Archive for the ‘Cine de allá’ Category

¿En el espacio nadie escucha tus bostezos?

Domingo, Agosto 12th, 2012

Es curioso como las cosas se tuercen con el paso de los años.

La primera vez que vi Alien, el octavo pasajero, fue en un palacio que se llamaba Cine Víctor si la memoria no me falla rodeado de un grupo de amigos entusiastas por el fantástico que ya habían juzgado la película –mucho antes de verla– como un clásico moderno de la ciencia ficción.

Un amigo en concreto, un tipo inquieto y con ligero parecido a Ron Jeremy, el astro fiqui del cine porno, fue el primero en vendernos las bondades y hallazgos de una cinta mucho tiempo antes de que se estrenara en las salas de esta isla abandonada de las manos de los dioses.

Incluso llevó al colegio para reafirmar su autoridad en el asunto el costoso volumen para la época que editó la revista Tótem dedicado íntegramente al filme de Ridley Scott. Más tarde, incluso, adquiriría álbumes donde se mostraba el trabajo de H. R. Giger, el padre de la criatura de cabeza con forma de plátano y que hizo realidad el diseñador italiano Carlo Rambaldi, recientemente fallecido y responsable también de E.T., el extraterrestre a quien los hermanos Calatrava rindieron una parodia en ese clásico del cine de cuyo nombre no quiero acordarme que es El Ete y el Oto.

Con esto quiero decir que cuando vimos Alien, el octavo pasajero todos estábamos condicionados a que íbamos a ver algo así como 2001: Una odisea espacial, solo que más entretenida. Con mucha más acción y menos discurso profundo sobre el dichoso milagro de la existencia.

Debo de escribir, sin embargo, que Alien, el octavo pasajero no respondió a mis expectativas. Que esperaba mucho más de la película pese a que aún conservo escenas congeladas en algún rincón del disco duro de la memoria como es la del bicho saliendo del vientre del actor John Hurt o la del androide que hacía Ian Holm relatándoles a los miembros de la tripulación Nostromo los pérfidos planes de sus jefes.

Allá, en el lejano y ultracapitalista planeta Tierra.

El Alien aparecía poco, pero sí que provocaba cierta inquietud saber que aquella especie de cucaracha gigante caminaba como Dios por su casa por la nave mientras iba exterminando uno a uno a los protagonistas de la cinta salvo a Sigourney Weaver, que hacía de valerosa amazona.

¡¡¡Teniente Ellen Ripley, presente!!!

Al finalizar la película se produjo más o menos el siguiente diálogo entre los amigos:

- Habrá segunda parte.– ladraba entusiasmado el colega con ligero parecido a Ron Jeremy– Está claro que el Alien se encuentra dentro del cuerpo del gato.

- Pero, pero ¿cómo es el bicho porque yo no lo he visto….?- Comentaba otro.

- Tiene doble mandíbula y su sangre es como ácido y…

- Pero, pero ¿cómo es el bicho?- insistía ese mismo otro…

- A mi me caía bien el robot.- comentaba el más triste de todos nosotros para poner fin a la discusión.

- Era un androide.- corregía rápidamente el amigo con ligero parecido a Ron Jeremy mientras nos dirigíamos a tomar un perrito caliente.   

Lamento escribir que la historia no le dio la razón a mi amigo con pinta de Ron Jeremy.

De hecho, Aliens, la continuación, presentaba a una brigada de marines especiales y espaciales que se enfrenta contra todo un ejército de bichos en la que, a mi juicio, continúa siendo la mejor película de las cuatro que se han rodado hasta la fecha sobre tan depredadoras criaturas.

Mis razones tengo para escribirlo.

Sobre todo porque quise ver en el Aliens de James Cameron un producto que sentó las bases por las que ha degenerado en los últimos años ese cine que llaman de acción.

Solo que sin la gracia ni la mala hostia y sobre todo el espíritu rancio y militarista con el que supo disfrazarla el tipo que más tarde me hizo recuperar la tragedia del Titanic y sentirme un estúpido dibujo animado en tres dimensiones con Avatar.

También, la de descubrir con Terminator 2: El juicio final que el océano de los súper héroes de tebeos podía llevarse a la pantalla grande con toda su imbécil credibilidad como en la actualidad lo demuestran todas esas películas protagonizadas por mutantes empeñados en salir del armario o adolescentes con picores arácnidos.

Las otras dos secuelas que continuaron explotando el fenómeno Alien son curiosidades para aficionados en las que se explota el espíritu de una película que como Alien, el octavo pasajero, fue algo así como un clásico moderno del cine de ciencia ficción.

O la puesta de largo de un género que hasta ese momento no había salido de una despistada adolescencia y que ahora, por fin, se atrevía a cruzar el umbral que lo separaba del ecosistema adulto.

2001: Una odisea del espacio fue una excentricidad de Stanley Kubrick, quien más tarde se reconcilió con aquella pibada que reclamaba la película de ciencia ficción definitiva con su La naranja mecánica. Pero ésta, más que de ciencia ficción,  fue otra cosa. Como otra cosa fue El planeta de los simios o Cuando el destino nos alcance…

… Filmes que pertenecen a otro planeta o a otra dimensión. Dos joyas que aún resplandecen y que merecen algo así como veinte premios Nobel.

Todo esto viene a colación de la supuesta quinta entrega de Alien.

Prometheus –así, con h intercalada– que dirige ese esteta llamado Ridley Scott.

Se trata de una película que aún no he visto pero de la que me llegan noticias a través de quienes sí la han visto radicalmente contrarias a las que me acribillaron cuando en el cine Víctor acudí al estreno de Alien, el octavo pasajero.

Un amigo cachondo que no tiene nada que ver con el que tiene ligero parecido a Ron Jeremy escribe en Facebook: En el espacio nadie puede oír tus bostezos.

Otro, escritor, parece que se lleva las manos a la cabeza tras verla… Su correo no tiene desperdicio para recomendar a quien ahora mismo está escribiendo estas líneas que no cometa el error de ir a verla.

No añade que no me gaste el dinero de la entrada por hacer que la vea…

Tampoco me recomienda que la baje de Internet.

Solo me advierte, resumiendo, que es una fuerte mierda.

Lo de fuerte mierda es una reflexión particular porque mi amigo escritor viene a decir lo mismo pero con otras palabras. Mucho más bonitas y mucho más elaboradas.

No sé si iré a ver Prometheus. Aunque es probable que lo haga porque es la única ocasión en la que puedo ir al cine con uno de esos amigos que parece que no existen salvo en las novelas.

El problema, como le insisto últimamente a ese mismo amigo, es que todas las películas que hemos ido a ver juntos en los últimos tiempos –todas ellas de ciencia ficción– son, vuelvo con el exabrupto, una puta mierda.

Aunque siempre es una buena ocasión, antes de entrar a ver la mierda y después de salir de verla, de ponernos a hablar de nuestras cosas.

Y contar con alguien a quien le puedes abrir el corazón en estos días de colosal desmoronamiento es como un milagro. O como estar frente a un Alien sin apetito. 

Ya se lo comenté la semana pasada, donde tuve que frustrar nuestra asistencia al cine por un problema familiar que no viene al caso: “Amigos y enemigos coinciden con Prometheus: es una mierda.”

-A mi me han dicho lo mismo, pero ya estamos acostumbrados ¿no?

Imposible rebatir una verdad vestida con tanta guasa.

El problema es que, condicionado como estoy a ver una mierda, empiezo a pensar sí realmente merece la pena ir a Prometheus. Tengo la sensación de que es como jugar con un político. Sabes que vas a perder pero no dudas en votar cada cuatro años para que te siga tomando el pelo.

Esto me hace pensar en lo que podría ser una de Alien si la dirigiera el cineasta con más solvencia y conciencia radical que aún sobrevive en las colinas de Hollywood.

Un tipo, John Carpenter, que con apenas cuatro dólares es capaz de contarte una invasión extraterrestre que todos los indignados del mundo deberían de revisar en su filmoteca de cabecera.

Se titula Están vivos (1988).

Y en ella los etes están entre nosotros.

De hecho, cuenta la cinta, son los etes y no los otos (nosotros) los que dominan el mundo.

Te pones unas gafas de sol y ves en blanco y negro la penosa realidad en la que estamos inmersos.

Pero ya nada es como antes.

Prometheus…

Me pregunto qué pensará mi amigo con ligero parecido a Ron Jeremy de la última de Ridley Scott.

Será cuestión de llamarlo.

Claro que ¿no se habrá muerto? 

Saludos, iré, no iré a verla, desde este lado del ordenador.

Qué grande fue el cine

Sábado, Agosto 11th, 2012

Entre otras muchas debilidades, confieso mi extraña adicción al cine italiano de los años cuarenta y cincuenta. Los expertos, que son esos señores de cabellera espesa y espejuelos con culo de botella, conocen este periodo como Neorrealismo…

Un cine áspero y duro, sin apenas concesiones, que hoy visto desde la distancia y el retroceso de nuestros infantiles días, se antoja como imposible de recuperar porque su discurso, si bien encaja con la que nos está cayendo, no resulta recomendable para los que nos facilitan entretenimiento con la forma de crisis satánica, líos del corazón y héroes disfrazados.

Lo que me molesta, lo que me irrita aunque no me quite el sueño, es que  los que se refugian en lecturas y películas para alimentarse digamos que espiritualmente, no se hayan percatado de lo que fueron capaces de hacer los italianos por el cine en ese período que merece un capítulo aparte en las Enciclopedias dedicadas a lo que se llama como séptimo arte…

¿Arte?

¿Fue un arte, verdad? 

Aquel grupo de iluminados, de profetas, narró pequeñas grandes historias de hombres y mujeres de la calle a los que el peso de la Historia arrolla o intenta arrollar. En algunos casos, incluso, mostraron como algunos pudieron salir adelante y lamer, como pudieron, sus heridas y en otras reflejaron con crudo realismo su fin.

Un fin en el que, efectivamente, el hombre está condenado a ser libre.

La noche del viernes, de una sauna indescriptible, me planteé volver a ver tres títulos de un cineasta que hizo carrera en eso que llaman Neorrealismo como si de un maratón de las Olimpiadas se tratara.

Y el caso es que todavía digiero el impacto que estas tres películas, firmadas por Vittorio De Sica, han supuesto para mi todavía capacidad de entrega al cine como un oasis de reflexión y, si quieren, inquietante esperanza.

Un oasis al que poder recurrir y saciarme cuando lo veo pese a que tenga constancia que ha ido perdiendo, y a mi juicio con el paso de los años, su capacidad de asombro. De conmover y agitar conciencias.

Se tratan pues de tres películas que nadie debería de perderse para entender la grandeza del cine. También de lo que fue el cine italiano de aquellos años.

De sorprenderse por su capacidad de autocrítica, de retrato feroz de un país literalmente empobrecido narrándonos sus miserias a través de una de serie de personajes que por su humanidad trascienden pantalla.

En este aspecto, considero que no pueden dejar de ser tan humanas películas como El ladrón de bicicletas y Umberto D. Crónicas despiadadas de hombres sencillos al que el peso de los acontecimientos terminan por aplastar como si fueran cucarachas.

¡Grande Carlo Battisti!, el jubilado que rompe el corazón en esa tragedia que rompe el corazón que es Umberto D.

¡Grande Lamberto Maggiorani!, el ladrón involuntario de bicicletas…

¡Grande Cesare Zavattini!, el escritor que hizo posible estas tres historias que, reitero, tienen aún la enorme facultad de romper el corazón…

El tono cambia, dentro de su implacable dramatismo, con esa delicada pieza de orfebrería de los sentimientos que continúa siendo Dos mujeres. Con una Sofia Loren en la que quiero encontrar el carácter de la mujer italiana.

Una especie de colosal reinterpretación de la mamma latina capaz de todo por el bienestar de su hija mientras la Guerra se va desmoronando  dejando a su paso la terrible huella de la postguerra.

No sé si el visionado maratoniano de estas tres películas ha servido de algo en unos tiempos donde todos parecemos intentar escapar de la realidad, pero me siento mejor tras llorar, esa es la verdad, con tres historias que me obligan a pensar que el cine, efectivamente, fue grande.

También a reflexionar que gracias a películas como estas tres que he citado y otras tantas que realizaron cineastas que no fueron de Sica, contribuyen a que observe el espectáculo del desmoronamiento en el que me ha tocado ser uno de sus tantos ladrones de bicicletas o Umberto D. con otra perspectiva.

Con otros ojos, con una melancolía digamos extraña que, afortunadamente, suaviza la belleza que encierra ese plano de Dos mujeres en el que madre e hija se abrazan tras haber atravesado un calvario que solo es el principio por el que estamos ahora mismo transitando aunque nubes oscuras nos impidan ver.

Por eso, y por otras muchas cosas más, dejar que la noche del viernes se muriera mientras me quedaba hasta las tantas con la vista pegada ante la pantalla del televisor merece que reivindique la fuerza de un arte, el cine, que no fue menor como es el de nuestros días.

Esto me hace pensar porqué el cine –y las demás artes, porque ninguna se disuelve, toma sentido, atrapa lo que hay– se ha vuelto con el paso de los años tan ñoño. Tan vacío, tan sin sustancia.

Y que me pregunte las razones de por qué ese miedo a reencontrarnos con lo que unos clásicos que en condiciones mucho más complejas que las que vivimos en nuestra farsa actual, sí que se atrevieron a hacer mientras en mi tiempo la mayoría de los artistas, de los culturetas, de los que tienen el deber de alimentarme intelectualmente obvia y me hace parecer memo si cuestiono sus memeces.

Lo que yo considero mis clásicos no lo dudaron ni un instante cuando había que hurgar en la llaga. Sabedores que solo a través del sufrimiento y la risa podemos llegar a pan, amor y fantasía.  

Indignarnos, compadecernos, riéndonos incluso para alcanzar a ser algo tan complicado como personas y no idiotas durmientes como revelaba esa obra reciente que es Matrix. Con todas sus irregularidades, con todo su enfermizo sentido de la estética como esperpento virtual.   

Veo, ya contaba, de una sentada y sin apenas pausa estas tres grandes películas. Y cuando acaba la sesión, roto pero más fuerte por dentro, escucho el canto de un grillo que debe de andar por casa y pienso, mientras telegrafía su música, que el caos en que últimamente ha sido mi conciencia se serena.

Se relaja…

Y todo por tres películas.

Efectivamente, qué grande fue el cine. 

(*) La imagen corresponde a ese brutal retrato de la soledad que es Umberto D.

Saludos, hay esperanza para cambiar. Basta con perder el tiempo viendo estas películas, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Curro Jiménez nunca muere, bastardos!!!

Jueves, Agosto 9th, 2012

Sancho Gracia logró algo insólito en un país acostumbrado a hurgarse el ombligo solo para sacarse la roña.

Lo insólito de Gracia y ahí radica la gracia, –amos, amos con esas patillazas- es que se metió en el bolsillo a los ciudadanos de este país –y de otros lares, no vayan a creer ustedes– con un personaje, y una serie de televisión, Curro Jiménez, que a su manera contribuyó a mirar con desparpajo y mucho cachondeo el pasado de Expaña para subrayar la mitología del súper hombre tal y como la entiende o entendía el español de toda la vida: cuando ama, ama de verdad. Y cuando le tocan las pelotas no pregunta sino que responde sacando la faca. La navaja.

También sirvió Curro Jiménez para explicarnos a los chavales de aquel entonces que en la compleja Guerra de Independencia para echar al francés del territorio peninsular, un grupo de descamisados se escapó al monte para hacer la guerra a su manera.

Esta forma de guerra, conocida como guerrilla, creó parafraseando a Ernesto Guevara algo así como muchos Vietnam en un país que comenzaba a tomar conciencia de sí mismo. Y esa conciencia le debe mucho a guerrilleros broncos que, como el Jiménez televisivo, representaba una España hambrienta y feroz que, pese a que digan lo contrario los letrados, aún late en el corazón de esta nación.

Vista con distancia y cierta perspectiva, Curro Jiménez no deja de ser una curiosa reinterpretación de Robin de los Bosques solo que ambientado en las sierras de mi querida Andalucía.

Junto a Curro Jiménez (Sancho Gracia) cabalgaban a su lado trabuco en mano el inolvidable bruto de buen corazón, El Algarrobo (Álvaro de Luna); El Estudiante (José Sancho) y El Fraile (Francisco Algora), una especie de nuestro fray Tuck.

Al morir en uno de los episodios El Fraile, fue sustituido por otro representante de la raza celtibérica, El Gitano (el especialista Eduardo García), cuarteto que en la mayoría de los episodios se medía contra el francés y los afrancesados al son de la inolvidable y chirriante banda sonora de Waldo de los Ríos.

No sé cuantas veces jugué en la calle tras pelearme con los amigos a ver quien hacía de Currro Jiménez, El Algarrobo, El Estudiante, El Fraile y luego El Gitano. Sí que recuerdo que los personajes más demandados eran el mismo Curro Jiménez y El Algarrobo, pero que no pasaba lo mismo, de hecho nos daba igual, si en el sorteo te tocaban los otros protagonistas.

La verdad es que Sancho Gracia, que fue como un actor al que le interesaba más la acción que dotar de cierta dimensión psicológica a sus personajes, ya había probado y con éxito su afición a un cine despreocupado y cotufero en una serie de películas donde como secundario hacía de pistolero o macarra de gatillo fácil.

A él le debo, además, y de ahí mi reconocimiento, que leyera a tierna edad una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos, Los tres mosqueteros, al interpretar al intrépido D’Artagnan en la telenovela del mismo título.

¡Data de 1971!

¡Cómo pasa el tiempo, demonios!

Sin embargo, si por algo reconozco a Sancho Gracia –hombre que se parecía casi como hermano gemelo no ya por físico sino por carácter con el padre de un buen amigo mío– es por sus trabajos en la televisión en unos tiempos donde la pequeña pantalla de este país no resultaba tan idiota como la de nuestros días.

Vale, solo había un canal y un poquito más tarde dos, pero la pagaba el contribuyente y  las cosas se hacían con otro estilo. Con otra forma. Había o hubo, no sé, como un respeto hacia y con el espectador.

Y Sancho Gracia fue como un fijo en la edad de oro de las series de televisión con marca de fábrica nacional.

Solías verlo en Estudio 1 (¡Doce hombres sin piedad!), también en Los camioneros y mucho más tarde en Curro Jiménez. Que fue el papel de su vida, el que le dio popularidad… Tanta, que intentó continuar explotándola en una vergonzosa versión de El Zorro, solo que en la España ocupada por los ejércitos napoleónicos, que respondía al nombre de La máscara negra.

Fumador empedernido, amigo de la jarana y algo chulapo, los ochenta no fueron buenos tiempos para el artista. Aunque en esta década interpretó otro de los grandes papeles para la televisión por lo que sigue siendo recordado por los aficionados que lamentamos su muerte.

En Jarabo, primer episodio de la reivindicable La huella del crimen, serie creada por Pedro Costa Musté, y a las órdenes de Juan Antonio Bardem, Sancho Gracia se puso en la piel de un viva la vida con inquietante parecido no solo físico sino existencial con el actor.

Merece y muy mucho recuperar este capítulo. En especial, a mi juicio, porque Gracia, más que actuar hace de sí mismo que fue lo que hizo prácticamente toda su vida cuando se ponía frente a las cámaras. Es decir, que le bastaba con su personalidad arrolladora para llenar pantalla.

En este sentido, y que quede constancia de una vez, me quedo con el Sancho Gracia que vi y aprendí a querer y respetar en la caja tonta y no tanto, tonto, con el que me vendía en la pantalla grande.

Así que entiendo como modesto pero descafeinado tributo a su memoria el que fue su último papel protagonista: 800 balas del siempre excesivo Álex de la Iglesia, quien volvió a solicitar sus servicios en esa excéntrica crónica de la historia del siglo XX de este país que es la frustrada y frustrante Balada triste de trompeta.

Me quedo, y lo asumo, con el Sancho Gracia con el que fui creciendo mientras contemplaba una televisión que, ya digo, primero fue en blanco y negro y más tarde probó el color y que hoy, es mi parecer, da enojosos pasos hacia atrás como la economía de este patético país.

Un país, Expaña, tan necesitado hoy de gente como Curro Jiménez.

Ya saben, de supuestos bandoleros que roban a los ricos para repartir el dinero entre los pobres que somos casi todos… 

Saludos, mientras Sancho Gracia fuma y requetefuma en tierra de nadie, desde este lado del ordenador.

¡Cotufas en el Museo!

Lunes, Agosto 6th, 2012

Pese a que las islas no disfrutan de la legendaria titularidad del desierto de Tabernas, en Almería, como plató natural por excelencia en esta España nuestra que se nos pierde, Canarias ha acogido numerosos rodajes que han aprovechado la variedad de sus paisajes y la bondad de su clima en una serie de películas que abarcan todo tipo de historias y de géneros.

Cuatro de estos largometrajes son los que articulan el ciclo Cotufas en el Museo. Cine de Verano en el Museo de la Naturaleza y el Hombre, que se exhibirá en el Patio de Las Palmeras a partir de las 21.30 horas todos los jueves de agosto.

Las cuatro cintas que forman parte del ciclo coinciden por la audacia de sus propuestas cinematográficas y también por el raquítico presupuesto de sus producciones. Todas ellas proponen además una excéntrica visión de pueblos remotos en clave aventurera. Desde una visión antihistórica y en clave de serie B sobre el mundo aborigen canario en Tirma (Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma, 1954) y La isla del infierno (Javier Fernández Caldas, 1999); hasta la desmesuradamente pop Hace un millón de años (Don Chaffey, 1966) y el relato de hazañas bizarras con Viaje al mundo perdido (Kevin Connor, 1977).

Lo curioso de estos cuatro largometrajes es que con distintos discursos cinematográficos y estéticos coinciden en contar una misma historia: el descubrimiento de un mundo prehistórico por parte de sus protagonistas y el shock que genera el contacto que mantienen con los naturales de esas geografías que parecen detenidas en el tiempo.

La primera película del ciclo, y obedeciendo a un criterio estrictamente cronológico en el orden las proyecciones, es Tirma, una coproducción hispano italiana protagonizada por Silvana Pampanini, Marcello Matronianni en uno de los primeros papeles de su carrera como protagonista; Gustavo Rojo, hijo de la escritora e intelectual tinerfeña Mercedes Pinto; y José María Lado y Félix de Pomés, entre otros.

Felizmente recuperada su versión en color por la Filmoteca Canaria, el filme de Moffa/Serrano de Osma es una película de capa y espada inspirada en la obra teatral del mismo título de Juan del Río Ayala y trascurre en Gran Canaria en el siglo XV. El filme se centra en la historia de amor que surge entre un caballero castellano, don Hernán (Mastroianni), y una princesa canaria, Guayarmina (Pampanini), con el telón de fondo de las revueltas entre indígenas y castellanos.

La popularidad de Hace un millón de años se debe más a su actriz protagonista, Raquel Welch, que al espíritu por reflejar con exactitud histórica los ya remotos orígenes del  hombre. Con todo, este trabajo producido y distribuido por la prestigiosa Hammer Film Productions, ha alcanzado la categoría de culto no solo por los espectaculares paisajes del Valle de Ucanca –silueta del Teide incluida–, sino por descubrirnos las también espectaculares curvas de la Welch.

Basada en una entretenida novela de aventuras de Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzán de los monos, Viaje al mundo perdido es una cinta fantástica de bajo presupuesto cuyos efectos especiales no han superado la prueba del algodón. El filme, cuyos exteriores se rodaron en la isla de La Palma y cuya primera parte se llamó La tierra olvidada por el tiempo, reúne no obstante todos los elementos que han hecho atractiva la novela popular y el cine fantástico de bajo presupuesto como es originalidad e imaginación a raudales. La película está protagonizada por Doug McClure, estrella de la televisión de los años setenta al que quizá algunos recuerden por su papel de Trampas en la serie El Virginiano.

La cuarta película del ciclo, La isla del infierno, propone una divertida incursión en el género de la aventura mucho más cercano al espíritu camp que a los estrictamente cinematográficos. Verla de otra forma sería negar las virtudes de un largometraje que respira sano amor a las películas de sesión de tarde, presentado una galería de personajes cada cual más estrafalario.

Dirigida por Javier Fernández Caldas y protagonizada por el tristemente fallecido José Conde, Arturo Soriano y Pablo Scola, entre otros, este trabajo sin pretensiones trascendentes ha terminado por convertirse en algo así como la primera cinta de culto rodada en Canarias por un canario. Y razones no faltan para volver a revisarla (o descubrirla) en un ciclo que, como Cotufas en el Museo, solo busca que el espectador pase un rato entretenido viendo rarezas cuyo mayor encanto es que son, precisamente, rarezas.

Para completar la velada, la oferta gastronómica la pondrá Armando Saldanha. Picoteo a buen precio para digerir estas sesiones tan especiales de cine de verano en el Museo de la Naturaleza y el Hombre, ubicado en Santa Cruz de Tenerife.

Saludos, están avisados, desde este lado del ordenador.

Sobre dos mujeres y el corto ‘Una puta crítica’

Domingo, Agosto 5th, 2012

LA ÑORA Y LA RUBIA

Ha muerto Chavela Vargas. Una cantante de la que me percaté de su existencia gracias a la versión de Piensa en mi que en su día interpretó Luz Casal para una película del Almodowuar.

No tengo sus discos, pero leo retazos de su biografía donde se resalta que estuvo marcada por el alcohol y el sufrimiento como si con eso quisieran despertar una lástima cínica en el lector.

La Vargas fallece con 93 años… ¿93 años marcados por el alcohol y el sufrimiento? Una buena vida, entonces.

Lo digo porque desafiar a la muerte comprando todos los boletos para adelgazar el periodo existencial en su caso se quebraron. La muerte, a veces, es una discreta olvidadiza.

Su muerte, no tan repentina, coincide con el cincuenta aniversario de la desaparición de otra señora. Se llamaba Norma Jeane Mortenson aunque popularmente se la conocía como Marilyn Monroe.

La rubia de escandalosas caderas que volvía loooocos y loooocas a Tony Curtis y Jack Lemmon en esa obra maestra que es Con faldas y a lo loco.

Yo me quedo, sin embargo, de entre todas sus películas con un título que algunos consideran menor en la carrera de la actriz y en la de su director: Río sin retorno. La firma el señor Otto Preminger, al parecer un hijo de puta cuando estaba tras las cámaras. Si no, que se lo pregunten a Tom Tyron, actor y escritor. Escritor de una novela turbadora, El otro, llevada al cine por Robert Mulligan.

También me gusta la Monroe en Niágara, en Bus Stop, y en casi todo lo que apareció. Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba, de nuevo a las órdenes de ese sátiro salvaje que fue Billy Wilder; Vidas rebeldes, El multimillonario, El príncipe y la corista… Pero donde despertó mis instintos más primitivos fue en Río sin retorno. Todavía me emociono al escuchar su One silver dólar… que cambiando de mano en mano va…

Norma Jeane tuvo una vida también marcada por el alcohol, las drogas y el sufrimiento. Solo que la muerte, en esta ocasión, sí que la encontró ese 5 de agosto de 1962… ¿Caería un puto domingo?

Dicen que se suicidó.

Yo sigo pensando que algo tuvo que ver en su muerte aquel happy birthday, mr. President, que le cantó al canalla de JFK, a quien ¿un tirador solitario? le voló la cabeza un día de noviembre de 1963…

Lo extraño del caso es que estas noticias tristes, negras, manchadas con la sombra de la muerte me ponen muy triste. Sentimental que estoy últimamente. Lo que me hace pensar cómo demonios será mi último día en la tierra de los vivos.

Pero no tengo estómago ni ganas para especular sobre cómo podrá ser mi estado de ánimo cuando me llegue la inevitable fecha de caducidad.

VOLANDO VOY, VOLANDO VENGO

Si hay un cineasta canario que mantiene casi la misma heroicidad por presentar sus últimos trabajos que Joseph Vilageliú ese es Daniel León Lacave, uno de los miembros más activos de esa puñetera pandilla que dice hacer cine leve.

Un cine, llámalo leve o no, cuyo primer antecedente ha sido detectado recientemente en este blog tras dar a conocer la primera experiencia de la inquietante y desconocida (y esto sí que es ir de leve por la vida) Petra Herzog.

Si pinchan el personalísimo blog de Lacave podrán observar su nuevo trabajo adscrito a los presupuestos de esta manera de hacer y quiero pensar entender el cine, Una puta crítica, comedia supuesta donde el director roza el rizo: reírse de sí mismo y reírse de una manera de hacer y entender el cine.

A mi juicio, le falta a este sorprendente y leve chiste egótico mayores dosis de ironía así como de autocrítica. Que nunca es sana pero sí efectiva cuando la cosa consiste en burlarse de las pretensiones de uno mismo, pero tiene su no sé qué.

Y sobre todo el riesgo, no sé si asumido, de la comedia. Una comedia que como todas las buenas comedias deja al final un regusto ciertamente amargo porque como decía el maestro Boris Vian “reírse es bueno y es tomarse las cosas en serio.” O algo así.

Ver su cortometraje ha supuesto al menos para quien les escribe el día que más detesta de la semana –el domingo, of course– que la tela de araña donde crecen y se reproducen sus frustraciones se rasgue por esta  corriente de aire fresco que ha espantado a otro lugar, a otro rincón, los insectos que emborronan mi/su  fuente de ideas.

Lo que le agradezco, porque de bien nacidos es ser agradecidos.

El mejor golpe del corto leve, o leve corto, me parece no obstante la imagen congelada que se ve al final de esta pequeña e interesante confesión de cineasta looooco por el cine ¿leve?

Me refiero a la que cierra los título de crédito para fundir al inevitable negro.

Me recuerda Una puta crítica, además, a un relato leído tiempo a… en Sin plumas o en Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, de Woody Allen. Claro que, seamos objetivos, lo mismo da, probablemente.

Lo de probablemente es porque esto ha pretendido ser, precisamente, una puta y leve crítica de cine leve.

(*) En la imagen, y es qué últimamente me ha dado por el cine silente, el gigantesco Harry Lagndon.

Saludos, empiezo a temer los domingos, desde este lado del ordenador.

‘Koyaanisqatsi’, una revelación religiosa

Martes, Julio 31st, 2012

Solo encuentro una explicación, era más joven y la cabeza y el cuerpo todavía aguantaba cualquier cosa que le metiera. Cualquier cosa menos la experiencia arrebatadoramente mística de aquella película. Una cinta sin palabras, solo imágenes y una enloquecedora banda sonora cuyo disco en vinilo guardo como oro en paño.

La iniciación se produjo hace ahora exactamente treinta años. En un cine de Madrid al que entré para olvidarme de mi mismo. Cuán equivocado estaba.

Nadie me había advertido de que iba aquello. Yo solo pretendía pasar el rato… Tiempo después me doy cuenta que las casualidades por norma general suelen ser muy afortunadas.

Koyaanisqatsi fue mi primera experiencia extra sensorial en una sala de cine. Una sorpresa que comenzó como amenaza y terminó transformándose en una sutil seducción. Todavía tengo imágenes circulando de aquel cóctel lisérgico. Casi como si me hubiera metido en la boca un puñado de setas alucinógenas.

Era un pibe, digo, y aquella sinfonía inquietante subrayada por la banda sonora de Philip Glass, me dijo demasiadas cosas aunque ninguna de ellas fuera aprensible hasta que, tiempo después, fui revelando agunas de sus inquietantes profecías. Y esperando con devota paciencia de aprendiz nuevas entregas de un proyecto cinematográfico que solo es para iniciados.

Tras Koyaanisqatsi, su creador, Godfrey Reggio,  presentó Powaqqatsi, y Naqoyqatsi, títulos todos ellos que provienen de la lengua de los indios Hopi; Koyaanisqatsi significa vida desequilibrada, Powaqqatsi vida en transformación, y Naqoyqatsi la vida como guerra. Me entero leyendo la inevitable Wikipedia y haciéndome eco del anuncio de la última película del director de fotografía de Koyaanisqatsi, Ron Fricke, y que lleva por título Samsara.

El teaser que ya circula en la red me ha devuelto de sopetón las sensaciones que tuve la primera vez que vi ese poema visual y sonoro que denuncia la vida desequilibrada.

Sospecho que la cinta no llegará a las salas de estreno de estas islas no solo desequilibradas, en transformación y guerra permanente en las que vivo, pero espero que algunos de esos entusiastas que todavía apuestan por cosas raras repare en ella y podamos disfrutarla en una pantalla meridianamente grande y rodeado de adeptos y despistados.

Es probable que entonces sienta lo mismo que sentí viéndola en aquel cine de cuyo nombre no quiero acordarme de la capital de esta España que se desmorona.

Unos con la vista fija donde luz y sonido parecían bailar una danza aparentemente caótica pero coherente. Otros, levantándose de la butaca a la media hora y corriendo hacia la salida. No lo recuerdo así, pero es probable que llevaran encima sus cotufas y refrescos.

Tiemblo como un niño con aquella experiencia involuntaria de espectador cinematográfico cuando todavía se podía ser un espectador cinematográfico. Para mi continúa siendo lo más cercano a una revelación religiosa que he tenido en el misterio de la sala en penumbra. 

Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador.