Archive for the ‘Arte’ Category

Fallece el crítico de arte Orlando Franco

Domingo, Marzo 10th, 2013

Tras el fallecimiento del profesor Amadou Ndoye a principios de esta semana, nos enteramos por La Provincia de la noticia de la muerte del crítico y comisario de arte Orlando Franco, víctima informa el periódico grancanario de una “fulminante enfermedad.”

Franco, nacido en la capital grancanaria en 1959, coordinó en sus últimos años el Área de Industrias Creativas del Centro UNESCO de Las Palmas de Gran Canaria, así como fue el precursor de los PechaKucha Night, organizando la primera de estas exposiciones breves de creativos y profesionales de las celebradas en Canarias.

Algunas de las exposiciones que comisarió son: Arte Internacional en las colecciones canarias (Centro Atlántico de Arte Moderno, 1990); Escenarios diferentes (La Regenta en Las Palmas de Gran Canaria y La Granja en Santa Cruz de Tenerife, 1994); Espacios y modos (Edificio Miller, 2003);  El artista como arqueólogo, Millares y El Museo Canario (CICCA, 2007) e Irradiaciones de Oramas (Cicca, 2008).

En su papel de crítico destacan sus trabajos La escena alterada: apuntes sobre la obra de Andrés Solana (1988), Voces de Lola Massieu (2002) y Las pasiones inútiles: 20 años de la Galería Manuel Ojeda (2004).

Saludos desde este lado del ordenador.

Cristino de Vera por Francisco Umbral

Martes, Noviembre 27th, 2012

“Uno que se había quedado en el Rastro (ya se me olvidaba), haciendo manierismo y puntillismo en su alto buhardillón, era Cristino de Vera, vagamente canario, entrañable y entrañado, alto, estrecho, caído de alma, doliente de acento. Cristino era la víctima de su lucidez.

Cristino de Vera había comprendido en seguida que el hombre tiene que estar solo, soltero, buscándose la aventura de cada atardecer, y dedicando el resto del día al monacato de su creación, que lo suyo era una cosa como de monje medieval que hubiese asistido a las vanguardias de entreguerras. Hacía calaveras, velas, pañitos, soledades, resplandores de llamas, como se sombra, todo mediante un puntillismo/manierismo que martirizaba hasta la locura, y aquello lo exponía una vez cada cinco años, así es que lo exponía, porque lo suyo era, habiéndose elegido tan libre, la prisión del color sin color, la línea sin deleite y el ascetismo romántico, religioso y ateo de sus cuadros.

Cristino de Vera, en buhardillón del Rastro, se llenaba de vino y palabras, y yo le iba viendo (encontrado luego en tantas otras atmósferas madrileñas) el verdugón del alcohol, el moratón traidor del vino en lo más puro de su expresión de hombre feo y bueno. Seguía peinándose como un niño, con la raya a un lado y el pelo cortito, cuando el  amor, el vino, la pintura, la soledad y los años le habían echado siglos sobre la espalda un poco cansada.

Cristino de Vera aparecía y desaparecía en los bosques de alemanas (que no bosques alemanes) que tiene Madrid donde los tiene, entre el Museo del Prado y el Rastro, entre un café y una casa de citas, y su elegancia de hombre inelegante, su tristeza de falso alegre, me devolvían a un presente duro y puro, sin posible progreso, en el que en realidad nos movíamos todos.

-  ¿Y cuánto crees que nos queda, Paquito?

-  Pues no los sé, Cristino.

(Me incluía abusivamente en su generación, que era la anterior a la mía.)

- Ya nos va quedando poco, Paquito.

(Y eso siempre con el acento doliente y canario de su soledad, que le doblaba el guanche.)

-  Sí, Cristino.

- ¿Pero poco de follar o poco de vivir?

(Y me transfería a mí, de pronto, toda la complejidad existencial que era él  quien había desencadenado.)

- Ni se sabe, Cristino.

- Ay qué poco nos queda, Paquito.

- Lo que tú digas, Cristino.

Siempre me gustó mucho su pintura seca y mística, porque Cristino era el Juan Gris de la transverberación atea y puntillista, más que cubista, el hombre de tema limitado y técnica segura, pero siempre la misma, el obsesivo de un rincón del cuadro o de la vida que podía trabajar hasta agotarlo o agotarse.

- Que nos va quedando poco, Paquito.

Pero yo creía que me quedaba mucho, porque aún no había empezado, en aquel año sesenta, que tuvo tantos inviernos y veranos (como que a lo mejor fueron varios años), pero yo no quería llevarle la contraria a Cristino de Vera, pintor consagrado y minoritario, como no quería llevarle la contraria a nadie, a mí que más me daba, oiga, yo había venido a Madrid para darle la razón a todo el mundo, no te jode, que había que colocar un artículo donde fuese, como fuese y con quien fuese y había que levantar un dinero por las ventanillas a fin de mes, para pagar las siete pesetas de realquilado en Getafe (que era lo que pagaba don Antonio Machado, de realquilado en Segovia, tiene cojones esto de la literatura).

- Tiene cojones esto de la pintura, Paquito.

- Yo decía de la literatura, Cristino.

- Es igual, Paquito, hijo, es igual, qué más da una cosa que otra, lo cierto es que tiene cojones.

Cristino de Vera, febril en frío, lejano y cercano de Máximo de Pablo o Tino Grandio, el gallego tardo que murió de cáncer de la picha, Cristino de Vera, solo en la vida, entre mujeres, citándose siempre por la lo otra punta de Madrid. Correa, Costa Fleming, todo eso, con extranjeras gilipollas o señoritas bien menores de edad.

Cristino de Vera, solitario, genial y conventual, de quien  aprecia un bodegón macabro, con los años, en las mejores casas de Madrid.”

Trilogía de Madrid. Memorias, Francisco Umbral. Colección Narrativa, Editorial Planeta, 1984.

Saludos, llueve, desde este lado del ordenador.

Horizontes perdidos

Martes, Octubre 2nd, 2012

El hombre es un animal de costumbres cambiantes. Llego a tan trascendente conclusión sentado en una de esas bibliotecas que salpican el paisaje de la capital tinerfeña y en la que uno se tropieza, más que con lectores, con estudiantes que repasan apuntes escritos la mayoría de ellos con caracteres más o menos jeroglíficos… O tan jeroglíficos como mi escritura.

Siempre me he preguntado, yo que soy hijo de la máquina de escribir, que más tarde se transformó en eléctrica y fue sustituida finalmente (¿?) por los computadores, cómo se lo montaban los escritores de antaño cuando carecían de herramientas tan eficaces. También de cómo fueron capaces de producir tanto y bien –pienso en Tolstoi, en Galdós, en Defoe, en Stevenson, entre otros–  rasgando el papel con la pluma… Tachando, emborronando, reescribiendo títulos colosales como Guerra y paz, pongamos de ejemplo.

Repaso, cogido de un estante de la misma biblioteca en la que me encuentro, los artículos mordaces que en su día escribió ese gran amante del cine que fue Guillermo Cabrera Infante, un hombre que además de ser escritor fue un atinado espectador y un perverso, y espero que molesto, contador de las grandezas y miserias de las revolución cubana, país en el que su nombre aún se pronuncia con la boca pequeña no vaya a ser que quien lo susurre piense que esté más allá de esa saturnina revolución…

Un buen amigo me presta, y no sabe el regalo con fecha de caducidad que me hace, las memorias de Christopher Hitchens, Hitch-22, que leo con los ojos muy abiertos, y asombrado por toparme con un autor al que considero de los míos por el amor con el que desgrana una vida salpicada de contradicciones.

Es verdad que me enfado con algunos fragmentos que disemina en este libro que todo aprendiz debería de leer, pero afortunadamente los cabreos son cosa habitual entre los mejores amigos, que son todos aquellos que están cuando nadie parece que está.

La lectura de Hitch-22 me reconcilia además con un oficio, el periodismo, que creía definitivamente perdido y me invita a leer a George Orwell. Pero no el Orwell de 1984, Rebelión en la granja y Homenaje a Cataluña (para mí siempre Cataluña, no Catalunya) sino los otros escritos que nos legó un narrador que terminó siendo masticado y digerido por sus dos títulos más famosos… ya saben, el que protagoniza el Gran Hermano y el cerdo Napoleón.

Continúo disfrutando mientras tanto con Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, pero con pequeños y delicados mordiscos, consciente que si lo hiciera de otra manera castigaría la bronca belleza de un libro con el que incluso sueño… Y también con dos deliciosos relatos inquietantes de uno de los mejores, pero también más injustamente olvidados, escritores británicos de fantasía y ciencia ficción, John Wyndham. Encuentro una novela corta y un cuento del autor de El día de los trífidos en un volumen del año de la pera. Mereció la pena el gasto mientras en el Rastro de la capital tinerfeña me topó el domingo pasado que ya ha muerto con una edición de El Golem, la mítica novela de Gustav Meyrink, lo que me hace pensar en la obra de este fascinante escritor aficionado a las artes esotéricas, y a quien leí en la primavera de mi existencia con un arrebato que desde ese día me acompaña cuando descubro algún libro, conocido o desconocido, del autor…

Simultaneo estas lecturas con novelas que me llegan de aquí.

Subo mi opinión acerca de los últimos títulos firmados por Carlos Álvarez y Santiago Gil, pero ninguno de los dos llega a tocarme ese pedazo de alma que debo de tener en alguna parte. Me avisan de otros escritores nacidos o residentes en Canarias. Nombres conocidos y desconocidos en cuyos libros espero encontrar ese algo del que tanto hablo, y que me permita enfrentarme a un día a día que vivo en fase de desguace.

Las nubes del otoño, probablemente la estación más enfermiza que conozco, irrumpe con sus primeras nubes. Me coge una mañana y en plena calle una lluvia feroz y antipática y me doy cuenta que solo bajo la ducha soy capaz de cantar bajo la lluvia.

Tengo un sueño extraño y si quieren gótico que me hace despertar a una hora de la madrugada en la que eres consciente de tu soledad y quiero escribir esa experiencia porque, como sucede casi siempre, llegas a creer que es el relato de terror definitivo. Las pesadillas son así sueños extraños para quien ahora les escribe, quien últimamente se levanta mientras suena en su cabeza el Shangri-La de The Kinks y una voz grave le recomienda que vuelva a leer La doncella de hielo de mi admirado Marc Behm. Esto me sugiere que escriba sobre Behm, pero ya le dediqué un post en la noche de los tiempos cuando me enteré de su muerte… El escritor y guionista comenzó a escribir tarde, recién había cumplido los cincuenta, aunque ya había hecho el gamberro prestando su talento al cine.

Cine.

Gracias al periódico El Mundo recupero Casanova, de Federico Fellini, que no es una obra redonda pero sí un bonito homenaje sobre el amante que elevó el sexo a un arte puramente gimnástico. Repesco, además, Propiedad condenada, de Sydney Pollack, con la hermosísima y carnal Natalie Wood junto a un Robert Redford que no deja de recordarme al coprotagonista de La jauría humana. El antagonista es un bronco Charles Bronson, un actor que casi siempre hizo de sí mismo. Da miedo, tanto miedo como cuando interpretaba aquellos policiales teñidos de venganza en donde, es un suponer, estaba del lado de la ley aunque quizá lo más adecuado sea escribir su ley.

Lo interesante de esta colección es que recupera bastante de las películas que me forjaron como espectador cuando iba al cine. No había visto Moulin Rouge de John Huston desde que la descubrí en el Numancia, hoy un edificio abandonado por el que suelo pasar algunos días, y todavía me conmueve la fantástica interpretación de José Ferrer como Toulouse Lautrec. Ese mismo Ferrer que encarnó en su día y en pantalla grande al que considero el mejor Cyrano de Bergerac.

Comenzaba este post asegurando que el hombre es un animal de costumbres cambiantes, pero como pasa casi siempre, temo haberme equivocado.

El hombre, en todo caso, es un animal que insiste en recuperar su pasado para olvidar las miserias de su presente.

(*) La imagen corresponde al filme Horizontes perdidos (Lost Horizon, Frank Capra, 1937) basada en la estupenda novela de aventuras de James Hilton.

Saludos, bienvenido sea a Shangri-La, desde este lado del ordenador.

¿Casualidades o causalidades?

Viernes, Septiembre 21st, 2012

I.- LECTURAS

* SANTIAGO CARRILLO, ESE HOMBRE

Fallece  Santiago Carrillo cuando me encuentro releyendo la apasionante Autobiografía de Federico Sánchez, de Jorge Semprún. No queda muy bien parado Carrillo en esta novela ¿histórica? escrita por quien sería años más tarde ministro de Cultura socialista, pero se aprecia, y quizá aquí radica lo mejor de este libro, el ajuste de cuentas que Semprún emprende contra algunos compañeros de partido, entre ellos Carrillo. Una curiosidad, Autobiografía de Federico Sánchez obtuvo el Premio Planeta en 1977. Apunto lo de curiosidad porque Federico Sánchez fue uno de los numerosos nombres a los que recurrió Semprún durante su etapa de clandestino y si se lee el libro, el autor mantiene un diálogo constante consigo mismo. Es decir, unas veces como Federico y otras como Semprún, lo que me hace reflexionar que el jurado de esa edición del Planeta supo desde un principio quién era el autor del original presentado a concurso. Esto me hace pensar que el autor jugó, digamos que con ventaja, con respecto a los otros contrincantes. Claro que esa es una constante de esta distinción literaria. Es decir, que la única vez que asistí como periodista acreditado al Planeta y durante la cena ofrecida antes del fallo, tres de los veteranos informadores que se encontraban en mi mesa ya daban por seguro el nombre del autor de la novela ganadora: Carmen Posadas, antes de que se hiciera público.

* ESTO PROMETE

Recibo la última novela de Carlos Álvarez, La señora. Beatriz de Bobadilla, señora de Gomera y Fierro (Hora antes editorial), que me apresuro a leer mientras descanso del desmoronamiento del sueño sempruniano. Y noto, aprecio, que Álvarez logra engancharme con lo que llevo leído hasta ahora, que son apenas las cien primeras páginas. Con esto quiero decir que mientras escribo estas líneas solo pienso en sumergirme en su descripción de un archipiélago que comenzaba a transitar por los caminos de la Historia… La novela de Álvarez no es sin embargo una novela histórica sino simplemente una novela. Así lo explica el escritor en una entrevista que este domingo publicará El Perseguidor en el Diario de Avisos.

* NOVELA HISTÓRICA

Compagino estos dos libros con Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, la crónica de un soldado que acompañó a Hernán Cortés por aquellas tierras. Leo el texto con delicada lentitud, paladeando cada una de sus palabras. A veces, incluso, en voz alta. Solo, mientras paseo por los largos pasillos cubiertos de telarañas de mi mansión. El libro descansa en mi mesa de estudio junto a El corsario de Lanzarote, novela por la que Francisco Estupiñán obtuvo el XXVII Premio Benito Pérez Armas. El corsario de Lanzarote transcurre en el  siglo XVI y tras una conversación que mantengo con su autor, salpicada de libros y en la que nos intercambiamos recomendaciones varias, me asegura que en su caso su novela sí que es una novela histórica.

II.- ESE CINE QUE TANTO ME (DIS)GUSTA  

* ¿VOLVERÁN A DEJARSE VER POR DONOSTI?

Me pregunto, y no es fruto de la casualidad, si con la que no está cayendo habrá este año una chiripitifláutica representación de los representantes del Plan Canario Audiovisual (¿?) del Gobierno de Canarias en el Festival de Cine de San Sebastián para promocionar –y hago constar que sin que hasta ahora se haya sacado rédito alguno– el cine que hasta el día de ayer respaldaba con las subvenciones a las que, citando a Félix María de Samaniego, dos mil moscas acudieron y por golosas murieron… La pregunta, reitero, no es un fruto de la casualidad aunque sí de la causalidad, ya que el segundo largometraje documental de Víctor Moreno, Edificio España, ha sido seleccionado en el mencionado certamen en la sección Made in Spain. Edificio España, filme que no he tenido el gusto de ver porque no sé si se ha estrenado con boato a este lado del Atlántico, es el resultado de la grabación de las obras de reforma de un emblemático edificio de Madrid.

* RECLAMO UN ESTRENO CON RIGUROSO BOATO

Me pregunto –y sí que es casualidad que su segundo nombre sea el mismo que el del primero mencionado en la reseña anterior– si alguna vez podré ver aunque sea en Canarias y con riguroso estreno boato, el largometraje 90 minutos & I love you de José Víctor Fuentes bajo el pseudónimo de Zacarías de la Rosa y Julieta Martín. Es tanto lo que se habla de este filme que ya casi parece de curto. Fue grabado en un único plano por las calles de Nueva York y está protagonizada por Álex García, Alba Cabrera, Patricia Álvarez, David Sanz, Luifer Rodríguez, Guacimara De Elizagam, Carlos de León y David Valderrama. José Víctor Fuentes/Zacarías de la Rosa es el director de la frustrante La luz de Mafasca, ya comentada en este blog. Mientras espero el estreno con riguroso boato reclamo ver, si así lo tiene a bien arguien, el dvd de 90 minutos & I love you.

III.- ESCULTURA

* LOS BRAZOS DE ÍCARO

Más allá de la casualidad, la noticia más extravagante de esta semana es la del llamamiento del escultor Julio Nieto reclamando los brazos de su estatua Ícaro, que alguien se llevó por “error” –lamenta el artista– cuando fueron dejados al lado de una finca del municipio tinerfeño de La Matanza. Nieto explica que un transportista trasladó la escultura por piezas desde su casa a la finca, y que los brazos de Ícaro quedaron a un lado de la carretera durante unos minutos. Tiempo suficiente para que arguien se los llevara pensando que se trataba –explica Nieto– de material de desecho. El escultor ruega a quien se los haya llevado que informe de su paradero, argo que “gratificará y agradecerá eternamente.” ¿A qué esperan los cortometrajistas canarios para meterle el diente a esta historia? Se me ocurran un porrón de ideas, y todas son en clave cómica.

a)  Ha sido una idea del propio artista para publicitarse.

b)  Pues que efectivamente los brazos fueron recogidos por arguien en apenas unos minutos al pensar que aquellos miembros plateados se trataban de material de desecho.

c)  Que los brazos “robados”  han sido trasplantados a Paulino Rivero para dar mayor verosimilud a su reclamación de una Canarias libre y sin godos. ¡Rivero, el hombre de los brazos de plata! 

d) O que se los llevó un bardino de piel atigrada y con demasiada jambre.

IV.- CHACHO, TENGO UN PROBLEMA

* ES LO QUE HAY

Algo no funciona. Y no funciona cuando haciendo repaso en dvd de estrenos recientes la única película que me ha satisfecho meridianamente es Los juegos del hambre. Y sin echar voladores. Aunque argo tiene esta cinta que plantea un futuro distópico basada en las novelas de Suzanne Collins. Es cine para adolescentes, ok, pero encierra un demoledor mensaje sobre eso de la juventud divino tesoro. Veo también la última de Tim Burton, la olvidable Sombras tenebrosas, y la espantosa, no hay otro calificativo, Luces rojas, de Rodrigo Cortés.  

Saludos, escucho a modo de banda sonora a los incombustibles Lynard Skynard, desde este lado del ordenador.

El ‘Ecce Homo’ canario

Jueves, Septiembre 13th, 2012

(antes de la mutilación)

En Canarias, a veces, vivimos con una hora de adelanto con respecto a la península.

Desgraciadamente, en estas islas abandonadas de las manos de los dioses adelantamos el reloj para pasar a la Historia por acciones que podríamos denominar coloquialmente como totufadas ya que podrían inscribirse en el Libro Record de las Torpezas como fue dejar salir al general Francisco Franco un 17 de julio de 1936 o la mutilación, por razones de seguridad, así lo anunciaba al menos un responsable del Ayuntamiento santacrucero un triste 3 de febrero de 2009 a Lo que pasa en Tenerife, de la escultura El sueño de los continentes del escultor grancanario Martín Chirino.

El sueño de los continentes es una pieza ubicada en la santacrucera plaza de Alberto Sartoris, y si bien era conocida por un entrañable amigo que ya no está entre nosotros como “el tobogán de las putas” por encontrarse en zona de mercadeo sexual en plena noche chicharrera, no merecía el “despiece” al que fue sometido por orden municipal. Una orden que ahora, pasado el tiempo, se adelantó a la ya celebérrima reinterpretación que hace poco emprendió Cecilia Giménez con el cuadro titulado Ecce Homo del hoy también celebérrimo Elías García Martínez.

El caso de El sueño de los continentes resulta menos risible y sí más sangrante.

(después de la mutilación)

Han tenido que pasar cuatro años y la amenaza de un litigio que en su momento interpuso en nombre del artista la Asociación Visual Entidad de Gestión de Artista Plásticos (Vegap) en el que, entre otras cosas, se contemplaba la parte de reposición de la escultura y una salada indemnización por daños morales y de mala conservación de la obra, para que el nuevo equipo municipal haya comenzado con las tareas de reposición para dejarla tal y como se instaló en su día en la plaza de Alberto Sartoris.

José Manuel Bermúdez, alcalde, declara: “Respecto a los problemas surgidos con el autor, esperamos que con estos gestos y la recuperación de la imagen queden totalmente solventados. Creo que estamos cumpliendo con los deseos del artista, pero también con los del grupo de gobierno y de la ciudad.”

Y añade, imagino que cruzando los dedos, que asume que el Ayuntamiento “se tenga que hacer cargo de algún gasto que se haya producido durante el litigio”, aunque espera que se alcance al final “un acuerdo total” (la cursiva es nuestra).

Hay un dicho que resume todo este esperpento, así como la falta de sensibilidad de unas autoridades y de una ciudadanía –con honrosas excepciones– ante un objeto artístico al que olvida y mutila, que dice “más vale tarde que nunca.”

Puestas así las cosas, y pese a la que nos está cayendo y que seamos más pobres e infelices, es una oportunidad para que ese mismo alcalde que reivindica “un nuevo Santa Cruz” exija un informe pormenorizado sobre el estado de conservación de otras esculturas que se diseminan por las calles y plazas de la capital tinerfeña con el objetivo de que la mayoría de ellas recupere su forma original y liquidar, de una vez, el estado de abandonado en el que se encuentran en la actualidad.

Desgraciadamente, soy consciente de que no hay que pedir peras al olmo.

Y mucho menos si no se acompaña la reclamación con una alarmante petición de dinero.

Las imágenes han sido tomadas de Rinconcito canario (antes de la mutilación) y Canarias 8.es (después de la mutilación).

Saludos, anoche soñé que vivía en otra ciudad, desde este lado del ordenador.

Gracias, Cecilia Giménez

Viernes, Agosto 24th, 2012

Más que con Mr. Bean, a mi Cecilia Giménez me recuerda a Peter Sellers en El Guateque. Ya saben, la famosa escena en el cuarto de baño donde el extra hindú invitado por equivocación a una fiesta de alto copete de Hollywood, hace algo así como la II Guerra Mundial con cuadro incluido.

Si no lo recuerdan, el cuadro se cae en la cisterna y el actor lo desdibuja con papel higiénico hasta transformar lo que era pintura figurativa en una borrosa abastración que se asemeja bastante a lo que ha hecho Giménez con el Ecce Homo del Santuario de la Misericordia en Borja obra de Elías García Martínez.

Pintura que graciasl al involuntario acto de buena fe de Giménez, ha puesto a  Borja en el mapa del mundo y que su particular y, digamoslo de una vez, peculiar restauración forme parte de las estrafalarias curiosidades de un país que, debe ser cosa de la prima de riesgo, regresa a sus orígenes con este desaguisado. 

Es decir, que vuelve a esa España profunda que  fue capaz solo con pan y con vino de hacer la Reconquista.

Esa España, en definitiva, que la literatura y el cine español de nuestro tiempo evita como si fuera la peste pero que está ahí, latiendo a golpe de esperpento porque semos diferentes.

Y en unos tiempos donde esa diferencia la marca la Iglesia –recordad el affaire Códice Calixtino– ¿por qué hacer mofa de la visión o reinterpretación, que dirían los especialistas, de un cuadro al que devoraba la húmedad?

Pensad que ese Cristo que recupera Cecilia Giménez, con permiso de don Elías, es como una de las caras de Bélmez, otro misterio mayúsculo de la España gótica en la que vivimos, solo que en el caso de Cecilia hay firma. Un autor.

Una señora, Cecilia Giménez, que si hubiera justicia en este mundo debería de reivindicarse como artista naïf garante de lo mejor y peor que guardamos los que aún nos consideramos –y con la voz bien alta– españoles.

Entiendo así el calvario al que está siendo sometida esta señora como una víctima de la incompresión de los cafres que hacen burla fácil de lo que no entienden aunque, por paradójico que resulte, ellos mismos formen parte de ese universo en el que habita una devota jubilada que por hacer el bien, con la aquiescencia del párroco, hoy es filón de chistes que resaltan su presunta torpeza en cuestiones de arte.

¿Arte?

Lo que me irrita, molesta de verdad en todo este linchamiento es que empiezo a ver a Cecilia como uno de esos toros a los que colocan fuego en su cornamenta o tiran al agua gentes igual de decentes que, como los mismos bromistas que explotan la poca ciencia de la señora en restaurar el Ecce Homo, no hubieran puesto el grito en el cielo ni crucificado con gracias si nadie antes les  hubiera convencido de cambiar de parecer.

Que no es lo mismo que perecer.  

Gracias a Cecilia, muchos seguimos sosteniendo que España es diferente. Y tal y como están las cosas, bastante diferente a lo que esa Unión Europea de mercaderes está empeñado en convertirnos.

Saludos, ¡Cecilia Giménez, veinte premios Nobel!, desde este lado del ordenador.