Mi Habana en el recuerdo, una novela de Agustín Ravina Pisaca sobre Canarias y Cuba

Miércoles, Julio 3rd, 2013

“Eran las seis de la mañana cuando un estruendoso ruido resonó en la habitación. Jorge y Bernardo se levantaron sobresaltados, parecía que el cielo había caído sobre La Haban. Se asomaron al balcón del hotel y observaron como una cortina de agua –como si fuera una manguera proyectada desde el cielo– descargaba su caudal con potente fuerza sobre la ciudad. Jamás en las islas habían visto caer agua con tanta intensidad. Al fondo, en el horizonte y sobre el mar, se dibujaban infinidad de rayos que iluminaban constantemente la noche”.

(Mi Habana en el recuerdo, Agustín Ravina Pisaca)

A lo largo de la historia las relaciones entre Canarias y Cuba han sido significativamente estrechas. La emigración que en tiempos tormentosos como los actuales obligó a miles de canarios a buscar trabajo en la mayor de Las Antillas así como el éxodo masivo que cubanos emprendieron rumbo al archipiélago tras el triunfo de la revolución castrista pedía una novela que rindiera justicia a esos hombres y mujeres que desafiaron al destino y cuya épica existencial terminó por ser devorada por las circunstancias históricas que agitaron el Caribe durante el primer tercio del siglo XX.

Consciente del desafío ante el que se encontraba, el escritor Agustín Ravina Pisaca propone en Mi Habana en el recuerdo el relato de dos emigrantes tinerfeños, Bernardo y Jorge, naturales de La Gomera y Tenerife, respectivamente, en esta monumental obra en la que además de narrar cómo poco a poco y a base de mucho tesón y trabajo sus dos protagonistas terminan por insertarse en la sociedad, recorre  la vida del país desde mediados de los años treinta hasta principio de los sesenta. Lo que sirve de repaso para refrescar la historia de Cuba.

Cuba.

Un país que, al igual que Venezuela, podría ser considerado como la octava isla de Canarias porque ¿quién no tiene en esta tierra un pariente que se marchó para no saber nunca más de él?

Éste y no otro es el objetivo de la novela de Ravina Pisaca, un título que pese a su extensión (¡más de ochocientas páginas!) y en ocasiones irregular discurso narrativo expone sin máscaras para describir la forja espiritual que caracterizó a muchos de estos hombres para convertir sus sueños en realidad al mismo tiempo que se cubanizaban sin dejar de recordar su territorio de origen.

En este aspecto, lo mejor de Mi Habana en el recuerdo es seguir el itinerario existencial de sus dos protagonistas, así como la nostalgia que sienten ante unas islas que nos les ofrecía nada, salvo atraso y tradición.

Uno de ellos, Bernardo, se marcha de la isla obligado por problemas personales mientras que Jorge se evade por sed de aventuras para prosperar.

Una vez desembarcados en La Habana y para situar al lector, Agustín Ravina Pisaca salpica su texto con referencias históricas en las que cuenta los distintos conflictos que han configurado la radiografía política y moral cubana entre los años comprendidos –ya hemos dicho–  treinta hasta principio de los sesenta.

Estos capítulos históricos me han permitido refrescar algunos de los momentos más señalados de la biografía de ese país. Un país que despierta entre los iniciados contradicciones y mucho desconcierto. También demasiada pasión, lo que dificulta una lectura objetiva para intentar entender el rumbo que, finalmente, asumió la isla tras la entrada en enero de 1959 de Fidel Castro en La Habana.

Ciudad legendaria.

La obra de Ravina Pisaca da voz así a la diáspora, a los que se marcharon mientras abandonaban por el peso de la Historia lo mejor de su patrimonio sentimental como material en la isla.

Pero son estos, a mi juicio, los capítulos menos afortunados del libro, ya que quiebra el pulcro equilibrio entre cabeza y corazón que mantenía el autor hasta ese momento.

Cabeza al narrar el laborioso trabajo que desarrollan sus protagonistas para convertirse en hombres de provecho para hacer familia. Y corazón cuando las complicadas  tormentas políticas cubanas –tan extremas y trágicas– enturbian el contenido de la novela.

Mi Habana en el recuerdo es un libro que, pese a su extensión y pese a su inestable estructura, reúne los suficientes atractivos para aquellos que, consciente o inconscientemente, han sido inoculados con el virus cubano.

Una isla que se nota que Ravina Pisaca conoce muy bien, y que sus protagonistas recorren en los que quizá resulten los capítulos más innecesarios de la novela por su sabor a postal turística, pero que no manchan las intenciones de una obra ambiciosa y escrita con un profundo amor hacia Cuba y sobre todo, de ahí el título, a La Habana, una capital que aprendió a estar despierta las 24 horas del día y que deslumbró por fusionar modernidad y clasicismo para ser una de las ciudades de referencias del planeta hasta que llegó el comandante y mandó a parar.

Todos estos elementos hacen, pese a sus peros, que Mi Habana en el recuerdo me resulte un volumen singular. También una rareza en el panorama de la república de las letras que, actualmente, se escriben en Canarias.

Encuentro en el texto una agradecida reivindicación por los emigrantes que lo dejaron todo para ser personas y generar familia en un país que, aparentemente, les resultaba muy grande.

Familia inquieta,  se destaca en los capítulos finales del libro, cuando sospecha que la revolución transformadora no fue otra cosa que una sandía: verde por fuera y roja por dentro.

(*) La imagen corresponde a Nuestro hombre en La Habana (Carol Reed, 1959) basada en la novela del mismo título de Graham Greene.

Saludos, la historia nos absolverá, desde este lado del ordenador.

Hiroku: Defensores de Gaia

Lunes, Julio 1st, 2013

Si ves Hiroku: Defensores de Gaia (Manuel González Mauricio y Saúl Barreto, 2013) es probable que pienses que no eres un adolescente. Por mucho complejo de Peter Pan que te devore por dentro. Comprobarás así que la edad, esa palabra que sabe a ácido, pesa demasiado, que casi parece una roca que te has atado a los pies.

Veo así Hiroku: Defensores de Gaia sin pretensiones de recuperar aquel espíritu, aunque cuesta porque esta película está dirigida, precisamente, a un público comprendido en ese periodo de la vida en el que, por primera vez,  el mundo comienza a tomar sentido.

No sé, ni tampoco me importa, si con esto explico las sensaciones que me provoca Hiroku: Defensores de Gaia, aunque no deje de planear sobre mi cabeza que el filme llega tarde y que lo mejor de una película que nace con vocación de convertirse en serie sea, a mi juicio, no su animación en 3D sino la historia que ofrece.

Partiendo de esta premisa, Hiroku: Defensores de Gaia es un producto aislado, una curiosa rareza dentro del cine que se rueda en la actualidad en el archipiélago, aunque su apuesta es más ambiciosa porque tiene que hacerse mercado, dentro y fuera de estas islas.

En Hiroku ha participado un equipo reducido de personas para el estándar que exige este tipo de producciones. El equipo trabajó durante cuatro años de sangre, sudor y lágrimas para hacer posible esta producción que quiere explorar como exportar una idea de este archipiélago con imaginación. Más allá y hacia el infinito, lo que hace defender su inevitable factura de serie B dentro del actual cine de animación 3D.

Por ello y obviando su carácter de obra pionera al tratarse del primer largometraje de animación en esta técnica rodado íntegramente en Canarias, entiendo que Hiroku como historia tiene posibles. Yo al menos me quedé con las ganas de saber por donde demonios irá una película que no termina porque tiene continuará…

En cuanto a su guión, el espectador iniciado reconocerá numerosas referencias cinematográficas –desde la pareja del Gordo y el Flaco a Desafío total, Terminator y Ciudadano Kane, entre otras– y vibrará, como fue mi caso, con un inicio que rubrica una potente banda sonora del músico y compositor Raúl Capote.

Esto me hace pensar que Hiroku: Defensores de Gaia abre puertas que exigen ser exploradas y explotadas porque no camufla intenciones.

Hay buenos y malos.

Por un lado los defensores de Gaia, un grupo de hombres y mujeres, y por otro el malévolo Kane.

Un ciudadano Kane cuyo poder emana de saquear los recursos del planeta.

Los buenos, los defensores, operan desde una base de operaciones que se encuentra en las entrañas del Teide, y a este grupo se alía la tribu de  los neoguanches.

¿Hay que recordar que guanche se interpreta como los hijos de la tierra?

Con independencia de molestas lecturas nacionalistas, éste es uno de los elementos que más me atraen del primer largometraje de animación en 3D rodado en Canarias.

Me resulta curioso su discurso. También el hecho de contemplar en gran pantalla la imagen virtual de una isla cuya realidad actual pinta tan mal.

Admito que refresca mi espíritu, y que pienso, mientras observo esas escenas en las que aparecen hombres y mujeres tatuados y con palos entre las manos, en las posibilidades que ofrece desacralizar nuestro manipulado pasado para, irónicamente, reivindicarlo a modo de excéntrica y festiva bandera.

No termina sin embargo Hiroku de sacarle partido a este filón, claro que sus autores habrán calculado desarrollarlo en próximos episodios…

El puñetero continuará…

Con todo, Hiroku: Defensores de Gaia es un título que intelectualemente supone un gran paso hacia adelante en el cine que se rueda en estas tierras pero también una modesta pisada en el cine de animación en 3D  que se rueda y estrena en la actualidad en nuestro sufrido planeta.

Saludos, hacia el infinito y más allá, desde este lado del ordenador.

Un libro de poesía escrito con las voces de los primeros pobladores de Canarias

Miércoles, Junio 26th, 2013

Un libro de poesía escrito a partir de las voces que utilizaban los primeros pobladores de Canarias ha dado como resultado Achicaxna xaxo agual. Palabra de momia paria, del escritor y periodista Agustín Gajate Barahona, volumen editado por Ediciones Aguere y Ediciones Idea y que será presentado el 4 y el 19 de julio en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, respectivamente (1).

El autor ha empleado en este libro palabras que aún se conservan y que proceden de las siete islas para dar forma a unos versos en los que describe la vida, la sociedad y la cultura así como su derrota, y, en algunos casos, su cautiverio y deportación de los primeros habitantes del archipiélago.

La obra contiene 110 poemas y nueve silencios, que simbolizan el gran vacío existente en el conocimiento de aquellos hijos de la tierra, que es el significado literal de la palabra guanche, y que conformaron heterogéneos grupos de población, perfectamente adaptados al entorno que habitaban, y que acumularon durante siglos valiosos conocimientos sobre las particularidades de la naturaleza insular, muchos de los cuales no son aprovechados en la actualidad.

Los textos forman parte de una investigación sobre las posibilidades de uso literario de la lengua guanche, tanto poético como dramático o narrativo, explica Agustín Gajate en una nota informativa, quien añade que “el punto de partida ha sido reunir el vocabulario que incorpora contenidos simbólicos o conceptuales susceptibles de un uso diferente al topográfico, biológico u onomástico. La recopilación realizada ha conseguido reunir más de un millar de palabras y todos los números hasta el 999, lo que puede considerarse como el umbral mínimo necesario para que una estructura de comunicación de uso parcial, como la lengua guanche, pueda ser utilizada como un medio creativo de expresión.”

(1)   Achicaxna xaxo agual. Palabra de momia paria, se presenta el 4 de julio, a las 19 horas, en la Casa Elder, sede social de la Mutua de Accidentes de Canarias, de Santa Cruz de Tenerife y el 19, a la misma hora, en la Sala de Actos Manuel Padorno de la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas de Gran Canaria.

Saludos, informamos, desde este lado del ordenador.

El zahorí del Valbanera, una novela de Juan Manuel García Ramos

Viernes, Junio 14th, 2013

“- Y ya está bien de contarte historias por hoy. Ya sabes más de mi vida que yo mismo, me has hecho memorizar cosas de las que ni me acordaba. Pero te digo algo: tu manera de escuchar mis pasos por esta vida, la atención que has puesto, el interés que me has demostrado, me permite presagiar algo, y esta vez voy en serio, esta vez hablo como zahorí de profesión: algún día te harás escritor y terminarás por contar todo lo que has oído de mis labios.”

(El zahorí del Valbanera, Juan Manuel García Ramos, colección Narrativa, Baile del Sol Ediciones)


Las dos últimas novelas de Juan Manuel García Ramos son ejercicios narrativos en los que el escritor solo quiere contar historias. Se pone fin así al cripticismo experimental que caracterizó muchos de los textos de la generación del 70. Parece que ahora García Ramos, como otros compañeros de aquel fenómeno literario, desea ampliar su círculo de lectores. Llegar a un público que además de reconocer literatura quiere entretenerse, emocionarse con la literatura.

Si en El guanche en Venecia se trataba de un texto que se acoplaba cómodamente y sin sonrojarse al género de la novela histórica, el escritor apuesta ahora con El zahorí del Valbanera por la memoria familiar y también la fábula en un texto desconcertante para los que hayan seguido la producción literaria de su autor.

En este sentido, El zahorí del Valbanera es un libro que entretiene y, lo que es mejor, contagia emociones. Una novela que parece escrita más con el corazón que con la cabeza, lo que a mi juicio maximiza el interés de una obra que en apenas un centenar de páginas hace conmover y, de alguna manera, reconciliarme con las raíces de la geografía que habito.

En su nueva novela, Juan Manuel García Ramos no camufla intenciones, y ya desde el principio avisa que se trata de un libro en el que quiere reivindicar la memoria de su abuelo, pero también de todos aquellos canarios que en algún momento de su vida se vieron obligados a marcharse de su tierra por necesidad.

Esta temática resulta inquietantemente actual con los tiempos siniestros que vivimos, aunque hay otras reflexiones que empapan las páginas de un libro que se lee de una sentada.

Por un lado, describe con vigor narrativo la conexión –debido a las circunstancias– que unió durante unos años de penuria los destinos de Canarias y Cuba. Y por otro, permite al escritor reflexionar sobre la atlanticidad, pieza maestra que forma parte del discurso en el que se apoya el imaginario de García Ramos.

El zahorí del Valbanera es además una novela cuidadosamente didáctica, en la que su autor repasa y subraya cómo afecta a sus protagonistas, en especial a José Aquilino Ramos, su abuelo materno, lo que significa ser testigos involuntarios de la Historia.

Un relato, el de la Historia, tan caprichosamente próximo al mito de Sísifo.

No abruma sin embargo el escritor con precisiones, obsesiva cronología de los hechos. No, Juan Manuel García Ramos no quiere resultar denso ni pedante. Muy al contrario, apuesta por la síntesis. En su novela lo que de verdad importa es la reivindicación de la memoria de un hombre que no lo tuvo fácil en la vida.

Un hombre bueno, que mantiene un diálogo con su nieto, el mismo escritor, mientras cuenta pedazos de una existencia entregada al trabajo en una tierra que no era la suya pero que terminó siendo algo así como suya tras su regreso a Valle de Guerra, localidad del nordeste de Tenerife con la que parece García Ramos quiere ajustar cuentas. Saldar una deuda histórica.

Como novela, El zahorí del Valbanera me parece así más sincera y menos pretenciosa que El guanche en Venecia. Lo que explica su grandeza. Quizá sea porque aquí ya no se trata de reivindicar nacionalismos extremos, recurriendo para ello a un mito más cercano al hombre de acero que a la realidad sino, precisamente, por narrar desde la distancia de un observador implicado la errática existencia de un canario de a pie. La de un hombre que se fue con lo puesto a otro lugar en el que tuviera la oportunidad de manifestar el concurso de sus modestos esfuerzos.

Tiene esta novela-memoria-fábula momentos que conmueven, y logra el escritor algo fundamental para todos aquellos que, como quien ahora les escribe, pide a una novela: que le entretenga y despierte emociones.

Ha logrado además que la leyera de un tirón. Sorprendido por el relato, por el cuadro que hace de un hombre que obedeciendo a su voluntad de presagio, salva su vida y la de sus tres amigos cuando el Valbanera, el barco que más tarde desaparecería en su trayecto hacia La Habana, hizo escala en Santiago de Cuba.

Sí se le puede reprochar a García Ramos una vez leída la novela que el lector exija más. Pero esto es así porque, al menos fue mi caso, José Aquilino Ramos pasó a formar parte de mi familia.

Ya he dicho que El zahorí del Valbanera despierta demasiadas emociones. También recuerdos de personas que han marcado mi existencia y que hoy, desafortunadamente, están ausentes.

Comparto así muchas de las emociones del autor, y agradezco su sereno equilibrio porque el libro nunca cae en lo cursi, en lo fácil. En explotar la lágrima ridícula.

Mencioné antes que está escrito en forma de un diálogo donde el abuelo materno narra su historia y en la que su nieto revela sus impresiones, la nostalgia ¿amarga? de recuperar una vida que hizo del trabajo su catecismo con el único objetivo de regresar a su tierra natal.

Concluyo, citando al autor de El zahorí del Valbanera:

“El nieto huye de idealizar a su abuelo, de convertirlo en una vida ejemplar, de aquellas que leía en los colorines de su primera infancia, pero no puede dejar de considerarlo una buena muestra de lo que fue la vida para muchos valleros de su época, abocados a salir de sus lugares natales a buscar el sustento y la dignidad negados por sus entornos de origen. La emigración siempre es una manera de negarnos a ser lo que otros quisieron que fuésemos. La emigración siempre es rebeldía, y esa actitud era la que el nieto admiraba en su abuelo cansado y vencido, arrepentido por no haber dado a su descendencia lo que él fue a buscar a América, una vida distinta, un mundo abierto, una alternativa a la condena dictada por lo alrededores del lugar de nacimiento.”

Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador.

Una estafa rápida y furiosa

Miércoles, Mayo 22nd, 2013

Las persecuciones y carreras de automóviles ha sido un tema recurrente en la historia del cine. Sin ánimo de resultar pesado, cualquier aficionado recordará los inolvidables cortometrajes cómicos de la Keystone Cops, y más recientemente y dentro siempre de las películas fabricadas en Hollywood, títulos que permanecen en nuestra memoria por sus espectaculares escenas de cohes como French Conection o Bullit. Sin olvidar, claro está, The Driver (Walter Hill, 1978) y Drive (Nicolas Winding Refn, 2011), en el que estas situaciones de alto riesgo se toman muy en serio, consiguiendo fusionar máquina y persona y que espectadores como quien ahora les escribe, que no sabe qué hacer con un volante entre las manos, sienta lo que debe ser un as de la carretera.

En los últimos años, sin embargo, el cine con automóvil ha degenerado en un discurso por la velocidad que preocuparía al mismísimo Marinetti. Lo escribo así porque ya no se trata de explorar la relación hombre-máquina, sexualidad en la que indagó el inquietante David Cronenberg en su aclamada Crash (1996) o Paul Haggis como metáfora de las relaciones humanas en Crash (2004), sino en contar historias (¿?) donde lo que importa es cuanta chatarra dejan los protagonistas diseminadas por la autopista.

Esta nueva vertiente, cuenta con sus clásicos, Los locos de Cannobal o La carrera de la muerte del año 2000, películas que si todavía sobreviven es porque no se tomaban en serio; color que desgraciadamente falta en las últimas producciones que llegan a los cines, todas ellas protagonizadas por actores cuyo nivel interpretativo se mide por el tamaño de sus bíceps, tías güenas y coches tuneados, elementos que se dan cita en la serie, son seis ya sus repetitivas entregas, Fast and Furious.

Este viernes, 24 de mayo, se estrena en salas este largometraje que dirige, es un decir, Justin Lin, con los mismos actores que han venido encabezando el reparto en sus anteriores capítulos, aunque en esta ocasión cuenta con el aliciente para el público nacido y/o residente en Canarias, ya que algunas de sus escenas se rodaron en localizaciones de Tenerife y Gran Canaria.

La película empieza de hecho en las Islas Canarias, concretamente en uno de los pueblos más bellos de Tenerife, Garachico, y varias de sus escenas de acción también se desarrollan, aunque sin determinar, en carreteras de esta tierra.

En este sentido, y confeso seguidor del cine de acción con automóviles incluidos, apunto que éste y no otro –es decir, que el filme se haya rodado en parte en el archipiélago– es uno de los escasos atractivos de esta cosa que dice ser una película y cuyo estreno en cine solo obedece a continuar explotando el filón Fast & Furious, serie que con el paso de los años ha ido estirándose como un chicle al que apenas le queda ya sabor a fresa.

Al margen de su insustancial guión, al margen de que este producto intente acariciar las megalomanías del universo Bond; al margen de que reúna todos los defectos del cine de acción de estos agitados y convulsos tiempos, no es que la sexta entrega de Fast & Furious sea una mala película, que lo es, sino que sorprende por su grado de estupidez para todo seguidor del cine de cuatro ruedas.

Conduce o muere” es el lema de los rápidos y furiosos. Así que muéranse de una puta vez es el pensamiento que no deja de rondarme por la cabeza mientras contemplo sus presuntas escenas de impacto, las de persecuciones a todo gas que están pésimamente rodadas y las peleas, casi siempre cámara en mano, alambicadas por un montaje que sufre el mal de San Vito. Huelga decir que no recoge en ningún momento el viejo y añorado espíritu de las cintas que hemos citado con anterioridad.

Esto me hace reflexionar que como producto de acción es un vehículo –¿cogen la ironía?– que puede frustrar a la legión de seguidores por este tipo de cine cañero, aunque soy consciente que existe otro público, ese que espera espectaculares colisiones aunque apenas se muestren por culpa de un velocísimo montaje, que se queda satisfecho con muy poco. Y si ese poco es una celebración del macarra reconvertido en pijo de asfalto, rodeado de cohes, música estruendosa y tías güenas, tanto mejor.

Vista con otra perspectiva, Fast & Furious carece de la ironía de algunos de sus ilustres precedentes, pienso ahora en la trilogía The Transporter o en las felizmente delirantes Crank, todas ellas protagonizadas por Jason Statham, un tipo que se ha metido a actor solo para ganar dinero –ahí su cameo final en Fast & Furious 6– y del que sospecho costernado ha quemado sus neumáticos para participar en productos como éste. Muy cotufero, sí, pero sin sal.

Los guionistas, que los hubo, no se rompieron la cabeza. Lo escribo para explicarme este despilfarro multimillonario que al menos, miremos su lado bueno, dio trabajo durante unos días a un puñado de habitantes de estas islas donde la palabra trabajo ya sabe a milagro. 

El sexto capítulo de Fast & Furious por contar, no cuenta nada. Pero no pasa nada, porque quien puso la pasta dedica este largometraje y sus capítulos precedentes a ese espectador que asocia cine con un cubo gigante de cotufas sin sal.

Puestas así las cosas, no sorprende que en boca de sus héroes/rebenques salgan frases tan chispeantes y con doble sentido como “es dura y tiene cabeza”; y que los protas, porque esta es una película de protas no de protagonistas, sean pedazos de carne con ojos. Carne moldeada gracias a muchas horas de gimnasio y acostumbradas –en la película– a salirse con la suya empleando indiscriminadamente la violencia.

Planteada en los últimos tiempos como filme de equipo, liderazgo que ocupa Vin Diesel que no es un mal actor cuando cae en manos de un cineasta con talento como Sidney Lumet (Find Me Guilty, 2006), y su mano derecha, el guaperas Paul Walker; la banda cuenta también con un inevitable graciosillo, de raza negra para más señas, así como de un asiático, otro negro experto en ordenadores y dos mujeres para redondear una familia que, en esta sexta entrega, se enfrentan a sus dobles en el que probablemente sea el mejor momento del filme, ya que en un arrebato de sinceridad paródica parece que hace guasa de su pobreza de ideas, lo que pone de manifiesto la inmensa tontería que es Fast & Furious.

Una película gruesa en el que los chicos rebeldes trabajan ahora al servicio de la ley –y no revelo nada nuevo de una cinta sin revelaciones y más estirada que un chile– personaje que encarna Dwayane Johnson, más conocido como The Rock, y víctima de las ambiguas burlas homo eróticas del negro que hace de gracioso.

Mientras contemplaba este desorden, agradecí no haber pagado el precio de la entrada ante lo que no es otra cosa que una estafa con todas sus letras.

Lo escribo así porque fui uno de tantos que se asistió al preestreno de este mismo martes, preestreno en el que no me cansé de observar como una pareja de tipos enchaquetados no cesaba de subir y bajar las escaleras de la sala vigilando y ordenando que se apagaran los móviles.

Tras superar la pesadilla, esa sensación terrible de estar perdiendo el tiempo, y dejando un día de margen para recuperarme de un visionado que me sabe a resaca monumental por beber agua de fuego, he llegado sin embargo a la conclusión que lo mejor de este preestreno fue ver a la pareja de Geyperman arriba y abajo en la penumbra mientras el público asistente aplaudía la primera escena de la película donde un cartelito nos advierte que estamos en las Islas Canarias, y escuchar un murmullo in crescendo cuando se observa a Diesel y Walker tomándose una Dorada Pilsen en plan “qué bueno es vivir aquí.”

La risa, no obstante, se hizo mueca cuando el mismo Diesel, en plan Mazinger Z, suelta entre buche y buche de cerveza lo relajado que es habitar en un sitio con tan buen clima y sobre todo sin ley de extradición.

Saludos, aún me duele la cabeza, desde este lado del ordenador.

La Feria del Libro, entre cuatro paredes

Viernes, Marzo 1st, 2013

La XXV Feria del Libro que se celebra en primavera en las dos capitales canarias cambiará este año su tradicional ubicación. Es más que probable así que este encuentro anual con los libros no se desarrolle en el parque de San Telmo de Las Palmas de Gran Canaria a finales de abril y comienzos de mayo, como en el parque García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife a finales de mayo y principios de junio porque es una manera de “ahorrar costes” y evitar su sacrificio.

Este es más o menos el mensaje que ha dirigido el director general de Cooperación y Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, el nacionalista Aurelio González, a los presidentes de la Asociación de Libreros de Tenerife y de Gran Canaria. También a  implicados en el sector del libro en las islas.

Las razones que esgrime González es la necesidad de su traslado a un espacio cerrado porque “no se puede hacer de otra forma.”

“No hay dinero.”

En este sentido, la XXV edición de la Feria del Libro que se celebrará en las dos capitales canarias se instalará probablemente,  y con el visto bueno de los presidentes de las asociaciones de libreros tinerferña y grancanaria, en el Recinto Ferial de Tenerife e Infecar, en Gran Canaria.

La noticia, que ya ha comenzado a circular, ha molestado a libreros, autores y lectores, los usuarios de la Feria. La mayoría coincide en afirmar que el cambio de escenario terminará por “desnaturalizarla” así como romperá con el espíritu que alienta un encuentro de estas características: sacar el libro a la calle.

La Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife ha vivido a lo largo de su historia una serie de cambios de ubicación que pone de manifiesto lo que podríamos denominar como su espíritu neurótico. 

Hago un ejercicio de memoria: la plaza de España, la plaza de la Candelaria, el parque García Sanabria –a mi juicio su espacio natural–, la calle de San José, las ramblas, la plaza del Príncipe y otra vez el parque García Sanabria.

Su espacio, reitero, natural.

En la capital grancanaria se ha tenido la suerte hasta este año de que el encuentro con los libros en la calle se celebrara de manera habitual en el recoleto parque de San Telmo. Ese parque, me recuerda un amigo de la isla que tengo justo delante de las narices soltando una risa más para adentro que para afuera “que ustedes los chichas llaman placita.”

Placita o no, la Feria del Libro había ocupado su espacio en la capital grancanaria. 

Y este año, pues no.

Aurelio González lo dice: ”es que no hay dinero.”

Y advierte: “o se monta en un espacio cerrado o no hay feria.”

“Ahorramos costes.” 

Una fuente me dice que los presidentes de ambas asociaciones de libreros están de acuerdo con esta medida.

Luego este 2013 no habrá Feria del Libro en la calle.

Sino dentro del vientre de un recinto ferial.

Pero ya saben, en tiempos de crisis la cultura es la primera víctima.

Saludo, que el último apague la luz, desde este lado del ordenador.