Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Confesiones de un pecador (que ya no está arrepentido) del cine de los 80

Sábado, Agosto 20th, 2011

El otro día, mientras repasaba deuvedés a precios de risa en una de esas grandes superficies donde venden todo tipo de aparatos electrónicos me quedé un buen rato contemplando la carátula de Calles de fuego, de Walter Hill, película que vi hace mucho, mucho tiempo en un cine de reestreno y de la que recuerdo me dio directo a la mandíbula.

No compré el deuvedé por miedo a triturar una de esas tontas emociones de mi primera juventud. Por miedo a volver a ver una película que, salvo Diana Lane, poco o nada puede decirme ahora, así que opté por tirarla al montón de saldos porque quiero pensar que así honraba la tormenta de sensaciones que me procuró su primer y sospecho único visionado.

Con la pantalla a oscuras, Calles de fuego comienza con una declaración de principios de su director acerca de lo que vamos a ver: una película de buenos y malos. Un western moderno con moteros sedientos de sangre y un héroe de mirada triste cuyo actor, Michael Paré, no volvió a levantar cabeza profesionalmente hablando tras esta experiencia.

Otra cinta que me emociona de aquella década insensata que fueron los ochenta es la inteligente comedia juvenil Todo en un día (John Hughes). La vi en Madrid acompañado de dos amigos y nos metimos en el cine porque no había nada mejor que hacer.

Puede resultar fuerte si escribo que para los tres el filme fue algo así como una revelación, pero no se me ocurre una palabra mejor para describir el subidón que nos dio al contemplar las aventuras de ese golfo con suerte que interpreta Matthew Brodrick junto a su novia en la ficción Mia Sara y su sufrido colega Alan Ruck mientras son perseguidos (casi casi como si se tratara del coyote) por el director su instituto, papel que interpreta Jeffrey Jones. Tampoco he vuelto a verla. Será que quiero continuar con la magia de la primera vez…

Durante una época me dio por tararear Blue velvet, canción que descubrí en la película del mismo título de David Lynch. El largometraje reventó mis expectativas en una de esas salas que había en Madrid donde pagando el precio de la entrada podías quedarte a ver todas las sesiones que quisieras.

Yo me quedé a verla dos veces. Blue velvet me noqueó y aún no sé las razones. He vuelto a ver la película, desgraciadamente, y lamento escribir que lo que antaño me pareció fascinante ahora me sabe a cosas de Lynch. Cineasta al que se le va la pinza con bastante facilidad. De entre todas sus películas, y pongo la mano en el fuego que he visto todas, rescato su Dune.

Sí, me consta que es el título que la mayoría de sus seguidores olvida con insólita temeridad, pero vuelta a ver todavía me hace gracia que el espectador pueda escuchar los pensamientos de sus personajes y esa batalla entre melenudos barbados contra punkarras enfundados en cuero negro.

Antes de exiliarse voluntariamente a los Estados Unidos, el cine del holandés Paul Verhoeven dejó una cinta que tampoco he vuelto a ver con el paso del tiempo. Se titula El cuarto hombre y por lo que recuerdo de ella es una fascinante historia de mujer fatal, fatal (una bruja, vamos) y un escritor de tendencias homosexuales que concluye en un festín loco y algo gore que me hizo saltar de la butaca. La película, que vi en una sesión doble que incluía también ese clásico del cine negro de los ochenta que es Scarface. El precio del poder, tiene algo. O quiero creer que tiene algo. Eso de tiene algo quizá explique porque no he querido volver a verla.

Quien les escribe, que se confiesa perteneció a la fe Verhoeven durante un tiempo, desconfía ahora del profeta aunque de tanto en tanto pierda el tiempo volviendo a ver por centésima vez Starship Troopers: Las brigadas del espacio que quizá sea, a su juicio, la mejor película de su extraña y algo obsesa filmografía.

Pero qué diablos, cuando veo cualquiera de sus filmes siempre descubro actrices que son algo más que actrices: Sharon Stone (Instinto básico) y Carice van Houten (El libro negro).

Hay más películas de esa década de pobres y ricos que fueron los ochenta que me dejaron atrapado en el cine. Evoco Excalibur (a la que ya le dediqué un comentario y que cumple treinta años ¿sueños para unos, pesadillas para otros?) y la socorrida Blade Runner, aunque no fui ni soy un blademaníaco. Será porque siempre me irritó de su director, Ridley Scott, su esteticismo babosón y barrocón.

Mi apreciado John Milius cuenta con una serie de títulos que me marcaron por una u otra razón en aquella década que parece que ahora vuelve a ponerse de  moda. Conan el bárbaro y Amanecer rojo son dos de ellas. La primera porque el filme sigue respirando vida y sintetiza el apasionante y violento mundo que creó Robert E. Howard en sus relatos.

El segundo porque pese a su tono ultra no deja de resultar una película que hace feliz a ese comunista que aún llevo dentro. Si se atreven, véanla. Es cine de hazañas bélicas que seguro hizo feliz a ese inquietante terrorista iluminado que fue Timothy Mcveigh.

Pero si hay un título de Milius de esta etapa que destaca por encima del bien y del mal es Adiós al rey, basada en la novela del mismo título de Pierre Schoendoerffer. Película que no vi en un cine sino en casa de un amigo en VHS.

Recuerdo que vimos la cinta. Recuerdo que los amigos se fueron a dormir y recuerdo que volví a encender el reproductor para volverla a ver no una vez sino dos más.

No he vuelto a castigarme con ella.

¡Suerte, inglés!

Hay más películas de esa década, década que me hizo recaer en los tebeos cuando cayó en mis manos el primer número de Batman año 1, como El imperio contraataca, Regreso al futuro, Terminator, Poltergeist, El muro (joder como le comió la cabeza a mi generación el dichoso El muro), El corazón del ángel (joder como me comió la cabeza El corazón del ángel), entre otras que recupero mientras exploro por la red para refrescar mi gastada memoria.

Pero noto, detecto, que ninguna lista de las supuestas mejores películas de aquella década se menciona Revolución, del británico Hugh Hudson, una cinta que como tantas otras no he vuelto a ver pero que (está sí) me encantaría volver a ver.

Y Scandal, cinta que cuenta lo que ya se conoce como escándalo Profumo y que hizo que descubriera y me enamorara de Joanne Whalley…

¿Dónde estás Joanne?

Hay más títulos. Claro que los hay. Los dibujos animados bebían del cómic en Metal Hurlant y la extravagante Tygra, hielo y fuego… Jim Henson presentaba Laberinto, de la que solo recuerdo sus fascinantes títulos de crédito y a su joven protagonista, Jennifer Connelly enfrentarse a David Bowie. O aquella otra de marionetas que se llamó Cristal oscuro… (la imagen que ilustra estas líneas). Y hubo más. Muchas más. Solo que no he querido volver a verlas.

Quiero pensar que fueron cosas de los ochenta.

Y no sé, la verdad, si me da miedo que vuelvan a ponerse de moda.

Saludos, será que la década pasa factura, desde este lado del ordenador.

Las reglas del club

Domingo, Agosto 7th, 2011

Bienvenidos al club.

La primera regla del Club de la lucha es: Nadie habla sobre el Club de la lucha.

La Segunda regla del Club de la lucha es: Ningún miembro habla sobre el Club de la lucha.

La tercera regla es: La pelea termina cuando uno de los contendientes grita “alto”, pierde la vertical o hace una señal.

La cuarta: Solo dos personas por pelea.

La quinta: Solo una pelea a la vez.

Sexta: Sin camisa y sin zapatos.

Séptima: Cada pelea dura lo que tiene que durar.

Octava: Si esta es tu primera noche en El Club de la lucha… entonces TIENES que pelear.

EL CLUB DE LA LUCHA (David Fincher, 1999).

Saludos, nubes oscuraaaas nos impideeeen ver, desde este lado del ordenador.

El martes pasado fue 26 de julio

Sábado, Julio 30th, 2011

UNA INICIATIVA REVOLUCIONARIA

El periódico Diario de Avisos publicará todos los fines de semana de agosto un cuadernillo central especial con relatos de una nutrida selección de escritores canarios, muchos de ellos integrantes de Generación 21. A los autores seleccionados se suman otros como Juan Andrés Herrera y  JRamallo. En la selección que publicará Diario de Avisos el lector podrá leer relatos de Santiago Gil, Cristo Hernández, Javier Hernández Velázquez, David Galloway, Nicolás Melini, Álvaro Marcos Arvelo, Víctor Álamo de la Rosa e Iván Pérez. El rotativo ha convocado además un concurso de relatos entre sus lectores que ha obtenido una gran índice de participación, por lo que este cuadernillo especial publicará de lunes a viernes una selección de los mejores.

BLOG CONCO

La sala Conca, espacio mítico de La Laguna, cuenta desde hace unas pocas semanas con un interesante blog en el que da a conocer lo último que están cocinando. Merece la pena navegar por el sitio.

CONCURSO DE ALGO QUE AÚN ME SUENA A MARCIANO

Por segundo año consecutivo, Movilfestawards© repite en Tenerife el festival de películas grabadas con teléfonos móviles, Movilfestenerife, que ya ha abierto el plazo de inscripción para mandar las copias. En esta edición, además, se presenta una nueva categoría, Movilive, que incluye noticias atemporales y documentales. Las inscripciones se podrán realizar hasta el 15 de noviembre en la web www.movilfestenerife.com.

Y PESE A TODO

Leo el inquietante relato No me mires ahora de Daphne du Marrier que incluye la antología No después de medianoche (Plaza y Janés, colección Reno, 1971). Y cuando me sumerjo en su historia, el viaje que emprende un matrimonio a la ciudad de Venencia para olvidar la muerte reciente de su hija, descubro que ésta sirvió de inspiración al largometraje del mismo título firmado por Nicholas Roeg en 1973. La broma macabra es que esa película la vi hace mucho, mucho tiempo, en el cine La Paz de Santa Cruz de Tenerife siendo aún un chaval. Y recuerdo que sin entender la cinta, ésta me impactó bastante. Tanto, para que no la borrara del disco duro de mi memoria. Leer ahora el relato en el que se basa ha sido como regresar a mis primeros terrores. Lo más curioso del caso es que el cuento –no he vuelto a ver la película–  supo sacar al tipo nervioso que llevo dentro. Lo que, paradójicamente, le agradezco. Espero dedicarle un día de estos un post a la señora Du Marrier. Sin llegar al escalofrío que sí me proporciona Patricia Highsmith, tiene algo. Un algo delicado que con insólita ligereza siempre se escora hacia el mal.

SIEMPRE NOS QUEDARÁ SOYLENT

Harto de que me sigan tomando el pelo en las salas de estreno, entre otras tareas me dedico a revisar películas que ya he visto un millón de veces pero que siempre que las veo me saben a nuevas. Esto al menos me sucede con Soylent Green, retitulada en España como Cuando el destino nos alcance. Les invito a que se la traguen porque se trata de uno de esos títulos que crece con el paso del tiempo. Y más en estos tiempos que corren, de crisis diabólica y mentiras oficiales. Ese es el mensaje de Soylent. Luz. Dirige Richard Fleischer, protagoniza Charlton Heston y un inmenso Edward G. Robinson según la novela ¡Hagan sitio!, ¡hagan sitio!, de Harry Harrison.

Saludos, sintiendo extrañas cosquillas en el estómago, desde este lado del ordenador.

¡Sueños para unos, pesadillas para otros!

Jueves, Junio 23rd, 2011

El ambiente es espeso aunque la mayoría controla los nervios. Hay un silencio generalizado que solo rompe el ligero chasquido cuando algunos se encoge de hombros. Todos coinciden sin embargo en la incertidumbre de lo que vendrá.

O de si permanece lo que está, en cómo lo organizará estos próximo cuatro años.

Veo el futuro como el río que atraviesa la jungla y termina en el corazón de las tinieblas. Contemplo en mi bola de cristal al próximo/a viceconsejero/a de Cultura del Gobierno de Canarias susurrar el horror, el horror mientras hace malabares con el presupuesto cada vez más raquítico que llega a sus manos rodeado de pigmeos caníbales con forma de gestores culturales y artistas pidiendo argo.

“¡Dame arguito por favor, dame arguito!”, exlaman las criaturas.

Escucho la opinión de algunos inquietos ante la idea de que Cultura caiga en manazas socialistas, que son todos aquellos de la tribu a los que hace tiempo nadie invitaba a cenar y que tras el pacto mefistofélico post elecciones parece que ahora comienzan a recibir llamadas de propios y extraños para invitarlos, precisamente, a cenar.

Otros, los menos la verdad, se cuestionan qué destino tendrá quien a lo largo de todo ese tiempo ha ocupado tan alta responsabilidad mientras se comenta en los mentideros nombres, añadiendo a continuación y con la boca pequeña que el perfil de los sustitutos que se barajan es muy bajo.

“¿Pero tú no suenas como asesora?” pregunto.

“Shhhhh”.- me responde.

Otras voces me comentan como si tragaran choricitos de Teror que el presidente del Gobierno canario, Paulino Rivero, quiere Cultura. Y que la quiere tanto –lo que me confunde más de lo que estoy–  que no descarta la posibilidad de desgajarla de Educación, Consejería que en la negociación del pacto mefistofélico cae en manos socialistas.

La pregunta es donde meterían a Cultura.

Unos dicen que en Presidencia y los demás que en el fondo de un armario.

Intento buscar en mi cabeza algún referente literario o cinematográfico para describir la situación de “sálvese quien pueda” que flota en el aire y solo se me viene a la cabeza filmes de zombis. Y escribo zombis porque parece que tantos tipos que parecían muertos de repente han vuelto a la vida para reclamar: ¡dame argo, dame argo!

En la Viceconsejería de Cultura muchos señalan a Alberto Delgado y dibujan un interrogante en el aire y las opiniones que se cruzan suenan a cálculo marciano. 

Fuera del área de Cultura las cábalas se multiplican y todo hiede a falso.

También a filtraciones demasiado interesadas que son más cortina de humo que otra cosa.

Lo mejor en estos casos es asentir y negar con la cabeza y recurrir a la socorrida frase que Guiseppe Tomas di Lampedusa nos dejó escrita en el Gatopardo: todo cambia para que no cambie nada.

Porque no cambiará nada. Se apreciará, eso sí, un notable descenso de actividades artísticas y culturales subvencionadas estos próximos cuatro años porque, reitero, el afeitado del presupuesto será inevitablemente más salvaje que el que se ha venido gestionando hasta el día de hoy.

Ello generará más iniciativas privadas que, contra viento y marea, aportarán su granito de arena al panorama cultural del archipiélago y a buscar otras fórmulas de inversión por parte del Ejecutivo regional en Cultura. Un sector que, pese a los dramáticos días que vivimos, crece.

Me refiero al de la Cultura, obviamente.

Lo más recomendable ante lo que se avecina es que se mire hacia atrás para no repetir las políticas de excesos partidistas que enterró otras iniciativas quién sabe si más provechosas. Claro que eso nunca lo sabremos.

Tengo la esperanza que los cada vez más estoicos repartos dinerarios se hagan con la transparencia que requieren y que los criterios de valoración –que a mi juicio parecen a veces caprichosos por no escribir otra cosa–  estén liberados de prejuicios.

Quiero ser optimista.

Ya saben, esos que creen que al final del túnel hay luz. Aunque sea la de una bombilla.

Y quiero pensar que en estos días de fiesta para unos y derrotas para otros, se tome en cuenta lo que, pese a todo, se ha avanzado en estos cuatros años.

Se cuenta con un Plan Estratégico para la Cultura muy cuestionado pero que espero no sea un documento cerrado sino abierto a debates porque los tiempos que vivimos ya no son los tiempos que vivimos ayer.

Continúa también el programa Septenio que pide a gritos una urgente revisión.

Y otras iniciativas que solo puede impulsar la Viceconsejería como es el universo audiovisual, siempre y cuando lo haga con coherencia y una visión objetiva del sector como elemento cultural y de espectáculo, lo que implica –cosa que se ha ignorado hasta ahora–  no perder de vista sus posibilidades de negocio. Su rendimiento económico. Que un largometraje que cuenta con una aportación dineraria del Gobierno canario no se estrene solo en las dos capitales de provincia del archipiélago para dejar conciencias tranquilas.

Percibo sin asombro que son tiempos de incertidumbres y que hay un temblor que entiendo pero no comparto por lo que podrá cambiar mañana.

Porque si algo espero –continúe gestionando los recursos el hoy en funciones viceconsejero de Cultura u otro u otra– es que en los próximos cuatro años todos tengan derecho a competir en igualdad de condiciones para arañar el dinero que pueda facilitarles este departamento.

Pero me cruzo en la avenida de Anaga con Traci Lords y me suelta una frase que me deja literalmente acojonado: “Baby, ya conozco la película y me sé el final.”

“A mandar, señorita Traci”, tartamudeo con una sonrisa boba en la boca.

Cuando la Lords se disuelve en la calima grito

“¡No, No, Nooooo te me vayas Traci Lords!”

asocio sus sabias palabras con la Cultura que se emana de las instituciones públicas canarias… 

… Conozco la historia y me sé el final.

Pero ¿quién sabe?, igual nos aguardan cuatro años de éxito y fortuna si las cosas se hacen bien siempre y cuando cambien de chip los que hasta ahora no han hecho que nada cambie.

Saludos, buscando desesperadamente a Traci esta noche de San Juan, desde este lado del ordenador.

Mi amigo cretino

Miércoles, Junio 15th, 2011

Conozco el sentido exacto de la cretinez porque tengo varios amigos que, quizá como quien les escribe, en ocasiones resultan insultantemente cretinos.

Un día de estos, mientras cenaba con uno, tuve que soportar algunas cretinadas porque estaba de mal humor. Problemas con su jefe vino a comentar para renglón seguido continuar soltando por su boca una ristras de estupideces que, caramba, mi armadura de acero ya no resiste. Será que nunca fue de acero.

El caso es que terminas por perdonarle esos raptos de cretinez a ese amigo porque no son habituales en su persona aunque últimamente –debe ser signo de los tiempos– parezca que el demonio esté invadiendo su sangre porque el comportamiento empieza a resultar sospechosamente repetitivo cada vez que me lo encuentro.

Partiendo de la base que se trata de una persona inteligente pero fatalmente diletante, si hubo algo de esa noche que me hizo sacar de mis casillas, muy tranquilas, como si intuyeran la tormenta que ya está aquí, fue que criticara la última novela de un joven escritor canario sin haberlo leído.

En su comentario, no tan acerado a como me tiene acostumbrado, dijo que se negaba a leerlo porque había escuchado por la radio a su autor y éste le había parecido un memo. Lo de memo lo escribo yo a modo de conclusión de su barroca y vacía digresión a la hora de explicar los por qué no leía a este caballero que, hasta el día de hoy, no le ha hecho nada a mi amigo cretino.

Esto me hizo pensar que, objetivamente, mi amigo cretino se equivoca. Y se equivoca porque no se puede crucificar a un creador si no se conoce algo (el argo) de su trabajo.

En este sentido, mi amigo cretino multiplicó su ya desarrolladísimo grado de cretinez dejándose arrastrar por unos prejuicios cuyo verdadero origen debería de analizarse. Con esto quiero decir que, en esa penosa cena, mi amigo más que amigo fue un cretino. Y me duele escribirlo porque tengo la esperanza de que lea esta rápida reflexión y se dé cuenta que esa no es manera de luchar contra sus miedos (entiendo que gigantescos) porque están devorándolo en una arteriosclerótica soberbia que, como amigo probablemente cretino también, le pido que se cuide con carácter de urgencia.

No es la primera vez que me pasa con él e intuyo que no será la última.

También me pasa con otros amigos a los que su adscripción a determinadas tribus hace que no existan otros mundos, otras realidades literarias, musicales, plásticas, cinematográficas porque “esos no son de los míos.”

Resulta muy fatigoso pretender ir de independiente en este pueblo chico, infierno grande. La envidia mezclada con la cretinez hace imposible tender a una objetividad rigurosa sobre lo que intelectual y estéticamente nos ofrecen los artistas y los que van de artistas a este lado del Atlántico.

Este mal que no es solo canario, se extiende a otros campos que no son estrictamente artísticos pero en mi nueva situación de gañán existencial que soporta las marejadas del destino, afortunadamente en estos tiempos de crisis como un independiente que está viéndolas venir, tantas cretinadas comienza no ya inquietarle sino también a indignarle.

Así que como observador sin privilegios de lo que acontece, a veces, solo a veces, siento la necesidad de apagar el ordenador y disolverme en silencio.

Sin aspavientos ni cretinadas. Desaparecer mientras los que están a tu alrededor continúan dando dentelladas a diestro y siniestro. Ajenos a que ya solo nos queda pellejo.

Disculpo, no obstante, a mi amigo cretino porque pienso ingenuo que ayer probablemente olvidó tomar su tableta de Omeprazol.

Saludos, resignado y alerta ante próximas cretinadas, desde este lado del ordenador.

CINE, CINe, CIne, Cine…

Viernes, Junio 10th, 2011

Como espectador cuyas salidas cinematográficas se hacen cada vez más esporádicas porque no le convence lo que le ofrece la cartelera y mucho menos el precio prohibitivo de la localidad cuando reflexiona que, joder, el cine nació como espectáculo para los parias de la tierra, leo una noticia que me ha hecho gracia.

Una gracia misteriosa y de amotinado que se reprime en sacar aún el cuchillo y cantar la Marsellesa al leer esta información en la que se entera que en un cine de Tejas, no Texas, han expulsado de la sala a una señorita porque en plena proyección de la película envió un sms a Dios no se sabe quién.

Partiendo de la base que detesto lo de tolerancia cero porque a mi juicio disfraza fascismo (sea de izquierdas o derechas, que lo mismo da), debo de admitir que por una vez la decisión fascista de los responsables de la sala tejana por expulsar a la señorita de la proyección la asumo como una extraña e inquietante justicia poética.

Quizá porque pienso que tan expeditiva solución tejana de sacar del cine a quien piensa que está en su puta casa debe ser un ejemplo a seguir.

Claro que esto lo escribo porque a lo largo de mi vida cinéfila y cinéfaga he tenido que soportar a garrulos y garrulas en el CINE que confundían ver una película como si estuvieran en el salón de su casa.

Es decir, que como sufrido espectador he tenido que aguantar en más de una ocasión no ya solo la merienda de una parejita de cabestros sentados a mi lado pertrechados de cotufas, papas fritas y refrescos, sino también de conversaciones sentimentales que si bien es verdad que en ocasiones me han parecido más atractivas que lo que estaba viendo en pantalla, creo, sinceramente, que no era lugar donde dirimieran sus diferencias.

Es verdad que pertenezco a esa generación de espectadores que se acostumbró a ver cine cuando los cines eran cines de verdad –los cursis lo llaman de pantalla única, en fin–  pero que aprendió a verlo también en las cada vez más diminutas pantallas de las multisalas.

Multisalas que de alguna manera desacralizaron el hecho de ir al cine.

Como público que disfrutó en esta capital de provincias de cines de verdad, y cuando escribo de verdad es que son de verdad (el Víctor, el Rex, el Greco, el Teatro Baudet, el Cinema Victoria, el Price, el Teatro San Martín, el Fraga, el Delta, el Somosierra, La Paz, entre otros tantos), confieso con el corazón en la mano que nunca he vuelto a sentir la emoción de ver aquel CINE que le envenenó siendo un niño y más tarde un confuso y cotufero adolescente.

De hecho, ver una película en aquellos CINES se convirtió, por una u otra razón, en una aventura. Siempre pasaba argo. Argo que permanecerá para siempre imborrable en mi enfermiza y cavilosa cabeza vacía.

Para los que somos ateos gracias a Dios o a los dioses el CINE se convirtió en argo así como un reducto en el que adorar a santos y santas laicos. Por eso, que alguien  eructara, se tirara pedos o devorara cotufas y sorbiera en sensurround refrescos lo entendía y entiendo como una falta de respeto no solo al filme ni al prosélito sino también a quien inconscientemente hace ruidos masticando o hablando por el móvil.

No voy a negar que en otras ocasiones contribuí a desacralizar la paz de la sala oscura pero –pienso ahora– que sí así lo hice fue porque precisamente la película lo pedía a gritos.

Recuerdo ahora, por ejemplo, cuando con un  puñado de canallas me fui a ver Easy Riders, de Dennis Hooper.

Bebíamos cervezas y fumábamos. También dábamos gritos coreando las canciones de su excelente banda sonora. Pero es que, demonios, aquella película era nuestra. Sentíamos que era nuestra.

Estando en Madrid, y volado la verdad sea escrita, sentí argo parecido cuando descubrí Rumble Fish.

Esa misma sensación de que le película me pertenecía me pasó con Laberinto, cuyos títulos de crédito me dejaron con la boca abierta mientras saltaba en la butaca como si tuviera el mal de San Vito.

O en las numerosas e incontables películas de terror que han quemado mi cerebro mientras gritaba con otros tantos el número de víctimas a las que despedazaban en títulos de los que ahora no me acuerdo.

Solo sé que juntando las voces con otros tantos chillábamos:

UNO

DOS

TRES

CUATRO

Y así hasta no sé cuántos.

Claro que como pasa siempre, siempre hay películas que te recuerdan que el CINE es argo más que espectáculo, que te recuerda que es argo más.

A mi me pasó con muchas.

Freaks, de Tod Browning.

O Lluvia negra, de Shohei Imamura.

Lluvia negra la vi de reestreno en un CINE de barrio de Madrid.

Es una película en blanco y negro.

Me puse a llorar cuando un imbécil a mi lado le comentó a gritos a quien tenía a su lado que esa cinta era un peñazo.

“No pasa nada. No entiendo nada. No la entiendo”.- venía a decir.

Recuerdo entonces que lo llamé imbécil.

El tío me respondió.

Y quiero pensar ahora que dijo que lo respetara.

“Fuera”, le solté. “Lárgate”, quiero pensar ahora que le dije.

El resto es un nubarrón.

Y escribo nubarrón porque sí que recuerdo que cogió mis gafas y las aplastó delante de mis narices.

El resto, como pasa en el cine, se va a  fundido a negro.

Saludos, recordando a ese hijo de la gran puta, desde este lado del ordenador.