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A propósito de ‘Grey’: una reflexión sobre la literatura que se lee con una sola mano

Jueves, Diciembre 6th, 2012

Anda el patio revuelto con la publicación de Cincuenta sombras de Grey, primer volumen de una trilogía que ha roto el mercado del libro en unos tiempos en donde a la gente ya no le alcanza ni para comprarse el pan.

Me encuentro esta semana con unos escritores que se llevan las manos a la cabeza ante el éxito de esta novela de presunto carácter erótico –no he tenido la suerte ni el gusto de ponerme a leerla– y reclaman en su lugar la buena literatura por encima de la de consumo mientras echan pestes de esas Cincuentas sombras de Grey que, oh sorpresa, ninguno de ellos ha leído pero sí que ha hojeado en las librerías donde al parecer los ejemplares desaparecen con la misma rapidez que el dinero que aún me queda en la cuenta corriente.

Hay que añadir al desprecio de los que critican el libro que nunca leerán –y si lo leen, lo harán a escondidas– que éste aborde la casi siempre espinosa cuestión del sexo. En este caso con tintes bondage y ligeramente sadomasoquista.

Sin filtrear con lo erótico hay muchos, demasiados best seller que ya se han hecho con ese público que no lee libros. Y mucho menos si es de autor porque en la política del best seller no es lo mismo un escritor que vende –Stephen King, Tom Clancy y en España Arturo Pérez Reverte y hasta el día de ayer Alberto Vázquez Figueroa– que un producto que se vende.

Los integrados defienden que lo que hay que estimular es leer, aunque se trate de literatura de consumo rápido.

Los apocalípticos que la verdadera literatura si no muere, retrocede pasos agigantados ante estos fenómenos de ventas bien arropados por una inteligente campaña publicitaria que promete historias políticamente incorrectas.

Nada más lejos de la realidad.

Pero es un gancho que funciona.

Cincuenta sombras de Grey, como en su día fue El código Da Vinci, la trilogía Millenium y los tiernos vampiros adolescentes de la serie Crepúsculo de la escritora Stephenie Meyer, son algo así como productos perfectamente dirigidos, con independencia de su calidad aunque funcionan –y muy bien– como mercancía de entretenimiento, de evasión.

No es sin embargo, aunque alguien pueda creer lo contrario, un fenómeno nuevo en la industria del libro. Y en el caso concreto de lo que podríamos denominar literatura erótica –si metemos en el mismo paquete a las Cincuenta sombras de Grey– algo novedoso.

En los años setenta se publicaron, y se realizaron películas gracias a su éxito, títulos como Emmanuelle e Historia de O, y en los ochenta se popularizó sobre todo gracias a su adaptación cinematográfica Nueve semanas y media, todas ellas historias con un sexo enfocado –como la trilogía Grey– a un público burgués y adulto con necesidades aparentemente no confesas.

En estas novelas, como pasa ahora, la mujer resulta por norma general la protagonista de estas fantasías para leer y ver con una sola mano, y hay cientos de ensayos, algunos de ellos muy notables, en los que se intenta explicar y justificar su éxito momentáneo que suele coincidir, paradójicamente, en tiempos de crisis como el que desgraciadamente vivimos ahora.

O periodos inestables, revueltos de nuestra historia reciente.

¿Valen como productos literarios de calidad?

No es una pregunta que me quite el sueño, aunque sí que disfruté en su momento con la lectura de algunas de las novelas de la serie Emmanuelle aunque notara en falta el carácter transgresor y lúdico de otras experiencias narrativas similares escritas en el pasado.

Si tuviera que salvar de la hoguera a la que unos parecen querer llevar estos libros yo escondería en mi chaqueta la arrugada edición en bolsillo que conservo de Lunas de Hiel, de Pascal Bruckner, título del que Roman Polanski hizo una película que todavía me duele cuando la veo…

En mi cada día más desordenada biblioteca encuentro en la colección La sonrisa vertical divertidas fantasías sexuales escritas presuntamente por escritores reconocidos como Alfred de Musset, Gamiani, dos noches de pasión, y textos anónimos o firmados con pseudónimo en los que me gustaría descubrir la firma de otros gigantes de la novela de finales del XIX y principios del XX que por necesidad alimenticia o como ejercicios gamberros apostaron por la literatura erótica en títulos, a mi juicio, imprescindibles.

Cito Grushenka, tres veces mujer; Venus en India o Memorias de Dolly Morton, todas ellas de autores desconocidos o con pseudónimo en la que continuaron la estela de un género que cuenta con obras maestras que trascienden lo erótico como Moll Flanders o Fanny Hill, de Daniel de Foe y John  Cleland, y mucho tiempo antes textos de referencia como son Las mil y una noches, El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y El Satyricon donde el sexo aún sorprende al castigado y reprimido lector de nuestro tiempo por su frenético libertinaje, por su desarmante naturalidad.

Se llegó incluso a atribuir a Oscar Wilde como el responsable de esa divertida fantasía homosexual que es Teleny, y así otros tantas novelas y relatos que todavía conmueve a parte de una sociedad cuya otra mitad pierde el tiempo en señalar estas historias con malintencionado sonrojo o una vergüenza patética.

No, no me veo leyendo las novelas de la trilogía –¡que puñetera manía con las trilogías!–  de Grey porque nunca he respondido al canto de las sirenas,  pero me gustaría encontrarme con alguna lectora –más que lector– que sí lo haya hecho y con confeso placer.  

Espero que sea antes de que el fenómeno Grey muera como mueren todos los fenómenos literarios… Porque se trata de eso: un fenómeno.

Fenómeno, curiosamente, en el que últimamente solo dan la talla mujeres escritoras:  Grey, lo firma E. L. James; J. K. Rowlings, que se ha hecho multimillonaria con las aventuras mágicas de Harry Potter, presenta ahora su primera novela adulta, Una vacante inesperada, que se publica España el 19 de diciembre; la saga Crepúsculo es de la ya citada Stephanie Meyer y la curiosísima fantasía distópica Los juegos del hambre corresponden a Suzanne Collins… Charlaine Harris es la autora de la serie Muerto hasta el anochecer, de la que se ha rodado la televisa y cada tenporada más decepcionante True Blood.

Un síntoma interesante.

Tan interesante que cuando les comenté a los escritores que reclaman literatura de autor por encima de todas las cosas ¿qué les parece que sean escritoras y no escritores los que hacen mercado? Ninguno supo darme una respuesta coherente.

- Son libros para chicas.- acertó a decir uno.

Saludos, hoy es 6 de diciembre, desde este lado del ordenador.

Ningún euro para libros y el disparate SILA

Martes, Diciembre 4th, 2012

INTRO

Leo en la prensa dos noticias que afecta –y afea– la errática toma de decisiones que emana de la Consejería de Cultura del Gobierno de Canarias. Departamento que, debe ser cosa del raquitismo presupuestario, adopta cada día que avanza actitudes más marrulleras y groseras.

Casi parece que esta forma de hacer las cosas es síntoma –no tengo otra palabra con que describirlo– de que sus responsables han perdido el poco juicio que les quedaba.

¿NOVEDADES?, NO GRACIAS

Si es usted usuario de los servicios que facilitan las dos bibliotecas públicas del Estado existentes en Canarias olvídese el próximo año de pedir en préstamo las últimas novedades editoriales porque éstas dejarán de adquirirse por una de esas inteligentes medidas conjuntas que ha adoptado el Ministerio de Cultura y el Gobierno de Canaria para frenar la crisis:  no aportar un euro a esta función vital, prioritaria a estas instituciones. Así lo leo en Canarias 7.

Y así intento reflejarlo en un supuesto de lo que podría suceder en 2013 cuando vayamos a sacar una novedad en préstamo en cualquiera de las dos bibliotecas públicas del Estado de esta región cada día más abandonada de la mano de los dioses.

- Oiga, yo vengo a preguntar si tiene la nueva novela de Alexis Ravelo, La estrategia del pequinés…

- ¿Eso es una novedad?

- Pues sí… Acabo de pasar por la librería y la he visto en la mesa de… las novedades.

- Ahhh, así que se trata de una novedad… ¡Pues cómpresela!

- ¿Eh?… Mire usted, caballero, soy socio desde esta biblioteca desde hace quince años y…

- No la tenemos… Y déjame usted en paz que tengo mucho trabajo.

- En fin… –desiste el lector– ¿No tendrá usted entonces la última de Pérez Reverte?

- ¿La última?

- Sí, sí…

- ¿No será la misma que estoy leyendo?- le responde el bibliotecario mostrándole el libro que tiene al lado del teclado del ordenador.

- ¡Esa misma!

- Pues tampoco… Pero le diré, aquí entre usted y yo, que es más de lo mismo.

- ¡Las cosas del Pérez Reverte!

- Sí, no sea idiota y ahórrese los 23 euros…

- Pero es que yo quiero leerla… ¿No podría usted prestármela?

- Este libro no es de la biblioteca sino del imbécil que la compró. Ya ve usted. Que tenga buen día.

Puestas así las cosas, el panorama que se presenta para el usuario y para los trabajadores de las dos bibliotecas públicas del Estado resulta dramático porque gran parte de la existencia de una biblioteca se justifica, precisamente, por la renovación de sus fondos, que vendría a ser algo así como la sangre que circula por nuestras venas.

No entiendo por ello, y por mucho que lo intente, cuál es la razón que explica tamaño disparate. Tamaño tijeretazo. Tamaño recortazo. Es decir, que no se buscara una solución para que de los 100.000 euros que se destinaron en 2012, en una decisión conjunta e histórica, Ministerio de Cultura y Gobierno de Canarias hayan aprobado ahora cero euros de inversión para el catastrófico 2013 que nos espera.

Un buen amigo me comenta con ironía que dentro de nada veremos a la Biblioteca Pública del Estado vendiendo sus fondos en la puta calle… Y tal y como están las cosas, no me resulta un dislate.

PEOR, IMPOSIBLE

La capital grancanaria se prepara para acoger la que tendría que haber sido IV edición del Salón Internacional del Libro Africano, aunque hoy se llama Salón Internacional de las Letras Africanas.

Los tres primeros SILA, como ya hemos ido informando en este mismo blog, se celebraron en Puerto de la Cruz y Santa Cruz de Tenerife con notable presencia de público y de autores africanos consagrados.

El Salón consiguió de hecho, el año pasado, convertirse en un espacio de referencia para el mundo de la industria del libro porque uno de sus espíritus, imitando modelos como la Feria de Guadalajara, en Méjico, además del cultural fue el comercial.

Tras el polémico concurso organizado por la Viceconsejería de Cultura del Ejecutivo autónomo, y del que resultó vencedor el proyecto presentado por la UTE Fundación Farrah y Looking for Development, se ha dinamitado toda esperanza no solo al cambiar su ubicación original, sino por prescindir de su carácter, ya lo hemos dicho, cultural y comercial.

El nuevo Salón Internacional de las Letras Africanas, que solo respeta del SILA original su acrónimo, desarrollará la mayor parte de sus actos en Casa África entre el 11 y el 28 de diciembre aunque a este bloguero le ha resultado imposible todavía acceder a su programación probablemente porque sus conocimientos en informática datan del jurásico.

El periódico El Día, con el titular de El SILA se va a Las Palmas con un programa “improvisado”, recoge declaraciones, entre otros damnificados, de Antonio Vizcaya, presidente de la asociación SILA, creadora del proyecto; el director de Ecopress Comunicaciones, Martín Rivero, quien presentó la iniciativa a concurso que finalmente recayó en la UTE Fundación Farrah y Looking for Development, y el director de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo de Tenerife, Cristóbal de la Rosa. Este último denuncia “una gran precipitación para sacar adelante el SILA 2012 y una ausencia completa de un modelo o una idea bien definida de cómo organizarlo”.

De la Rosa lamenta también en este periódico que si bien “siempre empezábamos a trabajar con los organizadores en el próximo SILA a los 20 días de acabar”, a día de hoy, “todavía no hemos recibido ninguna comunicación oficial del Gobierno sobre esta iniciativa y únicamente se nos envió una carta por parte de una empresa a principios de noviembre informándonos de que era la ganadora del concurso y solicitando nuestra colaboración, pero en genérico, sin proponernos una reunión ni presentarnos un proyecto concreto. Parece que lo que ha pasado es que se ha querido hacer de cualquier manera para no perder la subvención europea, asociada a este proyecto.” (1)

El Cabildo de Tenerife, según de la Rosa, esta profundamente descontento porque “el SILA es una iniciativa privada que ha pasado a ser del Gobierno”.

Y anuncia, en este sentido, que “es gravísimo que se actuara de esta manera sin explicarnos por qué. La Administración pública no está para entorpecer, sino para todo lo contrario”.

Me quedo un momento en silencio porque son demasiadas las ideas que se abren paso por mi cabeza, pero cabría recordar que, contradicciones de la vida, Cristóbal de la Rosa pertenece a la misma familia política –Coalición Canaria– que forma parte de ese Ejecutivo regional al que ahora no sé si critica pero sí que cuestiona…

Debe ser que el próximo 21 de diciembre es el fin del mundo, según el calendario maya.

(1) La cursiva es nuestra.

Saludos, anoche soñé con ella, desde este lado del ordenador.

Cristino de Vera por Francisco Umbral

Martes, Noviembre 27th, 2012

“Uno que se había quedado en el Rastro (ya se me olvidaba), haciendo manierismo y puntillismo en su alto buhardillón, era Cristino de Vera, vagamente canario, entrañable y entrañado, alto, estrecho, caído de alma, doliente de acento. Cristino era la víctima de su lucidez.

Cristino de Vera había comprendido en seguida que el hombre tiene que estar solo, soltero, buscándose la aventura de cada atardecer, y dedicando el resto del día al monacato de su creación, que lo suyo era una cosa como de monje medieval que hubiese asistido a las vanguardias de entreguerras. Hacía calaveras, velas, pañitos, soledades, resplandores de llamas, como se sombra, todo mediante un puntillismo/manierismo que martirizaba hasta la locura, y aquello lo exponía una vez cada cinco años, así es que lo exponía, porque lo suyo era, habiéndose elegido tan libre, la prisión del color sin color, la línea sin deleite y el ascetismo romántico, religioso y ateo de sus cuadros.

Cristino de Vera, en buhardillón del Rastro, se llenaba de vino y palabras, y yo le iba viendo (encontrado luego en tantas otras atmósferas madrileñas) el verdugón del alcohol, el moratón traidor del vino en lo más puro de su expresión de hombre feo y bueno. Seguía peinándose como un niño, con la raya a un lado y el pelo cortito, cuando el  amor, el vino, la pintura, la soledad y los años le habían echado siglos sobre la espalda un poco cansada.

Cristino de Vera aparecía y desaparecía en los bosques de alemanas (que no bosques alemanes) que tiene Madrid donde los tiene, entre el Museo del Prado y el Rastro, entre un café y una casa de citas, y su elegancia de hombre inelegante, su tristeza de falso alegre, me devolvían a un presente duro y puro, sin posible progreso, en el que en realidad nos movíamos todos.

-  ¿Y cuánto crees que nos queda, Paquito?

-  Pues no los sé, Cristino.

(Me incluía abusivamente en su generación, que era la anterior a la mía.)

- Ya nos va quedando poco, Paquito.

(Y eso siempre con el acento doliente y canario de su soledad, que le doblaba el guanche.)

-  Sí, Cristino.

- ¿Pero poco de follar o poco de vivir?

(Y me transfería a mí, de pronto, toda la complejidad existencial que era él  quien había desencadenado.)

- Ni se sabe, Cristino.

- Ay qué poco nos queda, Paquito.

- Lo que tú digas, Cristino.

Siempre me gustó mucho su pintura seca y mística, porque Cristino era el Juan Gris de la transverberación atea y puntillista, más que cubista, el hombre de tema limitado y técnica segura, pero siempre la misma, el obsesivo de un rincón del cuadro o de la vida que podía trabajar hasta agotarlo o agotarse.

- Que nos va quedando poco, Paquito.

Pero yo creía que me quedaba mucho, porque aún no había empezado, en aquel año sesenta, que tuvo tantos inviernos y veranos (como que a lo mejor fueron varios años), pero yo no quería llevarle la contraria a Cristino de Vera, pintor consagrado y minoritario, como no quería llevarle la contraria a nadie, a mí que más me daba, oiga, yo había venido a Madrid para darle la razón a todo el mundo, no te jode, que había que colocar un artículo donde fuese, como fuese y con quien fuese y había que levantar un dinero por las ventanillas a fin de mes, para pagar las siete pesetas de realquilado en Getafe (que era lo que pagaba don Antonio Machado, de realquilado en Segovia, tiene cojones esto de la literatura).

- Tiene cojones esto de la pintura, Paquito.

- Yo decía de la literatura, Cristino.

- Es igual, Paquito, hijo, es igual, qué más da una cosa que otra, lo cierto es que tiene cojones.

Cristino de Vera, febril en frío, lejano y cercano de Máximo de Pablo o Tino Grandio, el gallego tardo que murió de cáncer de la picha, Cristino de Vera, solo en la vida, entre mujeres, citándose siempre por la lo otra punta de Madrid. Correa, Costa Fleming, todo eso, con extranjeras gilipollas o señoritas bien menores de edad.

Cristino de Vera, solitario, genial y conventual, de quien  aprecia un bodegón macabro, con los años, en las mejores casas de Madrid.”

Trilogía de Madrid. Memorias, Francisco Umbral. Colección Narrativa, Editorial Planeta, 1984.

Saludos, llueve, desde este lado del ordenador.

Escrito un día de ‘huerga’

Miércoles, Noviembre 14th, 2012

Paseo por las calles de una capital de provincia donde la mitad de los establecimientos están cerrados, cerrados por liquidación, porque sus responsables no pudieron más y tiraron la toalla, así como por efecto de la huelga general que es el asunto que monopoliza hoy, 14 de noviembre, el mapa informativo de este país, aunque me encuentro abierto el kiosco donde habitualmente compro alguna que otra revista, algún que otro periódico y la inevitable ración de veneno –cigarrillos– con la que reduzco mis días en este solar llamada Expaña.

En tono de broma, le pregunto al quiosquero “¿por qué no has cerrado?” Y en tono donde no asoma ninguna puta broma me responde: “¿y por qué voy a cerrar?, ¿no vivimos en una democracia?”

- Vamos, vamos, no se lo tome así…

- No, si yo me lo tomo como siempre.

Mientras abro el paquete que contiene los cilindros que contaminan mis pulmones, pienso en la cantidad de películas que han reflejado en el cine esto de la huelga, aunque dos títulos –no sé la razón–  ocupan la mayor parte de mi cabeza porque, ay mi cabeza, así son las cosas.

F.I.S.T. (Norman Jewison, 1978) y Hoffa (Danny de Vito, 1992).

Las dos películas hablan de líderes sindicales. La primera se inspira, vagamente, en la vida del segundo y el segundo es un biopic sobre uno de esos estrafalarios personajes que parecen solo nacen en los Estados Unidos de Norteamérica.

Pasan a segundo plano La huelga, la deliciosa y actualísima Tiempos modernos; La ley del silencio, esa especie de Lo que el viento se llevó para las izquierdas que es Novecento, Germinal y algún título más que se escabulle por las rendijas de mi cerebro como Última salida Brooklin (Uli Edel, 1989), un filme basado en la durísima novela de Hubert Selby Jr., pero si la cito es por el descenso a los infiernos que emprende uno de sus personajes, un liberado sindical en ese barrio neoyorquino que parece la antesala del infierno.

Hay muchas más películas, claro está… Porque la clase trabajadora a la que deberíamos de pertenecer todos los que estamos en edad de trabajar, es potencialmente consumidora de eso que llaman cine… Y a veces, cuando aún tenía chispa de inteligencia, quería ver reflejado sus problemas en pantalla grande. Ken Loach, afortunadamente, continúa aún explotando esta realidad por lo que se ha convertido en una especie de cineasta de culto para una minoría que no deja de sacudir la cabeza mientras ve sus películas…

En España está Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, pero yo me quedo con Surcos (José Antonio Nieves Conde, 1951) y, cómo no, con esa obra maestra del neorrealismo italiano que es El ladrón de bicicletas, de Vittorio De Sica, porque son títulos en los que se pone de manifiesto la tragedia humana de los que somos gente corriente a las que las circunstancias nos empujan al vacío…

Resulta extraño pasear por una capital de provincias que solo vive cuando brilla la luz del sol, aunque hoy el firmamento esté poblado de nubes. Pero resulta mucho más extraño pasear por una capital de provincias donde la mayoría de sus tiendas están cerradas no porque sea domingo o un día de fiesta, sino porque apoyan, es un suponer, esto de la huelga…

Apenas veo a gente en la calle. Por lo que transitar por el asfalto casi parece como ser un protagonista de una película de muertos vivientes, aunque en una ciudad tan muerta como Santa Cruz de Tenerife esta sensación no debería de sorprenderme. Ni inquietarme. Pero sí que me inquieta más que sorprende porque pesa en la atmósfera argo que solo puedo describir como chungo. Una resignada tristeza que está cansada de estar resignada.

En situaciones así lo único que me apetece en encerrarme en casa, escribir y leer, también ver una película. O varias. Quizá toque repescar F.I.S.T., con aquel bronco de Stallone antes de que saliera del armario ideológico con la trilogía de Rambo, aunque se agradece que haya vuelto al redil con ese esperpento que llama Los mercenarios…

La noche de ayer que ya dejó de formar parte de mí calendario existencial castigué a mi dvd con dos películas cafres y sin nada que ver con el aire que hoy se respira en media Europa aunque, pensándolo bien, igual sí tienen que ver.

Veo Plauto (David Gordon, 2004), probablemente la película más rara, rara, rara, del cine español. Una joya sin tallar escrita por esa especie de mister Proper vitaminado de farlopa que fue Coto Matamoros, y que transcurre en un circo donde si alguien resulta normal  es el payaso que da título a la cinta. Una lástima que al Matamoros se le fuera la pinza mientras escribía esta surreal carroña, también que explotara su vena literaria con el abusivo empleo de la voz en off, pero descubro a un pedazo de actor que debería de tener más carrera en eso que llaman cine patrio: el extravagante Dioni, aquí apodado Furgones por aquello de hacer el chiste fácil.

Plauto, ya ven que cosas, me hace levantar del asiento cuando llega a su trágico final para buscar en mi caótica biblioteca el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa. Plauto abre y cierra con dos citas que saca de este volumen hartamente recomendable para los que no dejan de pensar en eso que llaman suicidio.

La segunda película que me quema los ojos es una cinta australiana, Romper Stomper (Geoffrey Wright, 1992), en la que trabaja un por aquel entonces desconocido Russell Crowe.

La historia va de descerebrados cabezas rapados australianos y transmite muy bien el panorama que nos espera si la crisis que nos empala continúa por el camino que transita. Me sorprende que este título haya pasado tan desapercibido. Claro que el tema que trata resulta ya de por sí antipático, pero es un buen vehículo para entender hasta donde puede llevar un odio absurdo cuando no se tiene nada mejor que hacer que bailar como un salvaje, beber litros de cerveza y romperle la cabeza a todos esos que no son de tu país. En la película, sufridos vietnamitas hasta que dejan de serlo.

La película, que también está escrita por Wright, contiene más sustancia… Y no deja títeres con cabeza. Todo esto aderezado con una banda sonora en la que gritan grupos skin heads loas a un IV Reich como quien se agarra a un clavo ardiendo.

Me conmociona esta película. Su bronca desmelenada, también la extraña historia de amor que surge entre dos de sus protagonistas mientras todo a su alrededor se desmorona.

Llego así a la cama confuso, preguntándome no ya dónde voy sino a dónde vamos casi todos.

Cuando escribo casi todos me refiero a los que aún nos mantenemos en pie entre las ruinas más por inercia que por voluntad de sobrevivir…

El nihilismo que retratan estas dos películas tiene argo que las hace especial en estos tiempos que me ha tocado estar, por lo que no me resulta nada gratuita la elección caprichosa, porque fue eso, un capricho, que hice ayer cuando la escogí en el vídeo club al que sigo visitando porque soy un rematado romántico.

O más bien un animal de costumbre que no deja de musitar entre dientes basta ya, basta ya, que se acabe esta puñetera pesadilla de la que soy incapaz de despertarme…

Ya saben, y si no lo saben me da igual, que “si el corazón pudiese pensar, se pararía.”

Saludos, otro día fantasma, desde este lado del ordenador.

‘El corsario de Lanzarote’, una novela de Francisco Estupiñán

Lunes, Noviembre 12th, 2012

La publicación de El corsario de Lanzarote (1), novela por el escritor y periodista Francisco Estupiñán obtuvo el premio Benito Pérez Armas 2011, coincide en las librerías canarias con una serie de historias que más o menos se desarrollan en el mismo periodo histórico que ésta: la conquista de Canarias y el asentamiento y posterior desarrollo de los primeros pobladores europeos, y sus generaciones, en las islas.

Sin embargo, y en contra de otros títulos como El guanche en Venecia, de Juan Manuel García Ramos y La Señora. Beatriz de Bobadilla, señora de Gomera y Fierro, de Carlos Álvarez, el título de Estupiñán me parece el más logrado de todos ellos. La primera razón que podría argumentar para sostener esta reflexión es la sencillez de su escritura y la claridad de objetivos que caracteriza a la novela. También, la habilidad que ha tenido el autor para jugar con la variedad de géneros que se dan cita en ella.

En este aspecto, parece como si Francisco Estupiñán se moviera como pez en el agua sin descuidar en ningún momento la psicología con la que arma a sus personajes, en especial el retrato que hace del marqués Agustín de Herrera y Rojas, el protagonista de este relato en el que se dan la mano ambiciones políticas, amores apasionados y escaramuzas por la captura de esclavos en unos tiempos en los que, tal y como reproduce la cita de Antonio Rumeu de Armas que encabeza este libro: “De las Islas Canarias puede decirse que hasta tiempos recientes no han conocido la paz.”

El corsario de Lanzarote es además una apasionante novela sobre la sociedad que comenzaba a configurarse en el archipiélago la segunda mitad del siglo XVI, y en concreto la de una isla, Lanzarote y tangencialmente Fuerteventura, en la que aquellos hombres y mujeres sacaron provecho de un territorio aparentemente hostil por yermo. Castigado por las inclemencias del tiempo, la falta de agua potable y los ataques continuados de corsarios berberiscos.

Pero son muchas las historias que contiene esta novela que apenas alcanza las doscientas páginas. Rasgo que la convierte si cabe en más destacable por la capacidad que ha tenido el escritor para condensarlos en un volumen que usa la Historia para narrar un relato lo más aproximado posible a las fuentes que lo inspiran.

Porque casi todo lo que se cuenta en El corsario de Lanzarote (2) está recogido de documentos de la época. Es decir, contrastados por el escritor en una intensa labor de recolección de datos que se materializa en el libro con un vistoso realismo de época. Realismo que contagia en el lector actual el miedo que aquellos canarios ya de cuarta generación debieron de sentir viviendo en una isla que sufría el ataque depredador de piratas a los que Estupiñán retrata sin maniqueísmos, y sí presentándolos como lo que debieron ser: soldados de fortuna.

El escritor dibuja además, con la precisión de un cirujano, el retrato psicológico de Agustín de Herrera y Rojas. Un hijo de su tiempo, producto de una sociedad mestiza.

“Doña Constanza logró impresionarlo aún más vivamente cuando le explicó que, a través de su otra abuela, de nombre Catalina Dafía, llevaba sangre de la casa del normando Jean de Bethencourt, conquistador y primer señor de Lanzarote y Fuerteventura, y de reyes canarios, paganos, que tenían su antigua capital también en la misma Teguise, y que fueron cristianizados por los Bethencourt y los Herrera.”

Este linaje obliga a que el protagonista de la novela forje desde su más tierna niñez “un carácter imbuido de su propia importancia y destino. Este hecho influía enormemente en el niño Agustín, que en ocasiones convertía la prestancia en arrogancia, la valentía en bravuconería o el mando en tiranía.”

La adolescencia de Herrera y Rojas queda marcada así por su abuela Constanza, quien no deja de darle consejos como los de rodearse de sus hermanastros “pues solo los de tu misma sangre serán capaces de sacrificarse por ti, si llegara el caso. Para obtener la lealtad de los demás, siempre necesitarás de las prebendas.”

El corsario de Lanzarote es una novela sin buenos ni malos sino la historia de un tiempo cuyos ecos aún continúan resonando en Canarias.

En este sentido, el libro aborda la lucha de poderes para defender un apellido por encima de otros; también la de abrirse paso ante un paisaje difícil, sin apenas agua, pero que contiene una poesía que contribuye a modelar el carácter de sus habitantes. En un viaje que emprende el protagonista para conocer sus dominios, describe Estupiñán: “Luis y Agustín se sentaron muy próximos, en sendos pedruscos pulidos por las inclemencias de la intemperie. Se repartieron pan bizcochado, queso y cebolla y lo tragaron con agua de lluvia recogida en los aljibes de la casa señorial. Se divisaba el cortijo en medio del llano en que se remataba el valle, con la casa central y las cuadras a un lado. Detrás de la casona se podía ver una amplia extensión poblada de hoyos en cuyo interior crecían, protegidos del ventarrón, las vides. Algo más atrás, varias fanegadas de trigo luchaban por madurar, cercadas de a poco por higueras y olivos que servían de cortavientos.”

Es decir, Estupiñán transmite al lector la sensación de que se está ante una geografía que merece la pena proteger.

Agustín alcanza la mayoría de edad siendo apenas un adolescente cuando lidera la defensa de Lanzarote ante un ataque pirático. Su abuela, tan determinante en su primera juventud, le hace entrega de las armas de su padre. Y escribe Estupiñán: “Sus sensaciones eran encontradas: la decisión de defender el señorío heredado de sus padres le irrigaba valentía en cada poro de su piel: saber que la muerte podía estar cerca le aceleraba el corazón y tensaba sus articulaciones.”

La descripción de la batalla es uno de los capítulos más cinematográficos de esta novela. Casi parece un western. “Se oyeron los primeros disparos. Los lanzaroteños los esquivaban, escondidos tras las barricadas y los muros de las casas, mientras sentían las descargas cada vez más próximas.”

Pero es que hay más en El corsario de Lanzarote. Que es literatura de la buena. Es decir, toda aquella que sabe enganchar el interés del lector no solo por estar bien escrita sino porque cambia la manera de ver las cosas de ese mismo lector.

Hay poso detrás de cada uno de los capítulos que vertebra este libro. Pero sobre todo se aprecia un profundo respeto, fruto del conocimiento del autor, por el periodo que narra. Un  momento de la historia de Canarias, ya parte de un  imperio español, en cuyo reflejo podemos reconocernos salvando las distancias…

El logro de Francisco Estupiñán es que cuenta todas estas cosas sin recurrir a ironía ni explotar la mitología que casi siempre suscita este periodo de la historia de Canarias. El autor no juzga a los personajes porque entiende que el narrador del siglo XXI no puede juzgar a unos hombres y mujeres cuyas acciones estaban marcadas por su tiempo.

Eso explica las voces a las que recurre para contar esta historia. Se aprecia que el escritor se preocupa, sin alardes estilísticos, sin fuegos artificiales, por darle nombre a las cosas. Casi como si se tratara de una obsesión por imprimir verosimilitud al relato a través de las palabras escogidas. Es lo que demanda un relato que nos retrotrae a un momento de la historia de Lanzarote, y de Canarias, que comenzaba a adoptar una nueva identidad.

Leer por eso El corsario de Lanzarote es como viajar en una máquina del tiempo. Y descubrir, con la perspectiva del lector del siglo XXI, una historia en la que un grupo de hombres y mujeres fueron capaces de combatir por alcanzar sus sueños, por muy egoístas y equivocados que estos pudieran resultar.

Son muchos los párrafos que entresacaría de este libro. Como su descripción del Real de Las Palmas, territorio que para Agustín Herrera de Rojas “era mucho más de lo que hasta entonces había conocido.” O su madurez, en la que olvida algunas de las recomendaciones que tan atinadamente le enseñó su abuela Constanza.

El corsario de Lanzarote es la historia de un hombre que, con todas sus contradicciones, forma parte de Canarias. Una Canarias que adquiere especial protagonismo cuando se descubren las tierras de América.

Estamos pues ante un novela redonda. Una novela que hace justicia a la historia de Canarias novelada. Una novelada historia de Canarias en la que recurriendo a las fuentes descubrimos que su surrealismo –hoy más vivo que nunca– ya caracterizaba esta geografía antes de la visita a Tenerife del padre del movimiento, el francés André Breton.

La caza de burros salvajes en Fuerteventura, tal y como lo narra Abreu y Galindo, personaje junto a Torriani, que aparece también en El corsario de Lanzarote, no tiene desperdicio. Como no tiene desperdicio otros momentos de un título al que no le falta ni le sobra nada.

Pienso en las relaciones sentimentales que salpican la existencia de su protagonista. Sus incursiones en territorio africano para capturar esclavos. Su defensa enconada de la isla contra el ataque de, precisamente, corsarios… Las ambiciones políticas que se desatan para ser señor de un territorio… Pero sobre todas las cosas, el ritmo que ha sido capaz de dotarle a su relato el escritor. Un relato que empieza y termina con una carta escrita por uno de sus hermanastros preso en berbería que ofrece algo de luz en torno a Agustín de Herrera y Rojas…

El corsario de Lanzarote es, en definitiva y a mi juicio, literatura de verdad.

Con todas sus letras: Verdad.

(1) El miércoles, 21 de noviembre, se presenta El corsario de Lanzarote en la sede centra de CajaCanarias, en Santa Cruz de Tenerife.

(2) El corsario de Lanzarote puede adquirirse a través de la página web de CajaCanarias, así como en las librerías La Isla, Canaima, Librería del Cabildo y Lemus, al precio de 10 euros

Saludos, quien lanza sabe mover, ella le da de comer, desde este lado del ordenador.

Yo también leí ‘La vida ante sí’

Domingo, Noviembre 11th, 2012

“Había en Bellville otros muchos judíos, árabes y negros, pero la señora Rosa tenía que subir seis pisos ella sola. Decía que el día menos pensado se moriría en la escalera y todos los chiquillos se echaban a llorar, que es lo que se hace cuando se muere alguien. Unas veces allí éramos seis o siete y otras veces más.”

De tanto en tanto me regalan libros y de tanto en tanto suelo regalar libros. El último que llegó de manera tan generosa a mis manos me lo entregó una amiga con la que me une afinidades intelectuales y maravillosos descubrimientos literarios.

La novela se llama La vida ante sí, firmada por Emile Ajar, pseudónimo tras el que se esconde Romain Gary, y título por el que obtuvo –es el único caso en la historia de estos premios–  su segundo Gouncourt para demostrarle a la crítica de su tiempo que era un narrador con más miradas y voces con las que se pretendía minimizarlo.

Las reacciones que me asaltan leyendo La vida ante sí son varias pero la más importante, los sentimientos que despierta.

El libro hace reír y llorar pero también logra que te tiemble el corazón –que es una herramienta que últimamente utilizamos poco– porque este sencillo, y quizá por ello complejísimo canto al amor está escrito con una sinceridad que desarma.

Entresaco algunas frases de la novela

“En casa de la señora Rosa casi todos éramos hijos de puta.”

“El oficio de puta se estaba perdiendo por culpa de la competencia gratuita.”

La vida ante sí es el relato de un huérfano de origen marroquí, Mohamed, aunque todos lo llaman Momo –”que  es más de niño”– que habita en casa de madame Rosa, una señora que lleva una especie de orfanato para hijos de puta.

Sí, han leído bien, un espacio en el que viven niños de todas de las edades que han sido dejados por madres que se dedican al que dicen es el oficio más viejo del mundo.

Afortunadamente, Ajar/Gary no moraliza sino que muestra esa extraña familia en la que se cría el protagonista. Un niño inteligente y despierto, Momo, que a veces se pregunta quién pudo ser su padre y qué le pasó a su madre.

El dinero para que continúe viviendo en esta especie de hospicio que no tiene nada que ver con los que pintara Charles Dickens continúa llegando hasta que un día…

Leyendo La vida ante sí pienso que Léolo (1992), el extraordinario filme sobre la infancia de Jean-Claude Lauzon, le debe mucho a esta novela. Novela que cuenta también con una adaptación cinematográfica, Madame Rosa (Moshe Mizrahi, 1977) que no he podido ver aunque espero ver algún día antes de que me toque el boleto de la Señora de la Guadaña.

Y no solo por descubrir cómo su director reflejó en pantalla el terrible pero atractivo universo que describe literariamente Ajar/Gary, sino por contemplar el trabajo de uno de mis amores no confesos, Simone Signoret, quien hace de la ex prostituta judía que ahora, a sus setenta años, dirige esa casa en la que solo habitan niños perdidos.

“Yo creo que los judíos son personas como los demás, pero no hay que tenérselo en cuenta”.

La vida del protagonista de la novela se mueve en un edificio situado en una calle, Belleville, que se encuentra en uno de los suburbios más sórdidos del París de los años setenta, pero no hay nada sórdido en los personajes que sirven al protagonista como referencia, y que le dan su amor a cambio de nada.

Está además de madame Rosa, a quien se le estropeó la belleza durante su estancia en Auschwitz y que para relajarse se maquilla mientras contempla un retrato de Adolf Hitler que esconde bajo la cama; el travestí senegalés Lola, campeón de boxeo en su país y que hoy se gana la vida prestando servicios sexuales en un parque; el doctor Katz y el anciano y sabio Hamil, musulmán cuyo libro de cabecera es Los miserables de Victor Hugo y que, según cuenta, “hace sesenta años, cuando era joven, conocí a una muchacha que me quería y a la que yo quería también. Aquello duró ocho meses, hasta que ella se mudó de casa y ahora, al cabo de sesenta años, todavía me acuerdo“.

No quisiera olvidarme tampoco del tragafuegos y brujo africano Waloumba, entre otros secundarios que refuerzan y dan carácter a un relato que, reitero, camina con paso firme por esa cuerda delicada que separa lo trágico de lo cómico.

La vida ante sí es una extraordinaria novela sobre el amor y sobre la entrega, pero también un martillazo en la cabeza para los que aún siguen pensando que las flores que crecen en la ciudad solo tienen el aroma de la muerte.

Hacía tiempo que no caía en mis manos una obra con tanto calado. Uno de esos libros que sabes, nada más leer sus primeras páginas, que van a quedar grabados al rojo vivo en tu memoria.

Mientras tanto subrayas y subrayas frases. E incluso párrafos.

“Y saben ustedes lo que pasa con Dios. Hace lo que quiere porque Él tiene la fuerza de su parte.”"

“- Momo, recuerda siempre que el culo es lo más sagrado que tiene el hombre. Ahí está su honor. No dejes que nadie te busque el culo aunque te lo pague bien. Aunque yo me muera y no te quede más que el culo en el mundo, tú no lo consientas.”

La vida ante sí está escrita con una aparente ingenuidad que hace volar en pedazos esa patina políticamente correcta –que no es otra cosa que censura pólíticamente correcta– con la que en la actualidad quieren sedarnos.

No gustará por eso a los que defienden la tolerancia cero.

Gente que, presumo, hubiera escogido La vida ante sí para arrojarlo a la hoguera.

¿La razón de la sinrazón?

Es un libro que hoy más que nunca resulta sospechosamente peligroso.

O lo que es lo mismo, abre eso que el hoy más que nunca reivindicable Aldous Huxley denominó como las puertas de la percepción.

Y es que  “¿Se puede vivir sin alguien a quien querer?”

Saludos, este post lo autodestruirán en cinco segundos…, desde este lado de ordenador.