAÑÍA (Robert Littell, 2002).- Ambiciosa, y entiendo que también muy discutible y reaccionaria historia novelada de la CIA. A pesar de ello, me parece un monumento al entretenimiento que supera las mil páginas en la que su autor, un americano convencido y probablemente agente de esa misma CIA, cuenta los errores y aciertos de La Compañía desde sus comienzos hasta el derrumbamiento del bloque comunista.

Saludos, este documento se autodestruirá en cinco segundos, desde este lado del ordenador.

Los premios de la XXV Semana Negra de Gijón

Lunes, Julio 16th, 2012

La XXV edición de la Semana Negra de Gijón finalizó el pasado domingo pues como finalizan todas las Semanas Negras de Gijón: éxito de público y esa extraña sensación de que no todo está perdido pese a la que nos está cayendo encima. Esta opinión la entresaco por experiencias pasadas y por lo que leo sobre todo en blogs que han cubierto con mimo y absoluta independencia un encuentro en el que gente como yo, atolondrada por los libros, sigue hoy desde la distancia.

El objeto de este post no es otro, sin embargo, que el de hacer público el nombre de los ganadores de los diversos premios que, anualmente, entrega la Semana Negra. Unos premios, cabe destacar, que no suponen beneficio económico alguno pero sí un significativo prestigio en las categorías donde participan los autores seleccionados.

Este año, el premio Hammett ha recaído en la escritora catalana Cristina Fallarás por su novela Las niñas perdidas. Fallarás es de las pocas mujeres escritoras de este país que se ha especializado en el género negro criminal, cuyas claves conoce a la perfección y con las que juega para contar historias durísimas y descarnadas y de paso sacarle los colores a la sociedad y el sistema en el que vivimos. Si como escritora es muy especial, como persona solo puedo decir que es estupenda. Tuve la oportunidad de entrevistarla en una de mis visitas a Gijón y puedo asegurar sin temor a equivocarme que fue de las experiencias más cómodas y agradables que he sentido en mi labor de someter a una persona al tercer grado.

El escritor argentino Enrique Ferrari ha resultado, por otro lado, el ganador del Memorial Silverio Cañadas a la mejor primera novela negra en español. Lleva por título Que de lejos parecen moscas.

En cuanto al Premio Celcius, que reconoce a la mejor novela de ciencia ficción en español, lo recibió Emilio Bueso por Diástole y el Rodolfo Walsh a la mejor obra de no ficción en español recayó ex aequo para La frontera del narco y Un maestro, de la mejicana Sanjuana Martínez y el argentino Guillermo Saccomanno, que es un tipo a quien también tuve la oportunidad de entrevistar y que parece estar de vuelta de todo. Curioso el Saccomano.

Por último, el premio Espartaco a la mejor novela histórica en español fue a parar a Ignacio Martínez de Pisón por su excelente El día de mañana. Aún no he entrevistado a Martínez de Pisón e ignoro si tendré algún día la oportunidad de hacerlo, solo puedo decir que se trata de uno de los escasos escritores españoles actuales a los que sigo con atenta devoción.

Los ganadores del XXV Concurso Internacional de Relatos Policíacos fueron Lola Sanabria por Lucía (primer premio); Claudio Cerdán por La ley del narco (segundo premio) y Carmen Rendón por Tensión superficial (tercer premio).

Saludos, Bang, Bang, Bang, desde este lado del ordenador.