Archive for the ‘Reflexiones’ Category

El extraño viaje

Jueves, Junio 2nd, 2011

I.- ¿ESTO QUE ES?

El mago de San Tontorontón se detiene en la Puerta del Sol de Madrid, que es un destino turístico de la capital de Expaña al que hoy se suma, entre otros atractivos además del Kilómetro Cero y la célebre estatua del Oso y el Madroño, la acampada –no tan grande como imaginaba– de ese colectivo que está igual de indignado que él aunque estos  manifiesten su cabreo en un pequeño laberinto de chabolas donde, la verdad, lo que más le llama la atención es un plato de lentejas a medio comer y dos tipos con crestas jugando a las damas.

Mientras el mago recorre las callejuelas improvisada que han enrronchado la Puerta del Sol le asalta de repente un tipo con ojos extraviados y sin camiseta que en un idioma extraño le grita unas cosas que le obliga a responder: “¿Pero tú de qué vas, chacho?”

El tipo sin camiseta se queda fulminado mientras el mago se aleja de los chabolos hasta toparse con un caminón de la basura del Ayuntamiento de Madrid que recoge toneladas de desperdicios, entre otros objetos, botellas de tintorro y cascos de cerveza.

II.- EN BUSCA DEL GRIAL

Y camina y camina el mago por este Madrid de atontados.

Sube la Cuesta de Almoyano y saluda a la estatua de cuerpo entero de don Pío Baroja porque lleva boina. Adquiere un volumen de Ismael Herraiz que data de 1945.

Europa a oscuras se titula el volumen.

“Igual le sirve al Paulino”, piensa, por decir argo, el mago.

III.- UN ENCUENTRO CON LUCIFER

El mago entra en el parque del Retiro y se tropieza con la estatua del Ángel Caído de Ricardo Bellver.

Se queda un buen rato mirándola. Lo que se dice un buen rato mirándola.

Por fin concluye:  “Yo a ti te conozco, carajo.”

Y sigue su camino.

IV.-LA FERIA DE LOS MIL LIBROS.

El mago se acerca a una de ellas.

Ojea y abre un libro y hace que lo lee.

Pero nota que está encarnado.

Que toda su cabezota se pone roja como un tomate pasado.

Descubre un libro que le gusta: Monster Show. Una historia cultural del horror, de David J. Skal.

- Habla de mi.- le dice al librero.- ¿Cuánto cuesta?

El librero se lo dice remarcando c y z.

- ¿Cómo dice usted?.- Le responde el mago mosquiado.

El librero, que parece un cubo de hielo, repite el precio. 

- Usted debe ser catalán, mijo.- Dice el mago.

- Soy de las Rozas.- responde el librero.

- Catalán. Me lo llevo.

V.- ¿QUÉ HACE UN CHICO COMO TÚ EN UN LUGAR COMO ÉSTE?

El mago sigue caminando cuando descubre en este bosque de casetas una caseta de dos editoriales canarias: Baile del Sol y Ediciones Escalera.

El mago se pone a bailar mientras hace chasquidos con la boca como si fuera una chácara.

MAGO: Tiriririti, tirirititi…

Los de la caseta le responden en clave masónica: Una vieja seca seca…

MAGO: Tu puta madre…

VI.- TODO MU GRANDE…

El mago se siente perdío en esta Feria.

Hay tantas casetas y tantas cosas ¡qué da igual donde mirar!

Se mete en una carpa que expone colorines. De hecho, un chico que parece un membrillo dibuja un colorín. A lápiz, después lo entinta y le pone color.

- Criatura, ponle más verde al fondo.- le dice el habitante de San Tontorontón.

VII.- EL FANTASMA DE PACO MARTÍNEZ SORIA

El mago tararea el clásico de Mojo Picón mientras pasea por las casetas de las Feria del Libro. Aunque de fondo suena el blando de Michale Buble.

MAGO: La rica salsa canaria se llama mojo picón…

VIII.- Y UN FINAL TONTORONTIANO

De vuelta al hotel se encuentra por azar con un amigo peninsular al que hacía siglos que no veía.

Lo ve justo cuando va a cruzar una calle kilométrica. El amigo viene en dirección contraria.

- ¿Mago?.- pregunta sorprendido el amigo.

- Peaso godo.- le contesta el mago mientras se dan un abrazo y suenan violines y trompetas en sus estrafalarias cabezas.

Se da cuenta entonces el mago, muy incómodo, que no recuerda como se llama el amigo al que tan cariñosamente abraza aunque unas cañas después se lo recuerda algo achispado:

- Tú… ¿Cómo te llamas?

- ¡Paco Martínez Soria!

Saludos, ay mi cabeza, desde este lado del ordenador.

¡¡¡Vacaguaré!!!

Domingo, Mayo 29th, 2011

Su vida ha terminado por convertirse en un plano secuencia en el que apenas quedan registrados molestos y antipáticos flash back.

Amores y amistades en las que creyó y que acabaron trituradas en amargas traiciones. Más dolorosas por lo inocente y estupidas que resultaron.

Nuestro personaje se encuentra en el Auditorio donde se entregarán los Premios Canarias y va vestido con unos de esos trajes Dustin que se venden en el Corte Inglés. La corbata, heredada de su padre, es de un azul oscuro que hace juego con su camisa azul celeste también Dustin. 

Al fondo escucha como un eco la nada. La nada tiene sonido. El sonido perfecto y ensordecedor que es la nada.

¿Tiene miedo nuestro personaje?

Por lo que intuyo no.

Se deja llevar…

Aunque ahora sonríe.

Una sonrisa triste ya que vio por fin, fin, El demonio bajo la piel. 

Y piensa, ahí sentado entre otros emperifollados asistentes, que la excelente novela de Jim Thompson El asesino dentro de mi no se merecía esta adaptación.

Entiende que no supo contagiar el espeso caldo sexual que emana las páginas del libro.

 A su juicio por una mala elección de reparto.

Se cree poco a Cassey Affleck como Lou Ford.

No traga a la sedosa Jessica Alba como prostituta incendiaria. O la mujer que desata los demonios reprimidos de su protagonista.

Su director, Michael Winterbottom, rueda además esta historia sin sentimiento. Como si estuviera acojonado ante la bomba inteligente que tiene entre las manos. 

El filme resulta gélido.

No tiene sentimiento ni emoción.

Como el acto de entrega de estos mismos Premios Canarias a los que asiste con su traje Dustin.

Se remueve incómodo en la butaca, algo borracho por la mezcla de perfumes que llegan a su nariz.

Quiere verse rebuscando en su caótica biblioteca con el objeto de releer otra gran novela de Jim Thompson: 1280 almas antes que en la pantalla de su existencia de cucaracha aparezca el inevitable The End.

Piensa que el volumen que tiene fue editado en la colección Novela Policíaca de Bruguera Libro Amigo, 1980, y la traducción firmada por Antonio-Prometo Moya.

Recuerda a trompicones que la novela apenas llega a las doscientas páginas.

Y que la devora en un día mientras la alterna con otras lecturas igual de insignificantes.

Y reflexiona mientras Paulino Rivero suelta el discurso de siempre. Aunque ahora evoca, como un eco, a la señora.

Nuestro hombre compone un esquema de por qué le ha vuelto a envenenar 1280 almas.

1.- Se da cuenta que apenas recordaba algo de 1280 almas.

2.- Descubre a un Jim Thompson que fue un maestro para retratar a perfectos hijos de la gran puta.

3.- Descubre también a un escritor que hizo equilibrios para que el lector  estuviera del lado de la víctima. Entiéndase el perfecto hijo de la gran puta.

4.- Y escupe una risa tonta y siniestra porque sabe que esta novela malvada es un delicioso pedazo de carne cruda que despierta al caníbal que lleva dentro.

5.- Y  quiere más. Quiere más carne cruda.

6.- Nuestro personaje, rodeado de caretas, entiende que Thompson es veneno. Un matarratas para todos esos hijos de la gran puta que venden verdad por mentira. 

Y piensa, mientras se deja dormir, que el protagonista de 1280 almas es un policía llamado Nick Corey que tiene un peculiar sentido de la justicia que podría resumirse en “no me toquen los cojones”.

“Sí así están las cosas, así se harán las cosas.”

Corey es un tipo brillante que se camufla de imbécil mientras soporta como otros perfectos hijos de la gran puta se disfrazan de ciudadanos ejemplares que disfrutan apaleando a negros y tirándose a sus hijas.

Así que Corey es un cínico hijo de puta que hace argo (aparentando que no hace nada) en una sociedad que está formada por 1280 perfectos hijos de la gran puta.

Nuestro hombre vestido con su traje Dustin ha releído a Thompson.

Y mientras el dulce veneno del gas que dejó abierto en ese Auditorio en el que ahora se encuentra lo atonta más de lo que está, piensa que este es el único camino que le queda para mostrar su indignación.

Se coloca un cigarrillo en la boca y juega con el Zippo que le regalaron cuando los tiempos no eran mejores ni peores.

Un caballero lo mira con mala cara.

Una señora le recuerda que no se puede fumar.

Nuestro hombre sonríe.

Saca lo colmillos.

Y enciende la llama del Zippo.

Saludos, booom, desde este lado del ordenador.

El último gesto de Ezequiel Pérez Plasencia

Sábado, Mayo 21st, 2011

Organizado por la Fundación Pedro García Cabrea y bajo el título de Malditos y benditos: El tránsito existencial y literario de Ezequiel Pérez Plasencia, el Ateneo de La Laguan reunió el pasado viernes a familiares, amigos y conocidos del escritor tinerfeño al que la broma del destino nos lo arrebató un ya triste 24 de febrero de este mismo año.

Primera sorpresa, hay más gente de la que imaginaba en el ya algo anticuado salón de actos del Ateneo lagunero.

Segunda sorpresa, me parece ver a Ezequiel Pérez Plasencia entre los presentes. Mandando cortes de mangas a los que estamos en torno a la mesa para recodarlo.

En los labios de Ezequiel cuelga un Camel, el humo que sube al techo se confunde con la neblina blanca que lo rodea.

Me quito las gafas y me froto los ojos.

Ezequiel continúa ahí, haciendo los mismos cortes de manga, sonríe tanto que el cigarrillo se le cae de la boca.

Me vuelvo a restregar los ojos mientras escucho la brillante exposición del abogado Ignacio Cestau que gira en torno al fitgeraldiano título de este homenaje que le brinda la Fundación: Malditos y benditos.

Pierdo de vista a Ezequiel entre el público pero no sé si es porque me acabo de poner las gafas.

Y me siento cansado. Muy cansado.

Habla ahora el periodista y escritor Juan Cruz pero su intervención pasa a un segundo plano porque en mi cabeza no dejan de sucederse secuencias de los ratos festivos que pasé junto a Ezequiel. Noches felices, muy locas y desenfrenadas.

También en las llamadas que nos cruzábamos cuando él se encontraba en Madrid.

También en los comentarios que enviaba a este mismo blog o cuando antes de entrar en aquel garito de chinas me gritó vía móvil ¡RESISTE!

Me quito las gafas y me sirvo el tercer vaso de agua.

Con la vista desenfocada veo a Ezequiel frente a la mesa, rebuscando algo en los bolsillos de sus pantalones vaqueros.

El moderador del acto, Francisco Tovar, me presenta. Aunque solo escucho un don Eduardo García Rojas…

No tengo ganas de intervenir pero leo un e-mail de Paquita Pérez Plasencia, hermana de Ezequiel, y un texto muy hermoso que me remite el periodista Carlos Fuentes, son dos de los grandes ausentes de este homenaje.

El periodista Alfonso González Jerez recoge mi triste relevo y gana las posiciones que no he sabido cubrir en este acto donde más que al amigo se rinde tributo a su calidad como escritor.

Busco con los ojos desenfocado a Ezequiel entre el público asistente pero no lo encuentro. Alfonso continúa con su notable exposición y reivindica la edición de la obra completa de Pérez Plasencia.

En Cartagena, donde la semana próxima le rinden homenaje, quienes lo conocieron han anunciando la creación de un premio literario que llevará su nombre.

Cartagena fue para Ezequiel como su segunda oportunidad. Hizo amigos y creció como escritor y persona. Su última cena estuvo rodeado de algunos de ellos…

Dejó la misma huella que dejó en muchos de los que lo conocimos.

El periodista Federico González Ramírez cierra el acto con un emocionado y sentimental recuerdo a Ezequiel. 

Sobre la mesa hay un cartel donde veo su fotografía. Los brazos cruzados, mirando hacia la derecha con resignada ironía.

Tovar da paso al turno de preguntas mientras mi cabeza retrocede en el tiempo.

FLASH BACK

Ezequiel ha muerto hace unos días.

Suena el móvil y descubro en la pantalla que se trata de su teléfono.

Pienso feliz “hijo de la gran puta al final no te has muerto.”

Pero no es su voz la que suena al otro lado.

Es Paquita, su hermana.

FIN DEL FLASH BACK

Vuelvo a la realidad cuando alguien del público se queja que solo sea ahora, después de muerto, que nos acordemos de Ezequiel. Censura que aquí se le hizo la vida imposible y que un escritor de su fuste trabajara de corrector en periódicos de provincias.

A la mente se me vienen anécdotas legendarias de Ezequiel. De aquel Ezequiel que no era Ezequiel cuando visitaba su lado más oscuro.

Y parte de razón tiene ese señor, pienso cada vez más triste y buscando sin las gafas a Ezequiel entre los presentes.

El tributo llega a su fin. Nos dispersamos.

Los fumadores, como quien les escribe, salen corriendo a la calle como alma que lleva el diablo.

Mientras trago el agradable veneno saludo a amigos y desconocidos.

Hablo de cine, de libros, de poesía cuando me parece que en el estanque de los patos, el estanque que se encuentra justo en la plaza de la Catedral de La Laguna, Ezequiel me mira.

Hace un gesto con la mano.

Y asiento en silencio devolviéndole el gesto.

Raymond Chandler escribió que decir adiós es morir un poco.

Saludos desde este lado del ordenador.

Puedo prometer y prometo…

Domingo, Mayo 15th, 2011

Comienzo a sentir por las elecciones la misma extraña inquietud que me asalta cuando veo una película de zombis. Tras La noche de los muertos vivientes y El amancer de los muertos el resto me sabe a cuento chino.

En época electoral las calles se llenan de carteles con los candidatos/as  mostrando todos ellos una sonrisa y una mirada límpida –probablemente arreglada con fotoshop– que parece decir que ellos, y solo ellos, serán capaces de arreglar las tinieblas de nuestro tiempo.

Y la verdad es que estas fotografías ya se ha convertido en clásicos.

Es como si los representaran como santos/as laicos.

Así como gente común y cercana, que emana bondad y buen rollismo. 

Y pienso… ¡cabestros! Aquí hay material para un corto, un largo, un cuento, una novela, un cuadro, una ópera rock en busca de autor.

Pero como que no.

El santo o la santa laica mientras tanto parece vender el puedo prometer y prometo que si logro colarme en el Gran Chollo haré todo lo posible por no prometer lo que prometí.

Yo los veo como uno de aquellos vendedores de elixires milagrosos de tantas películas del lejano oeste americano.

O a esa conclusión llegué esta mañana al encontrarme en el Rastro de la capital tinerfeña con  un amigo al que hacía tiempo remoto que no veía y que antaño iba de artista.

Me lo tropiezo repartiendo folletos de un partido cuyo nombre mejor es obviar.

- Coño.- le digo.- ¿haciendo una perfomance?

El amigo me tiende un folleto con la misma sonrisa de los candidatos que aparecen impresos en la hoja de papel que ahora tiembla en su mano.

- Quita, quita… vade retro Satanás.- le suelto a modo de broma.

El amigo permanece imperturbable, la sonrisa no desaparece de sus labios ni con esas.

Continúa tendiéndome el folleto.

Noto, preocupado, que los visitantes del Rastro que pasean a nuestro alrededor nos miran con cierta curiosidad.

Niego con la cabeza.

- No estoy en venta.- casi grito. No al amigo que va de artista sino a las personas que se cruzan a nuestro alrededor.

El amigo, infelixible, sigue insistiendo.

- Que no, que no… .- intento zigzaguearlo para perderme en la marabunta del Rastro mañanero.

La verdad, confieso, que más pendiente de las ofertas que gritan los gitanos y de la banda sonora que suena de fondo y que reinterpreta el tema principal de El último mohicano un grupo de latinoamericanos con sus flautas.

Imposible, cuando me muevo a un lado, el amigo se pone a ese lado.

Cuando hago amago de hacerlo por el otro, el amigo ya está ahí.

Al final cojo el folleto para que me deje en paz.

- El próximo domingo.- me recuerda éste mientras se pierde entre el gentío.

Y yo, con estúpido disimulo infantil, arrugo el folleto entre mis dedos hasta convertirlo en una bolita.

Camino con la bolita un buen trecho porque soy persona educada y me enseñaron a no tirar basura al suelo.

Busco una papelera, papelera que me cuesta bastante encontrar aunque con una sonrisa que no tiene nada que ver con la de los políticos que aparecen en carteles y folletos, la mía cruza mi cara como una amarga cicatriz cuando descubro una papelera en la que termino por tirar la bolita.

Pero la bolita rebota y cae al asfalto porque la papelera está repleta de propaganda.

De un signo político o de otro, pero propaganda.

No sé si por el encuentro con el amigo pero no veo nada potable en el Rastro salvo una vieja edición del Tom Jones de Henry Fielding que incluye fotografías de la adaptación cinematográfica que en su día rodó el interesante Tony Richardson de este gran clásico de la novela picaresca británica.

Ojeando el tomazo en una parada del tranvía el corazón casi sale desbocado de la boca cuando el trenecito que se detiene delante de mis narices está vestido con los caretos de otros candidatos que reiteran el puedo prometer y prometo que…

En el vagón atestado, aplastados como sardinas unos contra otros, subo la cuesta de esta ciudad de cuestas escuchando lo que hablan los que no quisieron ser lobos esteparios.

Y en todas esas conversaciones que me llegan al azar, alguna de ellas con el restallido de una carcajada frenética, no oigo nada relativo a lo que se supone es la gran fiesta de la democracia: las elecciones del próximo domingo.

O el día en el que con tu voto contribuyes a que los que viven del puedo prometer y prometo continúen viviendo prometiendo algo en lo que ya no tengo nada claro que crea.

El tranvía da un frenazo en seco.

He llegado a mi parada.

Y no paro de reír.

Hahahahahahahaha.

Saludos, ¿escéptico? No, esa no es precisamente la palabra, desde este lado del ordenador.

¿Frikis?

Sábado, Mayo 14th, 2011

En un interesante post que el cineasta Daniel León Lacave sube a su blog con el título El museo de paredes de cartón denuncia que el legado de memorabilia cinematográfica del coleccionista grancanario Andrés Padrón descanse en una serie de cajas depositadas en su piso que parece –o al menos quiero entender que así lo sugiere Lacave–  como el atestado camarote de Una noche en la ópera, esa inolvidable comedia de los hermanos Marx que ya se ha convertido en leyenda.

En la noche de los tiempos me invitaron a participar con un texto en un libro que se editó a propósito de esta importante colección. Llevaba el título de La imagen congelada y no sé si con ironía me pidieron que escribiera sobre Lola Flores cuando a mí sobre quien me apetecía emborracharme de emociones cinematográficas y eróticas era de Ava Gardner o Gene Tierney.

No sé si el volumen La imagen congelada (la verdad es que tampoco se partieron mucho la cabeza para titular esta obra) incluía un recuerdo cinéfilo de Tierney pero como contaba me invitaron a que colaborara siempre y cuando escribiera argo sobre Lola Flores.

Quiero imaginar que nuestra Faraona fue la última de la lista y que al no encontrar a nadie que la elogiara me pasaron de tacón el encargo.

Encargo que asumí con mucho gusto. Y no por la filmografía de Lola Flores sino porque utilicé el artículo para rendirle tributo a mi madre y también a Cádiz, provincia de la que era también originaria la cantante.

En mi cada día más desmemoriada cabeza no se me borra un recuerdo que me hace retroceder a mi infancia más infantil. Debía de tener cinco o seis años, mi madre me da cucharadas de un potaje en el que nada una yema de huevo mientras me canta Échales guindas al pavo, pavo…  Tema que popularizó, entre otras grandes de España, Lola Flores.

Lacave lamenta en su post que la importante colección de imágenes de Padrón se ría de su mala suerte en esas cajas de cartón que el hombre tiene distribuida en su casa. Se pregunta también, y con toda la razón del mundo, porque nadie, nadien, se ha preocupado en recuperar este legado aunque me consta que hubo intentonas. Y que en todas no se llegó a ningún tipo de acuerdo.

Ignoro si las razones fueron solo de índole económica pero coincido en pensar con Lacave que resultaría una guasa que alguien de fuera se hiciera con este legado.

Pero así son las cosas. Y más en tiempos de crisis.

Por otra parte, entiendo la pulsión que late dentro del corazón de un coleccionista aunque también me irrita como se toman en serio sus obsesiones por nutrirse devotamente de objetos.

A mi manera yo también soy un coleccionista aunque en mi caso el valor que le doy a determinados escritores y sus libros es la garantía que puedan proporcionarme de escapismo.

Ahora mismo leo La flecha azul, primera parte de las memorias de Arthur Koestler, que encontré de casualidad en una librería papelería de la capital tinerfeña a precio de risa editada en su día por Alianza Editorial. La lectura de este libro me parece imprescindible para todos aquellos que continúan  cuestionando la creación del estado de Israel.

También conseguí en este mismo establecimiento y en la misma editorial El niño, de Jules Vallès, que cuenta con un estrábico prólogo de Jorge Semprún. Y en el rastro de la capital tinerfeña, el domingo pasado, Armagedon, de Leon Uris, otro escritor judío que pese a que unos vean con lupa porque era judío y encima un autor de best sellers, tuvo la capacidad de entretener mientras contaba historias basadas en la historia.

Releo, además, Hubo una vez una guerra, las crónicas que escribió John Steinbeck como corresponsal de guerra durante la II Guerra Mundial.

Créanme si les digo que algunas de ellas más que artículos periodísticos son relatos que trascienden la caprichosa frialdad informativa.

En cuanto a amigos y conocidos coleccionistas, conozco a uno que a su manera es una especie de Andrés Padrón pero del cine rodado en Canarias.

Se preocupa en compilarlo casi todo, y cuando escribo casi es casi todo.

A su manera es una enciclopedia viviente de cineastas, actores y técnicos de primer y segundo rango nacidos o que trabajaron en estas apartadas orillas.

Cuenta, además, con una filmoteca de películas hechas aquí y una serie de imágenes cuya selección  intento convencerle que muestre de una vez en una exposición.

Pero no hay manera.

Como buen coleccionista todo el material que ha ido reuniendo con paciencia de hormiga solo puede ser visto si pasas por su casa.

Por eso, a veces me pregunto que pasará cuando… pero eso es adelantarme al destino y no tengo tan claro que esté ya escrito.

Con esto quiero decir que los coleccionistas son criaturas de los dioses a las que hay que dar de comer aparte.

Se trata de una especie muy celosa de lo que tiene.

Alguien, de hecho, podría tacharlos de personas enfermizas e inquietantemente egoístas pero creo que este diagnóstico resulta bastante excesivo.

A su manera sufren por conseguir lo que quieren.

Y para matar la adicción buscan y rebuscan por todas parte para hacerse con una pieza, un objeto, que al común de los mortales ni fu ni fa, pero ellos van a los suyo y saben dotarlo de un alma suficiente para que aficionados como quien les escribe aprendan también a amar esa pieza u objeto que al final formará una de las tantas piedrecillas con las que se hace la autopista de nuestra memoria común.

Hace unos años, bastantes para ser exactos, sufrí ese síndrome con unos tebeos editados por Garbo llamados Vampus. Se trataba de una revista de historietas de terror que fue la primera versión en español de Creepy.

Cuando conseguí completarla tras mucho batallar me he dado cuenta ahora que duermen en uno de los rincones de mi biblioteca desordenada, compartiendo espacio con novelas, discos y películas cuyo fin ignoro cuando no esté en esta vida tan idiota.

Y si les soy sincero tampoco me importa demasiado.

El final de todos estas piezas, objetos.

Por eso cada vez más me resulta tan curioso preguntarle a un coleccionista de verdad ¿no has pensando lo que le va a pasar a todo lo que has acumulado cuando te hayas convertido en un fantasma?

Y como es natural la respuesta que me ofrecen.

¿Y quién piensa en eso?

Saludos, aullando a la luna, desde este lado del ordenador.

Corre, corre, corre…

Viernes, Abril 22nd, 2011

“En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él.”

(La guerra de los mundos, 1898, H.G. Wells)

I.- UNA TRADICIÓN COMO OTRA CUALQUIERA

Lo hemos convertido en una tradición. Un amigo y yo quedamos de tanto en tanto para meternos en el cine y ver películas malas. Y cuando hablo de películas malas me estoy refiriendo a películas malas de verdad. 

Mi amigo y quien les escribe somos confesos seguidores del cine de ciencia ficción y de zombis pero como últimamente no se ruedan buenas películas de ciencia ficción ni de zombis, cuando salimos de la sala además de maldecir la estafa en la que voluntariamente hemos caído, aprovechamos el tiempo para echarnos unas risas porque gracias a estas escapadas tenemos una excusa para volver a una adolescencia me temo que ya perdida en la noche de los tiempos.

La última que nos tocó ver juntos fue Invasión a La Tierra: Batalla Los Ángeles (Jonathan Liebesman, 2011), una película que más de ciencia ficción es una película  bélica porque trata sobre un pelotón de Marines cuyos miembros responden a los estereotipos que hemos visto ya en numerosas películas de Marines. Es decir, heroico sargento que quiere superar el trauma de haber sido el único sobreviente de su grupo de combate en Irak; teniente inexperto, y soldada multirracial.

El enemigo en esta ocasión son unos extraterrestres que atacan nuestro planeta por su recurso natural más preciado –no, no se trata del petróleo–  como es el agua.

Huelga escribir que Invasión a La Tierra: Batalla Los Ángeles no vale un pimiento. Y no porque resulte ridículamente tópica, sino porque si no has hecho la mili (como es mi caso) se antoja un excesivo empacho de testosterona militar con denominación de origen Marine. Ese cuerpo del ejército norteamericano cuyo lema es ¡Semper Fidelis! Y que para darse ánimos se gritan unos a otros John Wayne, John Wayne tomando una vez más el nombre de ese hijo de puta que también sabía interpretar (dijo John Ford) en vano.

II.- HUBO OTRO TIEMPO EN QUE…

El caso es que ya no se hacen películas de ciencia ficción como las de antes. Y en este sentido sí que creo que la nostalgia no es un puto error.

Creo que el género cinematográficamente hablando arañó el cielo –como lo arañaron los titanes– en los años 50 del pasado siglo XX.

Esa década cuenta con un paquete de pequeñas producciones que lo explotaron con resultados más que aceptables y en muchos casos inquietantes.

Uno de esos títulos es El enigma de otro mundo (Christian Nyby, 1951), una producción de Howard Hawks que cumple precisamente en 2011 sesenta años. Volver a visionarla continúa provocándome sensaciones para nada encontradas. Y ello pese a que esta cinta cuenta con una potentísima puesta al día que firmó John Carpenter a principio de los 80.

De Carpenter es también, precisamente, 1997, Rescate en Nueva York, largometraje que cumple –ya ven ustedes– treinta años en 2011.

Sin embargo, si hay una película de ciencia ficción de los cincuenta que me atrapó, y cuya revisión se hace necesaria aunque pase el tiempo es La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956). Desde entonces se han rodado numerosas versiones de esta película pero la mejor sigue siendo la de Siegel.

Basada en la novela de Jack Finney, el filme narra la invasión de unas extrañas y vegetales criaturas del espacio exterior que crean réplicas exactas de los habitantes de un tranquilo pueblo de los Estados Unidos.

Los protagonistas de la cinta descubren que quienes fueron sus amigos y vecinos han sido sustituidos por estas réplicas. Réplicas que se comportan de una manera distante, fría. Son hombres, mujeres, ancianos y niños que carecen de emociones como los aprendices a cineastas a los que me refería en el post anterior. 

Siguiendo esta misma línea hay una pequeñita joya del género que bajo el extravagante título de Me casé con un monstruo del espacio exterior (Gene Fowler Jr, 1958) continúa explorando el simulacro solo que desde la intimidad de la alcoba.

La misma corriente se puede también detectar en la aún fascinante Invasores de Marte (William Cameron Menzies,1953); y renunciando al enemigo que se hace pasar por uno de los nuestros, guardo grato recuerdo de aquellas películas que sacaron todo el jugo posible al fenómeno del gigantismo por culpa de la energía atómica.

III.- ¡ACABEMOS CON LOS BICHOS!

Me refiero a filme tan extraordinarios como Them! La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), donde lo cotidiano se hace añicos ante una amenaza que, mientras no se muestra, resulta terrorífica. Esta película cuenta además con uno de los mejores inicios del género al mostrarnos a una niña en estado catatónico que deambula por un paraje desértico.

Jack Arnold daría una vuelta de tuerca al gigantismo en su imprescindible El increíble hombre menguante (1957), basada en la novela del mismo título de Richard Mathenson, probablemente el mejor escritor de fantasía de todos los tiempos.

Arnold jugaría también con bichos gigantes en su más que correcta Tarántula y se apuntaría a la corriente de los extraterrestres pueden ser también buenos en Llegó del más allá (1953), basada en un relato de Ray Bradbury, aunque en este capítulo el título más recordado continúe siendo Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) pero más que por su mensaje pacifista por el robot que acompaña a esa especie de heraldo de las naciones unidas del espacio exterior que responde al nombre de Gort.

IV.- ESA NOSTALGIA, HUMANO…

Hay muchas más películas. Algunas de ellas malas de solemnidad pero otras excelentes como la trilogía del doctor Quartermass (El experimento del dr. Quatermass, Val Guest, 1955; Quatermass 2. Enemy from Space, Val Guest, 1957 y Quatermass and the pit, Roy Ward Baker, 1967) y esa curiosa perla de ciencia ficción metafísica que continúa siendo Planeta prohibido (Fred McLeod Wilcox, 1956) y la injustamente olvidada La guerra de los mundos (Byron Haykin, 1953), que adapta muy libremente la recordada novela de H.G. Wells.

V.- UNA EXTRAÑA COINCIDENCIA

Lo curioso de todos estos títulos es que la mayoría se trataron de producciones de raquítico presupuesto, aunque la falta de dinero no escatimó la de la imaginación de sus guionistas y directores.

En todas ellas se da, además, las mismas constantes que en estos tiempos caracteriza a la ciencia ficción cinematográfica aunque se note una notable carencia de talento.

Léase la destrucción del planeta (en concreto de grandes núcleos urbanos como Nueva York o Los Ángeles) por extraterrestres. Y vistos desde casi todas las perspectivas. Es decir, desde la de un grupo de Marines con ganas de seguir dando tiros después de Irak y Afganistán o la de una pareja de civiles que solo quiere regresar a los Estados Unidos cruzando la frontera con México en la curiosa pero algo fatigosa Monster.

VI.- CONCLUSIONES

Que me parece curioso que el género recurra ahora a reinterpretar las cintas que se rodaron en los cincuenta, década en la que la amenaza al mundo occidental tuvo un nombre: el comunismo.

Hoy el miedo ha sido sustituido no ya por los musulmanes ni por lo narcotraficantes colombianos. No, el miedo hoy es mucho más peligroso y nos afecta a todos creando una sociedad bastante parecida a la que se reflejaba en la original La invasión de los ladrones de cuerpos.

Esa amenaza se llama crisis.

Y en toda crisis hay humanos que nutren como víctimas la ya amplia legión de desempleados y extraterrestres que no son los que aún conservan sus puestos de trabajo sino los que han hecho posible que de un plumazo desaparezca de nuestro diccionario las conquistas laborales que tanta sangre, sudor y lágrimas costó levantar en esta nuestra sociedad que hoy parece que rigen los marcianos.

O esos mismos invasores de Están vivos (1988), irregular pero políticamente incorrecta película del último profeta que nos queda del género: John Carpenter.

Saludos, al grito de ¡la unión hace la fuerza!, desde este lado del ordenador.