Archive for the ‘Literatura’ Category

Mañana hablaremos del Gobierno

Martes, Julio 23rd, 2013

INTRO

Si fuera un adivino de la antigua Roma y supiera leer el vientre de una paloma podría vaticinar que lo que está pasando literariamente en estas costas es síntoma de que por fin argo está cambiando.

En la lejanísima Península –para quien escribe Expaña continúa siendo la Península– se están dando cuenta que aquí se escribe y que lo se escribe cuanto menos llama la atención sin renunciar a nuestra peculiar idiosincrasia y a nuestra también peculiar forma de hablar.

Nunca he entendido, en este sentido, por qué los amigos y conocidos peninsulares se molestan cuando les pregunto: “¿Vienen a cenar?” y me responde entre ofendidos y sorprendidos “tutéanos”.

¿Tutear?

¿Pretenden acaso que emplee el vosotros?

Esa segunda persona del plural me parece demoledoramente cursi.

- ¿Venís a cenar?

- Arrállate un millo.

No pretendo con este post reivindicar mi forma de hablar pero sí que, pese a que se esté perdiendo la sonoridad, a veces brutal, de muchas de las palabras que utilizaron mis padres y abuelos y bisabuelos y lo que hay más atrás, continúe empeñado en llamar fechillo a un cerrojo; zarcillo a un pendiente y mojo a la rica salsa canaria que cantara Caco, Juan Carlos Senante, en sus años de trovador.

No quiero decir con todo esto que los escritores de aquí –vivan o no aquí– insistan en sus obras en cómo decimos las cosas, pero sí que argo de todo esto se rastrea, precisamente, en sus obras.

Llámalo si quieres seña de identidad o simplemente forma de asumir una realidad que por circunstancias diversas, entre otras la puñetera insularidad, nos hace percibirlas con otro acento y con otro color.

Al margen de esta reflexión, mi objetivo es informar de una serie de iniciativas y novedades que se están produciendo en la república de las letras escritas en Canarias.

Si fuera un adivino de la antigua Roma interpretaría que los vientos son favorables y que para derrotar a nuestro característico miedo –si se observa desde fuera y afortunadamente desde dentro– lo que se está escribiendo en estos territorios atlánticos africanos llama la atención.

Y que si hubiera un faycán con dos dedos de frente podría aprovechar este interés y venderlo como se merece.

LA PUNTA DEL ICEBERG

* La última novela de Juan Manuel García Ramos, El zahorí del Valbanera (colección Narrativa Baile del Sol) es reseñada por Juan Cruz en Babelia.

* Alexis Ravelo obtiene por  La última tumba el XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe.

* Víctor Conde, escritor de referencia en la ciencia ficción y la fantasía que actualmente se escribe en Expaña, publica He oído a los mares gritar mi nombre (colección Stoker, Dolmen).

* El inevitable e imprescindible Ánghel Morales prepara próximos lanzamientos en la colección G21: Narrativa Canaria Actual como El peso del tiempo, de Gerardo Pérez, ya camino de la imprenta. Esperan mientras tanto salida Un crimen lejos de París, de Daniel María; 9 horas para morir, de Ángel Vallecillo; Cinco mujeres que no subirán al cielo, de Juan Andrés Herrera; Sándalo y rapsodia, de Juan Jesús Pérez; Mujeres, de Javier Marrero; Ucanca, de Gustavo Reneses y La Laguna de los olvidados, de Benjamín Barreto.

* Agustín Díaz Pacheco, quien presentó recientemente una reedición de Breves atajos (Ediciones Idea), prepara una antología de relatos –que presumo editará Baile del Sol– de escritores canarios y mejicanos tras sus 2.050 km. de palabras (Antología de relatos vasco-canaria); De la saudade a la magua. Antología de relatos luso-canaria y Entre Orientales y Atlantes. Antología de relatos uruguayo-canaria, por citar solo unas cuantas de estas experiencias de fusión, de acercar narrativas paradójicamente no tan diferentes.

* Y, para agitar un poco más las aguas, Juan Andrés Herrera anuncia que pone en marcha un nuevo proyecto editorial en Canarias, Neys Books y otro escritor lo mismo pero en Gran Canaria, una isla que está justo enfrente de Tenerife pero que por caprichos del carnavalero pleito insular se empeña todavía en que los que estamos a un lado y al otro de la orilla vivamos de espaldas.

Hay más.

Pero son rumores, entusiasmos que hasta que no se confirmen no puedo registrar en este su blog.

(*) La imagen que ilustra este post corresponde a Metrópolis (Fritz Lang, 1927), próximamente le dedicaremos un comentario a la fantástica novela de Thea von Harbou.

Saludos, una pared de madera nos salvará, desde este lado del ordenador.

La Forja, La Ruta, La Llama

Domingo, Julio 21st, 2013

Me imagino que como a muchos lectores las modas, las tendencias, los gustos, las obsesiones te las cocinas tú mismo. Es decir, que prefieres permanecer al margen de lo que te señalan y solo confías en lo que te dicta tu instinto.

Hace muchos años, demasiados quizás, me dio por leer toda esa literatura escrita en español sobre la que dicen es nuestra Guerra Civil, aunque para mi ninguna guerra es nuestra sino de quienes las provocan.

Confieso que lo tuve fácil porque mi padre logró armar la que, posiblemente, fue una de las más completas bibliotecas sobre la Guerra Civil que se pueda encontrar en estas islas.

Biblioteca en  la que además de volúmenes en los que se repasaba aquel conflicto en el que mi padre, como tantos otros, resultó una víctima involuntaria, contaba con novelas y relatos también que estaban al alcance de la mano de un aprendiz.  De alguien que solo sabía deletrear su nombre y al que el destino empujó a cogerlas para que entendiera un conflicto que no se cansan todavía en mantener abierto en el imaginario de sus bisnietos.

Así conocí la serie El laberinto mágico de Max Aub, fresco imprescindible para entender la debacle desde el lado de los que perdieron, los rojos; pero también un título igual de imprescindible para asumir lo que sintieron los que estaban del otro lado, los fachas, los rebeldes, los facciosos, como es Madrid, de Corte a Checa, de Agustín de Foxá, aristócrata cuyo nombre volví a reencontrar cuando leí Kaputt, de Curzio Malaparte.

Devoré, no leí, a Ramón J. Sender y su Crónica del alba y a Arturo Barea, entre otros.

Este post no pretende, sin embargo, orientar sobre títulos de aquella contienda a la que ya le dedicamos una entrada en su momento, pero sí para justificar la importancia que para mi ha sido encontrar esta misma mañana, mientras daba una de esas vueltas en torno al rastro instalado en la capital tinerfeña, con la cuarta edición de La forja de un rebelde en la que se integra en un solo volumen sus tres tomos: La Forja, La Ruta y La Llama, editado por Losada en 1966.

Es probable que a muchos el nombre de Losada no le suene a nada, pero para quien les escribe ahora estos libros formaron parte de la biblioteca particular de mi padre que, no sé cómo, se nutrió de bastantes de ellos cuando este país lo gobernaba un general de cuyo nombre no quiero acordarme.

Siempre me gustaron las portadas de los libros Losada, y el hecho de que fuera la editorial de los exiliados le confirió, si cabe, una histórica altura que el paso de los años solo ha hecho que crezca dentro de mi cabeza.

Losada nació en Buenos Aires, Argentina, a finales de los años treinta del siglo XX y aún funciona como editorial. Me entero, buceando en la red, que fue fundada por un hombre que amaba profundamente a los libros, Gonzalo Losada, junto a Guillermo de Torre, Atilio Rossi, Amado Alonso, Pedro Henríquez Ureña, Luis Jiménez de Asúa y Francisco Romero.

Lo demás es historia.

Aunque me quedo con un retrato del editor tal y como lo entendió el hombre que le dio nombre y forma a esta editorial:

“El editor ha de tener infinitas caras o facetas porque debe, en primer lugar, amar entrañablemente al libro por sus elementos físicos y por las ideas que contiene. En lo inmaterial, no hay manifestación del pensamiento y de la imaginación del hombre que no pueda ser reducida a fórmula y aprendida en un libro: la ciencia, la literatura, las artes, la matemática.”

No me planteo cuánto hay de verdad en esta cita que reproduzco de la página web de la editorial porque las verdades no hay que planteárselas. Pero quizá sea una de las razones que me han conmovido al toparme por casualidad, esta misma mañana y cuando ojeaba en ese oasis de felices encuentros y reencuentros que es el Rastro de la capitá en la que vivo, con un ejemplar de La forja de un rebelde que cojo entre mis manos intentando que no se aprecie mis emociones mientras paso sus páginas y veo impresa la firma de su anterior propietario, una firma diminuta, creo incluso que escrita a pluma, donde leo Rosy.

Hace mucho, mucho tiempo, que leí La forja de un rebelde.

Estaba en la biblioteca de mi padre, ya he explicado. Pero desapareció misteriosamente porque como sentenciaba aquel cartelito de la Librería Sonora: Libro prestado, libro robado.

Recuperarlo hoy lo asumo como una señal.

Porque cuando lo tengo entre mis temblorosas manos pienso, idiota de mí, que La forja de un rebelde vuelve. Y al volver, me invita a que lo lea otra vez.

A que cambie otra vez.

Las esquinas del volumen están castigadas por las huellas del tiempo y las páginas ya no son blancas sino amarillentas…

Ya en casa, repasando las hojas, me detengo en los títulos que se anunciaban entonces como novedades dentro de esa misma colección, Novelistas de nuestro tiempo, e intento imaginar quién fue Rosy, su anterior propietario.

¿Quién fue Rosy?

¿Le gustó La forja, La Ruta, La Llama?

¿Dónde estás, Rosy?

Rosy es una firma estampada en azul.

¿Debo escribir él o ella?

Redacto estas líneas con el ejemplar inclinado, como si estuviera leyendo estas apresuradas líneas.

Yo solo sé, concluyo, que releeré La Forja, La Ruta, La Llama como si fuera ayer.

Ayer es hoy.

Ayer es mañana.

Saludos, gracias, Rosy, desde este lado del ordenador.

Tres novelas sobre boxeo

Lunes, Julio 15th, 2013

INTRO

El boxeo ha sido una fuente inagotable de la que manan historias. En especial, en la literatura estadounidense, quizá la mejor que ha sabido reflejar el ambiente que rodea a un deporte del que se ha escrito ya casi todo.

Son numerosos los títulos que escritores de prestigio han dedicado a reflejar las gloria y miserias del boxeo. O una manera de visualizar en clave poética el combate con o sin guantes que significa el día a día. Ya saben, aguantar las trompadas que, espiritualmente, recibimos y las que repartimos en nuestra aparentemente pacífica existencia.

La escritora Joyce Carol Oates cuenta con un excelente ensayo Del Boxeo (Punto de Lectura) de obligada lectura no solo para los aficionados a las cuatro cuerdas.

Para Carol Oates el boxeo no es metáfora de nada sino simple y llanamente boxeo. Aunque también escribe: “La vida es como el boxeo en muchos e incómodos sentidos. Pero el boxeo solo se parece al boxeo.”

El ensayo de Carol Oates comienza desmontando algunos de los tópicos que, a su juicio, rodea al boxeo como género literario. Y si bien se puede estar de acuerdo con algunas de sus reflexiones, al final uno no deja de pensar que el boxeo es pura literatura. Llámalo si quieres el violento drama de una sucesión de ganadores y perdedores, aunque yo subrayaría en todo caso de perdedores. Algunos de los cuales resultan noqueados e idos tras la derrota.

En mi biblioteca particular cuento sin embargo con tres títulos que para mi son fundamentales para entender las otras dimensiones literarias que ofrece el boxeo.

Se tratan de novelas que leí conmocionado. Títulos que se preocupan más por describir ambientes y sensaciones de presión que, entiendo ahora, no han perdido su aliento de resistencia.

Una resistencia si quieren inútil, desastrosa, pero resistencia al fin y al cabo.

Llegué a dos de estos títulos primero por sus versiones cinematográficas.

Dos películas, por otro lado, excelentes ya que saben transmitir y muy bien el espíritu de su original literario pero que no terminan por superarlos.

Hago mal, no obstante, en comparar los libros con sus adaptaciones cinematográficas porque literatura y cine emplean lenguajes diferentes. Fórmula y estrategias narrativas radicalmente opuestas aunque el mensaje sea el mismo.

Es más, y pese a ver visto antes las películas, durante la lectura de esas dos novelas los personajes, salvo uno o dos, tuvieron rasgos y respuestas distintas a las que descubrí cuando vi la película.

Por último, recomiendo no cometer el error a probables lectores de recuperar estas cintas una vez hayan finalizado los libros. No vale la pena preguntarse por qué se omitió a ese personaje, cuáles fueron las razones que condujeron a sus guionistas a cambiar aspectos del original, a no respetar incluso su oscuro final.

LAS NOVELAS

Nunca llega la mañana (1942).- Nelson Algren se sirve de la ascensión y caída de un boxeador de origen polaco para escribir la que, a mi juicio, es una de las mejores novelas de este escritor que apostó en su literatura por hacer literatura de y sobre personajes del arrollo: boxeadores, prostitutas, drogadictos, malandros de poca monta. Hombres y mujeres desarraigados. En este sentido, pienso que es una pena que la obra de este potentísimo escritor de la calle no se haya reivindicado aún en España con la altura que se merece. Mientras tanto, muchos son los que pierden el tiempo citando a Bukowksi, a quien le encantaba que la gente perdiera el tiempo con sus novelas y relatos sobre todo en los años ochenta del siglo pasado, que fue cuando gozó de bastante popularidad, en especial mientras descansaban sus libros en las barras de los bares que iban de alternativos… Nunca llega la mañana es una novela donde todo se trunca, escrita con un poderoso lirismo que en vez de atenuar, multiplica esa sensación de crueldad que rodea a sus protagonistas. Gente que anda sin rumbo fijo hasta la desaparición definitiva. La edición que cuento de Nunca llega la mañana pertenece a la colección Reno, Luis de Caralt, editor, y data de 1968. La traducción es de Jesús López Pacheco y la portada es una de aquellas llamativas portadas de Reno firmada por Gracia. Esta versión de Nunca llega la mañana cuenta con una introducción del escritor Richard Wright, quien escribe: “La mayoría de nosotros, americanos del siglo XX, rehusamos reconocer la trágica vulgaridad a la que está condenada la gran masa americana: programas de radio febriles, superpublicidad, rascacielos aerodinámicos, películas de gran espectáculo, producción en serie… todo esto nos proporciona la ilusión de que nuestra vida interior es rica. Para ayudarnos a comprender mejor nuestro tiempo, Algren nos muestra lo que hay realmente en los nervios, el cerebro y la sangre de los hijos de nuestras calles”.

Más dura será la caída (1947).- Muchas son las voces que aseguran que, probablemente, la novela de Budd Schulberg sea una de las más grandes dedicadas al mundo del boxeo. No me atrevería a secundar esta opinión aunque sí que se trata de un libro que trasciende el boxeo para transformarse en Literatura. Conseguí no hace mucho un ejemplar a precio de saldo en el rastro de la ciudad que habito, publicado en Libros Plaza, por lo que sí que puedo asegurar que su lectura, pese al tamaño de letra microscópica, me  deja k.o. La novela, más allá del retrato de un periodista reconvertido en agente de prensa que vende a un púgil de segunda como de primera clase mientras recibe dinero fácil de su promotor, es una historia amarga. También una feroz reflexión sobre el fracaso y la explotación. Su lectura sabe por eso, en estos tiempos caníbales que vivimos, a necesaria. Schulberg retrata con distancia el carácter de todos sus personajes, por lo que no justifica las debilidades de uno ni la inocencia de otro, apodado Toro, un deportista que solo piensa en ganar dinero para que su familia, en Argentina, escape de la indigencia. Más dura será la caída es un ejercicio certero sobre la manipulación, así como un desagradable topetazo con la realidad. El escritor concluye que nadie está a salvo de caer en las bajezas humanas. Que no hay esperanza para la redención. Con suerte, se puede conseguir aún en Alba Editorial, que la reeditó en 1999. Los que no tengan esa suerte, puede recurrir a la versión cinematográfica firmada por Mark Robson en 1956 y protagonizada por Humphrey Bogart, Rod Steiger, Jan Sterling y Mike Lan, entre otros. Pero no es lo mismo. Y eso que el filme de Robson aguanta todavía el paso del tiempo.

Fat City (1969).- Leonard Gadner cuenta la historia de dos boxeadores, uno veterano y otro novato, al que las fuerzas de las circunstancias han retirado provisionalmente del cuadrilátero. La novela propone así un retrato de seres a la deriva que todavía estremece por su sabor a derrota. Un título que ladra rabia y que destila un poderoso sentimiento de fracaso que, como los dos títulos anteriormente citados, aún deja huella. Que sepa, no se ha vuelto a reeditar esta novela, la edición que consta en mi poder es de la desaparecida Euler así que háganme caso, si tienen la oportunidad de encontrarla no lo piensen más y llévensela a casa. Fat City es una novela que aún respira fuerza y sobre todo hondo calado humano. Lo que la hace más grande si cabe, porque se trata de una pequeña historia en la que apenas pasan cosas salvo el desmoronamiento vital y moral de sus dos protagonistas. Esto quizá explique la razón que llevó a John Huston a llevarla al cine en 1972. Fat City. Ciudad dorada reúne así muchos de los elementos que marcaron la carrera de este cineasta norteamericano que a mi, personalmente, me resulta extremadamente contradictorio. No he vuelto a ver Fat Ciy. Ciudad dorada, así que no sé como habrá aguantado el paso del tiempo, solo sé que cuando la descubrí en el cine fue algo así como una revelación…

(*) En la imagen Stacy Keach en Fat City (John Huston, 1972)

Saludos, tambaleándome, aunque aún en el ring, desde este lado del ordenador.

Sobrevivir a la isla

Miércoles, Julio 10th, 2013

Eran los años de instituto, una época que no tiene nada que ver con la que reflejan las películas y series norteamericanas, aunque algo de ese ardor juvenil se explayaba entre toda aquella tropa que se dividía en cómoda convivencia entre los que practicaban deportes y los que iban de intelectuales en unos tiempos en los que la sombra del General apenas hacía ya sombra porque había pasado a la historia, aunque el ambiente social y político que se respiraba resultaba aún demasiado complicado.

Y ese ambiente se reflejaba en el instituto, el Teobaldo Power para más señas, aunque no recuerdo peleas entre las derechas y las izquierdas pero sí encendidos debates que podían haber llegado a las manos.

Entre café con leche en el Unamuno, un bareto próximo a los institutos, o las tertulias improvisadas que nos montábamos tumbados en el césped de la plaza, los que leían compartían lecturas o bien se empeñaban en ganar prosélitos mientras se citaban títulos y autores que, por aquellos años, no solían enseñarse en clase.

Por un lado estaba la tribu que defendía a Hermann Hesse como el primer autor serio, y encima europeo que, explicaban, les había cambiado la vida.

Se mencionaba así Siddhartha, que siempre me pareció bastante hippy para mis instintos alternativos; Damien y, cómo no, El lobo estepario y Bajo las ruedas. En las filas de los lovecraftianos militábamos un reducido grupo que, náufragos en océanos sin nombre, nos empeñábamos en convencer a los hesseianos de la existencia del Necronomicón.

Luego te topabas con los que solo leían a Marx y su “fantasma recorre Europa”, y los nietzcheanos, quienes agitaban Así habló Zaratustra y El anticristo como si fuera bandera.

En mi grupo, donde siempre fuimos más angloamericanos, apenas nos atrevíamos a levantar la voz ante unos y otros para reivindicar El guardián entre el centeno y El señor de las moscas por temor a que esa pandilla nos respondieran que se trataban de naderías. Algo así como leer a una Enid Blyton que se tomaba en serio cuando yo era más de Los tres investigadores.

Otros autores que tenía que leer a escondida cuando llegaba al instituto era Ray Bradbury, y a Erich Maria Remarque, de quien adquirí su Sin novedad en el frente un Día del Libro organizado en el mismo instituto, y título que me cambió la vida. No he vuelto a leerlo otra vez, como no he vuelto a leer Guardián entre el centeno porque sé que la dicha ya no será la misma.

Un amigo me prestó un día y por aquellas mismas fechas una novela que, vino a decirme, es como la de Salinger pero en español. Se llamaba Edad prohibida, de Torcuato Luca de Tena, pero debo de confesar que a mi ese libro no consiguió abrirme ninguna puerta de la percepción, como tampoco las novelas de un autor por aquel entonces muy conocido, J. L. Martín Vigil, que le encantaba a una chica que por aquel entonces me atraía bastante.

Mucho más tarde se puso de moda leer a los sudamericanos.

Gracias a otra mano generosa pude así descubrir Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez que era el libro que estaba en boca de todos, aunque yo prefería los cuentos de Borges y Cortázar. Rayuela, de la que ahora se cumple no sé cuantos años, pues sí pero no. Entre sus novelas me quedo con Los premios…

Hubo más escritores sudamericanos, pero no llegué a ellos hasta mucho tiempo después creo que movido más por el rechazo en aquel entonces a lo que presumía no era otra cosa que una moda.

Moda fueron en aquellos tiempos El principito y Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach. Puedo entender sentimentalmente el éxito del relato de Saint-Exupéry pero no el de Bach, aunque por algún lado de mi librería debe de encontrarse uno de aquellos ejemplares, profusamente ilustrado y cuya notoriedad nunca alcancé a entender por qué.

¿Quizás porque entonces se leía El arte de amar, de Erich From?

La pibada que leía mientras tanto sacaba sus fanzines artesanales, perdía el tiempo dando la brasa en el kiosco de la Rambla –por aquel entonces aún conocida como del general Franco– y se resistía –era mi caso– a tomarse en serio las novelas y escritores que le recomendaban en clase.

Las novelas que nos mandaban a leer eran, entre otras, fragmentos de Don Quijote de La Mancha, y El árbol de la ciencia y Zalacaín el aventurero, de Pío Baroja; Luces de Bohemia, de Ramón María del Valle Inclán y San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno porque en mi clase, al menos, siempre llegábamos a fin de curso hasta la generación del 98.  Y si no…

En cierta ocasión me quejé amargamente a un escritor veterano que despreciara imprudentemente a Ramón J. Sender al serme impuesto obligatoriamente porque tocaba en examen La tesis de Nancy y la más entretenida Réquiem por un campesino español.

- ¿Por qué no incluyeron El bandido adolescente?- pregunté al escritor que tomaba un güisqui en vaso corto en la barra del Metro.

El escritor me miró de reojo y mientras tragaba una generosa ración de centeno destilado contestó:

- ¿Crees realmente que así lo hubieras descubierto?

Y la verdad es que no.

Probablemente lo hubiera leído a toda pastilla horas antes del examen.

Llegué más tarde a Sender porque tenía que llegar a Sender.

Todo esto que cuento es fruto del recuerdo. Aunque más que recuerdo se traten de sensaciones de recuerdo. De fragmentos de experiencias que me mostraron otro camino. Otra forma de ver las cosas.

Faltan muchos más libros. Como El señor de los anillos, de Tolkien, pero desembarqué en Tolkien por culpa de la película de dibujos animados y quería saber como terminaba la historia. No fui, en este aspecto, un tolkenmaníaco destacado. Por aquel entonces lo mío iba sobre criaturas innombrables a lo Lovecraft. Y sobre todo Stevenson, el escritor que me enseñó por primera vez la magia de leer gracias a La isla del tesoro; y Daniel Defoe, quien con su Robinson Crusoe me enseñó que es posible sobrevivir a la isla.

Aún estando solo.

En cuanto a literatura canaria, el único eco que nos llegaba era Mararía, de Rafael Arozarena, novela que, efectivamente, me obligaron a leer en el Instituto.Ya fuera y en sus alrededores, me llegó clandestinamente Crimen, de Agustín Espinisa. Y tarde, mucho más tarde, iniciado ya en los senderos de la novela negra, conocí a poetas y escritores canarios, una pandilla que se reunía para hacer tertulia en una tasca canaria.

Pero esa es otra historia.

Han pasado los años. Pero a veces tengo la sensación de que todo sigue como antes.

Que nada ha cambiado, en especial el nauseabundo olor que los gases de la Refinería dejan flotando en el aire de esta ciudad de provincias en la que vivo.

Mi mirada hacia atrás no está lastrada por el peso de la nostalgia sino por un ligero encogimiento de hombros.

Lo mejor, eso lo sé ahora, está siempre por descubrir.

Saludos, se nos fue Concha García Campoy, desde este lado del ordenador.

La Guerra Civil contada desde las trincheras

Domingo, Julio 7th, 2013

“El teniente José Unamuno es hombre de pocas palabras. Su batería habla por él a todas horas con un lenguaje rotundo y eficaz que no ofrece dudas. Pero sin querer, fraternalmente metidos en el hoyo que nos protege del viento, comenzamos a recordar al padre, allá en Salamanca, en otro mundo….

José extrae de su tabardo una carta arrugada que siempre lleva encima y que conservará siempre. Esta fechada en Salamanca y en ella se cuenta las últimas tribulaciones del viejo profesor que, semanas después de la sublevación militar, decía bien alto en su Universidad a cuantos querían oírle:

- Estos botarates descuartizarán a España y luego habrá que volver a empezar…”

(Artículo publicado en Estampa, febrero de 1937, e incluido en el volumen La guerra que yo viví. Crónicas de los frentes españoles (1936-1937), Jesús Izcaray, Cuadernos para el diálogo, 1978)


Encuentro en el Rastro de la capital tinerfeña, ese oasis en el que cada domingo descubro un libro que llevarme a casa a un precio que todavía tolera mi agujerado bolsillo, La guerra que yo viví, volumen que reúne algunas de las mejores crónicas periodísticas que firmó Jesús Izcaray durante la Guerra Civil española de 1936 a 1939 y que fueron publicadas en su día en periódicos y revistas como Mundo Obrero, Estampa, Ahora…

Se tratan de testimonios escritos en directo, en primera línea del frente por un hombre que advierte en la introducción del volumen que son artículos que narran “únicamente lo que vieron mis ojos y lo que escucharon mis oídos. Y no todo lo que escucharon…”

Momentos narrados con un lenguaje sencillo y tremendamente conciso en los que en apenas dos o tres trazos Izcaray da cuerpo a los protagonistas de un conflicto que sacó lo peor pero también lo mejor –país de insólitas paradojas– de lo que debe ser el carácter español.

Me pregunto mientras brotan estas líneas, como el nombre de Izcaray no ha sido reivindicado como se merece en la profesión que cultivo. No me explico como sus historias, piezas ejemplares de cómo se debe de escribir para un periódico, de cómo se hace también literatura cuando se escribe en un periódico, han pasado desapercibidas no ya en entre los que desempeñan este oficio sino incluso entre los apasionados a tema tan nuestro como es esa guerra que enciende pasiones y degenera en frustrados diálogo solo aptos para sordos.

Al señor Izcaray ya le dedicamos un post en El Escobillón.com en febrero de 2011 tras leer sus novelas autobiográficas Un muchacho en la Puerta del Sol y Cuando estallaron los volcanes, títulos publicados en su día en Akal y que encontré por casualidad en la biblioteca de mi padre.

Por eso, recuperar al escritor y al periodista en el Rastro de esta capital de provincias que, reitero, se ha convertido en un agradecido oasis en el que dejo que pase el tiempo mientras busco y rebusco entre pilas de volúmenes usados, me sabe a dichoso milagro. Y leerlo, a reconciliarme con un oficio que hoy ha perdido sus señas de identidad.

La guerra que yo viví es un gran clásico sobre unos tiempos nefastos visto por el ojo de un periodista con todas sus letras. Un título a la misma altura de El México insurgente o Diez días que conmovieron al mundo del periodista norteamericano John Reed. Crónicas, escribe Izcaray que “no son deliberadamente parciales. Con la verdad, me basta para defender nuestra causa”.

Una causa que el periodista y escritor muestra con descarnado realismo.

Un escritor con todas sus letras.

Un periodista y escritor que no renuncia a contar las cosas como las ve, un periodista y escritor que sabe imprimir a sus textos con honda ternura y un periodista y escritor que consigue que el lector viva, se emocione con su palabra

Escribe Jesús Izcaray que este libro compila crónicas que ya son historia, pero también lección.

“Terrible lección que, a cuantos nacimos en este país y a los que nazcan mañana, nos señala el único camino practicable de vida en común: el de la reconciliación, el de la libertad para todos, el de dirimir los inevitables conflictos de intereses e ideas civil y democráticamente, sin tiros y sin llamas”.

Miembro del comité central del Partido Comunista Español (PCE), es hora ya de reivindicar la grandeza de un escritor y de un periodista que con sus crónicas hizo arte con el oficio de informar.

Sus textos resultan equilibrados y escritos con una sencillez que desarma.

Apenas cae el autor en el maniqueísmo de unos años siniestros.

No, las crónicas bélicas de Izcaray se preocupan por los hombres y las mujeres, los niños y niñas, los ancianos y ancianas que se vieron envueltos por una vorágine que todavía no ha terminado de cicatrizar en las conciencias de sus nietos y biznietos.

Concluyo citando al mismo Izcaray, tomo este fragmento de un artículo titulado Tres batallas en un cerro (Mundo Obrero, febrero de 1937):

“Cuando el sol de la paz alumbre definitivamente lo campos de España y los hombres se miren con una sonrisa recién nacida, alguien, un español desconocido, que se acordará de nosotros, vendrá aquí, al Pingarrón, y reconocerá estos lugares con su mirada nueva. Nuestro hermano será feliz, pero yo creo que comprenderá los esfuerzos y la sangre que no costó su alegría.

Recostado en los montes de viento, mirará las tierras fértiles de nuestra patria. ¡Aquí fue! Entonces se habrán unidos los ángulos de España y sus pueblos se habrán hermanado. La vida se habrá poblado de himnos y todos recordarán a los que murieron… (Sí; tiene que ser así, ¡tiene que ser así!… Solo imaginándose así el futuro es posible soportar esto, esta tragedia desbocada, esta angustia diaria, esta muerte que, España adelante, siega plantas y piedras, árboles y hombres…)”

Saludos, pierden el tiempo si aún no lo han leído, desde este lado del ordenador.

Soy leyenda: Richad Matheson

Martes, Junio 25th, 2013

“Tosió atragantándose. Se dio vuelta y se apoyo en la pared mientras se metía las píldoras en la boca. Se cierra el círculo. Un nuevo terror nacido de la muerte, una nueva superstición que invade la fortaleza del tiempo.

Soy leyenda”.

(Soy leyenda, Richard Matheson, Minotauro, 1975. Traducción de Manuel Figueroa).

Fue el primero que redescribió el fenómeno.

Lo extraño y (sobre)natural está ahí.

Y cuando menos lo espera irrumpe para triturar tu realidad aparente.

Eso que llaman cotidiano.

¿Su nombre? Richard Matheson, quien desaparece sin hacer ruido en un año que, llegado a su ecuador,  lo añado a esa ya larga y lastimosa lista de ausentes imprescindibles.

Recuerdo perfectamente como llegué a las obras de Matheson.

Era por entonces un proyecto que lo convirtió, rápidamente, en uno de sus confidentes más rentables. En un maestro que sacudía la cabeza encanallado cuando apreciaba que perdía mi sentido de la incredulidad.

Esto me hace recordar el golpe que supuso leer –¿escribo leer cuando fue devorar?– Soy leyenda (1), un título tan mal aprovechado en el cine pero cuya lecturas aún conmueve y genera inquietud, al mismo tiempo que suscita preguntas sobre la aventura de el último hombre vivo sobre La Tierra.

O la igualmente pesimista El increíble hombre menguante (2), en la que un hombre felizmente casado comienza a reducir de tamaño para darse cuenta que no está felizmente casado y que los objetos cotidianos de su casa son instrumentos del diablo. Elementos hostiles que forman parte de una jungla poblada por un gato doméstico o una araña en la que continúa siendo una de las escenas de referencia del gran cine de ciencia ficción de los años cincuenta.

¿Y el mazazo que te dio La leyenda de la casa del infierno (3)?, novela en la que Matheson propone una inteligente revisión a las mansiones encantadas con ecos a esa obra maestra que es The Haunting of Hill House de Shirley Jackson.

¿Y El último escalalón (4)?

¿O la aventura romántica En algún lugar del tiempo (5)?

¿E incluso esa hermosa ficción sobre vida después de la muerte que es Más allá de los sueños (6)?

Richard Matheson es leyenda.

Sin él no existirían las excéntricas adaptaciones de Poe dirigidas por ese pirata de siete leguas que es Roger Corman. Ni algunos de los mejores capítulos de las míticas series En los límites de la realidad y La dimensión desconocida.

No olvides Duel, que dirige un barbilampiño Steven Spielberg.

Ni  los relatos cortos en los que narró un puñado de historias que aún cortan la respiración.

Pienso en Grillos

Y Lemmings

Y en El tercero a partir del Sol

O La caja

Y Pánico a 20.000 pies

Y Llamada nocturna

Y la escalofriante Cambio de cementerio que, a mi juicio, es uno de los mejores relatos de terror de todos los tiempos y que apenas ocupa cuatro páginas.

¿Eso explica que conserve como un tesoro el volumen II y III Shock? Libros donde se recopilaban sus relatos y que publicó en 1969 la mítica Organización Editorial Novaro que vendía en portada frases como: ¡¡¡Nuevas dimensiones de terror!!! o ¡¡¡13 (trece) relatos fantásticos que le dejarán una impresión imborrable!!! sin engañar a los lectores.

Gracias pues a su traductora: Hortensia Corona de Contín.

Ella y otros me enseñaron que Richard Matheson fue, ES, uno de los grandes escritores del género.

Un autor al que equiparo sin sonrojo a Edgar Allan Poe.

Retorció, trastocó mi cabeza mientras lo leía.

Así que su desaparición –y pese a que la tradición continúe en su hijo pero sin el encanto ni el revulsivo del padre– se silencia una voz que jamás dejó de ser coherente.

Un gigante.

Richard Matheson es leyenda.

NOTAS:

(1) Soy leyenda ha sido objeto de varias versiones cinematográficas:

El último hombre sobre La Tierra (Ubaldo Ragona y Sidney Salkow, 1964).

El último hombre vivo (Boris Sagal, 1971).

Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007).

(2) Hay una película sobre esta novela, todo un clásico del género: El increíble hombre menguante, Jack Arnold, 1957.

(3) Inspiró la cinta La leyenda de la casa del infierno (John Hough, 1973).

(4) La versión cinematográfica de El último escalón fue dirigida por David Koepp en 1999.

(5) La adaptación cinematográfica El algún lugar del tiempo la firma Jeannot Szwarc.

(6) Más allá de los sueños (Vincent Ward, 1998).

Saludos, el rey ha muerto, desde este lado del ordenador.