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Un bicho raro

Jueves, Enero 3rd, 2013

Antes de las doce campanas recibo y envío WhatsApp, llamadas, correos electrónicos de personas a los que, la verdad, había olvidado y que parecen que, repentinamente, se acuerdan de uno mientras la herramienta del Facebook se inunda de mensajes que invitan a la felicidad y a que Dios reparta suerte.

Como si fuera cosa de la suerte que este año que comienza a rodar fuera mejor que el pasado, ese que se murió hace dos día a golpe de las dichosas doce y sísificas campanadas.

El caso es que todo sigue igual.

Pero se nota en el ambiente ese poco realista entusiasmo por el reinicio,  por ese “empezamos de nuevo” en el que casi parece, casi parece, que todo puede ser posible pese al derrumbe.

Pero no me malentiendan. 

Aprovecho estos días para releer, entre El fantasma de Harlot y Morir despacio, de Norman Mailer y Alexis Ravelo, respectivamente, el Crack-Up de Francis Scott Fitzgerald. Una crónica del despertar –con dolorosa y sedienta resaca– del sueño americano.

Entre otras frases del Crack-Up me quedo con: “La prueba de una inteligencia de primera clase es la capacidad para retener dos ideas opuestas en la mente al mismo tiempo, y seguir conservando la capacidad de funcionar. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas son irremediables y, sin embargo, estar decidido a hacer que sean de otro modo.”

Con el paso de los años las navidades ya no son lo que para mí fueron.

Demasiados los ausentes.

Muertos y vivos. Vivos y muertos a los que echo de menos.

Entiendan así que no sienta el mismo frenesí, y mucho menos el chispazo de emociones que la mañana del 6 de enero me recorría como una lengua de fuego por dentro.

- ¿Qué me pasa, señor Ojo?

- Ginebra…- boquea señor Ojo.

¿No soy el mismo?, me pregunto.

Estos días me he esforzado por reencontrarme con aquello que me amó y armó pero de manera quiero pensar que inconsciente he ido despojándome como quien se quita una caspa molesta de encima.

Salgo entonces a recorrer las calles de esta capital de provincias como un inocente que se mezcla entre golem para que en una librería donde ya me conocen de toda la vida un empleado haga un chiste: que no aproveche la insólita presencia de público para sisar un libro.

No utiliza el empleado la palabra sisar. Un empleado que ignora que sí que he visto momentos antes como una jovencita sisaba un libro: Soy un bicho raro, de Anne Bannon.

¿Levanto el dedo y la señalo?

¿Grito algo así como detengan al ladrón?

No.

Estoy otra vez en la calle.

Demasiada gente en unas calles decoradas con luces que, más que animarme, me derriten un poquitito más.

Tengo que recurrir a la técnica de los codazos para abrirme paso entre la marabunta y atender resignado a un periodista que me pregunta si vi –ojo que no dice escuché– el discurso de fin de año que ofreció el presidente de esta cada día más descascarillada comunidad autónoma.

- No, por supuesto que no.- respondo con una sonrisa de no quiero hacerme el gracioso.

Luego chismea como quien no quiere la cosa y nos damos las manos y el inevitable feliz de año que en estos días de apariencias se ha convertido en una consigna. En algo así como ciudadano o camarada que no era otra cosa que los soldados que compartían cama o lecho en las trincheras de Europa en los años de la Gran Guerra.

Llego a casa donde me abuuuurro por Internet consultando las mismas páginas.

En un blog se hace onanismo con una polémica barroca y tontorrona.

Un yo dije y tú dijiste y ahora tú dices y yo digo que, la verdad, no entiendo. Es más, quiero pensar que es un chiste privado que se han montando estos dos para darse algo de gusto: camaraaadas.

Son días en los que temo que el cielo se me caiga sobre la cabeza. Como a los galos irredentos, los que se enfrentaron a los civilizados romanos porque conocían el secreto de la poción mágica.

La senda de Miguel Ángel Toledo se estrena, leo en la agenda de actividades culturales que facilita el Gobierno de Canarias, el 11, 12 y 13 de este mes a las 19 y 21.30 horas en TEA.

Nunca he tenido muy claro sí se escribe TEA Tenerife Espacio de las Artes o Tenerife Espacio de las Artes TEA… ¿Alguien podría explicármelo si hace el faaaavor?

Encuentro a un precio de risa uno de los mejores discos de The Kinks, Face to Face, y me entra una insólita tristeza porque esta noche veré el último capítulo de la primera temporada de Boardwalk Empire, que ha sido de lo mejor que he digerido últimamente.

Esto me hace recordar que un amigo cubano tiene Érase una vez en América, del maestro Sergio Leone.

El amigo, cada vez que me ve, me pide que le preste con acento, en el que desaparecen las rrr por lll, películas y más películas sobre la mafia.

Solo quiere películas de mafia.

Ya le pasé la trilogía de El padrino y le he prometido que cuando me devuelva Érase una vez en América le paso Uno de los nuestros y Casino.

Rechaza de plano, para mi sorpresa, la nueva versión de Scarface de Brian de Palma.

No le digo nada del Lucky Luciano, la cinta en la que el italiano Francesco Rosi cuenta el crepúsculo del famoso gángster italonorteamericano…

Me pregunto si le gustará Boardwalk Empire.

Aunque ahora todo el mundo enteraaado habla de Los miserables, la película. El musical plagado de estrellas de Hollywood que se exhibe en los cines.

Todo el mundo enteraaado habla de la película pero no de la novela que la inspira.

Y pienso que fue un escritor único, por raro, Victor Hugo.

Yo me quedo con El hombre que ríe, que también se trata de un libro demasiado grueso en páginas y al que hay que coger, como lo cogí yo, si se está enfermo y en cama. Alimentándose de calditos y yogures.

Lo digo porque hay que tener espíritu enfermo para enfrentarse a sus novelones.

Por aquello de la belleza del monstruo también recuerdo El jorobado de Nuestra Señora de París.

Los miserables la vi, no me he atrevido a leerla aún, por primera vez en televisión. Se trataba de una película francesa que, ahora, rastreando en Internet, me entero dirigió Jean-Paul Le Chanois. Recordaba a su protagonista, a quien hace de Jean Valjean, Jean Gabin, que fue siempre un actor por el que siento una extraña, si quieren compulsiva por estrafalaria fascinación.

La otra película que suena en estas navidades donde todo cambia, nada permanece, es el Hobbit. Tampoco la he visto. Y ni puñeteras ganas por verla pero sí que recuerdo cuando leí la novela.

Fue por la fiebre tolkeniana que sufrí tras el estreno de la hoy olvidada película de dibujos animados El señor de los anillos (Ralph Bakshi, 1978).

Pero la verdad sea dicha en esta plancha: en este periodo de transformaciones varias que sufro Tolkien me parece ahora otra cosa.

O cosita.

Debe ser la edad, que va descascarillando lo prescindible de la armadura que forja tu pasado.

La idea es recuperar la inocencia. La capacidad de asombro.  

Asombro que sí encuentro cuando vuelvo a contemplar el Conan de Milius. Ya saben, la película protagonizada por ese actor de apellido impronunciable que fue gobernador de California.

En un inquietante viaje a mi pasado vuelvo a ver Desmadre a la americana, que fue la madre de todas aquellas cintas sobre universitarios con una idea fija en la cabeza: perder la virginidad.

¿Me río viendo Desmadre a la americana como la primera vez?

No.

Pero sí que sonrío.

Regreso, es inevitable, al Crack-Up:

“Soy un hombre que piensa despacio, y se me ocurrió simultáneamente que de todas las fuerzas naturales, la vitalidad es la única incomunicable. En días en que la savia vital le llegaba a uno como un artículo libre de impuestos, uno trataba de distribuirlo –pero siempre sin éxito–; para seguir mezclando metáforas, la vitalidad nunca “aprende”. Se tiene o no se la tiene, igual que salud u ojos pardos u honor o voz de barítono.”

La chica que sisó Soy un bicho raro me guiñó el ojo.

(*) La imagen que acompaña estas líneas pertenece a El Golem (Carl Boese y Paul Wagener, 1920. El filme está basado en la novela El Golem de Gustav Meyrink.

Saludos, agitando las manos, desde este lado del ordenador.

Cada domingo, cuando me despierto…

Domingo, Diciembre 30th, 2012

“Hay mayor número de metástasis en la culpa que en el mismo cáncer.” (El fantasma de Harlot. Norman Mailer)

I.- ESCUCHO GLORIAS AL SEÑOR

Me pregunto si año nuevo vida nueva mientras escucho los cantos de los evangélicos debajo de mi cueva. Han instalado en un localcito los evangélicos un templo donde todos los domingos les da por rezar a partir de las nueve de la mañana. Son algo así como un reloj, mientras parecen invitar a este aprendiz frustrado de Lucifer a que se una a la fiesta. A los cánticos de Gloria a Dios, no a adiós…

Adiós… Adiós… Gloria a Dios…

Cuando duermo en la cueva siempre me despierto la mañana de los domingos con la banda sonora de los evangélicos. Y no cantan mal, que conste en acta.

De hecho, mientras miro al techo pensando en si en levantarme o en cerrar los ojos e intentar recuperar el sueño perdido pienso en tres películas donde sacerdotes de pacotilla se meten en el bolsillo a sus feligreses que podríamos ser todos en estos tiempos enfermos.

II.- HAGO UNA LISTA INEVITABLE

Primera película, El fuego y la palabra. Está basada parcialmente en la novela Elmer Gantry de Sinclair Lewis, que es un escritor que me pegó fuerte. Además, dicen que fue el primer norteamericano en recibir el Nobel de Literatura.

Carajo.

Lewis se caracterizó por escribir novelas generosas en páginas. La película dirigida por Richard Brooks solo recoge un trozo, el más apetecible del libro original. A mi juicio, la versión cinematográfica es, por una vez, infinitamente mejor a la novela.

Segunda película, Sangre sabia. La dirige John Huston cuando entraba en el crepúsculo de su carrera y a mi me sigue pareciendo uno de sus trabajos más interesantes y una cinta que los levelistas –gente que debe rodar un musical con canciones leves a lo largo de este 2013 que nos espera a partir de mañana– ver de rodillas mientras reza el Rosario.

Por una vez, y sin que se entere nadie, los levelistas pueden prescindir de la obra que dio origen a esta extraña, mefistofélica y necesaria reflexión sobre el pecado que es Sangre sabia.

Tercer título, Touch. No sé el porqué, pero las novelas de Elmore Leonard no gozan de buena aceptación entres los lectores negro criminales. Debe ser cosa de que el señor Leonard vende y que lo suyo, como también hizo con las novelas del oeste, es adaptar las claves del género a su manera de entender las cosas que, siempre, resultan la misma aunque los escenarios resulten diferentes.

En Touch, la película que dirige el casi siempre interesante Paul Schrader, un hombre que hace milagros es utilizado por unos y otros.

Por otros y por unos…

Pienso en estas tres películas cuando los evangélicos me despiertan las mañanas de domingo que duermo en la cueva.

Me visto. Tomo café y me contemplo en el espejo con el runrún de Gloria al Señor que está en los cielos y me enfrento a una calle donde veo a los miembros de esa iglesia salir con una sonrisa indescriptible, no sé si beatifica, dibujada en los labios.

Confieso que me da miedo entonces que mi mirada se tropiece con la de algunos de ellos.

No sé si temo que me señalen y griten ahí va un discípulo de Satanás o que me intenten convencer de las bondades de su revelación. 

III.- EL TESTIGO DE JEHOVÁ 

Tuve un amigo hace muchos, muchos años, con el que compartí experiencias muy golfas y al que al cabo del tiempo dejé de ver por eso de que las amistades golfas si no se cultivan se vuelven elásticas, como un chicle.

Un día, paseando por la plaza de Weyler –es curioso como recuerdo algunos hechos banales de mi olvidadiza existencia y como se borran otros que, seguro, pudieron marcarme– tropiezo con él y la reacción inmediata es la de darnos un abrazo.

Él va trajeado y lleva un libro bajo el brazo.

Le pregunto que cómo le va.

-Soy pastor de los Testigos de Jehová.

- Vaya.- exclamo.

Se ajusta el nudo de la corbata barata mientras me enseña la solapa del libro.

La Biblia.

- No echas de menos… ya sabes.- tartamudeo.

-Ahora soy un hombre nuevo.- responde.

En ese momento la conversación queda muerta.

No nos damos un abrazo.

Ni siquiera las manos. 

IV.- A LOS MORMONES 

Bajo al Rastro tras escabullirme de los evangelistas. Pienso, también, en otro amigo que fue pastor de los mormones.

Por su apariencia reconocerán a los mormones.

Los que hacen misión suelen ir en pareja con camisas blancas, corbata y pantalones negros que recorren las calles de ciudades aparentemente descarriadas como la que me encuentro.

Cuando te asaltan, hablan en un castellano con acento anglosajón para convencerte de su verdad.

Hace tiempo leí en un libro extraordinario, uno de esos títulos de cabecera en mi caótica biblioteca, la historia de los mormones.

Intenté de hecho leerme El Libro de Mormón pero no pude pasar de unas pocas páginas.

Suelo contarles toda esta milonga a los vitaminados mormones con los que me tropiezo.

Que si Jonh Smith, que si más tarde Brigham Young, que si la larga trayectoria por el desierto hasta encontrar la tierra prometida en la ciudad del Lago Salado… Que si uno puede tener no sé cuántas mujeres y esas cosas…

Los geyperman de Utah, educadamente, me apartan entonces a un lado y me dejan flotando como una ameba en la avenida de la ciudad en la que habito.

Mi amigo, el que fue pastor mormón, dejó de serlo porque se cansó. Nunca jamás, sin embargo, me habló mal de aquella experiencia mientras tomábamos cervezas en uno de aquellos bares corruptos y siniestros que tanto hecho de menos en la ciudad en la que vivo.

Llego al rastro con el Gloria a Dios y todo eso sonando dentro de mi cabeza. 

V.- MI RELIGIÓN

Rebusco entre los libros, pero hay demasiada gente y uno tiene que hacerse paso dando codazos entre la marabunta… ¿Dónde estás, Eleanor Parker?

Encuentro La romana, de Alberto Moravia.

La portada me alegra la vista: Gina Lollobrigida en la estupenda película dirigida por Luigi Zampa basada en la novela de Moravia.

En otro puesto de libros desordenados, revueltos, como si se trataran de la mercancía que es, descubro Vidas, aventuras y peripecias del famoso capitán Singleton, de Daniel Defoe.

Defoe es uno de esos escritores que me salvan, como puede salvar el Gloria a Dios que cantan los evangélicos, en los momentos malos, bajos, de esta extraña vida en la que hago que camino.

Camino y camino por el rastro.

Un rastro repleto de paseantes que, algunos de los que tienen puestos, aprovecha para elevar ligeramente los precios de la mercancía que expone.

- Dos euros.- Le dice una señorita a un caballero con mirada perdida.

- Eso es muy caro.

- Lo que tengo aquí no lo encuentra en ningún lado.

Paseo y paseo con mi Moravia y mi Defoe bajo el brazo. 

VI.- LOS QUE VAN DE CIENCIÓLOGOS

Luce un sol espléndido. Casi parece un día de verano aunque hay un viruje tremendo.

Tremendo.

Subo la rampa que me lleva a la cueva cuando pienso en un amigo que tuve en Madrid y que se murió al estamparse con su ciclomotor contra una furgoneta.

La noticia salió en los periódicos.

Recuerdo, de hecho, haber leído una reseña del accidente en el hoy desaparecido diario Ya.

Aquel amigo pertenecía a lo que se conoce como iglesia de la cienciología. Esa iglesia en la que, entre otros, pertenecen John Travolta y Tom Cruise.

La madre repartió entre todos sus amigos los libros que formaban parte de su biblioteca.

A mi me tocó Dianética, escrito por el fundador de este movimiento, Ronald L. Hubbard; y Gilles, de Pierre Drieu La Rochelle.

De Dianética no saqué nada en claro salvo lo que su autor denomina engramas pero no me pregunten qué demonios son los puñeteros engramas.

De Gilles casi escribo hasta un poema.

Debe ser cosa de la atracción que siento por los malditos.

VII.- HASTA REGRESAR A LA CUEVA CON UNA IDEA 

Regreso a la cueva, cansado y con dolor de cabeza.

Así que pienso que ha sido extraño este último domingo del 2012.

Me pregunto, mientras tanto, si tendré déjà vu el primer domingo del 2013.

¿Me levantaré con los mismos cánticos que dan gloria al Señor?

¿Repetiré la lista de películas?

¿Navegaré rumbo al rastro?

¿Escribiré estas sensacionales sensaciones en el blog?

Me da un escalofrío.

Y no es de miedo, precisamente. 

Saludos, cosas del fuego y la palabra, desde este lado del ordenador.

Little Boy Blue, retrato del proscrito adolescente

Sábado, Diciembre 29th, 2012

“- Chico –dijo Rojo cuando estuvo listo– no hay duda de que vas de cabeza a San Quintín, tienes el mal dentro de ti. No te va a parar nadie, así que está bien que hagas el capullo con Floyd y conmigo, nosotros te enseñaremos. Tienes que decidir si quieres ser un chulo, un jugador; o prefieres ser un gángster.

-  ¿Qué diferencia hay?

-  Uno es hábil y el otro es duro.

-  Creo que prefiero ser un poco de los dos.”

(Little Boy Blue, Edward Bunker. Traducción de Zulema Couso, Colección Al margen, Sajalin Editores)

El 31 de diciembre del 2013, si aún continúo en este planeta, seré de los muchos que elevará una copa de aguardiente para celebrar el ochenta aniversario del nacimiento del escritor norteamericano Edward Bunker, fallecido en 2005 tras una vida larga repleta de penurias pero también gloriosa redención.

Bunker penetró en el mercado español a principios del siglo XXI a través de su voluminoso y apasionante libro de memorias La educación de un ladrón (Alba editorial), aunque su recuperación y reivindicación en el territorio de la ficción, geografía en la que mezcla sus experiencias personales, se debe a una pequeña editorial independiente que, para quien les escribe, es de las que más gratas sorpresas le ha deparado en estos tiempos oscuros cuyas nubes nos impiden ver…

Me refiero a Sajalin, que también me abrió los ojos con un título extraño, cuya lectura me dejó huella profunda como El callejón de las almas perdidas, de W. L. Gresham que ya comentamos también en este mismo El Escobillón.

Con la reciente publicación de Little Boy Blue, la pequeña editorial independiente publica todas las novelas que nos dejó este potentísimo y aún poco reconocido escritor en España.

Cinco títulos en los que Bunker, un narrador sin pretensiones estilísticas, un simple y por ello complejo contador de historias, nos lega a unos lectores noqueados la vaga esperanza de que se encuentre en algún sitio un original perdido, uno de esos textos que, vaya uno a saber el porqué, el escritor prefirió guardar bajo siete llaves.

A la espera del hallazgo, y tras leer Little Boy Blue solo me queda volver a releer sus novelas: Stark, No hay bestia tan feroz, Perro come perro y La fábrica de animales.

Más tarde, una vez digerida las sensaciones que provoca caer rendido en su universo al margen de la ley, la estupenda por turbadora Little Boy Blue.

A mi entender, creo que se comete una injusticia cuando se intenta ubicar a Bunker como un escritor de novela negra. Lo escribo así porque Bunker no fue un escritor de género, y sí lo fue, acaso fue por narrar lo que siente, y hacer que entendamos eso mismo que siente, quien está al otro lado de la Ley.

A través de sus novelas se opera, entonces, un proceso cuando menos interesante.

Y es que el lector que sí respeta las normas esté, de pronto, del lado de quien se las salta, de quien las rompe, de quien las tritura. Del proscrito. De quien te roba la cartera, de quien entra en tu casa y desvalija tus escasas pertenencias…

Entiendo así que su lectura resulta desestabilizadora, en especial porque en casi todas sus novelas el ladrón de bancos y gasolineras, el extorsionador, el que trapichea con drogas por mucho que lo capture la policía, por mucho que cumpla condena, por mucho que disfrute de libertad vigilada continuará siendo un delincuente porque el sistema contra el que actúa para sobrevivir resulta, a fin de cuenta, una bestia mucho más feroz.

En Little Boy Blue, Bunker nos cuenta la historia de Alex Hammond, un niño de trece años rebelde desde el divorcio de sus padres y educado en reformatorios y casas de acogida en la California de la primera mitad de los años cuarenta del pasado siglo XX.

En plena II Guerra Mundial.

Aunque en casa se libra otra guerra.

¿Qué hacer con todos estos jóvenes delincuentes?

Los que tienen edad son enviados como carne de cañón al frente.

Pero ¿y con los menores?

¿Con los salvajes natos?

Hammond va desarrollando en estos ambientes –casas de acogidas, reformatorios–  un carácter cada vez más hosco y duro, rebelde a medida que aprende las reglas de un juego sórdido en el que solo sobreviven los fuertes.

Las novelas de Bunker son, en este sentido, y en Little Boy Blue con más intensidad que otras, lecturas con un involuntario sentido darwinista  que descoloca. Desarma. Te hace reflexionar.

En el mundo de Alex Hammond no existe la figura del padre y mucho menos de la madre.

Solo existe la gente que conoce en los reformatorios. Y los pocos adultos que le enseñarán algo, estafadores, timadores, criminales que cumplen condena.  

Little Boy Blue es la historia de la formación de un criminal adolescente.

Un retrato del criminal adolescente en el que no hay empalagosa moralina y sí intensa, fría por descarnada, mirada de cómo se forja un menor inteligente que no tuvo suerte –y al que le gusta evadirse de su realidad leyendo novelas– por el lado equivocado, torcido de eso que dicen debe ser vida.

Esa vida que existe al margen del cinturón castrante que impone una Ley cuya Justicia aparentemente lleva vendado los ojos.

Tras leer todo Bunker, y si me pusieran en la tesitura de escoger dos obras de este hombre que no fue nunca por la vida de escritor aunque sus libros sean, a mi juicio, literatura de verdad con todas sus letras, escogería No hay bestia tan feroz, cuyo protagonista, Max Dembo, aparece como secundario en Little Boy Blue, y en este apasionante, descarnado, brutal, darwinista retrato de la infancia que es, precisamente,  Little Boy Blue.

“A Alex lo invadían sentimiento encontrados. Levantó la vista hacia las nubes arrastradas por el viento y después estudió el mar ondulante a un lado y la suave balsa de aceite al otro. Aunque era joven, había vivido y leído mucho y ahora se percataba de la metáfora de la vida en el mar, el puerto y el rompeolas, y supo que su destino era ser un proscrito, un criminal. De hecho, ya lo habían marcado, por dentro y por fuera. Demasiado tarde para volver atrás. De forma extraña, aquel reconocimiento le hizo sentirse libre, bien consigo mismo. Se echó a reír, el rugido del mar ahogó el sonido de su carcajada.”

Grande Bunker.

Grande Little Boy Blue.

Saludos, maestro, desde este lado del ordenador.

Un año de narrativa en Canarias

Viernes, Diciembre 28th, 2012

INTRO

* Al margen del bichado programa Santa Cruz, ciudad leída, promocionado por el Ayuntamiento de la capital tinerfeña (1), se celebró LuchaLibro, un original concurso de improvisación literaria; la Casa-Museo Pérez Galdós puso en marcha la iniciativa Archivos Literarios de autores contemporáneos y continuó el encuentro NNegra de Arona; una editorial nacional como Roca fichó para sus edición de bolsillo la trilogía iniciada con Ira Dei. La ira de Dios de Mariano Gambín, y la obra del escritor Víctor Álamo de la Rosa fue objeto de tres tesis doctorales, dos de ellas en universidades italianas y la tercera en una universidad brasileña.

* Por otro lado, la colección G21 Narrativa Canaria Actual no dejó de presentar títulos este año que se acaba; Ediciones Escalera los Escritos breves, de James Joyce, una edición bilingüe y crítica de varios textos del reconocido escritor irlandés traducidos por nuestro colaborador Mario Domínguez Parra, y el Premio Canarias de Literatura reconoció la trayectoria de Luis Alemany y el periodista y también escritor tinerfeño Juan Cruz obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural.

* El Día de las Letras Canarias, dedicado en 2012 al poeta Pedro García Cabrera, pasó sin pena ni gloria. Esperemos que no sea igual en 2013, año que volverá a estar protagonizado por José Viera y Clavijo, de quien se conmemora el bicentenario de su muerte.

* En cuanto a lo malo del 2012, destaca la medida conjunta adoptada por el Ministerio de Cultura y el Gobierno de Canarias de suprimir el dinero asignado para la adquisición de novedades bibliográficas en las dos bibliotecas públicas del Estado y el traumático cierre, en la provincia de Santa Cruz de Tenerife, de dos librerías que hasta el día de ayer fueron oasis y lugar de encuentro entre lectores y escritores como la lagunera Mistério y la santacrucera Tenerife.

* A pesar de estos percances, afortunadamente, las editoriales canarias supieron sortear los vientos huracanados de la crisis aunque es probable que para alguna de ellas  este 2013 sea algo así como su año de desguace. Con todo, se ha publicado bastante, y la calidad ha ido pareja por una vez con la cantidad de títulos que ha recibido el mercado

* El veterano José Rivero Vivas presentó La magua y Trova y furor, mientras que Sabas Martín regresó a su territorio mágico de Nacaria con Pleamar y Cecilia Domínguez Luis se adentró en los territorios de la novela juvenil con Los niños de la lata de tomate.

* Descubrí por mediación del escritor Jesús Castellano, Retrato de Marlou Diesel, de Marcelino R. Marichal, una novela editada en 2004 y que pide a gritos su pronta reedición. Castellano fue además autor de El libro del Cuervo, novela en la que narra sus experiencias vitales y laborales en un Gijón fronterizo, más cerca del espíritu de El asesino dentro de mí de Jim Thompson que la de otros modelos literarios considerados por los cursis como más serios.

* Víctor Conde, álter ego literario de Alfredo Moreno Santana, alejado del género por el que es reconocido en el mercado nacional, como es la fantasía y la ciencia ficción, aprovechó el año para revelarnos a un escritor experimental con su Malpaís. Conde también será noticia en 2013 porque se publicará en Alemania, Austria y Suiza su trilogía juvenil Heraldos, cuya última entrega, Heraldos del bien y el mal (Editorial Hidra) se puso a la venta en España el 14 de mayo.

* Pude leer El fulgor del barranco, de Juan Royo Iranzo, una historia que se desarrolla en la capital tinerfeña durante los años de la Guerra Civil y Puerto Santo, título que el autor presentó en 2012 y en el que se movió con sinuosa comodidad por las geografías de la novela histórica con divertido esperpento.

* Hosman Amin Torres propuso relatos en su más que recomendable Paréntesis y Jesús Villanueva se atrevió con la novela histórica con El fuego de bronce, título que puso a la venta en las navidades pasadas. Fiestas en las que coincidió en las librerías con la reedición de El caso del cliente de Nouakchott, de Jaime Mir Payá; El círculo platónico, de Mariano Gambín y Caminos de agua, de Román Morales, un volumen en el que su autor nos contó la travesía continental en kayak que realizó desde Buenos Aires al Caribe a través de los grandes ríos de sudamérica.

* Gregorio Duque y Juan Luis Calero me sorprendieron gratamente con Pequeños homenajes y El Porvenir de Juana Vizcaíno, y encontré una apasionante relectura de En el camino de Jack Kerouac en Cuaderno afortunado, de Eduardo Montelongo.

* Esther Terrón Montero saltó al ruedo con su más que interesante, reflexiva y crítica Junio; y editaron Agustín E. Díaz Pacheco, Proa en nieblas; el abogado y escritor José María Lizundia, Línea líquida (Memorias de unos años algo frívolos) y David Galloway, quien recopiló antiguos y nuevos relatos en el volumen El perfil de las esquinas.

* En la colección G21 Narrativa Canaria Actual publicaron también María Teresa de Vega y Ana Joyanes Romo las novelas Merodeadores de orilla y Noa y los dioses del tiempo.

* Arima Rodríguez Vega presentó Los crímenes de Asthon y Las pesadillas de Uriel, mientras que Juan Santana hizo lo mismo con Mujeres con gafas de luna y en los territorios de la novela negra, José Luis Correa y Antonio Lozano presentaron Nuestra Señora de La Luna y La sombra del Minotauro, respectivamente, y Alexis Ravelo publicó en  diciembre Morir despacio.

Faltan muchos más títulos, pero su ausencia es involuntaria. Nuestra intención es la de orientar y ofrecer una selección con las diez novelas que, a nuestro juicio, resultaron las más atractivas del 2012.

¿POR QUÉ ESTOS DIEZ TÍTULOS?

El futbolista asesino (Casa de cartón), de Nicolás Melini, porque pese a tratarse de una reedición significó la  recuperación de uno de los títulos clave para comprender la evolución que ha ido tomando la literatura que se escribe en esta tierra en los últimos años y porque se trata de un texto que no ha perdido todavía la vigencia, ni la rabia ni el nihilismo de cuando fue escrita.

Cucarachas con Chanel (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea), de Dr (JRamallo), porque se trata de una de las mejores novelas que se han publicado este año en este archipiélago sin memoria. Porque sus páginas muerden, porque resulta demoledoramente crítica y ácida con una ciudad, Santa Pus, y las gentes que la habitan. Esto, y no otra cosa, es el Realismo.0.

No es la noche (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea), de Carlos Cruz, porque la segunda novela de su autor, tras la perturbadora h. (Dilema Editorial), revela a un escritor en el que se aprecian constantes que analiza con distanciada frialdad. No es la noche transcurre en una ciudad sin identificar ubicada en el sur de una isla que podría ser Tenerife, en la que un hombre y una mujer hacen todo lo posible por resistir.

El sueño de Goslar (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea), de Javier Hernández Velázquez, porque su autor continúa tirando de la novela negro criminal con la excusa de escribir los libros que le apetece y, de paso, rendir cariñoso y nostálgico homenaje a la ciudad donde nació: Santa Cruz de Tenerife. Tras El fondo de los charcos, Velázquez propone ahora una atractiva pop fiction con una turbadora protagonista, la pelirroja Alex Stibtings.

La isla de las palabras desordenadas (Izana Editores), de Yolanda Delgado Batista, porque es una novela sobre la soledad, sobre el desarraigo, sobre la descomposición familiar. Elementos que en otras manos no hubiera resultado tan atractivo e inquietante material de derribo existencial.

La Señora Beatriz de Bobadilla. Señora de Gomera y Fierro (Hora Antes Editorial), de Carlos Álvarez, porque el escritor hace ficción –y de la buena– con uno de los personajes más atractivos de la Historia de Canarias. Cuenta con una primera parte excelente aunque las ambiciones y los personajes que se desarrollan a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas terminan por dañar un libro que al final no resulta redondo.

El corsario de Lanzarote (La Caja Literaria), de Francisco Estupiñán, porque se trata de una obra histórica que recupera, gracias a un notable trabajo de documentación, la recreación de unos tiempos en los que vivir en el archipiélago significaba algo así como habitar el último territorio del mundo conocido. Estupiñán nos cuenta la vida y obra de Agustín de Herrera y Rojas en una obra en la que se mezcla aventuras, hazañas bélicas, humor, psicología, política y algo de surrealismo. El escritor obtuvo por este título el Premio Benito Pérez Armas 2011.

Hola fondo sur (colección Dando Pata, Editorial Baile del Sol), de Daniel Ortiz Peñate, porque junto a Cucarachas con Chanel y La isla de las palabras desordenadas me parece uno de los mejores títulos publicados este año no ya tanto por lo que tiene de ficción, a mi juicio lo más imprescindible del relato, sino como libro de viaje y de aventuras –con ecos a lo Kerouac– que emprende su protagonista por varios países  sudamericanos.

Queridos Reyes Magos (Anroart Ediciones), de Santiago Gil, porque su aplastante crudeza, su acerada radiografía sobre la familia en fechas tan aparentemente felices como son las navidades se lee como un violento cogotazo. Leo de Gil también este año Las derrotas cotidianas, una novela anterior, en la que reflexiona con feroz realismo sobre los mismos temas, y la irregular Yo debería estar muerto (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea), su último título hasta la fecha.

La lista (Principal de los libros), de Juan Bosco, porque su publicación ha contribuido a recuperar la memoria de los que perdieron la Guerra Civil española en una localidad cerrada y ombliguista, tan idiotizada por un sistema de castas, al que su autor pone nombre: La Orotava. Novela gruesa en páginas y que cae en un inevitable maniqueísmo, La lista cuenta con más virtudes que defectos, así como una atractiva reelectura de la pasión y muerte de Jesucristo que encarna su joven protagonista.

(1)  Tras iniciar la experiencia con fragmentos de las novelas Los puercos de Circe y La ciudad de las miradas, de Luis Alemany y Pablo Martín Carbajal, respectivamente, se prevé que después de los Carnavales continúe el programa obras de Javier Hernández Velázquez y Fernando Delgado.

(*) Sin pinchan los enlaces de los diez títulos seleccionados accederán a los comentarios que, en su momento, escribimos sobre ellos en este su blog El Escobillón.

Saludos, ¡el baile es vida!, desde este lado del ordenador.

La versión del Ayuntamiento

Viernes, Diciembre 14th, 2012

El director-gerente del Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Jerónimo Cabrera, se pone en contacto con El Escobillón para responder algunas de las preguntas que planteamos en el post ¿Santa Cruz, ciudad leída?

Jerónimo Cabrera dice que la iniciativa nació tras un intercambio de correos electrónicos con Pablo Martín Carbajal, curiosamente uno de los escritores escogidos junto a Luis Alemany en Santa Cruz, ciudad leída. Una iniciativa que reproduce en diez paneles de cartón, y por varias calles de la capital, una selección de textos y citas de las novelas Los puercos de Circe y La ciudad de las miradas.

Jerónimo Cabrera dijo que la idea fue la de entresacar textos de ambos trabajos con el objeto de mostrar la visión literaria de Santa Cruz de Tenerife con una doble mirada: “la  del escritor consagrado y la de un novel”.

El presupuesto total de Santa Cruz, ciudad leída asciende a 4.000 euros, cantidad que se ha distribuido en pagar al asesor y seleccionador de los textos, el periodista Leoncio González, así como en la elaboración de los paneles distribuidos por distintas zonas del centro de la capital tinerfeña.

En cuanto al criterio de selección, Cabrera dijo que obedeció a “un sentido de la oportunidad” con el fin de armar una estructura discursiva para la promoción de la literatura canaria; los escritores canarios, así como la de despertar el hábito por la lectura entre los ciudadanos.

“Dotar de contenidos” a la ciudad, dijo el director-gerente del Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento.

Jerónimo Cabrera dijo que este proyecto tiene vocación de continuidad  aunque ”veía venir” la irritación que ha suscitado entre muchos escritores tinerfeños.

Alguno de los cuales todavía se pregunta por qué solo dos, y no diez escritores, aparecen en los diez paneles de cartón que participan en esta primera entrega de tan feliz iniciativa.

Una feliz iniciativa ¿bichada?

Saludos, Brown Sugar!, desde este lado del ordenador.

¿Santa Cruz, ciudad leída?

Miércoles, Diciembre 12th, 2012

Santa Cruz, ciudad leída es una feliz iniciativa del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife que propone leer, en una serie de paneles distribuidos por la capital tinerfeña, pasajes de novelas sobre una ciudad y sobre unos habitantes que, como cantó Eduardo Bercedo, “muere en soledad.”

Los textos seleccionados corresponden a las novelas Los puercos de Circe y La ciudad de las miradas de Luis Alemany y Pablo Martín Carbajal, respectivamente.

Luis Alemany radiografió con nervioso y compulsivo pulso narrativo un eficaz y tenebroso retrato de la capital y sus habitantes, de ahí los puercos de Circe.

Pablo Martín Carbajal, por su lado, supo describir en clave nostálgica y con acento crítico y resignado la soledad urbana que encierra una pequeña capital de provincias que, en este caso, es Santa Cruz de Tenerife.

Se trata, a mi juicio, de dos excelentes textos donde la ciudad en la que habito adquiere un notable protagonismo así como los personajes que deambulan en ambas historias, pero también resultaba inevitable  que algunos compañeros de oficio nada más conocer la noticia se hayan cuestionado:

1.- ¿Por qué Alemany y Carbajal?

Lo que sin florituras viene a decir: ¿por qué no me seleccionaron a mi?

2.-  ¿qué criterio se ha tenido en cuenta para escoger estos títulos y no otros?

Solo puedo encogerme de hombros porque las (in)decisiones del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife son como un jeroglífico, aunque no me parece mal que para empezar con esta modesta pero interesante iniciativa se hayan escogido, precisamente, Los puercos de Circe como La ciudad de las miradas ya que, a mi juicio, son dos buenas novelas para inaugurar un programa que espero tenga continuidad.

En los últimos años y gracias a la notable labor de un puñado de escritores, la capital tinerfeña está comenzando a resultar creíble como espacio literario.

En este sentido, y para conocer la realizad de esta ciudad en los años ochenta es de obligadísima lectura El caso del cliente en Nouakchott, de Jaime Mir, una novela pionera no ya por reflejar con ironía el paisaje santacrucero de aquella década sino también por presentarnos a uno de esos personajes –Jeque– que para mi es muy representativo de lo que podría denominar como carácter chicharrero.

Dr. R (JRamallo) explora en las entrañas de la ciudad –su Santa Pus que no es otra que esta Santa Cruz– en su cruda, explosiva y demoledora Cucarachas con Chanel, un título de lo mejorcito que se ha escrito sobre esta capital de provincias y que, mucho me temo, podría “olvidarse” en futuras ediciones de esta iniciativa que solo entonces en vez de feliz resultaría, a mi juicio, pobre e infeliz.

Javier Hernández Velázquez, por otro lado, se ha propuesto, con relativo pero no por ello menos elogiable esfuerzo, reivindicar la historia del siglo XX de la capital tinerfeña en su todavía díptico El fondo de los charcos y El sueño de Goslar, y Juan Ignacio Royo nos adentra en el asco y el miedo, la ruindad y la cobardía, la represión y el plomo con su El fulgor del barranco, una novela en la que recrea el Santa Cruz de Tenerife de los años de la Guerra Civil.  Royo regresa a la ciudad en Puerto Santo, un divertido sainete que se desarrolla a finales del siglo XIX y que logra, en algunos de sus capítulos, congelar la cómplice sonrisa del lector.

En esta apresuarada lista destacaría también el homenaje al santacrucero barrio del Toscal que realiza Gregorio Duque en los deliciosos relatos que agrupa en el volumen Pequeños homenajes, así como en la ambiciosa novela histórica El fuego de bronce, de Andrés Villanueva, un relato en el que su autor narra el frustrado ataque de la escuadra del contralmirante Nelson a las costas tinerfeñas.

Dentro de la estricta crónica periodística citaría los apuntes que firmó Francisco Pimentel con el nombre de Santa Cruz la Nuit.

Hay muchos más títulos en los que esta pequeña capital de provincias, de rancio espíritu burgués, es protagonista. Entre los más recientes mencionaría Entre bambalinas de la escritora Sonia Díaz Oval, titulo que presenta este mismo sábado, 15 de diciembre, en la librería de Mujeres. 

Muchas, en definitiva, novelas y cuentos que están contribuyendo a dar carne de ficción a una geografía urbana tan necesitada de voces que la doten, precisamente, de carne de ficción. 

Autores pues tiene el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife para continuar con una iniciativa que haga verdad que Santa Cruz es, efectivamente, una ciudad leída.

La pregunta que me asalta durante la redacción de estas líneas es si esta iniciativa continuará… Mucho me temo sin embargo que quede en uno de esos absurdos fuegos artificiales a los que ya nos tiene acostumbrado su Ayuntamiento, cada día más que errático en sus tomas de (in)decisiones.

El alcalde, José Manuel Bermúdez, señala: “a todos los que somos de Santa Cruz nos encanta leer cosas sobre nuestra ciudad ya sea sobre el presente o el pasado, pero este montaje nos ayuda también a aprender a vivirla, ya que nos permite evocar las imágenes que nos llegan a nuestra mente a través de la lectura de estos párrafos”.

La presidenta del Organismo Autónomo de Santa Cruz de Tenerife (OAC), la socialista Clara Segura, apunta: “el objetivo de este proyecto consiste en fomentar la imagen de la ciudad y, al mismo tiempo, a los escritores de las Islas.”

Dulces intenciones que desde esta bitácora esperamos no se las lleve el viento.

Un arco de más de treinta años separa a Los Puercos de Circe de La ciudad de las miradas… Lo insólito del caso, y ahí está la literatura escrita y que se escribirá sobre Santa Cruz de Tenerife, será ahora comprobar en sus  diferentes edades y en sus diferentes voces narrativas si continúa siendo verdad lo que canto Eduardo Bercedo.

Es decir, si la iniciativa Santa Cruz, ciudad leída nada más nacer ya ha muerto en soledad.

Saludos, ¿qué hay de nuevo, viejo?, desde este lado del ordenador.