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Más vale honra sin toros que toros sin honra

Sábado, Agosto 7th, 2010

A estas alturas de curso pocas cosas deberían de sorprenderme pero como el hombre es un mono sin pelo reivindico mi derecho al pataleo cuando me tocan un trozo de mi pasado. Debe ser cosa de la tradición, ese sello que llevas grabado en el subconsciente.

A propósito de la abolición de los Toros (a secas) en la Comunidad Autónoma de Cataluña más de uno se ha apresurado a recordar que en las provincias de ultramar –las Canarias– ya se había tomado esta determinación hace mucho, lo que se dice mucho tiempo.

Lo que nadie recuerda en sus artículos y tertulias televisivas o radiofónicas es que aquí la Fiesta llevaba lo que se dice bastante tiempo sin practicarse antes de que se tomara esta decisión. Aunque en el pasado remoto sí que gozó de entusiastas seguidores. Tantos, que la capital tinerfeña tiene plaza de toros, hoy un monumento agrietado y a punto de desplomarse en beneficio no de todos sino de unos pocos.

Fue tanta la afición taurina que incluso salieron de aquí toreros que más tarde se profesionalizaron en las plazas del mundo como el palmero José Mata y el tinerfeño Pedrucho de Canarias.

Desgraciadamente para unos, la Fiesta dejó de celebrarse en Tenerife porque resultaba muy cara. Además, asegura la leyenda, el animal tenía que descansar unos días antes de saltar al ruedo porque venía “mareado” por el viaje en barco.

Mi familia paterna, natural de las islas, era muy aficionada a los toros. Mi familia por parte materna, gaditana, sigue siendo muy aficionada a los toros. Todos ellos, los que ya no están y los que aún están, son buena gente. Personas sensatas que te tienden una mano cuando el horno no está para bollos.

Entre los recuerdos más felices de mi infancia se encuentra el de ir a la plaza de Toros de Cádiz con mi abuelo. Debía tener, si la memoria no me falla, cuatro años. Íbamos él y yo solos, porque mis hermanos preferían quedarse en casa. Para mí era un día importante. Tan importante que todavía conservo recuerdos fragmentados de la emoción que sentía por ir a ver a los toros. Porque primero hacíamos eso: ir a ver a los toros.

No sé si alguno de ustedes ha visto un toro de lidia al natural, pero les aseguro que si han tenido esa suerte comprenderán perfectamente lo que debió sentir Teseo cuando tuvo que enfrentarse al Minotauro.

Ese animal gigante y salvaje es de otro mundo. Irradia una insólita e indómita nobleza. Quizá sea porque su destino no está condenado al matadero.

Tras ver a los potentes animales, me sentaba con mi abuelo por donde sueltan a los toros para apreciar qué tal era su casta. Si salía bronco y con ganas de pelea el toro era un toro.

No recuerdo, como he leído por ahí, nubes de moscas verdes succionando charcos de sangre, pero sí al toro y al torero midiendo fuerzas en la arena. Todo ello bajo la atenta mirada de centenares de aficionados que sí saben lo que están viendo. Si hay un público realmente crítico con el arte, éste es el aficionado a los toros. Vayan a una plaza y compruébenlo.

Pónganse en situación: el calor, como el animal comienza a perder fuerzas, y el talento del torero y el entusiasmo de los espectadores son momentos que recuerdo de la Fiesta. También la indignación de mi abuelo y otros tantos aficionados cuando el torero no era torero sino un carnicero. Creo que fue en la plaza de toros donde aprendí mis primeras palabrotas.

Cuando terminaba la corrida me iba con mi abuelo y sus amigos a un bar de toros a tomar ellos unos vinos y yo un refresco. De tapa ponían caracoles. Desde ese día, caracoles, cómo me gustan los caracoles. Los mayores hablaban de la Fiesta y yo escuchaba. Ya no me acuerdo de la mitad de las cosas que decían pero sí del olor a pescaíto frito.

Al regresar a Tenerife y como aquí no habían toros, los veía con mis padres en aquella televisión en blanco y negro. Mis hermanos se iban al cine y yo me quedaba a ver los toros. Qué cosas.

Eso sí, pasó el tiempo y comencé a ir al cine en vez de ver los toros. Pero la Fiesta siempre ha sido Fiesta en mi memoria. Y todo ello pese a que, siendo ya un jovencito imberbe y con ganas de comerme el mundo, fui en San Isidro a ver a una corrida de toros de un torero de cuyo nombre no quiero acordarme. Era el segundo de aquel cartel y no tenía arte. Masacró al toro mientras la afición se levantaba en peso en la plaza de Las Ventas a punto de machacar a ese hijo de la gran puta. La intervención policial evitó que se hiciera con él lo que le había hecho al toro.

Ese día sí que olí a sangre. Pero a sangre humana.

Una amiga con la que fui, aficionada taurina, me confesó que ella como la mayoría estaba de parte del toro. “Es el que pierde. Pero pierde con honra”.

En ese momento pensé que mi amiga aficionada estaba algo loca.

Hoy ya no lo tengo tan claro.

¿Y es que acaso no fue Casto Méndez Núñez quien dijo aquello de “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra?”

Saludos, entre nostálgicos y taurinos, desde este lado del ordenador.

Usted puede ser el asesino (III)

Jueves, Agosto 5th, 2010

I.- PECES SIN ESCONDITE

La banda sonora de Óscar, una pasión surrealista taladraba los oídos de Sam Waldo, atado de pies y manos en una mesa larga de metal instalada en una habitación de azulejos marrones que antaño –supuso– tuvieron que ser de impoluto blanco.

- ¡Noooo, noooo, noooo por favor!.- gritaba Sam Waldo mientras aquella endeomoniada música parecía comerle la cabeza.

- ¡No investigaré más! Entregaré el dinero ganado de este puñetero caso a los miembros del gobierno canario… pero por favor, ¡¡¡quiten esa maldita música!!!

Ni caso.

Continuaban los coros, la sinfonía perversa mientras del techo descendía una pantalla que se detuvo a pocos metros de las narices de Waldo.

La música se calló de repente mientras de los oídos del detective salían hilos de sangre aunque a causa del repentino y misterioso silencio, dentro de los machacados sesos de Waldo se multiplicaron sonidos imaginarios. Ecos fantasmales: ohhhh, ahhhh, ihhhh…

La pantalla se encendió.

Y aparecieron ¡Cabras! ¡Miles de cabras! Terminaban las cabras y se volvía a poner aquello de las cabras. Sin sonido. Sólo cabras. Cabras. Cabras y más cabras.

Waldo quedó sin sentido.

II.- EL FACTOR HUMANO

Abrió los ojos y no vio cabras aunque éstas aparecían saltando en una nube de inconsciencia. Un agudo pitido perforaba su tímpano. Comprobó que continuaba atado sobre la superficie de metal pero ya no había pantalla ni monstruosa banda sonora resonando en su pobre cabeza.

“¿Estaré muerto?”.- reflexionó Sam Waldo.- “¿Acaso esto es el infierno?”

Pensó en las enseñanzas del padre Damián, su confesor espiritual cuando estudiaba en los jesuitas: “Waldo, el infierno sólo existe en nuestra mente. Nuestra mente es el paraíso y el infierno. Todo echo un lío, como una bola. Basta con rezar con fe y serás capaz de romper cadenas.”

- Pero padre, ¿que es eso de la fe?

Como respuesta había recibido un doloroso coscorrón en la cabeza.

- Imagina algo parecido.

Sam nunca le había hecho demasiado caso al confesor pero era tal su estado de desorientación que se dijo que por qué no probar. Comenzó a rezar en el único idioma que sabía: el latín.

Tardó dos horas en meterse en aquella letanía hasta que sintió como las pulseras que lo tenía preso cedían.

Crack. Dijo una.

Crack. Dijo otra.

Crack. Dijo la tercera.

Crack. Dijo la cuarta.

III.- MARCADO POR LA SOSPECHA

Sam Waldo se levantó de la mesa de metal mientras se frotaba las manos y los pies. De puntillas se acercó a la puerta y pegó la oreja. Silencio. La empujó ligeramente con el hombro y ésta cedió. Salió a un pasillo sumido en la oscuridad.

Se detuvo ante lo que tenía que ser el comedor del Hospital. Se escondió en una esquina al ver a un grupo de enfermeros y policías que cenaban lo que, le informó su nariz, tenía que ser generosas raciones de carne fiesta. Su estómago soltó una gárgara de entusiasmo. Se llevó las manos a la barriga para taparle la boca.

Arrastrándose llegó hasta otro pasillo, donde primero a gatas y luego de pie siguió su camino buscando una salida.

Bajó unas escaleras y reconoció aquel pasillo. Una de aquellas puertas era donde supuestamente estaba preso Septenionito. Dos más allá quien se hacía llamar Fi-Mu-Ci-Té. Entró en la habitación del compositor loco sin llamar a la puerta. Allí se lo encontró acostado en la cama. Se acercó a ella cerrando los puños.

- Hijo de… .- soltó dispuesto a estampárselos en la cara cuando comprobó que el loco agonizaba.

- Yo… Spielberg, Spielberg…- balbuceaba Fi-Mu-Ci-Té.

Sam Waldo lo cogió por las solapas del pijama a rayas y le espetó: “¡Quién me traicionó, pibe, quién?

- Yo, Spielberg, Jonh Williams, Spielberg…

Waldo comprobó que Fi-Mu… se encontraba en las últimas. Olfateó un vaso de agua que estaba colocado en la mesita de noche junto a la cama y se dijo: ¡veneno!

- Yo… yo… ¡soy John Williams!.- gritaba ido Fi-Mu-Ci-Té.- Cristóbal es el culpable…

Sam Waldo sonrío con crueldad: “O el inteligente. ¡Nos vemos en el infierno, pesadilla!”

Saltó por la ventana y se perdió en la noche.

IV.- POR EL PASADO LLORARÁS

Riano tomaba café mezclado con brandy en su despacho cuando recibió una llamada.

- Polino, hombre, tanto tiempo sin saber de ti. ¿Qué es de tu vida?

Lo que escuchó al otro lado del aparato transformó al color de la cera el rostro de Riano.

- ¿Está usted seguro?, señor presidente.

El grito que salió al otro lado del auricular hizo desaparecer la sonrisa de Drácula de la boca de Riano.

V.- EL SEGUNDO MÁS LARGO

Waldo deambulaba por las calles de la ciudad con la ropa pegada al cuerpo. La ola de calor africano lo hacía más pesado de lo que el más que sobrante de grasa le permitían tolerar.

Entró en un bar –La loba ladraba un asmático letrero de neón–  y preguntó al barman, un tipo de barba mal recortada y aspecto cansado que respondía al nombre de Claudio según informaba la etiqueta que llevaba colgada del pecho, si tenía teléfono público.

El barman, tras espantar a una colonia de cucarachas de la bandeja de ensaladilla le indicó sin ganas el final del pasillo.

Waldo introdujo un puñado de monedas en la ranura. Le dio tiempo a mirar a los clientes, cuatro marineros borrachos acompañados de cuatro señoritas no tan borrachas y algo pintarrajeadas y al fondo, oculta en las sombras, unas delicadas piernas de mujer.

- ¿Sí?.- preguntó una voz al otro lado del hilo telefónico.

- Busco a Daniela Bianchi.- respondió Waldo.

- Desde Rusia con amor. La chica más Bond de la serie Bond con permiso de Ursula Andress. ¿Dónde está?

- En un bar. La loba.

- Lo conozco. Dentro de media hora estaremos ahí.

- Ok.

- Ok.

Waldo colgó aliviado. Se acercó a la barra y le pidió al camarero una cerveza.

- Vamos a cerrar.- le dijo Claudio en plan gañán.

- Póngale la cerveza.- le exigió la voz aterciopelada y femenina que estaba oculta en la sombra.

- Como usted diga señorita.- respondió Claudio con sonrisa boba.

Waldo miró las sombras y reconoció la voz.

- Usted.

- Yo.

- Lucha canario.

- Como lucharon nuestros padres.

Waldo se acercó a su mesa con la cerveza.

(Continuará…)

NOTA: Como en las entregas anteriores, los títulos corresponden a novelas de James Hadley Chase; una obra maestra de la literatura de espionaje de Graham Greene; otra negro policial del hoy olvidado Charles Williams; y otra del gran Chester Himes, y por último del gigantesco (sin desmerecer a los anteriormente citados) Bill S. Ballinger.

Saludos, a lo Sweet Home Alabama, desde este lado del ordenador.

Usted puede ser el asesino

Viernes, Julio 30th, 2010

I.- ADIÓS, MUÑECA

El investigador privado Sam Waldo se enfrentaba a uno de los casos más complicados de su carrera. Fumando como un descocido –una de las razones que explicaba el contaminado tono de su voz– observaba el cadáver de la señora Cultura tirado en el suelo. Se inclinó sobre el cuerpo inerte y estudió con atención las diversas heridas con arma blanca que se la habían llevado al otro mundo.

Pese al calor reinante que había dentro del dormitorio de la vieja mansión, Waldo seguía con la gabardina beige puesta encima, y de uno de sus bolsillo sacó el cuaderno de notas donde había anotado a los posibles sospechosos. Con un lápiz rojo fue dando toquecitos sobre sus páginas mientras el inevitable cigarrillo que colgaba de sus labios elevaba columnas de humo violetas al techo de la habitación.

De repente, sus ojos quedaron deslumbrados por el flash de la cámara de un agente de la policía canaria. Ordenó a otro, que estaba rebuscando en los bolsillos de la víctima, que dejara en paz al muerto y a un tercero, con cara de mago, que hiciera el favor de comer el plátano fuera de la estancia.

Una vez se quedó a solas con el cuerpo volvió a mirar sus anotaciones mientras se acariciaba la barbilla con el dedo gordo de su mano derecha.

- Si tienes algún problema, silba.- masculló entre dientes y soltando tres toses de fumador compulsivo.

La luz de la tarde caía por la ventana abierta, una ligera brisa marina agitaba las cortinas. Rodeó el cadáver, intentó mirarlo desde todas las perspectivas mientras la nube de los recuerdos lo hacía retroceder en los caminos de la memoria.

II.- CUIDADO CON ESA MUJER

Hacía exactamente dos semanas se encontraba leyendo un libro de Juan Antonio de Blas en su despacho con las piernas puestas encima del escritorio. Había dado el día libre a su secretaria, Idaira, y como llevaba meses sin recibir ningún trabajo suponía que aquel iba a ser como tantos otros.

Estaba a punto de concluir el capítulo once de La patria goza de calma cuando sonó el teléfono. El cigarrillo que tenía en la boca se le cayó al suelo por la sorpresa ya que hacía tanto tiempo que no oía el campanillear del fijo que le costó un buen rato razonar que se trataba del teléfono.

- Sam Waldo al aparato, detective privado.- soltó pegando un grito.

- ¿El señor Waldo?.- le preguntó una voz femenina.

- El mismo he dicho.

- Necesito de sus servicios.- le contestó la voz femenina de una manera tan aterciopelada que le llegó a su alma de fumador compulsivo.

- Explíquese usted.- respondió entre tosas tabaqueras y excitadas.

- Quiero que vigile a la señora Cultura.

Sam Waldo soltó un taco. Conocía a aquella vieja y los problemas en los que se había metido últimamente.

- ¿Con quién hablo?

- De momento es mejor que no sepa mi nombre. Si acepta,  ingresaremos 30 mil sestercios en su cuenta corriente.

- ¿30 mil sestercios?.- se atragantó Waldo.

- 30 mil sestercios. ¿Acepta el caso?

III.- UNA CIERTA ANGUSTIA

Waldo volvió a la realidad. Se palpó el grueso sobre que llevaba en uno de los bolsillos de la gabardina y se insultó a sí mismo: “esto me pasa por haber aceptado los 30 mil sestercios”. En especial cuando esa misma tarde lo llamó una policía autonómica al celular para informarle que había muerto la señora Cultura y que órdenes que vienen “de muy, pero que de muy arriba le autorizan a investigar el caso en colaboración con nuestras fuerzas del orden”.

Sam Waldo se dijo que eso le pasaba por no haber estado pendiente de la vieja y sí de la gran fila de botellas del bar que estaba justo enfrente de la mansión donde vivía. No obstante, y pese a su afición a la tontería, había hecho algunos deberes.

Volvió sus ojos al cuaderno de notas y leyó lo que había marcado al rojo y con triple subrayado: Lista de sospechosos.

IV.- EL ASESINO DENTRO DE MI

Polino.- Más conocido como el presi. Últimamente evitaba a la señora, probablemente porque no quería que le recordara la tormentosa relación que mantuvo con ella años atrás y que dio como fruto a un niño algo tarado y caprichoso al que llamaron Septenito. Por mucho que la mujer se empeñó en darle carrera a la criatura, la progresiva indiferencia del padre dio al traste con sus sueños. Polino, además, llevaba una temporada sin contestar sus llamadas y se hacía el loco cuando se la tropezaba por la calle. El criado de la casa (a quien ya he descartado como sospechoso) asegura que en las últimas semanas Doña Cultura había amenazado a Polino con hablar. La reacción de Polino fue la de recortarle si cabía aún más la asignación anual que le facilitaba. En cuanto al niño, Septenito, está en paradero desconocido. Se rumorea su posible ingreso en un hospital psiquiátrico ubicado en la isla de Lobos.

Mila.- Las relaciones de la señora con Mila no eran buenas. Probablemente porque Mila estaba muy molesta por el matrimonio de conveniencia al que Polino había forzado a la señora Cultura con un tal Berto. Se dice que la tal Mila tenía en agenda a otro pretendiente (averiguar su nombre). La chica de los recados asegura que si hubiera sido por la Mila, Berto y la señora habrían desaparecido hace años del mapa. No explica cómo, pero sí que tiene muy claro que ambos dos habrían desaparecido. ¿A la isla de Lobos? Tras interrogar a otros sospechosos he comprobado que todos coinciden en que Mila no sentía particular aprecio por la doña y mucho menos por Berto y el enano, Septenito. Demasiado follón para tan poca cosa, dicen que deja caer Mila a quien quiera escucharla. Al parecer sólo siente (y con reservas) el teresiano vive sin vivir en mí con otra señora maltratada y bajo su responsabilidad: la revoltosa doña Educación.

Berto.- O el marido postizo, de conveniencia. Al parecer, para despistar a la opinión pública, Polino lo obligó a desposarse con la señora cuando ésta dio a luz a Septenito aunque todos en la casa sabían quien era el padre de la criatura. El criado comenta que Berto no es mala gente y que casi siempre se comportó como un caballero con la doña aunque últimamente la había dado por imposible. “Le dio demasiada cuerda. Usted ya me comprende” me comenta baboso el criado. Parece ser que la señora “a su edad” y algo alterada por lo que pensaba era una traición de Polino (“¡me ha utilizado como un trapo!” comentan que gritaba día y noche) se dedicó a pasar los últimos meses que le quedaban de vida acostándose con todo dios. El criado me comenta resentido: “Y todos ellos se aprovecharon de la pobre señora”. Y yo me pregunto ¿cuánto se aprovechó usted de la pobre señora?

El experto.- No tiene nombre porque son muchos. Unos daban clases, otros vivían del cuento. Todos se consideraban intelectuales. ¿Qué demonios es un intelectual? El criado lengua de trapo me sopla que últimamente visitaban demasiado a la señora y que gritaban y se tiraban cosas. “Quiero más dinero, vieja”, me asegura que escuchó detrás de la puerta. La señorea respondía: ¿Es que sólo me quieres por lo que te pueda dar?”.

Los artistas.- Todos hablan off the record pero ninguno da la cara. Señalan a posibles asesinos pero me temo que sus sospechas son descartables. La única pregunta que me han hecho es: “¿sabe usted como quedó lo mío? La señora me aseguró que…”    

V.- MÁS ALLÁ DEL DESHONOR

Waldo cerró el cuaderno de notas y aprovechó para fumarse el cuarenta cigarrillo de la jornada. Eructó, movió la cabeza e hizo chasquidos con la boca mientras se pasaba nervioso el dedo por la barbilla como si quisiera escarbarse un hoyuelo tipo Kirk Douglas.

Encogiéndose de hombros salió del dormitorio y entró en la habitación donde todavía estaban los tres agentes de la policía autonómica bebiéndose las existencias del bar de la señora.

De repente y al cruzar ante un espejo tuvo la inspiración y resolvió el caso. A punto estaba de soltarlo cuando selló la boca. El jefe de los polis, un tal Riano, irrumpió en la estancia con la mano extendida.

- No hace falte que siga investigando. No hace falta. ¡Ya hemos encontrado al culpable!

Waldo lo miró asombrado y salió a la calle escoltado por Riano que lo cogía del brazo.

- No hace falta que siga investigando. No hace falta. ¡Hemos encontrado al culpable!

Delante de un coche policial (pintado de azul, blanco y amarillo) dos agentes de la policía autonómica vigilaban a un tipo esposado. Sam Waldo no le vio bien la cara al principio hasta que el detenido la alzó y sus miradas se cruzaron.

- Esto es una farsa.- escupió Waldo.

- No hace falta que siga investigando. No hace falta. ¡Hemos encontrado al culpable!- continuaba diciendo Riano.

- Pero… pero….- tartamudeó Waldo.

- Ahhh – exclama Riano como Claude Rains en Casablanca– no me cabe duda que esto es el principio de una gran amistad.

Y la momia guanche, esposada, pudo susurrar antes de que la metieran a golpes dentro del coche policial: Tengo problemas. Waldo ¿debo silbar?

NOTA.- Los títulos que acompañan este relato corresponden, respectivamente, a novelas de Raymond Chandler, David Goodis, Eric Ambler, Jim Thompson y James M. Cain.

Saludos, a lo ¿continuará…?, desde este lado del ordenador.

Una chiflada clasificación chiflada

Miércoles, Julio 28th, 2010

UNA ACLARACIÓN NECESARIA:

La siguiente clasificación me la encontré en una librería de viejo mientras callejeaba por la ciudad de Gijón. El hallazgo -por llamarlo de alguna forma- se trata de un panfleto editado a fotocopias y sin firmar. Lo que más me llamó la atención del texto es la preocupación que su autor o autores se tomaron al diagnosticar la fauna que tradicionalmente recorre los rastros de las ciudades y pueblos de este país que se nos muere. En la última página de este opúsculo sin fecha se advierte de una segunda parte en la que su autor (o autores) clasifica a los vendedores de los puestos ubicados en estos espacios. No logré dar con él pero el amable librero asturiano que me atendió se comprometió a envíarmelo si por la gracia de los dioses caía en sus manos.  

La primera página del texto reproduce los siguientes versos de Cavafis:

La ciudad es una jaula.
No hay otro lugar, siempre el mismo
puerto terreno, y no hay barco
que te arranque a ti mismo. ¡Ah! ¿No comprendes
que al arruinar tu vida entera
en este sitio, la has malogrado
en cualquier parte de este mundo?

A continuación se pasa a la chiflada clasificación.

Los buitres.- O todos aquellos buscadores de rarezas (entiéndase libros, discos de vinilo, películas en vhs, tornillos, etc, etc) que dan vueltas y vueltas desde primeras horas de la mañana por cualquier rastro esperando que un nuevo vendedor asiente sus reales y despliegue con descuido -y preferiblemente en montones- el material que pretende poner a la venta.

El que marca territorio.- Se trata de aquel habitual a los rastros que se hace espacio en un puesto de discos, libros, cintas de vhs sin importarle un pimiento desplazar al cliente que tiene delante. Si el primer cliente, con caballerosidad, le indica que espere su turno porque él llegó primero le soltará con acento victimario algo así como “¡no ocupe mi espacio vital!” Normalmente se sale con la suya.

El suertudo.- Este espécimen no suele ir al rastro todos los domingos. Es más, deja que pase un tiempo prudencial y cuando cree que los elementos se han conjurado para darle buena suerte decide entonces darse una vuelta a la hora que sea porque intuye que encontrará algo insólito. O ese libro, disco o cinta pasado de rosca que tanta falta cree que le hace. Pese a que se toma con paciencia sus desplazamientos, tras haber investigado a esta especie hemos llegado a la conclusión que el mejor momento que siente es cuando se hace con aquello que tanto ansia. También al preguntarle el precio al vendedor sin que éste aprecie que daría por ello lo que le pidiera. 

El regateador.- Esta especie, desgraciadamente en extinción, era hasta hace unos años la más habitual en estos espacios. Se trata de gente que regatea por cualquier cosa. Si el vendedor propone cinco sestercios, él responderá que dos hasta llegar a un precio que convenza a las dos partes. Es una pena que esta técnica, todavía en alza en los bazares morunos, ya no se estile en nuestros occidentalizados rastros.

El ocasional.- No suele ser un habitual de los rastros. De hecho odia los rastros. Algunos porque les parecen sitios para pobres. Otros porque no soportan adquirir cosas usadas y unos terceros porque no suelen levantarse antes de las dos de la tarde los domingos. No suelen comprar por lo explicado anteriormente y no paran de criticar al colega que los ha convencido para pasar allí la mañana. Son fácilmente detectables por la cara, en la que se refleja mucha mala leche.

El pesado.- Tampoco es buen comprador pero presume con sus amigos de lo que ha conseguido a precio de ganga mientras le recrimina al otro que carezca de sus instintos de predador. Dice que conoce los mejores puestos de cualquier rastro pero que esa información nunca la revelará aunque sufriera tortura china. No son mala gente. El problema es que son unos pesados.

El voyeur.- Mucho cuidado con estos. Son de los que te observan y estudian en un puesto. De esos que ven cómo manoseas un ejemplar y dudas en comprarlo. Si lo dejas en su sitio, llegará el muy listo y se lo meterá en el bolsillo sólo por el placer de verte sufrir. Es más que probable que tire después lo que ha comprado en una papelera. Por eso es bueno seguirlos a cierta distancia. Generalmente sales ganando, porque te haces con la mercancía y sin pagar un sestercio.

El viejuno.- Pese a su denominación este pedazo de animal puede tener cualquier edad. Sólo compra lo que sea viejuno. Independientemente del valor que tenga. Si es viejuno vale la pena. Huelen, además, a viejunos.

El necromitero.- Este individuo, en contra del viejuno, no busca cosas viejunas sino raras. Preferiblemente libros olvidados por el tiempo, textos extraños (como El legado del temple) con lo que puedan invocar a los mil demonios del Averno. No les hacen ascos tampoco a velas pasadas, túnicas usadas, discos con cantos gregorianos y cintas de vhs de Kenneth Anger con Anton LaVey como protagonista. No vean cómo se ponen si descubren un texto desconocido de La Bestia, Aleister Crowley. Una recomendación: no hay que tenerles miedo. ¡Allá lejos! 

El madrugador.- Son todos aquellos que pasean por el rastro desde que este abre sus puertas. Miran, remiran, investigan. Como los dioses ayudan a quien madruga, son los que generalmente se llevan las mejores piezas.

El trasnochador.- O el que continúa la fiesta de la noche anterior visitando el rastro. A esta especie no le interesa el rastro, seamos sinceros, sino tomar la penúltima en los muchos bares que abren a su alrededor.

Los amantes.- Parejas que deben de haber pasado una noche divertida en casa y que se levanta para prolongar los efectos paseando por el rastro. Parecen que caminan por entre nubes y se ríen de todo sin haberse fumado un cigarrito de la risa. La tradición marca, además, encontrárselos desayunando churros.

El pesado.- Es ese señor o señora que se te pone al lado y no deja de recomendarte que compres esto o lo otro. Que le hagas caso. Lo mejor es obviarlos, hacer como si no existieran. Sí se les presta atención lo más probable es que regreses a casa con una bolsa cargada de cosas que, inevitablemente, terminarán en el cubo de la basura.

El coleccionista.- Explora los rastros para completar aquellas colecciones que por una u otra razón no pudo completar en su infancia o adolescencia. Es un bicho raro, va a tiro hecho. Normalmente se va sin nada a casa. Ahora bien, cuando descubre lo que busca parece que suena dentro de su cabeza la música de Superman.

El virgen.- Todos aquellos que se inician por primera vez en la extraña magia de un rastro. Se les detecta porque lo miran todo como alucinados y por su desarmante timidez. No se atreven a preguntar precios. Pasean y miran y el veterano, que recuerda cómo fue su primera vez, se solidariza con ellos y piensa: ¡bienvenidos a este caos consumista!

El veterano.- Los hay de todas clases pero nos quedamos con el que sencillamente disfruta con estos espacios. El de su ciudad y el de otras ciudades que ha tenido la buena suerte de conocer. Para nosotros es una especie de marinero que navega en tierra.  Hacen legión.

Los legionarios.- Pues todos esos veteranos que como si de una hermandad masónica se tratara se ayudan entre sí para orientarse y que encuentres aquello que ibas buscando. Son muchos más de los que se creen. Y se reconocen entre sí a través de palabras, toques y signos, lo que obliga a estar iniciado. En definitiva, ellos son los que dan vida a los rastros. Se tratan de hombres y mujeres de buenas costumbres. 

Aquí termina esta clasificación chiflada. A la espera de recibir la segunda parte…

… Saludos desde este lado del ordenador.

Otro consejo de monosabios… y van… y van… y van…

Lunes, Julio 26th, 2010

A mi esto de los comités de sabios me recuerda a los tres monos místicos o de la sabiduría. Ya saben, ese que no ve, ese que no oye y ese que no habla. El primero oculta sus ojos con las manos, el segundo se las lleva a sus orejas y el tercer se tapa la boca con ellas.

Esta idea, la de los famosos tres monos se me ha venido a la cabeza al leer la información que anuncia que Canarias contará con un Consejo Canario del Sector Audiovisual. Y que el mismo velará “por la calidad de los contenidos y la ética en el sector”, entre otras historias.

No se sabe todavía quien ocupará plaza en este comité de chimpancés, digo sabios, pero se indica que cinco de sus miembros saldrán del Parlamento de Canarias y los otros dos serán elegidos por el Gobierno. Lo que hace que me tema lo peor. Digo lo peor porque soy de los que cada día lo tiene más claro: sospecha con amargura de todo lo que salga de la Cámara regional. También de lo que emane del Ejecutivo autonómico. Y es que a los hechos me remito.

Ahora bien, en la nota se destaca bien clarito que todos ellos, los que integren el futuro comité de sabios o monos, según guste o disguste, “serán sometidos a un férreo régimen de incompatibilidades entre las que destacan la imposibilidad de tener interés en medios de comunicación de cualquier tipo, empresas de publicidad o de producción de contenidos”.

A ver si es verdad…

Los del comité tendrán “capacidad para imponer sanciones y ejercer acciones judiciales” y sus competencias abarcaránn desde la radiodifusión sonora hasta la televisión y cualquier otro sistema de transmisión de contenidos audiovisuales. Se prevé que el invento se ponga en funcionamiento — aún está pendiente por aquello de que entre en vigor la Ley para su aprobación definitiva– dentro de unos seis meses. Periodo tras el cual los acólitos del doctor Zaius podrán señalar con el dedo índice hacia arriba o hacia abajo según el caso lo que según sus personales criterios piensen que se sale del tiesto.

¡Tiembla Televisión Canaria!

¡Temblad televisiones locales!

Cuentan que el consejo de monosabios estará dedicado a informar sobre las propuestas de adjudicación y sobre las operaciones de venta o alquiler de las licencias. También la de realizar inspecciones e imponer sanciones. Además, “se encargará de fomentar la autorregulación y los códigos deontológicos” así como garantizar el cumplimiento de las obligaciones de servicio público radio y televisiones públicas y ser mediador en los conflictos entre operadores. En cuanto a su capacidad de imponer sanciones, este comité tiene la facultad de dictar instrucciones vinculantes (con multa de 100.000 euros a 500.000 euros, las graves de 100.000 euros a 50.000 euros, y las leves hasta 50.000 euros) y aprobar recomendaciones y ejercer acciones judiciales. Leo la información y la releo. Me rompo la cabeza pensando quién podría formar parte de este comité sin que se me aparezca ningún nombre en la cabeza, y espero, con resignación espartana, a su puesta en funcionamiento. Si el invento –e imagino que nace con tan noble intención—es para evitar opacidades, es bienvenido.

Claro que, mucho me temo, seguiremos informando.

Saludos, cual Taylor cuando se tropezó con la Estatua de la Libertad en aquella playa de aquel lejano planeta que no era tan lejano, desde este lado del ordenador.

Yo también reivindico a los guanches de a pie

Jueves, Julio 22nd, 2010

UNA REFLEXIÓN, DEBE SER COSA DEL CALOR

El fenómeno no es nuevo. Y supongo que le pasa a la mayoría de los habitantes de estas ínsulas. Y de otras. El hecho es que alejarte de Canarias durante unos días (casi dos semanas en mi caso) hace que el regreso sin ser traumático te deje algo tarumba y también marcado.

Cuando estás fuera, en otro sitio y en otro lugar, notas como te vas quitando la armadura con la que afrontas la realidad insular para descubrir a un personaje que eres tú. Sólo que libre de ataduras, presiones, cuchicheos y otros hartazgos que te rodean diariamente. Vuelves a descubrir también con cierta congoja que tu región es un pequeño ombligo situado en el mundo, y agradeces las nuevas perspectivas que van sacudiendo tu cabeza mientras el proceso de metamorfosis sigue avanzando irremediablemente. Puede que hasta te parezca que eres más fuerte. Una ilusión.

Cuando regresas a Canarias y han pasado unos días sabes que todo sigue igual. Que las miserias diarias continúan siendo las mismas. Y aprecias, falsamente sorprendido, que te encierras de nuevo en esa especie de torre de marfil para evitar los ninguneos y desprecios (probablemente involuntarios) de los que te rodean. Notas que vuelves a ser ese otro yo, y que la experiencia vivida en el exterior sólo forma parte ahora de tu leyenda, de tu pequeña historia, de un plácido sueño del que te has despertado.

ABRE LOS OJOS

Los medios de comunicación se han volcado sobre el anunciado regreso al cine de Javier Fernández Caldas. Leo a través de la Internet los numerosos artículos que se han escrito sobre el cineasta tinerfeño y sacudo la cabeza. Caldas sabe venderse lo que se dice muy bien.

Espero con impaciencia el estreno de este nuevo cortometraje de título tan poco sutil, La criada. Veo algunas imágenes y aprecio un buen trabajo de fotografía. Esto me hace recordar que cuando veía una película con mi santo padre, siempre exclamaba (sobre todo si se trataba de un western, género por el que ambos dos sentíamos devoción) algo así como ¡qué foto!. Y yo pienso, con esto del regreso de Caldas –Diario de Avisos publica hoy mismo un reportaje sobre esta La criada–, qué foto la de este director que hace un puñado de años rompió en estos siete peñascos y también allende sus fronteras con los cortometrajes El último latido y Frágil. Después con el inclasificable largometraje La isla del infierno y su radical reivindicación del guanche de a pie y ese extraño experimento que responde al nombre de El aroma del café, para quien les escribe su mejor obra hasta la fecha. Quizá por rara e insospechadamente intelectual.

UN RESISTENTE

El incombustible y afortunadamente casi siempre inclasificable Josep Vilageliú presenta hoy, jueves, en el Ateneo de La Laguna un documental en forma de diario llamado DC ADA. La entrevista, que pueden leer sí pinchan este enlace, me ha resultado francamente interesante. Interesante porque Josep Vilageliú habla de sus constantes, de cómo ideó este nuevo experimento audiovisual y del retrato que se hace como cineasta de frontera: “El cine de ficción que yo he hecho son artefactos muy barrocos, donde mezclo códigos del teatro o de la música, cine de investigación. En cuanto a documentales, siempre he intentado que sean las imágenes las que lo digan todo, con apenas una voz en off para situar”.

JUGANDO A SOLDADITOS

Uno de mis mejores amigos forma parte del batallón de falsos soldados que cada 25 de julio se disfrazan de infantes para recrear el asalto a Santa Cruz de Tenerife del por aquel entonces contraalmirante Horacio Nelson. El cineasta Teodoro Ríos es quien dirige a esta tropa, formada por aficionados a la Historia, y no deja de hacerme gracia.

Ese amigo al que le encanta llevar mosquetón está empeñado en que forme parte de este universo de adultos que quieren hacer una guerra de mentirijillas. Y quizá, si me hubiera cogido más joven, quién sabe. Ahora disfruto verlos desfilar por las calles de la capital tinerfeña quizá porque como dijo Scott Fitzgerald “soy una persona que me emociono al escuchar a las trompetas tocando a plata”, y de esas que todavía saca de sus cajas de Airfix los soldados que participaron en la célebre batalla de Waterloo. 

Saludos, cantando aquello de que calor, que calor, desde este lado del ordenador.