Vargas Llosa, una reflexión desordenada
Jueves, Octubre 7th, 2010Mi afición a leer comenzó gracias al descubrimiento de la mejor novela de aventuras de todos los tiempos, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Más tarde me inicié en otros territorios literarios pero la mayoría de los escritores que llegaban a mis manos eran anglosajones y franceses, lo que condicionó de alguna manera mi acercamiento a otras geografías de la novela y los cuentos. A medida que fui creciendo, cambié en muchas ocasiones de compañeros de juergas lectoras. Ora devorando a los rusos, ora devorando a los alemanes, ora devorando cualquier cosa que me garantizara un refugio ante la hostil realidad que me rodeaba.
En todo ese tiempo, sin embargo, admito que siempre vi con vacilante recelo la euforia que se produjo durante unos años en torno a la literatura hispanoamericana porque nunca he sido demasiado amigo de las modas. Ahora bien, que un escritor se convierta de moda no me obliga necesariamente a que lo exilie en mi peculiar bolsa de valores.
Contaba todo esto porque mi aproximación al boom latinoamericano llegó muchos años después de que sus efectos nocivos para la salud hubieran sido dispersados por el viento que todo lo arrastra. No llegaron sin embargo a conmoverme. Bueno, unos pocos de aquellos autores forman parte de mi particular santa sactorum como Jorge Luis Borges, a quien nunca consideré estrictamente un escritor sudamericano porque su obra trasciende fronteras, y Julio Cortázar, más por sus cuentos que por sus novelas, porque este argentino con pinta de actor existencialista era además de un excelente cuentista un gran aficionado al jazz. Y a uno de sus dioses: Charlie Parker.
Leí Cien años de soledad de Gabriel García Márquez por recomendación de un amigo que no prestaba libros. Y el hecho de que me prestara precisamente a mi Cien años de soledad fue un gesto que me desarmó por completo. Y claro que me gustó la novela del escritor colombiano pero tras leer otras ficciones suyas prefiero al Márquez articulista y periodista. Más tarde llegó Juan Rulfo y su Pedro Páramo y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos latinoamericanos en esta relación donde he mezclado a unos y a otros con independencia fueran boom o pre boom o post boom. Y es que como dijo un amigo: ¡Salvemos al puchero!
Vargas Llosa, por si no lo sabían, ha obtenido el premio Nobel de Literatura. Felicidades, viejo.
En la larga nómina de escritores sudamericanos siempre me dio por gustarme los que consideraba raros. Y Borges quizá sea uno de los más raros aunque, reitero, no sea sudamericano sino universal. A mí hay un escritor uruguayo que me seduce llamado Horacio Quiroga del que poca gente se acuerda hoy. El señor Quiroga es autor de uno de los mejores relatos fantásticos que he leído en mi ya largo historial como lector del género: El almohadón de plumas.
Háganse un favor y léanlo.
En los últimos tiempos y gracias a que he tenido la oportunidad de conocerlos me ha dado por continuar leyendo a escritores de la América hispana encontrando una literatura potente y en ocasiones estremecedora. Desgraciadamente, la mayoría de estos escritores no llegan al mercado español ni los españoles al mercado latinoamericano por esa absurda decisión editorial que pone coto a que circulen una y otras obras a este y al otro lado del Atlántico. No sé si se romperá algún día esta maldición.
Hay una interesante nómina de escritores cubanos, comenzando por el agitador Pedro Juan Gutiérrez y continuando por los policíacos Leonardo Padura, Amir Valle o Lorenzo Lunar. Peruanos, con Alonso Cueto, Jorge Eduardo Benavides y Santiago Rocangliolo. Y colombianos como el excelente Mario Mendoza. O los mexicanos Jorge Moch, Élmer Mendoza, Yuri Herrara o Francisco Haghenbeck, por citar sólo los que se me vienen a la cabeza. Hay más escritores desparramados por el continente, entre ellos el argentino Ricard Piglia o el chileno Roberto Bolaño pero este post no pretende ser exhaustivo sino celebrar –a mi peculiar y desordenado modo– que Mario Vargas Llosa se haya hecho con el Nobel de Literatura.
Un premio que si bien podría ponerse en cuarentena sirve la mayor parte de las veces para descubrir autores que por una u otra razón permanecían olvidados como es el caso del gigantesco Isaac Bashevis Singer.
De Llosa he leído, creo, las novelas que debía leer: Los jefes, Los cachorros, La ciudad y los perros, La fiesta del chivo y Pantaleón y las visitadoras si no creo recordar mal. Sin embargo, me pasa lo mismo que con Gabriel García Márquez, prefiero más al Vargas Llosa periodista que al escritor de inquietantes ficciones. Su legión de seguidores me gritará que me estoy perdiendo lo mejor del escritor pero así son las cosas en mi tontorrona y desordenada cabeza.
No obstante, y porque debía hacerme eco del Nobel, espero que estas confesión apresurada sirva para sumarme al extraordinario alborozo que significa para las letras hispanas que uno de los nuestros se haya hecho con el galardón que lleva el apellido del inventor de la dinamita.
Saludos, mirando el calendario, desde este lado del ordenador.



