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¿Qué puedo hacer con todas estas letras?

Martes, Octubre 4th, 2011

El músico folk norteamericano Woodie Guthrie llevaba escrito en su guitarra la leyenda Esta máquina mata fascitas.

Guthrie escribió sus memorias con el título de Con destino a la gloria –el ejemplar que tengo en las manos lo editó en 1977 Producciones Editoriales en su legendaria línea Star Books. Un título que pide a gritos una necesaria reedición al español– y años más tarde fue llevado al cine por el interesante Hal Ashby con David Carradine como Guthrie.

El caso es que el músico folk, las memorias que escribió y el filme, continúan siendo grandes desconocidos cuya influencia, en el caso de Guthrie, todavía se mantiene viva en lo que se conoce como canción protesta. 

Y la canción que protesta –por dentro y por fuera– en los tiempos que vivimos es de necesaria recuperación para que tomemos conciencia de hacia donde nos dirigen.

Probablemente se deba a que quiero creer que los que nos están dirigiendo no se han percatado aún que la música no solo amansa las fieras. 

Esta reflexión no viene a cuento del libro que Ediciones Aguere y Ediciones Idea ha publicado recientemente, pero me la ha suscitado paradójicamente la lectura de la recopilación de canciones de Sito Morales.

El volumen incluye además un cd, por lo que su lectura combina muy bien con la fuerza sonora de un autor que casi parece nació pegado a una guitarra en cuya superficie puede estar grabado: ¿Qué puedo hacer con todas estas letras? (*)

No quiero llamar a Morales cantautor o trovador porque son términos que, entiendo por prejuicios particulares, se me antojan bastante ñoños, me limitaré por lo tanto a recomendar un cancionero que no tiene otra intención que la de conmover y sobre todo la de hacer reflexionar a quien las escucha y las lee.

El librito, que apenas llega a las doscientas páginas, se titula Casi. Letras de canciones, y su contenido pone de manifiesto no solo a un cantante fogueado sino también a un escritor pertrechado muy preocupado por su entorno.

Las canciones de Sito pueden leerse así como poemas urbanos, la mayoría de ellas empapadas de denuncia pero también de un pesimismo soterrado que en ocasiones aliña con inteligente y distanciada ironía.

Espero que esta nueva apuesta editorial continúe abriendo camino no solo a los solistas sino también a los grupos de esta tierra que se han preocupado por dotar a sus letras de sentido y mensaje.

Los no iniciados podrán entonces descubrir en muchos de ellos creadores que trascienden el acento musical para introducirse en el terreno literario.

Esta, entre otras muchas aportaciones, es lo que Sito Morales ha estado haciendo a lo largo de una ya larga carrera con su guitarra.

Escribir un puñado de canciones que escuchándolas como canciones también saben a literatura.

Y en ocasiones de la buena.

* El título del post corresponde a una de las letras del disco-libro de Sito Morales. El volumen está prologado por el empresario musical Paco Chinea y se presenta el jueves 13 de octubre en el antiguo convento de Santo Domingo, La Laguna, a las 18.30 horas.

Saludos, con la esperanza de que esta iniciativa no se quede solo en Morales, desde este lado del ordenador.

Confesiones de un lector justificado

Miércoles, Septiembre 28th, 2011

Tuve la suerte de nacer en una familia en la que se quiere a los libros. De hecho, recuerdo mi infancia rodeado de libros. Observo, ahora que hago ejercicio de memoria, a mi padre acostado leyendo. A mi hermano sentado en el sofá del comedor, leyendo también. A otros de mis hermanos con un libro bajo el brazo y a mi madre, después de dar de cenar a toda la jauría, relajándose con un libro entre las manos.

Mi primer acercamiento al mundo de los libros resultó por lo tanto natural e inevitable. Siendo el más pequeño de los varones me limité a imitar lo que hacían los grandes. Mi hermana, que vino justo detrás, hizo exactamente lo mismo. Coger un libro.

Entre las muchas cosas que quería hacer de pequeño estaba, además de la de ser astronauta, la de encender la luz de las habitaciones de la casa (daba saltos con la esperanza de llegar al interruptor y encender de un tortazo las lámparas que colgaban del techo para luego repetir la operación y apagarlas) y abrir los libros que me encontraba mientras intentaba descifrar aquellas letras que nada me decían porque por aquel entonces aún no sabía leer ni escribir.

Lo más cercano que hacía era colorear (y bastante mal, por cierto) los cuadernos de dibujo que me regalaban por mi santo o por mi cumpleaños, aunque casi siempre terminaba por roer como un ratón los creyones dejándome un gusto a madera en la boca que desde entonces asocio con mi infancia.

No he sabido retener en mi memoria las primeras clases a las que asistí siendo un parvulario y en las que esforzados maestros (no profesores) se empeñaron en que me iniciara en el mundo de las letras. Conservo algunos cuadernos de aquella época y de tanto en tanto me gusta pasar sus hojas no sé si en busca de aquel niño que comenzaba a entrar en un universo al que, posteriormente, le debe tanto.

Contemplo las vocales trazadas por esos dedos que ahora pulsan el teclado del ordenador y no termino por reconocerme en las A, E, I, O, U que, imagino, con tanto esfuerzo copiaba de la pizarra. Con las consonantes me he quedado un buen rato paralizado estudiando como me complicaba la vida con las B y las G.

El escritor y premio Nobel de Literatura John Steinbeck describe con maestría desarmante esta misma experiencia en la introducción de uno de sus libros más bellos: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Les recomiendo que se lo lean. La introducción y su ambicioso ejercicio por actualizar el clásico ciclo artúrico.

La primera vez que lo leí tuve la sensación, esa misma sensación que te pasa con otros libros, de pensar: “caramba, eso mismo me pasó a mí.” “O eso mismo pienso yo de…” Esas reflexiones, ya saben, que te hace pensar que no estás tan solo en el mundo.

Una vez dominé las letras y el arte de la escritura (bastante intraducible para ojos que no sean los míos, sea dicho de paso), los primeros libros que leí fue una recopilación de seis cuentos de Las mil y una noches, en una antiquísima edición de los años treinta con fantásticos grabados; los cuentos de Andersen, los hermanos Grimm y por fin, porque un hermano tuvo la inteligencia de prestármelo un día que echaba un vistazo a la biblioteca, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.

Creo que con los primeros libros que lees se produce algo muy parecido al primer amor. Un primer amor afortunado y nunca frustrado, claro está.

Al llegar a la adolescencia, tras alimentarme de fantasías varias, de las aventuras de Los tres investigadores que desbancaron a las ñoñerías de Los cinco de Enyd Blyton y sus contrabandistas, alguien me regaló en Reyes los tres tomitos editados por Bruguera de Los mitos de Cthulhu. Tres tomitos que me abrieron las puertas hacia otros mundos y una sed lovecraftiana que me llevó incluso a emular al solitario escritor de Providence editando un fanzine artesanal –Historias Extrañas– mientras mantenía un intensa relación epistolar con amigos a los que solo conocía por cartas larguísimas donde revelábamos nuestras neuras adolescentes.

Firmábamos aquellos textos inacabables con los nombres de lo dioses prohibidos aunque yo me reservé el del árabe loco Abdul Alhazred, el autor de El Necronomicón.

Les cuento todo esto porque por suerte nací en una casa donde se me enseñó a amar a los libros. Tanto, que cuando en el colegio y más tarde en el instituto descubrí que nos obligaban a odiar los libros imponiéndonos determinados textos –le cogí manía a La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, novela que más tarde releí sin el castigo de un examen y continúa pareciéndome un título muy regular en la fecunda producción de este sin embargo gran escritor– sus esfuerzos resultaban nulos para que mi amor por los libros menguara.

Al revés, si cabe los aprecié mucho más.

Entiendo, de todas formas, que muchos compañeros de pupitre se acostumbraran a detestarlos. Yo hubiera hecho lo mismo si no hubiera tenido la suerte de nacer en una familia que ama tanto a los libros.

Por ejemplo, apenas recuerdo salvo la obligatoriedad de leerlo porque había examen, la primera impresión que me suscitó el Lazarillo de Tormes. Librito que años más tarde, liberado de las cadenas del ordeno y mando, devoré como quien descubre agua en el desierto. Y tanta fue la satisfacción que me produjo que salté a El buscón, de Quevedo. Descojonándome de la risa con estas novelas ejemplares. Nunca mejor dicho.

La Celestina fue otro cantar.

Y cuando comenzaron a introducirse en los colegios de las islas los primeros textos de autores canarios, siempre agradeceré a aquel sistema de estudios que Maraía, de un tal Rafael Arozarena, se tratara de un título que los profesores nos recomendaban leer… siempre que quisiéramos.

Es decir, que no hacía falta que leyéramos por obligación Mararía porque no tocaba en el examen.

Así que me animé a leerlo, precisamente porque no tocaba en el examen y porque mi padre tenía un ejemplar de esa misma novela editado por Noguer.

Así que Mararía, como supongo le pasó a la chiquillada de mi generación, fue la primera novela canaria que leí porque no me obligaron a leerla. Me pregunto ahora que habría pasado si el profesor (nunca maestro) hubiera hecho lo contrario.

El caso es que no entiendo el mundo sin leer.

Sin ese extraño placer por adentrarte en otro universo, en otro espacio.

Conocer personajes, esos personajes cuyas acciones (si empapan tu alma) pareces que reconoces en otros cuando charlas, tomas un café o compartes un cigarrillo.

Como lector, y también como escritor frustrado, pienso que lo mejor de un libro suele ser su inicio.

Después de las primeras cincuenta páginas si no engancha me veo en la ingrata tarea de tirarlo a ese montón de volúmenes desechados. Aunque hay veces, raras veces, en que lo recupero por recomendación de un amigo o porque lo leo en algún lado y esas mismas cincuenta páginas las mastico y digiero con asombro.

Antaño me preguntaba cómo podía ser capaz mi padre de leer tres o cuatro libros a la vez.

En la actualidad me pregunto cómo puedo leer tres o cuatro libros a la vez.

Cuando mi padre comenzó a despedirse de este mundo dejó de leer libros.

Recuerdo ver muy preocupado los ejemplares amontonados en su mesilla de noche y a él sentado en la cama con la vista perdida. Quiero creer que en su propio libro que fue su intensa vida.

Quiero pensar por eso que el día que deje de leer y amontone los libros habré iniciado mi adiós de este mundo poblado de libros.

Así que no dejo de preguntarme, con un asomo de frivolidad. de qué títulos se tratarán.

Y espero, en un día raro como el de hoy, que entre esos libros se encuentre mi Isla del tesoro.

Saludos, tiemblan las islas del aburrimiento, desde este lado del ordenador.

Dos novelas francesas. Dos premios Gouncourt 2010

Domingo, Septiembre 25th, 2011

Dos novelas francesas.

Dos Premios Gouncourt 2010.

Leo en tiempo record El mapa y el territorio.

Alguien acusa a su autor, Michel Houellebecq de haber empleado la Wikipedia en varias partes de la novela. Entiendo que ese alguien no sabe que el mismo Houellebecq cita como fuente la Wikipedia en la nota final de su desconcertante novela.

En otro lado, leo a un escritor canario escribir en un diario nacional que el autor de Plataforma, Las partícula elementales o Ampliación del campo de batalla es un bluff.

Y pienso que bluff es en todo caso ese escritor canario que hace tiempo que no entiende nada.  

El mapa y el territorio es una de las más conmovedoras y desgarradoras novelas que he leído en los últimos tiempos. Houellebecq, en un alarde narcisista, aparece incluso como protagonista de la historia.

No revelo lo que pasa con el personaje del huraño escritor en su propia novela, y a quien describe como un patético solitario que toma vino hasta caer rendido en el sofá.

El caso es que el volantazo que da a la historia hace gracia y descoloca.

Descubrí a Houellebecq hace ya tiempo, por mediación de un amigo que lo entrevistó en París.

Fue muy objetivo cuando me entregó Las partículas elementales y escupió: “envenénate”.

No me avisó de si debía leerlo con un antídoto a mano.

Afortunadamente, los amigos están para eso.

Probablemente Houellebecq se trate de los pocos escritores de estos tiempos al que sigo con tonta devoción antirreligiosa.

Me hace estremecer, me hace reír, me hace ver el mundo con rara inquietud. También me hace concluir que las cosas deben ser así aunque a veces me disguste su divertido y oscuro pesimismo. Su resignación de que las cosas son así por mucho que intentes cambiarlas.

El destino, idiota, está escrito. Solo que puebla el sendero con bromas trágicas y macabras.

Leo a otro autor francés. Se llama Laurent Binet y la novela, la crónica histórica, el experimento: HHhH.

¿HHhH?

Himmlers Hirn heist Heydrich.

Una extraña biografía de Reinhard Heydrich y una épica biografía de los dos paracaidistas checos que tuvieron la misión de asesinarlo en Praga en 1942.

El relato, con sus extremismos, me apasiona también.

La reconstrucción de los hechos es magnífica pero como escribe el autor no se trata de una novela histórica. De hecho, la novela podría ser una no novela sobre la bestia rubia, el verdugo nazi, el frío burócrata que puso en marcha la Solución final, así como de los héroes de la resistencia checa que pusieron fin a su vida en esa capital, Praga, que parece sacada de un cuento de hadas.

Su autor, Laurent Binet, obtiene el premio Gouncourt 2010 de primera novela por esta novela que puede ser no novela.

El mapa y el territorio fue también Premio Gouncourt a la mejor novela el mismo año.

A mi los premios me dan grima porque suelen equivocarse aunque en este caso aciertan. Acierta con HHhH porque se trata de una poderosa reflexión sobre el bien y el mal.

Descuartiza con elegancia la figura de ese ángel de la muerte que fue Heydrich. Los trozos conforman la primera parte del relato. La segunda parte radiografía el atentado.

Binet critica en alguna parte del libro que no es novela pero que puede ser una novela Las benévolas, de Jonathan Littell.

Mi memoria falla y no tengo tiempo ni ganas para encontrar la frase exacta que escribe en su libro. Pero viene a decir algo así: es una especie de Houellebecq histórico.

Se equivoca Binet. Probablemente porque habrá leído mal a Houellebcq.

Pero no es razón para que detenga la absorbente lectura de HHhH. Quizá porque soy uno de tantos que detesta la novela de Littell.

De hecho, cuando iba por más de la mitad comencé a leerla a saltos. La novela de Littell. Y rara vez hago eso. Como rara vez salgo de un cine aunque la película me aburra. En el cine prefiero cerrar los ojos y dejarme dormir. Con una novela no puedo hacerlo. Simplemente la tiro. Y últimamente las dejó en una montaña de libros que tengo en la habitación donde suelo desnudar mis alegrías y miserias.

Soy incapaz de quemar todos esos ejemplares que he ido podando de mi biblioteca.

Los amontono y veo como crece.

Así de sencillo, sin saber muy bien que hacer con ellos.

Dos novelas francesas.

Y The Kinks mientras tanto suena de fondo.

Saludos, mañana será otro día, desde este lado del ordenador.

Oristán y Gociano publica ‘El círculo platónico’ y recupera ‘El caso del cliente de Nuakchott’

Jueves, Septiembre 22nd, 2011

La editorial Oristán y Gociano anuncia importantes novedades para noviembre. Entre otras, la reedición de la mejor novela policiaca escrita hasta la fecha en Canarias, El caso del cliente de Nuakchott, del escritor Jaime Mir.

Oristán y Gociano lanzará también por esas mismas fechas El círculo platónico, segunda entrega de la trilogía que su autor, Mariano Gambín, inició con la exitosa Ira Dei, título que ya va por su segunda edición.

Gambín, que sabe moverse muy bien en las claves del thriller, vuelve a situar la acción de El círculo platónico en La Laguna, ciudad en la que se ha desatado una crisis internacional con el secuestro del embajador del Vaticano. Luis Ariosto tiene, sin embargo, la clave para liberarlo mientras se enfrenta a un intrincado enigma con la ayuda de sus colaboradores como son la arqueóloga Marta Herrero, el inspector Galán y la periodista Sandra Clavijo.

Los responsables de la editorial han dado en el clavo al iniciar su colección Serie Negra con la reedición de El caso del  cliente de Nuakchott, de Jaime Mir. Novela que, a juicio de quien les escribe, se trata hoy por hoy del mejor policíaco escrito en Canarias en los últimos tiempos.

El caso del cliente en Nouakchott, que obtuvo el premio de Edición del Benito Pérez Armas en 1990, respeta pero en clave socarrona los límites del negro criminal más clásico, y su protagonista, Jeque –“al que solo algún que otro enemigo llama Carlos Alonso Rico–”,  pide a gritos una continuación que, lamentablemente, sus legión de seguidores nunca vamos a poder leer.

Estén pues atentos a noviembre.

Dos novelas canarias escritas con la única pretensión de entretener llevan camino de convertirse, como sucedió con Ira Dei el año pasado, en los bombazos literarios de la temporada a este lado del Atlántico.

Saludos, bienvenidas sean, desde este lado del ordenador.

En busca de la Tierra Media literaria canaria

Domingo, Septiembre 18th, 2011

No me he molestado en investigar si este fenómeno se repite con la misma intensidad en otras literaturas de las Expañas, pero sí que resulta llamativo los casos –numerosos– que he detectado entre los escritores nacidos o criados en este archipiélago de humillados y ofendidos que es Canarias.

A mi me gusta denominar al monstruo Yoknapatawpha County, o ese particular territorio mítico faulkneriano que más tarde inspiraría otros tantos universos imaginarios nacidos de la cabeza de talentosos y no tan talentosos escritores de ésta y otras partes del planeta.

Con este post quiero vindicar –siempre a mi siniestra y sinatriana manera– que en Canarias el empleo literario de esta tierra de espejos es sorprendentemente fecundo. Y merece, a mi juicio, un estudio profundo y sereno con el que sacar las conclusiones que presumamos pertinentes.

También, por razones que espero no sean obvias, preguntar ¿por qué lo hacen?

¿Por qué esa tendencia a renunciar contar historias que transcurran en el paisaje vital donde se mueve el autor?

¿Por qué esa negación a relatar la realidad en la que se mueve, por muy provinciana y mediocre que resulte?

Debo ser de los lectores que se pone nervioso cuando se sumerge en un cuento o en una novela cuya trama –si la tiene– se desarrolla en uno de esos territorios míticos.

No termino por ver sus atractivos, salvo si se trata del paisaje de la Tierra Media.

Un mundo poblado de hombres, elfos, enanos y hobbits que hacen unión porque han llegado a la sabia conclusión que solo su fuerza será capaz de birlarle el anillo al tío que lo reclama.

El Señor Oscuro.

O Sauron, para los que lo conocemos de sobra.

Sin hacer mucho esfuerzo, la verdad, cito entre la lista de escritores canarios que se han servido y se sirven de estos espacios imaginados sin la pretensión épica tolkeniana: Juan José Armas Marcelo (Salbago); Sabas Martín (Nacaria); Víctor Álamo de la Rosa (Isla Menor); Álvaro Marcos Arvelo (Puerto Santo); Luis León Barreto (Tamarán) y Juan José Delgado (Nubada).

Consciente soy, de todas formas, que me dejo algunos más en el tintero. Que me disculpen los ausentes, pero entiendan que el objeto de este post solo es el de destacar un hecho que al menos a quien ahora les escribe le parece que trasciende la frontera de la objetiva curiosidad.

Conversaba de esto mismo el viernes pasado con un escritor canario que edita fuera y que escribe sobre su ciudad sin recurrir al monstruo Yoknapatawpha County.

Vino a decirme que la bestia se trata de una herramienta literaria para huir y no reconocer su entorno.

Le respondí que en algunos casos puede ser así aunque en otros –como abogado diabólico– sí que genera un interesante proceso de sintetizar este archipiélago en el que vivimos en un solo espacio.

Ya saben, un territorio mítico o espejo en el que todas las sandeces y miserias pero también todas las alegrías y grandezas de estas islas se reúnen en una sola isla.

Un solo territorio.

Pero sin mapas.

Y eso es el infierno.

Y pienso: no existo.

Saludos, sin mapas ni territorios, desde este lado del ordenador.

Miguel Ángel González gana el I Concurso de Cuentos Ezequiel Pérez Plasencia

Martes, Septiembre 13th, 2011

El escritor madrileño Miguel Ángel González, de veintinueve años de edad, ha resultado ganador de la primera edición del Concurso de Cuentos Ezequiel Pérez Plasencia, con su obra La nota manuscrita. El premio, que será entregado el próximo viernes día 16 de septiembre a las 18 horas en el Café-Bar Mr. Witt de cartagena, está dotado con 400 euros y una escultura del artista cartagenero Fernando Sáenz de Elorrieta.

 El cuento titulado La nota manuscrita, historia carcelaria y de desarraigo firmada por González, se ha alzado con el galardón entre las 68 obras recibidas a concurso, algunas de ellas procedentes incluso de países tan lejanos como México, de las cuales nueve resultaron  finalistas.

El jurado, compuesto por los escritores Ignacio Borgoñós, Joaquín Piqueras y Juan de Dios García, decidió conceder el premio a este cuento “por su correcto tratamiento estilístico, por la original fragmentación del texto y por demostrar una sobrada capacidad narrativa para desarrollar la historia que quiere contar”. Asimismo declaró desierto el accésit.

Cabe destacar que Miguel Ángel González está vinculado al mundo del cine, no obstante ha destacado en la realización y dirección de cortos, pero también ha despuntado en la creación literaria, desde que en 2003 ganara el primer premio en el 18º certamen de relatos organizado por las bibliotecas públicas de Madrid. Desde entonces ha ganado más de 50 premios literarios.

Este certamen, que aspira a ser un referente nacional del cuento literario de calidad, siguiendo el espíritu del malogrado escritor canario afincado en Cartagena y fallecido en febrero del presente año, Ezequiel Pérez Plasencia, tiene como objetivo fomentar la creación literaria a través del cuento, como esencia del universo narrativo.

Por su parte, la Asociación Literaria Caminadelado, constituida para velar por el recuerdo de la vida y la obra de Pérez Plasencia, pretende potenciar este apoyo al mundo del cuento en futuras ediciones, en especial, dedicando sus esfuerzos a fomentar nuevas voces de la narrativa, sobre todo entre los jóvenes escritores.

Saludos, quitándome reverencialmente el sombrero, desde este lado del ordenador.