Ah, gusanos, recordad ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’

Martes, Octubre 21st, 2008

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Sam Peckinpah pasará a la historia del cine por un puñado de películas muy viriles y quizá por ello salvajes, también por proponer una nueva lectura de un género gastado como el western, y sobre todo porque fue un cineasta de cabecera para millones de aficionados en unos tiempos donde su nombre se convirtió en sinónimo de buen cine de acción.

Duelo en la alta sierra, Grupo salvaje y Pat Garret y Billy the Kid han terminado por ser títulos de referencia en su filmografía, a los que habría que añadir otras cintas que si bien ¿menores?, respiran el aliento épico de su director como son Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue (para Peckinpah su mejor trabajo), Junior Booner y también La huida y Perros de paja. Lo que hizo después, La cruz de hierro, Los aristócratas del crimen, Convoy y Clave Omega son películas que no parecen suyas. Títulos de encargo que ponen de manifiesto, además, el mal momento que atravesaba, su deambular errático por la vida erosionado por el alcohol y las drogas.

El mejor Peckimpah está en las películas del oeste, sin embargo, universo cuyas claves manejaba a la perfección y donde se sentía cómodo. Por eso llevo años reivindicando (a quien quiera escucharme y a quien quiera leerme) que su mejor película es un western. Pero un western atípico, desubicado en el tiempo, donde los caballos han sido sustituidos por automóviles aunque permanezcan más o menos inalterables los grandes escenarios abiertos. Me refiero, claro está, a Quiero la cabeza de Alfredo García, que quizá se trate también de una de sus cintas más sucias y excéntricas. También delirante, y desconocida entre los aficionados. No es una película fácil de ver, y me atrevería a decir que es una de sus historias más violentas y desgarradas, un canto épico a los que fallan y yerran, a los que llevan una vida equivocada, camino (parece querer decirnos el cineasta, muy tocado por el mal vivir) que eligen los que ya no pueden elegir nada más.

Todo en Quiero la cabeza de Alfredo García hace de esta película una película diferente de Peckinpah pero también la más peckinpaniana de su filmografía. Recuerdo que vi la cinta por primera vez en el teatro Baudet, en aquellos tiempos donde era casi misión imposible que el portero de la sala te dejara acceder a ella si no tenían los 18 años reglamentarios. Y yo no tenía los 18 años reglamentarios sino 15 o 16. Ya ni me acuerdo. El caso, sin embargo, es que tuve suerte, tras prometerle al cancerbero que subiría a la parte de arriba y no me dejaría ver cuando tocara el descanso. Descanso que como todos los chicas/os de mi generación sabe, se ponía a mitad de la película (¡!).

Y vi Quiero la cabeza de Alfredo García. Y fue como un subidón de azúcar para un diabético. La cinta me produjo repulsión, miedo, asco y también una fascinación que desde ese día ha hecho historia en mis ideas. Warren Oates, su actor protagonista, se convirtió también en uno de mis actores favoritos (junto al gran Lee Marvin de A Quemarropa), a quien Peckinpah le ofreció la oportunidad de su vida con esta película tras una amplía carrera como secundario de lujo. Uno de esos grandes secundarios de lujo con los que contó (y quizá cuente ahora, aunque no estoy muy seguro) el cine americano.

Oates está que se sale, no obstante, en Quiero la cabeza de Alfredo García, y se sale porque resulta creíble en su papel de alcohólico asesino a sueldo, y en la extraña y necrófila relación que mantiene con la cabeza de Alfredo García, cabeza que lo acompaña en el asiento del pasajero del coche envuelta en harapos y sobre la que sobrevuela un ejército de moscas. En su itinerario existencial por tierra mejicanas y antes de entregar la cabeza a un rico hacendado interpretado con feroz realismo por el gran Indio Fernández, Oates se topa con una mejicana de la que se enamora y a la que violan y matan dos hippies a los que se encuentran en la carretera; una pareja de asesinos homosexuales que resulta de lo más siniestra y otros personajes que parecen salidos de una pesadilla con sabor a mezcal. No voy a contar como termina la cinta aunque sí que hay un acto de heroísmo inútil como en Grupo de salvaje, pero sí que la visión de esta película te deja una sensación de tristeza y vacío en la boca del estómago. Sensación que siempre me acompaña cuando veo las  grandes películas de este cineasta al que hoy casi nadie recuerda, y que según unos no ha sabido pasar la prueba del tiempo. Allá ellos. Porque guste o no guste, Peckinpah fue un autor, un director de CINE con mayúsculas, y por lo tanto un hacedor de clásicos que hacen su obra irrepetible.

¿Quién recuerda aquellas descacharrantes películas de los 70 sobre un hipotético mundo postnuclear?

Miércoles, Julio 16th, 2008

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En aquellos tiempos donde ir al cine era una aventura, sobre todo para los aficionados a géneros tan raros y por ello repleto de prosélitos como es el fantástico y el de ciencia ficción, uno hacía lo imposible por ver cualquier película del género que estrenaran (o reestrenaran) en los cines de su ciudad porque carecía de referencias y no conocía nada del filme en cuestión aunque sí de algunos de los actores que la protagonizaban. Recuerdo la sorpresa que nos llevamos un puñado de legionarios marcianos en los setenta cuando tuvimos la suerte de contemplar en el majestuoso cine Greco (probablemente la sala de cine más espectacular que mis ya no tiernos ojos han podido disfrutar en este sendero que es la vida) La fuga de Logan (1976). Años más tarde me pasó algo parecido, pero en el inevitable (y recordadísimo para este que les escribe) teatro San Martín con Scanners (1981) y así con otros muchos títulos cuyos carteles promocionales adornaban una de las paredes de la hoy polémica Plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife.

 

En aquellos tiempos donde hablar de ordernadores y teléfonos móviles no formaba parte de nuestro vocabulario y en los que las cintas de VHS era todsvía cosa de extraterrestres, una de las excursiones más entrañable que solíamos hacer los amigos era recorrernos todos los cines de la ciudad (que eran bastante incluso en mis tiempos de infante) para ver los carteles de las películas. Más tarde nos iniciaríamos en la cultura de “hacernos con los carteles” pero eso es otra historia.

 

Todavía enciende extrañas luces en mi recuerdo una de aquellas excursiones. Si no me falla la memoria la película se anunciaba en el Rex (hoy convertido en bolera) en plena calle de Méndez Núñez y su título El planeta de los buitres. Mirando los carteles y leyendo la breve psinopsis que publicaba el periódico, me enteré que se trataba de una cinta de ciencia ficción postapocalíptica, lo que envenenó mis neuronas y provocó ese ataque tan peculiar en todo cinéfilo y cinéfago que se precie que es el de verla cuanto antes.

 

Y la vi. Y pese a mi tierna edad, no la recuerdo con desagrado pero tampoco agrado. Sí, era una película cuya acción transcurría después del día después de que la civilización se hubiera ido a paseo, sobreviviendo algunos pocos que militaban en distintos bandos. Por un lado un grupo de saqueadores (que era los malos, obviamente) y por otro todos aquellos de viven y dejan vivir. Todos estos personajes se movían por las calles de una gran ciudad (imagino que Nueva York) abandonada y en muchos casos solitarias, pero le faltaba fuelle, un algo ominoso que te metiera en aquel fin del mundo que, oh pavor, y en contra de lo que vendían los carteles, resultó para todos los públicos. O lo que es peor, para telespectadores que consumen cualquier tipo de imágenes tóxicas.  El planeta de los buitres (1979) está dirigida por Richard Compton y protagonizada por Richard Harris.

 

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Ahora que me siento como el abuelito recordando batallitas, otra cinta postnucelar de andar por casa fue Callejón infernal (1977), largometraje que contemplé a medio camino entre la decepción y la fascinación en el cine Víctor (afortunadamente aún se conserva la sala, aunque ya no exhiben películas de esta clase que es lo que a mí y a Ángel Llanos nos gustaría).

 

Dirigida por Jack Smight, lo mejor de esta aventura futurista es que además de tener el dudoso honor de ver a su protagonista, George Peppard, con bigogón, aparece un vehículo  acorazado en el que los supervivientes recorren unos Estados Unidos de pena.

 

En mi cada día más confusa memoria hay una escena que aún está registrada, aunque bastante borrosa. La especie de tanqueta llega a una ciudad y son atacados por unas cucarachas mutantes que todavía hacen que vea a estos bichos con otros ojos. Ojos, precisamente, nada ecologistas.

 

Hay otro título, creo que también se estrenó en el Rex, como Nueva York, año 2012 (1975), en la que Yul Brynner protagoniza una historia postapocalítptica que debió de inspirar a George Miller cuando rodó su trilogía de Mad Max, sólo que la acción transcurre en calles abandonadas de la gran ciudad y no en planicies desérticas cruzadas por carreteras infinitas.

 

Todas estas cintas que planteaban aventuras descacharrantes sobre el fin del mundo están rodadas en una década, los 70, marcada fuertemente por la crisis del petróleo. Esto me hace pensar que es más que probable que el subgénero regrese. El subgénero postatómico es consecuencia de la crisis o desaceleración, pero también del género de catástrofe que se puso de moda en los setenta con películas como Aeropuerto (1970), La aventura del Poseidón (1972) y El coloso en llamas (1974), entre otras. Algunos de estos títulos han sido objeto de innecesarios remakes… Lo que me hace pensar que la crisis no sólo afecta a nuestros bolsillos sino también a nuestra creatividad.

 

Malos tiempos, en definitiva, para la lírica.

“Todas las épocas son iguales, sólo el amor las hace soportables”

Viernes, Junio 27th, 2008

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Cuanto menos es un caso curioso. Que no un fenómeno. Nicholas Meyer fue antes escritor que cineasta y guionista. A él le debemos varias reinterpretaciones de Sherlock Holmes que los seguidores del famoso detective creado por Arthur Conan Doyle (yo, que como siempre llevo la contraria más que holmaníaco soy challergemaníaco) no fueron muy bien recibidas. Me refiero a Elemental, doctor Freud, que más tarde llevó al cine Herbert Ross, y si mi memoria no me falla, una segunda novela con Holmes como protagonista en la que también aparece otro personaje famoso de su época, Oscar Wilde.

Será la época victoriana, curiosamente, la que marque la ambientación de su primera película como director y guionista, Los pasajeros del tiempo, un filme protagonizado por Malcom McDowell, David Warner y Mary Steenburgen.
La película enfrenta a H. G. Wells con el mismísimo Jack el destripador, pero no en el escenario conocido de un Londres cubierto por la niebla de finales del XIX; sino en una gran ciudad norteamericano de nuestro tiempo, tras viajar al futuro el destripador, a quien encarna con inquietante sentido pop Warner, y su perseguidor, Wells.

Es verdad que la cinta ha perdido fuelle con el paso de los años pero aún conserva una frescura y una originalidad que da fuerza a su estrambótica historia. La lectura que propone el director no está exenta de cierta ironía, aunque al final triunfe el amor por encima de todas las cosas. No obstante, las escenas más tractivas nos siguen pareciendo las que enfrentan al atolondrado escritor que interpreta con inocente gracia McDowell, con un destripador que le confiesa al confundido escritor que se encuentra muy cómodo viviendo en nuestro tiempo, mientras Wells frustrado descubre como desaparece su idea de un mundo futuro utópico.

Afortunadamente para el autor de La guerra de los mundos y La isla del doctor Moreau década tan desoladora como fueron los años 70 y 80 del pasado siglo XX también tienen luz cuando conoce a una mujer que en ese territorio de depredadores en el que ahora vive le tiende una mano para hacer posible una de las mejores (y posiblmente también una de las más cursis) frases de la película: “todas las épocas son iguales, sólo el amor las hace soportables”.

Los pasajeros del tiempo no rompió en taquilla pero disfrutó de un éxito meridiano, lo que permitió que Meyer continuará su carrera como director con títulos como El día después (1983), donde nos alertaba en clave de cine catastrofista de lo que podría pasar tras un bombardeo nuclear; y Star Trek II: La ira del Khan y Star Trek VI: Aquel país desconocido, en las que se limitó a cumplir el expediente, probablemente consciente de no poder alterar el universo trekie que celosamente guarda su amplísima legión de seguidores.

Meyer no ha vuelto a ponerse tras las cámaras en los últimos tiempos, aunque sí se ha convertido en un reputado guionista especializado en adaptar novelas del escritor norteamericano Phillip Roth, como La mancha humana y Elegy, dirigida por la española Isabel Coixet. También colaboró en el libreto de Los impostores, una de estafadores del cada día más devaluado Ridley Scott.

Cuando la ecuación funciona: Una de western + Vampiros = Grupo salvaje según John Carpenter

Martes, Junio 24th, 2008

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Como espectador de provincias recuerdo con cariño casi todas aquellas sesiones que me ayudaron a querer un poquito más al cine. La que hoy rememoro tuvo lugar en el cine Greco, sólo que tiempo después de que el cine Greco dejó de ser solo un cine para convertirse en multicines Greco. La película en cuestión: Vampiros de John Carpenter. Porque el filme se titula así, Vampiros de John Carpetenter. Lo que ya nos avisa de que va ir la cosa: una de vampiros pero de John Carpenter.

No conozco aficionado al cine fantástico que no sienta debilidad por este cineasta, amante confeso de Howard Hawks (recomiendo la edición especial de Río Bravo, con comentarios del mismo Carpenter, entre otras interesante sorpresas) y hombre de profundas ideas progresista que ha ido revelando en su cine. Desde su clásico 1997: Rescate en Nueva York a la revolucuionaria Están vivos, donde propone en clave de cine de bajo presupuesto una rebelión de pobres contra ricos porque los ricos (que ya no lloran) son ¡extraterrestres o colaboradores de extraterrestres!

Vampiros de John Carpenter está basada en una irregular novela de John Steakley y nos cuenta la historia de un grupo salvaje que se dedica a recorrer los Estados Unidos en busca de… vampiros, precisamente. Esta banda de ¿asesinos? está liderada por un antihéroe pasado de vuelta que interpreta con su habitual convicción James Woods, y cuentan con la bendición de la Santa Iglesia Católica. El grupo salvaje, tras exterminar literalmente una guarida de chupasangres, y mientras lo celebra en un motel apartado con toneladas de tequila y mujeres de mala vida, es asaltado por otros no muertos y se arma la de Dios. Porque a partir de ese momento la película es una marcha hacia adelante con aroma de espaguti western y código de honor a lo Peckimpah sólo que triturado por la visión de un Carpenter en estado de gracia.

Vampiros no deja de ser, en este sentido, una más que estimable película del oeste. Sólo que los forajidos o los indios han sido sustituidos por hombres y mujeres a los que le gustan salir de noche y odian los símbolos religiosos y el ajo. Jack Crow, que así se llama el personaje que interpreta James Woods, se transforma así en una especie de justiciero o mejor de caza recompensas. Y los camiones y furgonetas en caballos mecánicos. El director aprovecha la ocasión, además, para criticar con tremebunda acidez a la jerarquía de la Iglesia Católica, a la que revienta con insólito desprecio en una de las mejores escenas de la película. Crow apunta a la cabeza de un sacerdote y le pregunta si quiere vivir o ir al paraíso con su buen Dios. El cura prefiere vivir.

No es Vampiros de John Carpenter una película a la que el paso del tiempo le haga daño. La he vuelto a ver recientemente y conserva esa frescura original que todavía estremece los huesos del aficionado al género. De terror y del oeste. Cuenta también con uno de esos finales que emocionan y que recuerdan vagamente al de cualquiera de los grandes western de su maestro Hawks. Es una lástima, de todas formas, que Carpenter no haya imitado a las mujeres del universo hawksiano, aunque sí se haya quedado con ese sentimiento de camaradería que empapa las relaciones de sus personajes masculinos.

Vampiros sigue siendo una de las mejores películas del director, junto a la potente 1997: rescate en Nueva York, Asalto a la comisaría del distrito 13, Están vivos, La cosa (el enigma de otro mundo), La niebla, Golpe en la pequeña China, y la surrealista En la boca del miedo, probablemente una de las mejores adaptaciones de las geografías delirantes pobladas por criaturas abominables de otro maestro: H. P. Lovecraft.

Sueños para unos, pesadillas para otros…

Miércoles, Mayo 14th, 2008

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En los territorios de la fantasía heroica, término que alguno acuñó para aglutinar toda esa serie de novelas y cuentos que transcurren en un mundo legendario poblado por bárbaros al estilo de Conan, el cimerio, o Kull, rey de Atlantis, también están los que optan por las épicas con aroma medieval que nacen, fundamentalmente, del círculo artúrico. Tema, por cierto, que ha dado origen a numerosas adaptaciones cinematográficas entre las que se encuentra la que considero, personalemente, la mejor o al menos una de las mejores, Excalibur (EEUU, Gran Bretaña, 1981) del casi siempre interesante John Boorman.

El filme, en una ambiciosa e inteligente labor de condensación,  ofrece un excelente resumen del mito artúrico, narrando el origen de la leyenda, su lucha por conquistar un reino y, finalmente, la busca del Grial, a través de la espada del rey, Excalibur, una metáfora hábilmente empleada por Boorman para reflejar la idea de orden y casi de nación primigenia que, según su visión, tiene del rey Arturo.

La leyenda está narrada (sueños para unos, pesadillas para otros, como exclama Merlín) en clave de realismo si me permiten mágico, mostrando con toda su crudeza las batallas y combates de la época en que se desarrolla la acción, aunque también dando espacio a la magia y a una escenografía de pop tardío que confiere a su todo fílmico un añadido estético que me sigue sorprendiendo.

En contra del salvajismo que representa Conan, el cimerio, cuyos excelentes relatos escritos por Robert E. Howard fueron también inteligentemente llevados a la pantalla grande por mi admirado John Milius, el mundo de espada y brujería de Excalibur se caracteriza por su amor galante, su en ocasiones insultante código entre caballeros de plateada armadura y la lealtad al rey (que significa la patria, la unidad) como meta en la vida de su pueblo. Perceval representa en este sentido el ideal no sé si de la película pero sí al menos de ese mundo también ideal que significa Camelot, una ciudad que resplandece en el bosque.

Excalibur obtuvo en su momento un relativo éxito de público, claro que su estreno coincidió en su momento (la pude ver, recuerdo todavía, en los inolvidables Multicines Oscar de la capital tinerfeña) con Blade Runner y en plena efervescencia de continuaicones de La Guerra de las Galaxias y de las correrías arqueológicas de Indiana Jones. Recuerdo todavía que casi me daba vergüenza reconocer entre amigos y enemigos que la cinta de Boorman me gustaba más que la película de Ridley Scott, un cineasta cuyo esteticismo postmoderno casi siempre me ha sacado de las casillas, salvo, quizá, en la postmoderna y delirante Hannibal.

Excalibur, cuyos ecos al Lancelot du Lac  (Robert Bresson) me temo que son solamente estéticos, probablemente no sea cine de barrio por su inquietante mensaje, subrayados musicalmente por compositores como Richard Wagner, Carl Orff, pero si dota largometraje de una extraña y misteriosa fuerza que no deja aún de fascinarme, lo que transforma en mi imaginario cinéfilo a esta película en uno de esos títulos que de tanto en tanto reviso para (mi sorpresa) descubrir nuevas cosas nuevas.
    

En busca del ‘grial’ cinematográfico

Miércoles, Abril 23rd, 2008

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Todo aficionado al cine que se precie tiene su peculiar grial cinematográfico. O esa película que conoce sólo de oídas o por referencias y que por una u otra razón cuando está a punto de verla se le escapa. No la ve, se queda con un palmo en las narices. Pasa el dichoso tiempo y no hay manera de encontrar ese título, no lo estrenan. No se edita en dvd, y como es uno de esos trogloditas que desconoce las millones de posibilidades de la red, es incapaz de bajarla para satisfacer sus expectativas cinematográficas.

Hay un puñado de películas que considero grial en mi memoria cinéfila, pero entre todas ellas la copa dorada de mi imaginación la colma Matar o no matar: Éste es el problema (Theater of Blood, 1973), de Douglas Hickox (director de la más que estimable Amanecer zulú) y protagonizada por una leyenda del cine fantástico y de terror de todos los tiempos: Vincent Price.

Era muy pequeño cuando Matar o no matar llegó a las salas de un Santa Cruz de Tenerife setentero y poco bullanguero. Han cambiado mucho las cosas desde entonces, aunque la ciudad sigue  igual de tranquila y provinciana por mucho que se empeñen unos cuantos. Como era lo que se dice un renacuajo e iba con los dichosos pantalones cortos a todos sitios, los porteros de las salas de estreno no me dejaban ver ésta y otras películas porque eran rigurosamente para mayores de 18 años y yo en aquel tiempo tendría tres menos o algo así. Después de su estreno, la película circuló por varias salas de cine de barrio pero por una u otra razón no se dieron las circunstancias para que pudiera verla lo que fue alimentando mi obsesión, así que cual caballero de la mesa redonda (o retonta) del tres al cuarto, cuando me enteré que la reponían en el Cine Somosierra no me cansé de darle la lata a uno de mis hermanos mayores para que me acompañara a verla.

Y así, tras años de infatigable batallar contra los porteros que me negaron el paso al paraíso, en aquel inolvidable Cine Somosierra se me abrió las puertas del cielo y disfruté de un espectáculo grotesco orquestado a la mayor gloria del gran Vincet Price.

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Para muchos Price es el actor de Corman, para otros el delicioso Doctor Phibes pero para mi siempre será el torturado actor Edward Lionheart de Matar o no matar. No he vuelto a ver la película desde entonces, y es poco probable que la vuelva a ver tras leer críticas incendiarias sobre este título que ocupa tan alto lugar en mi panteón de filmes que me dejaron huella. O que me marcaron. Sí que recuerdo, sin embargo, fragmentos muy aislados, como el toque británico y 70 que destila la cinta y un excelente secundario, Robert Morley como uno de los críticos que condena a la perdición a la vieja gloria shakesperiana que protagoniza Price. Porque el meollo del asunto, lo que dispara la trama de esta película estrambótica y poco recordada es que Vicent Price en el filme, tras desaparecer misteriosamente en las aguas del Támesis cuando una serie de críticos pulveriza su carrera, renace de la tumba para irlos eliminando uno a uno según cómo Shakespeare asesina en sus obras más conocidas a sus héroes y villanos.

Admito que la película sea ramplona, poco creíble y todas esas cosas que escriben los críticos con y sin caspa, pero junto a otras naderías de mi más tierna adolescencia reitero que es uno de mis griales cinematográficos y que como tal lo reivindico. Esa es la principal razón por la que no quiero verla de nuevo. Soy consciente que la edad te hace más sabio pero también más idiota y que no tendré la cabeza para disfrutar con lo que antaño me quitó el aliento. Algún día, espero, hablaré casi de lo mismo con respecto (y mucho respeto) de  la serie Godzilla. La original japonesa, no al refrito norteamericano que se estrenó hace unos años.