Archive for Junio, 2013

Del bañador blanco de Esther Williams a la risa del papanata seductor creado por Tom Sharpe

Viernes, Junio 7th, 2013

Sirena, sirena, sirena… es la palabra que más se repite en las notas necrológicas que lamentan la muerte de Esther Williams. Una mujer, una actriz, que sin apenas registros interpretativos se hizo un hueco en el cine de Hollywood por ser toda una experta nadadora, como el legendario Johnny Weissmuller, el mejor Tarzán de los monos que somos todos.

Muere también Tom Sharpe, a quien no he tenido el gusto de leer, pero que gente a la que respeto y por lo tanto aprecio no se cansan de recomendármelo para que me ría con sus historias. Ya conté en otra ocasión que a mi me gusta mucho la literatura de humor, género que en España cuenta con indiscutibles maestros. Es probable, tras el anuncio de su fallecimiento, que me encuentre con Sharpe si este domingo descubro algunas de sus novelas en el Rastro.

Por mucho que me empeño no recuerdo ninguna película de Esther Williams que me partiera el alma aunque su ausencia recupera imágenes de la señora en bañador. No hace mucho, de hecho, sí que vi uno de esos musicales que protagonizó junto a un por aquel entonces principiante Frank Sinatra y me fascinó el cuerpo de la Williams enfundado en ese bañador estrecho, de color blanco purísimo, que hacía todo lo necesario por borrar las bondades de sus curvas. No se quería entonces que resultaran peligrosas. El cine de la Williams fue igual de blanco que sus gloriosos bañadores de una pieza: blancos.

Léete las de Wilt insiste un amigo empeñado en que me meta en el universo literario de este profesor que se hizo escritor. No se lo digo, pero una de las razones que me alejaron de sus historias fue la lamentable adaptación cinematográfica de, precisamente, el primer título de lo que más tarde se convertiría en serie. Reitero que tengo la esperanza de encontrar en el Rastro algunas de sus novelas. La razón dice que los prejuicios no llevan a ningún lado, también que no es lo mismo leer literatura de humor que ver una película basada en una novela de humor. No suele funcionar la fórmula.

Veo ayer, cuando cae la noche, El día de los tramposos, una comedia negra, de vitriólica crueldad. Cínica y terrible. Al margen del duelo interpretativo Henry Fonda-Kirk Douglas, no sé explicarme porque su título en castellano se me antoja tan realista en los días que vivimos.

Esto, escrito con urgencia, quiere ser un humilde homenaje.

A Williams y a Sharpe.

El resto, como el filme de Joseph L. Mankiewicz, es una trampa.

Saludos, volveremos más tarde, desde este lado del ordenador.

Chuka, una película de Gordon Douglas

Miércoles, Junio 5th, 2013

No es un cineasta reivindicado entre los aficionados quizás porque su trabajo tanteó –siempre con oficio– toda clase de género. Un profesional que no se arrugó ante los guiones que se le presentaban y si bien, es un juicio muy particular, destaca por sus western y la trilogía sobre el detective Tony Rome que interpretó en pantalla Frank Sinatra, sí que me parece una injusticia que su nombre no ocupe al menos un puesto destacado en esa larga lista donde algunos colocamos a los hombres y mujeres que han hecho posible lo imposible explotando los recursos de su imaginación.

Y Gordon Douglas lo siento como uno de los míos. 

Por bicho raro, por secundario resignado, por ser uno de esos artesanos que lo mismo rodaba una comedia con Jerry Lewis que una película con hormigas gigantes que te dejaba sin respiración…

Douglas contribuyó además a consolidar el talento interpretativo de ese astro de la canción que fue y es Sinatra, pero también dos western que son rara avis, películas que trascienden las fronteras del género. Dos pequeñas producciones de aparente relleno que todavía resplandecen por extrañas y traumáticas: Río Conchos y Chuka.

No se tratan de títulos menores en el cine de vaqueros e indios. Es más, vistas hoy, han sabido rejuvenecer por su insólita preocupación por definir el carácter de sus broncos personajes y por mantener un diálogo sincero y grueso, sin quieren, sobre el fanatismo, espita que abre la caja de los odios extremos. Historias muy arriesgadas y que cuentan con una narrativa de libro que no deja de resultar idónea para reflejar relaciones encontradas, miserias y represiones en estado de ebullición, y un discurso en torno a la masculinidad realmente desconcertante.

Otro día hablaré de Río Conchos, probablemente su western más reivindicado, porque hoy quiero hacerlo de Chuka, filme que veo una noche en la que reclamo cine de evasión con muchos quilates y película que vuelve a capturarme porque más que una del oeste es un relato de terror psicológico en el que los arapahoes, la tribu en armas que asedia un fuerte perdido en la inmensidad del desierto, resulta una excusa porque aquí lo que importa es retratar a un grupo de hombres y dos mujeres traumatizados y contradictorios. 

En este aspecto, la historia de Chuka recuerda una de las novelas más fascinantes del escritor y periodista italiano Dino Buzzati, El desierto de los tártaros, no ya por reunir a un grupo de personajes en un entorno lejano, casi perdido, sino también al ir revelando poco a poco el  carácter de sus protagonistas que pasean con los ojos vendados por la delgada línea roja que separa la cordura de la locura. 

Y todo ello sin resultar pretencioso, y eso tratándose de un western psicológico que la mirada de Douglas refleja con la aplastante sencillez de un maestro.

Contribuye a ello una galería de personajes que han dejado de creer en el futuro, perdidos en su propio mundo mientras esperan resignadamente la hora de su muerte. Ahí está el coronel (John Mills), un hombre que esconde un pasado oscuro y que olvida su flaqueza empapándose de alcohol. Una mujer de turbadora y gélida belleza (Luciana Paluzzi) pero inalcanzable para el personaje que da título al largometraje, Chuka (Rod Taylor) y unos secundarios torturados en su propio abismo personal.

Se trata Chuka de un western cerrado, que apenas explota los grandes espacios abiertos al ser rodado prácticamente en estudio, lo que acrecienta si cabe esa lucha territorial que emprenden todos sus protagonistas mientras van sacando a relucir sus fantasmas, o los cadáveres que guardan en el armario. 

Es un filme con muchas dobleces, y una acertada reflexión sobre el abuso de poder.

Abuso de poder el que ejerce con crueldad despiadada el coronel, expulsado por cobardía del ejército británico, sobre los hombrs que están a su mando. Abuso de poder el de su segundo al mando (Louis Hayward), quien mantiene por la fuerza relaciones con jóvenes indias que le procuran algunos de sus soldados; y abuso de poder el de estos mismos soldados hacia su corrupto superior.

En medio de esta tormenta, y bajo la presión de un ataque de los indios que no viene aunque se cobra algunas víctimas en forma de guerrilla, lo que dispara más la sensación de debilidad del destacamento, aparece un pistolero de nombre Chuka que encuentra en este rincón del mundo al amor de su vida.

Apenas se nos cuenta nada de esta relación, salvo que estuvo condenada al fracaso por la diferencia social, abismo que los separó cuando se conocieron en territorio civilizado.

No deja de asombrarme, mientras veo Chuka, de lo que era capaz el cine norteamericano en unos años, finales de los sesenta, en lo que ya planeaba sobre el género su presunta sentencia de muerte. Es un filme con cierto aroma europeo, ahí su reparto, y en cierta manera antecedente de lo que más tarde degeneró en lo que se conocería como espagueti western, que termina por cautivar, y al que incluso se le perdonan sus notables defectos porque continúa emocionando y conmoviendo.

Y si bien no respira el aplastante nihilismo de Río Conchos, sí que cuenta con momentos inolvidables, no exentos de ironía, como la brutal pelea entre el sargento mayor (Ernest Borgnine) y Chuka, así como el combate final, que se resuelve de manera trágica.  Y las inevitables escenas románticas, que más que de amor, resultan explosivamente sexuales.

 Elementos todos ellos que dotan de sustancia un título que no debería de pasar desapercibido, y que desde esta humilde bitácora escobillonera recomendamos a los que caminan con los ojos abiertos como a los que lo tienen cerrados, siempre con el ánimo de que aprendan a abrirlos.

Saludos, ¡viva el cine de barrio!, desde este lado del ordenador.

Otra vez con el Cine Víctor ¿a Dios pongo por testigo que no volveré a pasar hambre?

Martes, Junio 4th, 2013

En los años ochenta se multiplicaron como setas en las dos capitales canarias los multicines, espacios que junto al fenómeno del vídeo, en aquel entonces muy popular, bastaron para dar el tiro de gracia a la sala tradicional, al palacio que nos prometía por el valor de una entrada un viaje a la tierra prometida.

Que es la de nunca jamás.

La aparición de las salas múltiples en Santa Cruz de Tenerife coincidió también con el tímido renacer del cine en esa década moralmente ominosa en la que por primera vez oí hablar de los yuppies, personajillos vestidos con traje y corbata, que alisaban su cabellera con litros de brillantina y ganaban dinero haciendo del arribismo una religión y cuya mayor aspiración en la vida era parecerse no a un caballero ambiguo y encantador como Cary Grant sino a Mario Conde.

La primera sala de este tipo que comenzó a funcionar en Tenerife fue el Oscar’s, y a ella le debo experiencias visuales y espirituales como Excalibur, de John Boorman; Blade Runner, de Ridley Scott, antes de que se nos volviera tonto; la decepcionante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) para los que nos habíamos quedado con la lengua fuera tras El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y Viaje alucinante al fondo de la mente, que para la pandilla con la que me movía en aquellos días fue algo así como el no va más…

… O la película que suscitaba encendidos debates una vez salías de la sesión, pienso ahora que originados más por la necesidad de hacernos creer que lo que habíamos visto era otra cosa y no la excéntrica tomadura de pelo que fue.

Ya saben, una película más firmada por el Baz Luhrmann de aquel tiempo, su graciosa majestad Ken Russell.

Tras el éxito de los Oscar’s, y muy próximos, el cine Greco, el fantástico cine Greco  de aquellos tiempos color sepia, terminó también claudicando a su señor Hyde transformándose en multicines; como El Price en multicines Price, hoy Renoir Price.

La fiebre por las salas múltiples se contagió también a La Laguna, donde aparecieron los multicines Aguere, hoy reconvertido en espacio socio cultural.

Parece mentira contado así, pero el fenómeno de las multisalas como sucedía en el resto del territorio nacional vivió una época de leche y miel que hoy cuesta trabajo imaginársela.

Y eso que quien les escribe fue testigo de aquel proceso. Proceso, hemos dicho, que supuso la muerte de la sala de cine tradicional.

Todo esto que explico viene a colación a propósito de una información en la que se anuncia que el Cine Víctor, situado en la plaza de La Paz de Santa Cruz de Tenerife, y sala cuya trayectoria ha resultado de existencia errática desde que los tiempos de leche y miel dejaron de manar, abrirá sus puertas dentro de un mes como sala de cine, dejando atrás su frustrada experiencia como sala de variedades.

La noticia, leída así, asombra.

O me asombra porque parece ser que se ha alcanzado un acuerdo entre los dueños del Víctor y la empresa EST ocio SL –de la que no encuentro referencias en Internet– que tiene la idea de continuar adelante para convertirla en una “sala dedicada de forma casi exclusiva a la exhibición de películas.”

Leído así parece una inocentada.

Sobre todo si atendemos a las cifras en franco descenso de público a las multisalas, algunas de las cuales se plantean incluso si ya es hora de poner el cartel de cerrado.

Muchas son las razones que explican esta recesión, qué les voy a contar a ustedes, por eso me llama poderosamente la atención leer que el contrato se firmará el viernes, 7 de junio, entre los dueños de la sala y Eladio Fraga, a quien tengo el gusto de conocer y con quien me detengo en ocasiones para hablar sobre lo divino y sobre lo humano y personaje que tiene ideas claras con respecto a la actual situación económica que vive esta isla, el archipiélago y el país del que forma, formamos, parte.

Por eso, mientras escribo, no deja de ser contradictorias las sensaciones que me asaltan.

Por un lado, celebro que se anuncie que el Cine Víctor vuelve a encender sus luces y que la exhibición de películas formará “el grueso casi exclusivo de su programación”; pero por otro es inevitable que me pregunte por la rareza que un tipo como Fraga se meta en esta empresa.

Quiero imaginar que habrá visto negocio…

Aunque ese negocio incluya una reforma profunda de la sala, bastante descuidada si uno pasa todos los días, como es mi caso, frente a su antaño palaciega entrada.

Otra cuestión es si este hipotético Víctor, que quiere volver a su papel de doctor Jekyll, ¿qué tipo de cine ofrecerá?

A Eladio Fraga lo conocí en su etapa al frente de los Oscar’s.

Un hombre con los pies sobre la tierra y con una idea muy clara del negocio.

Mide la calidad de la película según su rentabilidad en taquilla.

No le hables así de cine que solo entienden los friquis.  

Los primeros multicines que operaron en la capital tinerfeña llegaron además en un momento de cambios de los que todavía nos estamos recuperando…

Por ello, que sea el mismo Eladio quien se disfrace de Rhett Butler para recuperar Tara –el Víctor– para la caprichosa, pero también abnegada Scarlata –Santa Cruz de Tenerife– me desarma. Y me sabe a curioso déjà vu.

Y pienso que con la que nos está cayendo…

Con el titánico esfuerzo con el que la mayoría estamos resistiendo…

… Pues va a resultar verdad que la esperanza nos mantiene.

 Saludos, después de todo, mañana será otro día, desde este lado del ordenador.

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Lunes, Junio 3rd, 2013

En el Rastro de esta desordenada ciudad que es Santa Cruz de Tenerife he encontrado algunos de los mejores libros que ocupan hoy mi también desordenada biblioteca.

Ir al Mercadillo se ha convertido así en una tradición, y en un oasis con el que pertrecharme de libros usados a precios de crisis. Crisis que se multiplica en los últimos tiempos por la demora en el pago de algunos servicios que presto cuando alguien requiere el concurso de mis modestos esfuerzos.

Cada mañana de domingo, al visitar el Rastro, se enciende la llama de una emoción ante lo que voy a descubrir que no se apaga con el paso de los años.

Es verdad que en ocasiones regreso a casa con las manos vacías, pero en otras aguanto por las asas una bolsa de plástico repleta de volúmenes que pasarán a ocupar ese lado de la mesa de noche donde esperan con paciencia y extrema generosidad a que los lea.

O al menos que los abra por la primera página.

Son estos momentos, quizás, los más intensos. Los más atrevidos. Los más, ya se ha dicho, emocionantes.

No solo, como le explicaba esta misma mañana a una amiga que me abrió los ojos y es responsable de este post, por la expectación que siempre supone buscar refugio, sino también por las cosas que a veces me encuentro dentro de ellos.

No me refiero a postales o a cartas olvidadas.

Ni siquiera a calendarios pasados de fecha que sirvieron alguna vez de marcadores, sino a palabras subrayadas a lápiz, imagino que marcadas con la misma pretensión que cuando lo hago yo.

El domingo pasado, en el Rastro, encontré en uno de los puestos títulos que procedían de una biblioteca bien surtida y armada.

Curiosamente, y mientras pensaba en Ezequiel Pérez Plasencia que suele acompañarme en estos paseos domingueros, me hago con Un niño, del apreciado Thomas Bernhard y oculto entre tratados de psicología una edición en bolsillo de Lolita, de Vladimir Nabokov, ejemplar que tengo ya en casa en una vieja edición de 1959 publicada por la editorial argentina Sur, pero que ahora me llama la atención cuando lo abro y leo frases subrayadas por quien tuvo que ser su anterior propietario.

Alguien al que no pongo sexo y que puede estar vivo o puede estar muerto.

Comparto Lolita.

Y me hago –también procedente de la biblioteca de esa misma persona desconocida– con unos cuentos de Cesare Pavese. Un autor, Pavese, que de tanto en tanto está conmigo cuando más lo necesito.

Ojeo el ejemplar de Lolita.

Y leo, entre otras frases subrayadas por esa mano a la que no quiero poner rostro: “Lo ‘ofensivo’ no suele ser más que un sinónimo de lo ‘insólito’; que una obra de arte es, desde luego, siempre original, por lo cual, su naturaleza misma hace que se presente como una sorpresa más o menos alarmante.”

Y más adelante: “Escribí otros poemas. Me sumergí en la poesía de los demás. Pero no olvidé por un segundo el peso de la venganza.”

Y apenas unas nueve líneas por debajo esta frase que me conmueve e inquieta, marcada por ese lector desconocido con lápiz pero dos o tres veces, supongo que con la intención de que dejara huella en la página: “nunca volvió a hundir mi imaginación sus colmillos”.

Paseo los ojos por esta edición usada de Lolita y me detengo en medio de la calle para leer: “Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; y muy al contrario, el sexo no está sino supeditado al arte.”

Y como se tratara de una consigna, o una manera de materializar la desesperación que siente su antiguo propietario: “Lloraba de nuevo, borracho de pasado imposible.”

Hay más frases subrayadas, y páginas con la esquina superior doblada. Una costumbre que detesto pero que decidido respetar en esta Lolita que, siento caprichosamente, comparto con alguien al que, reitero, no quiero imaginar.

Digamos que lo dibujo con un rostro borroso, que una nube oculta sus rasgos.

En unos días en los que busco emociones que lleguen directas al corazón –ese frío trozo de hielo azul, escribe Nabokov– descubrir esta edición de Lolita arrugada, maleada, leída, es de las pocas experiencias agradablemente desconcertantes con las que me he encontrado en los últimos meses.

El sábado, antes de ir al Rastro, pensaba tirar la toalla. Mandarlo todo a paseo, asqueado de esta siniestra realidad que quiere mancharlo todo.

Que loa el sálvese quien pueda.

Que humilla al tonto el último.

Pero tengo sosiego. Y aún respiro aire que refresca mis castigados pulmones.

Y me duermo pensando que mañana es domingo.

Y toca Rastro.

Afortunadamente todavía tengo ánimo para levantarme y bajar a los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de África donde me encuentro con una leyenda hecha pedazos a la que últimamente suelo ver por ahí.

Saludo también a otro que deambula.

Y a un tercero que parece querer camuflarse entre el gentío porque, probablemente, “preferiría no hacerlo…”

Subo una de esas cuestas de la desordenada ciudad y tropiezo con aficionados del Tenerife que celebran el ascenso a segunda división de su equipo.

Uno incluso me da un manotazo amistoso en la espalda, no sé ahora si para que me una a la fiesta. Imagino de todas formas que al verme la cara decide alejarse mientras salta como una rana por la calle y se confunde entre el gentío que enarbola banderas tricolores y otras que son la misma que la de Escocia.

¿Por qué tiemblo?

A la altura del cine Víctor me persigno y rezo.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.” 

Lo.Li.Ta.

(*) En la imagen James Mason y Sue Lyon en la versión cinematográfica de la novela de Nabokov dirigida por Stantely Kubrick.

Saludos, habla, memoria, desde este lado del ordenador.

Lánguida es lanadacotidiana

Domingo, Junio 2nd, 2013

Winslow M. Iwaki, Khaled Kouka, Rebeca Pérez Rodríguez,  Guacimara Rodríguez, Fernanda Hernández Gutiérrez, Jaime Hernández, Alicia Rodríguez Reyes y Juan Carlos Padrón son los habitantes de lanadacotidiana, una película de Fátima Luzardo. 

El pasado jueves, 30 de mayo, se estrena en TEA Tenerife Espacio de las Arte el primer trabajo como realizadora de Fátima Luzardo, lanadacotidiana, en una sala repleta de público pese a tratarse de un día festivo –en algún lado lo conocen como Día de Canarias– y pese a que el tiempo no acompañe a salir de casa.

Recuerdo que del cielo cae una tímida pero antipática lluvia, que la ciudad parece un desierto grisáceo y que pienso luego existo porque me toca citar a mi amigo René.

¿Merece la pena el esfuerzo?

¿Dejar lo que estuviera haciendo –nada– para encerrarme en TEA?

Las reacciones son contradictorias.

Encuentro en lanadacotidiana muchos de los vicios que arrastra el audiovisual canario que pretende asaltar a pecho descubierto: crónica, precisamente, de una nada hecha pedazos.

Una narrativa titubeante, una sensación extraña de que no sabe hacia dónde va. Buenas ideas que, lamentablemente, se quedan sin explotar.

Por otro, sí descubro cuidado en la producción, preocupación en la dirección de actores, mimo en el encuadre y una hábil e inteligente mirada sobre la ciudad. Entorno urbano que en lanadacotidiana casi tiene papel protagónico junto a los habitantes, más que personajes, que la transitan.

Es una película coral, con un caminante que sirve en algunos momentos de conexión involuntaria por algunas de las distintas situaciones que propone Luzardo.

Hay de todo un poco, un matrimonio en crisis, un anciano solitario que espera pacientemente su turno mientras almuerza en el que me parece el plano más conmovedor de la cinta; una mujer enferma, un hombre que cuida a una mujer mayor, un músico… Vidas errantes que se cruzan en ocasiones pero de las que apenas conocemos nada salvo su fatal resignación.

Es lanadacotidiana una historia de cuadros trágicos por la mediocridad que encierran los habitantes multiétnicos que la habitan. La ciudad, o ciudades –Santa Cruz de Tenerife y La Laguna– contribuye a alimentar esa sensación de dejarse aplatanar. Sensación que refleja muy bien una fotografía de tonos si cabe más fríos que los habitantes que se mueven por ella.

Este empeño por observar quita así nervio a escenas que podían haber resultado conmovedoras, aunque deja en el ánimo del espectador, al menos este fue mi caso, una sensación de frustración que debería de psicoanalizarme.

Como ópera prima, Fátima Luzardo pasa la prueba. Ahora bien, exige también conocer que será lo que vendrá a continuación en su nuevo itinerario como cineasta. Leo en algún lado que prepara un documental, espero sinceramente que le imprima el calor que necesitaba lanadacotidiana. Un trabajo que requería menos distanciamiento y más implicación emocional con los habitantes que pueblan el relato.

Con todos sus defectos, lanadacotidiana respira algunos momentos de inquietante verdad. Ya cité antes ese magnífico plano del anciano comiendo, sumido en su resignada soledad. También sabe ponerme la carne de gallina cuando observo al individuo que sirve de hilo conductor mientras contempla pasar una procesión o la conversación que mantiene el mismo hombre con otro en un mirador. Charla en la que parece que se rompen los muros de la incomunicación de una película que apenas explota sus posibilidades.

Resulta así lanadacotidiana de una desconcertante languidez.

Languidez no sé si voluntaria, pero perjudicial para los temas que maneja: la soledad, la decepción, lo inevitable, el carnaval de las relaciones…

… La condena de ser libres. 

(*) La imagen está tomada del blog Algo que se parece a cine.

Saludos, si piensas debe ser que existes, desde este lado del ordenador.