Archive for the ‘Literatura’ Category

Solo una cita

Sábado, Marzo 3rd, 2012

“En este tiempo es cuando se ve con más claridad que hay que escoger: o vivir fuera de uno mismo, dejarse arrastrar por el torbellino de este mundo y ser feliz, o meterse en sí mismo, a medias naufragado en el secreto lago de la melancolía personal”

(Josep Pla, de su libro Madrid 1921. Un dietario)

“¡Yo no soy Madame Bovary!”

Miércoles, Febrero 22nd, 2012

Cuentan que cuando le preguntaron a Gustave Flaubert quién era Madame Bovary el escritor respondió airado, quiero pensar que fuera de sus casillas, algo así como: “Madame Bovary soy yo.”

Para demostrar cuán equivocado estaba el escritor, el artista Brian Joseph Davis ofrece en su página The Composites un retrato robot, entre otros grandes personajes de la literatura universal, de la Bovary para sorpresa de los que leímos la novela y que sin atender a la descripción que sobre el personaje describió Flaubert, imaginamos a la señora Bovary a nuestra manera.

Una manera, la mía, que probablemente no tenga nada que ver con la que otros imaginaron de la Bovary.

Resulta no obstante interesante, por morboso e inquietante, adentrarse en esta galería de retratos robot de personajes ilustres de la literatura universal que ha presentado Davis para comprobar –como ha sido mi caso– que ninguna de esas composiciones responde a mi Madame Bovary, Humbert Humbert, que para quien ahora les escribe tendrá siempre la inmensa presencia de James Mason, o Daisy Buchanan, esa chica rica que le rompe el corazón al Gastby de Fitzgerald.

Explorar The Composites ha resultado así un juego muy divertido. Una especie de reafirmación del poder que, como lector, tengo cuando leo un libro. Quizá sea éste, el poder de la lectura, el único poder que me quede en esta vida. Por un lado porque he llegado a la conclusión tras consultar The Composites que no presto demasiado caso a la descripción física del personaje que hacen sus autores sino más bien a las emociones que supieron transmitirme con sus personajes.

Madame Bovary, por ejemplo.

¡Soy yo!

Cuando leí la novela, Bovary se transformó en mis ideas en una dama con sobrepeso y una señora triste de cabellera morena con curvas generosas y  labios gruesos y ardientes que solo pedían ser besados de verdad.

Verdad, verdad.

Humbert Humbert, como apunté, siempre fue una especie de James Mason sin ser Mason, y Daisy Buchanan una pija esquelética que obsesiona y fragmenta en mil pedazos el corazón de esa especie de Heathcliff que es Gastby.

Por ello, me pregunto si el retrato robot que ofrece Davis en su web corresponde realmente a lo que tenían en su cabeza el puñado de grandes escritores cuando describieron en sus novelas a estos personajes.

No dejo de pensar en eso por mucho que el artista se haya ceñido a la descripción escrita que Flaubert, Nabokov y Fitzgerald, entre otros, hacen de todos ellos en sus novelas.

Como lector enfermizo, como hombre que lee todos los días sin prescripción facultativa, me consta que mi Gabriel de Araceli de la primera serie de Los Episodios Nacionales; el Zalacaín de Baroja, el Max Estrella de Ramón María del Valle Inclán, el Holden Caulfield de Guardián entre el centeno, el Sam Spade de Hammett, nunca serían los mismos si un artista como Joseph Davis se hubiera atrevido a dibujar un retrato robot de todos ellos.

Esto me hace pensar que quizá sea ésta una de las razones por las que nunca he sido muy aficionado a las ediciones ilustradas de cuentos y novelas. No necesito de una recreación gráfica para imaginar en mi cabeza a Rodion Raskolnikov porque a ese mismo Rodion Raskolnikov ya me he preocupado por darle rostro y físico en mi cabeza sin tomar demasiado en cuenta la descripción que su autor, Fiódor Dostoievski, se preocupó por dotarle en el texto.

Con esto quiero decir que lo importante cuando leo un libro que me apasiona, que me atrapa y sacude, que me hace ver el mundo de otra manera, no es que lo recree en mi imaginación como lo pensó el autor sino cómo fui capaz de recrearlo en mis neuras enfermizas.

En como lo hice mío.

En cómo lo convertí en una película donde los protagonistas asumen rostros y manías que comparto porque son los que han marcado mi existencia.

Así que mantengo una extraña empatía con los libros que contribuyeron y contribuyen a hacerme persona.

A mi me ayudan a continuar adelante y a dar la cara antes de que caduque mi paso por esta tierra.

Ya escribí en cierta ocasión que algo mal debería de funcionar en mi maquinaria si no malgastara mi paso leyendo lo que escriben los otros. Vida literaria la de los otros que hago mía cuando me sumerjo en ella.

Pero eso es así porque entiendo que leer es, como para un vampiro, soplo de vida.

Vida de otros que hago mía.

Vida que me enseña a moverme y a relacionarme con otros.  

Vida que hace que, como Flaubert, piense cuando leo Madame Bovary: “Soy yo.”

Y por lo tanto un yo que no necesita de retrato robot para que piense como soy yo porque, precisamente, y gracias a la literatura, esa rareza que soy yo es un misterio sin rostro.

Una incógnita que solo pide imaginación y no, precisamente, un retrato robot.

Saludos, vuelven a sonar The Kinks, desde este lado del ordenador.

‘El cuarto mandamiento’ según Welles

Martes, Febrero 14th, 2012

Descubrí a Booth Tarkington gracias a Orson Welles.

Soy un pibe y probablemente esté en pijama con los ojos atentos al aparato del televisor. Emiten la segunda película que rodó Welles tras el escándalo que provocó Ciudadano Kane. Su título es The Magnificent Ambersons aunque en español la conocemos con el bíblico El cuarto mandamiento, una denominación que marca distancia y respeto.

El clásico de Welles cumple ahora setenta años, y pese a que a la cinta se la laminaron en la mesa de montaje –el más que notable cineasta Rober Wise fue uno de los que cogió la tijera y la mutiló de metraje–  a mi me sigue pareciendo una de las mejores películas de ese genio desorbitado y desmesurado que fue Welles porque deja entrever hacia donde se hubiera escorado su cine si logra zafarse de la maldición de Kane/Hearst.

Pese a que Welles terminara renegando de ella, El cuarto mandamiento –apostemos por su título en español– respira el cine de Orson Welles y mi memoria la registra como una de sus más memorables obras maestras. Una obra maestra gótica y decadente, que disecciona la descomposición de una familia bien avenida que entra en la ciénaga de la pobreza con ecos, tiro la casa por la ventana, a La caída de la Casa Usher de Edgar Allan Poe.

El cuarto mandamiento es una película perfecta sobre la enfermedad. De hecho es una película enferma y terrorífica, donde las relaciones de familia y otros parentescos se estudian con afinada inteligencia.

No pasa el tiempo para este largometraje lastrado en la mesa de montaje.

El filme sirvió, además, para que Bernard Hermann compusiera una de sus mejores bandas sonoras y para que Joseph Cotten demostrara en pantalla el gran actor que siempre fue. Digamos lo mismo con la estupenda Agnes Moorehead, de Dolores Costello, incluso de los jovencísimos Tim Holt y Anne Baxter.

Recordemos El cuarto mandamiento como la gran película que es. Incluso perdonándole la blasfemia de un final con el que Orson Welles nunca estuvo de acuerdo…

Hablemos ahora de Booth Tarkington. Y de algunas de las grandes novelas de este prodigioso y aún desconocido escritor norteamericano en este país de patanes que es España.

El primer libro que cayó en mis manos del señor Tarkington fue De la piel del diablo y no es una novela oscura sino luminosa. Un extraordinario relato sobre un niño, Penrod Shofield, y su manera de ver y entender el mundo.

Son un puñado de aventuras divertidas, en la que Penrod, un muchacho de buenas intenciones, acomete una serie de empresas que la mayor parte de las veces no resultan como esperaba. La novela debe de leerse con la fina ironía con la que está escrita, y saborear la andazas de un personaje –es más que probable que Tarkington se inspirara en sus recuerdos infantiles en el medio oeste–  del que tomaría modelo años más tarde Richmal Crompton para su popular Guillermo el travieso.

Las deliciosas aventuras de Penrod se pueden encontrar en español, tocando madera, en la ya desaparecida editorial Miñón, en su colección Rumbos. Y entre otros momentos, hay uno muy especial en el que el joven protagonista pasea por una feria ambulante en la que se ofrecen, entre otras atracciones, la siguiente que corea a voz en grito su gancho: “Recuerden, señoras y caballeros, que están ustedes mirando a Roderick Magsworth Junior, el único sobrino vivo de la gran Rena Magsworth, la que echó arsénico en la leche de ocho personas distintas para que lo tomaran con el café, y todas ellas murieron. Es la gran envenenadora por arsénico, Rena Masgworth, caballeros y señoras, y Roddie su único sobrino. Ella es parienta de toda la familia Bitts, pero Roddie es su único sobrino vivo. No lo olviden. La van a ahorcar en junio que viene , y todos ustedes están viendo…”

La popularidad de Booth Tarkington fue creciendo a raíz de esta novela, tanto que en 1919 y 1921 obtiene el premio Pulitzer por The Magnificent Ambersons y Alice Adams, respectivamente, dos grandes historias a las que el lector español puede acercarse si se topa en cualquier librería de viejo o de ocasión con los tomos Los Premios Pulitzer que editó Plaza y Janés en los años ochenta.

The Magnificent Ambersons es, tal y como lo refleja Welles en su respetuosa adaptación cinematográfica, el lento pero feroz retrato de una familia bien venida a menos. Hurga con elegancia en la extraña relación que une a madre e hijo. Un hijo caprichoso y mimado que es inconsciente de los cambios que se están produciendo a su alrededor.

La novela apenas llega a las trescientas páginas, pero son páginas que se leen sin apenas darse cuenta mientras notas que la historia se va metiendo dentro de ti. Tiene gancho, tiene personajes y ofrece una mirada teñida de nostalgia pero también rabiosa hacia lo que fue y ya no será. The Magnificent Ambersons es también una historia de amor. Una historia de amor a cuatro bandas que protagoniza un nuevo rico y la esposa de quien fue hasta ese momento el hombre más acaudalado de la ciudad, como de la hija del primero, Lucy, con el hijo del segundo, George.

“Cuando hablaba la gente de Lucy, solía describirla como “una chiquita preciosa”, definición inepta. “Chiquita” y “preciosa” era; pero no bastan esas dos palabras para describir la sensación que daba ni la esencia de su naturaleza: era enérgica, independiente y americana típica; la azarosa y algo bohemia vida de su padre cuando ella aún era una niña había tenido el efecto de madurarla tempranamente y de convertirla en mujer cuando solo contaba quince años. Pero, aunque era indiscutiblemente de sí misma y no esclava de ninguna lámpara, excepto la de su propia conciencia, tenía una debilidad: se había enamorado de George Amberson Minafer en cuanto le vio, y no obstante sus muchos esfuerzos, nunca había podido sobreponerse a esto. La cosa no parecía tener remedio.”

Y más adelante escribe: “Lo que para Lucy resultó fatal fue que, una vez enamorada, no logró matar su amor. Por muchas y por muy desagradables cosas que descubrió en George, no pudo rescatarse a sí misma.”

Alice Adams, que fue llevada al cine en 1935 por George Stevens con Katharine Hepburn como protagonista, incide más o menos en los mismos temas que en The Magnificent Ambersons, solo que en esta ocasión el relato se centra en una joven hermosa que desea pertenecer a la buena sociedad, en parte para satisfacer su propia vanidad y en parte porque parece que eso es lo que la gente que la rodea, especialmente su madre, espera de ella.

La novela describe también un mundo en pleno proceso de transformación. La pequeña ciudad donde vive Alice comienza a poblarse de fábricas que visualizan una delgada línea roja entre quienes la dirigen y quienes trabajan en sus entrañas. En esta sociedad cambiante solo se valora el dinero y quien no lo tiene es un fracasado. Un perdedor, tema tan grato en la literatura y el cine estadounidense.

Siendo una novela interesante, Alice Adams carece de la grandeza que encierra The Magnificent Ambersons quizá porque a medida que se avanza en el relato el lector intuye por donde irá su derrotero final y, si bien sorpresa no resulta tan obvio como en un principio se esperaba, la redención de Adams no sabe al sacrificio social que, a mi juicio, reclamaba la historia.

Con todo, es una buena novela para olvidarse de las tonterías que te envuelven ya que consigue tocarte la fibra mientras no dejas de preguntarte cómo diablos un escritor que fabricó entretenimiento con mucha grasa –un pata negra los llaman ahora–  continúa siendo aún hoy un gran desconocido entre los aficionados confesos a la buena literatura.

Booth Tarkington es un escritor que hace honor al cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre.

Saludos, dicho sea, desde este lado del ordenador.

Charles Dickens. Un (modestísimo) homenaje

Martes, Febrero 7th, 2012

“Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera. De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría peligro de que me ahorcasen?”

(David Copperfield, Charles Dickens)

Antes de llamarlo Charles, lo conocía como Carlos.

Cosas de la castellanización que durante un tiempo se propagó como fiebre tifoidea por este país en el que habito.

A Charles (o Carlos) llegué primero gracias al cine y luego a los cómics. Más tarde me sumergí en su poderoso universo literario porque, seamos sinceros, estando un día sin nada que leer, la única cosa que tenía a mano en aquella remota playa de la costa de Almería era una novela: David Copperfield.

Así que tumbado y al sol, mientras observaba como los barcos entraban y salían del Mediterráneo Carlos dejó de ser Carlos y se convirtió a partir de aquel día en Charles Dickens.

Conservo aún el ejemplar de ese libro. Arrugado y probablemente con rastros de arena dorada entre sus páginas.

David Copperfield me inició en el fascinante y conmovedor mundo del señor Dickens. Después vino Oliver Twist, Grandes esperanzas, Historia de dos ciudades, Tiempos difíciles –de necesaria relectura en estos tiempos que vivimos–, algunos de sus cuentos –inevitable Canción de Navidad– y, recientemente, en el más que recomendable volumen Aguas negras. Antología del relato fantástico de Alberto Manguel, la fascinante y oscura historia de El guardavía.

Me queda aún mucho Dickens por leer, afortunadamente.

Un buen amigo me recomienda que no deje escapar Casa desolada –recuerdo la serie de televisión, vagamente–  o Papeles póstumos del Club Pickwick, pero no sé por qué, quizá sea el fantasma de don Charles, algo me tira a que me sumerja –si la encuentro, claro está–  en Nicholas Nickleby.

No recuerdo ninguna mala experiencia con este escritor. Incluso las versiones en cine, televisión y en colorines que leí de sus historias –siempre y cuando respeten su carácter victoriano– me han hecho feliz después de sufrir tanta tragedia.

Al margen de las versiones que rodó David Lean sobre Grandes Esperanzas (Cadenas rotas) y Oliver Twist, curiosamente si hay dos películas basadas en novelas de Dickens que me llegaron al alma son los musicales Oliver! (Carol Reed, 1968) y Muchas gracias, señor Scrooge (Scrooge, Ronald Neame, 1970).

El primero porque es una más que notable adaptación de Oliver Twist trufada de hermosas canciones, algunos de cuyos estribillos aún tarareo. También porque Ron Moody interpreta a un Fagin que hace empalidecer incluso al que interpretó Alec Guinness en la versión de Lean. El segundo más que por la película porque cuando la ví en uno de los mejores veranos de mi vida ¿fue en el Chimisay o en el Timanfaya del Puerto de la Cruz?, uno de mis primos no dejaba de esconderse bajo de la butaca cuando aparecía alguno de los tres espíritus (el de las Navidades pasadas, presentes y futuras) mientras el resto de la familia lo buscaba en la oscuridad de la sala a oscuras.

Son muchas, demasiadas las sensaciones que asocio a Charles Dickens. Y la mayoría de ellas están ligadas a mi entorno más cercano. También porque su fascinante galería de villanos (los ya citados Fagin y Scrooge, así como Uriah Heep, de David Copperfield) encarnan a la perfección lo peor que esconde el alma humana: la avaricia, el egoísmo, la codicia, la fría burocracia…

Charles Dickens fue un escritor de su tiempo que trascendió su tiempo.

Celebramos ahora el doscientos aniversario de su nacimiento…

Bueno sea para que unos lo recuperen y otros lo descubran.

El caso es que Dickens vive.

Vive a través de sus libros.

Vive a través de sus personajes.

¿Su nombre?

Yo al principio lo llamaba Carlos.

Ahora lo conozco como Charles Dickens.

Saludos, cri, cri, canta el grillo del hogar, desde este lado del ordenador.

Anoche soñé que todo sigue igual

Jueves, Enero 26th, 2012

Apenas dos o tres narradores asisten, entre otras personas del público, al debate organizado por la Cátedra Pedro García Cabrera en el Ateneo de La Laguna y en la que intervienen, bajo la moderación de Alfonso González Jerez, Ángeles Alonso, por Baile del Sol; Miguel Ángel Rábade, profesor universitario y socio de la librería Mistério, y quien ahora escribe estas líneas.

Su título: A propósito del puchero narrativo canario: ¿caldo con sustancia o vapores volátiles.

Me llegan, no obstante, mensajes de algunos escritores que disculpan su ausencia. Otro cuelga en Facebook la razón que podría ser clave para que no estén ni como fantasmas: el partido de fútbol que enfrenta más o menos a esa misma hora al C. F. Barcelona con el Real Madrid. ¿Por qué –lamenta– se ha escogido la cita a la misma hora en la que esos veintidós multimillonarios juegan sobre el césped del Camp Nou?

Comienza el debate, un debate con más blanco que negro, con ligero retraso.

Por cierto, hace un frío del carajo en La Laguna.

Entre las muchas cosas que se habla, se habla sobre todo de la antología Generación 21: nuevos narradores canarios. Y se habla y se habla de este librito que ha puesto de nuevo en órbita a algunos de los doces autores seleccionados. También de la ausencia de crítica en este archipiélago desvertebrado donde la crítica, se apunta, ha terminado por transformarse en artículo laudatorio salpicado de referencias literarias. Es más que probable que muchas de ellas, las referencias, mal digeridas.

Alguien apunta que en Canarias se necesita crítica que diga la verdad.

¿La verdad?

La misma persona apunta que ello contribuiría a que mejore el trabajo del escritor.

Bueno, reflexiono mientras me arropo con el abrigo, bueno…

Puede que sea justo en ese momento cuando cualquiera de los veintidós multimillonarios mete un gol en la portería del equipo contrario.

¿Hace falta un Mourinho de la crítica en Canarias?

La charla continúa y los temas se cruzan.

Y entiendo que detesto la palabra crítico.

Soy un lector. Un lector algo compulsivo. Me encanta el puchero porque lleva un poco de todo. Verdura y carne. Cuando lo disfrutas no sabe qué pieza vas a masticar. Si Forrest Gump puede decir que la vida es como una caja de bombones porque nunca sabes cuál le va a tocar, yo digo que la narrativa canaria es como un puchero porque como le pasa con los bombones a ese tonto genial que es Forrest, nunca sabes si lo que te vas a meter dentro es una batata o un pedazo de ternera. O unos garbanzos con habichuelas.

Alguien dice que la diferencia entre los narradores canarios de los 70 y los de esta G21 –ambas ¿generaciones? no dejan de resultar un recurso promocional cuya eficacia habrá que estudiarla dentro de unos años–  es que aquellos contaban con mayor bagaje intelectual tras sus espaldas. Es probable que no le falte razón, pero su obra, la de muchos de los 70, no ha sabido superar la prueba del tiempo. No voy a mencionar autores, pero a mi la mayoría de sus libros se me caen de las manos en la actualidad.

En mi intervención prefiero ir más allá de la G21, y hablo sobre escritores nacidos o residentes en las islas a partir de los 60 hacia acá. Con la mayoría de ellos comparto las mismas influencias artísticas y culturales que nos han definido como personas. Es decir, que somos criaturas que nos alimentamos viendo cine, leyendo colorines, escuchando la misma música y probablemente consumiendo las mismas sustancias tóxicas.

Con esto quiero decir que cuando leo sus relatos y novelas encuentro signos que son mis signos. Me hablan de paisajes que reconozco. Sea el escritor grancanario o palmero, sea el escritor conejero o tinerfeño.

A toda esta gente, y no solo a los doce de G21, les une pasiones e inquietudes en las que me reconozco. Noto sus influencias, que suelen ser las mías.

¿Qué que le dirán sus historias a las generaciones del siglo XXI? Eso nadie lo sabe, por razones obvias. Ni siquiera si alguno de esos potenciales lectores llegará a sus obras en formato tradicional –papel– o digital.

Lo que sí defiendo durante el debate es que a toda esta hornada de narradores nacidos o residentes en Canarias a partir de los sesenta ya no le hacen ascos a la literatura de género y que gracias a la literatura de género algunos de ellos ha logrado incluso ser publicados y reconocidos fuera de las islas.

Cito a Víctor Álamo, a Víctor Conde y a José Luis Correa, entre otros.

Estas voces narrativas canarias están metiendo sus pezuñas en la ciencia ficción, la novela negro criminal y el terror y la fantasía con resultados de verdad más que notables. También tantean la Historia. Otros, incluso, exploran vías experimentales e intimistas con resultados desarmantes. Se me viene a la cabeza La isla de las palabras desordenadas de Yolanda Delgado Batista, o tiran por un realismo crudo que sin renunciar a la poesía describen con pulso y mucho vigor la penosa realidad que nos rodea: el paro, el éxito y el fracaso, el dinero. Una línea en la que, a mi juicio, el escritor grancanario Santiago Gil ha escorado su producción en títulos tan recomendables como Las derrotas cotidianas o Queridos Reyes Magos. Álvaro Marcos Arvelo, por el contrario, supo fusionar Historia con su territorio mítico en Al sueño polar de golondrinas y Pablo Martín Carbajal tejer un relato urbano sobre sueños rotos en su La ciudad de las miradas.  

El debate que se mantiene en el Ateneo toca también a las editoriales canarias y su capacidad para distribuir sus libros. Alguien protesta del distingo que se hace en las librerías de aquí con la literatura de aquí. Como si la literatura canaria fuese un género en sí mismo. También se queja de la escasa presencia de muchos de estos títulos en las mesas de novedades.

Se tratan más temas pero muchos han quedado ocultos en el disco duro de mi memoria. Me quedo, eso sí, con la extraña sensación de haber dicho menos de lo que tenía que decir. La misma sensación, imagino, que le pasa al resto de los compañeros con los que comparto mesa.

Tras el turno de preguntas, termina el acto y salimos a la calle donde aprecio, una vez más, que hace un frío del carajo en La Laguna.

Cuando bajo a Santa Cruz no sé ni me importa, la verdad, como ha quedado el partido que enfrentaba a los veintidós multimillonarios en el Nou Camp.

En la capital tinerfeña, por cierto, también hace un frío del carajo.

Saludos, háganse una idea, desde este lado del ordenador.

Dando la nota

Miércoles, Enero 25th, 2012

* La Cátedra Pedro García Cabrera de la Universidad de La Laguna, que dirige el profesor Rafael Alonso Solís y en la que participa también la Fundación Pedro García Cabrera, ha tenido la generosidad de invitarme a la mesa redonda A propósito del puchero narrativo canario: ¿caldo con sustancia o vapores volátiles? Que tendrá lugar este miércoles, 25 de enero, a las 20 horas en el Ateneo de La Laguna. En el debate, que será moderado por el periodista Alfonso González Jerez, intervendrán también Ángeles Alonso, por la editorial Baile del Sol, y el doctor en Filología Clásica, actor y gestor de la librería Mistério, Miguel Ángel Rábade.

* La sede la Mutua de Accidentes de Canarias en Santa Cruz de Tenerife acoge este jueves, 26 de enero, a las 18.30 horas, la presentación de la novela Malpaís de Víctor Conde. Malpaís es el tercer título de la colección G21: Nuevos narradores canarios.

* TEA Tenerife Espacio de las Artes proyecta este jueves a las 20 horas los cortometrajes Los últimos días de Berto Plof y En mi casa todos los días son lunes, de Domingo Damián Ojeda; así como El descanso, de Cándido Pérez Armas. La sesión incluye además la exhibición de Sí o no, de Isabel Poveda, Lola, de Mónica Negueruela y A tiempo, de Guillermo Magariños.

* Ediciones Aguere y Ediciones Idea acaban de publicar el nuevo libro de Francisco Rodríguez Medina, titulado La grama, una novela costumbrista que refleja la vida cotidiana de algunos hogares de la isla de La Palma. El volumen se presenta el viernes, 27 de enero, a las 18.30 horas, en el Exconvento de Santo Domingo de La Laguna. En el acto, intervendrán junto al autor, el abogado, escritor y prologuista de la obra, Miguel Ángel Díaz Palarea, y el editor y escritor Ánghel Morales García.

Saludos, cambio y corto, desde este lado del ordenador.