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Tenerife Noir celebra su VII edición del 28 de marzo al 10 de abril recordando a Pepe Carvalho y el legendario mediometraje La Cabina

Viernes, Febrero 18th, 2022

El Festival Atlántico de Género Negro Tenerife Noir celebra su séptima edición del 28 de marzo al 10 de abril próximos con actividades culturales que se desarrollan en Santa Cruz de Tenerife y académicas, en La Laguna, con la sexta edición del Seminario Internacional Tenerife Noir de Investigación en el Género Negro de la Universidad de La Laguna (ULL), que tendrá lugar del 28 al 30 de marzo.

La de este año es una edición muy rica y diversa, en la que dos de sus platos fuertes tienen carácter conmemorativo. Tenerife Noir celebra los 50 años de la creación de Pepe Carvalho, al coincidir este año con el aniversario de la publicación de la primera novela protagonizada por el singular detective creado por el escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán, Yo maté a Kennedy (1972). Asimismo, el festival celebra también el 50 aniversario del mediometraje La cabina, de Antonio Mercero, y la brillante y angustiosa actuación de su actor protagonista, José Luis López Vázquez.

El foco que pone Tenerife Noir en estos dos hitos culturales de la España del tardofranquismo son elementos clave en la imagen del festival en 2022, elaborada por la Agencia Moio, y constituida por una serie de carteles diversos –uno para cada una de las múltiples secciones de este encuentro anual en torno al género negro–. Los carteles están creados con viñetas a modo de cómic en el que lo que se lee no es una historia continua, sino los eslabones que definen parte destacada del contenido del festival.

La imagen de este año utiliza colores planos –negro, rojo y una tonalidad muy suave del amarillo– en el que, en un juego de viñetas, se introducen imágenes representativas de Pepe Carvalho, que, por no contar con una figura icónica reconocible va también acompañado de un plato de sardinas, representativo de la inclinación gastronómica del personaje, al que se le ofrece una receta que podría haber degustado en cualquier guachinche o tasca chicharrera y que sería también del gusto del gato que ya es un acompañante fiel de la iconografía de Tenerife Noir y del imaginario del género negrocriminal.

Junto a estos símbolos, la torre de la plaza de España remite a la capital tinerfeña, sede del encuentro cultural, y a la época franquista en la que surgieron los dos fenómenos culturales celebrados, un periodo de tiempo tan amplio que aparece acotado con el modelo de coche que atraviesa la ciudad en la noche, donde, bajo una farola, reluce vacía y amenazante una cabina telefónica solo inocente en apariencia.

Tenerife Noir afronta su séptima edición con la alegría de la vuelta paulatina a la normalidad tras los dos años de excepcionalidad provocada por la pandemia. Estos cambios se manifiestan en el retorno al mes de marzo para su celebración y en el esperado reencuentro presencial sin grandes limitaciones con el público.

El programa vuelve a ofrecer una agenda estructurada en tres ejes: social, académico y cultural. El festival está dirigido y coordinado a través de su Sindicato, que reúne a las cabezas directoras que hacen posible Tenerife Noir, una gran familia de especialistas y apasionados por el género negrocriminal, que cada mes de marzo se dan cita para tramar y destramar un programa completo de actividades del noir más intenso.

Saludos, bravo, desde este lado del ordenador

Miguel Munárriz: “El verdadero viaje está en la literatura”

Martes, Febrero 15th, 2022

El año pasado circuló en librerías La escritura contra el tiempo. Ayer fue miércoles toda la mañana (Luna de abajo, 2021), de Miguel Munárriz (Oviedo, 1951),un libro que reúne algunos de los artículos en donde el escritor, poeta y articulista escribía sobre libros y que se publicaron en la revista Zenda. La edición, que cuenta también con un prólogo, está al cuidado de Ricardo Labra e ilustrado con fotografías de Daniel Mordzinski, y es un delicioso repaso por las obras y los escritores que marcaron la vida lectora de Munárriz.

Miguel Munárriz fue director de La Esfera, el suplemento cultural de el periódico El Mundo y es autor como antólogo de Toda la poesía, de Luis Eduardo Aute y de Los últimos del XX. Antología de poesía (1980-1997), entre otras obras.

- Publica La escritura contra el tiempo. ¿por qué contra el tiempo?

“La escritura contra el tiempo fue un título que se me vino a la cabeza y creo que fue oportuno porque lo que hago es escribir contra el tiempo, contra la oxidación. Y leo también contra la oxidación del alma y para seguir escribiendo. Leer me pone en forma para luchar contra ese tiempo que nos abate a todos al final. El subtítulo del libro: Ayer fue miércoles toda la mañana es el título de mi blog en la revista literaria Zenda que fundó Arturo Pérez Reverte, quien me ofreció un espacio y la coordinación de parte de los contenidos de la publicación. El blog se llama así por un verso de Ángel González, el primer verso del poema Ayer de Ángel González que dice Ayer fue miércoles toda la mañana / por la tarde cambió / se puso casi lunes… Mi intención fue la de remarcar la ironía asturiana que definió la vida y obra del poeta”.

- ¿Conoció a Ángel González?

“Cuando formamos en los 80 el grupo Luna de abajo unos amigos que éramos letraheridos, cuatro que andábamos por la poesía y un quinto que es el editor de La escritura contra el tiempo, publicábamos los poemas de amigos de poetas amigos y el poeta que más nos interesaba de los vivos eran Jaime Gil de Biedma pero sobre todo Ángel González que impartía entonces clase en la universidad de Alburquerque, Nuevo México, por lo que el grupo decidió como poeta al que seguíamos entregarle unos cuantos libros que habíamos publicado y proponerle un libro homenaje en vida, idea que aceptó y le preguntamos nombres de poetas importantes que pudieran colaborar en la obra y nos recomendó a José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma y de ahí nació Guía para un encuentro con Ángel González, que se ha convertido en un libro canónico que, además de las colaboraciones que firman sus amigos contemporáneos, se trata de una auto antología comentada y temática de su trabajo como poeta. No creo que queden muchos ejemplares de la obra salvo en las librerías de viejo”.

- La escritura contra el tiempo puede leerse como un libro de viajes sobre los libros que ha leído.

“Al final el verdadero viaje está en la literatura. Los viajes físicos son importantes y se suelen contar pero yo leo para viajar. Los viajes son iniciáticos y la literatura es iniciática, te hace soñar, trasladarte. No recuerdo si fue Jean Paul Sartre quien dijo que lo mejor del viaje es la preparación. Esa víspera del goce que diría Pedro Salinas, algo que va a pasar y que intuyes que va ser muy importante en la vida. Todos somos literatura porque estamos hechos de cuentos y de historias. El gran viaje es siempre el viaje al interior de uno mismo”.

- En el libro dice que lee para disfrutar pero también para escribir.

“Javier Reverte, escritor y periodista, cuando viajaba seleccionaba los libros que iba a llevar en el equipaje porque si no lees, no escribes. Aprendes mucho leyendo. Aprendes gramática, a viajar y a conocer a otros. Maneras de vivir a través de los personajes de grandes novelas que ahora están dentro de mi y todavía siguen siendo verdaderos amigos, muchas veces más deseables que algunos vecinos y gente que conoces. La protagonista de Madame Bovary, de La Regenta, aportan muchísimo, como el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger. Todos estos personajes forman parte del imaginario y te dan siempre lo que son porque aparte de ser lo que comemos también somos lo que leemos. Por eso reivindico tanto el hecho de la literatura no solo como entretenimiento. La literatura es inagotable, siempre crece”.

- ¿Se fía de los críticos?

“Dirigí entre 1996 a 1999 el suplemento literario La Esfera en el periódico El Mundo donde tuve que tratar con todos los críticos literarios que colaboraban y todos tenían la capacidad de escribir para que te fiaras de ellos. Y creo que así lo hacían porque las editoriales no pagan para que escribas bien o mal de una obra. Es verdad que a veces no confías en un determinado crítico cuando escribe mal de un escritor porque, sencillamente, lo odia pero eso hizo que invitara a los colaboradores de La Esfera a que escribieran críticas de obras de escritores muertos. Ahora no sigo demasiado los suplementos culturales pero suelo leer firmas de las que sí me fío. No hay más remedio. Está también el seguimiento que hace el lector de los suplementos pero confío sobre todo de las recomendaciones que me hacen los amigos y algunos críticos literarios que me han ido convenciendo a medidas que los iba leyendo cada sábado, que es lo que me ocurre con José María Guelbenzu, que ha leído mucho y es sincero y tiene una vida muy larga y rica en literatura y Rafael Conte, con el que me pasa exactamente lo mismo”.

- En la introducción de La escritura contra el tiempo Ricardo Labra escribe en el prólogo que de Luna de abajo usted fue “el más cortaziano de todos nosotros”. ¿Sigue siendo cortaziano?

“Sí, totalmente. Adoro a Julio Cortázar y lamento no haberlo conocido. Sé que si lo hubiera conocido no me hubiera decepcionado. Seguí a Cortázar con verdadero denuedo, en cuanto había un libro de él que sabía que era nuevo lo adquiría y leía. Descubrirlo fue toda una revelación. Cuando leí La autopista del sur me quedé pasmado, fue un flash. Me ocurrió en una época en la que todavía leía a los españoles del momento, escritores que practicaban una literatura realista. Y entonces llegó el boom latinoamericano con escritores como Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y el realismo mágico, la magia de la realidad, que hace que te des cuenta que la literatura es un campo inabarcable y exploras y encuentras nuevos horizontes. Reivindico a Cortázar porque fue uno de mis escritores de formación. Los latinoamericano del boom, en general, me formaron en el arte de la escritura y la literatura. Y Cortázar, del que he leído todo. Rayuela, por ejemplo, es una novela generacional, experimental y en cierta medida una antinovela o la novela de un latinoamericano, argentino para más señas, que vive en París. El exilio, la nostalgia, la poesía, la búsqueda del amor. Pero recomiendo sobre todo leer al Cortázar autor de cuentos, de cuentos como Los venenos porque ahí se aprecia que fue un escritor que manejaba muy bien a los personajes adolescentes. Cortázar como cuentista no decepciona nunca”.

- Pero tengo la percepción que mientras Borges sigue, Cortázar se olvida.

“No tanto porque creo que hay cortazianos en el mundo que intentamos ponerlo en su sitio. Hay que leer a Cortázar es una frase de Juan Cruz cuando volvió a editar sus libros. En cuanto a Borges, sí, hay un mundo borgiano interesante y otro muy intelectual que resulta, a mi modo de ver, menos frívolo. Si me preguntaran qué cuento de Borges recomendaría, respondería Emma Zunz porque se trata de uno de sus relatos más tradicional y realista. A Borges lo apoya un universo intelectual que no lo abandona y a Cortázar los que defendemos que no podemos olvidar nos de su literatura”.

- ¿Qué libros suele recomendar?

“Cuando recomiendo, recomiendo cosas buenas y fáciles de leer. Si alguien no ha leído a Faulkner no le digo que se lea Absalón, Absalón, que es una novela muy dura pero sí Santuario, que además es una buena novela”.

- ¿Qué hace con los libros que no le gustan?

“No los leo”.

- ¿Pero qué hace con ellos?

“Los acumulo. En casa nos van a comer los libros. Tengo estanterías hasta en la cocina y eso que soy de los lectores que selecciono porque queda mucho por leer y releer. Si no me gusta un libro no lo termino y no me da pena decirle a quien termina un libro pese a que no le haya gustado que no hay que sufrir con la literatura. Eso sí, hay libros muy herméticos, como La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, que leí con veinte años, lo que explica que no dejara de preguntarme mientras lo leía ¿qué es esto?, pero sabía que había algo, que había algo ahí. El Ulises, de James Joyce, no pude terminarlo pero estoy seguro que algún día volveré a él porque sé que me voy a enfrentar ante una obra de gran calidad y un autor que puso toda su vida en ello, pero hablo de las grandes obras de la literatura que son difíciles pero no de las infumables, que son esas que no hay que leerlas ni perder el tiempo con ellas”.

- ¿Se fía de los premios literarios?

“Soy muy inocente y me fío de todo el mundo. Intuyo que los premios provinciales, los que son públicos, tienen que serlo. Luego están los premios que pagan las editoriales, que son comerciales, se apuesta por un escritor importante para vender libros, no estamos en los años 40, cuando estos mismos premios de editoriales descubrían escritores como Carmen Laforet o Miguel Delibes pero en principio no tengo por qué no fiarme de los premios literarios”.

– Ha escrito poesía, artículos pero ¿y novela?

“Escribí algunos cuentos pero los publiqué hace ya muchos años y la novela, la novela la tengo ahí porque es algo que me puede devorar. Le tengo mucho respeto a la novela. Creo que no es difícil hacerla, lo difícil es escribir una buena novela pero no voy a negar que tengo la necesidad de contar cosas que me han pasado pero no como una novela”.

- ¿Y cuál es su relación con el libro electrónico?

“Cuando me voy de vacaciones llevo una maleta llena de libros. Los manejo mucho por lo que el electrónico no es santo de mi devoción aunque me parece estupendo que exista y que haya gente que los utilice pero yo soy de los que se sienta en el sillón con uno de los cuatro o cinco libros que leo a la vez. No hay un invento tecnológico con la fortaleza del libro. Me gusta leerlos, tocarlos. Ver la foto del autor. Me gustan los libros”.

UN BIBLIÓMANO

Miguel Munárriz es un enamorado de los libros y de la lectura pero no se considera un bibliófilo a pesar que en su biblioteca cuente con varias ediciones de autores inmortales como Julio Cortázar y Miguel de Cervantes.

“La relación que mantengo con los libros no es la de un biblíófilo pero sí la de un bibliómano”, de manera que los libros que le gustan ocupan un lugar privilegiado en su hogar. “Se trata de una relación especial”, dice el poeta, también de una relación “sana y cercana” con los libros. “Es casi una vibración”, destaca.

Varias habitaciones de su casa la habitan los libros, incluso la cocina, y muchos de ellos “no los voy a leer pero eso me ayuda a que siga leyendo muchísimos más”. Y concluye: “mi relación con los libros es cariñosa y de agradecimiento a lo que me han dado”.

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¿Es La escritura contra el tiempo un libro de críticas literarias? Miguel Munárriz responde con un contundente no. Él no propone críticas sino recomendaciones de algunas de sus lecturas favoritas. También un puñado de opiniones sobre leer y los libros. La cuestión, insiste, es que “hay que leer”. Y sobre leer, y mucho, van los contenidos de La escritura contra el tiempo- En la imagen, Miguel Munárriz junto al tristemente desaparecido cantautor, cineasta, poeta, escritor y escultor Luis Eduardo Aute.

Saludos, leyendo espero al…, desde este lado del ordenador

Los nombres prestados, una novela de Alexis Ravelo

Lunes, Febrero 14th, 2022

“Puede que sea la forma que tiene Dios de castigarnos por quitar tanta vida. Digamos que uno piensa que tiene las manos limpias, que después de lavarse bien no ha quedado ni rastro. Pero no: la sangre derramada siempre se le queda a uno bajo la piel. No hay manera de limpiarla. –Laguna hizo una pausa y cambió de tono–: No me hagas caso, hijo. A veces me pongo muy pesado”.

(Los nombres prestados, Alexis Ravelo. Nuevos Tiempos Policíaca, Siruela, 2022)

Alexis Ravelo, que sigue la estrategia del pequinés, va poco a poco desembarazándose de la etiqueta de escritor negro y criminal para ser conocido como un escritor a secas, al margen de géneros, aunque conozca y muy bien las claves de la novela policíaca.

Este compromiso creador le ha llevado incluso a ensayar atractivos experimentos literarios como el que nos reveló hace dos años con la novela Una bolsa en la cabeza, un tour de force que trasciende las fronteras del género y un título en el que venía a confirmar una vez más las dimensiones que como narrador alcanza Ravelo a medida que desarrolla su carrera como escritor. Un escritor al que le gusta sorprender al lector y que no suele perder su curioso baile de cintura con cada nueva obra, cada nuevo libro que presenta.

Noto ese baile de cintura, más controlado que nunca, en Los nombres prestados (Siruela, 2022), obra por la que obtuvo el Premio de Novela Café Gijón 2021, y título que a pesar de su aparente sencillez (tanto en la forma como en el fondo) propone una diversa y compleja variedad de cuestiones que, en manos de otro autor, no se habrían resuelto con la aplastante sencillez de cómo lo hace Ravelo, que tiene la capacidad de sorprender con cada novela que publica y, lo que es mejor, que el lector se involucre en sus andanzas literarias.

Los nombres prestados es una novela que maneja, entre otros temas, política, terrorismo, arrepentidos, traición y redención. Un paquete de deberes –como se ve– complejo pero que resuelve con una simplicidad que desarma –no desconcierta– a quien se meta en las páginas de un libro que da lo que promete: entretenimiento pero también muchas preguntas. Preguntas que suscita un relato que protagoniza una mujer y su hijo, Marta Ferrer y Abel; un perro, Roco, y un corredor de seguros jubilado que no es lo que parece, Tomás Laguna.

La historia se desarrolla a mediados de los años 80 del pasado siglo XX, unos años en los que el terrorismo seguía golpeando con brutalidad la democracia española. En la novela los miembros de uno de estos grupúsculos, denominado Federación Revolucionaria Antifascista Diez de Agosto (FRADA), está inspirado en otra banda terrorista que sí actuó en aquellos años del plomo: los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO)y adquiere un indiscutible protagonismo. Esta hipotética formación de extrema izquierda juega un papel esencial en el desarrollo de la novela que no vamos a revelar por razones obvias, no estropear uno de los meollos de un libro en el que también se habla sobre volver a empezar.

Me pasa con Alexis Ravelo un fenómeno curioso cuando leo algunas de sus novelas. Si en La estrategia del pequinés detectaba destellos que bebían directamente de las fuentes de la edad dorada del género policíaco norteamericano, finales de los 30 e inicios de los 40, con una novela referente como fue La jungla de asfalto, de William H. Burnett; en Los nombres prestados el autor que se me viene a la cabeza no es anglosajón sino francés, Jean Patrick Manchette, que también cuenta con una novela con (no de) terroristas, NADA.

Argumentalmente NADA no tiene nada (nunca mejor dicho) que ver con Los nombres prestados pero la sintonía que escucho mientras leo la novela de Ravelo es, y con mucha insistencia, la de Manchette en cuanto a estilo. Un estilo poblado de frases cortas, diálogos contundentes y capítulos de apenas dos y tres páginas.

Como Manchette, Alexis Ravelo además de emocionar y que nos pongamos en la piel de sus personajes, logra con un estilo telegráfico que no abusa de descripciones pero que está tocado por un sentimentalismo que no moja ni empapa, que el lector se sumerja en la historia que nos cuenta, que nos narra.

No es fácil hacerlo aunque con el paso de los años Alexis Ravelo ha ido desarrollando una literatura personal e intransferible. Sus novelas, por mucho que cambien de escenarios y de técnicas narrativas, son suyas. Es su mirada, es su forma de contar historias, ahora más depurada que nunca.

La novela tiene lugar en algún remoto lugar de España. Se trata de una localización ficticia que revela lo que son por los nombres con los que el escritor las ha bautizado: Nidocuervo y San Expósito pero no es la primera vez, tampoco, que el escritor recurre a un territorio creado para contar una historia. Lo hizo en el primer volumen de La iniquidad, La noche de piedra, que transcurre en… San Expósito, la misma localidad que aparece aunque en plano secundario en Los nombres prestados. La iniquidad dio lugar a un segundo volumen: Los días de Mercurio que, pese a su ubicación geográfica, no tiene nada que ver con la última novela del escritor, títulos estos muy crudos, páginas que mostraban su vena más rabiosa. Los nombre prestados, por el contrario, es una novela que está escrita en otra clave. Es crepuscular y redentora. La contraportada del libro la califica de western incluso pero no es eso, aunque algunas de sus páginas parezcan haberse escrito en clave de indios y vaqueros.

Estructurada en siete partes (Un chico, una mujer, un hombre, un perro; La sangre derramada, Los monstruos, El último almuerzo, La voz y el bosque; Versión oficial y Vida de Roco) Los nombres prestados nos devuelve a un escritor que no renuncia a su pasado negro y criminal pero también, a un autor que se ha forjado a sí mismo.

Saludos, hoy es el día…., desde este lado del ordenador

Ocho, una novela de Claudio Colina Pontes

Lunes, Febrero 7th, 2022

No tenía noticia de la existencia de Claudio Colina Pontes (nombre de guerra tras el que se esconde Gabriel Díaz) en el panorama de la república de las letras que se escriben a este lado del Atlántico, así que dar con él, conocerlo incluso antes de ponerme a leer su nueva novela, Ocho (Editorial El Equilibrista, 2021) por mediación de un amigo común, quiero entenderlo como una de esas sorpresas que te depara la vida a una edad en la que ya no crees en sorpresas. O en que el asombro asome por cualquier esquina de una ciudad que, por caminada, casi podría cruzarla, circunvalarla, recorrerla en un sentido y en el otro, con los ojos cerrados.

Viene toda esta introducción para expresar las sensaciones contradictorias que me ha procurado la lectura de Ocho, una novela que cuida más la forma que lo que cuenta, pero que funciona incluso para los que estamos acostumbrados a que nos narren historias porque si bien aparentemente no se sabe muy bien que es lo que quiere narrarnos su autor, el estilo, las argucias literarias a las que recurre, enriquecen un texto que no va a dejar indiferente a nadie y creo que de eso se trata cuando hablamos de literatura.

Escrita en primera persona por Víctor, y estructurada en varios planos narrativos, Ocho se plantea en un principio como una típica novela de carreteras, uno de esos relatos en los que el protagonista solo –o en compañía de otro– atraviesa senderos asfaltados en busca de algo. Ese algo, indefinido en Ocho aunque se obtenga una abrupta respuesta al final, suele ser generalmente en este tipo de libros (los de carretera) una especie de metáfora sobre la vida. A medida que se va avanzando, el personaje, o los personajes, también van modelando su carácter. Se transforman, viven la aventura del viaje que todo lo cambia. Para bien o para mal, eso es otra historia.

La novela se desarrolla, podríamos decir, en un universo alternativo que resulta casi parecido al nuestro. No se proporciona demasiada información sobre esa realidad que ha construido literariamente pero los pocos datos que proporciona resultan suficientes para dar consistencia al fondo en el que se desarrolla el relato. El escritor plantea una serie de límites, de líneas invisibles mientras asistimos a las peripecias de dos amigos que han cogido un coche eléctrico para encontrarse con un viejo profesor que reside a bastante distancia de donde moran estos dos personajes que parecen sacados, a ratos, de una película cómica silente. Y se apunta silente porque así me los imaginé en la cabeza, una especie de el gordo y el flanco cuando todavía no hablaban en el cine. Dos personajes opuestos pero que están juntos por ese delgado hilo invisible que es la amistad. Durante su itinerario, les pasarán muchas cosas aunque son más las cosas que pasan cuando Víctor, el narrador, recuerda.

Los recuerdos en esta novela son esenciales y apuntalan y en ocasiones hacen entender las contradicciones que anidan dentro de la cabeza y el corazón de Víctor, un personaje más que cínico, irónico. Una ironía que afortunadamente se mantiene a lo largo de toda una novela que pese a su aparente dispersión, quiero entender que está muy calculada. Medida, que se añaden a capítulos sin nombre ni sin número porque pese a que tenga la sensación que no alcanzo a comprender lo que quiere contarme Colina Pontes, me da la sensación que en conjunto estas vivencias basadas “en hechos reales” están ahí porque estaban ahí.

No se trata Ocho de una novela que invite a una lectura rápida. Obliga, en todo caso, a disfrutar de los diálogos (que se cruzan en los párrafos) y en otros ardides a los que recurre su autor para escribir un libro que se sale un tanto de la tangente, de lo tradicional. No emplea para ello un lenguaje enrevesado ni se anima (cómo si se animan algunos para demostrar por desgracia lo que no son: escritores) a experimentalismos fraudulentos. No, en el caso de Claudio Colina Pontes (Gabriel Díaz en la grisácea vida real) ir hacia adelante como hacia atrás se escribe como debe de estar escrito.

Con una sencillez que apabulla. Puede que sea, reflexiono, la herencia que le debe a uno de los oficios más bonitos pero también más ingratos del universo laboral: el periodismo. Oficio que desempeña Víctor en ese mundo paralelo en el que se desarrolla la novela.

Ocho tiene también muchos peros… Uno de ellos sería el apreciable descontrol que a veces, sobre todo llegando al final, desequilibra en conjunto a la obra. Otro, situaciones que resultan más o menos parecidas y que por lo tanto poco aportan al buen discurrir de la novela aunque, quién demonios lo sabe (probablemente solo su autor) se traten de situaciones provocadas y que ese aroma a improvisación que a veces me asalta en la lectura fuera en todo caso premeditado.

Sea o no así, Ocho con sus bajadas también tiene sus ascensos y es aquí cuando el libro parece que recupera el vuelo y olvida esa voluntad un tanto fastidiosa de insistir que quien está detrás de todo esto es un escritor. Lo que no hacía falta porque cuando la obra se eleva consigue lo que venía a expresar al inicio de este comentario: sorprende. Es decir, que mi capacidad ya agotada de asombro despunta, brilla con cierta intensidad porque detecta en una novela y en un escritor madera suficiente para tenerlo en cuenta.

Es decir, que Claudio Colina Pontes (Gabriel Díaz en la vida real) ya no es para mi un desconocido en el panorama actual de la república de las letras que se escriben a este lado siempre agitado del Atlántico.

Saludos, ¿nueve?, desde este lado del ordenador

La diosa de los eunucos, cuentos de Sergio Barreto

Lunes, Enero 31st, 2022

“- Así huele el conocimiento quemado. Estos hombres son la ira de los dioses. Nosotros, la vergüenza de la sabiduría – lamenta Sergio”

(Viento quemado, primer cuento de La diosa de los eunucos, Sergio Barreto. Colección Sitio de Fuego, Baile del Sol, 2021)

El caso de Sergio Barreto no es nuevo en las literaturas que se escriben a este lado del Atlántico pero sí singular si se tiene en cuenta que salvo uno o dos compañeros de generación, cultiva y bien el cuento, la novela y la poesía.

La diosa de los eunucos
(colección Sitio de fuego, Baile del sol, 2021) aterrizó en librerías a finales del año pasado, y se trata de un libro de relatos que reúne diez historias en las que Barreto simultanea géneros diversos, adoptando en cada uno de los relatos un estilo particular, adaptado a lo que narra en ocasiones con notable pulso y en otras dando bandazos, como si no hubiera encontrado el estilo a través del cual encauzar lo que deseaba narrar.

Con todo, y que nadie se llame a engaños, Sergio Barreto es un buen contador de historias solo que a veces se deja llevar por el cómo lo cuenta más por el qué es lo que cuenta, lo que desactiva a nuestro juicio el interés de alguno de los diez cuentos que se incluyen en un libro que, pese a sus carencias, se lee con sorpresa, la sorpresa de descubrir (en otros casos de redescubrir) el temple narrativo de un escritor que también es (no fue) poeta.

La diosa de los eunucos inicia su itinerario con Viento quemado, un relato atractivo aunque disperso sobre alguno de los sabios que intentaron rescatar obras antes y durante el incendio de la Biblioteca de Alejandría. No está mal lo que se cuenta pero pierde el equilibrio al final porque no se redondea el texto con un acabado tipo vuelta de tuerca. Se intenta, es cierto, pero resulta algo forzado a nuestro juicio.

El siguiente cuento se titula ¿Qué comen las ballenas? Y desconociendo si se escribió tras ver Galipolli, aquel fantástico largometraje bélico de Peter Weir sobre una de las batallas más sangrientas de la I Guerra Mundial en suelo turco, se trata –es cuestión de gustos personales– del mejor cuento que se recoge en un libro que va en ascenso y descenso como si uno estuviera en uno de los vagones de una montaña rusa. Con todo, ¿Qué comen las ballenas? no hubiera decepcionado a toda esa pléyade de grandes escritores que participó en aquella contienda (nunca se escribió tanto y tan bien en occidente sobre un conflicto, y dejo algunos nombres: Jünger, Remarque, Hemingway, entre otros) aunque las intenciones de Barreto más que una exaltación del combate o un alegato en favor del pacifismo van por otros derroteros que no desmerecen el resultado final de un cuento escrito con convicción.

El tercer relato, Cuando había poca agua, es el más cercano a un anterior libro de cuentos del autor, Las estribaciones occidentales de Cydonia porque transcurre en una ciudad reconocible pero que no es, lo que puede desconcertar a quien lo lea aunque una vez se asumen las reglas del juego no deja de ser un atractivo retrato sobre las miserias humanas con un personaje, Diógenes, que ya dice mucho de por donde irá su discurso.

El primer hijo e Ich Bin Ein Berliner son historias aparentemente diferenciadas pero que entiendo que están unidas por un sutil cordón umbilical. Quizá sean los relatos con influencia más estadounidense de la obra, y como tal ejercicio deben de leerse.

No me ha resultado de lo mejor el cuento que, precisamente, da nombre a este libro, La diosa de los eunucos, un relato contradictoriamente ¿feminista? Pero en el que convergen también otras lecturas que no resultan para nada próximas a ese ¿feminismo? que se deja entre interrogantes. Es, si no me equivoco, el cuento más grande en extensión del libro, lo que me hace pensar que Sergio Barreto se mueve mucho mejor en las narraciones cortas, muy cortas pero sin llegar a los extremismos del microrrelato, que cuando juega con más texto…

Confirma lo que escribo el relato que viene a continuación, Invasión, uno de los más reducidos, cuatro páginas en las que se condensan emociones y una amenaza que viene del mar con resonancias lovecraftianas.

Aisladas, que es el título del cuento que viene a continuación, es con La diosa de los eunucos uno de los cuentos más extensos del libro y, como me sucedió con éste, un relato que se pierde probablemente porque se escribió sin tener muy claro cómo ni cuándo tendría que ponerle punto y final.

Los dos últimos relatos del libro son Astronautas, los últimos rebeldes y Las que cubren sus cabellos con plumas de Hymenops. El primero de ellos tiene algo de Ray Bradbury, y esa misma sombra asoma en el segundo aunque sea una visión muy personal tras leer dos cuentos que, si están en este volumen, es porque su autor debe de haber entendido que funcionaban en una obra que pretende ser una metáfora sobre “el pasado, el presente y el futuro de la especie”, que es lo que se lee en la contraportada de La diosa de los eunucos.

Una obra que con sus desaciertos nos muestra a un escritor que se mueve –cuando no se deja llevar por las musas– con comodidad en un género tan difícil como es el cuento aunque se agradecería una mayor preocupación por el tratamiento ya que, como dijo el escritor argentino Julio Cortázar, “no hay cuentos buenos ni malos sino formas de narrarlos”.

Saludos, cuando todo parecía tranquilo…, desde este lado del ordenador

Micropsias, un libro de Ángeles Jurado Quintana

Jueves, Enero 27th, 2022

En la contraportada se lee que la micropsia es un trastorno neurológico relacionado con la obra Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol, al parecer sospechoso de sufrir una patología que la Wikipedia que todo el mundo crítica pero que sin embargo todo el mundo consulta, define como aquel cuadro que distorsiona la percepción visual. “Aquellos que padecen este trastorno experimentan distorsiones en la percepción de los objetos, viéndolos más pequeños de lo que realmente son”.

Micropsias, en plural, es el título de un libro de microrrelatos que firma la periodista Ángeles Jurado Quintana y que edita dentro de la colección Sitio de fuego, la editorial Baile del sol. El libro reúne una serie de textos cuyo tono general es el de lo inquietante. Hay algunos muy buenos y otros que no lo son tanto pero estas cosas pasan en recopilatorios que, como viene al caso, cuesta que mantengan si no un tono constante, sí que una regularidad que no termina de afinarse.

Con todo, es una obra que se recomienda leer a ratos y no de una sentada. Cada pieza, cada relato reducido en muchas ocasiones a su mínima expresión, cuenta una historia. Y esa historia está narrada a su vez de una manera diferente. No hay un estilo, ni unas formas uniformes sino una apuesta por la variedad que lo enriquece, a nuestro juicio.

El libro se estructura en cinco partes (Del amor al desamor y vueltayvira, Extranjerías, Micropsias, Muertes diminutas, mínimos suicidios y Maternidades) que operan cada uno de ellos a su manera, aunque no termine de encontrarle a algunos de los relatos una seña que lo identifique en uno u otro de los segmentos que propone Jurado Quintana. Con todo, y al tratrarse de piezas mínimas en su mayor parte, la obra se lee con fluidez y hay algunas historias que saben noquear o al menos hacerse notar para esa clase de lectores viajados y viajeros, como cultivadores de caza menor y caza mayor literaria.

Una de las características que más celebro del libro es su ambición por dejar una huella, aunque sea deleble, en el ánimo del lector. Otra que se traten de textos que van desde lo poético hasta lo trágico sin renunciar en ocasiones a un humor que se agradece. Humor teñido de ironía que descubre a una escritora que de momento prefiere moverse entre el microrrelato y el relato breve y no en la novela. O la novela corta. A la espera de que de el salto, de que se adentre en las complejidades de lo extenso, en Micropsias el lector encontrará una serie de piezas que van desde lo conmovedor a lo marciano, así, con todas sus letras, sin perder en ningún momento la mirada al frente en esta recopilación de “cachitos de universo, a veces universos mínimos completos, en forma de historias diminutas que, a veces, caben apenas en dos frases”, se lee en el texto de contraportada.

Al margen de estos “cachitos”, Micropsias son historias. Historias no tan mínimas como quisiera alguno sino historias que con una sola frase. O dos, funcionan de forma cerrada. Lo erótico juega también un papel protagónico esencial, un erotismo que no cae en la pornografía aunque a veces la bordee. En el relato Interruptus, por ejemplo:

“Acelera, ordenó ella mentalmente a aquel dedo dubitativo, que giraba en torno a su clítoris como si no supiera qué hacer exactamente con él. Como si la hubiere escuchado, el dedo escapó hacia el terreno más seguro del ombligo”.

El libro propone también en la primera parte reflexiones en forma de microrrelato que no aforismos en torno al amor como en el titulado Expolio:

“No se contentó con robarme el corazón. También quiso expropiarme los recuerdos anteriores a nuestra historia”.

El abanico se extiende al extranjero, al hecho de sentirse y obligar a sentirse forastero en tierra extraña en Extranjerías mientras que la tercera sección, y que da título a este volumen, reúne muchos de los microrrelatos que contiene el libro. Entre otros, Retraso:

“El vecino llegaba tarde al trabajo. Lo notó en la vibración apurada, más veloz que de costumbre, de su maquinilla eléctrica”.

La muerte en sus más variadas expresiones protagoniza la cuarta sección de Micropsias. La muerte vista en ocasiones con un sentido del humor que se agradece. No hay oscuridad ante lo que no se entiende sino una mueca con forma de sonrisa ante lo inevitable.

Por último, en Maternidades, Ángeles Jurado Quintana escribe con un lenguaje poético sin efectismos y cursilerías retratos sobre crear vida.

“Su carita de alienígena aparecía determinada en la ecografía. No era perceptible en la pantalla, pero tomaba notas mientras jugueteaba a enredarse con el cordón umbilical. Hacía cálculos, dibujaba teoremas. Estaba decidido a abandonar la cápsula espacial aquella misma noche”.

En resumen, se trata Micropsias de un libro que merece la pena leer a sorbos y no paso a paso, de dejarse arrastrar durante un rato por estos textos que hacen estimular la cabeza y, a veces incluso, la de reflexionar al atribulado lector cuando deja reposar su lectura y se percata que las cosas más cercanas se observan con mucho más detalle si se las ve desde cierta distancia.

Saludos, ¿sale acaso el sol?, desde este lado del ordenador