Archive for the ‘Literatura’ Category

En fin, esto es lo que hay…

Sábado, Octubre 16th, 2010

Imaginad a un escritor nacido en estas tierras infernales que decide publicar su primera novela en una editorial que no es de estas infernales tierras.

Imagidad también que esa novela no es una mala novela. Más bien al contrario, probablemente una de las mejores novelas publicadas este año por un escritor oriundo de estas tierras infernales. Tan excelente es este trabajo que recibe críticas elogiosas en suplementos culturales y páginas especializadas donde casi todos los comentarios coinciden en destacar –cuando menos– que se trata de un trabajo arriesgado y que llega al corazón del lector.

Imaginad también que como todo escritor que se precie, nuestro autor no es de los que les gusta dar la lata en los despachos de las administraciones públicas ni en las readacciones de los medios para que su nombre se conozca en el escaparate del efímero famoseo.

Imaginad también que hablo de un escritor que lo único que le interesa es escribir historias. Buenas historias. Tan buenas que te dejan noqueado. Y no hace falta ser muy leído para llegar a esta conclusión.

Imaginad ahora que ese mismo escritor le solicita a la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del cada días más despistadísimo Gobierno de Canarias que adquiera algunos ejemplares de su obra para que la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas tenga a bien repartirlos en las bibliotecas.

El escritor no pide nada más pese a que otros amigos, no sé si escritores, intentan convencerlo de que no lo haga ya que llamar a la puerta de esa Dirección General es como llamar a la puerta del vacío cósmico porque casi nunca te responden. Y si te responden es para preguntarte algo así:

- Oiga usté ¿dijo que venía de parte de…?

Imaginad que pasa el tiempo, que el escritor continúa escribiendo e incluso haciendo alguna que otra entrevista aunque, como digo, no sea de los que gusta aparecer en los medios porque es de los que se alimenta con su universo.

Imaginad que un día recibe la carta de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Gobierno de Canarias, donde se le transmite que “a nuestro pesar, no nos es posible prestarle nuestro apoyo en la actualidad”.

Nada más.

Sólo ese lastimero: “a nuestros pesar…”

Imaginad la confusión del escritor y la sensación de desprecio que ha interpretado al leer líneas tan suscintas.

“… no nos es posible prestarle nuestro apoyo en la actualidad”.

Da que pensar. Y podría ser un buen material para escribir una novela o un cuento. Una historia donde un escritor como él u otros tantos escritores canarios que suenan fuera y dentro de sus islas reciben no ya el socorrido vuelva usted mañana larriano sino un NO sin explicar las razones de ese NO.

Y pregunto: ¿se puede ser más bestia?

NO.

¿Costaba tanto explicar que bien “con nuestro pesar, la crisis que nos azota hace imposible atender a su petición”?

O simple y llanamente que su novela no nos interesa porque ha trascendido el ridículo mercado de las islas…

Yo qué sé, que no hay que ser muy inteligente para justificar un NO. 

Claro que la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Gobierno de Canarias debe estar demasiado ocupada en no hacer nada como para molestarse en escribir algo más que una urgente nota de pésame.

Imaginad por último.

La Dirección General del vacío cósmico le comunica que NO.

- ¿Por qué?.- pregunta confuso el escritor, pensando si no habrá olvidado añadir otro sellito a su petición.

- Pues porque NO. Siguiente, por favor.

- Pero…

- Siguiente, por favooor.

El escritor se aleja por un pasillo largo y pringoso escuchando otro NO.

Y otro NO.

NO.

¿Nacería Franz Kafka en Canarias?

¡NO!

Saludos desde este lado del ordenador.

¡Malditas secuelas!

Domingo, Octubre 10th, 2010

Al finalizar la primera versión de Blade Runner, a mi juicio la mejor de las versiones que han mostrado de esta película, incluyendo el famoso montaje del director, Harrison Ford y Sean Young escapan de la ciudad de Los Ángeles en un automóvil que atraviesa un bosque… Siempre me pregunté cómo habría continuado esa historia. Si los personajes de esa vibrante tragedia encontrarían refugio en algún lugar de ese mundo deshumanizado y apocalíptico.

El fenómeno de las secuelas es casi tan antiguo como el cine pero también tiene cabida en la literatura donde grandes escritores como Alejandro Dumas cedieron a los deseos de sus lectores para continuar explotando éxitos salidos de su pluma (o la de sus negros) como La mano del muerto (El conde de Montecristo) o Veinte años después y El vizconde de Bragelonne (Los tres mosqueteros). Miguel de Cervantes mucho tiempo antes tuvo que desempolvar las aventuras de su ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha para frenar el apócrifo que circulaba de un tal Alonso Fernández de Avellaneda, pero todas estás obras por una u otra razón encontraron su segunda parte recurriendo al talento de su creador.

En los últimos años el fenómeno de las secuelas sobre títulos que forman parte del imaginario colectivo se ha instalado en el universo editorial. No hay semana en la que no aparezca una nueva novela que se vende como la continuación de… así que haciéndonos eco de esta moda pretendemos con el siguiente post enumerar sin ánimo completista pero sí orientador algunas de las obras que se han sumado a plantear el que hubiera pasado pese a no contar con la autorización de sus autores originales.

El mercado editorial anglosajón es el que más se ha interesado en sacar partido de esta tendencia. Se han publicado continuaciones oficiales de Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell que llevan por título Scarlett (Alexandra Ripley) y Rhett Butler (Donald McCaig) o del mismísimo Drácula de Bram Stoker en un deasafortunado pastiche escrito a cuatro manos que firma un descendiente del autor original (Drácula, el no muerto de Drake Stoker e Ian Holt) e incluso de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger en 60 Years Later: Coming Through the Rye (60 Años Después: Recuperándose del Centeno) de un tal J.D. California, pseudónimo del  sueco Fredrik Colting, aunque el propio Salinger logró detener momentáneamente la publicación del volumen en los Estados Unidos.

Esto me lleva a reflexionar sobre si son necesarias las continuaciones y si cuando se escriben ocurre el mismo proceso que en el cine: por norma general casi siempre resultan decepcionantes…

Esta ley no escrita sufre una ligera alteración con la saga de El padrino cinematográfico aunque se cumple al pie de la letra con las versiones literarias tras la aparición de la novela de Mario Puzo, y que firmó Mark Winegardner con el visto bueno de Puzo.

Cuando estas historias están protagonizadas por un personaje que vive por encima de su creador, caso de Sherlock Holmes o James Bond, el fenómeno de explotación se multiplica. Al sagaz investigador privado creado por Arthur Conan Doyle le han dado vida escritores de todo pelaje, quizá el más atinado de todos ellos sea el también cineasta Nicholas Meyer con sus novelas holmesianas Elemental, mi querido Freud y Horror en Londres. Bond, a la muerte de Ian Flemming continuó combatiendo al servicio de su graciosa majestad de la mano de Kingsley Amis, John Gardner y Sebastian Faulks, entre otros.

Los perpetradores de esta tendencia se han atrevido incluso con clásicos de la literatura infantil como Peter Pan de J. M. Barrie o El principito de Antoine Saint-Exupéry, que cuenta con dos continuaciones: Reencuentro con el Principito (1999), de Jean Pierre Davidts, que escribió supuestamente por petición del propio Antoine, y la bendecida por la Fundación Saint-Exupéry, dueña del personaje y de los derechos de reproducción, con El regreso del gran joven príncipe, del argentino Alejandro Roemmers.

Escritores consagrados como Stephen King se unen a este fenómeno anunciando la continuación de El replandor, llevada al cine por Stanley Kubrick. Ira Levin hizo lo mismo con La semilla del diablo en su frustrada El hijo de Rosemary aunque a William Peter Blatty le salió mejor la jugada con la continuación que plantea en Legión de El exorcista. Merece reseñarse también las originales secuelas que el escritor de anticipación Brian W. Aldiss escribió de La isla del doctor Moreau (H.G. Wells) en su La otra isla del doctor Moreau y de Frankenstein y Drácula, de Mary Shelley y Bran Stoker, en Frankenstein desencadenado y Drácula desencadenado.   

Se habla también de una secuela de la mejor novela de aventuras de todos los tiempos, La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, que escribirá Andrew Motion con el originalísimo título de Regreso a la isla del tesoro. También cuentan con secuelas Horizontes perdidos, de James Hilton, y obras maestras de la literatura romántica como Cumbres borrascosas de Emily Brontë y Orgullo y prejuicio de Jane Austen. Esta novela de Austen cuenta incluso con una reinterpretación en clave muertos vivientes, como nuestro Lazarillo de Tormes.

Y esto son sólo unos pocos títulos que he podido rastrear buceando en la red de redes y visitando librerías.

No quiero despedir este post (pretendidamente orientador) sin hacer mención al fenómeno fanfic, o escribir historias sobre un universo creado por otros autores, y que cuenta con un abrumador número de páginas en Internet, así como las parodias que han brotado como setas al calor de fenómenos mediáticos como Harry Potter o El señor de los anillos en una serie de volúmenes destinados fundamentalmente a locos rabiosos por estos personajes pero que puñetera la gracia le harán a los no iniciados.

Saludos, a lo eso es todo, desde este lado del ordenador.

Ante el espejo de la historia

Sábado, Octubre 9th, 2010

Si Canarias fuera una comunidad autónoma que se tomara en serio haría lo mismo que hacen en otras comunidades donde no sé si se toman en serio pero por lo menos lo fingen.

Debe ser que en estas islas invertebradas no hemos dado todavía el salto evolutivo que merecemos porque desde siempre la cultura se ha tomado como cosa de niños. O de nenés. Y lo mejor para dormir al bebé canario es cantarle el arroró de que grandes eres mi niño siempre y cuando no salgas de tu acotado territorio: la isla. Las islas. El archipìélago.

Bastante harto de la condición insular del insular me pregunto porque no imitamos (ya que no somos tan originales) iniciativas que se hacen en otros lugares de esa España chirigota a la que pertenecemos. Pongo un ejemplo a sugerencia de un amigo del blog: los premios de la Crítica de Asturias. Galardones que en su edición de 2009 han recaído en Ignacio del Valle por Los demonios de Berlín (narrativa) y en el festivo, imaginativo e inteligente ensayista Juan Cueto (letras). Dos escritores a los que separa un abismo generacional pero no su amor por contarnos coherentemente cosas. Con independencia de ser asturianos.

A Juan Cueto lo descubrí a través de sus magníficos artículos en el diario El País y en la hoy desaparecida revista de cine Casablanca, donde hablaba de cine y televisión desde la perspectiva de un siempre asombrado espectador.

Los más veteranos seguidores de El escobillón detectarán que Ignacio del Valle ya fue objeto de una reseña en el blog a raíz de la publicación de la novela El tiempo de los emperadores extraños, segunda entrega de las aventuras de su personaje Arturo Andrade en lo que por el momento es una trilogía que se completa con los títulos El arte de matar dragones y Los demonios de Berlín.

La irrupción de Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) quizá sea uno de los acontecimientos más interesantes en cuanto a novela histórica y de misterio se refiere en la España zozobrante de nuestro tiempo. Y por varias razones. La primera de ellas es su originalísimo ciclo en torno a Arturo Andrade, sujeto literario que le ha servido para construir un tríptico en el que desarrollar una serie de historias que van de la oscura España de postguerra (El arte de matar dragones), al frente de Leningrado donde combatió la División Azul durante la II Guerra Mundial (El tiempo de los emperadores extraños) y, por último, la capital alemana cercada por las tropas soviéticas en Los demonios de Berlín.

La audacia y también la originalidad de Ignacio del Valle ha sido la de dar voz a una España que hasta ese momento solo le daba voz el resentimiento de los vencedores como el de los vencidos. Que un escritor apostara por escribir un relato sobre aquellos tiempos procurando esquivar las heridas abiertas que aún se empeñan unos y otros en abrir sobre la Guerra Civil y su dolorosa postguerra resultaba así sorprendente por no decir asombroso. Y que sus historias despertaran la atención de los lectores la constatación de que una nueva (y también vieja, caramba) generación de lectores pedía otras lecturas sobre la quiebra moral e ideológica que supuso el conflicto fraticida con toda su tramposa herencia.

Su personaje Arturo Andrade busca en El arte de matar dragones por las calles de un Madrid espectral una tabla flamenca robada del Museo del Prado que le sirve a su autor para retratar con perspicacia y algún tópico innecesario una ciudad que intenta volver a la normalidad después de la tragedia.

En El tiempo de los emperadores extraños, Arturo Andrade investiga una cadena de crímenes rituales en las filas de la División Azul acantonada en los arrabales de Leningrado en 1943. Para quien les escribe se trata del mejor volumen de esta trilogía no ya por las descripciones bélicas y la solidez inquietante de su trama, sino también por lo atractivo que me sigue pareciendo reflejar en un libro a un grupo de españoles combatiendo voluntariamente en una guerra en  la que no se les había perdido nada.

El peor título del tríptico es, a mi juicio, por el que se le ha concedido el premio de la Crítica de Asturias, Los demonios de Berlín. Una novela demasiado hinchada y deslabazada en la que casi parece que la capital que le da título los devora sin contemplación alguna. Llama la atención la notable documentación que emplea el escritor aunque se note que entre otros libros pese en demasía Berlín, a vida o muerte de Miguel Ezquerra, relato no sé si fabulado o real de quien afirmaba haber combatido hasta el último momento en Berlín junto a otros españoles al lado de los alemanes. 

Este títulito, con independencia de su veracidad, es sumamente recomendable para los seguidores de la novela bélica siempre y cuando se haga un costoso ejercicio de quitar la trasnochada ideología con la que su autor impregna sus páginas.

En una improvisada conversación que mantuve con Ignacio del Valle en Gijón me indicó, sin embargo, que como fuente le había servido mucho más que el volumen de Ezquerra los libros que narran las peripecias de la División Carlomagno, integrada por voluntarias franceses y que absorbió en el epílogo de la II Guerra Mundial al resto de unidades extranjeras (entre ellos algunos españoles) que optaron por defender al régimen nazi hasta el último momento.

Con todo, creo que esta trilogía que firma del Valle es de lo mejor que se ha publicado en español en cuanto a literatura de evasión se refiere. Sobre todo en estos tiempos tan tontos que vivimos.

Son novelas que a su manera han abierto territorios que hasta ese momento no habían sido tocados por ningún narrador de este país por los prejuicios que –no hace falta ser muy listo para no verlo– soplan cuando se quiere novelizar un periodo histórico que provoca sarpullidos e histrionismo entre unas derechas y unas izquierdas que son aún incapaces de reconocer sus errores antes el espejo de la historia.

Saludos, con mis más sinceras enhorabuenas a Cueto y del Valle, desde este lado del ordenador.

Un fascista menos…

Viernes, Octubre 8th, 2010

Hay pequeñas grandes novelas que me han marcado. Una de ellas fue El fuego fatuo del escritor francés Pierre Drieu de La Rochelle. Un maldito, uno de esos nombres que han intentado hacernos olvidar no por la calidad de su producción literaria sino por su compromiso ideológico con el fascismo. Su estrecho colaboracionismo con las tropas de ocupación nazi en la Francia cortada por la mitad de la II Guerra Mundial.

Con independencia de su borrachera política, un disfraz con el pretendió esconder su miedo profundo al mundo, es de imbéciles criticar su legado como escritor justificando su posicionamiento con la derecha más rabiosa y canalla porque así se ignora el impresionante legado que dejó desparramado en sus novelas y ensayos. En especial en esa obra maestra de no hay vuelta atrás que es El fuego fatuo.

Escribo estas líneas con el ejemplar al lado del ordenador, editado por Alianza Tres en segunda edición en 1987. Lo leo. Me detengo en un párrafo y recuerdo lo que significó descubrir esta novelita de apenas 130 páginas hace ya tanto tiempo que, me parece increíble, esa secuencia que creía olvidada en el disco duro de mi memoria haya logrado activarse.

Llevaba detrás de ese libro mucho tiempo.

Fue motivo de conversaciones apasionadas con amigos que sentían más o menos la misma fascinación por un escritor al que los progres de aquellos años hacían asco no por haberlo leído (que no) sino porque fue un fascista. Pero esas mismas voces tachaban de lo mismo al cineasta John Ford y al actor John Wayne, luego no tenían muy claro que era eso del fascismo.

El primer libro que cayó en mis manos de Drieu fue Exordio, un compendio de reflexiones furiosas del escritor que conoció a Borges pero el título que suscitaba pasiones entre quienes habían tenido oportunidad de leerlo era El fuego fatuo, título de culto que tuvieron a bien prestarme pero que una vez devuelto exigía pertenecerme porque aquellas páginas teñidas de una desarmante resignación conectó con aquel adolescente al que obligaban a hacerse mayor.

No sé, debió de envenenarme ese aire trágico ¿y fascista? que acompaña al protagonista encerrado en su “círculo de soledad armado de púas internas”.

Como les contaba, un día descubrí un ejemplar de El fuego fatuo en una de mis habituales cacerías por las librerías de esta ciudad muerta a principio de los noventa. Y fue como si presintiera que el libro estaba allí. Esperando que lo encontrara. Hacía ya un tiempo que resultaba prácticamente imposible hacerse con El fuego fatuo.

Me lo llevé a casa y lo devoré. Y lo subrayé. Y anoté tontas reflexiones en los márgenes.

Y es que lo de menos en esta imprescindible novela es la historia (las últimas horas de un hombre condenado al suicidio) sino el viaje que inicia buscando alguna razón para seguir existiendo.

“La vida no iba bastante deprisa dentro de mí; la acelero. La curva descendía; la enderezo. Soy un hombre. Soy dueño de mi piel; voy a probarlo”.

Bien instalado, con la nuca sobre un montón de almohadas, con los pies contra los palos de la cama, bien apoyados. El pecho hacia adelante, desnudo, bien expuesto. Se sabe dónde está el corazón.

Un revólver es algo sólido, es de acero. Es un objeto. Tropezar al fin con el objeto.

No sé lo que pensarán ustedes pero a mí me la trae realmente floja que este fragmento lo haya escrito un fascista. No quiero pensar, en todo caso, lo que habría reflejado algún escritor adscrito al gélido realismo socialista sobre este mismo asunto.

El fuego fatuo cuenta con una adaptación cinematográfica dirigida por Louis Malle, un cineasta sin pedigrí fascista. Malle es director también de Lacombe Lucien y de Adiós, muchachos, dos películas donde sí bucea en las entrañas del totalitarimo pero con una mirada que para público lelos y anclados en un izquierdismo barriobajero puede resultar altamente sospechoso por tóxico.

Drieu de la Rochelle es autor además de Relato secreto, Guilles y Memorias de Dick Raspe.

Se suicidó tras la liberación de París por las tropas aliadas el 15 de marzo de 1945.

Un fascista menos.

Saludos, gracias una vez más Mario por refrescarme la memoria, desde este lado del ordenador.

Vargas Llosa, una reflexión desordenada

Jueves, Octubre 7th, 2010

Mi afición a leer comenzó gracias al descubrimiento de la mejor novela de aventuras de todos los tiempos, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. Más tarde me inicié en otros territorios literarios pero la mayoría de los escritores que llegaban a mis manos eran anglosajones y franceses, lo que condicionó de alguna manera mi acercamiento a otras geografías de la novela y los cuentos. A medida que fui creciendo, cambié en muchas ocasiones de compañeros de juergas lectoras. Ora devorando a los rusos, ora devorando a los alemanes, ora devorando cualquier cosa que me garantizara un refugio ante la hostil realidad que me rodeaba.

En todo ese tiempo, sin embargo, admito que siempre vi con vacilante recelo la euforia que se produjo durante unos años en torno a la literatura hispanoamericana porque nunca he sido demasiado amigo de las modas. Ahora bien, que un escritor se convierta de moda no me obliga necesariamente a que lo exilie en mi peculiar bolsa de valores.

Contaba todo esto porque mi aproximación al boom latinoamericano llegó muchos años después de que sus efectos nocivos para la salud hubieran sido dispersados por el viento que todo lo arrastra. No llegaron sin embargo a conmoverme. Bueno, unos pocos de aquellos autores forman parte de mi particular santa sactorum como Jorge Luis Borges, a quien nunca consideré estrictamente un escritor sudamericano porque su obra trasciende fronteras, y Julio Cortázar, más por sus cuentos que por sus novelas, porque este argentino con pinta de actor existencialista era además de un excelente cuentista un gran aficionado al jazz. Y a uno de sus dioses: Charlie Parker.

Leí Cien años de soledad de Gabriel García Márquez por recomendación de un amigo que no prestaba libros. Y el hecho de que me prestara precisamente a mi Cien años de soledad fue un gesto que me desarmó por completo. Y claro que me gustó la novela del escritor colombiano pero tras leer otras ficciones suyas prefiero al Márquez articulista y periodista. Más tarde llegó Juan Rulfo y su Pedro Páramo y Mario Vargas Llosa, entre otros muchos latinoamericanos en esta relación donde he mezclado a unos y a otros con independencia fueran boom o pre boom o post boom. Y es que como dijo un amigo: ¡Salvemos al puchero!

Vargas Llosa, por si no lo sabían, ha obtenido el premio Nobel de Literatura. Felicidades, viejo.

En la larga nómina de escritores sudamericanos siempre me dio por gustarme los que consideraba raros. Y Borges quizá sea uno de los más raros aunque, reitero, no sea sudamericano sino universal. A mí hay un escritor uruguayo que me seduce llamado Horacio Quiroga del que poca gente se acuerda hoy. El señor Quiroga es autor de uno de los mejores relatos fantásticos que he leído en mi ya largo historial como lector del género: El almohadón de plumas.

Háganse un favor y léanlo.

En los últimos tiempos y gracias a que he tenido la oportunidad de conocerlos me ha dado por continuar leyendo a escritores de la América hispana encontrando una literatura potente y en ocasiones estremecedora. Desgraciadamente, la mayoría de estos escritores no llegan al mercado español ni los españoles al mercado latinoamericano por esa absurda decisión editorial que pone coto a que circulen una y otras obras a este y al otro lado del Atlántico. No sé si se romperá algún día esta maldición.

Hay una interesante nómina de escritores cubanos, comenzando por el agitador Pedro Juan Gutiérrez y continuando por los policíacos Leonardo Padura, Amir Valle o Lorenzo Lunar. Peruanos, con Alonso Cueto, Jorge Eduardo Benavides y Santiago Rocangliolo. Y colombianos como el excelente Mario Mendoza. O los mexicanos Jorge Moch, Élmer Mendoza, Yuri Herrara o Francisco Haghenbeck, por citar sólo los que se me vienen a la cabeza. Hay más escritores desparramados por el continente, entre ellos el argentino Ricard Piglia o el chileno Roberto Bolaño pero este post no pretende ser exhaustivo sino celebrar –a mi peculiar y desordenado modo– que Mario Vargas Llosa se haya hecho con el Nobel de Literatura.

Un premio que si bien podría ponerse en cuarentena sirve la mayor parte de las veces para descubrir autores que por una u otra razón permanecían olvidados como es el caso del gigantesco Isaac Bashevis Singer.

 De Llosa he leído, creo, las novelas que debía leer: Los jefes, Los cachorros, La ciudad y los perros, La fiesta del chivo y Pantaleón y las visitadoras si no creo recordar mal. Sin embargo, me pasa lo mismo que con Gabriel García Márquez, prefiero más al Vargas Llosa periodista que al escritor de inquietantes ficciones. Su legión de seguidores me gritará que me estoy perdiendo lo mejor del escritor pero así son las cosas en mi tontorrona y desordenada cabeza.

No obstante, y porque debía hacerme eco del Nobel, espero que estas confesión apresurada sirva para sumarme al extraordinario alborozo que significa para las letras hispanas que uno de los nuestros se haya hecho con el galardón que lleva el apellido del inventor de la dinamita.

Saludos, mirando el calendario, desde este lado del ordenador.

Al final siempre nos quedará Chejov

Miércoles, Septiembre 22nd, 2010

Sucedió hace muchos años. Por mediación de un buen amigo que tuvo la revelación y fruto de su empeño entusiasta y constante en que no dejara de leerlo, me procuré una antología de cuentos de un escritor del que sólo tenía hasta ese momento referencias por sus obras teatrales: Anton Chejov.

La antología, titulada Cuentos imprescindibles al cuidado del también escritor Richard Ford, se convirtió a partir de aquel día y nada más abrir la portada y sumergirme en sus textos en un descubrimiento. En uno de esos libros que te parten el alma, te conmueven porque están repletos de vida.

Leo y relejo a Chejov desde ese día como un sediento al encontrar en sus páginas lo que no encuentro en otras páginas de otros tantos autores: que se me meta por dentro, que me empape de sus personajes, que sufra con ellos, que les tenga piedad…

Hará dos semanas, o quizá fueron tres porque ya no me acuerdo, me encontré en el Rastro de la capital tinerfeña con un viejo volumen editado en los años cincuenta por Austral con un relato que desconocía del maestro: Historia de mi vida. El volumen apenas llegaba al centenar de páginas pero confieso que he tardado casi dos o tres semanas en leerlo desde que lo encontré olvidado en una mesita junto a otros tantos libros en lamentable estado, porque Chejov ha vuelto a partirme el alma. Ha vuelto a que sienta tristeza y piedad por los personajes que se mueven en esta extraordinaria novelita corta que te habla directamente al corazón. Que te toca los sentimientos, que te hace ¡será posible! más bueno. O al menos más justos con quienes te rodean.

No se rían. En estos días que ya se han ido, he disfrutado con refinada lentitud de una novela corta que se me ha hecho necesaria para aguantar las idioteces diarias ante las que me enfrento. Se equivocan, no obstante, los que piensen que su lectura les hará más fuerte porque con Chejov nunca es así. O conmigo nunca ha funcionado así. Chejov en todo caso limpia la sucia habitación donde mucho me temo resguardo a mi espíritu.

No hay trampa ni cartón en este escritor ruso que hizo del relato corto una obra maestra. Sus cuentos son tan insólitamente densos que merecen relecturas para desenmarañar esa tela de sentimientos que se te escapan con una sola lectura. Conectas con su universo, y ese universo conecta contigo porque supo, tuvo el don, de mirar a los monos sin pelo no a la cara sino a lo más profundo de su corazón. Por eso para mi sigue siendo uno de los más grandes, y un faro necesario que me guía por este extraño sendero que es la existencia.

Chejov, al igual que el mejor Guy de Maupassant, demuestra que el cuento sirve para narrar algo más que una anécdota brillante. Porque un cuento, cuando cae en sus manos, te emborracha de tristeza o de júbilo… casi como si acariciara tus dormidos sentimientos. Es literatura en estado de gracia. Tanta, que en mi locura por encontrar a otros escritores que me susciten tanta revelaciones soy consciente que lucho contra molinos de viento porque sé que se trata de una batalla perdida.

Por ello, afortunadamente, siempre pienso: “no te preocupes, al final siempre nos quedará Chejov. Siempre nos quedará el mejor Guy de Maupassant”.

Saludos, tocado y hundido, desde este lado del ordenador.