La felicidad amarga, una novela de Pablo Martín Carbajal

Lunes, Marzo 25th, 2013

A uno siempre le gusta volver a los lugares del pasado, o al menos a mí me gusta; es como ver fotos antiguas, aquello que vivimos justifica lo que somos hoy, o tal vez al contrario, lo que somos hoy justifica por qué en su momento actuamos así. Quizá a muchos esto último le parezca extraño, y más bien podrían pensar que somos los que somos por aquello de que vivimos, y se quedarán simplemente ahí, sin necesidad de justificar acciones de otro tiempo de la que quizás otros sí tengamos necesidad.”

(La felicidad amarga, Pablo Martín Carbajal. Ediciones Irreverentes)

Pablo Martín Carbajal presenta La felicidad amarga, título en el que explora algunos de los temas latentes en La ciudad de las miradas, a mi juicio su mejor título en lo que todavía continúa siendo una bibliografía escasa pero en la que ya se aprecia constantes, intenciones, desenmascaramientos dolorosos y no tan inocente –como pudiera parecer– que saben a un ajuste de cuentas, a necesidad de ser él mismo. Ya lo cantaba Harlan Ellison, ese extraño escritor de ciencia ficción norteamericano en uno de los mejores títulos del género de la anticipación: Tengo boca y debo gritar.

Con todo, La felicidad amarga me parece una novela meridianamente madura en la todavía incipiente trayectoria literaria de Martín Carbajal, claro que no quiero decir con esto que resulte la más redonda porque La felicidad amarga, título en el que propone un largo monólogo en el que da voz a Rafa, su protagonista, sabe a ratos pero sin su hondo dramatismo a Confesiones de una máscara, del maestro Yukio Mishima, un escritor que nos enseñó la épica de la derrota en esa pequeña obra maestra que es El marino que perdió la gracia del mar, y en la que concluye con inevitable resignación oriental que “la gloria como todo el mundo sabe tiene un sabor amargo.”

En este sentido, Pablo Martín Carbajal necesita seguir creciendo como escritor. Esto es que necesita creerse escritor y sobre todas las cosas desprenderse de los prejuicios y vicios que lastran aún, a mi juicio, lo que debe ser su identidad narrativa.

Me parece así que Carbajal todavía tantea, hace ejercicios, juega con una escritura que pide sinceridad, una marca si quieren a través de la cual identificarse y que sus lectores lo identifiquemos.

Y estos elementos, que percibo solo a ratos en La felicidad amarga, no terminan por dominar el contenido de una novela que sí, es intimista, pero que no logra mantener una coherencia global en el relato.

Un relato construido a base de recuerdos y en los que repasa con mirada demasiado generosa las relaciones de su protagonista con su entorno familiar e inocentemente crítica con el círculo de amigos que forjó en un periodo de la vida, como es la infancia y la adolescencia, también la primera juventud, que nos marca como personas.

Cuenta La felicidad amarga de todas formas con momentos que me sacuden por dentro, y este temblor, esa corriente eléctrica, me sabe a literatura porque entiendo que la literatura, la buena literatura, es la que consigue conmoverte, que consigas que seas feliz o te empape la tristeza con lo que lees, pero también es verdad que hay otros capítulos que dejan indiferente, que te parecen de relleno pese tratarse de un libro que apenas supera el centenar de páginas.

Pablo Martín Carbajal cuenta en La felicidad amarga la historia de un joven que busca desesperadamente su identidad. Reconocerse frente al espejo.

Tras pasar una larga estancia en el extranjero, su protagonista regresa a la isla, Tenerife, donde se da cuenta de la transformación que ha sufrido por dentro mientras intenta reencontrarse con esa felicidad inocente que da título a la novela para asumir finalmente que ya nada es lo que fue. O lo que era. Que todo cuanto vemos resulta efectivamente distinto cuando nos hacemos adultos y dejamos de ser niños. O nos obligan, mejor, a que dejemos de ser niños.

Planea así en La felicidad amarga un curioso e inquietante discurso en torno al fin del mito de Peter Pan, y de los distintos disfraces que a lo largo de nuestra existencia vamos asumiendo por imposición de cuanto nos rodea.

Martín Carbajal recurre para explicarlo con la metáfora de las muñecas rusas, objetos que ilustran estos procesos de cambio, un recurso literario legitimo pero que entiendo innecesario para dar grosor a esta historia de decepción resignada pese a su significado poético.

La decepción no es lo mismo que frustración. Y Rafael, el protagonista de la novela, no es un personaje frustrado sino un hombre resignadamente decepcionado consigo mismo. En este sentido, el escritor pone el dedo en la llaga aunque, paradójicamente, su protagonista asuma ese estado ante la vida para no decepcionar a los demás.

A mi me parece un discurso interesante, pero me resulta involuntariamente camuflado en el relato cuando –ese al menos ha sido mi caso– es con el que más me identifico y que el escritor solo recupera al final de la novela con el objetivo, presumo, de dar un giro no tan sorpresivo de 180 grados a lo que ha venido hasta ese momento desarrollando.

Donde se maneja muy bien Pablo Martín Carbajal es en el retrato de los miembros que componen su familia, personajes a los que observa con mirada teñida de nostalgia, y grupo que ha ejercido sobre su persona una cálida sensación de protección al educarlo entre algodones. Ello explica la obsesión de Rafael por salir de ese entorno e intentar ser él mismo en sus visitas a países castigados por la pobreza. No obstante, y sin que se explique, Rafael decide regresa a su hogar cargado de recuerdos y sensaciones. Materiales que han ido modelando un carácter que le hace entender que su pasado son un conjunto de recuerdos felices que ahora, y con la distancia de la edad, le resultan amargos.

Como lector me seduce la capacidad que tiene Martín Carbajal para retratar ese microcosmo familiar porque me reconozco en ese microcosmo familiar. También cuando Rafa se relaciona con sus viejos amigos y descubre que continúa cayendo en las mismas trampas en las que hemos caído todos los que de una y otra manera hemos vuelto al lugar en el que se encuentran nuestras raíces.

Hay un momento, especialmente revelador en la novela, en el que Pablo Martín Carbajal refleja esa sensación cuando su protagonista recuerda un juego de adolescentes como es el de verdad y consecuencia, pero es un destello que no repercute en el tono total de una novela que cuenta solo con destellos.

Se puede así entender que el protagonista esté harto de fingir antes los suyos porque tiene la necesidad de ser aceptado como es en sí mismo, pero desgasta que esa reacción natural alimentada por el miedo solo explote con accesos de rabia reprimida porque no salen del corazón sino de la cabeza. En este sentido, su personaje resulta demasiado cerebral lo que pone de manifiesto que le falte sustancia, cuerpo espiritual, eso que se llama alma.

En su aparente cripticismo, en su aparente intimismo, Martín Carbajal salpica la novela con pequeñas claves que al modo de llave quieren ser determinantes a la hora de explicar la supuesta reconciliación que finalmente alcanza Rafa consigo mismo, pero su tragedia interior, su tortura fruto más de la cobardía y el miedo a no ser reconocido, hace que apenas te identifiques no ya con su tragedia sino con su obsesión silenciosa.

Obsesión que lo acompaña tras conocer el suicidio a pronta edad de uno de sus compañeros de escuela. Pero esta muerte cruel solo es un añadido más al cáncer de la culpa que se reproduce en su personaje protagonista, y a larga no resulta tan determinante como a mi juicio se merecía.

Pese a todo, La felicidad amarga es una novela agradecida en la que su autor da un todavía tímido paso hacia adelante en su trayectoria como narrador. Un narrador que si encuentra finalmente su voz –esa voz con la que ha logrado a veces erizarme la piel pero que sin embargo reprime– promete un futuro en el que ofrecerá más de una sorpresa.

Saludos, luce el sol, desde este lado del ordenador.

Dos citas para anotar en la agenda

Martes, Marzo 19th, 2013

* Pablo Martín Carbajal presenta este miércoles, 20 de marzo, su tercera novela, La felicidad amarga (Ediciones Irreverentes) en TEA Tenerife Espacio de las Artes. En el acto, el autor estará acompañado por  el también escritor Ignacio del Valle, mientras que el cantautor Andrés Molina pondrá el acento musical a una velada que comenzará a las 20.30 horas. Carbajal es autor de Tú eres azul cobalto (2006) y La ciudad de las miradas (2010), aunque su perfil se torna más introspectivo con su última novela, La felicidad amarga, en la que explora algunos de los temas que ya circuló en La ciudad de las miradas.  

* Este jueves, 21 de marzo, se pone a la venta la tercera y última entrega de la trilogía de La Laguna de Mariano Gambín, que lleva por título –tras Ira Dei y El círculo platónico– de La casa Lercaro. El escritor presenta la novela ese mismo jueves en el Ámbito cultural de El Corte Inglés de la capital grancanaria a partir de las 19.30 horas acompañado de José Luis Correa y Daniel Montesdeoca y el viernes, 22 de marzo, a las 2o horas, en el Museo de Historia y Antropología de Tenerife (Palacio Lercaro) en La Laguna junto a Ana Oramas, Amaya Conde y Colola Chinea. La semana próxima, concretamente el lunes 25, el autor y quien ahora les escribe presentarán La casa Lercaro a las 20.30 horas en el Casino de Tenerife.

Saludos, en busca de la poción mágica, desde este lado del ordenador.

Palabra de Jedediah Leland

Jueves, Febrero 14th, 2013

* Cinemabandit es una web del cineasta Javier Fernández Caldas en la que además de proporcionar información sobre sus cortos, documentales y  La isla del infierno, su primer largometraje, ofrece también amplia información sobre los servicios que presta su productora y los proyectos que el director y guionista guarda en la nevera. Merece la pena explorar esta página, muy bien diseñada y que cuenta además con bastante material audiovisual y gráfico.

* Al parecer, problemas con su distribuidor actual, ha hecho imposible que los últimos títulos de la editorial Anagrama lleguen a las librerías canarias. Se rumora así que será Planeta quien asuma a partir de ahora la distribución en las islas de sus títulos. 

* El hombre que ama a Gene Tierney, del escritor Daniel María, y título por el que resultó accécit de edición del Premio de Novela Benito Pérez Armas, ha sido editado por La Página en su colección Synodos, narrativa. Se trata de un título en el que el autor mezcla variedad de géneros –narración, guión cinematográfico– y en el que se revela a un escritor profundo conocedor de las letras canarias. 

* La librería del Cabildo de Tenerife permanece cerrada no por el carnaval sino por inventario. Despejamos pues la duda de su posible cierre tras leer el comentario que una lengua maliciosa y anónima, of course, nos envió recientemente a este su blog.

* Las novelas de tres escritores canarios que publican en editoriales del lejanísimo territorio penísular coinciden en el mercado. Si en enero José Luis Correa nos presentó Blue Christmas (Alba Editorial), sexta entrega de su peculiar detective privado Ricardo Blanco, y en febrero el también grancanario Alexis Ravelo hará lo mismo con su esperada La estrategia del pequinés (Al revés), título en el que deja a un lado a su personaje de Eladio Monroy pero no el género negrocriminal, hay que sumar ahora el nombre de Pablo Martín Carbajal, de quien Ediciones Irreverentes publicará en marzo su tercera novela, La felicidad amarga.

Saludos, en cursiva, desde este lado del ordenador.

La versión del Ayuntamiento

Viernes, Diciembre 14th, 2012

El director-gerente del Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Jerónimo Cabrera, se pone en contacto con El Escobillón para responder algunas de las preguntas que planteamos en el post ¿Santa Cruz, ciudad leída?

Jerónimo Cabrera dice que la iniciativa nació tras un intercambio de correos electrónicos con Pablo Martín Carbajal, curiosamente uno de los escritores escogidos junto a Luis Alemany en Santa Cruz, ciudad leída. Una iniciativa que reproduce en diez paneles de cartón, y por varias calles de la capital, una selección de textos y citas de las novelas Los puercos de CirceLa ciudad de las miradas.

Jerónimo Cabrera dijo que la idea fue la de entresacar textos de ambos trabajos con el objeto de mostrar la visión literaria de Santa Cruz de Tenerife con una doble mirada: “la  del escritor consagrado y la de un novel”.

El presupuesto total de Santa Cruz, ciudad leída asciende a 4.000 euros, cantidad que se ha distribuido en pagar al asesor y seleccionador de los textos, el periodista Leoncio González, así como en la elaboración de los paneles distribuidos por distintas zonas del centro de la capital tinerfeña.

En cuanto al criterio de selección, Cabrera dijo que obedeció a “un sentido de la oportunidad” con el fin de armar una estructura discursiva para la promoción de la literatura canaria; los escritores canarios, así como la de despertar el hábito por la lectura entre los ciudadanos.

“Dotar de contenidos” a la ciudad, dijo el director-gerente del Organismo Autónomo de Cultura del Ayuntamiento.

Jerónimo Cabrera dijo que este proyecto tiene vocación de continuidad  aunque ”veía venir” la irritación que ha suscitado entre muchos escritores tinerfeños.

Alguno de los cuales todavía se pregunta por qué solo dos, y no diez escritores, aparecen en los diez paneles de cartón que participan en esta primera entrega de tan feliz iniciativa.

Una feliz iniciativa ¿bichada?

Saludos, Brown Sugar!, desde este lado del ordenador.

¿Santa Cruz, ciudad leída?

Miércoles, Diciembre 12th, 2012

Santa Cruz, ciudad leída es una feliz iniciativa del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife que propone leer, en una serie de paneles distribuidos por la capital tinerfeña, pasajes de novelas sobre una ciudad y sobre unos habitantes que, como cantó Eduardo Bercedo, “muere en soledad.”

Los textos seleccionados corresponden a las novelas Los puercos de Circe y La ciudad de las miradas de Luis Alemany y Pablo Martín Carbajal, respectivamente.

Luis Alemany radiografió con nervioso y compulsivo pulso narrativo un eficaz y tenebroso retrato de la capital y sus habitantes, de ahí los puercos de Circe.

Pablo Martín Carbajal, por su lado, supo describir en clave nostálgica y con acento crítico y resignado la soledad urbana que encierra una pequeña capital de provincias que, en este caso, es Santa Cruz de Tenerife.

Se trata, a mi juicio, de dos excelentes textos donde la ciudad en la que habito adquiere un notable protagonismo así como los personajes que deambulan en ambas historias, pero también resultaba inevitable  que algunos compañeros de oficio nada más conocer la noticia se hayan cuestionado:

1.- ¿Por qué Alemany y Carbajal?

Lo que sin florituras viene a decir: ¿por qué no me seleccionaron a mi?

2.-  ¿qué criterio se ha tenido en cuenta para escoger estos títulos y no otros?

Solo puedo encogerme de hombros porque las (in)decisiones del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife son como un jeroglífico, aunque no me parece mal que para empezar con esta modesta pero interesante iniciativa se hayan escogido, precisamente, Los puercos de Circe como La ciudad de las miradas ya que, a mi juicio, son dos buenas novelas para inaugurar un programa que espero tenga continuidad.

En los últimos años y gracias a la notable labor de un puñado de escritores, la capital tinerfeña está comenzando a resultar creíble como espacio literario.

En este sentido, y para conocer la realizad de esta ciudad en los años ochenta es de obligadísima lectura El caso del cliente en Nouakchott, de Jaime Mir, una novela pionera no ya por reflejar con ironía el paisaje santacrucero de aquella década sino también por presentarnos a uno de esos personajes –Jeque– que para mi es muy representativo de lo que podría denominar como carácter chicharrero.

Dr. R (JRamallo) explora en las entrañas de la ciudad –su Santa Pus que no es otra que esta Santa Cruz– en su cruda, explosiva y demoledora Cucarachas con Chanel, un título de lo mejorcito que se ha escrito sobre esta capital de provincias y que, mucho me temo, podría “olvidarse” en futuras ediciones de esta iniciativa que solo entonces en vez de feliz resultaría, a mi juicio, pobre e infeliz.

Javier Hernández Velázquez, por otro lado, se ha propuesto, con relativo pero no por ello menos elogiable esfuerzo, reivindicar la historia del siglo XX de la capital tinerfeña en su todavía díptico El fondo de los charcos y El sueño de Goslar, y Juan Ignacio Royo nos adentra en el asco y el miedo, la ruindad y la cobardía, la represión y el plomo con su El fulgor del barranco, una novela en la que recrea el Santa Cruz de Tenerife de los años de la Guerra Civil.  Royo regresa a la ciudad en Puerto Santo, un divertido sainete que se desarrolla a finales del siglo XIX y que logra, en algunos de sus capítulos, congelar la cómplice sonrisa del lector.

En esta apresuarada lista destacaría también el homenaje al santacrucero barrio del Toscal que realiza Gregorio Duque en los deliciosos relatos que agrupa en el volumen Pequeños homenajes, así como en la ambiciosa novela histórica El fuego de bronce, de Andrés Villanueva, un relato en el que su autor narra el frustrado ataque de la escuadra del contralmirante Nelson a las costas tinerfeñas.

Dentro de la estricta crónica periodística citaría los apuntes que firmó Francisco Pimentel con el nombre de Santa Cruz la Nuit.

Hay muchos más títulos en los que esta pequeña capital de provincias, de rancio espíritu burgués, es protagonista. Entre los más recientes mencionaría Entre bambalinas de la escritora Sonia Díaz Oval, titulo que presenta este mismo sábado, 15 de diciembre, en la librería de Mujeres. 

Muchas, en definitiva, novelas y cuentos que están contribuyendo a dar carne de ficción a una geografía urbana tan necesitada de voces que la doten, precisamente, de carne de ficción. 

Autores pues tiene el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife para continuar con una iniciativa que haga verdad que Santa Cruz es, efectivamente, una ciudad leída.

La pregunta que me asalta durante la redacción de estas líneas es si esta iniciativa continuará… Mucho me temo sin embargo que quede en uno de esos absurdos fuegos artificiales a los que ya nos tiene acostumbrado su Ayuntamiento, cada día más que errático en sus tomas de (in)decisiones.

El alcalde, José Manuel Bermúdez, señala: “a todos los que somos de Santa Cruz nos encanta leer cosas sobre nuestra ciudad ya sea sobre el presente o el pasado, pero este montaje nos ayuda también a aprender a vivirla, ya que nos permite evocar las imágenes que nos llegan a nuestra mente a través de la lectura de estos párrafos”.

La presidenta del Organismo Autónomo de Santa Cruz de Tenerife (OAC), la socialista Clara Segura, apunta: “el objetivo de este proyecto consiste en fomentar la imagen de la ciudad y, al mismo tiempo, a los escritores de las Islas.”

Dulces intenciones que desde esta bitácora esperamos no se las lleve el viento.

Un arco de más de treinta años separa a Los Puercos de Circe de La ciudad de las miradas… Lo insólito del caso, y ahí está la literatura escrita y que se escribirá sobre Santa Cruz de Tenerife, será ahora comprobar en sus  diferentes edades y en sus diferentes voces narrativas si continúa siendo verdad lo que canto Eduardo Bercedo.

Es decir, si la iniciativa Santa Cruz, ciudad leída nada más nacer ya ha muerto en soledad.

Saludos, ¿qué hay de nuevo, viejo?, desde este lado del ordenador.

Memorias de un perenquén

Sábado, Octubre 6th, 2012

Un pedazo de mi vida quedó triturado entre los dedos del destino cuando comenzaron a desaparecer las salas de cine del provinciano universo en el que me muevo. Demasiados recuerdos almacenados en unos tiempos donde hablar de vídeo, Internet y teléfono móvil sonaba a ciencia ficción.

La primera vez que escuché la palabra computador, no ordenador, fue de hecho en una película para mayores de 18 años en la que logré colarme. Fue en el teatro San Martín, y el filme respondía al nombre, si la memoria no me traiciona, de Scanner, dirigida por David Cronenberg.

No he vuelto a ver el filme, aunque sigo con bastante atención el cine que dirige este señor, canadiense con pinta de psicópata que cuenta con un buen libro en español escrito por Ana Pérez y Jorge Gorostiza, y que publicó en su día Cátedra.

En el disco duro de mi memoria está grabado al rojo la escena final de este largometraje y el fármaco que empleaban aquellos exploradores de la mente para mantener a raya sus poderes: el Efemerol

Caprichoso que es el recuerdo…

Desaparecidos los grandes cines de la capital tinerfeña ante el avance implacable del progreso –el Baudet, el Víctor, el Rex, el Greco, el Real Cinema, el Fraga, el Delta…– para reconvertirse algunos en multisalas, boleras o simple y llanamente en solares, paseo de vez en cuando frente a a sus fachadas para observar en que han terminado por convertirse aquellos espacios con los que aún mantengo una deuda pendiente y una complicidad al ofrecerme entretenimiento en una ciudad que respiraba por aquel entonces de otra manera.

Creo –con perspectiva– que la ciudad llenaba esos días sus pulmones con otra clase de oxígeno… Y que su gente respiraba un aire más puro. Y eso viviendo en la misma  pequeña ciudad de provincias en la que vivo. Solo que en aquel entonces todos sus vecinos se conocían como si formaran parte de una misma tribu.

Más que vecinos eran parientes aunque no te uniera con la mayoría de ellos ningún lazo sanguíneo pero sí el hecho de habitar un mismo territorio.

En aquellos tiempos ya remotos, mi padre que fue un señor de orden y por lo tanto de buenas costumbres, me inició en las primeras librerías que poblaban como setas la geografía de la ciudad.

El primer establecimiento de esta clase en los que puse mi huella fue en la ya mítica Goya, y una vez comencé a crecer, mis expediciones aventureras me condujeron a  buscar otros refugios repletos de libros muchos de los cuales ya no existen.

Quiero citar por ello dos librerías en las que sus responsables me descubrieron novelas y autores y en las que podía perder el tiempo hablando de esas mismas novelas y autores antes de que se pusieran de moda los clubes de lectura.

Jarama y La internacional, que así se llamaban, tienen por lo tanto parte de culpa de mi afición a los libros.

También son responsables de la profunda congoja que significó descubrir un buen día que habían colgado en su puerta el cartel de Cerrado.

Sin avisarme, sin prepararme para lo que fue sin duda alguna uno de los primeros grandes golpes a la línea de flotación de mi existencia en la tierra.

Es verdad que se abrieron más librerías y que se cerraron otras tantas, pero la magia que respiré en las entrañas de Jarama y La Internacional no me ha vuelto a tocar salvo en la Antonio Machado, en Sevilla, donde el librero que resultó ser un señor muy agradable, me recomendó que me llevara una antología de relatos de Joseph Sheridan Le Fanu que más tarde presté a un desgraciado y desagradecido conocido que nunca me lo devolvió.

Esto me hace pensar en cuánta razón tenía aquel aviso que colgaba en uno de los estantes de la mejor librería de viejo y libros usados que hubo en mi ciudad, Sonora, y en el que se podía leer a modo de advertencia: Libro prestado, libro robado.

Cansado de mis paseos por las librerías de la capital tinerfeña, amplié el radio de acción de mi recorrido a La Laguna donde aún se respira, imagino que por la Universidad, otra relación con los libros…

Si viajo al pasado me veo sentado en la guagua y sacudiendo la cuerda que servía a modo de timbre para avisar que bajaba en una de las paradas de aquella geografía en la que para engañar al frío te tomabas un café con leche y churros mientras le echabas el primer vistazo a la pieza que horas antes habías adquirido en Lemus.

Luego regresabas a la capital tinerfeña donde el tradicional frío lagunero desaparecía como por arte de magia.

Eso sí, abriendo y cerrando la boca para desentumecer los oídos y oliendo, por desgracia, las pestilencias que de tanto en tanto emanaba de la Refinería a modo de inquietante y contaminada bienvenida.

Escribo todo esto porque son recuerdos en los que coincido con tres escritores tinerfeños que han tenido el acierto de trasladar esta memoria más o menos en sus novelas.

Los escritores se llaman Jaime Mir Payá, Pablo Martín Carbajal y Javier Hernández Velázquez.

Los tres son de las pocas personas de mi generación con las que comparto una forma de ver y entender nuestro entorno no con una nostalgia sospechosa sino como un escenario literario en el que no falla la crítica mordaz y socarrona (Mir); el engorroso y asfixiante ambiente provinciano al que tanto le cuesta desprenderse a sus habitantes (Carbajal), o la reivindicación que reclama Velázquez en sus novelas sobre el pasado de una ciudad con el fin de que entendamos su caótico presente.

Escribo este post porque en el caso de Velázquez se produce, además, un extraño fenómeno que me une, sensiblemente, un poco más a su idea de ver el lugar que tanto le marcó.

Escribía líneas más arriba sobre salas de cine y librerías que forman parte de mi peculiar historia personal, circunscribiendo esta tímida reflexión a la tierra en la que nací y en la que todavía habito, pero es que hay otras librerías fueras de las fronteras que impone la isla que tanto para Javier como para mi son territorios míticos porque se han convertido en oasis para esos lobos con pieles de cordero que son los lectores.

Y si hay una que sobresale de entre todas ellas es Negra y criminal, la primera librería especializada en España en el género policiaco que dirige junto a su mujer el Don, o Paco Camarasa en Barcelona.

No, nunca he estado en Negra y criminal, pero háganse una idea que es como una especie de Meca para todos los que nos confesamos seguidores de una literatura que para nosotros es Literatura.

Con L mayúscula.

Este sábado, 6 de octubre y a partir de las 13 horas, Javier Hernández Velázquez presenta su última novela El sueño de Goslar en Negra y Criminal.

A continuación disfrutará–aunque me confiesa que no le gustan– de los imagino sabrosos mejillones que ya se han convertido en una de las señas de identidad de la Librería todos los sábados en los que toca presentación de libros.

Muy bien.

Bravo.

Palabra de un perenquén que últimamente tiene bastante olvidado el género porque está empeñado en viajar a otros lugares del mundo que requieren sus modestos esfuerzos.

Saludos, mirando hacia atrás sin ira, desde este lado del ordenador.