Archive for the ‘Literatura’ Category

A propósito del puchero narrativo canario

Sábado, Septiembre 10th, 2011

La colección G21 Narrativa Canaria Actual ha iniciado su andadura con la publicación de dos novelas: Murmullo de hojarasca, de José Luis Correa, y Biografía reciclada de Manolito el Camborio, de Cristo Hernández.

Ofrece la pequeña novela de Hernández –apenas un centenar de páginas–  un retrato que sabe a muy poco del protagonista que da título a su obra. Probablemente porque su autor fue consciente que el material que tenía a mano no daba para más.

Una pena.

Esto me hace pensar si será verdad que, pese a los tiempos de crisis que vivimos, estemos asistiendo a una profunda renovación de la narrativa canaria.

Actual.

Es cierto que hay variedad de títulos y que autores no faltan –algunos  dignos a destacar– pero aprecio en la mayoría una aterradora falta de complejidad que podría dar al traste con lo que temerariamente unos llaman fenómeno y yo como un ingrediente más del puchero literario canario.

Ya se ha comentado hasta la saciedad que casi todos estos escritores actuales cuentan con suficiente obra publicada, también que cultivan una variedad de géneros que hasta el día de ayer era como territorio ignoto para los escritores nacidos o educados en las islas.

Pero detecto en la mayoría de los actuales una misma desidia, un dejar o llenar páginas sin itinerario que tritura lo que podría ser un coherente discurso literario.

Estoy en mi derecho como lector de demandar historias que además de estar bien escritas, entretengan.

Que disfrute abriendo las páginas del libro para sumergirme en la profundidad del relato.

Pero algo extraño ha pasado con la Biografía reciclada de Manolito el Camborio.

Siendo una novela corta me ha parecido larga.

Larga pese a su ironía.

Pero lamento escribir que no he encontrado gracia a la ironía ni hacia donde pretendía conducirme con ella.

Esto me hace reflexionar que no encuentro entre los miembros que forman parte de la narrativa canaria actual escritores que ofrezcan una visión de la Canarias actual que me haga pensar.

La mayoría suele perderse en personajes que por norma general protagonizan historias que no van hacia ningún lado, y no porque escriban bajo la tapadera cómoda del experimentalismo sino porque –me da la inquietante sensación– no son capaces de dar el acabado que merecían sus, aparentemente, coherentes y genéricas apuestas literarias.

La Biografía reciclada de Manolito el Camborio parece, en este sentido, un borrador. O lo que comenzó siendo un cuento un ahora aforado ejercicio reciclado de novela corta que se hace larguísima.

Pero lo mismo me pasa con José Luis Correa, quien tampoco apura ni da la consistencia exigible a su Murmullo de hojarasca.

O Javier Hernández Velásquez, que engorda sin propósito alguno su El fondo de los charcos casi como si pretendiera encontrar la clave con la que poder cerrar su ambiciosa novela sobre la capital tinerfeña.

En Los tipos duros no leen poesía, Alexis Ravelo propone una curiosa pero rutinaria novela del personaje Eladio Monroy. 

¿Y?  

Y algo parecido me pasa al digerir el último negro policial de Antonio Lozano, que no es un escritor de la narrativa canaria actual pero sí un narrador canario del que esperaba algo más de su, a mi juicio, decepcionante La sombra del minotauro.

La escritora tinerfeña Yanet Acosta propone una divertida pero primeriza y endeble aventura en su El chef ha muerto.

Y si bien no he comenzado aún a leer la novela Kopi Luwak de Antonio Cabrera Cruz, admito que estoy depositando en ella mis esperanzas tras los apasionados elogios de Nicolás Melini. Un tipo, Melini, con el que comparto algunas complicidades que espero no se frustren.

Deseo que Víctor Conde no me defraude con su última novela, Hija de lobos –título que presenta el próximo 6 de octubre en el Espacio Cultural de El Corte Inglés de Santa Cruz de Tenerife– porque Conde al menos conoce y maneja muy bien las claves del género en el que se mueve…

En cuanto a El guanche en Venecia y Erich el zurdo, de Juan Manuel García Ramos y Domingo-Luis Hernández, respectivamente, encuentro en su lectura exactamente el mismo interrogante que me aqueja con el grupo de narradores canarios actuales: ¿saben de lo que están escribiendo?

Partiendo del principio solidario que está muy bien que, pese a la crisis, estemos asistiendo a un interesante momento literario de la novela escrita en Canarias ¿por qué no dudar si todo lo que se está publicando se trata de verdad de novela?

Es decir, de algo tan simple y complejo como ¿me estás contando de verdad una historia?

Solo puedo decir que, en estos últimos meses en los que he leído mucho de los de antes y actuales narradores canarios. tengo mucha hambre.

Y cuando tengo hambre es porque lo que he digerido no me ha saciado.

Luego concluyo que algo falla y le falta a al puchero literario canario.

Claro que como tituló un amigo que ya es hermano:

“¡Salvemos el puchero!”

Saludos, mis tripas protestan, desde este lado del ordenador.

La ley del silencio

Jueves, Agosto 25th, 2011

Acantilado anuncia, entre otras novedades para septiembre, la publicación por primera vez en español de La ley del silencio, novela del escritor y guionista estadounidense Budd Schulberg.

En Acantilado se ha publicado ya del mismo autor su apasionante autobiografía De cine, así como las novelas Más dura será la caída, El desencantado y ¿Por qué corre Sammy?, las dos últimas se tratan de despiadados retratos de la Meca del cine.

En la primera, el escritor y guionista se inspira en la relación que mantuvo como joven aprendiz a las órdenes del alcoholizado príncipe de las letras norteamericanas Francis Scott Fitzgerald, y si bien se trata de un libro que quizá despiste a los no iniciados en el devenir existencial que caracterizaron los últimos años de vida del autor de El gran Gatsby, a mi juicio el tributo que le rinde Schulberg es uno de los más sentidos que he leído en torno al escritor hasta la fecha.

En ¿Por qué corre Sammy?, Schulberg sigue la vida de un arribista que, partiendo de lo más bajo, llega a lo más alto armado de una coraza donde arrogancia y egoísmo se dan la mano. No se trata, sin embargo, de una novela moral, sino más bien de un libro que llama a las cosas por su nombre.

El protagonista de la historia, Sammy, es de hecho una víctima al que las circunstancias han terminado por transformar en un monstruo.

En este aspecto, casi todas las novelas de Shulberg giran en torno a lo podríamos denominar la soledad del perdedor. También en radiografiar a aquellas personas que observan su ascenso y caída con una percepción que casi parece la de un entomólogo.

Además de los dos títulos citados quizá el más famoso del escritor continúa siendo, sin embargo, Más dura será la caída, materia literario que dio origen a una de las mejores películas pugilísticas de la historia del cine protagonizada, entre otros, por Humphrey Bogart y Rod Steiger y dirigida por Mark Robson.

La novela y el filme cuentan la historia de un boxeador de origen argentino, Toro Moreno, y su ascendente carrera como púgil pese a su nula preparación como luchador.  Contribuye a crear su falsa leyenda en el ring un periodista que al principio parece que tiene pocos escrúpulos y que trabaja a las órdenes del mánager de Moreno.

Al parecer, Schulberg se inspiró en el personaje de su boxeador en el pugilista italiano Primo Carnera, quien hizo carrera gracias a una serie de combates supuestamente amañados que destrozaron finalmente su carrera en este deporte.

Acantilado redondea ahora con la publicación de La ley del silencio la extraordinaria carrera como escritor de Schulberg, uno de esos nombres a tener muy en cuenta por todos los aficionados a literatura que parece que te hace sangrar por dentro.

Sus historias pertenecen a unos años en el que no existían finales felices, por eso han sabido crecer en unos tiempos como son los actuales dominados bajo el imperio de la farsa.

La ley del silencio, que fue llevada al cine por Elia Kazan en la que quizá sea una de sus mejores películas, y protagonizada por Marlon Brando y ese gigantesco secundario que fue Lee J. Cobb, entre otros actores, cuenta la historia de un ex boxeador, Terry Malloy, y su hermano Charley, un abogado, que forman parte del duro sindicato de estibadores de Nueva York, conectado con la mafia y dirigido por Johnny Friendly.

Terry, de pocas luces e iletrado, lleva a cabo cualquier trabajo que le pidan. Hasta que un día conoce a Katie, cuyo hermano ha sido asesinado por infringir la ley del silencio.

El algún lado se dice que Kazan rodó esta película para justificar las delaciones de compañeros izquierdistas durante la tristemente célebre Caza de Brujas –y sus igual de tristemente célebres Listas Negras– que emprendió el senador Joseph McCarthy. Sea verdad o no, La ley del silencio apenas nota el arañazo del tiempo. 

La edición de Acantilado de la novela cuenta con una introducción en la que el propio Schulberg  explica cómo surgió tanto la novela como el guión de la película, fruto de la información que recopiló su autor a lo largo de los años investigando a los estibadores que trabajaban en la ribera portuaria de Nueva York.

Saludos, otra recomendación escobillonera, desde este lado del ordenador.

El Aleph

Miércoles, Agosto 24th, 2011

“El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. ”

(Fragmento de El Aleph, Jorge Luis Borges)

Saludos, el maestro cumple hoy 112 años, desde este lado del ordenador.

Alfred Bester: ¡Tigre!, ¡tigre!

Martes, Agosto 23rd, 2011

Hay grandes escritores de ciencia ficción que deberían de estar por encima de ser grandes escritores solo de ciencia ficción.

Tuve la suerte de descubrir el arte de la lectura sumergiéndome primero en los relatos de Bradbury y más tarde de Sturgeon. Por la misma época en la que aprendía a saborear caviar cayó en mis manos una novela de un tal Alfred Bester y descubrí que las estrellas son mi destino.

Bester es un escritor del que hablan con distanciado respeto los aficionados a la c/f pero no encuentro mucho calor en sus palabras salvo distanciado respeto.

Probablemente sea ésta una de las razones por las que a mi me sigue conmoviendo. Las novelas –no tanto los cuentos– de Bester saben a nuevo. A diferente. A buena literatura que trasciende las fronteras del género.

Bester fue, que sepa aunque es probable que me equivoque, de los primeros escritores que apostó por el mestizaje de géneros. Su novela El hombre demolido (1953), una de sus obras maestras, fusiona a la perfección ciencia y ficción con novela policíaca.

La acción transcurre en el siglo XXIV en un mundo donde las armas se han convertido en piezas de museo. Un cuerpo de telépatas rastrean las mentes para detectar crímenes antes de que ocurran. Cometer un asesinato parece imposible aunque el hombre más poderoso del sistema solar demostrará lo contrario.

Puede que el argumento les suene a alguno, pero no tiene nada que ver con esa simpática película futurista que fue Demolition Man y Minority Report que, como saben algunos, está basada en un relato de otro gran escritor de c/f, Philip K. Dick.

El segundo gran clásico de Bester es, a mi juicio, Las estrellas mi destino. Lo negro criminal vuelve a confundirse con la ciencia ficción aunque en esta ocasión la historia (también conocida con el título de ¡Tigre!, ¡tigre!) quiero pensar que bebe de la fuente inagotable de El conde de Montecristo. Solo que se trata de un conde de Montecristo según Bester.

Las estrellas mi destino (1956) narra una historia de venganza.

El escritor nos sitúa en el siglo XXV, época en las que las técnicas de teletransportación han cambiado radicalmente la sociedad de La Tierra que, irónicamente, no ha sabido cambiar radicalmente con sus malas costumbres.

Su protagonista, Gully Foyle, es abandonado a su suerte en una nave que navega a la deriva por el espacio. En contra de lo que piensan quienes lo dejaron, Foyle vive. Vive porque solo sueña en vengarse. El resto es literatura de la buena. Tan buena que quizá eso explique porque no se ha vuelto de moda Bester.

Tercera novela de un escritor obsesionado por las relaciones humanas: Carrera de ratas (1955). Y no, no se trata de una novela de ciencia ficción sino de una novela negra que se desarrolla en el todavía incipiente por aquellos años mundo de la televisión.

Deberían de verla los carroñeros de Sálvame y programas de tan alto calado intelectual.

Una frase de esta novela inmortal: Los débiles nunca lloran por los fuertes; solamente lloran por sí mismos.

Carrera de ratas fue un fracaso en ventas. Cuenta la leyenda que eso fue lo que hizo decantarse al escritor por la ciencia ficción.

Así que por una vez ganó la ciencia aunque también la ficción.

Lo escribe alguien que no aguanta novelas del género donde pesa más la ciencia que la ficción.

Alfred Bester periodista y escritor, nació en Nueva York (EE. UU.) el 18 de diciembre de 1913 y falleció en Pensilvania en 1987.

Otras novelas son Computer connection (The Computer Connection, 1975); Golem 100 (Golem 100, 1980); Los impostores (The Deceivers, 1981); Tender Loving Rage (1991) y Psychoshop (1998), colaboración póstuma con Roger Zelazny.

Saludos, ¡Tigre!, ¡tigre!, desde este lado del ordenador.

Una novela canaria: ‘El fondo de los charcos’

Domingo, Agosto 21st, 2011

Sentimientos contradictorios me asaltan tras finalizar la lectura, a ratos muy apasionante, de la tercera novela de Javier Hernández Velázquez titulada El fondo de los charcos (1). Y escribo lo de sentimientos contradictorios porque por momentos  he apreciado en esta monumental obra (casi cuatrocientas páginas estructuradas en capítulos breves y de lectura vertiginosa) un intento por escribir la que podría ser la gran novela canaria de nuestro tiempo. O la gran novela sobre la capital tinerfeña, para ser más exactos en estos tiempos confusos que vivimos.

El autor ya nos advierte de por donde irán los tiros con una cita tomada de una de las mejores novelas canarias de la década de los 70, Crónica de la nada hecha pedazos de Juan Cruz: “El mar está hecho para los muertos, y a nosotros corresponde el deber de desenterrarlos.”

Y de muertos desenterrados va El fondo de los charcos, una obra que me sabe a auténtica porque desde el principio intuyo sus intenciones: radiografiar en clave policiaca la historia de una ciudad tan desmemoriada como es Santa Cruz de Tenerife.

Ubicada en varios tiempos (los años treinta, la década de los setenta, ochenta, noventa y los actuales) es una pena no obstante que Hernández Velázquez haya renunciado a recortar el apreciable número de páginas (muchas de ellas precisamente muertas porque no hacen avanzar el relato)  para que una vez finalizada, tuviera como lector una plena y gozosa sensación de haber leído un libro definitivo. Un volumen redondo que transcurre en las calles y plazas de una ciudad que conozco y a la que todavía no termino por entender.

A pesar de este inconveniente, El fondo de los charcos es buena literatura más allá de sus radiaciones negro criminales, género cuyas claves han sido muy bien utilizadas por un escritor que en la aparentemente caótica madeja que propone, tiene la pericia de resolver los nudos y cerrar las tramas paralelas en una sola con ecos no sé si épicos, pero sí trágicos y por lo tanto amargos.

El personaje protagonista, Héctor Vázquez, se mueve en un universo poblado de mujeres a las que las circunstancias han hecho duras y fatales y de hombres cuyas vidas parecen estar articuladas por hilos invisibles.

De fondo, y sonando en alta voz, se desarrolla de forma paralela los capítulos que, a mi juicio, son los mejores y más valientes del libro: la descripción pulcra de una capital de provincias que en los días previos a la Guerra Civil tiene como protagonistas a los miembros de Gaceta de arte y a un general, de nombre Francisco Franco, a punto de tomar la decisión que cambió para siempre la historia de España.

Entre los miembros de Gaceta de arte, Javier Hernández Velázquez reivindica con emoción la vida y obra de Domingo López Torres, el único del grupo (Óscar Domínguez, Eduardo Westerdhal, Domingo Pérez Minik…) que fue sacrificado por un Alzamiento nacional que poco o nada tuvo de glorioso.

Pero es que hay más, ya que los acontecimientos que castraron a una generación de españoles reverberan en el presente de un relato que conmueve y en ocasiones hace temblar. Un pasado que se hace necesario desenterrar, parece que quiere decirnos Hernández Velázquez, para recuperar la memoria de esta compleja y acomplejada capital de provincia geográficamente africana pero de latido europeo, con el fin de que aprenda a ser ella misma.

Por norma general entiendo que una novela es buena cuando me suscita preguntas y al suscitarme preguntas me hace reflexionar sobre quién soy y de dónde soy. Hernández Velázquez no responde a cuestiones tan peregrinas pero sí da la llave para que penetre en ese tubo volcánico de misterio y vuelva a planteármelas mientras paseo por un Santa Cruz de Tenerife que, gracias a esta novela, me creo como escenario literario. Como un espacio en el que todo puede ser posible pese a que la ciudad aún no haya aprendido a mirar su pasado de frente.

He disfrutado mucho con El fondo de los charcos. De hecho, la he leído en apenas unos días francamente enganchado a sus páginas. También, es verdad, cabreado en ocasiones por la insistencia del autor en, reitero, engordar con páginas prescindibles situaciones que no hacen avanzar el relato. Un relato cuya mayor pretensión es la de entretener y generar reflexión.

Al margen de las tramas y subtramas que se cruzan y descruzan y vuelven a cruzarse hasta marearte, el mejor mensaje que saco de esta novela ambiciosa es que la ciudad (la ciudad) se mire ante el espejo de la historia y aprenda a convivir con sus gloriosos y miserables cadáveres. 

Javier Hernández Velázquez escribe muy bien. Pero escribe mucho mejor cuando deja de lado su potente y bien armada cinefilia para ir directo al grano.

Me consta que si corrigiese esta pasión, las próximas novelas del escritor serán obras que no van a dejar indiferente a nadie. Títulos además que tendrán que tenerse muy en cuenta en la selva urbana de la novela policiaca escrita en español que trasciende las fronteras del género.

Y es que hay mucho talento y esfuerzo en el trabajo de Hernández Velázquez. Y mucha sapiencia a la hora de manejar las claves de un género como es el negro criminal. Claves que el escritor adapta a una realidad, como es la santacrucera, con estilo. Tanto estilo que incluso juega con ellas como si se trataran de las famosas muñequitas rusas.

El fondo de los charcos es así una novela policiaca de ambiente urbano en cuyas doscientas primeras páginas apenas hay violencia que concluya en crimen. En las otras doscientas restantes sí que asistimos a una especie de cosecha roja pero sin estridencias.

Hernández Velázquez apuesta en esta obra más que por resolver la misteriosa desaparición de la imagen de El señor de las tribulaciones y de un conjunto de obras inéditas de aquel grupo de artistas e intelectuales que pensaron en los años treinta que otra Canarias podía ser posible, en darnos su visión de una urbe que no termina de cuajar, que anda como un muerto viviente y a la que se quiere con amor loco o sencillamente se la detesta.

No me resisto a reproducir un párrafo de esta novela que, entre otros, me animó a subrayarlo al sentirme identificado con él:

“Esta no parece ser mi ciudad. Reniega de sí misma todos los días. Los que quedamos fingimos que no hemos muerto, pero es mentira. Santa Cruz nos ha enterrado. Estamos vivos, sepultados, moribundos, pero vivos. Hoy la vida transcurre de otra manera, a otro ritmo. Parece que han pasado muchos años, y nadie tiene memoria. A mi generación, le queda el consuelo de coleccionar cuadros, libros y pasear por el muelle. ¡Vaya mierda! Me gustaría que hubieras visto Santa Cruz a principio de los setenta. Estaba imantada por un extraño atractivo que la hacía irresistible. Y… y… ¡ya no existe, muchacho! De aquella ciudad no queda nada. Es un ánima en pena.” (página 256).

También este otro, la descripción que hace de uno de los personajes protagonistas de la obra, ausente pero presente como fantasma de otros tiempos, que es Antonio Sonseca.

“- Fue un personaje vital en la sociedad y política tinerfeña. La generación de mi padre lo conoció en primera persona: la mía de oídas; la de mis hijos, ni siquiera sabe quién es. A partir de los años setenta, pasó a un segundo plano. Verá, cuando uno se pasa la vida rodeado de libros, durmiendo en bibliotecas, se deja influenciar por los hombres que han marcado una época.

- En el caso de Antonio Sonseca parece que su marca ha sido borrada.

- Sin embargo, permanece como punto de contacto entre el viejo mundo, empapado de mitos, y el nuevo, representado por el Santa Cruz de principios del siglo veintiuno. Nos olvidamos de un hombre al igual que ignoramos lo que éramos hasta hace unas pocas generaciones. Hemos hecho mal olvidándolo. ¿Quiere saber por qué, inspector? Porque no hemos cambiado nada en absoluto.” (página 282).

A modo de conclusión:

El fondo de los charcos, con sus defectos, ha hecho posible que yo también aprenda y entienda a nuestros muertos.

(1) El fondo de los charcos (colección serie negra Baile del sol) se pone a la venta en septiembre.

Saludos,  leed, leed, malditos, desde este lado del ordenador.

Palabra de Buñuel: mi amigo García Lorca

Viernes, Agosto 19th, 2011

Se cumple el 75 aniversario de la muerte de Federico García Lorca y como humilde tributo he rebuscado en las memorias de quien fue su íntimo amigo de juventud, Luis Buñuel, para recordar a través de sus palabras quién fue el poeta al que la estupidez de una guerra entre hermanos acabó con su vida pero no pudo silenciar su voz.

AMISTAD

Nuestra amistad, que fue profunda, data de nuestro primer encuentro. A pesar de que el contraste no podía ser mayor, entre el aragonés tosco y el andaluz refinado –o quizás a causa de este mismo contraste–, casi siempre andábamos juntos. Por la noche nos íbamos a un descampado que había detrás de la Residencia (los campos se extendían entonces hasta el horizonte), nos sentábamos en la hierba y él me leía sus poesías. Leía divinamente. Con su trato, fui transformándome poco a poco ante un mundo nuevo que él iba revelándome día tras día. (1)
 
HOMOSEXUALIDAD

Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera.

Estábamos sentados en el refectorio, uno al lado del otro, frente a la mesa presidencial en la que aquel día comían  Unamuno, Eugenio d’Ors y don Alberto, muestro director. Después de la sopa, dije a Federico en voz baja:

- Vamos fuera. Tengo que hablarte de algo muy grave.

Un poco sorprendido, accede. Nos levantamos.

Nos dan permiso para salir antes de terminar. Nos vamos a una taberna cercana. Una vez allí, digo a Federico que voy a batirme con Martín Domínguez, el vasco.

- ¿Por qué?- me pregunta Lorca.

Yo vacilo un momento, no sé como expresarme y a quemarropa le pregunto:

- ¿Es verdad que eres maricón?

Él se levanta, herido en lo más vivo, y me dice:

- Tú y yo hemos terminado.

Y se va.

Desde luego, nos reconciliamos aquella misma noche. Federico no tenía nada de afeminado ni había en él la menor afectación. Tampoco le gustaban las parodias ni las bromas al respecto, como la de Aragón, por ejemplo, que cuando, años más tarde, vino a Madrid a dar una conferencia en la Residencia de Estudiantes, preguntó al director, con ánimo de escandalizarle –propósito plenamente logrado– “¿no conoce usted algún meadero interesante?”  (2)

UN CHIEN ANDALOU

Poco antes de Un chien andalou, una disensión superficial nos separó durante algún tiempo. Luego, como andaluz, susceptible, creyó, o fingió creer, que la película era contra él. Decía:

- Buñuel ha hecho una película así (gesto de los dedos), se llama Un chien andalou, y el perro (chien) soy yo.

En 1934, nos habíamos reconciliado totalmente. Aunque yo encontraba a veces que se dejaba sumergir  por un número demasiado grande de admiradores, pasábamos juntos largos ratos. (3)

LA GUERRA

Cuatro días antes del desembarco de Franco, García Lorca –que no podía apasionarse por la política–  decidió de pronto marcharse a Granada, su ciudad. Yo intenté disuadirle, le dije:

- Se están fraguando auténticos horrores, Federico. Quédate aquí. Estarás mucho más seguro en Madrid.

Otros amigos ejercieron presión sobre él, pero en vano. Partió muy nervioso, muy asustado.

De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra nuestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar a alguien semejante. Ya se pusiera al piano para interpretar a Chopin, ya improvisara una pantomima o una breve escena teatral, era irresistible. Podía leer cualquier cosa, y la belleza brotaba siempre de sus labios. Tenía pasión, alegría, juventud. Era como una llama.

Cuando lo conocí, en la Residencia de Estudiantes, yo era un atleta provinciano bastante rudo. Por la fuerza de nuestra amistad, él me transformó, me hizo conocer otro mundo. Le debo más de cuanto podría expresar. (4)

LA MUERTE

Jamás se han encontrado sus restos. Han circulado numerosas leyendas sobre su muerte, y Dalí –innoblemente—ha hablado incluso de un crimen homosexual, lo que es totalmente absurdo. En realidad, Federico murió porque era poeta. En aquella  época, se oía gritar en el otro bando: “¡Muera la inteligencia!”

En Granada, se refugió en casa de un miembro de Falange, el poeta Rosales, cuya familia era amiga de la suya. Allí se creía seguro. Unos hombres (¿de qué tendencia? Poco importa) dirigidos por un tal Alonso fueron a detenerlo una noche y le hicieron subir a un camión con varios obreros.

Federico sentía un gran miedo al sufrimiento y a la muerte. Puedo imaginar lo que sintió, en plena noche, en el camión que le conducía hacia el olivar en el que iban a matarlo.

Pienso con frecuencia en ese momento. (5)

Notas 1 y 2, Luis Buñuel. Mi último suspiro (colección La vida es río, Plaza y Janés, 1982), páginas 64 y 65

Notas 3, 4 y 5, Luis Buñuel. Mi último suspiro (colección La vida es río, Plaza y Janés, 1982), páginas 154 y 155

Saludos, ¿verde que te quiero verde?, desde este lado del ordenador