Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Leeenta como la melaza

Lunes, Enero 18th, 2016

El personaje que interpreta Kurt Russel en Los odiosos ocho, la última de Quentin Tarantino, advierte a Samuel L. Jackson en un momento de la película a que se desprenda de sus revólveres con la misma lentitud que la melaza. Esta frase, que se pronuncia apenas iniciado el filme, resulta premonitoria tras visualizar un largometraje que, efectivamente, es leeento como la melaza. Una lentitud que obliga a declinarla con  aburrimiento, sopor y rabia por perder el dinero de la entrada y derrochar tres horas de mi tiempo en una nueva y presumida genialidad de un cineasta que si por algo se caracteriza es por su lamentable involución.

O una vuelta desesperada a unos orígenes, los suyos, en los que trastea para sorprender a sus acomodados leales e imitadores que son, paro qué engañarnos, su público objetivo. Plagiarios y espectadores que disfrutan –y hasta se ríen de algo con tan poca gracia como que le vuelen la cabeza a cualquiera– en las cada vez más estéticamente barrocas películas de un director que ha logrado alcanzar el título de autor dentro de una industria a la que no le importa el sello de la autoría siempre y cuando dé dinero.

Y por extravagante que resulte, las películas de Tarantino dan dinero. O han dado el suficiente dinero para que continúe explotando géneros desde otra perspectiva.

Y explotar géneros desde una perspectiva tan peculiar cono iniciada es una de las peculiaridades del cine de Tarantino, un tipo que adapta y manipula los géneros a su gusto, un gusto cocido en maratonianas sesiones de video club, aprendizaje que ha dado como resultado un sentido del cine como vehículo de evasión con marcado acento popular trufado, además, con un profundo conocimiento de películas de arte y ensayo.

Esta fabulosa combinación ha dado como resultado un cineasta híbrido e inconstante. Un aficionado con luces, más que un intelectual que apuesta por el riesgo, al que le preocupa más las formas que el fondo. O contar historias sencillas y algo tontorronas a las que disfraza con cierta complejidad técnica y escrita. Y cuando se escribe escrita nos referimos a los diálogos Tarantino. Otra muesca en la obra de un cineasta tan espectacular como desconcertante y capaz de las mejores cosas como de las peores.

El octavo largometraje de Tarantino, ya que así se recuerda en los títulos de crédito de Los odiosos ocho, probablemente sea la peor de las películas de un cineasta que comenzó su carrera profesional como un elefante por una cacharrería: despistando a todo el mundo. Que todo el mundo se preguntara: pero ¿este quién es?

En Los odiosos ocho propone un extenuante juego del gato contra el ratón. Un viaje a una nada que no tiene nada que ver con el western y sí con ese cine que consiste en averiguar ¿quién asesinó a quién? en una habitación cerrada (en la película un almacén, una mercería perdida en las montañas de Wyoming) para obviar, salvo su tramo inicial que quizá sea el mejor de este largo, pero laaargo largometraje, los espacios abiertos, las persecuciones a caballo y la lucha siempre épica que mantiene el héroe contra los elementos.

Estos temas no aparecen ni por asomo en una película que, como Los odiosos ocho, se escora al teatro al reunir en casi un único escenario (la mercería) a unos personajes que en algunos de los casos están interpretados por actores que ya han trabajado con el cineasta como Samuel L. Jackson, Tim Roth, Michael Madsen y Kurt Russell, y otros que se estrenan como Jennifer Jason Leigh, Demian Bichir, Walton Goggins, Bruce Dern, James Parks, Dana Gourrier, Zoë Bell, Channing Tatum, Lee Horsley, Gene Jones, Keith Jefferson, Craig Stark y Belinda Owino.

Una de las conclusiones que sacamos tras ver Django y ahora Los odiosos ocho es que Tarantino no es cineasta que se mueva bien por los límites del western. El aficionado no debe buscar por eso un homenaje al género ni siquiera bajo su formulación genérica europea: el espagueti, por mucho que la banda sonora la firme Ennio Morricone…

Por otro lado, Los odiosos ocho sabe a monumental egolatría, a una reivindicación del yoísmo autoral de un cineasta que si no espabila terminará por hundirse en lodo del olvido. A nosotros, al menos, ya no nos sorprende como antaño sus travesuras cuando mete la mano en los géneros y, en concreto, a uno que es sinónimo de épico como es el del oeste.

En este aspecto, consideramos que Quentin Tarantino debería dejar lo que fuma y desintoxicarse para recuperar al cineasta y al artista que todavía veo en Reservoir Dogs (Los malditos ocho no deja de ser una reinterpretación de aquella lúcida y rocambolesca ópera prima), la revolucionaria Pulp Fiction; la clásica Jackie Brown, primer y hasta la fecha único trabajo que no parte de un guión original sino que adapta una novela de Elmore Leonard; y las tremendamente absurdas pero refrescantes dos entregas de Kill Bill.

Desgraciadamente, no encuentro rastros de estas notables por personales películas en  Los odiosos ocho, un filme, como cualquier filme de Tarantino, armado en torno a los diálogos aunque en este caso no digan ni aporten nada. De hecho, casi parece que el infantilismo que poco a poco ha ido drenando de contenidos sus últimas películas (Malditos bastardos, Django) hubiera eclosionado en su octava película. Un título que es probable entusiasme a sus seguidores pero que disgustará a los que ya no se dejan engañar por el talento de un cineasta que comienza a repetirse y que ya no sorprende por sus piruetas visuales. Un autor, en definitiva, que pide a gritos que no se fusile a sí mismo y que confíe más en las formas pero sobre todo en el fondo.

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

Vaya par de gemelos

Martes, Enero 12th, 2016

Las crónicas narran que Londres fue una fiesta en los años sesenta y que en esa fiesta en la que se mezclaban celebridades, casposos aristócratas y burgueses que despertaban a la música pop, también contó con sus peculiares gángsteres, los más populares los Kray, hermanos gemelos nacidos y criados en uno de los barrios más inhóspitos de la capital y que han dado origen a dos películas: la primera de ellas dirigida por Peter Medak, y protagonizada por Gary y Martin Kemp, ambos miembros fundadores de Spandau Ballet, y ahora Legend, una cinta que firma Brian Helgeland y que protagoniza Tom Hardy, quien en un tour de fource, asume el papel de Ronald y Reginald Kray aunque el esfuerzo resulte fallido o, más que una coherente doble interpretación, una parodia, un remedo en ocasiones insultantemente aficionado de un quiero pero todavía no puedo de un actor que, al menos, aspira a que su carrera vaya más allá del apreciable atractivo físico que lo ha forjado como estrella.

En cuanto al relato, y aún admitiendo las licencias que el guionista se permite con respecto a la historia original, Legend no deja de ser otra película de y con mafiosos que continúa explotando la estela de quien ha hecho de este subgénero escuela: Martin Scorsese.

Resulta por ello inevitable observar en las escenas teñidas de violencia y en las fiesteras la mano del director de Uno de los nuestros, a quien imita sin rubor toda una nueva generación de cineastas que no se ha dado cuenta que, pese a que el calco quede bien, si no hay una historia ni personajes convincentes detrás el filme se desmorona, por mucho que se cuide la ambientación de aquel legendario Swinging London.

Y esto, a nuestro juicio, es lo que ocurre con esta nueva aportación al cine negro y criminal de Helgeland, quien drenó de sustancia un clásico del género como es A quemarropa en Payback, pese a que sí que aprobase y con nota tras los guiones de películas como Mystic River y L.A. Confidential, basadas en sendas obras de Dennis Lehane y James Ellroy, dos de los más grandes cultivadores actuales de la novela policiaca en los Estados Unidos de Norteamérica y en gran parte responsables de su revival.

Ya hemos dicho que la actuación de Tom Hardy como los hermanos Kray no va a pasar a la historia, pero destacamos que no pasará a la historia porque el espectador tiene casi siempre la sensación de que sea ora Ronald, ora Reginald, quien está detrás de ambos caracteres enfermos es, precisamente, Tom Hardy.

En este sentido, flaco favor se hace al observar la película en versión doblado porque borra con total premeditación y alevosía el que presumo ha sido también trabajo vocal del actor. Pero ya estamos curados de males, y asumimos con estoicismo el riesgo de ver un filme doblado porque viviendo en donde estamos –siete islas rodeadas por el mar de la infelicidad y la ignorancia– lo insólito, lo extraño, sería lo contrario cuando no debiera de ser. No, no debiera de ser.

Pero en fin, que así son las cosas.

Narrada en off por la primera esposa de Reginald Kray, y papel que interpreta Emily Browning, Legend no parece encontrar su lugar en el mundo, su centro en la tierra, ese pilar a través del cual aguantar todo el peso de una narración que si bien pretende detenerse en la apasionada historia de amor, titubea cuando araña la relación entre los dos hermanos (gemelos pero muy diferentes) y se decanta por contar muy por encima los negocios sucios y turbios que mantuvieron el nivel de vida de los hermanos y de los suyos a lo largo de aquella década tan loca. Parece, es más, que Helgeland pasa de puntilla por estos asuntos porque da por supuesto que el espectador conoce cómo trabajaba esta organización, pero eso puede resultar así en Inglaterra y se me apuran en el Reino Unido pero no más allá de sus fronteras… aunque los escobilloneros nos declaremos ciertamente iniciados en la tormentosa vida de los Kray.

Con todo, no me emociona ni me pone tierno Legend, y no creo que sea por la actuación de los actores que hacen lo que buenamente pueden, sino que achaco la culpa a una dirección que se limita a mostrar en pantalla lo que ya hemos visto tantas veces en esa misma pantalla grande: la ascensión y caída de un reyezuelo (en este caso hermanos gemelos) del crimen, a quien se presenta en sus dos mitades: la que encarna el glamour y otra la violencia.

Esto me hace concluir que es una lástima que con material tan esquizofrénico Helgeland haya sido incapaz de dotar a la película de otra consistencia, lo que hubiera facilitado reflexiones al menos más inquietantes que las que propone en esta convencional y larguísima y rutinaria crónica del crimen que es Legend.

Saludos, tarareo Hollywood Boulevard, desde este lado del ordenador.

La princesa Guayarmina ha muerto

Jueves, Enero 7th, 2016

No envejeció bien Silvana Pampanini (Roma, Lazio, 25 de septiembre de 1925-Ibídem, 6 de enero de 2016) y eso que en su juventud rivalizó en pantalla y en las salas de fiestas con mujeres de bandera como Sofia Loren, Gina Lollobrigida y Claudia Cardinale, entre otras, mientras era perseguida por una legión de paparazzis que no tenían –ni tendrán en sueños– la cara ni el cuerpo de Marcello Mastroianni.

La carrera cinematográfica de la Pampanini no está salpicada de grandes películas, aunque forma parte de la tierra que habito, una Canarias cada día más idiotizada y lela, porque hizo de la princesa Guayarmina en ese delirante largometraje que es Tirma, una cinta dirigida a dos manos por Paolo Moffa y Carlos Serrano de Osma en los años cincuenta del siglo XX, y que se rodó en Gran Canaria.

Basada en una obra teatral de Juan del Río Ayala, Tirma es más una película de aventuras que un filme histórico y riguroso con la leyenda que trata. De hecho, si alguna altura ha logrado con el paso de los años es que hay que verla con mirada distanciada e irónica y olvidar, en la medida en que se pueda, la reacción airada de expertos de la cultura aborigen como Cuscoy, quien escribió en un artículo que publicó el periódico El Día a propósito del estreno de la película: “¿Qué se pensará de sus primeros pobladores, que unas veces parecen indios iroqueses, otras veces polinesios, y otras veces senegaleses? Guayarmina pudo también llamarse Ojo de Amanecer, hija del cacique Búfalo Valiente, y nadie se hubiese extrañado. Quisiera saber uno el por qué de esos faycanes vestidos de franciscanos y esos guayres que se comportan en el tagoror de la misma forma que los caciques indios en torno a la fogata”.

Tirma no deja de ser así un western o una película de aventuras de serie B. O una especie de traducción de Pocahontas, solo que John Smith se llama don Hernán, papel que interpreta Mastroianni, y Pocahontas una Guayarmina que tiene las curvas de Silvana Pampanini. El tercero en discordia es Gustavo Rojo, que asume al capitán de los salvajes canarios Bentejuí, y que interpreta el actor Gustavo Rojo que, como todo el mundo debe saber, es hijo de esa mujer valiente y adelantada a su tiempo que fue la tinerfeña Mercedes Pinto, la autora de Él, una novela cuya versión cinematográfica dirigió Luis Buñuel.

Al margen de Tirma, que no fue precisamente su mejor película, Silvana Pampanini trabajó a las órdenes de otros cineastas, como el extraño y fascinante a ratos Armando Bó en Insaciable, una película rodada a la mayor gloria de la esposa del cineasta, la espectacular Isabel Sarli; y de Dino Rissi en una producción de encargo que lleva por título Un italiano en la Argentina.

Producida por Moffa, Pampanini compartiría protagonismo en Il Matrimonio con Vittorio De Sicca y Alberto Sordi y también bajo la tutela de Moffa aparecería en Allegro Scuadrone, aunque su carrera no terminó de trascender de la misma manera que las de otras compañeras de generación. Y no porque a la Pampanini le faltara talento y mucho menos que careciera de belleza ya que reunía a raudales estas cualidades, pero no tuvo lo que se dice mucha suerte quizá porque alternó géneros diversos sin ton ni son (comedia, policíaco, aventura) sin que terminara por ubicarse y, lo más importante, que los espectadores la identificaran en alguno de ellos.

Retirada del cine, Silvana Pampanini fue espaciando sus apariciones en la pantalla grande, aunque solían entrevistarla para televisión porque llegó a ser un icono del cine italiano en una de sus épocas de mayor esplendor, los años cincuenta.

No obstante, resulta amargo observarla pasado el tiempo. Con la edad, el físico de la actriz se fue estropeando y poco le ayudó a restablecer su antigua belleza varios operaciones de cirugía estética que la transformaron, si cabe, más en una parodia de lo que fue.

Por eso, resulta natural que prefiera recordarla como la princesa canaria que hizo temblar el corazón de don Hernán y Bentejuí, una mujer que más que princesa casi fue una diosa.

Una diosa del cine italiano.

Una diosa del cine.

(*) En la imagen, Silvana Pampanini y Marcello Mastroianni en Tirma (1954)

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador.

¿Ayudaría?

Sábado, Diciembre 5th, 2015

Se equivoca el espectador que entienda El puente de los espías como una película de, precisamente, espías. Y se equivoca porque más que espionaje y la paranoia que desató una Guerra Fría que pudo haber acabado como catástrofe nuclear, el filme cuenta el relato de un hombre de la calle que cree –y porque cree aguanta por variados que sean los golpes que recibe de la vida– en su país y en las convicciones democráticas de su país.

Esta convicción procurará primero el desprecio de sus conciudadanos  y después que lo vean cómo un héroe, en unos tiempos de desatada histeria y miedo.

Encarna y representa estos valores un actor que ha terminado por ser imprescindible en las películas adultas de Steven Spielberg, Tom Hanks, quien ha ido creciendo a medida que su carrera crecía. Hanks es uno de esos farsantes que ha aprendido a decirlo todo con un gesto y con una mirada. A transmitir desazón, terquedad, amarga tristeza, la espontánea alegría de que algo sale bien sin necesidad de abrir la boca. 

Esa generosa solvencia la comparte con otros actores que están en similar estado de gracia que la estrella. Y en todos ellos Spielberg se apoya para narrar un relato de un hombre de fe. De un hombre convencido en la justicia de que todos somos iguales ante la Ley con independencia de dónde y quiénes seamos.

Lo dice en uno de los momentos más emocionales de esta película con aroma a clásico. Ese en el que explica su fe en la Constitución norteamericana y hace enmudecer a un agente de la CIA que solo entiende de éxitos y fracasos.

Éste y otros destellos es lo que hace brillar El puente de los espías en una cartelera inundada de tanta mediocridad, de cine plano que repite contenidos e imita personajes. De tetralogías que estiran como un chicle argumentos que solo daban –siendo generosos– para un solo capítulo.

El puente de los espías recupera a un cineasta que rueda notables trabajos para todos los públicos como obras que, sin llegar al crudo desconcierto de Munich, bordean el camino que transita en ella… Aunque ahora sea un hombre que se sumerge en las gélidas tinieblas de la Guerra Fría.

Un guerra fría y silenciosa que se libra en los despachos para espiar información del enemigo.

El Gran Juego, lo llamó Kipling.

Basada en hechos reales, y narrada en dos grandes trechos, el primero cuenta la defensa de un abogado de Brooklyn por un acusado de trabajar como espía para los soviéticos. 

En esta parte, se averigua la amistad que se forja entre letrado y cliente, así como la vida laboral y familiar, y el desprecio que despierta entre sus compatriotas por defender a un acusado de espionaje.

La segunda mitad muetra al abogado negociando la liberación de un piloto estadounidense capturado por la URSS. El relato transcurre en Berlín Oriental y se hace más oscuro y también redentor.

Muestra la construcción del Muro de Berlín, la capital que pasó a ser ciudad y fue el principal escenario de la Guerra Fría en Europa, y cómo se ametralla a una pareja de jóvenes cuando intentan saltarlo. Ya de regreso a los Estados Unidos, el protagonista observará la misma escena, solo que son unos niños quienen saltan los patios que dividen las casas de un barrio neoyorquino… 

“¿Ayudaría?”, repite el hombre acusado de ser espía ruso. Una resignación que define el carácter de un personaje que tiene corazón de artista. 

Casi al final de la cinta, abogado y cliente se despiden en silencio desde los  extremos de un puente que separa su manera de organizar y entender el mundo. 

¿Ayudaría?

¿Ayudaría decirlo?

¿Ayudaría escribirlo?

¿Ayudaría?

Saludos, konek, desde este lado del ordenador.

La que nos espera el jueves

Miércoles, Noviembre 18th, 2015

* La librería Agapea acoge este jueves, 19 de noviembre a partir de las 19 horas, la presentación de la novela Mientras seamos jóvenes, una nueva entrega protagonizada por el detective privado Ricardo Blanco que escribe José Luis Correa. En el acto además de Correa estará quien ahorita mismo les saluda, así que espero verlos si no a todos, sí a casi todos.

* Ese mismo día, jueves 19 de noviembre, pero a las 20 horas se presenta en la sala MAC de Santa Cruz de Tenerife la novela Negro Juan de Francisco Estupiñán. Actuará como maestro de ceremonias Javier Hernández Velázquez.

* TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge también este jueves, día 19, a las 19 horas en el Espacio Tienda la presentación del libro de poemas Hotel vivir (editorial Hiperión, 2015), del poeta Fernando Beltrán.

* El viernes 20 de noviembre y a las 20 horas Rafael-José Díaz presenta su nuevo libro, Un sudario, en la Casa-Museo Péerz Galdós, en Las Palmas de Gran Canarias. Acompañará al autor, Eugenio Padorno.

* El Instituto de Estudios Canarios, en La Laguna, acoge el miércoles, 25 de noviembre, a las 19.30 horas, la presentación de la obra Si es que despierta el alba, de Francisco Suárez Trénor, que ha visto la luz en la editorial Escritura entre las nubes. El acto contará con las intervenciones de la escritora Cecilia Domínguez Luis (Premio Canarias de Literatura 2015), la editora de la obra, Elena Morales, y el autor del poemario.

* Por último, el Auditorio Infanta Leonor en Los Cristianos acoge el jueves, 19 de noviembre, y a partir de las 20.30 horas: Homenaje a Juan José Benítez, quien falleció  junto a François de Roubaix en la Cueva de Los Camarones el 20 de noviembre de 1975. En este tributo que se realiza a Benítez, campeón de submarinismo de España y de Canarias e instructor de buceo como músico, se exhibirán los documentales El mar de Canarias. Flora y fauna subacuática (1975) y Flora y fauna subacuática de Tenerife (1974), dirigidos por Pedro Cardell y Diego García Soto.

Saludos, la que nos espera, desde este lado del ordenador.

Tradición contra modernidad

Martes, Noviembre 10th, 2015

Las cosas como son: la estrella en una película de James Bond es el actor que interpreta al agente con licencia para matar. En la serie, el director y los guionistas pasan a un discreto segundo plano para dar mayor protagonismo también a los villanos y a las mujeres que transitan por el destino cinematográfico de 007.

Un 007 al que Sean Connery imprimió de viril encanto; Roger Moore dotó de cierto sentido del humor parvulario; George Lazenby de fracaso y Timothy Dalton y Pierce Brosnan de aroma proletario y burgués, respectivamente mientras la criatura creada por Ian Fleming exigía en mudo silencio renovación, una nueva lectura que tras cuatro películas ha personificado Daniel Craig con una nota razonablemente alta para los seguidores de tan legendario como machista personaje.

El anuncio, sin embargo, de que Craig deja tras Spectre de vestir el traje de Bond abre de nuevo el interrogante sobre quién continuará explotando las posibilidades de un personaje que, y así se entiende con cierta amarga ironía en Spectre, ha envejecido como un roble, pero envejecido al fin y al cabo, en estos días donde lo que prima son los jóvenes y sus nuevas y revolucionarias tecnologías, más cuando se aplican a la información porque –y de eso se trata– Bond, aunque no lo parezca, es un agente secreto.

Un agente secreto que nació durante la Guerra Fría, aunque Ian Fleming, cansado pronto de enfrentar a 007 contra rusos y chinos, sustituyó con Spectra a estos ejemplares enemigos del mundo libre.

La nueva película Bond, Spectre (Sam Mendes, 2015) rastrea sobre los orígenes de tan siniestra organización y propone una original revelación sobre su mentor, Ernst Stavro Blofeld, que interpreta en esta película y con estudiado histrionismo Christopher Waltz, que aporta de más sustancia a un personaje marcado por su complejo de superioridad y que en otras películas Bond fue interpretado por Donald Pleasence, Telly Savallas y Charles Gray.

Como ya sucedió con la fallida Skyfall, Spectre propone una revisión sobre el universo Bond y analiza a su contrincante por excelencia.

Blofeld es el opuesto de 007 aunque en contra de los otros Blofeld cinematográficos no trabaja tanto para dominar el mundo sino para consumar una larga y acariciada venganza que no vamos a revelar por si alguien se decide a ver esta película. Una película que como vehículo de acción resulta más contenida que las anteriores protagonizadas por Craig, pero que cuenta con escenas (la que transcurre en Méjico DF o una bronca pelea en un tren que circula por el desierto del Sahara) de alto voltaje y que se encuentran en una historia en la que priman también diálogos, algunos de ellos muy ingeniosos, y el ya tradicional reposo del guerrero.

Es decir, en Spectre se reúnen muchos de los elementos que ya son marca del universo Bond, solo que contextualizados en un filme que mira más hacia los sesenta, la edad de oro literaria y cinematográficamente del personaje. Un hecho, huelga decirlo, que agradece el espectador iniciado.

Y es que si tiene alguna objeción Spectre dentro del universo Bond es que resulta un filme que está dirigido a espectadores conocedores de ese universo.

En este aspecto, es probable que el neófito se quede con la boca abierta al no traducir las claves que pueblan el metraje de la película y en la que se recuerda otros títulos de la serie como Al servicio secreto de su Majestad (Peter Hunt, 1969) uno de los filmes menos recordados de 007 pero que, a título personal, consideramos uno de sus trabajaos más estimables no ya por la magnífica canción compuesta por John Barry e interpretada por Louis Armstrong (We Have All the Time in the World) sino por su intento de humanizar al espía con licencia para matar.

Como sucede con otras películas que se estrenan en estos tiempos inciertos, otro lastre que pesa sobre Spectre es su excesivo metraje así como la debilidad de la historia una vez quiere contar algo más que el prometido –y por otra parte ansiado– enfrentamiento entre 007 y Blofeld.

El resto, por otro lado, cumple a rajatabla con la ecuación que dio tanto éxito a las novelas y películas que se han escrito y rodado sobre el personaje.

Un héroe de acción que con el paso de los años ha ido perdiendo el gusto por una existencia hedonista no carente de peligros en favor de una lealtad que tal y como la interpreta Daniel Craig es aproximada a la de un perro pit bull.

El Bond de Craig es músculo, un profesional que actúa y luego, si cabe, piensa.

O un asesino, como no se cansa de repetir en toda la película, antes que definirse profesionalmente como espía.

Un individualista frío pero con sentido del humor que resulta muy incómodo en un mundo tan vigilado como el nuestro. Quizá eso explique que el Bond de Spectre me haya parecido un depredador que además de estar pegado a sus multimillonarias tradiciones, al final del filme recupera su plateado Aston Martin, hoy parece ser consciente de que está en vías de extinción.

Saludos, fine, desde este lado del ordenador.