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Entre indígenas y conquistadores

Viernes, Septiembre 28th, 2012

La publicación este mes de la última novela del escritor y guionista Carlos Álvarez, La señora: Beatriz de Bobadilla, señora de Gomera y Fierro, inspirada en la vida de una mujer que ha pasado a la historia de este archipiélago como “rara, que teniendo todas las gracias y flaquezas de su sexo, tuvo la crueldad y constancia de un hombre sañudo” (Viera y Clavijo) y la presentación el 21 de noviembre de El corsario de Lanzarote, de Francisco Estupiñán, por la que obtuvo el XXVII Premio Benito Pérez Armas, anima la redacción de este artículo que solo pretende dar cuenta de algunos títulos recientes cuya acción se desarrolla en aquellos tiempos en los que tardó en asentarse la colonización europea en el archipiélago canario. Este marco histórico reúne suficientes atractivos para ser un territorio abonado de relatos y novelas aunque, desgraciadamente, aún son escasos los títulos que han intentado recrear literariamente cómo fue aquel momento tan trascendental para la Historia de Canarias.

Ignoro las razones que ha generado este desinterés, aunque sospecho que probablemente una de ellas sea el trabajo de investigación que implica una novela de estas características y el miedo, contagioso, de intentar recrear literariamente el nacimiento de un territorio en el que aún corría la sangre indígena mezclada ahora con la de una cultura exterior que, en el caso de la castellana, se había forjado reconquistando a golpe de espada y fuego lo que hoy conforma la península Ibérica.

Ese momento, que ha llegado hasta nosotros confundido por la leyenda, está plagado de personajes fascinantes. Hombres de su tiempo que, como Alonso Fernández de Lugo, son encarnaciones “del villano perfecto” en palabras del escritor y también historiador Mariano Gambín; o la mismísima Beatriz de Bobadilla, una mujer que muchísimo tiempo antes de que inspirara a Carlos Álvarez ya había sido objeto de carne literaria en Doña Beatriz de Bobadilla: drama histórico en cuatro actos (1840) de Manuel de Ossuna y Saviñón, y objeto de una biografía de Alejandro Cioranescu en Doña Beatriz de Bobadilla. Una amiga de Cristóbal Colón.

Con estos antecedentes y con estos protagonistas, continuo pensando que trabajada con perspectiva histórica y huyendo del maniqueísmo en el que, desgraciadamente, aún se caracterizan muchas de las ficciones que han intentado novelizar aquel capítulo que unió a Canarias con una España que en aquel entonces aprendía a dar sus primeros pasos como unidad, es un rico filón narrativo a través del cual poder entender la realidad de las islas y un momento trascendental para comprender el sentido de frontera que anida entre los que residen en estos territorios desvertebrados.

Al margen de la literatura que se escribió sobre la conquista de Canarias en el siglo XIX, y que contribuyó en gran parte a alimentar el sentimiento de buen salvaje por los primeros pobladores del archipiélago y entre cuyos títulos cabría destacar Los guanches o la destrucción de las monarquía de Tenerife (1834), del ya citado Manuel de Ossuna y Saviñón; El último de los canarios (1858), de Agustín Millares Torres y La baja del secreto (1900), de Benito Pérez Armas basada en la rebelión de Los Gomeros de 1488, resulta curioso como en las novelas recientes que hemos recopilado sobre aquellos hechos planee todavía en la mayoría de ellas una visión idealizada del indígena. Es decir, que caen en una visión del buen salvaje encarnado en el guanche –por generalizar aunque no sea correcto a los primeros pobladores de las islas Canarias– que debilita sensiblemente sus ficciones por resultar más que literarias, panfletos en los que se describe el desmoronamiento de una cultura que, presuntamente, habría logrado una perfecta comunión con la naturaleza.

Se tratan pues de títulos, en estos casos, que resultan más una reinterpretación propagandística y en algunos casos incluso folletinesca. Historias que pretenden explotar el mito del buen salvaje que a aproximaciones objetivas, lo que hace, es mi parecer, que resulten a la postre productos literarios fallidos porque no quisieron, o no supieron sus autores, aprovechar la riqueza de aquel período.

Los guanches.- Títulos como El guanche en Venecia (Artemisa Ediciones) de Juan Manuel García Ramos y en mucha mayor medida Taucho, la memoria de los antiguos (colección Atenai, CSB Ediciones) de Fernando Hernández González, son así relatos demasiado ingenuos sobre los guanches, aunque García Ramos sabe imprimir a su novela de cierto carácter aventurero, lo que se agradece  aunque no termine por convencer por su idealizada reivindicación de lo guanche.

Por el contrario, sí que carece de ese sentido de la aventura Taucho, la memoria de los antiguos, obra en la que su autor está más preocupado por reflejar con cierto realismo –sobre todo recurriendo a discutidas fuentes orales–  la cultura guanche que al propio relato en sí .

Escrita como una novela de aventuras en su sentido más festivo se encuentra Canaria, de Jesús Piñeiro (De Librum Tremens), relato que narra la historia de dos gaditanos que a mediados del siglo XV recalan en la isla de Gran Canaria donde las circunstancias hacen que militen en bandos contrarios. Es decir, que uno terminará combatiendo al lado de los canarios y el otro de los castellanos.

Novelizar la Historia es lo que se propuso el historiador Agustín Guimerá Ravina en su Tenerife, la nueva frontera (colección Tid, Idea), donde da voz, entre otros protagonistas al mencey Bencomo y Alonso Fernández de Lugo, aunque no es un título a recomendar para quienes busquen un retrato psicológico de personajes.

Lo guanche sirve también a Jesús Caudevilla para componer Las Cañadas de Achinet (Equipo Sirius), donde dos parejas de turistas peninsulares de visita en Tenerife viajan al pasado… Esta excusa, permite al escritor describir cómo vivían los primeros pobladores del archipiélago, moradores que aparecen también en Guanche, de Enrique Nacher, título por el que obtuvo el premio Benito Pérez Galdós de Novela y que con un poco de suerte puede encontrarse en la reedición que el Centro de la Cultura Popular Canaria (CCPC) hizo en 1999 de este título.

En esta incursión literaria nos encontramos también con las tres novelas juveniles que el escritor grancanario Carlos Guillermo Domínguez publicó con los títulos de Bencomo, Atacayte: corazón valiente y Sosala. El hijo del volcán, y ya en otros territorios no estrictamente a los que quiere circunscribirse este artículo, La sima del diablo (Alfaguara juvenil) de Heinz Delan, y La cueva de las mil momias (Herques editorial), de David Galloway. La primera porque su autor propone una curiosa aventura fantástica que entronca con la leyenda de los tibicenas y la segunda porque, también en clave de fantasía aventurera, se cuentan las andanzas de un descendiente de guanches en pleno siglo XVIII.

Destacamos, igualmente, el relato que el escritor vasco José Luis Urrutia ambienta en Tenerife a finales de mayo de 1494 en La amistad de los vencidos, cuento que se incluye en la antología  2.050 kilómetros. Antología de relatos vasco-canaria (editorial Baile del sol), coordinada por Agustín Díaz Pacheco; y en los territorios de la novela de evasión y aunque no tenga nada que ver con la conquista de Canarias pero sí con la de América, los siete volúmenes (1) que Alberto Vázquez Figueroa dedicó a su Cienfuegos, o las andanzas bélicas, amorosas y un poco golfas que emprende un gomero por el Nuevo Mundo y que siempre he querido ver como la respuesta del escritor tinerfeño al canario que dibuja en la fascinante La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Ramón J. Sender. Un tipo, ese canario, que el autor de Imán describe como taimado y cizañero.

Cosas de la tarumba equinoccial, supongo.

Alberto Vázquez Figueroa es también Garoé (Ediciones Martínez Roca), ambientada en la isla de El Hierro y obra en la que el autor combina ingredientes de la novela de aventuras con la de romance para componer un atractivo fresco sobre las relaciones entre castellanos y bimbaches en la más occidental de las islas Canarias y título por el que obtuvo en 2010 el Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio, patrocinado por la Obra Social de Caja Castilla La Mancha.

Con un espíritu más próximo a Zane Grey, dos escritores alemanes explotaron el mito del buen salvaje en sendas novelas que deben ser leídas como relatos de aventuras meridianamente atractivas como son Tanausú, rey de los guanches y El rey de Taoro de Harald Braem y Horst Uden, respectivamente, y que pueden encontrarse en la editorial Zech.

Otras incursiones literarias son Achineche (ediciones Aguere/Idea) en la que su autor, Andrés Martín Peinado, narra las aventuras de Alejandro, un joven capitán español que tras caer herido en la batalla de Acentejo es trasladado como prisionero por los guanches a Taoro y salvado por una indígena llamada Cataysa; Bentorán (colección Tid, ediciones Idea) de Félix Díaz, en la que un guanche tiene que adaptarse a su nueva vida tras la derrota de la batalla de La Laguna, mientras intenta no renunciar a sus creencias religiosas para emprender, finalmente, viaje a las Indias Occidentales; Iballa (Globo editorial), de Manuel Mora Morales, en la que se recrea la revuelta de los gomeros a finales del siglo XV en contra de Fernán Peraza el joven por su presunta relación con la joven que da título a la novela, y que obligó a Beatriz de Bobadilla a refugiarse en la Torre del Conde, y material histórico que también se desarrolla en Iballa (Edirca, 1992) de Juan del Río Ayala, autor también del romance Tirma, material que sirvió para la película del mismo título.

Destaca también El Garoé. La leyenda del árbol el agua (Centro de la Cultura Popular Canaria), de Emilio González Déniz, y cuya acción se desarrolla en la isla de Pluvalia donde vive pacíficamente el pueblo bimbache, y del mismo González Déniz, Ico, la princesa blanca (Centro de la Cultura Popular Canaria) que está inspirada en una leyenda de los aborígenes de Lanzarote).

Por su valor histórico y literario reseñamos por último Ritos y leyendas guanches (Miraguano Ediciones), de Sabas Martín, un título que ha terminado por convertirse de culto.

Los conquistadores.- Carlos Álvarez cuenta además de La señora con una novela que, a mi juicio, es de las más sobresalientes de cuantas se hayan escrito sobre aquel período. Período, insisto, que entiendo como una especie de amanecer de lo que sería Canarias.

La pluma del arcángel se desarrolla en la isla de Gran Canaria durante el siglo XVI, territorio en el que desembarca el inquisidor Fermín Ximénez con la idea de poner orden y reinstaurar la fe verdadera que es la que le ha dado sus poderes.

La pluma del arcángel, por la que su Álvarez obtuvo el premio Benito Pérez Armas, es un relato que quiere ser picaresco y que aún se deja leer porque está poblado de personajes a cada cual más extravagante.

Es además la única novela de todas las citadas con anterioridad que se centra en esos nuevos canarios que, como los marcianos de Ray Bradbury, son los que, viniendo de otro lugar, decidieron establecerse en una geografía que, cosas de la vida, aún continúa sin querer reconocerlos como sus antepasados.

Para cerrar este recorrido, destacamos la última novela ganadora del premio Benito Pérez Armas, El corsario de Lanzarote, cuya acción se desarrolla en el siglo XVI. Escrita por Francisco Estupiñán, en la novela los personajes reales y ficticios se cruzan. Así, en su relato desfilan, entre otros, el primer marqués de Lanzarote, Agustín de Herrera y Rojas, o el pirata Morato Arráez.

El corsario de Lanzarote se presenta el 21 de noviembre en el salón de actos de CajaCanarias.

(1)  Las cinco novelas de la serie Cienfuegos son Cienfuegos; Caribes; Azabache; Montenegro; Brazo fuerte; Xaraguá y Tierra de bisontes.

(Artículo publicado en el número 116 de El Perseguidor, Diario de Avisos).

Saludos, ya llegan las primeras nubes, desde este lado del ordenador.

La legión de los condenados: Sven Hassel

Miércoles, Septiembre 26th, 2012

El nombre de Sven Hassel poco o nada dirá a los que hoy consumen literatura de puro y duro entretenimiento pero créanme si les digo que en los años setenta y ochenta del pasado siglo XX se convirtió en un autor de cabecera para muchos jóvenes que no querían aprender a ser mayores.

Ya le dedicamos al viejo Sven un post en este mismo blog, por lo que aviso que si regresa es porque el escritor de origen danés que combatió –aseguraba– como soldado en un batallón de castigo del ejército alemán durante la II Guerra Mundial es porque tal día como hoy ha muerto a los 95 años de edad en su domicilio de Barcelona, ciudad con la que bautizó a uno de los legendarios personajes que protagonizaron sus emocionantes novelas bélicas.

No he vuelto a leer a Hassel, pero sí que fue un autor al que continuamente recurría cuando era un adolescente. Sus novelas me parecían entretenidísimas y nunca me cuestioné que lo que narraba fuera falso. Además, se trataban de historias que, supuestamente, contaba un sobreviviente del bando perdedor. Es decir, relatos donde se humanizaba a los alemanes. En este aspecto, digamos que las novelas de Hassel contribuyeron a que muchos lectores se diesen cuenta que no todos los alemanes fueron nazis. Es más, en algunos de sus libros los nazis –y dentro del grupo de camaradas había uno, al que apodaban Heide– resultaban bastante odiosos.

Sven Hassel debutó como escritor en la república de las letras con La legión de los condenados, quizá su novela más creíble aunque le falte el rabioso pacifismo que caracteriza uno de los mejores libros escritos en alemán sobre aquella contienda como es Carne paciente, de Willi Heinrich, más tarde reeditada con el título de La Cruz de Hierro, o las divertidas pero también algo oscuras aventuras que contempla el ciclo del soldado, más tarde cabo, sargento y teniente Asch de Hans Hellmut Kirst.

Con todo, La legión de los condenados junto a Camaradas al frente me parece de lo mejor de la producción literaria de Hassel, quien continuó explotando el filón del frente ruso en otras historias que solo son recomendables a sus fanáticos seguidores –que los tuvo y que aún los tiene– porque resultan enojosamente repetitivas, casi fotocopias de los dos títulos anteriores.

Cansado quizá de ese escenario, el escritor llevó a sus personajes también al teatro de operaciones de Monte Cassino, Grecia y Francia, aunque la mayoría de sus obras se desarrollan en los campos de batalla que horadaron la tierra de la madre Rusia. Un  frente amplísimo que se convirtió, afortunadamente, en la peor de las pesadillas de un ejército como era el alemán que se creía invencible.

La red está plagada de páginas dedicadas a Hassel, incluso hay una escrita por un escritor ultraderechista danés que pone en duda las experiencias bélicas del escritor. Una polémica más que rodea la producción literaria de un autor que si tuvo algo que los distinguió de otros soldados que intentaron volcar sus experiencias bélicas al finalizar la II Guerra Mundial es que tuvo la capacidad de atraer a lectores adolescentes que, como quienes les escribe, lo consideraron como uno de sus escritores de cabecera.

El secreto radica en que en todas sus novelas, llegó a escribir catorce, estaban protagonizadas por los mismos personajes, un grupo de canallas individualistas que respondían al nombre de Porta, El Viejo, Legionario, Hermanito…Soldados, en definitiva, que combatían por el compañero que tenían al lado y no por un país gobernado por la cruz gamada.

Como sucede con la mayoría de los escritores que te marcaron en un momento de tu vida, intenté no hace mucho volver a leer a Hassel con resultados desastrosos. De repente, descubrí que lo que me contaba en novelas como Gestapo, Los panzers de la muerte, Comando «Reichsführer» Himmler o Los vi morir no capturaban mi atención como antaño. De hecho, y aunque resulte un poco fuerte, me parecían todas ellas terriblemente aburridas y escasamente realistas.

Dejé esos libros a un lado, aunque confieso que continúan ocupando un puesto de honor en mi caótica biblioteca quizá porque es la única manera que tengo para rendirle el homenaje que significaron para mi cuando las devoré (es el verbo adecuado) siendo un adolescente. Un adolescente que se había iniciado en el universo de los libros a través del club de Los Cinco y los misterios presentados por Alfred Hitchcock para Los tres investigadores…

Más tarde, afortunadamente, llegó La isla del tesoro, pero esa es otra historia.

Saludos, firme y con la mirada al frente, desde este lado del ordenador.

En el día de hoy…

Sábado, Septiembre 15th, 2012

Recurramos a la Wikipedia para definir ucronía.

Ucronía es un género literario “que también podría denominarse novela histórica alternativa y que se caracteriza porque la trama transcurre en un mundo desarrollado a partir de un punto en el pasado en el que algún acontecimiento sucedió de forma diferente a como ocurrió en realidad.”

Mmmm….¿Reúne atractivos un relato cuyos elementos históricos son suposiciones de lo que pudo haber sido si…?

Sí, si la novela está bien escrita y entretiene…

Me asaltan varios títulos a la cabeza: El hombre en el castillo, El cuerno del caza, GB/SS y Patria, entre otras, de Philip K. Dick, Sarban, Len Deighton y Robert Harris, respectivamente. Una curiosidad que añado a este cuarteto: Si Alemania hubiera vencido, de Randolph Robban, curioso volumen de finales de los años cuarenta del pasado siglo XX en el que su autor, bajo pseudónimo, reescribe la historia. Una Historia en que las potencias del Eje han ganado la II Guerra Mundial y en la que propone, a modo de conclusión, el estallido de una nueva Guerra Fría entre la Alemania nazi y el Imperio del Sol Naciente, Japón.

La ucronía como género literario cuenta también en España con algunos títulos que plantean qué pudo haber pasado si el bando republicano hubiese ganado la Guerra Civil. He leído al menos tres novelas en las que se juega con esta posibilidad, aunque hay otros títulos, reparo en ellos navegando por la red, que también han explotado los recursos imaginativos que sugiere tal suposición.

El más conocido de ellos, y quizá el mejor aunque sin tirar a los cielos demasiados voladores, es En el día de hoy, de Jesús Torbado, premio planeta 1976. La novela comienza en 1939, el bando republicano se alza con la victoria tras aplastar definitivamente a los rebeldes en la batalla del Ebro. Francia, mientras tanto, ha abierto sus fronteras para dejar pasar suministros y abastecimientos a la República. El gobierno de izquierdas expulsa a los rebeldes del país y estos huyen al Portugal de Salazar o a la Cuba de Batista, isla donde busca refugio un tal general Franco. Los personajes reales se mezclan con los ficticios. Hemingway escribe que Madrid es una fiesta mientras sube la tensión entre anarquistas y comunistas por hacerse con las riendas del poder… Faltan pocos meses para que la Alemania de Hitler invada Polonia y empiece la II Guerra Mundial…

Escrito por un escritor de derechas, Fernando Díaz-Plaja reflexiona sobre este mismo asunto en el Desfile de la victoria: Abril de 1939. La Guerra Civil española ha terminado con el triunfo del Ejército republicano. Una ayuda masiva de material y hombres procedente de la Unión Soviética y de Francia ha decidido el resultado de la definitiva batalla del Ebro. Franco ha perdido. Los dados de la Historia han rodado de muy diferente manera a como lo hicieron en realidad. La posguerra y con ella la historia de España han tomado otra dirección.

La ucronía sirve a Díaz-Plaja para narrar el conflicto generacional entre un padre afín a los vencedores, y un hijo que está con los vencidos, lo que hace que mire a su progenitor como un viejo con roñosa y desenfocada visión de la realidad.

La novela de Díaz-Plaja ha quedado anticuada con el paso de los años, pero no por ello deja de resultar una inquietante curiosidad que plantea un ¿fin? –así lo escribe su autor– a lo que no deja de ser una ruptura entre lo viejo y lo nuevo.

La Historia, viene a contarnos Díaz-Plaja, la escriben siempre los vencedores.

Tercer título: Los rojos ganaron la guerra, de Fernando Vizcaíno Casas.

El escritor que se hizo éxito de ventas en la España de la Transición explotando en todas sus novelas los más bajos instintos de la derecha más casposa plantea con rancia ironía que también tras la batalla del Ebro se firmó el destino de la Guerra Civil con la victoria del Ejército republicano (los rojos).

La acción comienza así en abril de 1939 con el desfile victorioso de las fuerzas militares populares por el paseo de la Castellana (ahora avenida de Rusia) en Madrid, ciudad en la que efectivamente se hizo verdad el no pasarán.  España, en la novela de Vizcaíno Casas ya no es España sino la Unión de Repúblicas Socialistas del Estado Español, y su gobierno está presidido por Dolores Ibarruri. Un canario, el doctor Juan Negrín, y un fumador empedernido y salvaje comunista, Santiago Carrillo, asumen también responsabilidades de gobierno…

No, no es Los rojos ganaron la guerra la mejor novela de su excéntrico escritor. Un hombre al que tuve la suerte de entrevistar y que no dejaba de mirarme de reojo. Al final hicimos las paces recordando al maestro Edgar Neville y hablando sobre la novela de humor en España, un género que, como todo el mundo sabe, es fundamentalmente de derechas.

A modo de curiosidad y para los que estén interesados en explorar ¿y si…? Recomiendo la lectura de las Memorias inéditas de José Antonio Primo de Rivera, de Carlos Rojas. Rojas escribe las memorias alternativas del fundador de Falange Española, quien cautivo y desarmado hace repaso a su vida en una cárcel de Moscú ya que antes de ser fusilado en Alicante fue sustituido secretamente por otra persona. En la novela, José Antonio sostiene largas conversaciones con José Stalin… Lo que no deja de resultar una inquietante curiosidad. Por esta novela, su autor obtuvo el premio Ateneo de Sevilla en 1977.

Es decir, en plena y virulenta Transición española.

Apenas tres años antes había muerto en noviembre Francisco Franco.

Muchos pensaron entonces que en España volvería a amanecer.

Muchos pensamos hoy que la Historia no les dio la razón.

(*) La imagen corresponde a Muerte de un miliciano, de Robert Capa.

Saludos, ¿y si…?, desde este lado del ordenador.

Flechazos (Bernal Díaz del Castillo)

Miércoles, Septiembre 5th, 2012

Ya he intentado explicar que hay libros que me llaman en silencio y que cuando reparo en ellos su voz retumba dentro de mi cabeza con el mismo efecto devastador de una bomba nuclear.

Soy, así, de los que creen que existen libros que parecen que te estuvieran esperando, callados, humildes, como si formaran parte de tu vida sin que lo supieras hasta que, por una casualidad que no existe, reparas en ellos y los coges y hueles y lees hasta embriagarme en una suerte de gozosa fortuna que tiene algo de carnal y quiero pensar sexual…

Y entonces comprendo que el tiempo que he ido dilatando el encuentro mereció la pena porque el libro estaba ahí, esperando el momento en el que todos los elementos se confabularan para hacerme no sé si más feliz pero sí al menos para contribuir a que no renuncie a esa palabra que es esperanza mientras me sumerjo en sus páginas porque, lo que antaño intuí podía resultar un fastidio, ahora se ha transformado en un sendero repleto de luces que iluminan las oscuridades que llevo por dentro.

Me pasó con Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline, un autor que se puso de moda en unos tiempos universitarios que se difuminan en mi memoria y que la mayoría de los que hablaban –no recomendaban– su lectura sospecho ahora que no lo habían leído aunque se empeñaran en demostrar lo contrario.

Intenté por aquel entonces, lo juro, meterme en aquel texto que me parecía confuso y mal escrito. Para colmo de males, con el prejuicio de que su autor, Céline, fuera un señorito francés que no dudó en colaborar con los nazis y en pronunciar frases desafortunadas en contra de los judíos que iban desfilando día y noche hacía los campos de exterminio.

Pasado el tiempo, y relativamente malherido, encontré un ejemplar de aquel Viaje al fin de la noche y lo que antaño me resultó inconexo pasó a ser por obra y gracia de los dioses algo tan transparente como el agua.

El ejemplar que aún duerme en mi biblioteca está subrayado a lápiz, a veces incluso con una breve anotación en la que se puede observar unos signos de exclamación.

Algo parecido me sucedió durante un viaje por esa misma Grecia que hoy todos los ciudadanos de la Unión Europea pronuncian con boca pequeña.

Me llevé en aquel itinerario turístico La Iliada y La Odisea y Zeus, aunque prefiero pensar que fue Atenea, me contaminaron el alma  para descubrir alborozado que, efectivamente, los dioses cuando quieren caminan entre nosotros y que la novela de aventuras no sería verdad si no se hubiera escrito el fantástico viaje de vuelta a casa que emprende el astuto de Ulises.

El descubrimiento de otros libros, más que autores, se lo debo así a la casualidad y en ocasiones, raras, la verdad, a libreros inspirados y a amigos que, como Ezequiel Pérez Plasencia, me hizo fijarme en un autor, Joseph Roth, con el que desde entonces no dejo de reencontrarme, o Fiódor Dostoievski, un escritor al que me acerqué con el natural recelo de enfrentarme a sus voluminosas novelas…

El paso de la vida me ha mostrado así que mi corazón continuará latiendo mientras mi apetencia por la lectura –compulsiva y excéntrica, lo admito– no me abandone cuando la enfermedad decida tomar la carcasa que es mi cuerpo y aplatane todavía más ese pedazo que unos llaman alma y que en mi caso debe de encontrarse en alguna parte que hasta el momento desconozco.

Toda esta introducción viene a colación porque esa misma sensación que pretendo describir sin fortuna es la que siento ahora mismo con un ejemplar publicado en la colección Austral hace más de veinte años y que encontré –no fue fruto de la casualidad sino del flechazo– en una de mis habituales correrías por el Rastro de la capital tinerfeña.

Se trata de Historia verdadera de la conquista de Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, o la crónica de un testigo directo de uno de los episodios más gigantescos que han emprendido mis antepasados a los que reconozco y no renuncio, sobre el sometimiento de lo que hoy se conoce como Méjico.

El ejemplar que poseo es un volumen en el que se nota las huellas del tiempo, impreso con letra muy pequeña y que supera las quinientas páginas.

Está escrito en un embriagador castellano antiguo que traduzco en mi sesera con una actualidad placentera que me obliga a avanzar y avanzar en el relato porque estoy ante una obra de insólita y de desarmante objetividad en la que su autor –tenía ochenta años cuando redactó sus recuerdos como soldado y aventurero– describe con estilo seco, castrense, unos acontecimientos que hizo temblar a la misma Historia.

Y quizá sea debido a ese estilo seco y contundente con el que Bernal Díaz del Castillo quiere rendir homenaje a los hombres que acompañaron a Cortés en aquella campaña, anotando las escaramuzas, batallas, enfermedades y derrotas que salpicaron lo que no deja de ser una gigantesca aventura, la clave de un libro en el que no hay ánimo de reivindicar héroes sino mostrar el esfuerzo titánico de un grupo en el que no hubo un solo protagonista.

Casi parece, en este sentido, como si Bernal del Castillo quisiera dejar constancia que lo que se hizo no fue obra de un solo hombre, Hernán Cortés, sino de los hombres que acompañaron a Cortés.

Por eso se me antoja Historia verdadera de la conquista de la Nueva España una lección de periodismo tal y como lo tenía entendido en mi cabeza antes de que la cruda realidad me enseñara que es otra cosa…

Y hago cábalas mientras me pregunto ¿cómo demonios nadie, nadie, acometió la ambiciosa tarea de transformar lo que dictan estas páginas en un guión que tuviera la misión de traducir en imágenes lo que fueron capaces de hacer mis antepasados en territorio inhóspito, despiojándolo, tal y como lo despioja Bernal del Castillo, de leyenda?

Historia verdadera de la conquista de la Nueva España es un libro, en definitiva, con el que recupero mi compromiso de honor con los volúmenes que me hacen pensar qué grande es la literatura.

También mi atolondrado asombro de que un lector en 2012 aprenda a comportarse como persona a través de las experiencias que vivieron sus semejantes pero en el siglo XVI.

Una experiencia narrada con humildad, que no hace queja de los sufrimientos y tragedias que padecieron mientras conquistaban lo que era un Nuevo Mundo.

Un relato, en definitiva, de hombres que solo sabían caminar dando pasos hacia adelante.

Bernal Díaz del Castillo falleció en la indigencia.

Dejó solo a sus hijos este fascinante relato a modo de herencia. Iconsciente él, y eso lo hace más grande todavía si cabe, del formidable legado que nos dejaba a quienes hoy nos consideramos sus legítimos descendientes.

Leo en voz alta sus páginas mientras recorro los largos pasillos de mi mansión. Y cuando cierro la boca solo puedo agradecer haberme topado con este ejemplar usado una mañana soleada de domingo en el Rastro de la capital tinerfeña.

Hago el signo.

Bajo la cabeza con humildad y susurro la palabra sagrada:

Gracias.

Saludos, ni un paso atrás, desde este lado del ordenador.

Philip Marlowe, orgullo y prejuicio zombi

Domingo, Agosto 26th, 2012

El anuncio de que el escritor John Banville está trabajando en una nueva novela con Phillip Marlowe como protagonista ha alterado el pequeño mundillo de los aficionados al triste y solitario detective privado creado por Raymond Chandler.

Unos acusan a Banville, que firma sus historias negras como Benjamin Black, de sacrílego.

Otros, entre los que me encuentro, recibimos la noticia con un ligero encogimiento de hombros.

Un ¿y qué, qué pasa?, conscientes, como es consciente el señor Banville que su novela sobre Marlowe no será una de Chandler.

Imposible superar al maestro.

Basta con leer las dos novelas que el sólido escritor Robert B. Parker dedicó en su día al private eye que interpretó en pantalla grande Humphrey Bogart o Robert Mitchum, entre otros, aunque Raymond Chandler confesara en más de una ocasión que su Philip Marlowe perfecto para el cine fuera Cary Grant.

Se sabe de la nueva novela del detective privado aficionado a los gimlets que se desarrollará en los años cuarenta en la ciudad ficticia de Bay City, en California.

El título no será publicado hasta 2013, así que habrá que esperar al próximo año para ver como se ha desenvuelto Banville/Black con uno de los iconos de la literatura policíaca.

Para serles sinceros, no me muerdo las uñas.

Por norma general, el resultado final nunca sabe al original. Por mucho que el escritor intente imitar el inimitable estilo de un escritor, en este caso gigantesco como fue Raymond Chandler.

Confeso seguidor del universo Bond, he sentido esa misma frustración leyendo las historias que otros escritores, con el beneplácito de quienes tienen los derechos del personaje creado por Ian Fleming, han hecho con las novelas del agente secreto.

Pierden la sustancia original.

En el caso de las historias de 007, sobre todo su exquisito hedonismo, hoy tan deliciosamente incorrecto.

Lo mismo me ocurre con los numerosos títulos que han continuado –unos con fortuna– las aventuras de Sherlock Holmes, de sir Arthur Conan Doyle.  No me irritan las que en su día escribió el también cineasta Nicholas Meyer, aunque le falta ese algo que solo Doyle supo imprimir a su criatura literaria.

Criatura, cabe destacar, a la que intentó eliminar harto de que sus lectores solo le demandaran historias del personaje que lo consagró e hizo mundialmente famoso.

Lo que no entiendo es el revuelo, insisto, que se ha suscitado en algunos foros de Internet la nueva novela sobre Marlowe.

Sobre todo el grito de alarma que han suscitado aficionados que profesan, o casi profesan, un encendido y devoto amor con olor a sacristía a ese mismo Philip Marlowe.

Imagino que a Chandler –por otra parte un buen amigo de Fleming– está situación le haría partir de la risa.

“Si tanto me quieren”, pensaría, “que vuelvan a leer mis novelas y dejen la de Banville/Back en paz.”

“Y recordad”, escupiría con la voz rota por el alcohol, “que ahora mismo duermo el sueño eterno. Las cosas de los vivos no quiero ni verlas.”

(*) La imagen que acompaña este post corresponde al cartel de la versión cinematográfica de Adíós, muñeca (Dick Richards, 1975).

 Saludos, dije y digo, desde este lado del ordenador.

Piden que el Día de las Letras Canarias 2013 esté dedicado ‘otra vez’ a José Viera y Clavijo

Jueves, Agosto 16th, 2012

Un grupo de técnicos y expertos ha trasladado al Gobierno de Canarias la propuesta de que el Día de las Letras Canarias 2013, que se celebra el 21 de febrero, esté dedicado a José Viera y Clavijo, ya que el próximo año se conmemora el Bicentenario de su muerte, ocasión que hace necesario, a su juicio, “concentrar en él todos los esfuerzos, tanto personales como económicos, ya que se trata de una figura que es un referente cultural de primera fila para todos los canarios”, destaca el profesor de Filología Románica de la Universidad de La Laguna y presidente del Instituto de Estudios Canarios y director de la Cátedra Cultural Viera y Clavijo de la Universidad de La Laguna, Rafael Padrón.

El grupo es consciente que ya en el 2006 se le dedicó el primer Día de las Letras Canarias, pero sostienen que volver a reivindicar su vida y obra doscientos años después de su fallecimiento es la mejor manera de resaltar el papel intelectual que supuso para el archipiélago la actividad intelectual del polígrafo ilustrado, por lo que instan a que se deje para posteriores celebraciones “las conmemoraciones oportunas que otras figuras de nuestras Islas merecen por su propio mérito.”

Esta decisión se tomó en una reunión que tuvo lugar el pasado 31 de julio en la sede de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, en la que además se plantearon los puntos a seguir en las actividades para desarrollar el Bicentenario de la muerte de Viera y Clavijo.

En la reunión, que estuvo coordinada por el profesor Rafael Padrón, estuvieron representadas diversas instituciones culturales de ambas provincias a través de la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, Isabel García Bolta; el director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Gran Canaria, Tomás Van de Walle; Nicolás Monche, deán de la catedral de Canarias; José Lavandera, director del Archivo Histórico Diocesano de la Diócesis de Canarias; Victoria Galván por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria; la técnico comisionada por el Ayuntamiento de La Laguna para el Bicentenario, Teresa Acosta; Adolfo González, concejal de Cultura del Ayuntamiento de Los Realejos; Juan Gómez-Pamo, por el Museo Canario; María del Mar Gutiérrez, directora General de Cooperación y Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias y los estudiosos de la obra de obra de José Viera y Clavijo, Julio Sánchez, Juan José Laforet y  Óscar Bergasa, entre otros.

Esta Comisión planteó la organización de una exposición itinerante; la edición de publicaciones sobre la vida y obra de Viera y Clavijo, ciclos de conferencias, talleres educativos, guías didácticas para profesores de colegios e institutos y obras de teatro, entre otras propuestas.

En palabras de Rafael Padrón “esta reunión viene a representar la voluntad de distintas persona, organismos e instituciones de la Comunidad Autónoma de aunar esfuerzos, con el objeto de ponderar y destacar la labor de Viera y Clavijo, especialmente en unos momentos delicados desde el punto de vista económico, dando así un mayor lustre a los fastos del Bicentenario, que de ese modo podrán gozar de una mayor difusión entre el público, ya que, en muchos aspectos, su figura y su ingente labor continúan siendo desconocidas.”

(www.elescobillon.com)

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