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Fucik y Brasillach ¡Muera la inteligencia!

Lunes, Agosto 19th, 2013

LA CARA

Tiene Reportaje al pie de la horca, del escritor y periodista checo Julius Fucik, ecos trágicos que todavía resuenan cuando lees sus páginas. Hojas que fueron sacadas de la cárcel donde esperaba la muerte por pertenecer al partido comunista checoeslovaco y agitar culturalmente el espíritu quebrado de un país en aquel entonces ocupado por el ejército nazi.

Leer Reportaje al pie de la horca adquiere dobles sentidos. En mi caso, además, una clarificadora visión de quien espera, consciente, la muerte. El libro es así una crónica despiadada de la cuenta atrás.

Recuerda Fucik en la primera página del libro lo que siente, lo que observa tras ser detenido por la Gestapo: “Estar sentado en la posición de firme, con el cuerpo rígido, las manos pegadas a las rodillas, los ojos clavados hasta enceguecer en la amarillenta pared de esta cárcel del Palacio Petschek no es, en verdad, la postura más adecuada para reflexionar. Pero, ¿quién puede forzar al pensamiento a permanecer sentado en posición de firme?”

En su último reportaje, Fucik escribe con admirable frialdad periodística sobre lo que siente, también sobre lo que contempla.

Resulta en este aspecto muy interesante el retrato que hace de tres agentes de la Gestapo, uno de los cuales “no consideraba el palo y el hierro como los únicos medios para interrogar. Le gustaba más la forma confidencial o las amenazas, según los casos, según valorara a “su” hombre. A mi no me torturó jamás, salvo quizás la primera noche. Pero cuando le interesaba, me entregaba a los demás con ese objeto.

Decididamente, era más interesante y complicado que los otros. Tenía una imaginación más rica y sabía utilizarla. Fuimos juntos a una cita inventada en Branik. Allí nos sentamos en una taberna al aire libre, mirando cómo la gente pasaba a nuestro lado.

- Te hemos detenido –me decía– y mira: ¿ha cambiado algo por eso? La gente pasea como antes, ríe, tiene sus preocupaciones igual que antes. El mundo marcha como si tú jamás hubieras existido. Seguramente entre ellos hay más de uno de tus lectores. ¿Y crees que por ti tendrán una arruga más?”

La lectura de Reportaje al pie de la horca resulta inquietante.

Inquietante porque como lector intuyes el proceso de degradación –físico y psicológico– al que fue sometido Fucik antes de ser ejecutado.

Inquietante por las relaciones que se tejen entre detenido y sus captores.

E inquietante porque eres consciente que estás leyendo su última historia.

Una historia que apenas abandona la aparente gelidez que se exige a todo reportaje periodístico que se precie.

Un estilo parco en palabras que reviste si cabe de mayor dramatismo a esta crónica de una muerte anunciada.

Palabras escritas por un hombre que hace testamento –sin dramatismos, solo aportando crudos hechos– con ellas.

Reportaje al pie de la horca está salpicado de retratos y momentos que hacen pensar que hombres así estaban forjados de otra pasta.

La resignación del protagonista se transforma en dignidad: “El vigilante con uniforme de SS que me conducía a la celda hizo un ademán de registrarme los bolsillos.

- ¿Qué le pasa a usted?- me preguntó en voz baja.

- No sé. Me han dicho que mañana seré fusilado.

- ¿Le ha impresionado eso?

- Contaba con ello.

Durante un rato rozó mecánicamente las solapas de mi chaqueta.

Es posible que lo hagan. Si no mañana, más tarde. O quizás no. Pero en los tiempos actuales… es bueno estar preparado…

- …Pero, por si acaso… si quiere usted enviar un recado para alguien… o si quiere escribir… No para ahora, ¿comprende?, sino para el futuro: cómo ha llegado aquí, si alguien le ha traicionado, qué conducta observaba éste o aquél… Para que todo lo que usted sabe se marche con usted…

¿Si quiero escribir? Como si hubiera adivinado mi más ferviente deseo.

Después de un momento me trajo papel y lápiz. Los oculté cuidadosamente para que en ningún registro pudieran ser encontrados.

Y no los toqué jamás.

Era demasiado hermoso, no podía tener confianza”.

Los últimos fragmentos de Reportaje al pie de la horca resultan dramáticos. Un dramatismo que no tiene nada con ver con la realidad carcelaria que describe Fucik sino por el cambio profundo que transmiten sus últimas reflexiones.

La conclusión amarga “de que mi juego se aproxima a su fin”.

Aunque es consciente de que ya no se trata de un juego: “Es la vida”.

Trasladado a Berlín, Julius Fucik es fusilado el 8 de septiembre de 1943.

LA CRUZ

En el otro extremo de la balanza ideológica ubico a dos escritores franceses que pusieron su talento al servicio de algo en lo que creían, aunque la Historia no les diera la razón.

De Pierre Drieu de la Rochelle ya hablamos en su momento.

Antes de que fuera capturado por las fuerzas de liberación prefirió pegarse un tiro.

Esa muerte trágica que ya presagia en sus novelas y cuentos.

El fuego fatuo resulta así un título premonitorio, tráfico, fatal.

Refugiado en Suiza Louis-Ferdinand Céline, Robert Brasillach es sentenciado a muerte por orden directa del general Charles de Gaulle.

Brasillach se esconde, o lo esconden.

Nadie sabe donde está hasta que se entrega cuando su madre y hermana son detenidas por las fuerzas de liberación.

Comienza así un juicio “simbólico” en palabras de Simone de Beauvoir mientras intelectuales y escritores como Albert Camus, el católico y conservador Françoise Mauriac, entre otros, solicitan clemencia.

Pero la suerte está echada.

Brasillach escribe en la cárcel: “La vida es una broma de mal gusto. Para vivir hoy hay que saber reírse de la estúpida realidad”.

Entre su obra destaca una Historia del cine que firmó en colaboración con su cuñado Maurice Bardèche.

Robert Brasillach perdió la vida, tras ser fusilado, el 6 de febrero de 1945.

Saludos, ¡muera la inteligencia!, desde este lado del ordenador.

Leer es una aventura…

Viernes, Agosto 16th, 2013

Su nombre es John Meade Falkner y soy consciente que no les dirá nada a muchos de ustedes aunque si revelo que fue el autor de El diamante (Moonflet), novela de la que el maestro Robert Louis Stevenson dijo “es la que me hubiera gustado escribir” espero que al menos a unos pocos se le encienda el interruptor y no descansen hasta encontrarla.

La edición que poseo y ocupa un lugar privilegiado en mi biblioteca está editada en Destino, 1989, y es junto a Huracán en Jamaica, de Richard Hughes, dos títulos que, a mi juicio, son de referencia dentro del género de la aventura.

Un género, el de la aventura, para nada menor.

Como a tantas otras historias llegué primero a El diamante y también a Huracán en Jamaica gracias a sus dos excelentes adaptaciones cinematográficas, filmes que no se cansaban de reponer en televisión cuando la televisión aún funcionaba como eficaz vehículo de entretenimiento.

Los contrabandistas de Moonflet (Fritz Lang, 1955) es un título mayor en el cine de aventuras. Una obra redonda, deliciosa y que deja huella.

Protagonizada por Stewart Granger y un siempre colosal George Sanders, aún me conmuevo cuando veo esta película no ya por su tétrica atmósfera, retrato de personajes y contenida puesta en escena, sino por el respeto y el cariño con el que logra trasladar el espíritu de la novela original.

Recomendaría, en este sentido, que pese a ver visto un centenar de veces el largometraje, no se renunciara a leer la novela de Meade Falkner.

La versión de Lang no deja de resultar así, y pese a ser una grandiosa adaptación cinematográfica, una película que condensa una historia que como toda novela de aventuras que se precie no es otra cosa que un relato intenso de iniciación.

El diamante cuenta las peripecias del joven John Trenchard, un adolescente que narra en primera persona su peculiar odisea tras conocer al noble y duro Elzevir Block, jefe de una banda de contrabandistas que busca el diamante del legendario pirata Barbanegra.

“Me llamo John Trenchard y cuando comienza esta historia tenía quince años. Hacía varias años que había muerto mi padre y mi madre, y yo vivía con Miss Arnold, que era mi tía. Fue muy amable conmigo, a su manera, pero no pude tomarle cariño por su excéntrica rigidez y sequedad”.

El diamante, Moonflet, Los contrabandistas del Mooflet –Moonflet es la localidad en la que vive Trenchard– captura la atención del lector desde el minuto uno. Y sabe capturar la atención del lector desde el minuto uno porque Meade Falkner no solo fue un eficaz escritor para crear ambientes y atmósferas, sino porque supo ubicar en esos mismos ambientes y atmósferas a sus personajes.

Personajes, recordemos, que vemos a través de los ojos de un quinceañero.

No falta así cierta épica burlona en su retrato de Elzevir Block y de su grupo de contrabandistas, así como pinceladas con un inquietante tenebrismo cuando el protagonista desciende a la cripta donde presuntamente reposan los restos del pirata Barbanegra.

Perdonen así mi entusiasmo al reseñar estas líneas, porque no deja de resultar singular que esta maravillosa novela de aventuras leída con quince, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, cien años aún despierte mi adormilada alma de aventurero.

No sé, igual es por las lecturas que saco de la relación que mantiene el joven Trenchard con Block.

Trenchard ve en el jefe de los contrabandistas algo así como el padre que nunca tuvo y Block en Trenchard al hijo que le arrebataron.

Pero El diamante, como las buenas historias, cuenta otras historias y hace literatura.

En cuanto a su autor, reseñar que dejó escritas dos novelas más: The Lost Stradivarius (1895) y The Nebuly Cost (1903). También, que fue un triunfador en el mundo de los negocios. Lo escribo porque me entero leyendo la Wikipedia que hizo fortuna como ejecutivo en una empresa armamentística durante la I Guerra Mundial.

Nadie es perfecto.

Huracán en Jamaica es junto con La isla del tesoro, de Stevenson, la mejor novela de piratas de cuantas he leído…

Y créanme, he leído lo que se dice un montón de novelas de y con piratas.

Como todo hijo de vecino sabe, la historia inspiró otra gran película, Viento en las velas (1965) dirigida por Alexander MacKendrick, un cineasta por el que confesamos –esperamos– contagiosa devoción en este su blog que es elescobillon.com.

De su autor, Richard Hughes he conseguido en castellano además de Huracán en Jamaica (colección destinolibro, Ediciones Destino, 1989), El regazo del Atlas. Cuentos de Marruecos (colección Juvenil, Ediciones Alfaguara, 1987) y El zorro en la bohardilla (Editorial Sudamericana, 1963) que están muy bien pero que no arañan la grandeza de Huracán en Jamaica.

Una novela, esta Huracán en Jamaica, cuya lectura resultaría hoy políticamente incorrecta.

¿Por qué?

Hughes narra la aventura de un grupo de niños secuestrados por un grupo de patéticos bucaneros en aguas del Caribe y cómo las criaturas presuntamente inocentes se hacen con todos los miembros de la tripulación de ese navío que navega con bandera pirata.

Esta novela pone de manifiesto que “los niños siguen a sus mayores con el mismo afecto que las gaviotas a un barco”.

La novela, que es una novela de aventuras, está plagada de diálogos que parecen estar escritos al rojo vivo:

“Emily dormitó unos minutos; cuando despertó, aún estaba allí el capitán.

- Cuéntame de cuando eras pequeño –dijo la niña.

Jonson continuaba silencioso, tratando de proyectar su pesado espíritu hacia el pasado.

- Cuando yo era muchacho –dijo por fin–, no se creía de buena suerte engrasarse uno mismo sus botas marinas. Mi ti tiíata me engrasaba las mías antes de que saliéramos en el lugre.

Se calló durante algún tiempo.

- Hacíamos seis partes de la pesca… Una para la tripulación y una para cada uno de nosotros.

Eso fue todo. Pero a Emiliy le interesaba aquello enormemente, y al poco tiempo volvió a dormirse, feliz por completo.”

Tanto la novela como la película tienen una lectura curiosa y se me antoja que incómoda sobre la relación entre adultos y niños.

En un momento del libro un niño canta: “Érase una vez una llamada Emily, que durmió con un caimán”.

Pero nada es lo que parece.

Porque los inocentes aniquilan literalmente el espíritu de unos hombres rudos, curtidos en la mar, que se desarman cuando intuyen reflejos de su niñez perdida o nunca encontrada en el grupo de niños que han secuestrado.

Huracán en Jamaica es una novela moral.

Pero de una moralidad digamos que inquietante en estos tiempos de fascismo dulce que vivimos.

Su lectura despierta alarmas, aunque no sé si conciencias.

Su ética, que la tiene, aún confunde a los ciegos y tuertos.

Saludos, viento en popa, toda vela, desde este lado del ordenador.

¡Tekeli-li!

Lunes, Agosto 12th, 2013

“Dios me perdone; pero entonces, en el primer instante, un pensamiento relampagueó en mi mente, un pensamiento que no mencionaré, y sentí que avanzaba un paso hacia el resto ensangrentado. Miré de frente y chocaron mis ojos con los de Augustus, que tenía una expresión tan intensa y ansiosa que me hizo recobrar enseguida mis sentidos. Me precipité hacia adelante con un hondo suspiro y tiré aquello al mar”.

(Narración de Arthur Gordon Pym, Edgar Allan Poe. Traducción: Emiliana Lapuente, Colección Trébol, Edival Ediciones, 1978)

Es probable que fenómeno semejante se haya producido en alguno de ustedes. En mi caso, si hay un título que me zarandeó hasta espabilarme fue Narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, novela en la que el autor de cuentos macabros y de misterio como El gato negro y El corazón delator dio lo mejor de sí mismo. Lo que no explica, sin embargo, que continúe siendo uno de sus trabajos literarios menos reivindicados. Menos celebrados por sus seguidores.

La razón quizá se deba a que se trata de una novela, la primera y única del escritor, que aún desubica a los aficionados a Poe.

Yo, que también me considero aficionado a Poe, encuentro en Narración de Arthur Gordon Pym muchos de los elementos que contribuyeron a que su nombre todavía continúe latiendo con la misma intensidad que cuando fue escrita su primera y única novela.

Hace ahora exactamente 175 años.

Es decir, casi dos siglos que se dice pronto y que parece que no son nada…

Leí por primera vez Narración de Arthur Pym cuando huía de la adolescencia.

Ya había caído en mis manos la doble antología de relatos del escritor editada por Alianza Editorial traducidas y con prólogo de Julio Cortázar, y tras impregnarme del oscuro universo del escritor, ese escritor que según H. P. Lovecraft “inventó el relato corto en su forma actual”, llegó a mis manos por casualidad la Narración de Arthur Gordon Pym en una colección para jóvenes editada con exquisito cuidado por Edival Ediciones que incluía además El cuervo con ilustraciones de Gustave Doré.

Recuerdo de Narración de Arthur Gordon Pym su impacto. El golpe brutal que significó la puñetera primera vez.

Ese delirio que desde ese entonces tan difícil me ha sido encontrar en otros tantos libros leídos, digeridos, asimilados en el centro de operaciones de mi caprichoso cerebro.

Tanto, que desde ese día Narración de Arthur Gordon Pym forma parte de mi biblioteca de cabecera. Un título al que ocasionalmente recurro cuando deseo evadirme de la realidad para enfrentarme, precisamente, a ella.

No sé si entenderán esta última clave, pero es de las pocas historias que releo y me parece otra siendo la misma.

En su estupendo ensayo El horror en la literatura (colección El Libro de Bolsillo, Alianza Editorial, traducción: Francisco Torres Oliver, 1983), el ya mencionado H. P. Lovecraft explica que la grandeza de Poe radica en que comprende “el mecanismo y la fisiología del miedo y de lo extraño: los detalles esenciales que hay que subrayar, las incongruencias y supuestos imprescindibles, preliminares o concomitantes al horror, que hay que seleccionar las incidencias y alusiones exactas que hay que dejar caer inocentemente de antemano como símbolos o prefiguraciones de cada paso importante hacia el espantoso desenlace posterior, los meticulosos ajustes de fuerza acumulada, la precisión inequívoca para el ensamblaje de las partes que hace perfecta la unidad a lo largo de todo el relato, y la atronadora efectividad del momento culminante, los delicados matices de valor escénico y paisajista que escoger para crear y mantener el talante deseado y vitalizar la deseada ilusión”.

Pero lo insólito del caso es que, además de esa calculada estrategia para generar inquietud, la lectura de Narración de Arthur Gordon Pym continúa resultando igual de fascinante que la primera vez por otras muchas razones.

Es decir, que funciona también como novela de aventuras y horror.

En este sentido, el relato está trufado de momentos críticos: un motín y una carnicería a bordo del bergantín de bandera norteamericana Grampus en su travesía por los Mares del Sur. Se describe también la dolorosa reconquista del barco, su posterior naufragio y los horribles sufrimientos que entre los sobrevivientes causa el hambre. Más tarde, Pym cuenta el rescate de los que aún quedan por la goleta británica Jane Guy.

Pero hay más.

Aún hay más.

Pym relata el breve crucero que inicia la Jane Guy por las inhóspitas aguas del océano Antártico y el descubrimiento –en tierras que jamás ha pisado el hombre– de un territorio donde nada es blanco y, mucho más allá, de un ¿continente? donde todo es blanco que puebla una raza de gigantes envueltos en sudarios y aves de níveo plumaje que custodian una catarata de niebla misteriosa…

Narración de Arthur Pym se interrumpe con la última anotación que su protagonista escribe en su diario, 22 de marzo –“múltiples pájaros gigantescos, de una blancura fantasmal, volaban sin cesar viniendo de más allá del velo blanco y su grito, mientras se perdían de vista, era el eterno ‘¡Tekeli-li!’”– aunque Poe añade una nota final para ¿aclarar?, más bien afirmaría que para confundir, lo que pudo suceder a su protagonista.

Son tantas las preguntas metafísicas que sigue generando esta obra maestra de la literatura universal que generó entusiastas continuaciones en su momento.

Entre las más populares, citaría la que firmó Julio Verne en 1897 con el título de La efigie de los hielos, probablemente una de las novelas más extrañas del escritor francés; así como el que, a mi juicio, es uno de los mejores relatos de H. P. Lovecraft, En las montañas de la locura, título en el que explota el universo encontrado por Poe en su Narración de Arthur Gordon Pym.

En las montañas de la locura narra una expedición de carácter científico por los por aquel entonces escasamente explorados territorios de la Antártida. Continente de hielo en el que los protagonistas de la historia descubren rastros de una civilización primigenia y unas extrañas criaturas en un aparente estado de hibernación.

En las montañas de la locura es una ¿novela corta? en la que Lovecraft sigue al pie de la letra lo que podríamos ya considerar como canon Poe: calculada estrategia para inquietar.

Se trata además de un texto en el que el escritor de Providence (Rhode Island) se revela como maestro –pese a su caprichosa lentitud narrativa, en ocasiones desarmante– dentro de un género en el que fusionó con talento ciencia ficción y terror.

Escribe: “Estábamos indudablemente en uno de los rincones más extraños y fantásticos del globo terrestre. De todas las tierras existentes aquélla era infinitamente la más antigua.”

La más antigua.

Michel Houllebeq, en su más que recomendable ensayo H. P. Lovecraft. Contra el mundo, contra la vida (Libros del tiempo, Siruela, 2006, traducción de Encarna Castejón) resalta: “Los héroes de Lovecraft se despojan de cualquier signo de vida, renuncian a cualquier alegría humana, se convierte en menos intelectos, espíritus puros que aspiran a una única meta: la búsqueda del conocimiento. Al final del camino les espera una espantosa revelación: desde las marismas de Louisiana a las mesetas heladas del desierto antártico, desde el corazón de Nueva York a los sombríos valles de Vermont, todo proclama la presencia universal del mal”.

Un mal que procede de los Antiguos.

Claro que primero lo intuyó Arthur Gordon Pym.

Edgar Allan Poe.

(*) La imagen que ilustra este post corresponde al filme A la conquista del Polo, de Georges Méliès, 1912)

Saludos, es lo que hubo, es lo que hay, desde este lado del ordenador.

El puto oficio de escribir

Jueves, Agosto 8th, 2013

Francis Scott Fitgerald dijo en cierta ocasión que sus mejores ideas procedían de otros. Cogidas al vuelo en torno, tiendo a pensar, de una mesa abarrotada de ginebra de estraperlo. Me imagino así al escritor cuyo talento era como polvo en las alas de una mariposa, según Hemingway, beodo a las tantas de la mañana y eructando alcohol, anotando con letra ebria en un cuaderno una frase, un relato entrecortado, de uno de sus compañeros de juerga en aquellos años locos que jamás volverán.

Escribo todo esto porque en los últimos tiempos y cuando hablo con gente que se dedica a escribir la mayoría insiste en la disciplina con la que organiza su trabajo.

Unos afirman que se levantan a las cinco de la mañana, que se ponen a teclear en el ordenador, se detienen para desayunar, darse un paseo por la ciudad que muere en soledad y volver a casa para comenzar de nuevo antes de irse –los que pueden– al verdadero trabajo que les da de comer.

Pasan así lo días, las semanas, los meses e inclusos los años robándoles horas al sueño, a momentos de ocio, a aguantar con estoicismo las órdenes de su jefe en el verdadero trabajo que les da de comer y jefe que casi siempre está amenazando porque para él no existen razones creativas que valgan cuando el escritor pretende justificar con ellas el cada día más aterrador tamaño de sus ojeras y que bostece cada media hora mientras mira de reojo el reloj de pulsera.

Y es que es muy duro esto de ser escritor.

Más cuando se asume como trabajo no remunerado: el puto oficio de escribir.

La mayoría de los narradores consultados insiste así en la seriedad con la que se estructuran la existencia para continuar con su narrativa. Lo que es muy respetable, así que da lo mismo la hora en que se levante o se acueste para escribir.

Es decir, que abra los ojos cuando apenas ha salido el sol para trabajar la novela o que los cierre cuando ya luce ese mismo sol.

Sí me inquieta, sin embargo, esa obsesiva puntualización, la de remarcar la hora en que se levantan para ponerse a trabajar en su historia. Entiendo, en la mayoría de los casos, que con ello se intenta alejar la imagen que se tiene del escritor profesional como un bohemio.

O un maldito borracho tipo Fitzgerald, un escritor, por otro lado, bastante exigente y disciplinado cuando escribía sus obras. Tanto, que en cierta ocasión llegó a decir que sus mejores frases se las debía a la ginebra de estraperlo que bebía con sus amigos o a solas, en ese momento en el que estaba frente a la hoja de papel en blanco, colocada en el rodillo de una máquina de escribir quiero imaginar que Underwood.

Los horarios que organiza un escritor para trabajar en su obra no debe ser entendido así como baladí, más bien me atrevería a afirmar en todo caso que a la postre es determinante en el producto resultante que llegará a mano de los lectores.

Creo que fue Mario Vargas Llosa quien dijo que el éxito de un escritor, un escritor dentro del sistema, y que por lo tanto puede vivir con su literatura, está en la disciplina. Que la bohemia pasó de moda.

Añade del Premio Nobel: “ahora hay que dormir, comer, y trabajar bien para destacar en la literatura”.

Lo que me hace sospechar que lo tienen muy difícil los escritores del arroyo.

Que son malos tiempos para descubrir nuevas flores en el cieno.

Que ya no son tiempos para descubrir talentos cuya obra todavía continúa emanando esa rabia de vivir que tan bien describió Chezz Merrow en su autobiografía. La vida de un músico de jazz blanco y enganchando a la heroína que quiso tocar como Lois Armstrong.

Es decir, como un ángel.

Los escritores del arroyo.

A esa panda le dedicamos en su día un post que, bajo el título de Un puñado de escritores inmundos, mencionaba a bastardos borrachines y drogadictos, a bohemios con mono permanente por la escritura como Jim Thompson, John Fante, Jack Black, William S. Burroughs, Charles Bukowski, Iceberg Slim, Edward Bunker, Hurbert Selby Jr., y añado ahora Don Carpenter y W. L. Gresham, entre otros tantos que hay que descubrir y cuya matemática, empapada de turbiedad, sí que resulta una ciencia exacta. Tan exacta, que todos ellos cuentan más o menos la misma historia: la rabia de vivir. La aventura de luchar contra sí mismo.

Y ellos mismos somos nosotros mismos.

Lo irónico del asunto es que estos escritores, como otros ilustres borrachos como Dostoievski, Joyce, el ya citado Fitzgerald o William Faulkner, fueron tan disciplinados con su trabajo como escritores que, sin atender a horarios, escribían cuando podían.

Hicieron así de su literatura más que un exorcismo una forma de explotar a sus demonios.

Los puedo ver sentados, de pie –como Hemingway, otro ilustre beodo–, acostados, escribiendo y escribiendo…

El puto oficio de escribir.

Saludos, escribiendo, desde este lado del ordenador.

Palabra de Yeyo Millet

Sábado, Agosto 3rd, 2013

Eugenio Millet.

No, Yeyo Millet.

Repaso un ejemplar del fanzine Papel pal culo (número 2, 1986) y leo la entrevista que, bajo el título de Con el Yeyo, firman V. Cañero y Jesús López.

Esa es la imagen –un poeta– que conservo de Yeyo Millet después de que se fuera discretamente de este planeta en marzo de 1991. No llegó a los treinta años.

Sonrío con las respuestas de Yeyo.

Y a medida que avanzo en esas páginas editadas a fotocopias, que ya no manchan las yemas de los dedos, retrocedo a la última década del siglo XX y veo a Millet subido encima de un banco de la por aquel entonces Rambla del general (¿o era del generalísimo?)  Franco.

Alza los brazos, se ajusta las gafas, y saca del bolsillo de su pantalón un texto que se pone a leer. Puede ser Mamá, tu séptimo hijo es maricón mientras cae la noche en una ciudad que todavía continúa siendo igual de gris que por aquel entonces.

Me conmuevo leyendo las respuestas de Yeyo.

Y ahí está, encima de uno de los bancos de la Rambla del general (¿generalísimo?)  Franco recitando versos que luego regalaba o dejaba que se los llevara el viento.

Escribo esto porque ayer, cuando alguien me preguntó si conocía a un autor libre, sin cadenas, alguien que escribe porque le sale de dentro y no le viene de fuera no pensé en ese momento en Yeyo.

Esta mañana, rebuscando entre papeles dispersos, me encuentro con el fanzine y leo la entrevista.

Y sé que sí conocí a un autor libre, sin cadenas. Alguien que escribía porque le salió de dentro y no porque le vino de fuera.

Un poeta –yo, que conozco pero que no leo a poetas– que me hizo creer en los poetas.

Esto son solo fragmentos de lo que ya considero una histórica entrevista

1.- ROCK

- Y volviendo al rock, ¿qué te parecen los músicos de rock?

- Uno los conoce a todos, por suerte y por desgracia… Los músicos de rock suelen ser unos narcisos, unos infantiles, unos burgueses. Es curiosos, pero el R&R en el fondo es muy poco revolucionario, cosa que no sé… a mi me gusta mucho el R&R, pero también me gusta la revolución. Pero el R&R es completamente antirrevolucionario o contrarrevolucionario.

- ¿Tú crees?

- Pero a mi me gustan The Smiths, The Cure, The Clash, The Cars…

2.- ESCRIBIR

– ¿Cuándo y por qué coño comenzaste a escribir?

- La literatura en mi está muy relacionada con mi hermano Guillermo Millet, “El príncipe de la poesía canaria”. Le debo mucho a él. Es una historia que comenzó en mí paralela a la suya… Yo soy poeta a caballo de mi hermano. Siempre…, pero ahora tengo una cierta independencia.

- Entonces influyó bastante la familia, los hermanos…

- Somos siete hermanos, todos comunistas.

- Mamá, tu séptimo hijo es maricón.

- No, el séptimo hijo de mi madre es comunista.

- ¿Y ya no eres maricón o qué?

- Sí, ya no soy maricón, ka,ka,ka…

3.- SOY RIMBAUD

- ¿Cómo que no escribes nada? ¿Y lo que últimamente publicas, “refritos” entonces?

- Estoy muy mal en el aspecto literario. En prosa hace mucho tiempo que no hago nada, solo imbecilidades. Me he puesto a escribir, pero no me concentro… Y en poesía escribí mucho, pero me cansé y hace un año que apenas escribo poesía para nada. Hago cancioncillas ligeras, cosas que no esperaba en mí porque yo procedo de la poesía más clásica y escolástica, pero creo que la he olvidado, como Rimbaud… Yo siempre he sido Rimbaud. Y soy Rimbaud.”

4.- VOLVER A ESCRIBIR

– Hace mucho tiempo que no escribo nada. Muchos años. Cuatro años a lo mejor. Lo que he escrito nuevo ha sido muy poco. Más bien reescribo. Me interesa ese término dentro de la escritura: la reescritura. Ya no escribo, soy modelo publicitario, sin embargo me interesa la reescritura…”

5.- ES-CÁN-DA-LO

- ¿Hablamos de la escritura en la isla…?

- En Canarias no hay literatura, apenas hay literatura… Lo que últimamente más me interesa es la prensa diaria, los periodistas canarios…

- Pero tú con la prensa has tenido más bien roces, como aquella historia del Diario de Avisos y Sánchez Robayna.

- Sí, sí, sí… No sé por qué.

- Algo de ti que impresiona es lo amante que eres del escándalo y como luego lo sabes explotar…

- Sí, debe de ser porque estuve haciéndome la calle durante mucho tiempo y eso me ha dado cierta facilidad para exhibirme sin pudor, como nadie se exhibe… Sí, sí… eso me viene de tiempo atrás.

6.- EROTISMO

- Hablemos de la Rambla, que parece convertida en un semillero de burgueses vacíos…

- Ay, yo a los burgueses los veo llenos de erotismo… En Santa Cruz hay una burguesía muy erótica, erotiquísima… Muy Pasolini…

- ¿Ves más eróticos a los burgueses que a los chorizos?

- Sí, sí…

- ¿Y que a los proletarios?

- Sí, sí… Algo que no esperaba en mí, que me ha sorprendido mucho. El jovenzuelo burgués ha desbancado completamente al chorizo tercermundista, al madrileño chulapo… Por completo.

- ¿Y que al jevi de barriada?

- Sí, sí…

- Es que como los burgueses viven mejor se tiene que notar…

- Y son mucho más hermosos, mucho más maravillosos. Los burgueses adolescentes antes que los chunguitos… No me gustan los chunguitos, prefiero Venecia.”

7.- EXILIO SEXUAL

- ¿Hay exilios sexuales? Gente de la isla que vive en Londres, por ejemplo, por la posibilidad de tener una vida más digna y sin tanto rollo con las porteras, con las vecinas y toda esa historia.

- Sí, son exilios del lenguaje, exilios de la comunicación. El exiliado sexual es una persona completamente aislada del mundo, que las hay, que las habemos… Hay mucha gente que no participa de la actividad sexual. ¡Y seres hermosos y jóvenes! Como yo… Un ser completamente maravilloso, riquísimo, honorable y hermoso… ¡Sin embargo…!

8.- SANTA CRUZ, SANTA CRUZ

-¿Qué te parece Santa Cruz?

- Santa Cruz como ciudad es verdaderamente hermosa, de las más hermosas de España, si no la más. De Canarias, la ciudad más maravillosa para vivir es Arrecife.

9.- ARTE

- Y ya que nombras algo de Lanzarote, ¿qué te parece Manrique?

- A mi me parece que es un pintorucho. Siempre lo ha sido. Eso de las tierras y tal. Para mi César Manrique y Pepe Dámaso son dos pintoruchos.

- ¿Y Pedro González?

- Ah, maravilloso… Me interesa muchísimo. Muchísimo más que César Manrique y Pepe Dámaso juntos.

- ¿Y Gonzalo González?

- Sí, maravilloso… Y Millares.

- ¿Y Óscar Domínguez?

- Sí, tuvo una historia muy bonita: un bananero que se fue a París a pintar. Muy bonito.”

(*) La imagen que acompaña estas líneas es la portada de Pasto lascivo y otros poemas. Poesía incompleta 1979-1991. Eugenio Millet Rodríguez (colección Más que el mar, Baile Ediciones, 2002), al cuidado de Coriolano González Montañez.

Saludos, el amor es un tigre disfrazado de mariposa, desde este lado del ordenador.

M.A.R publica en septiembre Un camino a través del infierno, de Javier Hernández Velázquez

Miércoles, Julio 31st, 2013

El escritor Javier Hernández Velázquez publicará su próxima novela Un camino a través del infierno en M.A.R. Editor. Este título, que resultó finalista en la última edición del Premio Internacional de Novela Negra L’H Confidencial, que convocan el Ayuntamiento de L’Hospitalet y Roca Editorial, llegará a las librerías en septiembre y se presentará en la capital tinerfeña el 11 de octubre.

Un camino a través del infierno está protagonizado por Mat Fernández, un personaje que ya había aparecido en dos relatos cortos del escritor. La novela, con ecos a Dashiell Hammett, se desarrolla en una pequeña capital de provincias en tiempo de elecciones. Lo que promete cosecha roja. Roja de verdad. Con todas sus letras.

Los que conocen anteriores trabajos de Hernández Velázquez saben que Santa Cruz de Tenerife no sería la misma sin, precisamente, las novelas y cuentos de Javier Hernández Velázquez.

La capital tinerfeña es una protagonista más en El fondo de los charcos (colección Serie Negra, Baile del Sol Ediciones), una ambiciosa novela que se mueve entre lo emocional y lo sentimental, así como en El sueño de Goslar (colección G21 Narrativa Canaria Actual, Ediciones Aguere/Idea) una de las más atractivas muestras de pulp pop que se han escrito en este país en los últimos años.

El escritor es autor además de las proféticas Factotum y La identidad fragmentada (ambas en Benchomo) y un título, este último, a rescatar para comprender la idiosincrasia de los que habitan el archipiélago canario.

Javier Hernández Velázquez es autor también de una colección de relatos reunidos bajo el título de Los días prometidos de la muerte. En una de cuyas historias, La medida de la vida, puede estar Mat. Aunque Mat Fernández sí que protagoniza Los ojos de Henry Fonda, cuento incluido en la ya histórica antología G21: nuevos narradores canarios, una iniciativa editorial de Ánghel Morales, el responsable con nombre y apellido de descubrir y explotar este feliz movimiento.

También de advertirnos de lo que hay y habrá…

Por proximidad generacional y por haber nacido en la misma ciudad, son muchas las claves que reconozco en la literatura de Javier Hernández Velázquez.

Un narrador con imaginación desbordante –recurriendo al tópico– y un excelente creador de atmósferas –comparto con todos ustedes una broma privada que mantengo con el escritor– que fue el primero de su generación en reivindicar la vida y obra del poeta Domingo López Torres en la que, a mi juicio, continúa siendo su mejor novela: El fondo de los charcos.

Este viernes, 2 de agosto, y en la MAC, en Santa Cruz de Tenerife, podrán verlo en acción, posiblemente empañando el protagonismo del editor de este su blog, en la presentación de Yo debería de estar muerto (colección G21 Narrativa Canaria Actual), la última novela de otro compañero 21, Santiago Gil. Periodista y escritor que cuenta con dos títulos que, personalmente, contribuyeron a que cambiara mi percepción de la literatura que se escribe en Canarias. De hecho, me cambiaron la vida: Las derrotas cotidianas y Queridos Reyes Magos (Anroart).

No soy adivino, suspendí las oposiciones hace mucho tiempo, pero ver en directo a estos dos tipos promete…

Yo, mientras tanto, quiero leer Un camino a través del infierno.

Pero será en septiembre.

“Matar te asegura ascender como un meteoro en el escalafón. Cargarse a un hijo de puta como yo supongo que debe de tener su mérito y su recompensa. Abatir a una mujer embarazada… no sabría donde encuadrarlo. No me importó su suerte. Me desentendí del lógico ajuste de cuentas en prisión para un culo de diecinueve años o de la soga que quebró su cuello en las duchas. El auténtico culpable seguía vivo”. (Los ojos de Henry Fonda, Javier Hernández Velázquez).

Saludos, ¿esperar hasta septiembre?, desde este lado del ordenador.