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Réquiem por ‘Letras Canarias’

Jueves, Enero 6th, 2011

El próximo 16 de enero cierra definitivamente su espacio en la red el portal Letras Canarias.

Las razones –según un e-mail que ha llegado a nuestro correo electrónico– es que su responsable no puede mantenerlo  tras diez años navegando contra viento y marea por el caprichoso océano de Internet.

En todo este tiempo, lamenta su fundador, coordinador y administrador, Antonio García Yedra, “nadie se ha ofrecido a echar una mano o aportar nada que no fuera su propia biografía, salvo tal vez una persona (Teresa Iturriaga) o enviar publicidad gratuita para su negocio. Periodistas, autores, editores, asociaciones, entidades públicas y escuelas literarias lo han usado para hacerse publicidad gratuita, pero nadie en diez años se ha ofrecido para colaborar o aportar ni un uno por ciento de los gastos que a una persona de familia obrera que vive de su esfuerzo personal le suponía.”

García Yedra, que pasará la historia de la cultura canaria por ser el que puso en marcha el primer portal de literatura canaria, explica en su escrito que son demasiadas las frustraciones que ha cosechado a lo largo de estos diez años intentado auditar a los escritores de estas islas. Y denuncia haber sido sometido a un continuado pirateo por parte de entidades que “han plagiado algunas redacciones de las biografías que recoge el diccionario de escritores” cuando él  procuró respetar sus fuentes “usando más de una y sin copiarlas literalmente”.

El portal Letras Canarias se nutría sobre todo por el “altísimo porcentaje de los escritores vivos que enviaron sus biografías” aunque en muchos casos tuvo que a adaptarlas para el formato del diccionario, recuerda.

“Nunca usé la página para mi promoción personal ni distinguí entre los que eran amigos o los que no. Con unos mínimos criterios de calidad, acepté lo poco que me llegaba o trabajé en propuestas ajenas pero no siempre, solo cuando tuve tiempo (ya que algunas sugerencias parecían encargos). Tampoco han querido servirse de esta plataforma gratuita quienes podían haberlo hecho. Ni siquiera ha habido una miserable reseña en los suplementos o las secciones de sitios web de la prensa local en ¡diez años! ¿O acaso creían que iba a hacerles la competencia a sus impresionantes negocios con varias páginas dedicadas a promover esos selectos servicios sexuales de los que comen tantos redactores en tanto que reducen o bien cierran páginas o suplementos culturales? Lo siento y gracias por todo.”

García Yedra advierte con ironía que quien quiera una enciclopedia de escritores canarios “que se compre la del Centro de la Cultura Popular Canaria, que no está nada mal.”

Y concluye que en estos diez años ha invertido de su bolsillo la cantidad de 1.000 euros. “Que Dios o quien sea me lo pague, aunque no creo que lo haga nadie.”

Tras anunciar el fin de Letras Canarias, García Yedra opta por ahorrarse “reflexiones sobre el hecho literario insular que, al parecer, no interesan a nadie, a menos que el adjetivo insular se entienda como individual.”

Saludos, a lo cuando un amigo se va algo se pierde en el alma, desde este lado del ordenador.

Poesía canaria: ‘Uni-Verso’

Domingo, Diciembre 26th, 2010

Nunca he entendido a los que van de poetas por la vida. Será porque desde pequeño me enseñaron que la poesía son todas aquellas cosas que eres capaz de apreciar sin necesidad (ni necedad) de poblarla de metáforas. En fin, que todos los que pensamos somos de alguna manera poetas aunque no te subas la bragueta.

Canarias es un territorio presuntamente poblado de poetas. Vates infelices que afortunadamente mantienen un respetable tren de vida gracias a dedicarse a otros menesteres. Eso sí, los fines de semana lo dedican a sus versos que terminarán por convertirse en libros que sus familiares, un puñado de amigos que ya tienen reserva en el paraíso y algún despistado adquirirán –no por amor al arte– sino por solidaridad y con independencia de que su autor sea hombre o mujer. O mujer u hombre.

He llegado a la conclusión –tras muchos años compartiendo mesa y mantel con ellos, con los que dicen son poetas– que a la mayoría hay que darles de comer aparte porque siempre tengo la sensación de que al estar rodeado de poetas huelo a círculo privado y ponzoñoso con todas las heces que genera esto de los círculos privados y ponzoñosos.

Y pese a todo (inocente e ingenuo que soy) reconocer que no deja de abrumarme que pese a la peste estoy curado del odio que se ventila en estos cenáculos sin ventilación y por lo tanto cerrados. Me pregunto, eso sí, ¿por qué no ponen fin a esa falta de objetividad y envidia radioactiva que los alimenta?

En mi caso le debo a estas batallitas entre poetas de uno y otro signo que, como lector, haya despertado una indiferencia ante lo que trabajan al constatar que esos mismos vicios que los devoran están muy por encima para todos ellos de la calidad de la obra a la que ponen en la picota.

Por muy buena o mala que sea.

El problema es que como son tantos… Tantos como cucarachas, al final termino casi siempre conmoviéndome con todos ellos. Será porque me asomo a ese grandioso pozo de estupidez humana en el que se encuentran y me quedo sin palabras.

 Unos se señalan (con el dedo meñique) a otros y los otros se señalan (también con el dedo meñique) a esos unos que los señalan.

Entonces pienso, no obstante, que cuando las cucarachas digo los poetas pueden verse las caras y discutir todo es vomitiva y patética corrección política.

Así que perdonen las cucarachas (vaya, digo los poetas canarios) pero siempre me he preguntado porque pasa esto con los que van de poetas en este territorio cuando en otros establos culturales no he visto esta hipócrita manía depredadora muy obsesionada –eso sí– en que la peste no salga de sus ridículos petit comité.

Cuando era muy pero lo que se dice muy joven recuerdo que había un grupo de poetas que se hacía llamar Uni-Verso que se reunía en una cafetería céntrica de la capital tinerfeña donde sus miembros leían sus poemas y hablaban de lo divino y de lo humano sin apenas llegar al nivel de El libro gordo de Petete.

No molestaban a nadie, esa es la verdad, salvo a los lectores no iniciados que tropezaban con sus versos en la sección Versos cada Día del (inevitable) periódico El Día.

Por otro lado, en una tasca que se decía canaria otros poetas iluminados imitaban el mismo estilo que los del Uni-Verso sólo que con más (aparente) rigor. Eso aseguraban ellos.

Mientras tanto, en la Universidad de La Laguna otra panda presuntamente con luces hacía ídem de ídem creyéndose lo más en un mundo (uni-verso) que no salía de sus sucios ombligos.

Este enrarecido ambiente me hizo concluir que mi cuarentena hacia la poesía que se hacía en Canarias tenía toda la razón de ser al comprobar que todos sus miembros eran (¿son?) diletantes uni-verso. Y como tales, iluminados que se creeen con derecho de pernada siempre y cuando no salgan sus descacharrantes reflexiones de sus círculos enfermizos.

Voy concluyendo: el poeta canario (o esa criatura que se cree poeta canario) piensa realmente que es poeta cuando –a mi juicio– no es nada y mucho menos poeta. Y lo escribo porque no siento (¡afortunadamente!) lo mismo con la gente que hace rock, canción de autor y cine en estas islas desordenadas.

Esa pibada (rockeros, cantautores y cineastas) crea y arriesga porque por sus cojones crea y arriesga. En la mayor parte de las veces contra viento y marea. El poeta canario no, el poeta canario es poeta canario porque nadie (y mucho menos los que forman parte de esa gran enemistad que no hermandad que son los poetas canarios) quiere molestarse en decirle a la cara lo que piensa de su obra.

El único poeta de verdad que he conocido en vida en esta tierra de cobardes fue un poeta canario que ninguno de los que van de poetas reivindicaría. Ese poeta, Eugenio (Yeyo) Millet, no perteneció a ningún grupúsculo casposo aunque sí practicó involuntariamente el venenoso onanismo que los poetas de aquí practican entre ellos mismos porque –mucho me temo– sus (in)felices creaciones quedan reducidas generalmente a ese pequeño círculo de enemistades peligrosas que son los poetas uni-verso canarios. 

Y escribo uni-verso porque los que van teñidos de poetas en mi patria es un almendro son, precisamente, eso: uni-verso.

Es decir que ellos (independientemente de las familias a las que pertenezcan) no practican más versos que uno.

Y sobre ese uno giran todas esas escuelitas poéticas canarias que se devoran (ya por costumbre) en petit comité.

Ya saben: “ese/a es malo/a, ese es maricón, esa es tortillera, ese/a no sabe escribir, ese/a es hijo del…”

Ya saben…

Poetas canarios.

Saludos, vergüenza debería de darles, desde este lado del ordenador.

Una invitación al horror

Sábado, Diciembre 11th, 2010

Me imagino que como mucha gente he llegado a grandes novelas de la literatura gracias a sus adaptaciones al cine. Por norma general una adaptación cinematográfica no suele hacer justicia a estas grandes novelas de la literatura pero lo mismo pasa cuando es la literatura la encargada de adaptar grandes películas a la república de las letras.

En todo caso ¿condiciona tu recreación de la obra literaria haber visto antes la adaptación o adaptaciones cinematográficas basadas en ella? No lo creo, la verdad, aunque soy consciente que la respuesta cambia radicalmente en los casos en que has leído antes el libro. Es probable que entonces aprecies que faltan cosas que para ti fueron muy importantes en la novela. O que se ha prescindido de algunos personajes y que aquella escena fundamental y conmovedora de la historia que leíste no se refleja en pantalla como habías imaginado…

Una novela no es una película y una película no es una novela. Y si me apuran ni siquiera son objetos complementarios. En todo caso pálidos reflejos de un original que morirá contigo dentro de la cabeza.

En un post escrito hace mucho tiempo comentaba que llegué a la literatura de Hubert Selby Jr. gracias primero a la crudísima película basada en su novela Última salida para Brooklyn, filme dirigido por un cineasta al que tengo en alta estima pese a su irregular filmografía, Uli Edel.

Ví esta cinta en un cine de Madrid rodeado afortunadamente de muy pocas personas y todas salimos de la sala conmocionadas con aquel violento retrato neoyorquino que no tenía nada que ver con lo que hasta ese momento habíamos visto sobre Nueva York. Todavía me asaltan algunas escenas de aquella cinta en forma de flash back mientras me pongo a pensar en nada, casi como si aquellos momentos formaran parte de mi pasado perturbador como espectador.

Solo he visto una vez Última salida para Brooklyn porque no quiero que un nuevo visionado –marcado ahora por los vicios de la edad que hace criba de casi todo lo que me forjó como persona– me resulte decepcionante. También, ¿por qué negarlo?, por miedo a que me vuelva a alterar las neuronas…

Así que no sé si fue por un simple ejercicio de exorcismo pero no descansé en buscar esta novela de Selby Jr. que, descubrí uno de aquellos aciagos días, estaba publicada en castellano en la colección Panorama de narrativas de la editorial Anagrama.

Como todo lo que busco se me hace cuesta arriba, la tarea de encontrar este título pronto se convirtió en una especie de búsqueda del Santo Grial en la que yo, lector ansioso, hacía un poco el papel de Perceval. Un día descubrí la novela en las estanterías de un amigo que tuvo la inteligencia de no prestármela aunque leí casi hasta la mitad del libro en su casa mientras el colega me preguntaba para qué demonios había ido a visitarlo, si para conversar o para leer su ejemplar de Última salida para Brooklyn.

Años más tarde y curioseando en una librería lagunera Última salida para Brooklyn me enseñó que mi destino era rodar y rodar. Y que pese a que había pasado tiempo desde mi flechazo con su adaptación cinematográfica, la espera para leer su Necronomicón había merecido la pena.

Como es natural y mientras leía el libro me di cuenta que la versión de Edel resultaba ser un pálido reflejo de lo que tenía ahora entre las manos. Un paseo legendario por el infierno que es ese territorio donde no existe eso que llaman amor.

Cuando acabé la novela sentí que tenía ese pedazo de alma que aún nos queda más lastimada de lo que suponía. También que se producía un extraño fenómeno entre la película y el libro… las imágenes del filme y las literarias se mezclaban en mi cabeza logrando lo que parecía imposible: que se fusionaran en una misma Última salida para Brooklyn.

No me pasó lo mismo, confieso, con otra de las novelas de este inclasificable, genial y peligrosísimo escritor norteamericano como fue la versión cinematográfica de Réquiem por un sueño. Concluí que se debía al director de la cinta, Darren Aronofsky. Un cineasta con pretensiones trascendentales de todo a cien que ha logrado sin embargo seducir a una serie de aficionados con (mucho me temo) pretensiones intelectuales. 

El caso es que buscando más Selby Jr. en unos tiempos donde Selby Jr. ha recobrado una angustiosa pero también necesaria actualidad logré hacerme hace apenas unas semanas con una nueva novela del escritor. Su título es La habitación (Ediciones Escalera, en una excelente traducción de Daniel Ortiz Peñate) y he vuelto a sentir casi las mismas sensaciones que recibí cuando al final pude sumergirme en la lectura de Última salidad para Brooklyn. Es decir, viajar cogido de su mano por las geografías del infierno. En esta ocasión metido en la cabeza de un personaje enfermo que termina siendo algo así como un trasunto de ti mismo salvando las obvias distancias.

No es La habitación una novela de miedo pero sí que es una novela de miedo. Y no porque en ella aparezcan vampiros travestidos ni hombres lobos reivindicando su masculinidad sino por la capacidad que tiene Selby Jr. de sumergirte en la memoria fragmentada de su protagonista y vivir con él su historia. Una historia donde lo de menos es el hilo argumental sino las sensaciones que experimentas a través de las aparentemente incoherentes reflexiones de su protagonista.

La habitación, como las otras dos novelas anteriores de Selby Jr. que he tenido el honor de leer, están escritas con una tristeza que ahoga. Uno de esos libros que terminas y te dejan noqueado, que se te graban al rojo vivo en la cabeza y que sirven para alimentar un poquito más esa desesperanza que sientes ante la vida.

Pese a que algunos insistan que se trata de un libro difícil puedo asegurar que La habitación no lo es siempre y cuando se atrevan a meterse en la piel de su personaje. A convivir con él mientras leen y releen sus páginas. A empaparse de su cínico odio mientras comprueban –no sé si alarmados– que en ocasiones uno siente esa misma furia ante lo que ha perdido pese a que el modelo que presenta Selby Jr. sea el de un monstruo.

El de ese mismo monstruo que somos todos cuando nos asomamos al vacío y vemos en el fondo la imagen distorsionada de nuestro reflejo.

Saludos, invitándoles al horror, desde este lado del ordenador.

Esto no es fruto del azar (ni tampoco del pleito insular)

Lunes, Diciembre 6th, 2010

Tengo un amigo que siente verdadera devoción por Pío Baroja. Cuando nos vemos o nos llamamos nuestra conversación inevitablemente siempre toca –por una razón y otra– la obra del autor de El árbol de las ciencias. Obra por la que insisto este amigo siente una adoración que contagia.

A mi me pasa algo parecido con la primera serie de Los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, escritor nacido en Las Palmas de Gran Canaria y de quien se cuenta –cuenta la leyenda– que cuando pisó suelo peninsular lo primero que hizo fue sacudirse los zapatos para limpiarse el polvo de las islas.

Así que quiero imaginarme a Galdós con los pies desnudos en el suelo mientras agita sus zapatones desprendiéndose de la tierra canaria mientras pierde la mirada en ese universo sin fronteras marinas acariciando ya la idea de convertirse en el gran escritor que fue. Si la leyenda es falsa como son, al fin y al cabo todas las leyendas, me parece a mi que nadie podrá borrarme esa idea de un jovencito Galdós encanallado con las islas que dejaba atrás. Sus aplastante razones tendría. Es un suponer. Y por suponer al gran escritor que escribió esa maravillosa y extensa novela de aventuras que son Los episodios nacionales le perdono todo. Incluso que sea protagonista de esa leyenda que seguro urdió un tinerfeño.

Contaba todo esto porque leyendo a Baroja, que es un escritor que ocasionalmente cae en mis apetencias lectoras quizá por esas conversaciones que mantengo con el amigo barojiano, descubro en su fascinante Aviraneta o La vida de un conspirador (colección Austral, quinta edición, 1972) referencias al archipiélago en el que vivo y que paso a continuación a exponer.

La primera de ella se encuentra en la página 105 del volumen, donde Baroja escribe “A los seis días de salir de Burdeos pasaron a la vista del pico Teide, en la Gran Canaria”. Me pregunto, si se entera del involuntario despiste barojiano cierto periódico que se edita a este lado del Atlántico ¿qué haría con la obra de Baroja? ¿Tirarla al mar? ¿Encender con ella una hoguera? Yo lo que creo, en todo caso, es que asesoró mal al escritor un grancanario. Ya no sé si con poca o mucha envidia.  

El caso es que en esta biografía escrita con nervio en su página 154 se narra también como su protagonista, Eugenio de Aviraneta (en la imagen), es deportado a Canarias “por un golpe de arbitrariedad del general Mina”.

Dos meses pasó este pariente del gran escritor vasco en Santa Cruz de Tenerife “viviendo miserablemente; no tenían dinero ni medio alguno de existencia; no llevaban más traje que el puesto ni ropa interior”.

No obstante, añade el escritor que “la gente de la isla les recibió muy bien. El comandante general y los militares les trataron con atención. Llegaron a convencerse de que ellos no eran unos asesinos que habían degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona”. Al no estar vigilados –relata con pericia narrativa Baroja– se evaden tras arreglar la fuga con el capitán de un barco contrabandista que los conduce a Árgel.

Baroja dedica en este libro un amplio capítulo también a la aventura por reconquistar México que lideró el militar de origen canario Isidro Barradas la primera mitad del XIX. El escritor no indica en ningún momento el origen de Barradas, origen que descubrí no hace muchas semanas tras entrevistar al historiador vasco Josu Ruiz de Gordejuela, y que ha dado fruto a una investigación sobre la vida de Barradas y en concreto a esta frustrada expedición de reconquista mexicana que publicará Ediciones Idea el próximo año.

Lo más curioso de todo esto, lo que me deja turulato y cierta sensación de que los libros viven no ya a través de lo que nos cuentan sino de sus autores aunque sean fantasmas, es que tras estar buscando esta biografía de Aviraneta hace lo que se dice muchos años, me topé con un ejemplar en perfecto estado en el Rastro de la capital tinerfeña tras conocer la historia de Barradas por boca del historiador y colgar el teléfono con ese amigo barojiano mientras rebuscaba curiosidades en uno de los tantos puestos que riegan ese mercado de las oportunidades.

Fue decirle algo así como: “más tarde te llamo” cuando mis ojos vieron el ejemplar naranja de la colección Austral: Aviraneta o la vida de un conspirador por Pío Baroja tirado en uno de esos mismos puestos.

Así que quiero pensar que encontrarme con este libro no fue fruto del azar sino de algo que no es azar.

¿Quién sabe? 

Saludos, cruzando el puente, desde este lado del ordenador.

Uno de los grandes: Stephen Crane

Martes, Noviembre 16th, 2010

Ya lo ven ustedes, el escritor norteamericano Stpehen Crane es otro de esos grandes novelistas que me sacudieron por dentro. Es una pena, sin embargo, que su nombre no se haya reconocido como se merece. Claro que  para eso estamos los lectores que, como náufragos en el océano de las letras, buscamos siempre y a la desesperada tablas a las que poder agarrarnos.

Y con Crane me pasó hace lo que se dice mucho tiempo.

La primera novela que leí del escritor fue Maggie, una chica de la calle, editada por Alfaguara & Nostromo, una de las mejores editoriales de las que tengo memoria probablemente porque se especializó en publicar en el mercado español lo que se dice rarezas. Tengo colocadas en un puesto distinguido en mi inestable biblioteca Memorias de un pecador justificado, inquietante novela de James Hogg; Carmilla y La profecía de Closted, de Joseph Sheridan Le Fanu; Champavert, cuentos inmorales, del gran Petrus Borel, y El hombre de la máscara de oro de Marcel Schwob, entre otros títulos entre los que se encuentra, claro está , Maggie una chica de la calle, de Stepten Crane, uno de los grandes escritores norteamericanos naturalistas junto a otro grande (también olvidado) Frank Norris.

Maggie, una chica de la calle cuenta la tragedia de una joven de los barrios más bajos e infectos de la ciudad de Nueva York a finales del siglo XIX. Les prometo que su lectura aún estremece por cruda y realista. En ocasiones, incluso, porque evoca el espíritu transgresor de Gangs de Nueva York de Herbert Asbury, ese compendio de bandas neoyorquinas uno de cuyos capítulos inspiró a Scorsese en la película del mismo título, así como al escritor Caleb Carr (¿dónde te has metido Caleb Carr) para describir los habientes subterráneos de la futura ciudad de los rascacielos en las dos únicas novelas que dedicó a su holmesiano Laszlo Kreizler y su watsoniano John Schuyler Moore en El alienista y El ángel de la oscuridad.

La segunda novela que cayó en mis manos de Crane es la más famosa de su tristemente corta producción: La roja insignia del valor.

El cineasta John Huston dirigió una adaptación cinematográfica de este excelente material literario, interpretada por Audie Murphy, actor que llegó al cine tras convertirse en uno de los grandes héroes del ejército norteamericano durante la II Guerra Mundial.

La roja insignia del valor, escrita en 1897 pero ambientada en plena guerra de secesión norteamericana, cuenta la historia de un grupo de soldados del ejército nordista que huyen a la desesperada tras la derrota ante los confederados en la batalla de Chancelorsville, y los sentimientos encontrados que los asaltan: cobardía, desprecio. Es una historia de redención, sorprendentemente pacifista para la época en que fue escrita, aunque algún lector despistado pueda entender otra cosa por un final en el que su protagonista saca fuerzas de su flaqueza para cumplir con su deber.

El tercer título de Crane que pude leer y convencerme (aunque no hacía falta) que se trataba de un gran escritor fue El bote descubierto y otros relatos de aventuras, título editado en español por mi recordada y añorada (¡ay!) Fontamara. Además del cuento que da título a esta antología, el volumen incluye Un gran error, Un exprimento en la miseria, Un niño siniestro, Los hombres en la tormenta, Flanagan y su corta aventura filibustera, La novia llega a Yellow Kid y Los cinco ratones blancos.

El mejor relato del libro es el que da título a esta interesante compilación, El bote descubierto, donde el autor narra con tintes autobiográficos los días a bordo de un corresponsal de prensa en una lancha que navega a la deriva cuando el barco que acompañaba a una expedición de Estados Unidos a Cuba, naufraga.

No pueden imaginar la influencia que esta historia provocó y provoca en mis desordenadas ideas. Tanta, que todavía me sirve de recurso para vencer esos momentos en los que parece que la vida se empeña en convertirse en una ola gigantesca para arrastrarte a las profundidades del mar.

Hace cinco años, mientras vagaba como un lobo solitario por las librerías de la capital tinerfeña, mi corazón latió desbocado al encontrar otro título de Crane: Heridas bajo la lluvia (Rey Lear Editores). Fue escrito por su autor dos años antes de su muerte, y se trata de un conjunto de relatos sobre los soldados norteamericanos que participaron en la campaña contra España en la isla de Cuba en 1898.

Quizá no se trate de lo mejor de su autor, pero sí de un puñado de historias escritas sobre el terreno (Crane fue corresponsal de guerra en este conflicto) que arrojan mucha luz sobre lo que pensaban esos hombres. Incapaces, viene a decir el escritor, de comprender porque estaban realmente combatiendo.

Poco antes de su muerte, apareció probablemente su libro más popular, Whilomville Stories (1900), pero no tengo noticia de que haya sido traducido al español. Dejó sin terminar, además, The O’Ruddy, concluida por Robert Barr.

Stephen Crane falleció a la edad de 28 años en Badenweiler (Alemania).

Ya ven, cosas de ese gran cómico macabro que es el destino.

Saludos, a modo de modesto e improvisado homenaje, desde este lado del ordenador.

El síndrome del avestruz

Lunes, Noviembre 15th, 2010

Algún día tendrá que escribirse la historia de los premios literarios en Canarias. Es una historia curiosa. En ocasiones también siniestra.

Como el mundillo literario del archipiélago es pequeñito pero trufado de pequeños apandadores iluminados, las batallas entre unos y otros adquieren en ocasiones dimensiones realmente dantescas. Afortunadamente, están surgiendo escritores y poetas que prefieren vivir al margen y ser algo así como islotes independientes en el oloroso océano que salpica estas sus enlodadas aguas.

Con esto quiero decir que no se limitan a competir en nuestro limitado universo de concursos florales sino que se atreven a ir más lejos. Nombres no faltan que han conseguido ser reconocidos por jurados que, supuestamente, desconocían la biografía de sus protagonistas. O su carné a determinados grupúsculos literarios canarios.

Éste y otros pensamientos de calado tenebroso me asaltaron hoy al asistir a la rueda de prensa del fallo del XXVI Premio de Novela Benito Pérez Armas, dotado con la nada desdeñable cantidad de quince mil euros y otorgado al escritor Juan José Mendoza (Las Palmas de Gran Canaria, 1957) por Isla feliz.

Y no porque piense que el Benito Pérez Armas tiene algo que ocultar ya que afortunadamente, y así lo avala su trayectoria, ha funcionado como riguroso altavoz para dar a conocer nuevas promesas literarias a este lado del Atlántico. No, lo digo por otras experiencias pasadas que intentaron trascender las fronteras de nuestro territorio convocando premios no sólo para autores que residieran en Canarias. Y por lo tanto, en lo que se valoraran cuentos y novelas que iban más allá de las historias que se desarollan en nuestras fantásticas pero domesticadas islas o en geografías míticas, que es una forma de camuflar nuestros entornos sin la necesidad ni la necedad de mencionarlos.

No sé si se acuerdan, pero hace ahora once años el Cabildo de Tenerife junto a la editorial Anagrama recuperó el Premio Alfonso García-Ramos de Novela. El ganador de su primera edición (la del 2000) fue el escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez por Animal tropical.

La novedad de este galardón, además de su cuantiosa dotación económica, diez millones de las antiguas pesetas (unos 60.000 euros actuales) fue la posibilidad de que la obra ganadora la publicara el sello editorial que dirige Jorge Herralde, miembro también del jurado junto a J. J. Armas Marcelo, Mihaly Dés, Cecilia Domínguez Luis, Ernesto Suárez, Enrique Vila-Matas y, con voz y sin voto, Dulce Xerach Pérez, por aquel entonces consejera de Cultura del Cabildo de Tenerife.

El fallo del jurado del renacido certamen levantó, sin embargo, suspicacias. La primera, que el autor ganador no fuera canario aunque los abuelos del escritor cubano procedieran de Santa Úrsula (Tenerife). La segunda, que se tratara de un título de alto contenido sexual. Pornográfico llegó a decir alguien.

El editor Jorge Herralde se defendió de estas acusaciones en una entrevista que mantuvo con el autor de este blog y publicada en el Diario de Avisos el 21 de diciembre de 2000. A la pregunta de: “¿Le ha irritado las críticas que algunos han vertido contra la obra ganadora del Premio Alfonso García-Ramos de Novela. Voces que califican de sospechoso el galardón porque el autor publica en Anagrama? Respondió: “Lo que sí me resultaría sospechoso es que hubiera ganado una novela mala. El jurado estuvo formado, además, por tres miembros que fueron elegidos por el Cabildo de Tenerife, y otros tres por Anagrama. Penalizar por eso a un autor que publica en Anagrama me parece un absurdo total”.

El caso es que los siguientes ganadores del premio, los correspondientes a 2001 y 2002, fueron otros dos escritores que solían publicar en Anagrama: José Antonio Garriga Vela por Los que no están y Vicente Molina Foix por El vampiro de la calle Méjico, dos novelas que sin ser de lo mejor de ambos autores sí que se trataban de interesantes y elaboradas ficciones.

El jurado del 2001 estuvo integrado por Javier Aparicio Maydeu, Juan Pedro Castañeda, Daniel Duque, Pedro Zarraluki, Jorge Herralde y Dulce Xerach Pérez; mientras que el de 2002 lo formaron los ya citados Herralde y Xerach Pérez López, así como Jorge Benavides, Domingo Luis Hernández, Ana María Moix y Soledad Puértolas. 

En estas dos ediciones volvieron a llover las críticas en Canarias. La mayoría de ellas  lamentaban, entre otras, que el autor ganador resultara siempre un escritor peninsular y no canario. También, que el galardón sólo sirviera para promocionar a los escritores del sello Anagrama.

Lo paradójico del caso es que algunas de estas mismas voces canarias indignadas habían formado parte del jurado. Gente todas ellas muy respetables, lo que hace que todavía me pregunte –once años después de que este premio intentara trascender las fronteras insulares–  ¿por qué no dimitieron en su momento del jurado al percatarse de la conspiración judeo masónica en la que los habían metido? También ¿la de devolvieron los ingresos que recibieron tras cuestionar la fiabilidad de un certamen del que habían formado parte?

El caso es que, por una u otra razón, el recuperado Premio Alfonso García- Ramos de Novela se suspendió en unos años donde todavía no se veía en el horizonte el espectro de la crisis que hoy nos marea. Se perdió, además, la oportunidad de reivindicar con un premio que llevaba su nombre a uno de los mejores escritores canarios de todos los tiempos: Alfonso García-Ramos.

En esta y otras cosas pensé esta mañana. Mientras observaba y oía como se le transmitía al ganador del Premio de Novela Benito Pérez Armas que había sido el ganador de su XXVI edición.

Saludos, denunciando el síndrome del avestruz, desde este lado del ordenador.