Archive for the ‘Literatura’ Category

Dos que cabalgan juntos

Martes, Febrero 12th, 2013

Resulta inquietante lo actual que se ha puesto El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Y si bien algo de ello encuentro en las nuevas versiones –los remakes dicen– que forman parte del disco duro de mi memoria, últimamente me quiebra la conciencia la tendencia que tiene el cine por rehacer títulos que apenas han y habían llegado a su mayoría de edad.

Las explicaciones que dan son varias.

Ladran y ladran.

No se apuesta por ideas.

Experimentan con el original porque se mejora aunque el producto original, ya digo, apenas lleve cinco años rondando el mercado.

Eso sí, las nuevas versiones –los remakes que le dicen– aportan elementos novedosos: mejora la ambientación y sus efectos especiales.

La historia, si embargo, sigue siendo la misma solo que vuelta del revés.

O deconstruida que es lo que mola decir ahora.

Aunque la palabra exacta sea en la mayoría de los casos reconstruida.  

Pero es un remake.

Y uno, al final, hasta lo perdona.

Lo que no perdona, y le hace sacar dinero de la cuenta en Suiza para subvencionar a sicarios afganos, es lo que hacen con las adaptaciones basadas en mis títulos grandes de la literatura.

Veo dos que se presentan en estos tiempos recientes.

Cintas las dos inspiradas en novelas que forman parte de mi biblioteca de cabecera.

El retrato de Dorian Gray cuenta con varias adaptaciones cinematográficas. La primera de ellas firmada por Albert Lewin en los años cuarenta con un ambiguo Hurd Hatfield como Gray y ese siempre exquisito ruso blanco que fue George Sanders como su corrupto mentor, lord Henry.

Lewin y el mismo Sanders trabajarían juntos otra vez en 1947 en Bel Ami, la otra novela que ocupa un espacio preferente en mi caótica biblioteca.

Llegué a Oscar Wilde leyendo primeros sus relatos, algunos de los cuales conservan aún una fuerza conmovedora no sé si por su refinada y cursi crueldad.

Mi devoción wilderiana me llevó a que leyera prácticamente todo lo que caía entre mis manos aunque fue El retrato de Dorian Gray el que rubricó mi afición. En él se encuentra lo mejor de este escritor de origen irlandés. Un provocador, un dandi al que intentaron sepultar acusándolo de ridículo y sodomita.

Mi encuentro con Guy de Maupassant fue un descubrimiento.

Con sus cuentos encontré lo peor y lo mejor de mi mismo. Lástima que hoy no pueda releerlos tras cometer una de las más desafortunadas decisiones de mi vida, prestárselas a un extraño que nunca las leyó ni las devolvió.

Sí que conservo Bel Ami, la novela más famosa del escritor que acabó por degollarse, un autor que si bien pasará a la historia por sus relatos en Bel Ami aplicó todo su talento galante para narrar un feroz retrato de su época.

Un mundo trufado de corrupciones y arribistas con una idea fija en la cabeza: poder.

Con estos materiales, resulta cuanto menos curioso por no decir extraño que el cine haya sido incapaz de transmitir hasta hoy la fuerza que aún conserva ambos títulos. Relatos en los que se exploran las dobleces morales y el lado más perverso de la condición humana.

Y eso explica que nunca envejezcan.

Como si envejecen, curiosamente, las nuevas puestas al día que tanto Oiver Parker como Declan Donnellan y Nick Ormerod mostraron en 2010 y 2012, respectivamente, en su El retrato de Dorian Gray y Bel Ami.

Reinterpretaciones que si bien respetan aparentemente la línea argumental, se precipitan demasiado pronto en la tentación por “mejorarlos” con resultados nefastos.

Indignos ya no solo para el espíritu que tienen ambas novelas sino para con el público que, como quien ahora les escribe, aún siente fascinación por ellas.

El retrato de Dorian Gray, según Oliver Parker, es una cinta que nada hacia la nada por siniestrilla. Por coger de la novela solo el barniz de drogadicto y bisexual que emana del personaje, adobándolo con una postmoderna puesta en escena decadente.

Se subraya además el fondo fantástico del relato, ese cuadro que envejece mientras su rejuvenecido modelo parte corazones a diestro y siniestro por las calles de Londres pero carece de la cursi y siniestra crueldad del material literario original.

Las mismas sensaciones me asaltan cuando veo el Bel Ami de Donnellan y Ormerod. Es decir, comprobar cómo se utiliza solo el esqueleto argumental de la novela para liarla, dejando sin costuras la frenética carrera que emprende el joven seductor para convertirse en el rey del juego.

Dos películas que carecen, incluso, del talento para “condensar” de la ya mítica Reader Digest.   

Así que alégreme el día, señor juez…  

Saludos, ya digo, desde este lado del ordenador.

Una noche de invierno…

Jueves, Enero 31st, 2013

* La colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra ha publicado el volumen El espejo de tinta (Antología 1970-2012) de Andrés Sánchez Robayna, una edición que corre a cargo de José Ruiz Francisco Casanova y cuya portada ilustra un cuadro –Dígame lo que tengo que hacer– del artista Luis Palmero.

Para el doctor en Lengua y Literatura Adolfo Caparrós Gómez de Mercado: “La poesía de El espejo de tinta es un viaje virtual a Las Palmas, la isla de referencia del autor, al Atlántico que baña sus costas, a las gaviotas, a su propia mesa de trabajo o al vaso que refresca su sed que, como bien señala Ruiz Casanova, tiene mucha relación con la pintura de Rothko. Así otra de las claves que se nos descubren es la interdisciplinar. Andrés Sánchez Robayna es partidario de libros totales en los que texto e ilustración forman un todo indisoluble que fusiona piezas de coleccionismo, alguna de ellas, como la relativamente reciente en colaboración con Antoni Tàpies presenta los ejemplares en edición numerada.”

Cabe recordar que la colección Letras Hispánicas ha publicado, entre otros autores canarios, títulos como La lapa, de Ángel Guerra, en una edición que corrió a cargo de Antonio Cabrera Perera; Fábulas literarias de Tomás de Iriarte al cuidado de Ángel L. Prieto de Paula; Espejo de paciencia, de Silvestre de Balboa, con un amplio estudio de Raúl Marrero Fente así como La palabra iluminada (Antología 1955-2007), de Manuel Padorno, en una cuidada edición de Alejandro González Segura.

Otro autor ampliamente publicado en esta colección es Benito Pérez Galdós, de quien se pueden encontrar, entre otros títulos, Cádiz, Doña Perfecta, Fortunata y Jacinta y Gloria.

* Las revista diaria de traducción El Trujamán, del Instituto Cervantes, publica el interesante artículo Canarismos en la traducción de un poema de Maureen Alsop, que firma Mario Domínguez Parra. No tiene desperdicio. Por otro lado, y en el blog Arte-Sanías, les invitamos a que lean un interesante artículo sobre el narrador canario Robert A. Cabrera.

* Ediciones Idea presenta dentro de la colección Tid (Textos Idea), Hari Maguada, un  libro de relatos de Carmen Marina Rodríguez Santana, tras la autoedición de El brocal de mi pozo. La obra se presenta el viernes, 1 de febrero, a las 19 horas, en la Librería de Mujeres de Canarias, en Santa Cruz de Tenerife. En el acto, la autora estará acompañada por la directora de esta librería, Izaskun Legarza, y por un representante de la editorial canaria. Maguada es el término guanche que se usaba para designar a la adolescente consagrada al culto y al estudio. Harimaguada vendría a denominar a la mujer instruida encargada de la educación de las maguadas, siendo una figura muy respetada en el seno de la sociedad prehispánica guanche.

Saludos, en algún lado de la frontera, desde este lado del ordenador.

Novedades, presentaciones y un encuentro

Martes, Enero 29th, 2013

“Cada uno pone su propio paraíso en el infierno de los otros.”

(Alberto Moravia, La romana)

NOVEDADES

* José Luis Correa, Antonio Lozano, Javier Hernández Velázquez, Alexis Ravelo, Carlos Álvarez y mi admirado Jaime Mir son, hoy por hoy, los nombres más destacados de cuantos se han atrevido a escribir en clave negro criminal sobre la realidad de Canarias. Una realidad a la que, con mejor o peor fortuna, han sabido sacarle los colores y al mismo tiempo que proponer un paisaje realista en torno a unas islas en las que ya no parece que nunca ocurra nada.

Con la publicación a finales de diciembre pasado de Morir despacio y este febrero de La estrategia del pequinés de Alexis Ravelo; que Un camino a través del infierno, de Javier Hernández Velázquez quedara como único finalista del prestigioso Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial, que convocan el Ayuntamiento de L’Hospitalet y Roca Editorial, son signos que ponen de manifiesto que la literatura policiaca que se escribe en y desde Canarias comienza a interesar en la geografía peninsular, desde siempre tan alejadas de estas costas para nada algodonosas.

A la espera de que Mir y Lozano recuperen fuerzas, y mientras Carlos Álvarez termina por promocionar su novela ¿histórica? La Señora. Beatriz de Bobadilla, Señora de Gomera y Fierro, José Luis Correa regresa al terreno de juego editorial con Blue Christmas, sexta entrega de la serie que viene dedicando a su peculiar detective privado Ricardo Blanco tras Quince días de noviembre, Muerte en abril, Muerte de un violinista, Un rastro de sirena y Nuestra Señora de la Luna.

Correa presentará Blue Christmas el 9 de febrero en Barcelona y el 26 del mismo mes en la capital grancanaria. En marzo, es probable que haga lo mismo en Santa Cruz de Tenerife.

Reproducimos a continuación la sinopsis de Blue Christmas (Alba Editorial): “El día de los Inocentes es tan buen día como otro para morir. Eso debió pensar Gervasio Álvarez cuando le dieron la noticia de la aparición de un cadáver. Andrea Mérida, viuda de militar, madre de tres hijos, pensionista, ha sido envenenada con un compuesto de cianuro. Nadie ha oído ni visto nada. Nadie puede explicar la causa del crimen. Nadie parece ganar con esa muerte. Por eso Álvarez decide rescatar a un buen amigo de su retiro voluntario.”

* El año 2012 fue el año de Jorge Fonte. El investigador tinerfeño presentó como si de una ametralladora se tratara libros sobre los cineastas Robert Zemeckis, Russ Meyer y Woody Allen, de quien nos desveló su lado literario como primer volumen de una trilogía en la que estudiará además sus cinefilias y canciones.

Nada más rodar 2013, y con un nuevo volumen dedicado a Allen editado por Cátedra que no tiene nada que ver con el primero que publicó en esta misma editorial, Fonte da a conocer las claves del cine que maneja ese mago de la animación de nuestro tiempo que es John Lasseter (colección Signo en imagen / cineastas) en un trabajo que no dejará indiferente a nadie.

Lástima, de todas formas, que el libro preste más atención a la obra del director que a su vida, pero con todo es un manual más que recomendable para descubrir lo que esconde la mayoría de los trabajos de un hombre que ya ha dejado huella en títulos imprescindibles de la animación. Fonte, que no para, está ya trabajando en sendos estudios sobre Ridley Scott y Quentin Tarantino.

PRESENTACIONES

* El Ámbito Cultural de El Corte Inglés acoge este martes, 29 de enero, la presentación de la novela Entre bambalinas, de Sonia Díaz Oval, a las 19.30 horas. Junto a la autora comparecerán los periodistas Doris Martínez y quien ahora les escribe.

* Carlos Álvarez presenta este jueves, 31 de enero en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés en Santa Cruz de Tenerife La Señora. Beatriz de Bobadilla, Señora de Gomera y Fierro. El acto, en el que lo acompañará Andrés Doreste, comenzará a las 19.30 horas.

* El sábado 2 de febrero a las 19 horas, la escritora y periodista Yolanda Delgado Batista mantendrá una presentación-charla-entrevista-encuentro sobre La isla de las palabras desordenadas (Editorial Izana) con quien ahora les escribe. El acto tendrá lugar en la Librería de Mujeres de Santa Cruz de Tenerife.

Y UN ENCUENTRO

* El viernes 1 de febrero concluye en TEA Tenerife Espacio de las Artes el Encuentro de Coordinación y Cooperación Cultural organizado por el Cabildo de Tenerife y el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, con la colaboración del Gobierno de Canarias y la FECAM.

El programa, que comenzará a las cuatro de la tarde, abordará La reforma de las administraciones canarias. La perspectiva de la cultura, que impartirá José Luis Rivero Ceballos, presidente del Comité de Expertos para la Reforma de las Administraciones Públicas canarias; Gobierno de Canarias: presupuestos, objetivos, líneas de gasto, visión de la coordinación-cooperación interinstitucional, que expondrá el director general de Cultura del Gobierno de Canarias, Xerach Gutiérrez Ortega;

Cabildo de Tenerife: presupuestos, objetivos, líneas de gasto, visión de la coordinación-cooperación interinstitucional, a cargo de Cristóbal de la Rosa Croissier, director insular de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife; Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife: presupuestos, objetivos, líneas de gasto, visión de la coordinación-cooperación interinstitucional, que desarrollará la teniente del alcalde y presidenta del Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Clara Segura y, finalmente, Federación Canaria de Municipios: el gasto cultural municipal, la cultura en la FECAM, visión de la coordinación-cooperación interinstitucional, asunto del que hablará Ángel Víctor Torres Pérez, presidente de la Comisión de Educación, Cultura y Deportes de la Federación Canaria de Municipios (FECAM).

El Espacio de Coordinación y Cooperación Cultural de Tenerife está dirigido a responsables y técnicos de las administraciones culturales canarias y profesionales especializados en gestión y planificación cultural.

* La imagen que ilustra este post corresponde a Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)

Saludos, hemos dicho, desde este lado del ordenador.

El Carnaval no tiene quien le escriba

Miércoles, Enero 23rd, 2013

Apenas he encontrado un puñado de títulos que, de una  manera u otra, se ajustara a las pretensiones de este post.

Y mira que he consultado con amigos editores y escritores. Navegado por la red e investigado en mi caótica biblioteca pero son muy contadas las novelas y relatos que escritos desde esta apartada orilla han desarrollado sus historias en una fiesta que, como los carnavales, se han empeñado desde que tengo uso de razón en que forme parte de mi carácter como habitante que soy de estas islas sin rumbo.

Me resulta por ello curioso este vacío temático en la literatura que se elabora en estas costas. Más si tenemos en cuenta el juego que proporciona esta fiesta y el sentimiento con el que –no se cansan de repetir sus defensores– se vive el jolgorio: unos días de excesos presuntamente desmedidos.

Partiendo de la base que no soy un carnavalero de pro, y que detesto con toda la cordialidad del mundo a los que sí reivindican que son carnavaleros de pro, soy como un náufrago mientras busco novelas y cuentos donde el Carnaval es un elemento más de la historia.

Es más, pregunto, ¿si la fiesta está tan metida en el disco duro de nuestra memoria qué razones explican que nuestros escritores hayan renunciado a ubicar sus relatos en un festejo al que no le niego el colorido ni la imaginación del disfraz?

¿De la máscara para pasar desapercibido en una geografía donde todos nos conocemos?

¿De la supuesta sexualidad que por una vez se libera de nuestros reprimidos instintos provincianos?

Salvo la interesante La fiesta de los infiernos (El Toro de Barro), de Juan José Delgado, novela en la que el autor recurre al Carnaval para “reflexionar sobre el enmascaramiento que se da en una sociedad que se pone la careta oficial en unos carnavales cuyo tema es el Nazismo” (1), poca cosa he encontrado en la que la fiesta asuma natural protagonismo.

Lo que no deja de inquietarme como compulsivo lector. Y volver a replantearme las cuestiones anteriormente propuestas.

Agradecería, en este sentido, algún título, alguna referencia por parte de quien ahora pueda leer este post para ampliar el catálogo de obras y evitar lo que no es sino –mucho me temo– una reflexión en la que se multiplican las preguntas y se reducen a cero sus respuestas.

Es verdad que existe una copiosa bibliografía sobre el Carnaval en la que se trata con mejor o peor fortuna su historia. Hay un libro de referencia, 75 años dando la murga, de Ramón Guimerá Peña, en el que se estudia uno de los grupos más populares de la fiesta, pero en el terreno de la ficción, en el que deja espacio al reino de la imaginación reitero que son muy escasas las aportaciones.

El editor Ánghel Morales me avisa que hay un título, El gnomo bajó al Carnaval (Benchomo), de Felipe Rosa Santana, “del que se vendieron miles de ejemplares”, pero no he tenido la oportunidad de leerlo para que pueda emitir un juicio.

Otra fuente me recuerda que en El don de Vorace, de Félix Francisco Casanova, “aparece un baile de máscaras” y que una lectura ligera de Crimen de Agustín Espinosa, “te puede aportar desde un punto de vista mucho más evolucionado tanto en concepción como en escritura, un aire de máscara o carnaval”, lo que me hace pensar que debería de volver a leer la que quizá sea la mejor novela escrita en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses.

Continuo buceando, recabando información, pero no encuentro nada salvo “un recuerdo que leí un cuento…” que no tuvo que dejar demasiada trascendencia si no se recuerda el título ni al autor.

Lo que hace que las preguntas anteriormente suscitadas sigan molestándome en la cabeza y que piense si es natural este divorcio entre la fiesta popular más promocionada de estas islas con sus narradores. Narradores que, imagino, alguna vez fueron cómplices del disfraz y de la máscara.

Lo escribo porque si yo fui cómplice del Carnaval a edad muy temprana, en aquellos tiempos donde solo quería disfrazarme de mosquetero o de cuatrero, también tuvieron que ser arrastrados por ese mismo impulso los escritores en su más tierna niñez y adolescencia.

Se quiera o no se quiera, se lo deteste o no se lo deteste, es prácticamente imposible aislarse del Carnaval si se habita en esta tierra endemoniada y desmemoriada.

Casi parece que de pronto, y por obligación, se invita a los vecinos a que asalten la calle no con ánimo reivindicativo sino bajo el confuso signo de lo lúdico porque así lo ordena la autoridad.

Ponte el disfraz, y si eres rematadamente tímido la mascarita. Descubre la complejidad de las letras que desafinan las murgas y erotízate con las carnes desnudas que muestran los integrantes de las comparsas… Adora, aunque sea por una semana, a su reina proclamada y sumérgete en las calles de una capital que durante esos días permite a la marabunta acostarse después de las diez de la noche y levantarse cuando rompe el amanecer.

Así que no sé a ustedes, pero a mi el Carnaval con todas sus chirriantes contradicciones me parece un excelente material literario para meterle el diente…

(1)   “La realidad del mundo es la que se prolonga con los sueños”, una entrevista con Juan José Delgado, El Perseguidor, nº 67, 15-X-2011.

(*) La imagen que acompaña estas líneas pertenece a El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962).

Saludos, intentando dar la nota, desde este lado del ordenador.

Solo para iniciados: Clark Asthom Smith

Martes, Enero 15th, 2013

El pasado 13 de enero un grupo de encapuchados repartidos por diferentes geografías realizamos extraños rituales y ofrendas en terrenos montañosos semiocultos por la niebla. Cantábamos oraciones en una lengua que me está prohibida reproducir. Luego, alzando los brazos al cielo, muchos conseguimos visualizar una Puerta en el espacio y allí, desde el umbral, contemplar las maravillas de extraños continentes hoy perdidos en la memoria de la humanidad.

Sus nombres: Zothique e Hyperborea.

Los más atrevidos de esta Hermandad, que se propaga todos los años con la misma velocidad de la luz, incluso se atrevieron a cruzar la Puerta para desaparecer para siempre de este universo conocido.

Todos ellos se difuminaron en la eternidad acompañados del canto desentonado de los que aún, como iniciados, se nos está negado realizar. Pero estas cosas pasan al pertenecer a una Orden que los desaprensivos, por puro desconocimiento, desprecia porque sin ser secreta, tiene inquebrantable compromiso con la discreción que muchos no entienden.

¿Por qué celebramos este ritual un 13 de enero de 2013?

La razón es sencilla. Conmemorábamos el 120 aniversario del nacimiento de uno de los maestros fundadores del círculo: Clark Asthom Smith.

Desgraciadamente lo que cuento no fue exactamente así, aunque estoy seguro que al escritor norteamericano le hubiera encantado esa muestra arrebatadora de locura fan nacida y abrigada en mi más tierna adolescencia como lector de fantasías pulp.

Un género, el de la fantasía pulp, que pese a que ya no forme parte de mis lecturas sí que consumió parte de mi existencia en unos años que se conocen como la edad del pavo. O ese período inevitable de la vida en la que permaneces en tierra de nadie. A medio camino entre la niñez y la juventud.

Clark Asthom Smith forma junto a Robert E. Howard y Howard Philip Lovecraft el triángulo equilátero de lo que muchos aficionados denominan como Círculo Lovecraft. Un círculo que empapó de arcanos conocimientos a sus miembros, y que estuvo plagado de libros oscuros que, como El Necronomicon, escrito presuntamente por el árabe loco Abdul Alzahred, servía como guía para despertar a todos esos dioses que habitaron el planeta antes del nacimiento del hombre.

Las obras de Clark Asthom Smith, como otros miembros del Círculo, han sido relativamente bien publicadas en España, aunque hay dos obras de referencia –Zothique e Hyperborea– para quien les escribe, aparecidas en los ochenta en Edaf, que me entregaron a su causa pese a que fuera el poeta de aquel movimiento que revolucionó desde dentro y desde fuera la literatura fantástica.

La vida de Asthom Smith estuvo marcada por la miseria. Casi no salió de la pequeña localidad de Asburn, California, y sin apenas estudios secundarios, cuenta la leyenda que el amplio vocabulario que manejó a lo largo de su vida se debe a la decisión de leerse al completo todos los volúmenes de la Enciclopaedia Británica de su tiempo.

Como el mismo Lovecraft, como el mismo Howard, es más que probable que se pusiera a escribir sobre otros mundos, sobre otras realidades para huir de su penosa existencia. Y al igual que Lovecraft, que Robert E. Howard y otros tantos, tuviera la suerte de nacer en un momento en el que en su país vivía el fenómeno de las revistas literarias baratas. Publicaciones que se especializaron en toda clase de géneros.

Clark Asthom Smith, como H. P. Lovecraft, como Howard, encontró en una de ellas, la hoy legendaria Weird Tales, un espacio donde dar rienda suelta a una imaginación que solo puedo calificar de desbordante. Tremenda, que fue un paso más allá de las aventuras fantásticas iniciadas por Edgar Rice Burroughs y otros adelantados de unos tiempos curiosamente tan semejantes a los que vivimos.

Nadie pone en duda que Clark Asthom Smith fue un niño prodigio, un adelantado al que las circunstancias constriñeron por su resignada indigencia.

Gran parte de ello se vislumbra en la mayoría de los relatos que dejó escrito a lo largo de su vida. Una vida de solitario, escondida, casi huraña que materializó primero en su producción literaria bajo el signo de la poesía y más tarde en el relato corto. Relatos que malvendía a Weird Tales, entre otras revistas baratas.

Asthom Smith mantuvo durante quince años una larga e intensa correspondencia con el mentor de todo aquel movimiento, Lovecraft. Imagino así como se cruzaban sus correos de costa a costa y de cómo esperaban ambos leer con emoción las reflexiones que uno y otro se decían.

Nunca llegaron a conocerse, sin embargo, en persona. Pero quizá esto robusteciera una relación en la que uno y otro se reveló tantas cosas. Esas cosas que, probablemente, nunca se habrían atrevido a decirse mirándose a los ojos.

Muchos de los relatos de Smith forman así parte de Los mitos de Cthulhu, un feliz invento creado por uno de los iniciados lovecraftianos, August Derleth, a raíz de la muerte de H.P.L en marzo de 1937.

Aunque Asthom Smith, como Robert E. Howard, fue más allá del horror cósmico para recrear excelentes y poéticos relatos de fantasía épica, muchos de los cuales se reunieron en español en las dos compilaciones citadas por Edaf y, más tarde, en otras cuidadas y lujosas ediciones que, sin embargo, cometieron la blasfemia de estropear el espíritu de unos libros que, más allá de las Puertas que abren, no merecían entrar en el club de los exquisitos porque los miembros del círculo más que exquisitos fueron artesanos de la literatura como vehículo de evasión sin complejos.

Con todo, y de los tres mosqueteros de Weird Tales como llegó a definirlos el especialista Sprague de Camp, a mi Clark Asthom Smith me resultó siempre el más barroco y rebuscado del triángulo, aunque tiene historias deliciosas, de una tremenda imaginación que invito a que encuentren en las numerosas antologías en las que se reúne su trabajo.

La temprana muerte de Robert E. Howard en 1936 y un año después de Howard Phillip Lovecraft sumieron en una profunda depresión al escritor, quien fue abandonando paulatinamente su carrera literaria para abrazar la de la pintura, la escultura y la poesía, predominando en todas ellas un amor hacia lo grotesco, hacia lo desesperado que terminaría abruptamente un 14 de agosto de 1961.

Día en el que, cuenta la leyenda, por fin cruzó el umbral hacia aquellos territorios donde habitan dioses con nombre impronunciable.

Quiero por eso imaginar ahora que la noche del pasado 13 de enero me quedé en casa mirando el techo.

Y que en un rapto de delirio vi como en ese mismo techo se abría una espiral que parecía invitarme a que me levantara del colchón y, abriendo los brazos, me sumergiera dentro de ella.

Pero fui incapaz de entregarme, de dejar que me absorbiera.

Ya no tengo quince años, pensé.

No, ya no tengo quince años.

Saludos, solo para iniciados, desde este lado del ordenador.

El que avisa no es traidor, malditos bastardos: ¡No ensuciéis el buen nombre de John Steinbeck!

Domingo, Enero 6th, 2013

“Así aprendió Arturo la lección que todos los caudillos aprenden con perplejidad: que la paz, y no la guerra, es la que destruye a los hombres; la tranquilidad, y no el peligro, la madre de la cobardía; la opulencia, y no la necesidad, la que acarrea aprensiones e inquietud.”

(Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros. John Steinbeck)

Entre los escritores a los que se agrupa en eso que se conoce como generación perdida tuve debilidad confesa por Ernest Hemingway, el delicado y quebradizo Francis Scott Key Fitzgerald y John Steinbeck, un escritor a quien siempre recurro cuando la torre de marfil en la que me encuentro parece agrietarse por los embates de la realidad.

Sin embargo, hubo un libro de Steinbeck de obligada lectura en mis años de aprendizaje, La perla, que no fue uno de esos títulos que me marcaron del escritor, como tampoco lo fue El viejo y el mar de Hemingway pero sí El gran Gastby de Fitzgerald.

Cosas de la vida.

Cosa de entendederas…

Si hay un libro de Steinbeck que supuso para mi algo así como un disparo de nieve, una luz cegadora fue Los descontentos (The Winter of our Discontent) que fue la última de las novelas escritas por el celebrado autor de Las uvas de la ira.

En este libro, como en otros de Steinbeck, no se cuenta nada especial aparentemente, aunque en este libro, como en otros de Steinbeck, lo que importa es observar el paso de las cuatro estaciones por sus protagonistas.

Observar, ya saben, cómo van creciendo, y empequeñeciendo también, los personajes a medida que la historia avanza hacia su inevitable final.

Steinbeck tiene mucho más títulos, la mayoría de los cuales se desarrollan en el valle de Salinas, California, que podría constituir para los maniáticos una especie de territorio literario real, no ficticio, no mágico, que espero conocer alguna vez si la buena suerte me acompaña…

Escritor de extraña actualidad por los tiempos que nos ha tocado vivir, Steinbeck fue, de alguna forma, el gran cronista de los duros años de la depresión.

Cito de memoria su extraordinaria De Ratones y hombres y Las uvas de la ira, un novelón de más de mil páginas que fue llevado al cine con sensible emoción por otro gigante, John Ford.

Destacaría también Tortilla Flat, El autobús perdido, Al este del Edén, La luna se ha puesto y los libros donde recoge sus experiencias como periodista durante la II Guerra Mundial, Hubo una vez una guerra, o su sentimental itinerario existencial, dietario de viaje que es, precisamente, Viaje con Charlie en busca de América.

Steinbeck me acercó también al mundo de los piratas con La taza de oro, una ficción histórica basada en la vida de Henry Morgan y a la legendaria Camelot en su imprescindible Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, donde recuerda en su hermosa introducción: “Hay muchas persona que olvidan, cuando crecen, lo mucho que les costó aprender a leer. Quizá se trate del mayor esfuerzo emprendido por un ser humano, y debe afrontarlo cuando niño. Un adulto rara vez sale triunfante de esa empresa, la de reducir la experiencia a un orbe de símbolos. Los seres humanos han existido durante mil millares de años, y solo han aprendido esta artimaña –ese prodigio– en los diez últimos millares de los mil millares.”

Por ello, y expuesto mi profundo cariño, mi profundo aprecio con el señor Steinbeck me sorprende, y me desagrada también,  leer esta misma mañana de Reyes Magos de Oriente un artículo en el que se afirma que John Steinbeck, que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1962 “por sus obras realistas e imaginativas”, lo recibió porque “no hubo nada mejor.”

¿Nada mejor?

En la terna de ese año se encontraban, entre otros escritores ¿menores?, Robert Graves, Karen Blixen y Lawrence Durrell…

En fin.

Nunca he confiado en los premios Nobel de Literatura. En mi biblioteca, de hecho, destacan por su ausencia.

O mejor, me grita Señor Ojo borracho perdido y apestando a ginebra barata, “en tu biblioteca son pocos los escritores que han sido distinguidos con el famoso premio que lleva el apellido del inventor de la dinamita.”

John Steinbeck, en su discurso de agradecimiento tras recibir el goloso galardón, afirmó: “En mi corazón puede que haya duda de si merezco el Premio Nobel en vez de los otros hombres letrados por quienes siento respeto y reverencia”.

Y pienso, mientras Señor Ojo asiente engullendo otro vaso de ginebra, que lo dijo el autor de Las uvas de la ira, Los descontentos, De ratones y hombres, Tortilla Flat.

Sacudo la cabeza en un año que apenas ha consumido sus primeros latidos de vida.

Y soy consciente que no es cabreo sino indignación lo que me motiva a escribir estas líneas apresuradas en un día en el que se debe repartir regalos.

Señor Ojo, generoso, me alegró hace apenas una hora la tarde con una botella de ginebra barata que ahora mismo está liquidando mientras suelta eructos, se rasca la barriga y da tumbos por el salón de la cueva.

- ¡Cuide ese estómago!- Le grito a Señor Ojo, que hace como que no me oye mientras perfuma el salón con sus ventosidades.

Aguanto entonces la respiración y las desordenadas ideas se aclaran.

- ¡Ya sé a quien entregar el carbón con el que me desperté esta mañana!- exclamo mientras respiro el aire enrarecido de la habitación.

- ¿Eh?.- pregunta Señor Ojo.

- ¡¡¡No ensuciéis el buen nombre de John Steinbeck!!!

- ¡¡¡Veinte Premios Nobel!!!-Responde Señor Ojo tirando al suelo, donde se rompe en pedazos, la botella de ginebra barata.  

(*) Una fotografía con mucha miga. En la imagen el presidente Lyndon B. Johnson saluda al hijo de John Steinbeck. Steinbeck es el hombre con barba luciferina que observa ¿inquieto? a L.B.J.

Saludos, suena de fondo Lucky Thompson, desde este lado del ordenador.